El Verdugo De Dios

Toti Martinez de Lezea · Capítulo 8 de 16

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El Verdugo De Dios

Ordoki 100

Ordoki

E

der recorrió las veinte millas existentes entre Pamplona y Arizkun tres años después de haberlo hecho a la inversa, pero esta vez a pie. El maestro había vendido los animales nada más llegar a Pamplona y él no tenía dinero para comprar una caballería y tampoco quiso pedirle prestado. No le importó. El maestro decía que muchos peregrinos realizaban el largo y penoso camino hasta Galicia para pensar en soledad y encontrar respuesta a sus preguntas. Él también necesitaba estar solo para meditar, y el mejor medio era caminar sin prisas, atravesar pequeños pueblos, aldeas, valles y bosques de árboles frondosos cuyas sombras mitigaban el calor del verano. Deseaba volver a ver a su padre, a su hermano y a sus tíos, pero no había sido ésa la razón del viaje.

Quería escapar, alejarse de Alix. A pesar de haber prometido estar de vuelta para el otoño, no sabía si cumpliría la promesa. En esos momentos sólo tenía un propósito: poner tierra por medio entre él y la mujer que le quitaba el sueño.

No se habían visto desde su encuentro furtivo; ella no volvió a visitar al maestro y él se consumía de ansiedad cada día que pasaba sin verla; merodeaba por Las Belenas, atisbaba las ventanas de su casa a la espera de un encuentro, una señal, y en una ocasión estuvo a punto de llamar a la puerta con una excusa falsa, pero no lo hizo. No podía olvidar los momentos en los cuales había sido suya; se recreaba en su recuerdo, intentando retenerlos en la memoria y en los sentidos, pero el tiempo pasaba, el recuerdo se desvanecía y su desesperación era cada vez mayor.

Había adelgazado, no tenía apetito ni tampoco ilusión por el trabajo que meses antes le entusiasmaba, y no había vuelto a coger un buril. Decidió partir el día en que su maestro, radiante de felicidad, le informó sobre la próxima maternidad de Alix. No

había ya razón alguna para permanecer cerca de ella, y cuanto antes se marchara, mejor. Recobraría la calma y la sensatez junto a los suyos, en un entorno que nunca debió haber abandonado. Ellos

—el padre se lo dijo al partir— nunca le fallarían, eran su familia, los únicos en los que de verdad podía confiar.Tuvo que detenerse al llegar la noche. No había comido nada en todo el día y, perdido el hábito de la marcha, la subida del puerto había dejado sus pies malheridos. Pidió asilo en un caserío de Irurita y los dueños le indicaron que podía dormir en el establo, con las vacas, pero le ofrecieron comer con ellos pues, sabido era, no se le podía negar la comida a un viajero, ya fuera mendigo, peregrino o hidalgo, pues su espíritu aparecería para atormentarlos si llegaba a morir por no habérsele prestado ayuda. Sus pies agradecieron el descanso y su estómago aún más el espeso potaje de garbanzos con morcilla que la señora de la casa vertió generosamente en su cuenco.

—¿De dónde vienes? —le preguntó el dueño.

—De Pamplona.

—¿Y adonde vas?

—A Arizkun.

—¿Familia?

—Sí, padre y hermano.

—¿Nombre?

—Bozat.

—No conozco a ningún Bozat.

—Somos de Baigorri.

—Buena tierra ésa, buenas reses.

Entre respuesta y nueva pregunta había un silencio y Eder sonrió; era como estar en casa. El hombre era tan parco en palabras como su padre y sus tíos; daba la impresión de meditar cada respuesta, aunque él sabía que no lo hacía. Era su forma de comunicarse.

—¿No seréis de esos que llaman agotes?

Tuvo un sobresalto y un mal presentimiento.

—No —respondió con todo el aplomo del que fue capaz.

—¿Vives en Arizkun?

—No, sólo voy de paso.

—Ya.

Tuvo la impresión de que el hombre se sentía aliviado al escuchar su respuesta.

—¿Hay agotes en Baigorri?

—Sí.

—Dicen que son leprosos...

—No lo sé.

—Que su olor apesta y que tienen rabo como los animales.

Fue incapaz de responder a la última aseveración del casero y aguantó como pudo a la mesa hasta que sus anfitriones decidieron retirarse. No pegó ojo en el establo, tumbado sobre un montón de heno seco y escuchando el monótono rumiar de las vacas. Se sentía mal consigo mismo por no haber respondido, no haber salido en defensa de su familia, no haberse bajado las calzas para que el hombre viese que no tenía un rabo en el trasero. Se marchó antes de clarear sin despedirse. Era una descortesía y una falta de

agradecimiento, pero quería llegar lo más pronto posible a Arizkun y saber lo que ocurría allí y cómo era posible que un casero, a una jornada de viaje, hablase en semejantes términos de los suyos.

Seguían doliéndole los pies, pero pasó por Elizondo y Elbetea sin tan siquiera pararse para beber agua; se cruzó en el camino con varias personas con aspecto de peregrinos que se dirigían a Pamplona siguiendo la ruta de Baztán y no respiró tranquilo hasta ver las primeras casas de Arizkun. No subió al pueblo, situado encima de una pequeña colina, sino que se desvió hacia el río. El puente de tablas no había sido reparado y tal constatación, curiosamente, calmó un poco su ansiedad. Corrió por la veredilla entre los árboles y sólo se detuvo para coger aire cuando sus ojos toparon con la casa que él había ayudado a construir en la ladera de la loma. No había nadie dentro, pero reconoció la chamarra de piel de lobo del padre colgada de un clavo y el arcón de las ropas tallado por él mismo, sobre el cual se hallaba la figura esculpida en piedra. Salió de nuevo y se sentó en la tierra con la espalda apoyada en el muro, caliente por los rayos del sol, y cerró los ojos.

Se despertó al sentir una presencia junto a él. El padre y el tío Beñat lo observaban con curiosidad. Tres años no eran mucho tiempo, pero él había cambiado. Llevaba el cabello recortado al modo de los francos, a la altura de las sienes, y se había dejado crecer el bigote hasta la comisura de los labios. En cuanto a las ropas, el maestro se había ocupado de su vestimenta desde aquella primera compra, cuando fueron a buscar a Alix al convento. El sayo de color granate, arrugado y demasiado holgado debido a la pérdida de peso, las calzas a juego y los zapatos de piel, cubiertos de polvo del camino, le daban una apariencia ridicula en aquel rincón del mundo. Se levantó de un salto, las piernas dormidas por la postura, y apenas pudo mantener el equilibrio.

—Has vuelto —afirmó su padre.

—Sí.

—¿Para quedarte?

—No lo sé.

Su tío fue más expresivo y le dio un abrazo de oso. Después se separó de él mientras lo mantenía fuertemente asido por los hombros.

—¡Tienes un aspecto horrible! —exclamó, y los dos se echaron a reír.

Había habido cambios en la familia. Donat y su mujer, Andeia, vivían en un minúsculo habitáculo adosado a la parte posterior de la casa, oculto a la vista desde el camino. No había espacio en Bozatenea para todos ellos y el señor no permitía la construcción de una nueva vivienda. No obstante, eran felices y habían tenido una preciosa criatura que a Eder le recordó con dolor a la que crecía en el vientre de Alix. El otro tío, Aner, había regresado a Xuhitoa, a la vieja cabaña. Era un hombre aún más silencioso que el padre, y necesitaba sentirse libre como los animales del bosque, por lo que no estaba a gusto trabajando como criado para otros.

A Eder no le costó acostumbrarse de nuevo a la vida de antaño donde sólo había lo necesario para sobrevivir, a dormir en el suelo sobre un simple colchón relleno de paja seca y a volver a vestir camisa ancha, calzas y abarcas. Ayudó al padre a limpiar los establos del señor de Ursúa y a ordeñar las vacas, acompañó al tío a remover la tierra con las layas para dejarla lista para la siembra del otoño, y a ambos a cortar leña para la torre y, de paso, para ellos mismos. Y recuperó la pasión por la talla.

—¿Qué tal las cosas por aquí? —le preguntó a su hermano un día en que los dos fueron al río a pescar truchas con las manos, como siempre habían hecho.

—¿Qué quieres decir?

—¿Qué tal las gentes del pueblo?

La trucha que coleteaba entre las manos de Donat se escurrió y desapareció en las claras aguas del río.

—Nos desprecian, al igual que las de Anauz y las de San Esteban. No podemos salir de la heredad sin que alguien nos insulte o se burle de nosotros y nos obligan a permanecer en la parte trasera de la iglesia.

—¿Vais a la iglesia? —Eder no sólo estaba asombrado, sino también escandalizado.

—Nos fuerza el señor si queremos permanecer en sus tierras.

—¡Pues marchaos!

—¿Adonde? Aquí estamos bien, nos gusta este lugar y no es ni mejor ni peor que cualquier otro.

—En Xuhitoa éramos libres.

—No lo éramos, pertenecíamos al vizconde, vivíamos en sus tierras y trabajábamos para él.

—Y aquí lo hacéis para el de Ursúa.

—Sí, pero él nos protege.

Eder miró desolado a su hermano y supo que tendría que volver a echarse al camino porque, al igual que su tío, él también quería ser libre y hacer con su vida lo que le placiese. Le había prometido al maestro que estaría de vuelta en Pamplona para el otoño y sólo quedaban unas semanas para que se cumpliese el plazo. Al menos allí nadie sabía quién era y nadie le injuriaba.

Una visita inesperada le obligó a retrasar sus planes.

Una mañana, a comienzos de septiembre, mientras desbrozaba una rama gruesa de roble, vio llegar por la vereda del río a tres personas, un hombre y dos mujeres, cargadas con unos fardos.

Llamó a la familia y todos salieron con la curiosidad en el cuerpo.

En los años que llevaban viviendo en Ordoki no habían recibido una sola visita. A medida que los forasteros se aproximaban, algo en su aspecto, en su modo de caminar, les recordó a unos viejos conocidos.

—¡Maese Bozat! —gritó con alegría el hombre, dejando caer el fardo que portaba—. ¡Por fin!

Se había adelantado a las mujeres y estaba a dos pasos de ellos, y entonces lo reconocieron: era Raymond Gauti, el huido que los había seguido desde el este y no había querido permanecer en Oloron con sus compañeros. Se olvidaron de él, de su mujer y de su hija al hallarse en San Esteban y conocer lo ocurrido durante su ausencia. Maurina y Alazaïs llegaron tras él, igualmente risueñas.

—Os hemos buscado por toda la tierra de Baigorri —explicó Raymond al sorprendido grupo—. Vuestro hermano nos dijo dónde encontraros.

—Pero... ¿por qué? —preguntó Manex, sin poder salir de su asombro.

—Porque salvasteis la vida de nuestra hija y nos juramos estar siempre a vuestro lado.

Apretados en el pequeño espacio que hacía las veces de cocina y taller de carpintería, los Gauti les explicaron cómo habían vivido en la cabaña abandonada en el barrio de detrás de la iglesia de San Esteban, a la espera de que algún día ellos volvieran. El vecino construyó un telar siguiendo las indicaciones de Raymond y obtuvieron el permiso del vizconde para permanecer allí cuando se presentaron ante él y le mostraron una pieza de lana teñida de azul de cinco varas de largo y un juego de lienzos de lino para el lecho, materiales adquiridos con los dineros que llevaban escondidos entre las ropas. No había tejedores en la población y el señor de Etxauz calibró rápidamente los beneficios que podría obtener y, a

la espera de los mismos, se cobró un adelanto quedándose con los tejidos.

—El hombre del vizconde...

—Oriol —le interrumpió Manex con acritud recordando el papel que había desempeñado en la muerte de su cuñada.

—Él, sí, nos habló de Xuhitoa y allí encontramos a vuestro hermano. No nos dijisteis que la vida en vuestra tierra era tan difícil como en la nuestra... —había un deje de reproche en la voz del Raymond.

—Lo es para los que son como nosotros, pero vosotros no lo sois.

—Sí que lo somos —intervino Maurina—. No creemos en la Iglesia de Roma y eso nos hace diferentes a los demás.

—Buenos creyentes, herejes, cátaros, mesillos, mesegueros, crestias, leprosos, patarinos, gezitas, agotes, paganos, gitanos... —

enumeró Raymond—; para ellos somos todos iguales. No hacen distinciones. Hay poblaciones en las que se nos obliga a vivir juntos en las leproserías o en un barrio separado del resto por un río... Menos mal que, según se ve, habéis encontrado un buen sitio para estableceros.

—No te hagas ilusiones, amigo. Aquí tampoco nos quieren y estamos obligados a permanecer dentro de los lindes de propiedad de nuestro señor actual.

Hablaron durante buena parte de la noche y compartieron el puré de lentejas preparado por Andeia, reconfortados por hallarse entre amigos, personas de buena voluntad que únicamente soñaban con un lugar donde vivir en paz. Aquella noche Eder y su tío durmieron en el establo para así dejar espacio a los recién llegados. El joven tardó en cerrar los ojos; no podía dejar de pensar en Alazaïs. La niña a quien tanto tiempo atrás salvó de

morir despeñada se había convertido en una mujer de enormes ojos castaños. Comparada con él, era más bien baja y menuda, no era una belleza y estaba lejos de parecerse a Alix, pero tenía una risa pronta y su sonido alegre había llenado los rincones de la pequeña casa, por lo general silenciosa. En algún momento de la conversación sus miradas se habían cruzado y ella le había sonreído como si no hubieran transcurrido todos aquellos años durante los cuales él la había olvidado por completo.

A pesar de que el señor de Ursúa había dejado bien claro que no permitiría más construcciones dentro de su propiedad, era preciso encontrar una solución o los Gauti tendrían que marcharse.

Andeia y Maurina habían hecho muy buenas migas; la mujer de Donat esperaba otro hijo y no deseaba verse obligada a viajar hasta Arrosa, donde vivían sus padres, para dar a luz como había hecho con el primero y tampoco podía esperar ayuda de las vecinas. Una mujer a su lado era lo único que necesitaba para sentirse segura cuando llegara el momento. Por su parte, Raymond intentaba ser útil, aunque, según confesó con humildad, ignoraba todo lo concerniente al ganado y el cultivo de las huertas.

—También lo ignorábamos nosotros —le respondió Manex con humor—, pero todo se aprende, amigo mío, todo se aprende.

Tal vez, pensó el tejedor, si hacían allí lo mismo que habían hecho en Baigorri, es decir, presentar al señor del lugar las piezas tejidas traídas con ellos en los fardos, éste les permitiría quedarse.

No se perdía nada con probar y la negativa ya la tenían por adelantado. Varios días después de su llegada, Raymond y Manex acudieron a la torre. Sancho de Ursúa y su mujer los escucharon y examinaron los tejidos. Al caballero le traían sin cuidado las telas y no tenía intención alguna de aceptar más servidores. Bastantes problemas tenía ya con los hidalgos de Baztán para enojarlos aún más con una nueva construcción, se molestó en informarles, y dio por zanjado el asunto. Los dos hombres saludaron y se disponían a salir cuando la señora de Ursúa, que había permanecido callada durante la entrevista, les pidió que esperaran fuera. Poco después

ella misma salió y les informó de que su marido había cambiado de opinión. Podían quedarse en las mismas condiciones que los Bozat, dijo, y la casa debería tener las mismas dimensiones estipuladas. Tejerían para la torre y se les proporcionaría el material: lana y lino. Además de lienzos y tejidos burdos, deseaba telas finas para ropas de vestir, túnicas, camisas y calzas.

—Estoy segura de que nos entenderemos bien —añadió, acompañando la última palabra con una sonrisa, antes de entrar de nuevo en la torre.

De vuelta a Bozatenea, Raymond no salía de su asombro.

—¿Qué ha ocurrido?

—En este país, las mujeres mandan —fue la respuesta de Manex y, después, se echó a reír, algo poco usual en él.

Eder y Alazaïs no se separaban durante el día y el joven olvidó sus propósitos de partir antes de la llegada del otoño. Se sentía a gusto, ahora que tenía con quien conversar, alguien a quien contarle sus planes, sus sueños y decepciones. Alazaïs lo escuchaba en silencio, afirmando con la cabeza o haciendo un comentario para alentar su confianza. Para ella seguía siendo un héroe, el muchacho que la había sacado del precipicio; gracias a él estaba viva, y eso no lo olvidaría jamás, pero también había algo más. Cada día se sentía más y más atraída por él, deseaba que la cogiera en sus brazos y la amara como, al parecer, amaba a la mujer causa de su desgracia, pero ni un gesto, ni una palabra traicionaban sus sentimientos. Era la camarada, la amiga, la confidente, nada más, y aceptaba su papel con resignación puesto que era el único medio de estar cerca de él.

Ambas familias trabajaron duro para construir la vivienda de los Gauti. Debían darse prisa antes de que llegara el invierno, que en aquellas tierras era muy riguroso. Las montañas se cubrían de nieve y el aire frío era difícilmente soportable si no se disponía de un lugar donde cobijarse. El día que encendieron el fuego en la

diminuta cocina de su nuevo hogar, Maurina se echó a llorar y a punto estuvieron de hacerlo todos los demás, contagiados por la emoción. Manex y su hermano construyeron también un telar según las indicaciones de Raymond, y él y su mujer pudieron comenzar el trabajo y entregar a la señora de Ursúa las primeras piezas solicitadas. Fue entonces cuando Eder decidió por fin partir hacia Pamplona. Él no era carpintero, ni labrador, ni tejedor, y ahora deseaba volver a perderse entre gentes desconocidas, ser él mismo un desconocido.

Una sola vez, desde su llegada, había acompañado a la familia a la iglesia, más por curiosidad que por otra cosa; la orden del señor de la torre no le atañía, no trabajaba para él. Observó cómo las gentes que esperaban para entrar se apartaban de la puerta y los miraban con disgusto y algunos, incluso, con temor. El padre, el tío, el hermano, la cuñada con el niño en brazos y él se colocaron en el fondo de la pequeña iglesia, construida en su mayor parte en madera, a la izquierda, en un rincón, separados del resto de los asistentes. Nunca se había sentido tan humillado y juró no volver jamás. Al acabar el oficio, no esperó a los suyos, salió disparado y no paró de correr hasta hallarse en Ordoki. Había mantenido su promesa y no había vuelto a acompañar a la familia a la iglesia.

En Pamplona era uno más, el maestro tampoco iba a misa y nadie se interesaba por él ni por lo que hacía o dejaba de hacer, y ésa también era una forma de libertad. Vio la consternación en las miradas de todos cuando les informó de que pronto volvería a marcharse, pero lo que más le impresionó fue la inmensa tristeza que leyó en los ojos de Alazaïs.

—¿Por qué te vas? —le preguntó ella cuando estuvieron a solas.

—Porque no puedo soportar esta situación, necesito moverme a mi aire y aquí es algo imposible de hacer.

—Llévame contigo.

Permaneció mudo durante unos momentos. La propuesta era del todo descabellada, él no la amaba, nunca podría amarla como a Alix, ni a ella ni a ninguna otra mujer, de eso no tenía duda alguna. Además, no poseía nada; ni siquiera sabía si el maestro lo acogería, puesto que no había regresado al comienzo del otoño y, probablemente, ya se habría buscado otro ayudante. ¿De qué vivirían? ¿Dónde vivirían?

—Llévame contigo.

—Es imposible.

—¿Porqué?

—Yo no te amo.

—Llévame entonces como a una hermana, una amiga.

Trabajaré, no seré una carga para ti, sabes que no hay futuro para mí en este lugar.

—Tus padres te buscarán un marido entre los vuestros...

—No quiero ningún marido.

—No querrán que te vayas de su lado.

—Me iré de todas formas, contigo o sola.

Eder tardó varios días en tomar una decisión. Sopesó los pros y los contras y encontró más de estos últimos que de los primeros.

Sin embargo, él necesitaba una compañera. Perdida toda esperanza de reunirse de nuevo con Alix, algún día tendría que buscar una y, puestos a elegir, era preferible unirse a una mujer que conocía bien y con la cual se sentía a gusto que con una desconocida aún por descubrir. Aceptó por tanto llevarla con él, pero a condición de mantenerse ambos sin ataduras ni obligaciones. Estarían juntos mientras se necesitasen el uno al otro, pero cada cual sería libre de emprender su propio camino si la ocasión se presentaba.

—Algún día me querrás como yo te quiero a ti —afirmó Alazaïs con tanta seguridad que, por un instante, él la creyó.

Salieron para Pamplona una mañana del mes de noviembre.

Sus familiares los acompañaron hasta el puente de tablas y se despidieron de ellos después de haberles prometido que regresarían si las cosas les iban mal. Era la segunda vez que Eder dejaba atrás a los suyos para enfrentarse a su destino, pero ahora ya no era sólo responsable de sí mismo; también debía velar por la mujer que había decidido acompañarlo a cambio de nada.

N

adie en el entorno de don Pedro Ximénez de Gazolaz entendía muy bien cómo había logrado el llamado Robert de Reims convertirse en la mano derecha del obispo y señor de Pamplona.

Se decía que el prelado se había sentido impresionado por su piedad, aunque también había quien comentaba que el predicador le había desvelado algún secreto relativo al rey, al proceder ambos de la misma región de Francia. El enfrentamiento entre el obispo y el monarca se hallaba en su punto álgido debido a una querella por la posesión de la fortaleza de San Esteban de Monjardin, que ambos reivindicaban como propia. El prelado había presentado el caso ante la Corte pontificia acusando a Teobaldo de atacar las libertades de la Iglesia y había logrado que se examinase su solicitud para excomulgar al rey.

En realidad, el Bugre se había limitado a pescar en aguas revueltas, a escuchar las quejas en relación con Teobaldo y a aconsejar al obispo, ya de por sí un hombre inflexible, la utilización de todas las armas en su poder. Y no había mejores armas que las dictadas por Roma. El papa Inocencio IV, además de permitir el uso de la tortura durante los juicios a herejes,

también había declarado que él, como sucesor de Jesucristo, verdadero rey y verdadero sacerdote según el orden de Melquisedek, había recibido la monarquía real al mismo tiempo que la pontifical. En dos palabras, que se consideraba detentador del poder supremo, no sólo espiritual, sino también político y terrenal. El obispo era un representante del Papa, por lo tanto estaba por encima del rey.

Robert adquirió un gran ascendente en la diócesis, algo sorprendente si se tenía en cuenta que el prelado continuaba negando el asentamiento dentro de los muros a frailes y monjas y, sin embargo, permitía al antiguo dominico campar a sus anchas, predicar e incluso ordenar el arresto de toda aquella persona sospechosa de herejía o de cualquier otro crimen penado por la Iglesia. Envió a sus discípulos a recorrer las calles de Pamplona a la búsqueda de herejes, personas amancebadas, sodomitas, blasfemos, conversos judaizantes y paganos..., como el aprendiz del maestro constructor.

Se había llevado una desagradable sorpresa al ver aparecer de pronto ante sus ojos a Geoffroi Bisol, a quien creía en una aldea perdida entre montes, y a su ayudante, el agote. Si hablaba, si mostraba el documento que lo incriminaba en la muerte del arcediano, no sólo su futuro estaría en peligro, sino que podría verse arrestado de nuevo y, esta vez, condenado a muerte. Era necesario acabar con Geoffroi Bisol y arrebatarle el testimonio escrito. No tardó en averiguar dónde vivía, puesto que no había muchos maestros constructores en Pamplona y su presencia era bien conocida. Supo que residía a tan sólo dos calles, en compañía del aprendiz y de una sirvienta, y que su única hija, la cachorra de la hereje, había matrimoniado con un consejero real. Era preciso destruir las pruebas, todas: el documento y también a las personas que pudieran estar en el secreto. No tenía ninguna duda de que el joven pagano estaría al corriente y, tal vez, la hija también. Y

aunque no lo estuvieran, tanto el uno como la otra eran hijos del mal, propagadores de la lepra espiritual que tanto daño hacía a la única y verdadera religión.

Envió a Aubert a vigilar la casa del constructor para conocer todos sus movimientos y así encontrar el momento oportuno para acabar con su preocupación. Éste se presentó un buen día a finales del verano. La lluvia caía incesante desde hacía varias jornadas, las calles eran un lodazal, algunos tejados se habían derrumbado y el río amenazaba con desbordarse. Las gentes se mantenían sobre aviso, encerradas en sus casas, a la espera de que la tormenta amainase, y apenas se veía un alma en las calles. Robert acudió a la casa de la Correyería en compañía de su segundo en cuanto cayó la noche. En sus buenos tiempos Aubert había sido un ladrón consumado y ninguna cerradura, llave o candado se le resistía.

Abrió la puerta con la facilidad del profesional experimentado y los dos hombres penetraron en la vivienda, intentando hacer el menor ruido posible e iluminándose con un pequeño candil de vela. La sirvienta dormía sobre un colchón en el suelo de la cocina y no fue difícil golpearla y encerrarla en un cuartucho diminuto en el cual se apilaban sacos de cereales, garrafas de vino y otros productos, además de un buen montón de leña. Esperaron unos instantes, pero todo estaba en silencio y continuaron buscando.

Había dos habitaciones más en la casa, una estaba vacía y en la otra encontraron al constructor dormido plácidamente. Con ayuda de su vela, Robert encendió la que reposaba encima de la mesita de noche mientras Aubert despertaba a Geoffroi sacudiéndole con fuerza con una mano y esgrimiendo un cuchillo en la otra.

—Volvemos a encontrarnos, maestro Bisol —saludó el predicador, acercando su cara a la de su víctima—. Hemos venido a por algo que me pertenece: un documento envenenado escrito por un hereje que ardió en la hoguera junto a vuestra mujer.

Entregádnoslo y os dejaremos en paz.

El constructor había recobrado la serenidad tras el sobresalto de haber sido despertado de manera brusca y le mantuvo la mirada sin decir nada. El Bugre supo que no hablaría. Incluso percibió en sus ojos una chispa de ironía que lo enfureció. Le golpearon por tandas, unas veces él y otras Aubert; le amenazaron con despellejarlo vivo, con violar a su hija y degollarla después, y con

todo tipo de barbaridades que se les pasó por la cabeza, pero Geoffroi permaneció callado hasta que sólo fue un pelele al que dieron por muerto.

Buscaron luego por toda la casa, no dejaron ni un solo rincón sin examinar, rasgaron los colchones y volcaron los arcones, pero sólo encontraron bocetos y dibujos de construcción, que Robert rompió en un arranque de furia. Oyeron movimientos en el piso de arriba y, temiendo que los vecinos hubieran sido alertados por los ruidos, abandonaron la vivienda y echaron a correr por la calle en medio de un tremendo aguacero.

—Puede que lo tenga su hija... —insinuó Aubert más tarde, cuando ambos se hallaban secándose delante del fuego.

—O el aprendiz... —afirmó su jefe.

Por cierto, ¿dónde estaba el aprendiz? En el cuarto vacío había un catre y un arcón sin nada dentro, ni rastro de ropas ni otros objetos. Con toda probabilidad, se dijo, el pagano había vuelto a su nido de víboras malolientes. No tenía que preocuparse por él, y en el caso de que regresase, encontraría muerto a su maestro. Si era él quien tenía el documento, poco uso podría darle. De todos modos, se prometió mantener los ojos bien abiertos. Luego sus pensamientos se dirigieron hacia la hija del constructor. No podía dejar ningún cabo suelto, pero, cierto era, no sería fácil llegar a ella después de lo ocurrido, y su marido no era un cualquiera.

Esperaría el desarrollo de los acontecimientos y luego decidiría.

Fue su amigo, el canónigo Eluard, quien le informó sobre lo acaecido al maestro de obras de Teobaldo, añadiendo en tono malévolo que el rey tendría que buscarse a otro para llevar a cabo la construcción del castillo de Tiebas.

—El hombre ha sufrido un duro golpe y dudo que se recupere.

—¿Quién? —preguntó Robert, creyendo que se refería al monarca.

—Geoffroi Bisol.

—¿No habéis dicho que ha muerto?

—No, sólo que fue asaltado y golpeado, pero no murió, aunque, como os digo, ha quedado en unas condiciones deplorables y no creo que pueda volver a ejercer su profesión.

Robert no quiso seguir preguntando para no levantar sospechas acerca de su interés, pero envió una vez más al fiel Aubert a informarse. Éste regresó un par de horas más tarde y le comunicó que el constructor, en efecto, continuaba con vida y había sido acogido en el hogar de su yerno e hija. Según le había dicho un hombre al servicio del señor Brulé, el maestro se hallaba en un estado lamentable y había sido golpeado de modo brutal, pero, aunque vivo, no hablaba y parecía como alelado.

—Ésas fueron sus palabras —afirmó Aubert tras detallar la conversación a su superior.

—Pero no ha muerto —insistió el Bugre.

—No.

—Y puede recuperarse.

—El hombre ha dicho que no parece que vaya a hacerlo.

—¡Qué sabrá un mezquino de medicina! De ahora en adelante pondrás a dos hombres a vigilar la casa del consejero real, uno de día y otro de noche. Quiero conocer los movimientos de todas y cada una de las personas que viven en ella.

—Yo de vos no me preocuparía porque...

La fría mirada de Robert cortó en seco a Aubert, quien se limitó a bajar la vista y a prometer que se cumplirían sus órdenes.

Durante varias semanas no ocurrió nada digno de mención y Robert recuperó un poco la calma que había perdido al saber que Geoffroi estaba vivo y seguía siendo un peligro para su seguridad.

Continuó con sus prédicas enfebrecidas y repletas de visiones apocalípticas que encogían el corazón de sus oyentes; hizo detener a un judío bajo la acusación de corromper las almas inocentes de los cristianos a quienes había vendido amuletos de la buena suerte y también a una mujer que había declarado en público que los curas eran unos ladrones, refiriéndose al diezmo obligatorio exigido por la Iglesia, al que era preciso añadir los impuestos del obispado.

Un mediodía, cuando se disponía a comer, llegó el hombre apostado ante la casa de Brulé, un tal Arnaut que se había unido al grupo en Orleans, y le comunicó que los criados del consejero real estaban sacando arco nes de ropa, muebles y utensilios, y llenando unos carros. Todo parecía indicar que la familia salía de viaj e.

—¿Hacia dónde?

—No lo sé, no lo he preguntado... —se disculpó el espía.

El Bugre lo taladró con la mirada, cogió el manteo y salió seguido por Aubert y Arnaut, aún sobrecogido. Llegaron a la casa de Las Belenas cuando los carros enfilaban ya La Cuchillería.

—¡Eh! ¡Buen hombre! —interpeló Robert al criado que se hallaba encajando uno de los portones de la casa—. ¿Es ésta la vivienda del señor Brulé?

—Lo es, señor —respondió el hombre sin detenerse.

—He de hablar con él.

—Pues llegáis tarde. El señor acaba de partir en estos momentos.

—¿Y cuándo volverá?

—Eso sólo Dios lo sabe —afirmó el sirviente santiguándose y a punto de cerrar el segundo portón.

—Me era urgente hablar con él —insistió Robert.

—Entonces tendréis que ir a Gares.

Dicho esto, el hombre se metió en la casa y cerró el portón con un golpe seco.

—¿Gares? ¿Dónde diablos está ese lugar?

—A algo más de cuatro leguas de aquí, señor. En la ruta peregrina —le informó el tal Arnaut, sintiéndose reconfortado al observar un amago de sonrisa en el rostro impenetrable del predicador.

—Tendremos pues que continuar nuestra peregrinación —dijo Robert dirigiéndose a Aubert—. Ésta era sólo una etapa en el Camino y el Señor Saint Yago nos espera.

Antes de marchar fue a despedirse de Eluard. El canónigo no disimuló su decepción al conocer su decisión. Esperaba grandes cosas de su amistad con el personaje cuya influencia cerca del obispo era por todos conocida y había hecho oídos sordos a ciertos rumores que aseguraban que el predicador llegado de Francia era, en realidad, un huido de la Inquisición de aquel país. A él no se lo parecía. Había algo extraño en el hermano Robert, eso era cierto, pero lo achacaba a su profunda piedad, alejada de los bienes materiales. Por otra parte, tampoco le había dado ningún motivo para pensar lo contrario, pues durante su estancia en la ciudad episcopal había vivido con extrema sobriedad y se había dedicado a las prédicas y a ayudar a los peregrinos.

—Decidme, canónigo, ¿conocéis vos a alguien en el lugar llamado Gares que pueda auxiliarnos en caso de necesidad? —le preguntó Robert antes de dejarle.

—¿En Gares? ¿Pensáis quedaros allí?

—No por cierto. Pero nunca se sabe lo que puede ocurrir durante un viaje por tierras desconocidas sin más apoyo que los pies y el bordón de peregrino..., y entonces..., ¿conocéis a alguien allí?

—Es la encomienda templaría más importante del reino.

—¿Supone ello un peligro para unos pobres caminantes como nosotros?

—No, pero casi todo lo que hay allí, casas, tierras, iglesias, les pertenece. De hecho, la población ha crecido mucho en los últimos años debido a la presencia de los freires que, como sabréis, no dependen de ninguna sede episcopal ni pagan tributos a la Iglesia. Antes únicamente era un pueblucho a un paso de Obanos, donde se unen los caminos de Compostela. Un buen lugar, desde luego, para establecerse y hacer dinero. También están los hospitalarios de San Juan de Jerusalén, pero apenas tienen incidencia comparados con los templarios.

—No habéis respondido a mi pregunta... —Robert comenzaba a impacientarse.

—Conozco a alguien, sí, pero no creo que pueda seros de mucha ayuda. Se trata de un infanzón navarro, de nombre Johan Martínez de Uterga.

—¿Por qué no iba a serme de ayuda?

—Porque no simpatiza con los francos, a pesar de que su mujer es una franca. Lo conocí con motivo de un pleito por unas propiedades que el rey donó al cabildo y que él siempre ha asegurado que pertenecían a su familia. Es hombre brusco y mal encarado, anda metido en eso que llaman las Juntas y reclama a la Corona unos derechos exagerados. No sé por qué razón congenió conmigo y me invitó a visitarle cuando viajara a aquella comarca.

—¿Cómo habéis dicho que se llama?

—Johan Martínez de Uterga.

Robert se despidió del canónigo y al día siguiente, a primera hora, él y sus discípulos salieron por el portal de Santa Engracia, mezclados con un grupo de peregrinos que esperaban ansiosos su apertura para continuar viaje hacia el fin de la Tierra.

N

ada más llegar a Pamplona, lo primero que Eder y Alazaïs hicieron fue dirigirse a la calle de la Correyería después de atravesar la Navarrería y responder a las preguntas de los guardas de la Galea, uno de los portales del burgo franco, puesto que a los navarros les estaba prohibido el acceso a menos que trabajaran para los burgueses. Las explicaciones del joven en cuanto a su oficio, nombre y domicilio del constructor convencieron a los guardas, que les permitieron la entrada. Al llegar a la vivienda, la encontraron cerrada con cadena y candado. La vecina del piso superior, la que había escuchado los gritos de Juana y avisado a la ronda, les contó lo sucedido y cómo el maestro Bisol había sido llevado a casa de su hija, en Las Belenas, aunque hecho una pena y medio muerto, aseguró. Eder la escuchó anonadado y, hasta cierto punto, lleno de remordimientos. Si él hubiera estado allí, pensó, habría impedido el ataque y su maestro no habría sufrido daño alguno.

Seguido en silencio por Alazaïs, atenta en todo momento al gesto crispado de su compañero, llegaron a la casa de los Brulé.

Eder se preguntaba cuál sería su reacción al ver de nuevo a Alix.

No quería pensar en ello, pero no podía dejar de hacerlo. De todos modos, le daba igual. Su principal preocupación en aquellos

momentos era interesarse por su maestro, rogarle que le perdonara por no haber estado de vuelta para el otoño como había prometido, y ayudarlo en todo lo que fuera necesario. Golpeó en la puerta y esperó con las mandíbulas apretadas, y también los puños, a que les abrieran, pero al otro lado no parecía haber nadie. Volvió a golpear hasta hacerse daño en los nudillos y en las palmas de las manos. En ese momento apareció un hombre por un lateral de la casa.

—¿A qué viene tanto alboroto? —le increpó enfadado.

—Busco a mi maestro, al señor Geoffroi Bisol.

El hombre lo examinó con atención antes de responder.

—¿Eres tú su ayudante?

—Sí.

—La señora dejó dicho que si aparecías por aquí te informara de que están en Gares. A poco menos de cinco leguas de aquí en dirección a Estella —le aclaró—. Partieron hará tres semanas el domingo que viene.

—¿Cómo está?

—¿La señora? Bien, bien, a punto de parir como Dios manda a las hembras, que para eso están en este mundo.

Notó que la garganta se le secaba al escuchar al hombre. Le hubiera gustado preguntarle más cosas sobre ella, pero Alazaïs estaba a su lado y no perdía palabra.

—Os pregunto cómo está el maestro.

—Ah..., el pobre hombre... Mal. Lo dejaron hecho una calamidad, ¡los muy brutos! Y total para robarle una bolsa de monedas.

—¿Sólo le robaron el dinero?

—Eso se dijo. De todos modos, destrozaron su vivienda, rompieron muebles y colchones como si hubieran estado buscando algo, pero la criada, Juana, que tuvo mucha suerte pues se libró con un par de golpes, aseguró que no se habían llevado nada más.

Dieron las gracias al hombre y se alejaron sin saber muy bien en qué dirección. No tenían dónde alojarse y era preciso guardar las pocas monedas que Raymond Gauti había puesto en la mano de su hija antes de abrazarla para despedirse de ella. El joven recordó el hospital de peregrinos cerca del portal de Santa Engracia y hacia allí se encaminaron. Gracias a su maestro y a Alix, él hablaba la lengua de los francos y, por su parte, Alazaïs conocía la de las gentes del Languedoc; no les sería difícil hacerse pasar por peregrinos. Sonrió recordando las palabras del maestro a su llegada a Pamplona la primera vez: «Aprende, muchacho. No hace falta decir siempre la verdad», pero la sonrisa desapareció enseguida. ¿Quién habría sido el malnacido capaz de golpear a un hombre mayor e indefenso? La respuesta le vino a la mente antes incluso de acabar la pregunta. Los ladrones habían roto muebles y colchones. ¡Robert Lepetit! Apretó de forma inconsciente el morral colgado de su hombro. En el fondo reposaba la imagen de la Madre en cuyo interior se hallaba oculto el rollo de pergamino que el maestro le había confiado.

Antes de acudir al hospital de peregrinos, se dirigieron a la esquina del callejón de Sobranza, allí donde había visto y escuchado por dos veces al asesino de su tía. El corazón le latía cada vez más fuerte a medida que se aproximaban, y su paso también se aceleró mientras Alazaïs lo seguía a trote borriquero sin entender sus prisas. Al llegar a la esquina, la encontraron vacía. Tal vez no era la hora de la prédica, pensó. Esperaron durante un rato que se les hizo interminable a los dos. A él porque temía y, a la vez, ansiaba la aparición en cualquier momento del hombre que tanto daño había hecho a su maestro y a él mismo; a ella porque seguía sin entender el comportamiento de su

compañero y no se atrevía a preguntarle nada. Al cabo de otro rato igualmente largo, Eder se acercó a un mendigo a quien ya había visto en las anteriores ocasiones y le preguntó cuándo aparecería el predicador.

—Se ve que has estado ausente durante los últimos tiempos, mozo —replicó el mendigo mostrando una boca vacía de dientes

—. El santo se largó a toda prisa por el Camino hará ya más de dos domingos, ¡bendito sea el Señor! —y añadió—: ¿No tendrás algo para darle a este pobre viejo?

Le dieron un pedazo de pan reseco que aún les quedaba de las provisiones, al que añadieron una morcilla pequeña al observar la cara de decepción del hombre.

Eder estaba aterrorizado. El mendigo acababa de afirmar que el predicador había partido dos domingos atrás y el hombre de Brulé les había dicho que el próximo domingo haría tres de la marcha de sus señores. Si tenía alguna duda, se disipó tan rápidamente como lo hacía la niebla en su querido Baigorri. El maldito asesino seguía la pista del señor Geoffroi para acabar lo que había quedado a medio hacer. El maestro estaba en peligro... y Alix también.

—No podemos quedarnos en Pamplona por más tiempo —le dijo a Alazaïs—. Aprovechemos que aún hay luz para seguir adelante. A pocas millas de aquí hay otro hospital de peregrinos donde podremos pasar la noche.

La joven lo miró interrogante, pero él no respondió a su mirada y echó a andar hacia el portal de salida.

Llegaron a Zizur agotados, puesto que llevaban caminando desde la madrugada y sin apenas descanso. El fraile hospitalero les informó de que sólo había plaza para uno, pero al verlos tan jóvenes y agotados sintió lástima de ellos y les ofreció compartir el mismo colchón en el suelo y la misma manta.

—Algo incómodos estaréis —les advirtió, entregándoles una manta de color incierto—, pero más vale estar incómodos que pasar la noche a la intemperie. En esta tierra nunca se sabe cuándo llueve o cuándo escampa. ¡Ah!, y cuidad de vuestras cosas, que hay mucha mano suelta por aquí y yo no me hago responsable.

También les dijo que habían llegado demasiado tarde y no quedaba comida para ellos, pero les daría un cuenco de leche caliente y un buen pedazo de pan por la mañana. Se lo agradecieron y entraron en una sala que olía a pestes y en la cual decenas de colchones se alineaban en el suelo, ocupados por hombres y unas pocas mujeres, algunos ya dormidos y otros hablando en voz baja para no molestar a los demás. Les costó encontrar el colchón vacío en medio de la penumbra del lugar, iluminado por dos candiles, uno en cada extremo. Finalmente dieron con él y se dejaron caer sin fuerzas casi ni para cubrirse con la manta. Obligados por la estrechez, sus cuerpos se tocaron por primera vez, pero estaban demasiado cansados para sentir emoción o deseo alguno. Preso de una gran ternura, Eder pasó su brazo por debajo del cuello de Alazaïs, acercó su cabeza a la de ella y se quedó dormido.

El viaje les llevó dos jornadas. A pesar de su ansiedad por llegar cuanto antes a Gares para advertir al maestro del peligro que corría, el paso de Eder debía ajustarse al de Alazaïs, que no podía ir tan deprisa como él. Intentó no obsesionarse y pensar en otras cosas, pero le resultaba muy difícil. Tampoco le resultaba fácil hablar y, en algunos momentos, le dio la impresión de que ella era un estorbo. De haber ido solo, habría realizado el trayecto en una jornada. Cinco leguas no eran nada para él si hubiera ido solo...

—¿Qué ocurre? —le preguntó la joven cuando bajaban la sierra llamada del Perdón, después de haber pasado su segunda noche en el hospital situado en lo alto—. Te comportas de un modo extraño desde que salimos de Pamplona. No hemos intercambiado ni tres frases seguidas en todo este tiempo.

—Mi maestro corre peligro.

—¿Cómo lo sabes?

Le explicó a grandes rasgos lo que sabía del hombre de negro, causante de la muerte de la esposa del maestro y también de su tía, pero omitió el detalle del rollo oculto en su figura, probable causa del estado de Geoffroi Bisol y de que el predicador se marchara de modo tan intempestivo, según las palabras del mendigo.

—¿Por qué dices que fue el causante de la muerte de dos mujeres? —preguntó Alazaïs.

—Envió a la hoguera a la esposa del maestro y... —le costó continuar— estoy seguro de que asesinó a mi tía.

—¿Por qué? —insistió la joven horrorizada.

—Porque era una..., una agote.

—¿La mujer del maestro también era agote?

—No, ella era una buena creyente, por eso la hizo quemar.

Continuó caminando sin percatarse de que Alazaïs se había detenido. Llevaba avanzado un trecho, inmerso en sus pensamientos, cuando se dio cuenta de que ella no estaba a su lado, se giró, la vio en medio del camino, quieta como una estatua, y regresó a su lado.

—¿Qué te ocurre? ¡Alazaïs! —gritó al no recibir respuesta y observar que los ojos de su amiga estaban fijos en algún punto perdido del camino.

El grito pareció despertarla y echó a andar como una sonámbula. Tardó mucho en volver a hablar, y cuando lo hizo, su voz había perdido la fuerza.

—Yo también soy una buena creyente.

Eder la miró y le echó el brazo por encima del hombro en un gesto de cariño.

—Ya lo sé, ¿y qué?

—Ese hombre...

—No te preocupes. No te tocará un pelo. Estoy deseando que haga algo para clavarle una de mis gubias en la garganta.

—¿Te acuerdas cuando me encontraste?

—Colgabas de un precipicio un tanto asustada. —Sonrió para darle ánimos.

—También las quemaron...

—¿A quiénes?

—A muchas personas de mi pueblo. Nuestro guía, mis padres, algunos más y yo pudimos huir antes de que vinieran a buscarnos, pero desde lo alto de la colina vimos el humo, y el eco nos trajo los gritos de agonía de nuestros vecinos. ¡Fue horrible!

—Ya pasó...

—Tú no sabes lo que fue aquello, ¡no te lo puedes ni imaginar!

Alazaïs se desprendió con ademán brusco del brazo protector, la mirada cargada de reproches. Anduvieron en silencio durante cerca de una milla.

—Bajaron de la montaña, hombres, mujeres, jóvenes y viejos, sanos y enfermos —dijo Eder. Su voz sonaba como el repique de campana llamando a difuntos y la muchacha sintió un estremecimiento—; lo hicieron a trompicones, empujados por los soldados que no dejaban de insultarles, algunos tropezaban y rodaban cuesta abajo golpeándose contra las rocas; una pareja de

ancianos se ayudaban para no caer mientras enlazaban sus manos y sus labios se movían como si estuviesen rezando; una mujer sostenía a otra por la cintura; una joven me miró... Entraron todos en la empalizada en cuyo interior se habían apilado grandes cantidades de leña. Cantaban, y continuaron haciéndolo cuando varios soldados lanzaron teas encendidas por encima de la estacada. Miles de gargantas rugieron satisfechas apagando los gritos de dolor cada vez más débiles y, luego, el silencio.

—¿De qué me estás hablando?

—De Montségur.

—¿Estabas allí? —Más que una pregunta, era un grito indignado.

—¿De dónde crees que volvíamos cuando os encontramos?

Fuimos contratados para montar los trebuquetes con los que atacaron la fortaleza, e hicimos nuestro trabajo.

—¡Ayudasteis a matar a gente inocente!

—No hicimos tal cosa; no sabíamos lo que iba a ocurrir, y aquélla no era nuestra guerra.

—La muerte de seres humanos es asunto de todos —dijo Alazaïs presa de la ira—. Oí decir en Baigorri que vosotros, los carpinteros, los agotes, construisteis la cruz en la que Jesús fue crucificado y por eso lleváis la lepra dentro y vagáis por la Tierra sin encontrar un lugar donde vivir en paz. Ayudasteis a matar al Hijo del Hombre y lo habéis hecho ahora también con los buenos creyentes. ¡Malditos seáis!

Eder se detuvo, la asió con fuerza por un brazo y la obligó a mirarle; durante unos instantes sus ojos grises empequeñecieron y se volvieron casi negros, la presión en su brazo era cada vez más fuerte y ella sintió miedo. Un momento después el nubarrón había

desaparecido y la calma se reflejó de nuevo en la mirada del joven.

—En Gares encontrarás algún grupo de peregrinos que regresa a su tierra —dijo en su tono de voz habitual—, podrás unirte a ellos y volver a Baztán.

No hablaron en lo que les quedaba de trayecto y tampoco se detuvieron a descansar en la población de Obanos, a pocas millas de Gares, lugar donde se unían el camino que llegaba de Roncesvalles y el de Somport, para escuchar la historia de San Guillen, un duque aquitano que mató a su hermana, Santa Felicia, porque ésta quería dedicarse al cuidado de los peregrinos.

Arrepentido, San Guillen viajó a Santiago y, a su vuelta, se hizo ermitaño. Los verdaderos peregrinos pernoctaban en el hospital de Obanos, escuchaban embelesados la historia y algunos, incluso, se animaban a subir a lo alto del monte para visitar la ermita de Arnotegi, donde el santo pasó el resto de su vida, pero ellos ignoraban la leyenda y atravesaron la población con la mente puesta en su última etapa.

El joven aún estaba afectado por las palabras de su compañera.

El corazón se le heló al escucharlas. No le había dado la oportunidad de explicarse, lo había condenado como hacían todos creyéndose las mentiras que corrían sobre ellos, los artesanos, el pueblo del bosque, los hijos de Amari. Observó distraídamente a los peregrinos que llevaban su mismo camino. Su maestro le labia explicado la razón por la cual un incontable número de personal emprendía un largo viaje, repleto de peligros y penalidades, desde sus lugares de origen para ir a rezar ante la tumba de un hombre.

No lo entendía y tampoco tenía demasiado interés en comprenderlo. Entre su gente no había hombres a los que adorar, ni rezos, ni nada parecido a las ceremonias celebradas en las iglesias, las casas de su dios. La Madre era su única diosa, vivía en las entrañas de la Tierra y sólo era preciso creer en ella y comportarse con honradez para ser acogido en su morada llegado el momento y así volver a nacer. Lo que más le dolía era que,

habiendo pasado por algo parecido, Alazaïs se comportara con él como otros lo habían hecho con los suyos.

Por su parte, la muchacha se arrepintió de sus palabras nada más pronunciarlas. Estaba avergonzada y no se atrevía a levantar la vista del camino que tenía delante de los pies. ¿Cómo había podido decir algo tan cruel al hombre que le había salvado la vida, al hombre a quien amaba por encima de todas las cosas? El dolor la había ofuscado. La noticia del final de los mártires de Montségur corrió rápida como el viento por las tierras del conde de Toulouse. Los que aún esperaban un milagro perdieron toda esperanza; algunos se dispusieron a morir sin pena por abandonar el mundo creado por el Mal; otros huyeron al amparo de las sombras, dejando atrás jirones de sus propias almas. Sus padres y ella fueron de estos últimos. Aun ahora no era capaz de pensar con calma en su huida por caminos desconocidos, con la angustia dentro del cuerpo y el miedo que daba fuerzas a sus piernas para seguir adelante, lejos del horror. Colgada de aquel precipicio, esperó la caída. «La muerte —había dicho su guía— no es sino el último paso hacia Dios y debemos aceptarla como una liberación.» Pero ella estaba aterrorizada, era una niña y no quería morir, y entonces lo vio descender como un ángel del Paraíso. Lo había amado desde aquel mismo instante, pensaba en él en todo momento, incluso cuando desapareció de su vida, y creyó morir de placer al volver a verlo tantos años después. Y ahora lo había perdido para siempre.

A primeras horas de la tarde llegaron a Murugarren, enclave primitivo de Gares, al que muchos se referían como Ponte Arga o Ponte Regina por el puente de siete ojos edificado para alivio de los peregrinos, obligados con anterioridad a pasar el río en barca y a pagar cantidades exorbitantes a los barqueros. La población estaba acostumbrada a la llegada de caminantes de las más diversas procedencias y nadie les hizo ninguna pregunta cuando penetraron bajo el arco entre el hospital de peregrinos y la iglesia de Nuestra Señora deis Orzs, ambos edificios construidos por los

monjes templarios. El camino continuaba entre casas hasta topar con la muralla que cercaba el burgo franco.

—Aquí nos despedimos —habló Eder por primera vez en horas, señalando el hospital—. Te deseo un buen viaje de regreso.

Alazaïs lo observó mientras se dirigía hacia la puerta de la muralla; quiso correr tras él, pedirle perdón, rogarle que no la dejara sola, pero permaneció clavada en la tierra mucho después de que él hubiera desaparecido de su vista, borrosa por las lágrimas.

☙

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