El rayo verde

Capitán Nemo · Capítulo 11 de 19

Páginas del PDF

El rayo verde

Capítulo 10. Una visita a «Le Matin». ¿Qué ha sido de Jaques Blanc?

Capítulo 10

UNA VISITA A «LE MATIN»

¿QUÉ HA SIDO DE JAQUES BLANC?

 

Se encaminaron hacia el puerto sin mediar palabra. Ninguno de los dos quería volver a casa y hacer como si su vida fuera normal cuando no lo era, cuando sus dos mejores amigas sufrían en el hospital. Se sentían impotentes porque no podían hacer nada por ayudarlas.

No sabían si Nemo estaría al corriente de lo que les sucedía a sus amigas, pero por lo menos podrían obtener un poco de consuelo. Cuando llegaron al Nautilus, sin embargo, pudieron comprobar que el capitán también estaba muy afectado por lo ocurrido. Resultaba insólito verlo con esa expresión desolada en el rostro, puesto que raramente mostraba sus emociones. El semblante del capitán Nemo era una señal inequívoca de que se trataba de un asunto delicado.

El salón del Nautilus, donde tan buenos ratos habían compartido todos juntos, resultaba extrañamente vacío sin las chicas. Se sentaron a la mesa, que de repente parecía demasiado grande, y ni Jules ni Huan pudieron evitar reparar en los dos asientos vacíos, que deberían haber estado ocupados por Marie y Caroline.

El capitán Nemo fue el primero en romper el espeso silencio que se había ido adueñando de ellos:

—Lamento profundamente lo ocurrido —se sinceró con voz profunda y aparentemente calmada—. Os dije que el rayo verde no era peligroso y os animé a que fuerais a verlo. Los acontecimientos posteriores han demostrado que no tenía razón y que fue una estupidez alentaros de ese modo. —Los chicos pudieron notar el desánimo y la tristeza en la voz del capitán, y eso los entristeció aún más.

—¿Conoce algún otro caso en el que la visión del rayo verde haya dañado a la gente? —inquirió Jules, tratando de encontrar algún sentido a lo ocurrido.

El capitán Nemo negó con la cabeza:

—Si hubiera sabido de algún caso similar, jamás os habría recomendado ir a verlo —les aseguró.

—Es sorprendente que hasta ahora no se supiera que el rayo provocaba ceguera —opinó Huan rascándose la cabeza—. ¿Seguro que su visión no ha empeorado desde que lo contempló en Japón?

—Veo perfectamente, Huan —reiteró el capitán—. Sin embargo, tienes razón en una cosa: lo ocurrido anoche es sorprendente. ¿Desde cuándo un fenómeno atmosférico completamente inofensivo provoca ceguera a quien lo observa? Este artículo del periódico Le Matin de hoy me ha hecho reflexionar sobre el tema.

Les tendió el periódico a los chicos y aguardó a que lo hubieran leído detenidamente antes de añadir nada más. Se trataba de la misma portada que les había enseñado Claude Mathieu en clase. El llamativo titular, de enormes letras, destacaba en el centro de la página: «Tragedia en la playa de Nantes: los espectadores pierden la visión tras contemplar el rayo verde». Jules se detuvo unos segundos en releer el titular y luego pasó al resto de la noticia, que decía así:

 

Todo aquel que ayer contempló el fenómeno atmosférico

conocido como rayo verde, o destello verde, ha amanecido hoy con una clara pérdida de las facultades visuales, es decir, prácticamente ciego. Los habitantes de Nantes que anoche se desplazaron a la playa en busca de una puesta de sol única, o

de encontrar el amor de sus vidas bajo el supuesto influjo mágico del rayo verde, lo único que han conseguido es una ceguera que tal vez acarrearán toda la vida.

No son pocos los que definen lo ocurrido como «castigo

divino». Lo cierto es que la humanidad está últimamente tan obsesionada con el progreso que se ha perdido el respeto por lo arcaico, por lo primigenio y tradicional. Si seguimos por este camino, van a producirse muchas más catástrofes de este estilo, porque el ser humano merece ser castigado por su atrevimiento y osadía.

El progreso tecnológico y científico acarreará toda una

serie de represalias que irán en aumento si no se frenan y se boicotean estas actividades perjudiciales para todos. Mientras exista un solo científico jugando a ser Dios, no estaremos a salvo. Así pues, debemos eliminar a toda costa todo aquello que exalte el progreso. O nos declaramos en contra de las aberraciones científicas o seremos cómplices de la destrucción del mundo. Esperamos que los lectores de nuestro periódico elijan el bando correcto.

Esta terrible tragedia debe servir a los ciudadanos

franceses para algo positivo: todavía estamos a tiempo de parar este desastre antes de que adquiera mayores magnitudes, aún podemos frenar el progreso para que las aguas vuelvan a su cauce. Estamos a tiempo de volver a respetar las costumbres de nuestros ancestros y de seguir, por lo tanto, valorando la tradición por encima de todas las cosas.

No deberíamos jugar a ser dioses, tal como nos advirtió

ayer el rayo verde. Últimamente, la ciudad de Nantes está empañando su reputación de la manera más espantosa posible: con la construcción de una fábrica de aeronaves que desolará la región por completo. Esta fábrica va en contra de las leyes naturales, puesto que desafía tas reglas con las que el ser humano se ha regido durante miles de años.

¿Estamos dispuestos a que las aeronaves y no los pájaros

invadan el cielo? ¿Estamos dispuestos a sufrir continuamente castigos divinos por nuestra desfachatez? ¿Estamos dispuestos a que nuestras hijas, nuestros hermanos, parientes y amigos se

queden ciegos como represalia o vamos a decir «basta» de una vez por todas?

Todavía estamos a tiempo de frenar acciones que van en

contra de las leyes y de la tradición; mientras no haya una aeronave volando por el cielo de nuestra hermosa ciudad, tendremos la oportunidad de parar este sinsentido. Ahora ha sido el rayo verde, pero ¿cuál será el próximo castigo? Intentemos que no haya más víctimas y hagamos lo que está en nuestras manos para deshacer lo que los científicos, en pos del progreso, están destruyendo. Regresemos a la tradición si no queremos que todo siga empeorando.

 

—¿Qué os parece? —preguntó Nemo, una vez que hubieron acabado de leer el artículo.

—Me he sentido como en una clase de Mathieu; incluso, en mi mente, lo he leído con su voz —se sinceró Jules—. ¿Qué tiene que ver una catástrofe con la construcción de la fábrica de aeronaves? Me parece una comparación retorcida e injusta.

—Exactamente —coincidió el capitán—. La verdad es que este artículo ilustra más de lo que parece en un principio. Antes de leerlo, estaba convencido de que, por el motivo que fuera, el rayo verde había resultado nocivo para las personas.

—¿Y después de leerlo? —inquirió Huan, que no entendía nada.

—Después de leerlo tengo mis dudas. La parcialidad del artículo me ha hecho pensar que hay muchos intereses puestos en que la construcción de la fábrica de aeronaves no siga adelante… Creo que Le Matin quiere que la opinión pública esté en contra de la fábrica para poder cerrarla; sería un duro golpe para el progreso en esta ciudad. Lo que no sé, y es de vital importancia que lo averigüemos, es si detrás de la desgracia del rayo verde se esconde la mano de un individuo o una asociación que está en contra de la fábrica, o si, simplemente, alguien ha querido aprovechar la situación para poner a la gente en contra del progreso.

Jules chasqueó los dedos:

—¡Pues claro que el artículo me ha recordado a Mathieu! ¡Él mismo nos habló del rayo verde como si fuera un castigo divino, él mismo dijo que se trataba de un mensaje apocalíptico!

—¿Quieres decir que Mathieu está detrás de lo que les ha ocurrido a Caroline y a Marie? —Huan estaba muy confuso: ¿desde cuándo el director de La Bonne Tradition podía controlar la meteorología?

—Sí, y no creo que haya actuado solo, pienso que la Orden Contra el Progreso está implicada. No sé cómo ha logrado que un fenómeno atmosférico inofensivo se convierta en algo peligroso para la salud, pero el caso es que es lo que ha hecho. Solo tenemos que averiguar cómo y revertir la situación, ¿verdad, capitán Nemo?

El hombre seguía meditabundo.

—Tus palabras coinciden bastante con la reflexión que he hecho a lo largo de la tarde, Jules —apuntó el capitán—, sobre todo, porque hay otro aspecto de este rompecabezas que me resulta completamente inverosímil.

—¿De qué se trata? —Huan se removió en la silla, ansioso por que Nemo compartiera sus ideas con ellos.

—Resulta que da la casualidad de que conozco al director de Le Matin desde hace muchos años, podría decirse que somos buenos amigos, y sé perfectamente que está a favor del progreso y que la construcción de la fábrica de aeronaves le parece un buen proyecto para Nantes.

—Tal vez piensa que escribiendo así va a vender más periódicos… — aventuró Jules.

—Jaques Blanc no es esa clase de persona —lo contradijo el capitán, convencido—. Su línea editorial ha sido siempre contraria al conservadurismo tradicional y rancio; nunca habría permitido por voluntad propia que se publicara en su periódico, y menos, en portada, un artículo tan sesgado, alarmista y contrario al progreso como el de hoy.

—¿Quiere decir que alguien está coartando al director de Le Matin para que escriba ciertas cosas? La Orden Contra el Progreso podría tenerlo amenazado —sugirió Jules.

—Primero le hacen escribir que todo el mundo debe ir a contemplar el rayo verde porque será un espectáculo de gran belleza y luego, ¡zas! — exclamó Huan—. Todos quedan ciegos y resulta que ha sido un castigo divino.

—¿Qué manera puede ser más efectiva para conseguir cambiar la opinión pública de toda una ciudad que tocando la salud de la gente y asustándolos? ¡Todo cuadra! —coincidió el otro chico.

—Ante todo, calma —les advirtió el capitán al ver que ambos se habían envalentonado en sus acusaciones—. Todavía no sabemos si nuestras intuiciones son las correctas.

—¿Y a qué esperamos para averiguarlo? —Huan se puso en pie de un salto y Jules lo imitó.

El capitán Nemo hizo un amago de sonrisa al comprobar, una vez más, la vitalidad de sus dos jóvenes amigos.

—Voy a pedir que nos preparen el coche de caballos —anunció— y haremos una visita cortés a la redacción del periódico Le Matin por si Jaques Blanc tiene algo importante que contarnos.

Jules y Huan se miraron con expectación. Tal vez iban a poder ser de ayuda para sus amigas, tal vez no estaba todo perdido después de todo.

Subieron al espectacular coche de caballos que el capitán Nemo usaba siempre que se desplazaba por la ciudad. Era muy elegante, de color negro y diseño futurista. La forma alargada resultaba extraña para un vehículo de estas características; las portezuelas se abrían y se cerraban solas mediante algún mecanismo que Jules desconocía, y en vez de cortinas, las ventanillas disponían de una especie de persianas. La parte trasera del carruaje estaba adornada con una figura del dios Poseidón. La visión de esa imagen hizo que Jules pensara de nuevo en su prima Caroline, a quien le encantaban las cosas bonitas. ¿Y si ya no pudiera volver a admirar la belleza del mundo? Jules nunca había conocido a nadie tan entusiasta ante el espectáculo de una bonita puesta de sol o la visión del Nautilus sumergiéndose bajo el mar —siempre se quedaba embelesada contemplando los diversos tipos de peces junto al ventanal del salón del buque—, y a menudo encontraba detalles importantes que a los demás les pasaban desapercibidos.

Pensó también en Marie y en lo desvalida que se sentiría ahora mismo: ella era quien ayudaba siempre a la gente y ahora la tendrían que ayudar a ella. ¿Y si acababa ingresada en el Asilo de la Caridad, el lugar donde solía trabajar de voluntaria cuando no estaba en clase o en la sede del club? Lo pasaría muy mal siendo cuidada por las monjas, cuando lo que le gustaba a Marie era ayudarlas para tratar de mejorar las vidas de los enfermos y de los ancianos.

Jules se sentía como si estuviera viviendo en una pesadilla, solo que sabía que estaba despierto. No pudo evitar rememorar la conversación que habían tenido aquella misma tarde en el hospital. ¿Qué iba a ser de Los aventureros del siglo XXI sin ellas? ¿Cómo se las apañarían Huan y Jules para acabar con la Orden Contra el Progreso sin dos de los pilares fundamentales del club? No habría más cuadernos escritos por Caroline, pensó con tristeza, ni más tardes enseñando los inventos de Jules en el asilo donde trabajaba Marie. No habría más meriendas en la trastienda de los padres de Huan ni viajes en el Nautilus. Nada sería normal si sus amigas no estaban bien; no se veía capaz de hacer nada si no era con ellas dos.

Intentó apartar esos pensamientos funestos de la cabeza, aunque le resultaba de lo más difícil, y centrarse en lo que iban a hacer a continuación. El coche del capitán Nemo estaba tirado por los caballos más hermosos y fuertes de la ciudad, y era Yamir, el ayudante personal del capitán Nemo, quien llevaba las riendas. Yamir era la persona en la que más confiaba el capitán: discreto y fiel, nunca le había fallado.

El trayecto fue corto, puesto que la redacción de Le Matin se encontraba en el centro de la ciudad. Yamir detuvo el vehículo y sus ocupantes descendieron del carruaje.

—Aguarda aquí, no tardaremos mucho —le indicó el capitán a su ayudante.

Nemo, Huan y Jules entraron en el edificio que tenían enfrente. Los dos jóvenes no habían estado nunca en la redacción de un periódico, y se imaginaban una oficina destartalada bullendo de actividad, con papeles desperdigados por el suelo y reporteros atareados yendo de un lado para otro y tecleando frenéticamente en las novedosas máquinas de escribir. Nada más lejos de la realidad: la sala en la que entraron estaba sumida en un silencio tenso, y todos los periodistas se encontraban en sus sillas, y no levantaron la vista del papel al oírlos entrar.

Como nadie parecía dispuesto a salir a recibirlos, se acercaron al recepcionista, ubicado enfrente de la entrada.

—Buenas tardes —saludó el capitán Nemo—. Nos gustaría hablar con Jaques Blanc, el director del periódico. ¿Sería tan amable de comunicarle que el capitán Nemo y dos amigos suyos quieren que los reciba, por favor?

El recepcionista levantó la vista de su libreta y puso cara de susto:

—Me temo que Jaques Blanc no se encuentra disponible, señor.

—¿Me sabría decir a qué hora podemos localizarlo?

—La verdad… —pareció titubear el recepcionista—, la verdad es que no sabemos dónde está. Hace un par de días que no aparece por aquí.

El capitán Nemo enarcó las cejas sorprendido.

—No parece propio de Jaques abandonar su periódico sin decir nada — musitó.

—No, ¿verdad? —coincidió el recepcionista—. Aunque últimamente no era el de siempre… Llevaba unas semanas… —Y calló sin atreverse a hablar más.

—¿Qué iba a decir? —insistieron Jules y Huan a la vez. No podían soportar quedarse con la incertidumbre.

El recepcionista miró a su alrededor, y cuando se hubo cerciorado de que no había nadie cerca que pudiera oírlos, se armó de valor para contestar:

—En mi opinión, estaba atemorizado —susurró—. Y prefiero no decir nada más. En esta redacción parece como si las paredes tuvieran oídos.

Entonces apareció un hombre bajito, de unos cincuenta años, con un bigote puntiagudo y la nariz amplia. Vestía impolutamente e iba aseado, pero su aspecto resultaba de lo más siniestro. Había algo en su mirada que puso los pelos de punta a Huan y a Jules.

Mientras se les acercaba, el recepcionista tragó saliva y bajó la vista de nuevo hacia su cuaderno, intentando pasar desapercibido. A Jules no le cupo ninguna duda de que aquel hombre tenía aterrorizado al recepcionista y, probablemente, a toda la redacción.

—¿Quiénes son estas personas? —preguntó el hombre con fiereza, dirigiéndose al recepcionista como si Nemo, Jules y Huan no estuvieran allí.

—Mr. Dupont, este caballero y estos jóvenes son amigos de Jaques Blanc, preguntaban por él.

—Entiendo. —El hombre se volvió hacia ellos y escrutó con la mirada al capitán Nemo, probablemente por considerarlo el único rival digno de su interés—. Jaques Blanc se encuentra indispuesto y yo lo sustituiré hasta que se recupere. Soy Mr. Dupont, el director provisional de Le Matin, ¿y usted es…?

—El capitán Nemo.

Ambos hombres se estrecharon la mano sin apartar la mirada el uno del otro.

—Y bien, capitán Nemo, ¿en qué puedo ayudarlo? —inquirió Mr. Dupont con sorna. No parecía dispuesto a querer ayudarlo en nada.

—Quería pasar a saludar a mi viejo amigo, eso es todo. Ya regresaré en otra ocasión, a ver si tengo más suerte y ya está recuperado.

—Eso es lo que deseamos todos —contestó Mr. Dupont escuetamente—. Ahora deben irse, están alterando a mis trabajadores.

Jules y Huan miraron a su alrededor; ni un solo reportero había levantado la vista de su mesa de trabajo.

—Por supuesto —repuso Nemo—. Aquí no tenemos nada que hacer.

Salieron de la redacción de Le Matin sin mediar palabra. Podían sentir la mirada fija de Mr. Dupont en sus coronillas, y eso les ponía nerviosos, pero era importante aparentar tranquilidad. Se metieron de nuevo en el coche de caballos, y hasta que las portezuelas no se cerraron, Nemo no abrió la boca:

—Estábamos en lo cierto; las cosas no parecen andar muy bien por la redacción.

—¿Qué creéis que le ocurre a Jaques Blanc? —preguntó Huan—. ¿Está realmente enfermo?

—Solo hay un modo de averiguarlo —resolvió el capitán—. Yamir, llévanos a la casa de Blanc. Sabes el camino, ¿no es así? Ahora comprobaremos si lo que dice ese tal Mr. Dupont es cierto.

La casa de Jaques Blanc consistía en una bonita finca con jardín a las afueras de la ciudad, cerca de donde se ubicaría la nueva fábrica de aeronaves. El carruaje se detuvo ante la puerta de acceso, y a Jules le pareció ver que una mujer los observaba por entre las cortinas de una ventana lateral.

Salieron del coche de caballos y se encaminaron hasta la entrada. Sin duda, la mujer de la ventana los habría visto acercarse hasta allí. El capitán Nemo llamó a la puerta tres veces y aguardó.

Les contestó una voz femenina sin abrir la puerta:

—¿Quién hay ahí? —Sonaba asustada.

—Soy el capitán Nemo, un viejo amigo de Jaques, y vengo con dos jóvenes compañeros, Jules y Huan.

Ahora sí, la mujer abrió la puerta. Llevaba el cabello rubio recogido en una larga trenza, se la veía pálida y ojerosa, y por sus ojos enrojecidos parecía como si hubiera estado llorando apenas unos minutos antes.

—Te recuerdo, Nemo. Jaques siempre me ha hablado muy bien de ti. — Al nombrar a su marido, los ojos se le llenaron de nuevo de lágrimas.

—¿Qué ocurre, Rosaline? ¿Qué le pasa a Jaques? —El capitán Nemo cogió la mano de la mujer y se la estrechó con afecto.

—¿Está enfermo? —preguntó Huan, Intentando mirar dentro de la casa por si lo veía por alguna parte.

—¿Enfermo? Ojalá —suspiró su esposa—. Ha desaparecido.

—Cuánto lo siento —dijo Nemo bajando la cabeza. Aquel era un duro golpe para todos.

—Creo… —La mujer tomó aire para decir las siguientes palabras, que tanto le dolían en el alma—: Creo que está muerto.