El rayo verde
Capítulo 2. Una noticia en el periódico. La advertencia de Mathieu
Capítulo 2
UNA NOTICIA EN EL PERIÓDICO.
LA ADVERTENCIA DE MATHIEU
Ese mismo día, en el recreo, un grupo de chicas, entre las que se encontraban Caroline y Marie, estaba teniendo un comportamiento fuera de lo común. En vez de jugar al escondite o saltar a la comba, como solían hacer, habían formado un corro y se hallaban enfrascadas en la lectura de uno de los periódicos matutinos más célebres y con mayor reputación de Nantes: Le Matin.
En aquel momento, una de las chicas más mayores de la escuela estaba leyendo en voz alta a las demás el artículo que aparecía en portada. En vez de tratarse de una noticia escabrosa (Caroline y Marie estaban acostumbradas a leer primeras planas sobre extraños accidentes y explosiones, o sobre muertes), en esta ocasión se trataba de un incidente curioso y positivo:
—«El próximo domingo, los habitantes de Nantes que se desplacen unos cuantos kilómetros hasta la playa van a poder admirar un llamativo y mágico fenómeno que sin duda los dejará sin aliento: el famoso rayo verde —leyó la chica ante la atenta mirada de las demás—. Se trata de un extraño fenómeno de la naturaleza que nos permite, en contadas ocasiones, contemplar el último rayo de luz justo antes del anochecer, que adquiere este color tan especial.
»Cuenta una creencia popular —prosiguió la muchacha con la lectura del artículo— que quien contemple dicho rayo encontrará el amor o conquistará al fin a la persona que durante tanto tiempo ha ocupado sus pensamientos. ¿Fenómeno científico o ineludible hechizo de amor? Juzguen ustedes mismos este domingo al atardecer en la playa de Nantes y contemplen el rayo verde en todo su esplendor».
Las demás chicas, que habían contenido el aliento durante toda la lectura del artículo, suspiraron al unísono ensimismadas, cada una sumida en sus propios pensamientos. Alguna había incluso enrojecido al imaginarse que, por fin, aquel muchacho de la otra clase que tan poco caso le hacía se fijaría de una vez por to das en ella.
Ni Marie ni Caroline lo hubieran dicho jamás en voz alta, pero ambas tenían un objetivo común: ver el rayo verde junto a Jules Verne y que el muchacho quedara inevitablemente prendado de una de ellas para siempre.
Justo entonces, un grupo de chicos, entre los cuales estaban el propio Jules y su amigo Huan, se acercaron al corro de muchachas para ver qué tramaban cuchicheando alrededor de un periódico. Leyeron la noticia rápidamente y algunos de ellos soltaron risillas nerviosas, visiblemente impresionados, pero ninguno parecía dispuesto a mostrar ante las chicas que se había tomado en serio la leyenda del rayo verde.
—Se trata de un fenómeno científico, Jules —comentó Caroline esbozando su sonrisa más encantadora y mirando a su primo con dulzura—; deberíamos ir para poder documentarlo en nuestro diario del club.
—¿Desde cuándo te interesa tanto la ciencia? —inquirió Marie, un tanto irritada ante la desfachatez de su amiga—. Pero, sí, yo también pienso que deberíamos ir, Jules, puesto que seguro que será un espectáculo precioso.
Las mejillas de la joven enrojecieron en el acto, imaginándose junto a Jules en la playa de Nantes. Incluso si la leyenda estaba equivocada, sería sin duda una puesta de sol preciosa que bien valía la pena contemplar con su apuesto amigo.
Huan le arrebató el periódico a la chica mayor que lo sostenía y prorrumpió en una carcajada incrédula al fijarse mejor en el artículo:
—Esta noticia no tiene ningún fundamento —sentenció—. Mirad la imagen que la ilustra, ¡si ni siquiera se ve nada! Está todo borroso, podría ser un rayo verde o el plato de espinacas que cocina mi madre. Esta creencia popular es solo una cursilería; se trata de la típica imbecilidad que se inventan las mujeres y que solo Caroline le quitó el diario Le Matin a su amigo y lo miró tremendamente ofendida:
—No es ninguna imbecilidad ni ninguna invención nuestra.
—¡Y no somos cursis! —exclamó Marie apretando los puños.
—Ya te gustaría a ti encontrar a alguien como nosotras —afirmó la chica a la que Huan había arrebatado el periódico.
—Eso, eso —secundaron las demás, así como también algunos de los muchachos.
—¿Es que nadie me va a apoyar? —Huan miró a los chicos, apabullado ante la reprimenda que estaba sufriendo a manos de sus amigas e intentando que le echaran un cable.
—La verdad es que te has pasado, Huan —lo recriminó Jules—. No puedes tratar a las chicas de tontas, porque de tontas no tienen ni un pelo. Además, lo cierto es que me gustaría saber más de este fenómeno, científicamente hablando, por supuesto.
Los ojos de Jules Verne brillaban, pero no por el hecho de imaginarse emparejado con alguna de aquellas muchachas, sino porque nunca había oído hablar del rayo verde, y ahora que sabía de su existencia, deseaba llegar hasta el final de la cuestión.
—Lo siento, chicas —se disculpó Huan entretanto, mordiéndose un poco el labio inferior para intentar dar más lástima y conseguir el perdón de sus amigas.
Caroline iba a abrir la boca de nuevo, tal vez para perdonar a Huan, pero nunca llegaron a saber lo que estaba a punto de decir, ya que en aquel momento, Claude Mathieu se plantó delante de ellos y le quitó el periódico de las manos a la joven.
—Vaya, vaya, ¿os he pillado in fraganti planeando alguna otra maldad? —escrutó con mirada fría e inquisidora a cada uno de los chicos y chicas del corro, que iban desviando la mirada hacia el suelo. Luego bajó la vista hacia la primera página del periódico—. ¿Por qué os habría de interesar de repente tanto la prensa escrita?
Mathieu se había duchado y cambiado de ropa, pero todavía desprendía un ligero hedor a podrido, que se le debía de haber metido por los poros de la piel. Sus labios se torcieron en una desagradable mueca al leer por encima el artículo del rayo verde, tras lo cual procedió a romper el periódico en mil pedazos ante la mirada atónita de los alumnos.
—Muchachos —suspiró aparentando preocupación—. Lamento deciros que el rayo verde no es más que una fiera advertencia de la Naturaleza hacia la humanidad para hacernos reflexionar y que por fin nos demos cuenta de nuestros errores. Como sabéis —prosiguió como si se tratara de una de sus lecciones de la asignatura de Moral—, la Naturaleza es el orden supremo de este mundo, y está tremendamente enojada porque el progreso está destruyendo el planeta por culpa de la contaminación y de los destrozos científicos. Es por este motivo por lo que envía este rayo a modo de mensaje apocalíptico: para desatar toda su ira hacia la humanidad.
»Si vais a ver ese rayo —profetizó aumentando el dramatismo de su discurso—, más tarde recordaréis mis palabras y os arrepentiréis profundamente. Mi recomendación más encarecida es que no acudáis el domingo a la playa de Nantes, niños, puesto que puede ser muy pero que muy peligroso.
Los aventureros del siglo XXI se miraron enarcando las cejas y supieron en el acto que todos estaban pensando lo mismo. ¿Desde cuándo Mathieu se preocupaba por la seguridad de sus alumnos? ¡Si no quería que fueran a contemplar el rayo verde, quería decir precisamente que deberían ir a verlo!
—Ya es hora de que volváis a vuestras respectivas aulas —sugirió el director antes de que nadie pudiera comentar nada sobre su discurso—. Por cierto, casi me olvidaba. —Su mirada calculadora y casi inhumana se posó entonces sobre Huan y Jules—: Cuando descubra a los culpables de la tan poco refinada broma de los huevos podridos, estos recibirán un castigo ejemplar.
Claude Mathieu crujió los dedos amenazadoramente, y ambos tragaron saliva asustados.