El rayo verde
Capítulo 5. Un invento para los más perezosos. Pegados al suelo
Capítulo 5
UN INVENTO PARA LOS MÁS PEREZOSOS.
PEGADOS AL SUELO
Se habían citado aquella luminosa tarde de domingo frente al parque de la Concordia para acudir al encuentro que Caroline y Marie tanto anhelaban. La playa quedaba a las afueras de Nantes y les esperaba un largo camino, así que se iban a reunir con tiempo de sobra.
—Sobre todo, sed puntuales —los había avisado Marie el día anterior, cuando se despidieron.
—No queremos perdernos el rayo verde por vuestra culpa; recordad que solo dura unos segundos —advirtió su compañera.
Sin embargo, todavía quedaban un par de horas para emprender el trayecto; Jules tenía tiempo de sobra para llegar puntual al lugar donde había quedado con sus amigas y le apetecía un poco de acción. Se moría de ganas de enseñarle a Huan un nuevo invento que estaba acabando de pulir y que, consideraba, iba a ser muy útil especialmente para su amigo, que últimamente estaba volviéndose extremadamente perezoso. ¡Incluso podrían servirse del artilugio para llegar con más facilidad hasta la playa!
Así pues, metió el invento en una caja y se encaminó hacia la trastienda de los padres de Huan. No había avisado a su amigo, pero dudaba que le molestara la repentina visita; a su compañero le encantaban los aparatos que fabricaba Jules, quien sospechaba que este concretamente iba a hacerle especial ilusión. ¡Estaba pensado específicamente para gente como él!
Huan vivía con sus padres encima de la tienda; por este motivo, casi siempre estaba abajo, ayudándolos a despachar pedidos y a ordenar estanterías. Sin embargo, cuando llegaban sus amigos se encerraba con ellos en la trastienda, que servía de sede del club de Los aventureros del siglo XXL En ese lugar era donde salían casi todas las buenas ideas de Jules; era el sitio que más le inspiraba para inventar, el muchacho se sentía más confiado allí que incluso en la intimidad de su dormitorio.
La trastienda era, además, donde los cuatro chicos cotilleaban sobre la gente de clase, hacían los deberes y merendaban las delicias que les traía la madre de Huan. Y, además, donde planificaban maneras de acabar con la Orden Contra el Progreso o, lo que era prácticamente lo mismo, tratar de que la Orden Contra el Progreso no acabara con ellos.
También era allí donde hablaban del futuro que querían y donde se imaginaban cómo sería la vida en el siglo XXL ¿El mundo estaría plagado de fábricas de aeronaves? ¿Las mujeres tendrían las mismas oportunidades que los hombres? ¿Se podrían curar enfermedades como la tuberculosis, que en pleno siglo XIX resultaba mortal para quienes la padecían?
A los chicos no les cabía ninguna duda de que el futuro albergaría mejoras sociales, tecnológicas, científicas y sanitarias; se animaban mutuamente pensando en cómo querían que fuera la vida al cabo de dos siglos y qué podían hacer ellos que mejorara la sociedad actual y repercutiera en la posteridad. ¿Cuál podía ser su granito de arena? Jules quería idear cuantos inventos pudiera para mejorar las vidas presentes y futuras; Marie abogaba por acabar con las desigualdades económicas y atenuar las diferencias entre la clase obrera y la burguesía; Caroline soñaba con un futuro en el que la mujer poseyera voz y voto y no tuviera que limitarse a quedarse en casa cuidando de los hijos, y Huan, el más práctico, deseaba que el futuro fuera un lugar más divertido, con muchas más ofertas de ocio y entretenimiento, ya que, en ocasiones, el siglo XIX le parecía un tanto aburrido y anodino.
Efectivamente, a este último le alegró la visita inesperada de Jules, aunque le sorprendió verlo tan temprano:
—¡Ey, Jules! ¿Qué haces aquí? ¿No habíamos quedado dentro de un rato? ¿O me he despistado y ya es la hora?
—No, no, aún queda tiempo; solo quería aprovechar para enseñarte un nuevo invento que he ideado.
Jules siguió a su amigo hasta la trastienda, donde podrían charlar en paz y revelarle el descubrimiento. Le mostró la caja, sin abrirla todavía, y carraspeó:
—La verdad es que quiero que lo consideres como una especie de regalo —le confesó—. Hay dos pares, uno es para ti y el otro para mí. ¡Me parece que nos va a hacer la vida mucho más fácil, ya verás! Si te gusta, y vemos que van bien, fabricaré más para las chicas.
—Pero ¿qué es? —Huan se estaba muriendo de curiosidad y de impaciencia.
—¡Ábrelo! —lo animó Jules sonriendo.
El chico oriental destapó la caja, y su contenido le sorprendió de una manera a la que Jules no lo tenía acostumbrado. Los inventos de su amigo solían caracterizarse por su sofisticación e ingenio; en cambio, el regalo que Huan sostenía entre las manos era aburrido y poco original.
—¿Me regalas un simple par de botas? —se extrañó—. ¿Es que no te gustan las que llevo puestas? La verdad, Jules —comentó rascándose la cabeza—, no me imaginaba esto; sin ánimo de ofender, parece un regalo más propio de Caroline.
Efectivamente, ante sus ojos había dos botas altas de cuero viejo, con cordones un tanto raídos por el uso. Ni siquiera eran muy bonitas; Caroline habría acertado más con su refinado buen gusto.
—¡No seas bobo! —comenzó a reír Jules—. No son unas botas normales; fíjate en la suela.
Huan volvió las botas del revés para poder analizar la suela, que era más gruesa de lo habitual y emitía un extraño brillo.
—Jules… —comenzó titubeando el chico—, ¿este material de la suela no será…?
—Corbidio, efectivamente —afirmó el joven inventor.
—Pero ¿por qué?
—He creado unas botas magnéticas, o magnetobotas, que servirán para que podamos desplazarnos de un punto a otro sin ningún esfuerzo, como si estuviéramos levitando. Gracias al corbidio, he podido crear unos imanes de igual polaridad que al repelerse crean un campo de levitación.
Huan observaba las botas con la boca abierta.
—No he entendido nada de lo que acabas de decir —confesó—. Pero, Jules, ¿no te resulta un poco siniestro usar el mineral con el que la Orden Contra el Progreso ha causado tanto daño? ¡Con el corbidio se han hecho bombas!
—Lo sé, pero se me ocurrió que con el corbidio también se podrían hacer cosas buenas, que podría servir para ayudar a la gente. Pensé que si dejábamos de tenerle miedo, lograríamos revertir la situación. Creo que seremos capaces de convertir cualquier mineral en nuestro aliado si lo usamos con precaución, cautela y ética.
Huan no las tenía todas consigo; sabía que se trataba de un mineral extremadamente peligroso y le daba miedo ponerse las magnetobotas. Sin embargo, Jules tenía muy buen olfato de inventor, y si hubiera creído que suponían un peligro, no habría fabricado dos pares… Además, en el caso de que funcionaran, ¿qué más daría de qué material estuvieran hechas? ¡Lo importante sería que podría ir hasta cualquier lugar sin cansarse en absoluto! ¡Sería un sueño hecho realidad!
Jules vio, por la cara que Huan ponía, que lo había convencido. Entonces, sacó dos pares de guantes del bolsillo de su abrigo y le tendió uno de ellos a su amigo:
—Estos guantes magnéticos, o magnetoguantes, nos ayudarán a mantener el equilibrio una vez que nos hayamos calzado las botas. Las magnetobotas son muy pesadas, como puedes comprobar al sostenerlas, pero una vez puestas, nos sentiremos tan livianos que nos puede resultar difícil mantener el equilibrio y no caernos. Con los guantes puestos, contrarrestaremos la inestabilidad de las magnetobotas.
Ambos chicos se sentaron en sendas sillas para calzarse las botas. Huan tuvo que anudárselas con fuerza; le iban grandes, puesto que eran un par de números mayores que el suyo, y le daba miedo perder el equilibrio nada más ponerse de pie.
A continuación, se pusieron los magnetoguantes. Aunque también eran muy pesados, se adaptaron perfectamente a su piel. Ya estaban listos. Ahora solo quedaba levantarse y empezar a caminar por la trastienda para probar su efectividad antes de salir a la calle con ellas puestas.
—A la de tres nos ponemos en pie, ¿de acuerdo? Uno, dos… ¡tres!
Huan y Jules se levantaron al unísono y probaron de dar un paso y después otro. Se sentían como si estuvieran aprendiendo a andar de nuevo: tenían que mantener los brazos separados del cuerpo y avanzar despacio mientras trataban de encontrar el punto de equilibrio justo.
—¡Mira, Jules, estoy caminando! —exclamó Huan dando un pequeño paso tras otro, fijándose con mucha atención en dónde ponía el pie y conservando los brazos en cruz como si fuera un malabarista andando por la cuerda floja.
Rápidamente se fueron acostumbrando. ¡Caminar con las magnetobotas era casi como estar flotando!
Se sentían mucho más livianos y no les costaba ningún esfuerzo desplazarse.
—Creo que el día en el que el ser humano llegue a la Luna tendrá una sensación muy parecida a la que estamos experimentando nosotros ahora mismo —comentó Jules sintiéndose muy satisfecho de su invento.
Fueron de un lado a otro de la trastienda caminando juntos y sin parar de reír.
—¿Sabes qué, Jules? ¡Pienso ir a la playa con las botas y los guantes puestos!
—Yo también —se apuntó el otro—. ¡Qué bien nos lo vamos a pasar!
—Les vamos a dar mucha envidia a Caroline y Marie —añadió el primero maliciosamente.
—Seremos la envidia de todo aquel que nos vea caminar sin realizar ningún esfuerzo —opinó Jules—, ¡sobre todo, de los más perezosos!
Pero, de repente, sucedió algo que ninguno de los dos había previsto.
Fue tan repentino que no tuvieron tiempo de nada, ni siquiera de prevenirse el uno al otro. Caminaban por la trastienda con tanta confianza y charlando tan animadamente que no se dieron cuenta de lo que iba a pasar hasta que ya fue demasiado tarde: sin percatarse, se habían situado encima de una placa metálica, que actuó como un potentísimo imán al entrar en contacto con la suela de las magnetobotas. Sintieron como si la tierra quisiera tragárselos de la fuerza con la que el imán los clavó en la superficie metálica.
Pero lo peor fue lo que ocurrió tan solo una centésima de segundo después. Fue inevitable, no hubo ninguna forma de impedirlo: las manos de ambos chicos, enfundadas en los magnetoguantes, se vieron automáticamente atraídas por la placa metálica. Con estupor, Huan y Jules contemplaron cómo sus manos se dirigían al suelo, como si una fuerza sobrenatural las estuviera moviendo hacia allí, e irremediablemente quedaron pegados al suelo tanto de manos como de pies.
Intentaron desasirse de la fuerza del imán al instante, pero sus esfuerzos fueron completamente en vano: no había manera de apartar las manos ni los pies de la placa metálica. Aunque hicieran toda la fuerza del mundo, no lograban moverse ni un ápice. Era imposible liberarse; estaban atrapados.
—Dime que esto también forma parte de tu invento y que tienes un as en la manga para sacarnos de esta engorrosa situación —le pidió Huan a su amigo mientras trataba en vano de separarse del campo magnético.
—Me temo que esto no lo tengo controlado —confesó Jules enrojeciendo visiblemente.
Al principio, sin embargo, no se preocuparon demasiado. La situación, como había recalcado Huan, resultaba bastante cómica se mirase por donde se mirase: estaban a cuatro patas, el uno junto al otro, con las botas y los guantes puestos, sin poder cambiar de posición.
—Creo que tardaré años en volver a probar uno de tus inventos, Jules — bromeó su amigo.
Fueron pasando los minutos, y, con el paso del tiempo, la situación les fue pareciendo cada vez menos cómica y más preocupante. La verdad era que estaban en una postura muy incómoda; la sangre se les estaba subiendo a la cabeza, y los músculos de los brazos y las piernas comenzaban a dolerles y a agarrotárseles.
—Si seguimos así, mañana tendremos agujetas —se lamentó Huan. Se suponía que este artilugio debía servir para caminar de forma liviana y sin cansarse, no para estar completamente molidos al día siguiente.
Intentaron de nuevo levantar las manos y los pies de la placa metálica, pero tuvieron el mismo éxito que la vez anterior. En realidad, Jules Verne sabía que era imposible: la fuerza magnética era demasiado potente. Además, se habían anudado los cordones de las botas con tanta fuerza que no podían deslizar el pie para sacarlo del calzado; del mismo modo, los guantes se ajustaban a la perfección a los dedos de la mano, con lo cual era imposible desenfundárselos.
—Creo que esta es la situación más incómoda que he vivido nunca —se quejó Huan—. Al menos, me consuela ver que tú estás en la misma ridícula posición que yo…
—Suerte que Caroline y Marie no nos están viendo ahora mismo — masculló Jules, enrojeciendo de nuevo al imaginarse lo que dirían sus amigas, que nunca los habían visto en una postura tan grotesca.
Estaban cada vez más inquietos. No sabían qué hora era, pero estaba claro que no podía faltar mucho para su cita con las chicas frente al parque de la Concordia.
—¿No podemos llamar a tus padres, Huan? Ya sé que la situación es embarazosa y que no nos gustará que nos vean así, pero no veo cómo vamos a poder salir de esta placa metálica sin su ayuda. Necesitamos que alguien nos desabroche las botas para poder sacar los pies de este suelo traicionero.
—Es domingo —le recordó Huan—, no están en la tienda. Me han dicho que saldrían a dar un paseo y que regresarían tarde. ¡Somos las personas más desafortunadas del mundo! —se lamentó.
Jules no podía creerse su mala suerte. ¿Qué iban a pensar las chicas cuando vieran que no aparecían? ¿Se preocuparían por ellos, por si les había pasado algo, o pensarían que les había dado pereza ir a ver el rayo verde y se enfadarían?
Por otro lado, ¿cuánto tiempo iban a poder aguantar en esa posición tan incómoda? ¿Y si los padres de Huan tardaban horas en regresar del paseo? ¿Y si nadie se daba cuenta de que estaban allí? Ninguno de los dos le había dicho a nadie dónde estaría.
Huan pareció leerle la mente.
—¿Vamos a morir? —preguntó con su dramatismo habitual.
—¡Claro que no vamos a morir! Hemos estado en circunstancias mucho peores, ¿no crees?
—Sí —coincidió su amigo—, pero en situaciones más ridículas que esta, lo dudo mucho.
Jules sonrió amargamente a sabiendas de que su amigo tenía razón.
Estuvieron un rato en silencio, preguntándose qué estarían haciendo Caroline y Marie en ese momento. Sin duda, ya se habrían dado cuenta de que no iban a acudir a la cita.
—Mira que me daba pereza ir a ver el maldito rayo verde, pero ahora lo preferiría mil veces más que estar aquí, enganchado a este metal —se quejó Huan.
Jules suspiró. Se sentía tremendamente en falta por no haber pensado que las magnetobotas y los magnetoguantes podían causar problemas al encontrarse con otros metales. ¿Cómo podía haber cometido un fallo semejante? Si hubiera tenido las manos libres, se habría pegado en la frente, pero se tuvo que contentar con emitir otro desolado suspiro.
Su amigo no paraba de quejarse y de tratar de desengancharse del suelo. Aunque Jules le dijera que no servía de nada, él lo seguía probando por si lograba conseguirlo usando un poco más de fuerza que en el intento anterior. Sin embargo, cada vez estaba más cansado, e iba alternando sus quejas con gemidos y gruñidos mientras hacía fuerza para tratar de despegarse de la placa metálica.
—Perdóname, Huan; este es, sin duda alguna, el peor regalo que te he hecho nunca —se sinceró el joven inventor, tras observar en silencio durante un buen rato a su amigo haciendo toda clase de muecas y reniegos sin lograr moverse ni un milímetro del suelo.
—Coincido contigo: este es, desde luego, el peor invento que se te ha ocurrido, ¡el único que no querré comercializar jamás! ¡Un invento para los más perezosos, que con las magnetobotas y los magnetoguantes puestos ya no tendrán que volver a moverse nunca más! —exclamó imitando la voz de un comerciante ambulante.
Jules, a pesar de todo, sonrió. Incluso en las peores situaciones, el talante de su amigo para los negocios no disminuía ni un ápice.
Permanecieron unos minutos en un silencio solo roto por los gruñidos y las quejas de Huan, cuyo malhumor no hacía más que aumentar a medida que transcurría el tiempo.
—Prométeme una cosa —le pidió este al cabo de un rato, durante una pausa de su intento de despegarse del suelo.
—¿De qué se trata?
El chico oriental tomó aire antes de sentenciar:
—Que nunca jamás vas a volver a utilizar corbidio para uno de tus inventos.