El rayo verde
Capítulo 16. La transformación. La huída
Capítulo 16
LA TRANSFORMACIÓN.
LA HUIDA
Después del argumento de Jules, no hizo falta mucho más para convencer a Jaques Blanc de que llevara a cabo lo que él mismo bautizó como La Interpretación Más Convincente Del Mundo. Los chicos se alegraron de haber conseguido motivar al director; así, iba a resultar mucho más fácil que se metiera en su papel y que lograra hacer una actuación creíble delante de los vigilantes.
Jules se puso manos a la obra con la transformación de Jaques Blanc en Claude Mathieu. Huan, a modo de ayudante, iba haciendo todo lo que su amigo le ordenaba, e incluso añadía sus propias ideas para mejorar el resultado final. Así, durante la siguiente hora estuvieron de lo más entretenidos llevando a cabo la metamorfosis y rezando en silencio para que el resultado fuera el adecuado.
Al final, la brea fue uno de los elementos clave para el disfraz, puesto que sirvió para distintos fines: por un lado, lo usaron como tinte para el pelo del hombre, que ya blanqueaba, mientras que el del director de La Bonne Tradition seguía siendo oscuro. Por otro, lo esparcieron por la piel de Jaques Blanc para que pareciera un par de tonos más moreno. La resina era de lo más pringosa, y Huan y Jules cruzaron los dedos para que los vigilantes no notaran nada: mientras no tocaran al falso Mathieu, todo iría bien.
Jules estuvo un buen rato moldeando el alambre que había encontrado en el suelo hasta obtener la forma de un monóculo. Le quitaron a Jaques los anteojos y lo cambiaron por el característico monóculo de Mathieu. El director de Le Matin se quejó un poco, puesto que sin los anteojos no veía demasiado, pero los chicos no se dejaron amedrentar. Si Jaques Blanc debía convertirse en Claude Mathieu, la transformación tenía que ser completa para no dejar lugar a dudas.
El bigote no estaba mal del todo, y mejoró tras unos retoques de Huan, que se sentía inspirado y creativo. Sin embargo, el director del instituto llevaba perilla, mientras que Jaques Blanc se había afeitado la barba.
—Nos descubrirán por este detalle —se lamentó Huan—, no podemos hacer que su barba vuelva a crecer.
—No —coincidió Jules mientras reflexionaba a toda velocidad—, ¡pero podemos crear una perilla falsa con la estopa de la cuerda! La rasparemos hasta que desprenda los hilillos que nos van a servir para crear la perilla, y lo pegaremos todo con la cola que hay en ese barreño.
Jaques Blanc estaba cada vez más sorprendido ante su propia transformación. Lo que en un principio le había parecido una auténtica chiquillada, poco a poco iba adquiriendo sentido.
La nariz también era distinta, por supuesto. Mientras que la de Jaques Blanc era más chata, la de Mathieu, en cambio, era aguileña. La sorpresa del director del periódico fue cuando Jules cogió con convencimiento el mendrugo de pan.
—Para serte sincero, está completamente seco, por esto no me lo he comido —comentó el hombre al ver al chico junto al trozo de pan—, pero si tienes mucha hambre, supongo que no te parecerá tan malo.
—No es para mí, es para su nariz —sonrió Jules.
—¿Para mi nariz?
Sin decir nada más, Jules sacó la miga del mendrugo de pan y comenzó a moldearla mezclándola con un poco de brea. Cuando estuvo satisfecho con el resultado, la mojó en la cola del barreño y la pegó en la nariz de Jaques Blanc.
—Por lo que más quiera, espero que no le dé por estornudar en presencia de los vigilantes, ya que posiblemente la nariz falsa le volaría por los aires — le advirtió Jules.
—Eso los asustaría mucho; pensarían que tengo alguna especie de enfermedad contagiosa que hace que las distintas partes de mi cuerpo salgan despedidas —exclamó el otro divertido.
Jaques ya estaba maquillado, peinado y teñido, con la nariz cambiada, el monóculo puesto y la perilla en su sitio, pero Jules sabía que se estaba dejando algo, algo que llevaban los miembros de la Orden Contra el Progreso y que iba a delatarlos si el falso Mathieu no vestía…
—¡Claro, falta la capa! —exclamó entonces pensando en voz alta.
—¿Dónde podemos conseguir una capa como las de la Orden? — preguntó Huan con desolación, sin esperar respuesta alguna.
—Ya la tenemos —lo corrigió su amigo—. O por lo menos, vamos a fabricar una, que es prácticamente lo mismo. Ensuciaremos la manta que tenemos aquí con brea para que parezca más oscura, y Jaques Blanc se la colocará sobre los hombros a modo de capa.
Sus compañeros ayudaron a Jules Verne en la tarea de impregnar la manta de brea sin estar plenamente convencidos de que el resultado fuera a dar el pego. Cuando hubieron acabado, el director de Le Matin se puso la pringosa capa-manta y miró a sus compañeros en busca del veredicto final:
—¿Y bien?
Jules y Huan inspeccionaron al falso Mathieu en busca de resquicios que lo delataran. De cerca se notaba mucho que se trataba de un disfraz, pero a primera vista el resultado era bastante satisfactorio. En estas, Huan se dirigió hacia el candelabro que iluminaba el cubículo y apagó todas las velas, soplándolas una a una.
—¿Qué haces? —inquirió Jules cuando se quedaron a oscuras—. Ahora no veremos nada…
—En esta oscuridad, el falso Mathieu parece mucho más verdadero — opinó el otro—. Fíjate, ya no se ven las imperfecciones del maquillaje.
Jules observó a Jaques Blanc. En la oscuridad de la bodega, su figura tenía el mismo porte que la del director de La Bonne Tradition, recortada por una oscura capa que bien podría pasar por las que usaban los miembros de la Orden Contra el Progreso. Su sombra estaba perfilada por una nariz aguileña inconfundible. En la penumbra, ya no estaban ante un Jaques Blanc disfrazado; en la penumbra, aquel no era otro que Claude Mathieu.
—Fantástico —exclamó Jules—, una idea excelente, Huan.
—La verdad es que se parece tanto a Mathieu que da incluso miedo —se sorprendió el interpelado—. ¡Tengo ganas incluso de insultarlo!
—¡No te atreverás! —lo amenazó el falso Mathieu impostando a la perfección la voz que el director de La Bonne Tradition ponía cuando estaba furioso.
Los tres soltaron una carcajada, liberando de este modo parte de la tensión acumulada a lo largo del día. Ahora solo faltaba esperar y cruzar los dedos para que con la magnífica imitación que Blanc hacía de Mathieu, se metieran a sus captores en el bolsillo.
Esperaron casi una hora más porque habían decidido que darían la alarma justo tras el cambio de turno de los vigilantes; sería más fácil engañar a un vigilante nuevo que a uno que llevara horas custodiando la bodega del barco, que no se creería que Mathieu estuviera allí si no lo había visto con sus propios ojos.
Se sentían muy nerviosos mientras aguardaban en silencio, sin prácticamente hablar, atentos a cualquier ruido que les llegara de fuera de la bodega. Cuando ya parecía que esa noche no iba a haber cambio de turno, oyeron unos pasos que se acercaban hasta la puerta, y luego una voz que conversaba con otra:
—¿Todo en orden? —preguntó el vigilante que debía hacer el turno de noche.
—Sin altercados —respondió el otro.
Los dos vigilantes conversaron un par de minutos más. Como se encontraban fuera de la bodega, custodiando la puerta, los prisioneros no podían verlos, pero estaban atentos a todas sus palabras, por muy lejanas que les llegaran.
En ese momento se estaban ya despidiendo:
—Nos vemos a primera hora de la mañana —decía uno.
—Hasta luego.
Entonces oyeron unas pisadas que se alejaban escaleras arriba y supusieron que el vigilante que comenzaba el turno de noche acababa de quedarse solo. Esperaron un par de minutos más por precaución, pero el anterior vigilante no regresó. Huan, Jules y el director del periódico respiraron hondo, a sabiendas de que la suerte estaba echada.
—Que comience la función —susurró Jaques Blanc.
Instantes después, el hombre carraspeó, adoptó el posado de Mathieu y comenzó a gritar como si se estuviera abrasando en el infierno:
—¡Que alguien me saque de aquí! ¡Pagaréis por tanta incompetencia, pandilla de inútiles!
Siguió mascullando insultos hasta que el vigilante se asomó por la puerta completamente alarmado.
—¿A qué estás esperando? ¡Ya estás abriendo esta maldita jaula y liberándome! —ordenó el falso Claude Mathieu al ver aparecer al vigilante.
El hombre se acercó hacia la jaula sin creer lo que veían sus ojos. Aunque la sala estaba en penumbra, distinguía perfectamente la figura del director de La Bonne Tradition y miembro destacado de la Orden Contra el Progreso, junto a aquellos dos mocosos que siempre se estaban metiendo en líos e interfiriendo en sus planes.
—¿Cómo ha llegado usted hasta aquí? —se extrañó el vigilante. Iluminó la jaula con el candelabro que sostenía en la mano derecha, y Jules y Huan tragaron saliva, temerosos de que, con la suave luz de las velas, el hombre encapuchado adivinara el engaño.
Sin embargo, la tenue iluminación solo reafirmó lo que el vigilante ya sabía: Claude Mathieu estaba encerrado en esa jaula y parecía muy pero que muy enfadado.
—Tu compañero es un inepto —le espetó el falso miembro de la Orden Contra el Progreso—. He bajado hace un rato para hacer una visita a este par de desgraciados, y cuando el otro vigilante ha bajado a traer la cena, se ha pensado que yo era un preso más y me ha encerrado con ellos. ¡A mí, que tanto he hecho por la organización! ¡Esto no va a quedar así, ni hablar! ¡Exijo ahora mismo que me liberes!
—Desde luego, ha sido un terrible error —asintió el vigilante, aterrorizado al percatarse de la ira de su superior—. Enseguida lo saco de aquí.
Las manos del guardián temblaban mientras buscaban la llave y trataban de meterla en la cerradura.
—Date prisa —lo apremió Mathieu—, no soportaré pasar ni un minuto más aquí dentro.
Al fin, el vigilante abrió la puerta de la jaula y ayudó a Claude Mathieu a salir de ella.
Jules y Huan estaban preparados para lo que tenían que hacer a continuación: se abalanzaron sobre el desprevenido centinela y le quitaron de las manos el candelabro, con el que le atizaron un duro golpe en la cabeza. El hombre, cogido por sorpresa, se dio de bruces contra el suelo y perdió el conocimiento. Ambos chicos, ayudados por el falso Claude Mathieu, lo introdujeron dentro de la jaula. La llave todavía estaba en la cerradura, así que aprovecharon para encerrarlo dentro y quedarse con el manojo de llaves.
Se encaminaron hacia la cubierta del barco a paso rápido y decidido. El falso Mathieu agarraba a cada uno de los chicos del brazo y tiraba de ellos de malos modos. Aunque Huan se estaba haciendo daño, prefirió no quejarse: aquello formaba parte de la función.
No se encontraron a nadie hasta que estaban saliendo del barco, momento en el que se toparon con un par de miembros de la secta.
—¿Qué pasa aquí? Creíamos que estabas reunido —inquirió uno de ellos sin entender nada.
Aquella era una noche sin luna, y en medio de la oscuridad que reinaba en la cubierta, solo podía atisbar a un miembro de la Orden Contra el Progreso que arrastraba de malos modos a los dos jóvenes prisioneros.
—La reunión ya ha acabado —improvisó el falso Mathieu—. He recibido órdenes de más arriba, que me dispongo a cumplir ahora mismo. Traslado a estos dos prisioneros a otro lugar más remoto antes de la ejecución de mañana.
Era arriesgado, muy arriesgado, puesto que no conocían el funcionamiento de la secta y no sabían si resultaba creíble lo que Jaques Blanc acababa de inventarse. Los dos encapuchados se miraron sin entender nada, un poco desconcertados, pero no quisieron contradecir a Claude Mathieu. Se lo veía tan seguro de sí mismo y tan firme en su decisión que no se vieron capaces de objetar nada. Los vieron salir del barco y, confusos, se encogieron de hombros antes de volver a sus tareas.
Los chicos tenían ganas de correr, de escapar de allí dando brincos, de gritar que se habían salvado. No obstante, debían seguir aparentando normalidad, puesto que no podían levantar sospechas en el último minuto. Así pues, mientras el barco permaneció ante su vista, el falso Mathieu siguió agarrando a cada chico de un brazo, tirando de ellos como si caminaran en contra de su voluntad. Sin embargo, cuando doblaron un recodo y la arena desapareció bajo sus pies por fin para dar paso a los guijarros del camino, los tres comenzaron a correr hacia la ciudad, sintiéndose plenamente liberados.