El rayo verde
Capítulo 9. En la casa de la salud de por vida
Capítulo 9
EN LA CASA DE LA SALUD
DE POR VIDA
Tras las clases, Huan y Jules fueron directos hacia la Casa de la Salud, deseosos de ver por fin a sus amigas. El día se les había hecho eterno; les parecía absurdo seguir en clase escuchando a sus profesores sabiendo que Caroline y Marie estaban en el hospital pasándolo mal.
El recinto estaba un poco apartado del centro, con el fin de proporcionar a los enfermos la calma y tranquilidad necesarias para recuperarse y descansar. Los chicos se desplazaron a pie, sin hablar, sumidos en sus pensamientos y sintiéndose tremendamente culpables por haberlas dejado solas la tarde anterior.
Entraron en la Casa de la Salud con el corazón en un puño, sin saber en qué estado iban a encontrarlas, y preguntaron a un médico dónde podrían localizar a las chicas.
—Todas las víctimas del rayo verde están en la primera planta —les indicó amablemente el doctor señalándoles la escalera—. ¡Estamos absolutamente desbordados con la de pacientes ciegos que nos han ido llegando a lo largo de esta mañana!
Jules y Huan siguieron las indicaciones del doctor y subieron la escalera que los conducía a la primera planta. Había gente llorando en el pasillo; algunos iban con los ojos vendados, acompañados de sus familiares y amigos. Se respiraba un ambiente de tristeza y desasosiego. Los chicos, más tensos que nunca, tuvieron que volver a preguntar por sus amigas, porque había muchas habitaciones y el doctor no les había indicado en cuál estaban.
Al fin llegaron al cuarto donde se encontraban Caroline y Marie, el penúltimo del pasillo a mano derecha, y llamaron tímidamente a la puerta. Les abrió la madre de Caroline, que estaba cuidando de ellas en aquel momento:
—A las chicas les alegrará que estéis aquí —dijo intentando sonreír—. Aprovecharé para ir a comer algo y estirar las piernas un rato, así os dejo intimidad para que habléis y las animéis un poco.
La mujer se fue del dormitorio cerrando la puerta tras de sí, y Jules y Huan avanzaron hacia el fondo de la estancia. Caroline y Marie estaban tendidas en la cama; los chicos no podían saber si dormían o estaban despiertas porque llevaban los ojos vendados. Les causó una profunda impresión verlas en ese estado, tan desvalidas. Jules sintió como si alguien le hubiera propinado un puñetazo en el estómago y ahora le faltara el aire. ¿Cómo podía haber ocurrido una desgracia semejante? Pestañeó varias veces tratando de contener las lágrimas.
No sabían cómo debían actuar, se sentían tan conmocionados que eran incapaces de pronunciar palabra, y después de la tragedia ocurrida, estaban tan avergonzados por haberlas dejado indefensas y solas la noche anterior que ni siquiera se atrevían a saludarlas.
Pero entonces Marie se incorporó, algo inquieta al notar una presencia cerca de ella, y preguntó:
—¿Quién anda ahí?
—Somos nosotros —contestó Huan flojito.
Ahora sí, se acercaron un poco más hasta las camas, tratando de no hacer mucho ruido para no molestarlas.
—¿Cómo estáis? —preguntó Jules.
—Hemos tenido días mejores —contestó Caroline sarcástica.
—Primero de todo queremos pediros disculpas —comenzó Jules— por haber faltado a la cita de anoche. Nosotros queríamos ir, de verdad…
—Es que Jules hizo un invento y primero queríamos probarlo.
—Pero salió mal y nos quedamos pegados al suelo…
—¡… durante cuatro horas!
Jules iba a ponerse a hablar entonces de las magnetobotas y de los magnetoguantes para que comprendieran la situación, pero Marie lo cortó en seco:
—Mirad, creo que ahora mismo el hecho de que nos dierais plantón es la menor de nuestras preocupaciones.
—Además, mejor que lo hicierais, así no estamos ciegos los cuatro — repuso Caroline.
—De hecho, al final vosotros teníais razón, ¿no? Hubiera sido mejor no ir a ver el rayo verde.
Se hizo un silencio incómodo en la habitación, que Jules rompió al interesarse por la salud de sus amigas:
—¿Por qué tenéis los ojos vendados?
—No soportamos la luz del sol —le explicó Marie—. Nos ciega todavía más.
—¿Os duele mucho?
Las chicas negaron con la cabeza.
—No, pero resulta molesto —les confió Caroline—. Al principio no notamos nada, ¿sabéis? Vimos el rayo verde y pensamos que, aunque era muy bonito, había sido una tontería ir hasta allí solo para eso. Luego yo me desperté por la noche algo mareada y no veía bien, pero pensé que era algo pasajero. Y esta mañana… —Se le quebró la voz y ya no pudo añadir nada más.
Huan, enormemente impresionado por la visión de las dos chicas enfermas, comenzó a llorar desconsoladamente y a pedir perdón por haberlas dejado abandonadas.
—Vale, Huan, no estamos enfadadas —le dijo Caroline un poco rudamente, pero él lloraba aún más fuerte.
—Se supone que estamos aquí para tranquilizarlas, no para alterarlas más —le susurró Jules a su amigo.
—Lo s… siento —sollozó él—, es que no puedo soportar que estén así.
—Los aventureros del siglo XXI siempre nos reponemos de todos los escollos que surgen en nuestro camino, ¿recordáis? —las animó Jules—. Así que también vais a superar este obstáculo.
—¿Aventureros del siglo XXI? —resopló Marie—. Caroline y yo lo hemos estado hablando poco antes de que entrarais por la puerta, Jules, y ambas coincidimos en que ya no podemos pertenecer al club.
—¿Por qué no? —inquirieron ambos chicos sorprendidos.
—¡Vamos! En este momento parece que seáis vosotros quienes estéis ciegos —comentó mordaz Caroline—. ¿Acaso no veis con quiénes estáis hablando? Ahora solo somos un impedimento para vosotros. Con nosotras al lado vais a ser incapaces de cumplir todos vuestros sueños y propósitos.
—Y menos aún, de acabar con la Orden Contra el Progreso, lo que es todavía más importante —sentenció Marie—. ¿Cómo vamos a perseguir a los malos si ni siquiera somos capaces de ver lo que tenemos enfrente?
—Nuestros retos ahora han pasado a ser mucho más modestos: consisten en levantarnos de la cama solas y ser capaces de comer sin ayuda, o de bajar unas escaleras. —Caroline se estremeció al recordar el miedo que había sentido aquella mañana cuando, junto a su madre, había tenido que descender los peldaños de la escalera de su casa—. Se han acabado las grandes aventuras para nosotras; ya no podemos formar parte del club.
—Tampoco vamos a poder seguir yendo al instituto —prosiguió Marie amargamente. Estudiar y formarse era su mayor aspiración; su familia era pobre, y para ella, cada curso que seguía en el colegio constituía todo un logro. Sin embargo, su sueño se acababa de esfumar por completo junto con su visión.
—Asumámoslo —resumió Caroline—: Ya no vamos a poder tener una vida plena, y solo seremos un lastre para vosotros dos.
Huan no había dejado de gimotear durante la intervención de las dos chicas, y en aquel momento se estaba sonando con la manga de su camisa. Nunca se había sentido tan desgraciado ni había sufrido tanta pena por nadie: sus amigas no se merecían eso.
—Yo quiero que estudiéis —susurró entrecortándose por culpa de los sollozos— y que sigamos formando Los aventureros del siglo XXI los cuatro juntos, como siempre… Sin vosotras, el club no tiene sentido.
Entonces Jules intervino tratando de calmar los ánimos:
—Todo saldrá bien —les aseguró el joven no solo a las chicas, sino también a su amigo e incluso a él mismo—. Los médicos están muy ocupados tratando a todos los pacientes; ya veréis cómo encontrarán rápidamente una cura. Seguro que se trata de una ceguera temporal por haber visto el rayo —se inventó sobre la marcha— y que en un par de días volveréis a ver perfectamente. Así que ahora no hace falta ponernos en lo peor ni pensar en el futuro de nuestro club; solo tenéis que coger fuerzas para volver a estar en plenas facultades.
—Gracias, Jules. —Ellas sonrieron débilmente un poco esperanzadas. Si su amigo Jules Verne, que sabía tantas cosas y era tan inteligente, decía que en un par de días iban a estar bien, tal vez tenía razón.
—Y ahora os dejamos descansar; necesitáis reposo para poder recuperaros plenamente —sugirió Jules—, pero vendremos cada día un rato para haceros compañía hasta que estéis bien.
—Nos vemos mañana —se despidió Huan, que ya había dejado de llorar.
Jules le dio un codazo.
—¿Qué pasa, qué he dicho? —preguntó su amigo desconcertado—. Ay, es verdad, no nos vemos mañana. Quiero decir, nosotros os veremos mañana, pero vosotras a nosotros no nos veréis. —Estaba tan nervioso que se trababa con sus propias palabras—. Pero estaremos con vosotras igualmente, ¿eh?
—Huan, por favor, déjalo —le pidió Caroline—. No estamos de humor.
Jules y Huan salieron al pasillo y suspiraron profundamente. Antes de su visita a la Casa de la Salud, no se habían imaginado que Caroline y Marie pudieran estar tan mal; se habían quedado tremendamente impresionados al verlas allí, indefensas, con los ojos vendados. No se lo merecían. Era la primera vez que una desgracia les tocaba tan de cerca; hasta ahora siempre habían conseguido superar todas las dificultades que se iban interponiendo en su camino, pero esto parecía distinto. Sabían que se trataba de algo mucho más grave que cualquier problema al que se hubieran enfrentado hasta el momento, y estaba claro que sus amigas también eran conscientes de ello. Se sentían tremendamente culpables por haber faltado a la cita, e incluso por haber decidido que irían a ver el rayo verde. Si hubieran podido ponerse en su lugar, quedándose ciegos para que ellas volvieran a estar sanas, no habrían dudado en hacerlo.
En aquel momento, dos médicos salieron de la habitación contigua, donde habían estado visitando a otra paciente. Jules y Huan no pudieron evitar oír un retazo de su conversación:
—Me temo que es más serio de lo que parecía en un principio —le decía uno al otro.
—La visión de todos los pacientes está empeorando cada vez más —se lamentaba el compañero—. Lo más probable es que todo aquel que contempló el rayo verde quede ciego de por vida.
Los médicos pasaron de largo por el pasillo sin reparar en ambos chicos, que se habían quedado paralizados enfrente de la puerta de la habitación de sus amigas. «De por vida», acababa de decir uno de ellos. Nunca una frase les había hecho tanto daño. Jules sintió que acababa de mentir a sus amigas, convenciéndolas de que todo iba a salir bien, cuando estaba claro que no iba a ser así.
Salieron del hospital completamente destrozados, y el joven inventor ya no hizo esfuerzo alguno por contener el llanto.