El rayo verde
Capítulo 3. Un fenómeno atmosférico. Nada más
Capítulo 3
UN FENÓMENO ATMOSFÉRICO,
NADA MÁS
Los cuatro amigos se encontraron a la salida del instituto cuando acabaron las clases. El día se les había hecho larguísimo; les parecía mentira que hubiera sido esa misma mañana cuando Jules y Huan habían ido al mercado a por los huevos podridos para fabricar «ovonis».
Las dos chicas, tras la lectura del periódico Le Matin a la hora del patio, solo podían pensar en una cosa que no tenía nada que ver con huevos podridos, y así se lo hicieron saber a los otros aventureros del siglo XXI:
—Nos gustaría ir a la playa el domingo para ver el rayo verde.
Huan resopló, aunque se abstuvo de hacer comentarios (con la reprimenda del corro de chicas aquella mañana ya había tenido más que suficiente).
—No las tengo todas conmigo —razonó Jules pensativo—; me preocupa lo que ha dicho Mathieu antes… ¿Y si el rayo verde fuera realmente peligroso?
—¿Desde cuándo hacemos caso de lo que dice Mathieu? —se quejó Caroline—. ¡Si ya sabemos que siempre se lo está inventando todo!
—Esta vez parecía convencido de lo que decía —comentó Huan estremeciéndose—. A mí me ha dado miedo.
—A ti te da miedo cualquier cosa —se burló Caroline.
—¿Sabéis quién puede hacernos salir de dudas? —intervino Marie sonriente, haciendo caso omiso de la discusión entre los otros dos.
El semblante de Jules Verne se iluminó en el acto:
—¡Pues claro: el capitán Nemo! Si no lo sabe él, que ha viajado por todo el mundo y ha visto tantas cosas, ¿quién lo sabrá?
Así pues, se dirigieron a paso veloz y con el corazón alegre hacia el puerto. Siempre era bueno encontrar una excusa para visitar al capitán Nemo y pasar una agradable velada escuchando sus historias sobre lugares exóticos. Además, Nemo era, sin ningún tipo de duda, la persona adulta favorita de Los aventureros del siglo XXI. El capitán no actuaba como un padre, pero tampoco era exactamente un amigo: lo consideraban como una especie de tío bondadoso que se preocupaba por los chicos, pero a la vez los dejaba bastante a su aire para que aprendieran de sus propios errores.
Olieron el puerto de Nantes antes de verlo: la brisa les traía el aroma del agua, del pescado y, sobre todo, de la libertad. Los chicos doblaron un recodo y los barcos amarrados aparecieron entonces ante su vista; de entre todos los buques, sin embargo, había uno en especial que les llamó la atención al momento, puesto que era totalmente distinto a los demás. Ancorado en la orilla del río, el Nautilus, la embarcación que capitaneaba Nemo, se erguía imponente entre los barcos pesqueros comunes, ajena al vaivén de las olas que chocaban contra el muelle. Su estructura era totalmente de hierro, y por si fuera poco, se trataba de una nave mucho más larga que las demás. Los aventureros del siglo XXI sabían desde hacía un tiempo los secretos que albergaba; se trataba de la única embarcación del mundo capaz de navegar por debajo del agua, como si se tratara de un enorme pez.
Como de costumbre, fue el capitán Nemo quien reparó en ellos primero. Aunque no esperara visita, siempre estaba alerta por lo que pudiera ocurrir y se entretenía contemplando el muelle del puerto con sus prismáticos. Salió en su busca agitando una mano brevemente para hacer saber a los cuatro amigos que los había visto y les indicó que entraran en el Nautilus. Los chicos siguieron a Nemo hacia el interior del navío. Era un hombre imponente, de frondosa barba, ojos verdes, la tez tostada por el sol y con la inconfundible gorra de capitán calada a la cabeza.
Caroline, Huan, Jules y Marie fueron saludando a los miembros de la tripulación que encontraban a su paso. Como siempre, los marinos del Nautilus iban uniformados con una especie de monos elásticos negros que los chicos no habían visto vestir a nadie más. Descendieron el tramo de escaleras que los alejaba de la cubierta y llegaron a una sala metálica, muy parecida al frío exterior del barco. Sin embargo, como los cuatro sabían bien, al traspasar otra puerta metálica, el navío se convertía en lo que, según Caroline, era un fantástico palacio bajo el mar; por dentro era cuando realmente podía uno darse cuenta de lo enorme que era el Nautilus. Fueron pasando por innumerables salas decoradas con un gusto excelente, hasta que llegaron al salón, la habitación favorita de los niños. En la estancia había objetos de todos los lugares del mundo, desde estatuas griegas y romanas en los rincones hasta alfombras persas en el suelo, e incluso un órgano en un rincón cerca de la puerta. De todas las paredes colgaban cuadros de temática marina, menos de una, que era simplemente un cristal curvo y abovedado. Cuando el buque estaba sumergido en el mar, ese ventanal mostraba las profundidades del océano.
En aquella ocasión, sobre la mesa que había junto al ventanal no vieron ningún manjar, algo a lo que no estaban nada acostumbrados.
—Disculpadme; no sabía que ibais a venir y no he dispuesto merienda alguna —se excusó el capitán, ante la mirada atónita del pobre Huan, cuyas tripas rugían como de costumbre—, pero puedo ofreceros una taza de té picante de la India.
Los chicos aceptaron el té con mucho gusto, aunque el picante era muy potente y les irritó la garganta.
—Capitán Nemo —comenzó Caroline tras apurar su taza y carraspear un poco por culpa de las especias que llevaba el té— nos gustaría que nos hablara del rayo verde.
El capitán los miró con ojos sonrientes:
—Veo que ya habéis leído el periódico, ¿eh? Las noticias vuelan.
—¿Es cierto que existe, capitán? —inquirió Jules.
—¡Claro que existe! Yo lo vi con mis propios ojos una vez en uno de mis viajes por Japón. Fue una de las experiencias más hermosas e impactantes de mi vida, una imagen que llevaré en el corazón hasta que muera. —Caroline y Marie suspiraron ensimismadas, y el capitán Nemo enarcó las cejas adivinando sus pensamientos—. Pero no creáis que caí en un profundo enamoramiento por alguna damisela o algo parecido. —Soltó una sonora carcajada—. Yo también he oído hablar de la leyenda que dice que el rayo verde provoca enamoramiento, pero, de ser cierta, que lo dudo enormemente, conmigo no funcionó.
Caroline y Marie se miraron con desolación, pero antes de que pudieran abrir la boca, Jules preguntó:
—¿Por qué aparece este rayo en el cielo? —A él no le interesaba hablar sobre el amor; solo deseaba llegar a la parte científica del asunto.
—Se trata de un fenómeno óptico que puede ocurrir o poco después de la puesta del sol, o justo antes de que este salga por el cielo. Durante solamente uno o dos segundos se puede observar un destello verde justo en el punto donde se ha puesto el sol, o justo en el lugar donde va a salir. Es muy difícil de ver; tienen que producirse las condiciones óptimas, y siempre y cuando el horizonte marino esté en calma y haya sido un día soleado, sin nubes, lluvias o fuertes vientos. El mejor lugar para verlo es, desde luego, la playa. Si el domingo, como describen en el periódico, va a ser posible vislumbrar este fenómeno, os animo encarecidamente a que lo hagáis. Os merecéis de vez en cuando una apacible distracción; ¡no tenéis por qué estar siempre salvando al mundo!
—Pero ¿no será peligroso? —Jules estaba un poco preocupado.
—¿Peligroso? ¡Si el rayo verde es totalmente inofensivo! ¿Quién os ha metido esa idea en la cabeza?
—Claude Mathieu —respondieron todos a una.
—Pues yo os aseguro que Claude Mathieu se equivoca —sentenció Nemo con firmeza—. No me cabe ninguna duda de que si el director de La Bonne Tradition no quiere que contempléis el rayo verde es para que os perdáis una experiencia totalmente enriquecedora y agradable. Que os quede bien claro: ni vais a sufrir una angustiosa muerte por contemplar el rayo, ni vais a enamoraros perdidamente de alguien por haberlo vislumbrado. Es un fenómeno atmosférico, nada más.