El rayo verde

Capitán Nemo · Capítulo 1 de 19

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El rayo verde

Prólogo del capitán Nemo

PRÓLOGO DEL

CAPITÁN NEMO

 

A las afueras de la ciudad francesa de Nantes, cuatro chicos de unos doce años de edad caminaban a paso ligero. El primero de ellos, un joven delgado y rubio, les sacaba ventaja a los demás. De vez en cuando se volvía y apremiaba al resto del grupo, que iba quedando cada vez más rezagado:

—¡Venga, vamos, o no llegaremos nunca!

Dos chicas, una muy menuda y con el pelo corto, vestida como si fuera un muchacho, y otra muy alta y con pinta de ser un poco mayor que los otros, seguían sin rechistar al que iba primero. Sin embargo, quien cerraba la comitiva, un joven oriental que iba comiendo galletas por el camino, no paraba de refunfuñar.

—No entiendo a qué vienen tantas prisas; que yo sepa, la fábrica no se va a mover de sitio…

Las dos chicas soltaron una risilla, pero el joven que iba en cabeza hizo caso omiso del comentario de su amigo. Siguieron andando a buen ritmo un par de minutos más, hasta que el chico que llevaba la voz cantante paró en seco y se volvió hacia los demás con mirada triunfante.

—Es aquí —sentenció con un deje de satisfacción en la voz—. En este terreno va a erigirse la futura fábrica de aeronaves. Voy a poder presenciar cómo gran parte de mis sueños se hace realidad. —Esta última frase la dijo casi en un murmullo, pero las dos chicas, atentas al discurso de su avispado amigo, cazaron las palabras al vuelo y quedaron profundamente maravilladas. No habían conocido nunca a otro muchacho como aquel, con unas aspiraciones tan altas y una inteligencia tan completamente fuera de lo común.

La mayor de las muchachas, Caroline, se sintió un poco avergonzada: su principal sueño en esos momentos no era otro que poseer un vestido de seda de la India que había visto en un escaparate de una boutique de Nantes. Sus mejillas se enrojecieron al instante y se alegró de que nadie más pudiera conocer sus pensamientos. Si la otra chica, Marie, supiera lo que pasaba por la mente de su compañera, se estaría burlando de ella por lo menos una semana entera.

El terreno era enorme; se extendía hasta donde abarcaba la vista de los jóvenes. La fábrica, que ocupaba la parte central de la parcela, todavía estaba a medio construir; por el momento se había erigido solamente la estructura, que vaticinaba un edificio de dimensiones descomunales. Había dos decenas de operarios trabajando en su construcción, así que las obras debían de avanzar a buen ritmo. Pronto la nave industrial estaría lista.

El chico que les había mostrado el terreno a sus amigos los miró de nuevo para observar sus reacciones, pero los otros tres seguían pasmados.

—¿Qué es exactamente lo que dices que van a construir aquí, Jules? — inquirió el muchacho oriental rascándose la cabeza.

—¿Es que no leéis la prensa? ¿No sabéis la importancia que van a tener las aeronaves en el futuro?

Los otros negaron con la cabeza. Los ojos de Jules Verne brillaron como siempre que su mente volaba lejos, hacia el futuro, y se llenaba de ideas novedosas con las que mejorar la sociedad en la que ellos habían nacido, la del siglo XIX, que le parecía siempre anticuada, conservadora y extremadamente injusta.

—Aquí se van a construir los inventos más formidables del siglo. ¿Recordáis la aventura que vivimos en globo, cuando volamos por los aires hasta una isla desierta? —La mente de los cuatro chicos se desplazó durante unos instantes hacia aquella experiencia tan alucinante que habían vivido un tiempo atrás—. Pues en el futuro no solo habrá globos aerostáticos, también se construirán aparatos que incorporarán motores o hélices para poder volar más alto y más rápido, y las naves tendrán mandos o volantes que servirán para dirigir las aeronaves al antojo de quien las pilote. ¡Todo el mundo podrá volar y cruzar océanos y continentes en cuestión de horas!

Sus amigos escuchaban el discurso del joven con los ojos abiertos como platos, soñando ellos también con el futuro lejano que su compañero les estaba narrando.

—Y lo mejor de todo —añadió él entonces—, es que ya lo tenemos aquí. El futuro ha llegado a Nantes en pleno siglo XIX, y nosotros vamos a ser partícipes de él.

Incluso Huan, que tanto había refunfuñado mientras caminaban hasta aquel recóndito terreno que tan lejos quedaba de su casa, se sentía ahora completamente ensimismado al observar la fábrica en la que iban a suceder tantas cosas. Se imaginaba a todo un grupo de científicos, parecidos a su amigo Jules pero un poco mayores, discutiendo sobre la mejor manera de construir una aeronave y haciendo probaturas de vuelo en el descampado que quedaba junto a la fábrica. Su talante para los negocios lo llevó rápidamente a imaginarse ganando una fácil suma de dinero gracias a esa fábrica; tendría que preguntarles a sus padres si le prestaban sus ahorros para invertirlos en la construcción de aeronaves.

Jules Verne ya se había acercado hasta el terreno en muchas ocasiones antes, pero esta era la primera vez que acudía en compañía. Lo cierto era que le gustaba ver cómo avanzaban las obras, pues con cada piedra que se añadía a la fábrica, su mayor sueño estaba un paso más cerca de hacerse realidad, y le apetecía compartir su aspiración con sus mejores amigos. Desde que se había enterado por la prensa de que unos inversores americanos, que deseaban desarrollar todo tipo de artilugios voladores, habían comprado el terreno para construir la fábrica, se había pasado noches enteras desvelado, pensando en los distintos aparatos que podrían fabricarse y dibujando todo posible objeto volador que le viniera en mente. Para él, aquel terreno se había convertido en un lugar muy especial, casi mágico, donde iba a ver materializados sus deseos. Se encaminaba hacia la fábrica por lo menos un par de veces por semana y observaba en silencio el avance de las obras. Con el tiempo, los operarios se habían ido acostumbrando a su presencia, e incluso había trabado amistad con uno de los vigilantes, Philippe, quien lo mantenía informado de los pormenores de la construcción del edificio. La semana anterior, mientras conversaba animadamente con él, Jules le había hablado de sus ambiciones como inventor, y Philippe le había prometido que cuando las obras hubieran llegado a su fin y la fábrica estuviera ya en marcha, movería hilos para que el joven pudiera conocer a los científicos de renombre que iban a trabajar en ella.

En aquel preciso instante, y como si se hubiera materializado de entre sus pensamientos, Philippe se les acercó.

—Buenos días, Jules. Veo que hoy vienes bien acompañado.

—Philippe, te presento a mis amigos: este de aquí es Huan, ella es mi prima Caroline y la otra chica es Marie. —A medida que hacía las presentaciones, los jóvenes le iban estrechando la mano al hombre—. Chicos, Philippe es uno de los vigilantes del lugar.

Una vez hechas las presentaciones pertinentes, estuvieron un rato charlando animadamente con el vigilante, que preguntó a los demás si también tenían tanta pasión por los inventos como su amigo Jules.

—¡Ya nos gustaría! —exclamó Marie risueña—. La verdad es que Jules Verne es el cerebrito del grupo y el más listo del instituto. Gracias a él, hemos vivido un puñado de aventuras, y su ingenio nos ha salvado en innumerables ocasiones.

Huan frunció el ceño, celoso por los comentarios de Marie y por las miradas que ambas chicas lanzaban a su mejor amigo. Su malhumor se había ido incrementando notablemente durante la última semana: al día siguiente, Mathieu, el malvado director del instituto que les hacía la vida imposible, iba a regresar a La Bonne Tradition después de pasar tres meses apartado de la docencia.

 

Hacía tiempo que los chicos sabían que Mathieu pertenecía a la Orden Contra el Progreso, una temible organización criminal cuyo objetivo era impedir que la sociedad avanzara hacia el progreso y el futuro con el que Jules y sus amigos tanto soñaban. Los miembros de esta asociación consideraban que la ciencia y la tecnología ponían en peligro las tradiciones francesas, que querían preservar a toda costa; estaban en contra del trabajo de los científicos, a quienes veían como enemigos de la religión y de la fe.

Para esta secta, la etapa de oro de la civilización occidental había sido la Edad Media, cuando la sociedad estaba separada por estamentos y se tenía respeto por los cultos sagrados y por las tradiciones en vez de por los descubrimientos tecnológicos. Sus actos eran violentos, y no dudaban en usar todo tipo de artefactos explosivos para frenar los avances científicos del país. No tenían ninguna clase de escrúpulos, lo que los convertía en extremadamente peligrosos; creían que el fin justificaba los medios, y no dudaban en torturar a sus víctimas hasta conseguir lo que ansiaban.

Los cuatro juntos habían luchado en diversas ocasiones contra la abominable secta, y tres meses atrás habían logrado salvar a todos los participantes de la Feria Internacional del Futuro de una muerte segura. La Orden Contra el Progreso había escondido una bomba de corbidio —su material favorito para causar daño— en la feria, con la pretensión de que tanto los inventores de todos los continentes como el público volaran por los aires. Sin embargo, Jules había podido avisar al primer ministro francés a tiempo, y con ello, habían logrado impedir que la bomba explotara. Una de las recompensas del político había sido apartar a Mathieu de su cargo durante un trimestre, con la excusa de que no había informado correctamente a sus alumnos sobre los beneficios del progreso y de la Feria Internacional del Futuro para Francia. Le habían contado al primer ministro todo lo que sabían sobre Mathieu y la Orden Contra el Progreso, y aunque este se había tomado muy en serio sus palabras, no había podido hacer más por ellos.

Al principio, todo había sido fantástico. El instituto sin Mathieu era un lugar mucho más relajado, los alumnos habían conseguido disfrutar como nunca de las asignaturas, e incluso habían podido expresar su opinión sin miedo a las reprimendas del director. Durante la ausencia de Mathieu, la señorita Pringuèle, que enseñaba matemáticas, había sido la encargada de llevar la dirección del centro. Aunque era una mujer bastante aburrida, seria, rígida y monótona, no habían tenido ningún problema con ella a lo largo de esos tres meses.

Sin embargo, todo eso estaba llegando a su fin: Mathieu regresaría al día siguiente, y Huan sospechaba que a partir de ese momento iba a ser más malvado y retorcido que nunca. Estos pensamientos lo llenaban de un profundo malestar y un mal humor que lo corroían por dentro; de los cuatro, Huan era probablemente quien lo había pasado peor por culpa del director del centro, y el regreso de Mathieu lo atemorizaba por completo.

Ajenos a su mal humor, los demás seguían hablando de los increíbles inventos que se iban a idear en la futura fábrica:

—Algún día trabajaré en un lugar como este y construiré aeronaves inmensas —afirmó Jules, convencido de sus palabras—. Serán vehículos tan grandes que podrán transportar de un lugar a otro a centenares de personas a la vez.

—Sí, claro —resopló Huan—. ¿Y cómo vas a evitar que unos aparatos voladores tan grandes y pesados, con cientos de personas en su interior, no caigan del cielo al suelo?

El chico, tras su pregunta de incrédulo, se agachó para coger una pequeña piedra ovalada que reposaba junto a sus pies y la lanzó al aire. Los jóvenes y el vigilante observaron su recorrido: el guijarro primero se elevó a gran velocidad, pero rápidamente descendió en picado y cayó al suelo unos metros más allá, produciendo un ruido seco.

Caroline, Marie y Philippe miraron a Jules, tratando de averiguar cuál sería su reacción ante el escepticismo de Huan. Incluso este observó de reojo a su amigo, aunque simulaba estar enfrascado en la contemplación de las piedras del terreno.

Sin embargo, Jules no estaba enfadado ni sorprendido. Al contrario, una sonrisa un tanto maligna iluminaba su rostro. Y es que Huan le había dado una idea. El joven inventor conocía a su amigo a la perfección y sabía que estaba irascible por la vuelta de Mathieu. Pues bien: si el director regresaba al día siguiente, no iban a desaprovechar la ocasión de recibirlo con una buena bienvenida…

Así comenzaba Caroline uno de los cuadernos que depositó en mis manos, con el deseo de que los guardara a buen recaudo hasta que pudieran publicarse dos siglos más tarde, en el futuro lejano con el que Los aventureros del siglo XXI tanto soñaban. La joven se dedicó a escribir una a una todas las hazañas que este grupo inseparable de amigos había vivido durante su juventud, para que ninguna de ellas quedara en el olvido, con la esperanza de que, algún día, jóvenes de todas partes pudieran conocer su lucha diaria por un mundo mejor.

La verdad es que la fábrica de aeronaves fue un punto de inflexión para Caroline, Huan, Jules y Marie, y al final también llegó a serlo para mí. Todos nosotros pusimos muchas expectativas en la construcción de esa nave industrial, especialmente Jules Verne, quien estaba viviendo uno de sus mayores sueños. No obstante, todo aquello en lo que Jules creía se tambaleó en apenas unas horas, y los deseos del joven inventor estuvieron a punto de perderse sin remedio.

Fue una etapa oscura para la ciudad de Nantes: la gente dejó de creer en el progreso, y Jules y compañía tuvieron que superar diversos obstáculos para intentar que los ciudadanos volvieran a apostar por el futuro.

En la vida no tenemos que dar nada por sentado, como me demostró esta aventura, que viví con extrema preocupación. Las cosas no suelen ser lo que parecen, pero aunque la mayoría de la gente suele conformarse con la explicación más sencilla, Los aventureros del siglo XXI prefirieron ir, como siempre, al fondo de la cuestión.

En esta ocasión, no fueron los sueños de Jules Verne los únicos que peligraron; la salud de mucha gente también se vio gravemente amenazada. De hecho, se trata de la situación en la que más he sufrido por la integridad física de algunos de mis jóvenes amigos sin saber si iban a poder recuperarse. Por primera vez, temí de verdad que el daño causado fuera completamente irreversible. Por suerte, conté con su inestimable ayuda para revertir la situación.

CAPITÁN NEMO