El rayo verde

Capitán Nemo · Capítulo 15 de 19

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El rayo verde

Capítulo 14. Espiando a Mathieu. Enjaulados

Capítulo 14

ESPIANDO A MATHIEU.

ENJAULADOS

 

Mientras caminaban hacia el instituto, Jules y Huan no podían quitarse de la cabeza las expresiones de tristeza en el rostro de sus amigas. Los artilugios que el joven inventor había fabricado para ellas no parecían haberlas animado mucho, pero Jules no se lo podía reprochar. Estaba seguro de que si Huan o él mismo estuvieran en el lugar de las chicas, se estarían tomando las cosas mucho peor.

—Me siento tan inútil… —Jules dio un puntapié a una piedra del camino.

—Yo también, pero ¿sabes qué? Vamos a hacer algo al respecto —le comunicó Huan.

—¿El qué? —Jules no estaba acostumbrado a que fuera su compañero quien tuviera las ideas.

—Lo único que sabemos hasta ahora es que la Orden Contra el Progreso está involucrada en esto, ¿no es así?

—Supongo —contestó Jules lentamente—. Aunque, en realidad, se trata más de una intuición que de otra cosa.

—De acuerdo —le concedió Huan—; intuimos que la Orden Contra el Progreso está de algún modo detrás del rayo verde, pero queremos saberlo con certeza para descubrir qué está pasando.

—¿Y cómo vamos a saberlo?

—Muy fácil —sonrió Huan con determinación—: Siguiendo a Mathieu al salir de clase.

Jules miró fijamente a su amigo:

—Sabes que es una locura, ¿verdad? —le contestó, sorprendido de que el miedoso de Huan estuviera proponiendo un plan tan temerario.

—Por supuesto —respondió el otro—, pero ¿qué otra cosa podemos hacer? ¿No se merecen Caroline, Marie y todas las otras personas que han perdido la vista que hagamos algo para descubrir la verdad?

El joven inventor lo meditó unos instantes. Lo cierto era que Mathieu constituía el único hilo del que podían tirar, y tal vez ese hilo los llevaría a descubrir algo más grande. Era arriesgado, muy arriesgado; implicaba meterse en la boca del lobo, y si los descubrían… Pero era la única opción que tenían, Huan estaba en lo cierto. No iban a rendirse sin presentar batalla primero.

—Está bien —concedió al fin—. Esta tarde, al salir de clase, seguiremos a Claude Mathieu.

El director de La Bonne Tradition salió muy rápido del aula aquella tarde, y ambos muchachos se escabulleron detrás de él, apresurándose para no perderle la pista. Su coche de caballos estaba aparcado frente a la entrada del instituto. Mathieu, sin mirar atrás en ningún momento, abrió la portezuela y se metió dentro de la carroza.

—Ahora —susurró Jules en el momento en que el cochero movía las riendas de los caballos para que comenzaran a trotar.

Se subieron de un salto a la parte posterior de la carroza, ocultos a la visión del cochero y de Mathieu, y sujetándose como buenamente podían. La carroza comenzó a traquetear a medida que los caballos aceleraban el ritmo y se ponían a galopar, y Huan, que no se había agarrado bien a la parte de atrás, estuvo a punto de caer en medio del polvoriento camino. Jules lo agarró del brazo en el último momento, evitando así la catástrofe: si Huan hubiera caído al suelo, no solo se habría hecho mucho daño, sino que, con toda probabilidad, el ruido al caer los habría descubierto y se hubieran metido en un buen lío.

—Me ha ido de un pelo —susurró Huan todavía lívido—; gracias por sostenerme, Jules.

—No hay de qué, pero no vuelvas a escurrirte hacia el suelo de ese modo, por favor —musitó el otro, agotado tras el esfuerzo de aguantar todo el peso de su amigo.

El coche siguió avanzando hacia las afueras de la ciudad, y poco a poco, Jules y Huan fueron adaptándose al traqueteo constante de la carroza. Comenzaron a preguntarse dónde debían de estar yendo: estaba claro que no se dirigían a casa de Mathieu, cuya vivienda estaba ubicada en el centro de Nantes. ¿Era posible que se estuvieran encaminando hacia una base secreta de la Orden Contra el Progreso? ¿Estaban a punto de descubrir dónde tenía la sede la secta criminal? Ambos chicos se miraron esperanzados leyéndose la mente: esa información podría ser de lo más valiosa para desenmascarar de una vez por todas a la Orden.

En estas, el coche se detuvo en medio de la nada. Los chicos miraron a su alrededor expectantes. ¿Por qué paraban? ¿Era ahí donde iba a suceder algo?

Se dieron cuenta de lo que ocurría cuando ya era demasiado tarde. Alguien salió del coche de caballos, y sin que tuvieran tiempo de reaccionar ni de saber qué era lo que estaba pasando, se vieron empujados hacia el suelo e inmovilizados. Ni siquiera les dio tiempo de ver a sus agresores: en un abrir y cerrar de ojos les habían tapado la cabeza con una tela.

Los hicieron entrar en el coche de caballos de malos modos. Como no veían nada, tropezaron y cayeron en el duro suelo de la carroza, que enseguida volvió a arrancar. Jules se mordió el labio sintiéndose muy estúpido. Probablemente, Mathieu sabía que lo estaban siguiendo desde el principio, pero había preferido que se confiaran para atraparlos cuando estuvieran más desprevenidos.

¡Menudos detectives de pacotilla eran! Querían ayudar a sus amigas y al final solo habían logrado meterse en problemas, agravando la situación que vivían desde el día anterior.

El coche siguió avanzando durante un cuarto de hora más, momento en el que los obligaron a descender del vehículo. Aunque no veían dónde se encontraban, puesto que seguían con una tela en la cabeza que les impedía la visión, rápidamente adivinaron que se hallaban a la orilla del mar, porque podían oler la sal, oír el apacible oleaje y sentir la brisa marina en la piel.

Estuvieron caminando un par de minutos por la arena. Jules tanteó sus posibilidades de escapar, pero asumió rápidamente que eran nulas: para empezar, estaba inmovilizado por un hombre que lo sujetaba con rudeza por el brazo y que probablemente iba armado. Además, incluso si lograba soltarse de las garras del individuo, con la tela atada a la cabeza no llegaría muy lejos; seguramente tropezaría con cualquier cosa y se desplomaría sobre la arena al instante. Por si fuera poco, todo apuntaba a que se encontraban en medio de la nada, con lo que sería muy difícil escapar de allí y regresar a la ciudad sin que lo atraparan. Y por último, pero no menos importante, no pensaba huir dejando atrás a su mejor amigo.

Los introdujeron en lo que parecía ser un barco amarrado a la orilla. Caminaron por la cubierta de madera, que crujía bajo sus pies, y los obligaron a descender por una escalera hasta lo que probablemente era la bodega. Jules trastabilló y estuvo a punto de caer rodando pero en el último momento conservó el equilibrio. Oyó una risa detrás de él: a su captor le hacía gracia la pérdida de equilibrio del chico.

Los metieron de mala manera en un cubículo, y cuando quisieron darse cuenta, oyeron el ruido de una llave al ser metida en la cerradura. Los estaban encerrando. Jules, desorientado, avanzó un paso y chocó contra unos barrotes de hierro.

—Voy a quitaros eso de la cabeza para que podáis ver algo —dijo una voz cerca de ellos.

Jules y Huan pegaron un brinco. ¡No estaban solos en aquel cubículo!

—No temáis. —La voz sonaba amable, pero ¿cómo iban a fiarse después de lo que acababan de vivir?

Jules notó como alguien desanudaba el cordón con el que habían atado la tela a su cabeza. Al cabo de unos instantes, el desconocido apartó la tela de su rostro y pudo volver a ver con normalidad. Se encontraban en la bodega de lo que efectivamente parecía ser un barco, metidos en una jaula que tenía el tamaño suficiente para aprisionar a un león.

A su lado, el desconocido estaba quitándole la tela a Huan, que parecía enormemente agobiado de verse en esa situación.

—Ahora comprendo un poco más el horror que están viviendo las chicas al no ver nada —comentó una vez que tuvo el rostro al descubierto.

Jules y Huan se volvieron hacia el hombre, sin saber si darle las gracias o comenzar a interrogarlo. Parecía amable, debía de rondar la cincuentena, llevaba anteojos, tenía el pelo canoso y estaba un poco desaliñado, como si llevara unos cuantos días encerrado en la jaula.

El desconocido debió de notar que despertaba curiosidad en los muchachos, ya que sonrió levemente y alzó las manos en señal de paz.

—No diré que me alegro de ver a nuevos prisioneros porque no es así — comenzó—, pero al menos no me sentiré tan solo. Mi nombre es Jaques Blanc.

Los chicos apenas pudieron contener una exclamación de sorpresa.

—¡Jaques Blanc! ¡Al fin!

—¿Tan famoso soy? —se sorprendió él sin entender nada.

—Somos amigos del capitán Nemo —le contaron los chicos—. En el periódico están preocupados por usted, y no digamos su esposa… De hecho, ella cree que está usted muerto.

—En cierto modo, lo preferiría —se sinceró él—, y sé que eso es lo que ocurrirá dentro de poco. Llevo varios días encerrado aquí dentro, no sé cuántos porque ya he perdido la noción del tiempo. Unos tipos me han encerrado para llevar las riendas del periódico y poder influir en la opinión pública de la ciudad de Nantes —les contó Jaques Blanc con resentimiento—. Todavía les resulto de utilidad porque de vez en cuando me preguntan dudas que tienen sobre el funcionamiento de la redacción, pero sé que cuando lo tengan todo bajo control me matarán y se desharán de mi cadáver.

Jules y Huan contuvieron un escalofrío ante las palabras de su interlocutor y asintieron con la cabeza. El director de Le Matin estaba confirmando lo que ellos suponían desde que el día anterior habían visitado la redacción del periódico.

—Así que el tal Mr. Dupont pertenece a la Orden Contra el Progreso como imaginábamos, ¿no es así? —inquirió Jules.

Jaques Blanc enarcó las cejas con sorpresa:

—No sé quiénes sois vosotros exactamente, pero estáis muy bien informados. Me sorprende que conozcáis la existencia de la Orden.

Huan soltó una risilla y exclamó:

—¡Hemos vivido muchas aventuras luchando contra esa secta!

La siguiente hora y media la pasaron conversando y poniéndose al día sobre sus distintas pesquisas. Los chicos le contaron a Jaques Blanc el motivo que los había llevado hasta aquel lugar: sus amigas habían perdido la vista en la tragedia del rayo verde, y sospechando que Mathieu estaba, de algún modo, metido en el embrollo, habían decidido seguirlo al salir del instituto. El resto de la historia lo podía deducir el mismo Blanc: los habían descubierto y capturado.

El hombre escuchó su relato con atención, sin pronunciar palabra. No fue hasta que los dos aventureros del siglo XXI hubieron acabado de hablar cuando, adoptando una actitud seria, les comunicó:

—Yo sé por qué toda esa gente se ha quedado ciega.

—¿¡Qué!?

—¿De verdad?

Jules y Huan no daban crédito a lo que acababan de oír.

—Me estuvieron amenazando para que escribiera artículos hablando bien sobre el rayo verde; supongo que leísteis aquella famosa noticia que figuraba en la portada de Le Matin la semana pasada. La verdad es que no sabía qué interés tenían esos individuos siniestros en que los ciudadanos de Nantes fueran a ver el rayo verde, pero tuve que hacer lo que me ordenaban… — Jaques Blanc se frotó los ojos, cansado—. Me dijeron que si no les hacía caso, matarían a mi mujer y luego harían lo mismo conmigo. Así que escribí aquel artículo contando las mil maravillas sobre el rayo verde, pero parecía que no era suficiente para ellos, así que poco después me secuestraron.

«Desde entonces, he estado aquí metido, aislado del mundo —prosiguió su relato—, pero he podido escuchar algunas de las conversaciones que han mantenido mis captores; a menudo me hago el dormido, ya que cuando creen que no los oigo es cuando más cosas se cuentan entre ellos. Así es como me enteré del accidente del rayo verde; no se me ocurría cómo relacionarlo con la Orden Contra el Progreso, pero sabía que por fuerza estaba implicada. ¿Cómo explicar, si no, la insistencia para que escribiera un artículo sobre lo increíble que era ese fenómeno atmosférico?

»Y entonces, al día siguiente, descubrí la verdad. Dos de los miembros de la Orden se jactaban de haber lanzado polvo de corbidio desde un globo aerostático mientras un centenar de personas observaba en la playa el rayo verde. Así es como han provocado el principio de ceguera en todos los espectadores del destello —sentenció con convicción—. Sé también que tras este atentado con corbidio, Mr. Dupont ha conseguido poner a todo el mundo en contra del progreso, y que por culpa de la Orden proyectos tan importantes y beneficiosos para Nantes como la fábrica de aeronaves peligran por completo. La verdad es que han hecho una jugada maestra.

Los chicos habían escuchado el relato de Jaques Blanc con la boca abierta.

—¡Esto lo explica todo! —exclamó Huan en cuanto el director de Le Matin hubo terminado su narración—. El corbidio es el sello personal de la Orden Contra el Progreso; hemos sido unos estúpidos por no haber pensado en ello antes.

Jules prestaba mucha atención a lo que decía su amigo. Por fin habían resuelto parte del misterio, pensó con alivio. ¡Si le contaban a Fahim que la sustancia extraña que había en los ojos de los afectados era corbidio, seguro que el médico hindú y su equipo serían capaces de encontrar un antídoto que hiciera recobrar la vista a los enfermos!

Pero entonces un oscuro pensamiento fulminó su mente como si se tratara de un rayo. Habían descubierto la sustancia que había hecho enfermar a sus amigas, sí, pero eran incapaces de comunicárselo a nadie. Estaban encerrados en la bodega de un barco, en un lugar indeterminado de las afueras de Nantes, y dudaba de que la Orden Contra el Progreso fuera a dejarlos salir con vida del lugar. Se dio cuenta con tristeza y resignación de que estaban tan lejos de salvar a sus amigas como al principio. Mientras Caroline, Marie y el resto de los pacientes permanecían ingresados en el hospital, ciegos por culpa del nocivo mineral y de las malvadas mentes de los integrantes de la secta, Huan, Jaques Blanc y él mismo estaban encerrados en una jaula, sabiendo lo que les ocurriría, pero sin modo alguno de salir de allí. Entonces se dio cuenta de algo que le puso los pelos de punta: probablemente, se llevarían ese conocimiento a la tumba.