El rayo verde

Capitán Nemo · Capítulo 7 de 19

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El rayo verde

Capítulo 6. Una larga caminata. El rayo verde

Capítulo 6

UNA LARGA CAMINATA.

EL RAYO VERDE

 

—¿Dónde se habrán metido esos dos?

Las chicas comenzaban a estar cada vez más inquietas e impacientes. Pasaban veinte minutos de la hora a la que habían quedado y no se los veía por ninguna parte. Las sombras de los árboles del parque de la Concordia se iban alargando cada vez más, indicándoles que la tarde pasaba veloz y que cada vez faltaba menos para el anochecer.

—Está claro lo que ha ocurrido, ¿no? —Marie estaba fuera de sus casillas —. No les apetecía nada ir a ver el rayo verde, y son tan cobardes que no se atrevían a decírnoslo: ¡han preferido darnos plantón!

—De Huan podía esperarme algo así —opinó la otra—, pero de Jules… no parece nada propio de él.

A Caroline se la veía dubitativa. ¿Y si les había pasado algo?

—Huan habrá convencido a Jules para que no venga con nosotras. ¡Seguro que están jugando a algún juego y pasándoselo la mar de bien! Y, mientras tanto, nosotras aquí aguardándolos como unas tontas. Como esperemos más rato, vamos a perdernos el rayo verde.

Marie tenía razón, sin lugar a dudas; los chicos debían de encontrarse perfectamente bien, y seguro que estaban divirtiéndose con cualquier juego estúpido mientras ellas dos estaban ahí plantadas. Caroline chasqueó la lengua, molesta con ellos, y tomó una resolución:

—Pues si ellos se están divirtiendo, nosotras nos lo pasaremos aún mejor. ¡No los necesitamos para nada! Vayámonos ya hacia la playa o no llegaremos a tiempo.

—¡En marcha!

Tenían que andar a paso ligero, puesto que la playa estaba a una hora de la ciudad andando, y por culpa del plantón de los chicos, iban con el tiempo justo. Durante todo el camino estuvieron criticándolos mosqueadas.

—¿Por qué Huan tiene que ser tan vago? —se quejó Marie—. ¡Nunca quiere hacer nada que le suponga un mínimo esfuerzo!

—Y no me explico cómo Jules le hace tanto caso; parece como si su opinión fuera la única a tener en cuenta.

—Se piensan que son más inteligentes que nosotras, pero no es así.

—¡Claro que no! ¡Nosotras estamos muy por encima! —afirmó Caroline —. Ellos en lo único que piensan es en manchar a Mathieu con huevos podridos, mientras que tú y yo tenemos cosas mejores que hacer.

Las dos amigas estaban muy resentidas por el plantón que les habían dado.

—¡Con la ilusión que sabían que nos hacía!

—Lo de hoy no lo perdonaremos fácilmente.

—Creen que somos tontas y cursis, pero se equivocan. Se van a perder un espectáculo maravilloso.

A ratos iban en silencio, cabizbajas y pensativas. Si Jules no estaba allí para presenciar el rayo verde pero ellas sí que lo veían, ¿podría tener el efecto deseado de todos modos?

El sol estaba cada vez más bajo en el cielo y comenzaba a refrescar. Caroline se alegró de haber traído consigo un chal y se lo colocó por encima de los hombros conteniendo un escalofrío. A su lado, Marie seguía andando ligera de ropa; era mucho más calurosa que su compañera. El camino estaba solitario, y solo de vez en cuando divisaban a alguien a lo lejos. Caroline contuvo otro escalofrío. Le habría gustado que Huan y Jules estuvieran con ellas en aquel momento; estarían hablando de cualquier tontería o jugando a algún juego para amenizar la caminata, y, probablemente, no sentiría miedo.

Le alegró que Marie, ajena a sus preocupaciones y sus miedos, rompiera el silencio:

—Cuando veas el rayo verde, ¿pensarás en alguien especial? —Su tono de voz parecía desinteresado, como si estuviera hablando del tiempo, pero observaba a su amiga de reojo, atenta a su reacción.

Las mejillas de Caroline enrojecieron, pero trató de aparentar normalidad:

—No, en nadie —mintió descaradamente—. ¿Y tú?

—Tampoco —se apresuró a contestar la otra, con el rostro encendido por la vergüenza.

Prosiguieron un rato en silencio, sin atreverse a comentar nada más, y se alegraron enormemente cuando de repente, ante sus ojos, vislumbraron la playa. El solitario camino se ensanchaba y la tierra se convertía en arena suave y dorada. El mar estaba en calma, y su tonalidad, un azulón oscuro, transmitía tranquilidad.

Las chicas aceleraron el paso y quedaron gratamente sorprendidas al comprobar que no eran las únicas que habían seguido el consejo del periódico Le Matin y se habían acercado hasta el lugar: el fenómeno del rayo verde había congregado por lo menos a un centenar de personas, quienes, sentadas en grupitos o en parejas en la arena, contemplaban embelesadas la puesta de sol.

Descendieron unas escalinatas de piedra y, por fin, sus pies tocaron la arena. Marie se descalzó para disfrutar mejor de la experiencia.

—¡Es la sensación más agradable que he tenido en mucho tiempo! — exclamó corriendo descalza por la orilla y permitiendo que el agua del mar le lamiera los pies.

Caroline, tras un largo titubeo, la imitó, y se sorprendió gratamente al sentir la suavidad de la arena que pisaba. Entonces tuvieron el difícil reto de buscar el sitio perfecto para la contemplación del rayo verde; no querían estar demasiado cerca de los grupos grandes, que eran los más ruidosos, pero si se apartaban mucho del gentío, perdían la buena visibilidad del horizonte. Aunque al principio les pareció que los mejores emplazamientos estaban todos cogidos, acabaron encontrando un espacio en medio de la playa que les pareció perfecto. Caroline se quitó el chal y lo extendió en la arena para que ambas pudieran recostarse encima.

—Realmente no saben lo que se pierden —murmuró mientras se acomodaba en el suelo.

—¡Ya se arrepentirán mañana cuando les contemos lo que hemos vivido! —exclamó su compañera.

Aún faltaban unos minutos para la puesta de sol, con lo cual, Marie y Caroline se entretuvieron observando a su alrededor. La mayor parte del público era femenino, aunque también había algún hombre con pinta de estar aburrido, así como algunos jóvenes desperdigados por la playa. Tal vez, alguno de ellos se enamoraría esa noche de una de las dos.

Marie se dio cuenta de que algunas personas llevaban prismáticos, lo que la hizo pensar en Jules: seguro que, de estar allí, en aquel mismo instante habría estado barriendo el cielo con los suyos propios, tratando de atisbar el rayo verde antes que los demás.

—¡Qué lástima que no hayamos pensado en traer un par de prismáticos con nosotras! —se lamentó sintiéndose un poco tonta.

Lo que les llamó más la atención, sin embargo, fue un imponente globo aerostático que se elevaba en aquellos momentos a unos diez metros de la costa. Sin duda alguna, sus ocupantes iban a disfrutar de una vista privilegiada del fenómeno atmosférico.

—¡Qué suerte tienen! —exclamaron observándolo elevarse con envidia. Volar en globo había sido una de las experiencias que más habían disfrutado en toda su vida.

Los pensamientos de ambas chicas volvieron a retroceder hacia esa aventura en globo, que tan lejana les parecía ahora y que había servido para acabar de forjar la amistad entre los cuatro. Aquel había sido su primer encuentro con la Orden Contra el Progreso, la primera de muchas aventuras de las que, por suerte, Huan, Marie, Jules y Caroline siempre habían salido victoriosos.

El cielo estaba adquiriendo tonalidades rosadas y violáceas, y los rayos de sol eran cada vez más escasos. Las chicas coincidieron en que aquella puesta de sol era tan hermosa que, si finalmente no lograban vislumbrar el famoso destello verde, habría valido la pena de todos modos desplazarse hasta la playa para contemplar la puesta de sol.

—Casi se ha puesto ya del todo —susurró Caroline—. No puede faltar mucho.

—Siento que va a ocurrir algo mágico —murmuró a su lado Marie mordiéndose las uñas por los nervios.

Aguardaron un par de minutos más, conteniendo la respiración, conscientes de que estaban a punto de experimentar algo extraordinario. En el ambiente reinaba una calma casi mágica; todo el mundo miraba al horizonte con el corazón bombeando con fuerza en el pecho y un deseo en la punta de la lengua.

Y entonces ocurrió. Fue una luz mucho más intensa de lo que las chicas se habían imaginado: un potente destello verde iluminó al centenar de espectadores durante unos pocos segundos, en los que tanto Caroline como Marie sintieron que el tiempo se detenía. En silencio, sin decirse nada, tanto la una como la otra pidieron, con las mejillas encendidas y una sonrisa en el rostro, el mismo deseo: que Jules les hiciera un poco más de caso.

El destello verde se apagó repentinamente, y con ello, el último rayo de luz solar dio paso a una noche estrellada y apacible. En la arena, unas cien personas prorrumpieron en un prolongado aplauso. Caroline y Marie se pusieron en pie, se expulsaron los restos de arena de la ropa y se calzaron los zapatos, dispuestas a emprender el trayecto de vuelta.

En ese momento, el sendero que las llevaba a casa estaba mucho más transitado que a la ida. Decenas de personas regresaban a pie hacia la ciudad de Nantes charlando distendidamente, alegres. Marie y Caroline, por el contrario, caminaban en silencio arrastrando los pies, algo alicaídas. Había sido un espectáculo de enorme belleza, eso era indiscutible, pero ninguna de las dos había sentido nada especial; no les pareció que el hechizo hubiera surtido efecto. Comenzaban a creer que el capitán Nemo tenía razón y la leyenda del enamoramiento era solo eso: una simple leyenda sin fundamento alguno.

—¿Crees que el hechizo ha funcionado? —inquirió Caroline. Se notaba decepción en su voz—. ¿Has notado algo?

—Decías que no habías pensado en nadie… —repuso Marie con una entonación maliciosa al darse cuenta de que su amiga se acababa de delatar—. Pero no, yo tampoco he sentido nada mágico —añadió, sin concretar en quién había pensado ella al ver el destello verde, y sintiéndose un poco aliviada al saber que su amiga tampoco parecía haber quedado hechizada por el rayo.

El hecho de que los demás transeúntes estuvieran tan animados y no pararan de hablar del fenómeno que acababan de contemplar incrementaba todavía más el desánimo de Marie y Caroline. Si Huan y Jules hubieran estado allí con ellas, todo habría sido distinto, se dijeron. Probablemente, el hechizo mágico habría tenido un mayor efecto con ellos presentes; lo que había ocurrido era que se encontraban demasiado lejos, y el encantamiento no era lo suficientemente potente. Pero no podían olvidar que los chicos les habían dado plantón: seguían tremendamente enojadas por ello.

—Les diremos que se han perdido el espectáculo más maravilloso, extraordinario, fantástico… —Marie se estaba quedando sin adjetivos.

—¡… magnífico, excelente y fascinante del mundo! —acabó Caroline por ella.

—Que se sientan las personas más desafortunadas de la Tierra por no haber venido —prosiguió la primera.

—¡Y que nos pidan perdón cientos de veces por habernos dado plantón sin avisar! —exclamó la otra.

Ambas amigas se despidieron frente al parque de la Concordia, en el mismo punto donde habían quedado tres horas atrás, coincidiendo en que iban a hacer sufrir un poco a los chicos antes de perdonarlos para que recibieran su merecido.

Tal vez, si las chicas hubieran sabido que tanto Jules como Huan se habían pasado todo aquel tiempo pegados al suelo metálico de la trastienda con las magnetobotas calzadas y los magnetoguantes puestos, se habrían desenfadado de inmediato (o, por lo menos, habrían pensado que los chicos habían recibido su justo castigo).

Lo cierto era que nadie se dio cuenta de su delicada situación hasta pasadas las ocho de la noche, cuando la madre de Huan fue a avisar a su hijo de que la cena estaba lista. La buena mujer se llevó un susto tremendo al ver a ambos chicos en esa extraña postura: por un momento, pensó que habían sido poseídos por un extraño demonio que los había dejado paralizados, y más cuando se dio cuenta de que lo único que hacía su hijo era gruñir y lamentarse sin decir nada que tuviera sentido alguno.

Mientras Huan seguía gimoteando, Jules le hizo un breve resumen a la mujer de lo que había ocurrido y la apremió para que los rescatara. Sin embargo, la madre de Huan no tenía fuerza suficiente para desengancharlos del suelo, y tuvo que correr en busca de su marido.

—Dese prisa —le instó Jules—, no creo que Huan aguante mucho más tiempo en esta posición.

Efectivamente, Huan parecía ido después de pasar tantas horas en la misma postura; tenía todos los músculos agarrotados, la cara roja como un tomate porque le había bajado toda la sangre a la cabeza y los ojos hinchados de tanto gimotear.

La madre regresó al cabo de unos minutos con el padre de Huan, quien, al verlos en esa postura tan extraña, comenzó a reír a carcajadas:

—¿Me podéis explicar cómo ha ocurrido esto?

Huan gruñó a modo de respuesta, lo que divirtió todavía más al hombre.

—Por favor, rescátenos primero y luego se lo contaremos todo —le suplicó Jules.

Una vez repuesto de la sorpresa y de la gracia que le había producido ver a su hijo y a su amigo en esa situación tan rocambolesca, se apresuró a desanudar las botas a los chicos, para que pudieran liberar los pies del potente imán de corbidio, y a quitarles luego los guantes, para que consiguieran sacar las manos del suelo metálico.

Ambos adultos los ayudaron a mantener el equilibrio mientras se ponían en pie.

—¡Creo que ya no sé ni cómo se hace para caminar! —se lamentó Huan, mientras su madre lo sostenía. Trató de dar un paso sin ayuda, pero las piernas le flojearon y estuvo a punto de caer de nuevo al suelo.

Pasadas tantas horas con la cabeza mirando hacia los pies, se sentían enormemente mareados; del mismo modo, les parecía como si ningún músculo del cuerpo les funcionara correctamente, y tenían las extremidades adormecidas.

La espalda de Huan crujió de manera espantosa al estirarse, y el chico soltó un amargo quejido.

—No sé si tendremos agujetas mañana, pero lo que es seguro es que este dolor de espalda va a acompañarme durante un par de días —se lamentó.

—A ver si así aprendéis a pensar con la cabeza antes de hacer tantas tonterías —les riñó la madre de Huan con seriedad—; por suerte no ha pasado nada grave, pero espero que esto os sirva de aviso para situaciones futuras.

Jules, que también se acababa de incorporar, se llevó las manos a la espalda, ahogó otro quejido, y no pudo menos que darle la razón a la madre de su amigo.

—Perdóname —le pidió a Huan, por segunda vez en la misma tarde—. Tu madre tiene toda la razón al echarnos la bronca, pero esta vez ha sido solo culpa mía; tú solo has aceptado el regalo confiando plenamente en mí.

En aquel momento se sentía el científico más inepto del mundo entero; estaba profundamente avergonzado de sí mismo.

Cuando fue capaz de sostenerse en pie él solo y de caminar sin perder el equilibrio (lo que le llevó por lo menos unos diez minutos), se despidió escuetamente de Huan y de sus padres, a quienes les agradeció el particular rescate que habían tenido que realizar, y se escabulló de la trastienda del club de Los aventureros del siglo XXL Solo tenía ganas de llegar a casa, meterse en la cama y hacer como si ese día no hubiera existido nunca.