El rayo verde

Capitán Nemo · Capítulo 13 de 19

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El rayo verde

Capítulo 12. Consejos de una mandre. El talento de Jules

Capítulo 12

CONSEJOS DE UN MADRE.

EL TALENTO DE JULES

 

A Jules le pareció, de repente, como si cargara con un gran peso encima de las espaldas. A lo largo de aquel inacabable día, había ido acumulando una sensación creciente de estrés y malestar. Se sentía enormemente preocupado por la salud de sus amigas, bastante intranquilo por el misterioso paradero de Jaques Blanc y sumamente triste por el destino que le aguardaba a la fábrica de aeronaves. Dudaba que la construcción pudiera seguir adelante con el boicot de los ciudadanos de Nantes de por medio. Por lo visto, esta vez, la Orden Contra el Progreso había ganado, así que su sueño estaba a punto de esfumarse por completo.

Se encontraba desanimado y sin fuerzas, como si su vida estuviera totalmente del revés, sin poder dar con una solución a sus problemas.

Aunque hacía horas que no probaba un solo bocado, cenó sin hambre y no participó de la conversación con su familia. De todos sus problemas, el que más le preocupaba con diferencia era la ceguera de Caroline y Marie. Suspiró profundamente y cerró los ojos mientras se llevaba un trozo de patata hervida a la boca, tratando de imaginarse cómo debía de ser el hecho de realizar una actividad tan cotidiana como cenar sin ver nada en absoluto.

La madre de Jules se dio cuenta rápidamente de que algo pasaba: su hijo ni siquiera increpaba a sus hermanos pequeños, y eso que estaban repasando la lección de matemáticas que habían aprendido aquel día en la escuela y no paraban de equivocarse con la tabla de multiplicar.

—¿Quieres un poco más de verdura, cielo?

Jules abrió los ojos y tardó unos segundos en volver a la realidad.

—No, mamá, gracias —contestó débilmente.

Su madre siguió observándolo pensativa durante el resto de la cena, y cuando esta acabó y su hijo quiso retirarse a su dormitorio alegando que estaba cansado, la mujer le pidió unos minutos para conversar en privado.

Se sentaron junto a la chimenea, y la madre le confesó que estaba preocupada por él.

—¿De qué se trata, Jules? ¿Es por tus amigas? Estás triste por lo que les ha pasado a Caroline y a Marie, ¿verdad?

Jules escondió la cara en una manga de la camisa para que su madre no lo viera llorar.

—A mí puedes contármelo —insistió la mujer—; siempre voy a estar a tu lado para apoyarte.

—Es que lo veo todo muy negro —se sinceró Jules levantando la vista para mirar a su madre—. Ellas están mal y no puedo hacer nada por ayudarlas.

—No te creo —lo contradijo—; mi hijo Jules Verne siempre tiene una idea brillante en mente, y más cuando se trata de ayudar a los demás. Piénsalo bien: seguro que hay algo que puedes hacer por ellas, por más pequeño e insignificante que te parezca. Tus amigas agradecerán mucho el gesto y tú podrás sentirte útil. No tires la toalla —le aconsejó la madre—, nunca está todo perdido. Ya verás como tus amigas recobrarán la vista, pero mientras no sea así, debes mostrar tu fortaleza y aprovechar todo el talento que tienes para ayudarlas.

Su madre tenía razón, pensó Jules. Hasta entonces, había estado demasiado ocupado sintiéndose desgraciado para intentar buscar una solución real a sus contratiempos, para intentar ayudarlas. No conseguiría que el problema desapareciera, puesto que él no era médico, pero sí que podía volcar su ingenio en tratar de que el día a día de sus amigas fuera más llevadero. No podía rendirse, ahora no.

Se abrazó a su madre como hacía mucho que no se abrazaba a nadie. Poco tiempo atrás —aunque le pareciera que hacía una eternidad—, le había dicho a su progenitora que ya no era un niño y que no quería que lo tratara como a tal; sin embargo, ahora comenzaba a darse cuenta de que entrar en la madurez no implicaba dejar de lado a sus padres, ya que seguía necesitando de sus consejos y opiniones. Y aunque no deseaba que lo trataran como a un niño, de vez en cuando le gustaba recibir un abrazo como aquel y escuchar unas palabras de consuelo. En aquel momento, abrazado a su madre con todas sus fuerzas, todo le parecía más fácil. Fue ese abrazo, sumado a las palabras reconfortantes de su progenitora, lo que le hizo tomar una resolución.

—Gracias, mamá, de verdad. Me has abierto los ojos y voy a hacerte caso.

El chico besó a su madre en la frente y le deseó buenas noches antes de subir a su cuarto y cerrar suavemente la puerta tras de sí. Un mar de ideas brotaba de su cabeza con tanta fuerza que tuvo que respirar hondo para tratar de relajarse. Debía simplificar los problemas, desmigajarlos hasta que fueran asumibles y pudiera enfrentarse a ellos. Por el momento, podía hacer lo que mejor se le daba para tratar de ayudar a sus amigas: dibujar.

Jules Verne era inventor, e iba a demostrarlo. Siempre hacía bocetos en los que ilustraba sus ideas para posibles artilugios; si en el papel lo veía factible, luego pasaba a ejecutar el proyecto y a darle forma. Cogió su cuaderno de dibujo y su mejor pluma; la ocasión merecía disponer de los mejores materiales. Se sentó frente al escritorio, mojó la pluma en el tintero y dejó volar su imaginación.

Ahora lo sabía, era capaz de conseguir, mediante su ingenio y talento, que el día a día de sus amigas fuera más llevadero mientras no estuvieran plenamente recuperadas. Sabía que a los pacientes que habían vislumbrado el rayo verde les molestaba especialmente la luz; esa hipersensibilidad había llevado a los médicos a vendarles los ojos para que no sufrieran tanto. Sin embargo, no parecía una opción muy cómoda. El chico comenzó a reflexionar qué tipo de artilugio podría colocar enfrente de los ojos de sus amigas, que sustituyera a las vendas y a la vez impidiera que la molesta luz del sol llegara a sus pupilas.

Conocía a alguna gente mayor que usaba un monóculo o unos anteojos para leer el periódico sin forzar la vista; ¿y si tintaba el cristal de uno de ellos para que la luz no traspasara el vidrio con tanta intensidad?

Con un solo monóculo no bastaba, porque tenían ceguera en ambos ojos, así que fabricaría unos anteojos: la nariz serviría de puente entre un cristal y el otro, que irían unidos mediante un hierro.

Pero ¿cómo lograría que el invento no se deslizara constantemente del rostro de las chicas hasta el suelo? Los cristales eran delicados y podían romperse con fragilidad, y sus amigas quedarían desprotegidas, con lo cual la luz las lastimaría de nuevo. Necesitaba algo para sujetar el artilugio. Jules palpó su propio rostro, buscando inspiración: colocaría unas varillas a sus anteojos para que se sostuvieran por detrás de las orejas de Caroline y Marie.

Comenzó a dibujar, cada vez más concentrado. Necesitaba que las lentes fueran gruesas para que la luz tampoco entrara por los laterales y los ojos de sus amigas estuvieran completamente protegidos.

No paró de dibujar hasta que se dio por satisfecho. Aquel proyecto tenía posibilidades, estaba seguro de ello. Creía firmemente que si sus amigas no llevaban los ojos vendados y él conseguía, gracias a su invento, que la luz no las deslumbrara de ese modo, iban a ser capaces de percibir sombras y figuras, lo que conseguiría que su ceguera fuera un poco más soportable.

Su inspiración no acababa allí: aunque estaba terriblemente cansado, Jules siguió dibujando hasta bien entrada la madrugada. Iba teniendo distintas ideas, que desechaba tras comprobar en el papel que no eran factibles. No se dio por satisfecho hasta que consiguió tener otro buen invento con el que ayudar a Caroline y a Marie. Le preocupaba que las chicas tuvieran que enfrentarse ellas solas al desafío de salir a la calle: ya no se trataba de que el exceso de luz pudiera resultarles molesto, sino que no concebía cómo iban a ser capaces de sortear a los transeúntes sin la ayuda de nadie.

Conocía lo suficiente a sus dos amigas como para saber que les gustaba ser independientes y que no soportarían que alguien tuviera que estar constantemente a su lado para cualquier cosa, sosteniéndolas a modo de bastón. Caroline y Marie eran espíritus libres que defendían que las mujeres tenían pleno derecho a valerse por sí mismas sin ayuda ni tutela de nadie, y Jules deseaba que siguiera siendo así.

Recordó cuando en su anterior aventura Huan y él habían intentado, en cierto modo, apartarlas del peligro, puesto que consideraron que era mejor mantenerlas al margen de la acción, fuera de cualquier riesgo. Los dos aventureros tenían que ir a Angers a evitar un atentado multitudinario, y las chicas debían quedarse en Nantes y portarse bien. Tanto Caroline como Marie se habían enfadado mucho ante aquella decisión, ya que consideraban que tenían el mismo derecho que ellos a salvar a los científicos y al público de la Feria Internacional del Futuro de la bomba de corbidio que la Orden Contra el Progreso iba a hacer explotar. Al final, se habían salido con la suya: se habían escondido en el coche de caballos que el capitán Nemo les había prestado y habían acabado resultando imprescindibles en aquella aventura. Jules siguió rememorando el episodio con melancolía, y pensó que esas dos chicas eran las personas más valientes que había conocido jamás.

Las había visto muy desmotivadas en el hospital y quería demostrarles que podían seguir siendo unas aventureras del siglo XXI totalmente válidas, que no tenían por qué renunciar a su vida anterior ahora que estaban ciegas. Deseaba verlas de nuevo con ganas de hacer cosas, de que se ilusionaran y tuvieran propósitos que cumplir.

Fue entonces, ya pasada la medianoche, cuando tuvo la idea: ¿y si lo que necesitaban era precisamente un bastón que las auxiliara? No se trataba solo de un soporte para caminar, sino que con él podrían ir tanteando el terreno. Si iban moviendo el palo a su alrededor, serían capaces de sortear los distintos elementos que se fueran encontrando; por ejemplo, si en vez de con el aire, el bastón chocaba contra algo sólido, como el tronco de un árbol, las chicas sabrían que no debían andar en esa dirección.

Por supuesto, Jules no iba a regalarles un simple bastón, sino que pensaba darle una vuelta más a la idea: incorporaría en su mango un timbre, que tanto Caroline como Marie podrían hacer sonar siempre que quisieran para alertar a los transeúntes y conseguir que se apartaran de su camino sin chocar con ellas.

Contempló su boceto, y por primera vez en todo el día, se sintió un poco más tranquilo. El hecho de idear esos inventos le proporcionaba la seguridad que necesitaba para afrontar nuevos retos, le hacía pensar que, poco a poco, las cosas irían poniéndose de nuevo en su sitio.

Se tumbó en la cama todavía vestido y apoyó la cabeza en la almohada contemplando su último boceto. Esperaba que a las chicas les pareciera útil el timbrebastón, aunque sabía que para la coqueta de su prima Caroline iba a resultar duro usar uno, como si fuera una persona mayor a quien le costara caminar. Se durmió en el acto, con el cuaderno de dibujo todavía entre los brazos. Soñó que era un científico de la fábrica de aeronaves y que invitaba a Caroline, quien veía perfectamente sin la ayuda de ningún artefacto, a surcar los cielos en uno de esos increíbles y maravillosos vehículos.