El rayo verde

Capitán Nemo · Capítulo 2 de 19

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El rayo verde

Capítulo 1. Operación retorno. El lanzamiento del los «ovonis»

Capítulo 1

OPERACIÓN RETORNO.

EL LANZAMIENTO

DE LOS «OVONIS»

 

Jules y Huan se habían levantado a las cuatro de la madrugada para poder llevar a cabo lo que habían bautizado como «Operación Retorno». La luna menguante todavía brillaba en lo alto del cielo cuando se saludaron escuetamente en el cruce donde se habían citado. Aunque Huan tenía ojeras bajo los ojos y bostezaba ruidosamente, estaba convencido de que ese pequeño esfuerzo matutino iba a valerle la pena. No pensaba rendirse ante las garras de Mathieu sin presentar batalla primero.

Llegaron al mercado municipal de Nantes a la hora en la que comenzaba a entrar toda la mercancía fresca. Sin dejar de hablar entre ellas, algunas mujeres rollizas se anudaban el delantal y comenzaban a organizar los puestos, mientras unos cuantos hombres barrigudos iban sacando cajas repletas de productos frescos de diversos carros y llevándolas a donde tocara.

Jules y Huan contemplaron durante un par de minutos el lugar en silencio, sintiéndose un tanto desorientados. El mercado, estando todavía cerrado al público, ya hervía de actividad, con tantos campesinos y comerciantes yendo de un lado a otro con frenesí. Entretanto, las tripas de Huan comenzaron a sonar ruidosamente, como quejándose por estar en un enclave en el que abundaba la comida y, sin embargo, no poder probar bocado alguno. Esperanzado, tanteó los bolsillos de su chaleco, pero no oyó el tintineo de las monedas: sin dinero, no iba a poder comprar ninguno de los exquisitos alimentos que veía a su alrededor.

En estas, una mujer de pelo canoso y larga trenza, que caminaba tambaleándose ligeramente por el peso del cesto repleto de manzanas que acarreaba consigo, se paró ante ellos y les preguntó qué hacían allí pasmados.

—Buscamos la pollería —respondió Jules cortésmente—. ¿Sabría indicarnos hacia qué parte del mercado debemos dirigirnos, por favor?

—Debéis seguir recto por donde el carnicero y luego girar a la derecha, donde la pescadería; la pollería de Madeleine está justo al lado de mi frutería. Podéis seguirme si queréis.

Como agradecimiento por sus indicaciones, los chicos decidieron cargar con la cesta de fruta mientras seguían a la amable mujer hasta la pollería. Fue coger la cesta y arrepentirse en el acto de su buena obra; ¡pesaba tanto que prácticamente no la podían levantar del suelo! Cada uno la cogió por un asa, y resoplando por el esfuerzo, siguieron a la señora por entre los distintos puestos del mercado.

—¡No hay nada como la juventud, tan fuerte y llena de vida! —iba gritando ella de vez en cuando, tras volverse brevemente para comprobar que seguían allí. Los chicos no sabían si clamaba esas consignas para animarlos en su ardua tarea o si, sencillamente, se estaba burlando de ellos.

Por fin, tras lo que les pareció una eternidad, llegaron al puesto de la fruta.

—Podéis dejar el cesto aquí, junto al de las peras —señaló la mujer sin inmutarse lo más mínimo al ver los rostros encendidos por el esfuerzo de Jules y de Huan, que se apresuraron a depositar las manzanas en el lugar indicado.

De repente, la señora pareció recordar el verdadero motivo por el que los muchachos la habían seguido hasta allí y vociferó:

—¡Madeleine! ¡Aquí hay unos niños que preguntan por la pollería!

No les gustó que la señora los tratara de niños, pero no dijeron nada. Debían seguir causando una buena impresión si querían alcanzar su propósito.

—¿Quién me llama?

Una mujer rubia salió de entre las cajas del puesto contiguo a la frutería. Jules y Huan trataron de poner su mejor cara de no haber roto nunca un plato y se acercaron a ella.

—Buenos días —dijeron al unísono esbozando una ensayada sonrisa.

—El mercado todavía no ha abierto al público —apuntó la mujer, mirándolos con suspicacia y poniendo los brazos en jarra de una manera muy similar a como lo hacía la madre de Jules cuando sospechaba que alguno de sus hijos tramaba algo—. ¿Qué queréis?

—Verá —comenzó Jules frotándose las manos con simulado nerviosismo —, no podíamos venir en horario de apertura porque tenemos clase en el instituto y luego ya sería demasiado tarde.

—Tenemos que presentar un proyecto de ciencias esta mañana, ¿sabe usted? —prosiguió Huan—. Puntúa para la nota final, y es muy importante que lo hagamos bien o no pasaremos de curso.

—Hasta ayer, todo iba a la perfección —continuó el otro—; estábamos construyendo una maqueta de un volcán, ¿se imagina? ¡Con lava y todo! Pero…

—Explotó —sentenció Huan dramáticamente—. El volcán hizo ¡pum!, y todo voló por los aires. Si llegamos al instituto con las manos vacías, vamos a repetir curso y nuestros padres nos van a echar de casa.

La mujer iba mirándolos alternativamente, con la boca ligeramente entreabierta por la sorpresa.

—¿Y qué tengo que ver yo con todo esto?

—Hemos tenido una idea para un nuevo proyecto. Queremos idear una máquina que sepa cuándo un alimento es óptimo para el consumo humano y cuándo, en cambio, está caducado y no debe comerse.

—Nos preguntábamos si no tendría usted unas cuantas docenas de huevos podridos. Es nuestra última oportunidad para aprobar la asignatura. —Huan se miró los pies procurando sentir mucha lástima de sí mismo.

La mujer los miró compadeciéndolos. No parecía que el proyecto de ciencias con huevos podridos fuera a tener mucho éxito, pero no quería descorazonar a aquellos apenados jóvenes:

—Normalmente retiramos toda la mercancía caducada de la vista para no confundirla con la buena. Veré qué me queda, no os prometo nada; puede que mi ayudante ya se haya deshecho de los huevos pasados.

Jules y Huan se miraron de reojo mientras la mujer desaparecía entre unas cajas que contenían pechugas de pollo. La actuación estaba saliendo a la perfección; ahora solo quedaba esperar.

—¡Aquí están! Os los meto todos en una caja, ¿de acuerdo?

—Perfecto, muchas gracias —exclamó Jules sonriente.

En aquel momento, la mujer de la frutería apareció con una cesta llena de verdura podrida que olía fatal:

—No he podido evitar oír lo que le contabais a Madeleine, y he pensado que mi verdura en mal estado también os servirá para probar el invento.

A Jules le flaqueó la sonrisa, pero trató de que no se le notara y agradeció a las dos mujeres su colaboración.

—¡Recuerden, si aprobamos será gracias a ustedes! —exclamó Huan a modo de despedida mientras se alejaban cargados con las dos cajas. Luego bromeó flojito para que solo lo oyera su amigo—: Parece mentira que hayamos ido al mercado, con la de alimentos suculentos que hay, y regresemos con huevos podridos. ¡No me reconozco!

Jules se rio silenciosamente. Sabía que aunque hiciera broma, para Huan había sido muy duro salir de allí sin ningún alimento exquisito que llevarse a la boca.

Cuando el mercado desapareció de su vista al doblar la esquina, se deshicieron de la caja de verdura maloliente, que no les servía para nada, y se quedaron solamente con la de huevos.

—Parte uno del plan completada con éxito, ya tenemos los huevos podridos —informó Jules—. Ahora vayamos a por la parte dos: la construcción de los «ovonis». ¡Tenemos que darnos prisa o comenzarán las clases y no los habremos hecho todos!

Las siguientes dos horas las habían pasado en la trastienda de los padres de Huan ideando la segunda parte del plan. Los chicos solían usar ese lugar como sede del club de Los aventureros del siglo XXI, un grupo que formaban junto a sus dos mejores amigas, Caroline y Marie, y con el que habían derrotado en distintas ocasiones a la Orden Contra el Progreso. Los aventureros del siglo XXI simbolizaban todo aquello que la Orden odiaba: el futuro, el progreso, el avance tecnológico y social… Aunque vivían en el siglo XIX, los cuatro compañeros se imaginaban cómo sería la vida en el siglo XXI, que se les antojaba lejano y maravilloso, y habían decidido intentar mejorar el presente para que ese futuro tan increíble con el que a menudo soñaban pudiera tener lugar.

Una vez en la sede del club, fueron recortando uno a uno decenas de cartones que Huan había pedido el día anterior a sus padres, a quienes les sobraban las cajas de cartón, puesto que cada mes les llegaba un barco procedente de China con diversos productos de importación, empaquetados en cajas, para la tienda. Jules le enseñó a su amigo cómo debía recortar cada cartón para que este tuviera forma de disco: tenían que ser ovalados, planos y con un agujero en medio. Era precisamente en ese agujero donde colocarían luego cada uno de los huevos podridos que les había dado Madeleine; solo sí seguían bien cada paso, iban a conseguir un «ovoni» perfecto.

Al principio, Huan tuvo ciertos problemas con los cartones y las tijeras: las manualidades no eran su punto fuerte y le costaba lograr que todos los «ovonis» tuvieran la misma forma. Mientras que los de Jules eran todos iguales y perfectos, cada «ovoni» de Huan era un poco distinto. Sin embargo, poco a poco fue cogiéndole el truco, y la última decena de «ovonis» que fabricó se parecían mucho a cualquiera de los de su amigo.

El término «ovoni» lo había inventado Huan tras escuchar atentamente la idea de Jules: idear un huevo podrido volador, como si se tratara de una pequeña aeronave dirigible. A Jules le había hecho mucha gracia el nombre, así que a partir de aquel momento se habían referido al artilugio de este modo.

Los chicos no se dieron por satisfechos hasta que hubieron compuesto más de cincuenta «ovonis» y vieron que se les estaba haciendo realmente tarde.

—¿Y si llegamos al instituto después de Mathieu? —inquirió Huan nervioso al ver la hora que era—. ¡Nuestro plan fracasará, no podremos llevarlo a cabo!

—¡No podemos permitírnoslo, después de tantas horas de trabajo, no! — exclamó Jules poniéndose en pie apresuradamente.

Así que con cuidado para que no se rompieran, colocaron los «ovonis» en sendas cajas, y, a paso ligero, se encaminaron hacia La Bonne Tradition.

Ya lo tenían todo preparado. En cualquier momento, el coche de caballos de Mathieu llegaría a las puertas del instituto y su propietario tendría el recibimiento que se merecía. Caroline y Marie no habían querido participar en esa misión; consideraban que lo único que iban a lograr era meterse en líos y les parecía que lo último que necesitaban en aquel momento era enfurecer a un miembro de la Orden Contra el Progreso. Así pues, Jules y Huan habían sido los encargados de orquestar la operación: en ese momento estaban distribuyendo el invento a todos los alumnos que quisieran colaborar, apostados en distintas ventanas del edificio, para tener todos los frentes cubiertos y que la lluvia de huevos abarcara todos los ángulos posibles.

Cada niño que cooperaba en la «Operación Retorno» disponía de un par de huevos podridos con los que llevar a cabo la misión. Lo más importante era que ningún chico o chica fuera descubierto durante el proceso.

En estas, apareció un coche de caballos que todos los estudiantes conocían muy bien.

—Todo el mundo a sus posiciones —murmuró Huan, apremiando a un par de niños pequeños que se habían despistado y se habían apartado de la ventana.

Jules, entretanto, empezaba la cuenta atrás:

—Preparados… —El portón del carromato se abrió ligeramente—, listos… —Un pie calzado con un mocasín marrón oscuro apareció ante la vista de los casi treinta niños que espiaban a través de las ventanas—. ¡Ya! — El director del instituto salió por completo del vehículo, dispuesto a entrar en la escuela.

Al son de las palabras de Jules, todos los alumnos implicados en la «Operación Retorno» lanzaron los «ovonis» al unísono para luego esconderse en el acto. Gracias a los cartones que los dos aventureros del siglo XXI habían colocado alrededor de los huevos, estos descendían a una velocidad mucho menor de lo habitual, con lo cual, todos los chicos y chicas tuvieron tiempo de sobra para esconderse, sin temor a que Mathieu los viera y los relacionara con el incidente.

Unos segundos más tarde, Mathieu alzó la vista sorprendido al ver aterrizar un alado huevo podrido en su mocasín. Fue entonces cuando se dio cuenta de la flatulenta lluvia que se le venía encima, y, en vano, trató de cubrirse la cabeza con los brazos. Los «ovonis» impactaban en su cuerpo desde todas las direcciones posibles y estallaban en el acto, esparciendo el olor a putrefacción por todas partes.

Mathieu alzó un puño hacia el cielo y, aunque no vio a nadie a quien inculpar, clamó amenazadoramente:

—¡Me las pagaréis!

En aquel momento, un huevo podrido le impactó en medio de la coronilla, restando credibilidad a su amenaza.

Los alumnos, desde sus distintos escondites junto a la ventana, se desternillaban de risa, Huan el que más. El chico oriental se estaba revolcando en el suelo, junto a la ventana, y las lágrimas le corrían por las mejillas de lo mucho que se reía.

—Jules… —exclamó secándose una lágrima mientras soltaba otra gran carcajada—. ¡Esta es, sin duda, la mejor idea que has tenido nunca!