El Verdugo De Dios

Toti Martinez de Lezea · Capítulo 3 de 16

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El Verdugo De Dios

Baigorri, 1243 28

Baigorri, 1243

C

uatro años después de su marcha de Vertus, Geoffroi Bisol se congratulaba de la feliz intuición que había dirigido sus pasos al reino de Navarra. Allí, entre montañas y valles, gentes rudas y poco habladoras, había encontrado parte del sosiego perdido en el monte Aimé. Atrás quedaban las zalamerías de corte, las reverencias hipócritas, las palabras vacuas; en Baigorri vivía en paz.

La sorpresa de Semeno García al verlo aparecer fue semejante a su placer. No preguntó la razón por la cual el hombre que lo había escuchado con educada displicencia durante su estancia en Champaña se hallaba ahora en su querida tierra y él tampoco le dio mayores explicaciones. El vizconde los alojó en la propia torre, aunque semanas después les cedió una casa al otro lado del río, con un sobrado lo suficientemente grande para utilizarlo como taller y un pequeño jardín en la parte posterior. Él y Lucien se enfrascaron de lleno en la tarea de reformar la inhóspita vivienda de su anfitrión y transformarla en un lugar digno de la posición ostentada por su dueño en la corte navarra. No era un establo como había pensado, pero sí un edificio carente de gracia en el cual las corrientes de aire penetraban por todas las rendijas. Sin llegar ni de lejos al esplendor de los castillos de su tierra, restauró el exterior e interior de la torre y la transformó en una vivienda confortable, lo que fue muy del agrado del navarro y, más aún, de su mujer, hijos y servidores.

Después llegaron otros trabajos: la iglesia de San Esteban fue ampliada, se construyó un puente sobre el Aldude, se ensanchó el camino entre Baigorri y la costa para permitir el tráfico de las carretas repletas de madera, carbón y lana, y otros señores de la

zona requirieron sus servicios. Aquéllos eran trabajos menores, nada que ver con las hermosas iglesias, castillos, monasterios o palacios cuyos dibujos el maestro estudiaba, corregía o ampliaba a la luz de las velas, durante la mitad de sus noches, incapaz de conciliar el sueño desde la muerte de Madeleine y de sus compañeros. Intentaba no pensar en ello, pero no podía dejar de recordar a la madre de su hija y su miserable final, aceptado por ella con resignación y,tal vez, como una liberación. Recordaba su cabello rojizo agitado por el viento, escuchaba los gritos de los ajusticiados, la mirada impasible de Teobaldo y la enfermiza del fraile Robert Lepetit, y deseaba comprender, aunque sin conseguirlo, el motivo de tanta maldad. Una furia impotente se adueñaba entonces de él y se veía obligado a hacer un esfuerzo para concentrarse en sus dibujos y maquetas, y dejar de pensar.

—Maestro...

Se hallaba sentado en un taburete en el jardincillo de su vivienda, dibujando a carboncillo una figura femenina sobre una tablilla apoyada en sus rodillas. Levantó la vista y sonrió. No prodigaba sus sonrisas, pero el mozalbete de cabello revuelto y ojos grises le inspiraba una ternura casi tan profunda como su pequeña Alix. Eran las dos únicas personas ante las cuales caían sus defensas, siempre alertas.

—El padre pregunta si hoy visitaréis la obra...

—Sí, enseguida pensaba ir. ¿Hay algún problema?

—No sé, creo que sí... Tal vez...

El constructor sonrió de nuevo. Mientras hablaban, el joven intentaba ver lo que él estaba dibujando en la tablilla. No le había pasado desapercibido el interés que mostraba siempre que tenía un plano, un dibujo o simplemente unas líneas al alcance de su vista.

Su mirada se aguzaba en esos momentos intentando ver más allá, descubrir, entender. Le recordaba a sí mismo a su edad.

—¿Qué edad tienes?

La pregunta hizo que el chaval desviase la mirada del dibujo y la clavase en él.

—No lo sé.

—¿No lo sabes?

—No.

Calculó que andaría cerca de los quince. Estaba a punto de convertirse en un hombre cuyo destino, a todas luces, sería el mismo que el de su padre, leñador carpintero. Oriol le había hablado del muchacho y de su habilidad para la talla, pero él no le había prestado atención. El sirviente del vizconde llamaría talla a cualquier cosa, se dijo. ¿Qué sabría él del verdadero arte, de la escultura elevada a rango divino, del don para transformar pedazos de piedra, mármol o madera en imaginería digna de Dios?

Un don otorgado sólo a unos pocos como él mismo y al cual había renunciado el día en que el maldito fraile hizo añicos su hermosa Virgen del Amor, como él la había llamado sin saber muy bien por qué. Aquel día juró no volver a esculpir y había mantenido su juramento. Encargó a un compañero la ejecución de la estatua deseada por el arzobispo de Reims y se limitó a aprobar la obra realizada: una Virgen en el momento de su coronación como Reina del Cielo. Apreciaba al joven Eder porque él quería a Alix, jugaba con ella y le había enseñado a pescar truchas con las manos; oía sus voces y risas junto al río y se lo agradecía de todo corazón, pues había olvidado lo que era la alegría, y Lucien y Agnés tampoco eran unos cascabeles.

—Me han dicho que te gusta tallar figuras en madera.

Eder enrojeció hasta las orejas y balbuceó algo que Geoffroi no entendió. Había aprendido la lengua de los navarros, pero no lo suficiente para comprenderla y hacerse comprender a la perfección y se maravillaba al observar la pasmosa facilidad con

la cual Alix pasaba sin problemas del romance al vasco y de éste al latín que le enseñaba el rector de San Esteban, su tutor. Estaba claro que el aprendizaje de las lenguas precisaba de mentes jóvenes y despiertas, y él ya era viejo para ponerse a estudiar.

—Enséñame algo de lo que haces —insistió.

El muchacho salió corriendo sin despedirse. Sorprendido por una falta de respeto poco habitual entre las gentes del lugar, se levantó del taburete y penetró en la vivienda con la intención de acudir a la obra, una casa de amplias dimensiones para un amigo del vizconde, el señor de Ursúa. A punto de salir, en la misma puerta, tropezó con Eder que regresaba con un bulto en las manos.

El chaval enrojeció de nuevo, le tendió el objeto envuelto en un trapo y salió disparado, no sin antes haberse quitado la gorra de lana a modo de respetuoso saludo.

El constructor no acudió a la obra aquel día; permaneció encerrado en su cuarto y no respondió a las llamadas de Agnés a la hora de la comida. Desde la ventana de la habitación podía ver el transcurrir apacible de las aguas del río que iban a perderse entre los árboles del bosque cuyas hojas multicolores comenzaban a alfombrar el suelo. También divisaba las montañas que, a modo de muralla, rodeaban aquella hermosa tierra que ahora también era la suya y la de su hija. Después, los ojos volvían a la figura de madera tallada por un chiquillo, hijo de un leñador; los dedos la acariciaban y la mente no salía de su estupor. Pocas veces en su ya larga vida había tenido la oportunidad de contemplar algo tan perfecto. La talla, una mujer, no llegaba a un codo de altura, no estaba pintada, ni siquiera barnizada, pero sus dimensiones, la finura de sus rasgos, los cabellos, peinados en dos trenzas hasta la cintura que se abombaba en estado de gravidez sostenida por las manos, y los pliegues del vestido, una túnica campesina sin adorno alguno, bajo el cual asomaban los pies descalzos, eran de tal belleza que le cortaban la respiración. Además, su rostro se parecía como una gota a otra al de su malograda Virgen.

Al anochecer pidió a Oriol que lo acompañara a casa de los Bozat. El administrador del vizconde pareció sorprendido ante tan extraña petición, pero no hizo comentario alguno. La vivienda del jefe de los carpinteros no se distinguía de las otras alineadas detrás de la iglesia. Eran cabañas, construcciones pobres, de paredes de madera y tablillas desiguales que formaban el tejado, sujetas por piedras para impedir que salieran volando cuando el viento arreciaba fuerte.

—No hay huertas —constató el constructor.

—No, señor. Estas gentes no tienen terrenos de su propiedad.

—¿Por qué? ¿Tan pobres son?

—No les está permitido tener propiedades.

Geoffroi se detuvo a dos pasos de la primera casa y obligó a su acompañante a hacer lo mismo.

—¿Cómo es que no les está permitido tener propiedades?

—No podría responderos porque no lo sé. Lo único que sí sé es que viven separados del resto de la población y les está prohibido comerciar con productos alimenticios, por eso son carpinteros y canteros. La madera y la piedra no transmiten enfermedades.

—¿Qué enfermedades?

—Dicen..., dicen que son leprosos, señor.

—¿Quién lo dice?

—El cura.

Geoffroi iba a preguntar algo más, pero Oriol, que no hizo el mínimo intento por continuar la conversación, siguió andando hasta detenerse ante una de las cabañas y llamó a la puerta.

Todos los miembros de la familia se pusieron en pie al ver en el umbral al maestro constructor. Durante unos instantes, se miraron unos a otros con preocupación; algo muy grave tenía que haber ocurrido para que acudiera a su vivienda. Al joven Bozat comenzaron a temblarle las rodillas. El maestro no había aparecido por la obra y él había jurado que le había dado el recado, aunque no mencionó la conversación mantenida con él y, mucho menos, que hubiera osado entregarle una de sus figurillas, la más querida. Estaba aterrado.

—Siento molestaros a estas horas —comenzó diciendo Geoffroi a modo de disculpa.

Los rostros se relajaron y rápidamente diez manos se apresuraron a ofrecerle un asiento.

—¿Ocurre algo en la obra? —inquirió el jefe de la familia en tono precavido.

—No. El motivo de mi visita es tu hijo.

—¿Cuál de ellos?

Las miradas iban del más joven a su hermano mayor y los ceños fruncidos del padre y los tíos no auguraban nada bueno.

—El muchacho.

Eder hubiera querido desaparecer en aquel momento. Aún recordaba algunas de las leyendas narradas por la madre.

Hablaban de seres misteriosos que se desvanecían en la niebla y reaparecían a miles de leguas en un abrir y cerrar de ojos. ¡Ojalá tuviera él poder para hacer lo mismo!

—¿Qué ha hecho?

La voz del padre sonó como una amenaza en sus oídos y bajó la vista.

—Esto. Supongo...

El maestro extrajo la figura de debajo de su manteo y la colocó encima de la tabla que lo mismo servía para comer que para serrar una viga.

—Me gustaría saber si en verdad ha sido él quien ha tallado esta figura.

Nadie dijo nada durante un buen rato. No sabían qué decir.

—No volverá a ocurrir —aseguró Manex finalmente—. Os pido disculpas en nombre de toda la familia.

—¿Por qué?

—Por permitir que el chico pierda el tiempo en trabajos inútiles distrayéndose de sus obligaciones.

—Lo hago en mi tiempo libre y...

La mirada furibunda del padre interrumpió la frase que el joven había comenzado en su defensa.

—Dime, Eder —el maestro constructor estaba verdaderamente interesado—, ¿hay más figuras como ésta?

—La cabaña está llena de ellas y de otras cosas —se apresuró a afirmar Elaia.

Había captado el gesto del constructor y también el tono de su voz. Miró a Oriol y éste le hizo un guiño afirmativo. Antes de que los demás hubieran tenido tiempo de reaccionar, colocó encima de la tabla media docena de tallas diversas, animales en su mayoría.

También le mostró una jarra de vino de madera perfectamente torneada, cuya asa representaba una lamia peinando sus cabellos y un par de cuchillos cuyos mangos mostraban escenas de caza y pesca

—¡Y este kaiku!

Añadió triunfal la mujer poniendo en sus manos un recipiente para cocer la leche con adornos circulares tallados que él ya había visto grabados en los dinteles de algunas puertas.

—Teníais razón, Oriol, el chico sabe tallar. Es un verdadero artesano. —Geoffroi se dirigió a Manex, que observaba la escena sin entender ni media palabra.— Deseo que tu hijo sea mi discípulo. Le enseñaré mi arte y, tal vez, él me enseñe el suyo. A partir de mañana pasará a vivir a mi casa, yo me ocuparé de su alimentación y de su vestido, y te pagaré el dinero que dejarás de percibir porque él ya no volverá al bosque. Si tú estás de acuerdo, por supuesto.

El hombre miró a su hijo, miró las figuras, miró al maestro constructor, apretó las mandíbulas y aceptó con un gesto de cabeza.

A partir del día siguiente, Eder descubrió una vida que ni en sueños habría imaginado. Dejó de trabajar en el bosque, en la carpintería, en los andamios, y se aplicó en ser un buen discípulo de su maestro. Lo seguía a todas partes como un perrillo faldero y escuchaba atentamente sus explicaciones; repitió hasta la saciedad ejercicios de cálculo y aprendió a utilizar la regla y el cartabón.

También aprendió a dibujar, algo que nunca había hecho, pues a la hora de trabajar un trozo de madera siempre se había dejado guiar por la intuición. Dibujaba con facilidad y se asombraba de sí mismo con grandes exclamaciones cuando veía plasmado en la tablilla el modelo —un apero, una jarra, una fuente— indicado por Geoffroi, quien evitaba los halagos para no provocar orgullos vanos en el alumno, pero sentía una honda satisfacción al constatar sus progresos. El maestro dedicaba un rato cada día a enseñarle matemáticas y geometría, y también a leer y a escribir en latín y en romance francés.

—Te será de utilidad —afirmó cuando el muchacho preguntó de qué servía hablar en unas lenguas que ninguno de sus parientes

conocía.

La ayuda de Alix fue decisiva. La niña parloteaba sin cesar y le encantaba hacerlo. A punto de cumplir los nueve años, tenía una mente rápida y absorbía todo tipo de conocimientos sin la menor dificultad, se fijaba en todo y preguntaba lo que no entendía o era nuevo para ella. No se hizo rogar dos veces cuando su padre le pidió que hablara con Eder en latín y en romance francés. Estaba encantada de tener a alguien joven en la casa. Vivir con tres adultos, más el rector que le daba lecciones, era muy aburrido.

El cura fue la mayor dificultad que encontró Geoffroi para llevar a cabo lo que se había propuesto: enseñar a su discípulo todo lo que él sabía, legarle sus conocimientos y experiencia, compartir con él las ideas que nunca había llevado a cabo, la visión del mundo por medio de la arquitectura y, en especial, la escultura. Don Martín puso el grito en el cielo en cuanto conoció sus intenciones.

—¡Jamás! ¡Jamás! —exclamó escandalizado—. ¡No podéis meter en vuestra casa a uno de ellos!

—¿Por qué? —preguntó él, impasible.

—Son paganos, contaminan lo que tocan, sacrifican animales a la luna, queman los cadáveres y expelen un olor nauseabundo.

El maestro sintió una punzada. También los dos hombres a los que había escuchado tras el juicio y condena de Madeleine habían hablado de olores y pestes.

—Yo no los he visto hacer ninguna de esas cosas que vos decís

—replicó en un tono indiferente para no mostrar su enojo—, y huelen igual que todo el mundo.

—Vos sois nuevo en estas tierras y desconocéis muchas prácticas paganas que aún se mantienen vivas por aquí. Os digo

que no podéis hacer lo que planeáis. Son como bestias, buenos para el trabajo con la madera y la piedra y nada más.

—Yo no veo nada malo en ellos.

—Meter a uno de ellos en la casa sería como meter en ella a una serpiente venenosa. Os aviso, tenéis una hija inocente que puede resultar contaminada por esa cría de pagano y habréis de dar cuentas a Dios.

La oposición del rector no hizo sino reafirmar su intención. De alguna manera, don Martín le recordaba al Bugre; los dos eran igual de intolerantes, ambos mostraban su desprecio y odio hacia otros seres humanos esgrimiendo a Dios como excusa. De todas formas habló de ello con Semeno García. A pesar de ser solamente un señor rural, sin comparación posible con los grandes nobles que él había conocido, le constaba el sentido común del vizconde, a quien había llegado a apreciar.

—El rector exagera —respondió éste cuando le expuso la situación—. Es cierto que los carpinteros no son como los demás, pero de ahí a pensar que son la representación del propio demonio media un trecho.

—No entiendo su fobia.

—Veréis, nuestra tierra fue tardíamente cristianizada; quedaron grupos desperdigados, gentes de la montaña, que no fueron adoctrinadas en la fe de Cristo y han conservado parte de sus creencias. No acuden a la iglesia, no bautizan a sus hijos y tampoco entierran a sus muertos en tierra sagrada; no tienen propiedades y no pagan impuestos, puesto que nada poseen. A don Martín le gustaría tener a todo el mundo bajo su férula y recibir los diezmos, pero ésos se le escapan.

—Oriol me dijo que eran leprosos...

—Los curas los llaman leprosos espirituales, leprosos de alma, que es como la Iglesia de Roma denomina a todo aquel que no puede controlar: judíos, musulmanes, herejes, gitanos, ateos y...

paganos, pero éstos son tan leprosos como pudierais serlo vos o yo; dominan el trabajo de la piedra, pero sobre todo, la madera, y entre nosotros no hay mejores artesanos que ellos.

Si alguna duda tenía el constructor, quedó disipada tras su conversación con el vizconde y no permitió que, en su presencia, el rector volviera a cuestionar su decisión. A partir de entonces, miró con otros ojos a las gentes que vivían detrás de la iglesia. Le recordaban a sus vecinos de Vertus, y ello le hacía sentir mayor simpatía hacia aquellas personas vilipendiadas debido a prejuicios sin fundamento.

Eder aprendía con celeridad; Geoffroi disfrutaba enseñándole y se sorprendía al constatar sus progresos. Lo observaba sin que él se diera cuenta cuando tallaba una figurilla para regalársela a Alix o lo veía ensimismado con el carboncillo entre los dedos. Se veía a sí mismo afanándose para llegar a lo más alto. Había llegado y

¿para qué? La verdadera felicidad no se hallaba en los grandes triunfos, sino en las pequeñas cosas de todos los días, pero él se había dado cuenta demasiado tarde. Se decía que no quería que el joven siguiera sus pasos, pero al mismo tiempo, algo en su interior le impelía a enseñarle, a obligarle a aprender, a ser el mejor.

Pronto comenzó a encargarle trabajos como pasar a limpio sus apuntes o proyectar él solo algunas partes pequeñas de sus construcciones. Sin embargo, había algo en lo que aún no había comenzado a instruirlo y no sabía si alguna vez lo haría: la escultura en piedra, la perfección absoluta, el dominio de la materia y del volumen, la belleza pétrea a la cual únicamente unas manos privilegiadas eran capaces de dar vida. La mayoría de los canteros escultores tallaban la piedra a gusto de sus clientes y de las modas, había buena artesanía en sus trabajos, pero no verdadero arte, y esto es lo que los diferenciaba de los pocos que realizaban obras capaces de cortar el aliento, como le había ocurrido a él al contemplar la imagen de la mujer descalza.

—¿Quién es? —preguntó a Eder, señalando la figura, un día que ambos se hallaban trabajando en el desván.

La imagen reposaba sobre un viejo arcón apolillado dejado allí por los anteriores ocupantes de la vivienda y era el único objeto que el muchacho había llevado con él al mudarse desde la cabaña.

La luz del día penetraba por un ventanuco, más bien una hendidura realizada en el muro, e iluminaba su perfil embarazado.

—Mi madre. Bueno... —vaciló—, lo que recuerdo de ella. Ha pasado mucho tiempo desde que se fue, pero no quiero olvidarme de cómo era. Por eso la he tallado, para recordarla.

—¿Por qué va descalza?

—¡No me imagino a la diosa calzada! —rió Eder.

—¿Qué diosa? ¿No has dicho que representaba a tu madre?

—Ambas son la misma.

—No te entiendo.

—Ambas son madres; dan la vida.

Geoffroi no supo qué decir y permaneció callado durante largo rato mientras el joven se aplicaba en los ejercicios.

—¿Tiene nombre esa diosa de la que hablas?

—Amari, Ama Lur, la Madre Tierra —tradujo Eder para que no quedara ninguna duda.

—¿La Madre Tierra? —preguntó el constructor estupefacto con los ojos puestos en la figura de madera.

—Es la Gran Madre, la madre del sol y de la luna —le explicó Eder con sencillez—, la que nos da la vida. El pueblo del bosque siempre ha creído en ella.

Aquella noche y las noches siguientes, el maestro constructor no ocupó su vela en revisar viejos proyectos y en imaginar otros nuevos. Poseído por una súbita agitación, dibujó sin descanso, intentando recuperar en su memoria la imagen de su Virgen cuyos bocetos había quemado, en un arrebato de ira y dolor, después de haber sido destruida por Lepetit. Él no volvería a coger un cincel, pero no permitiría que ningún otro pudiera reproducirla. Ahora, sin embargo, sentía la necesidad de recuperarla, pero por mucho que lo intentó, no logró representar su recuerdo ya confuso. Al cabo de unos días, renunció a los bocetos y decidió modelar en arcilla una figura sin rasgos que le sirviera de modelo; se hizo traer un bloque de piedra calcárea de color rosáceo, muy abundante en toda la región, se encerró en su habitación y asió el cincel y el martillo, dispuesto a revivir su sueño, pero no se atrevió a dar el primer golpe. Su mano temblaba como la de un anciano.

Al día siguiente, a primera hora, subió al desván. Eder se hallaba aún dormido, pero no tuvo ningún reparo en despertarlo; retiró la manta que lo cubría y lo zarandeó con brusquedad.

—¿Has tallado alguna vez la piedra?

—No —respondió el muchacho sorprendido por un despertar tan brusco.

—¿Te gustaría intentarlo?

Eder hizo un gesto como diciendo que podía probar y esperó.

El maestro constructor pasó casi todo el día explicándole cómo iniciar el trabajo, insistió en que no debía golpear la piedra si no estaba seguro, en cómo debía asir los instrumentos de trabajo, en cómo debía calcular las medidas para no equivocarse y, sobre todo, lo más importante, tenía que ver la obra acabada antes de haberla comenzado, tenía que verla en su mente, insistió, con la misma claridad como si la tuviera delante de los ojos. El joven lo escuchaba atentamente, impaciente por comenzar, pero

constatando apesadumbrado que las horas del día transcurrían y la luz se iba con ellas.

—Mañana, lo primero que has de hacer es un modelo en arcilla para reproducirlo después. Primero la arcilla, después el cincel —recalcó el maestro, y dio por concluidas sus explicaciones.

Como si la larga exposición lo hubiera agotado, Geoffroi se retiró a su habitación y no salió de ella en lo que quedaba de jornada. De pronto se sentía viejo, vacío; no había en su vida un proyecto para el futuro, y un hombre sin ilusiones era un hombre acabado, alguien a quien tan sólo restaba esperar la muerte. Sacó del arcón la arqueta de madera con los restos de Madeleine que había guardado bajo sus ropas para no tener que dar explicaciones a Alix si la encontraba y se interesaba por su contenido. ¿Cómo podría explicarle que aquellos cuatro huesos y el polvo grisáceo era todo lo que quedaba de la mujer que le había dado la vida? La niña no se conformaría con respuestas fáciles, querría saber, y él no deseaba revivir sus recuerdos; los había dejado dormir en un rincón de su memoria durante los últimos años, creyendo que así olvidaría, pero no había olvidado. Al contrario. En los últimos tiempos no hacía sino pensar. Las conversaciones con su joven alumno le obligaban a replantearse muchos de los temas sobre los cuales nunca se había interrogado. El muchacho era un espíritu puro, sin malear; había sido dotado del talento reservado a los privilegiados y ni siquiera era consciente de ello. Y también estaban aquellas creencias que en Champaña lo hubieran llevado directamente a la hoguera.

Poco a poco, mediante su propia observación, las conversaciones mantenidas con Semeno García y también con el desagradable rector de San Esteban, así como lo poco que había sacado de Manex Bozat cuando ambos se encontraban para hablar del avance de las obras, el maestro constructor iba haciéndose una idea sobre aquellos a los que el muchacho llamaba «pueblo del bosque» y había llegado a la misma conclusión ya expuesta por su

protector, el vizconde de Baigorri, y que él no había tomado en serio en su momento. Incluso el rector tenía razón. Los llamados leprosos, impuros, a los que se impedía poseer propiedades y se prohibía emparejar con otros que no fueran de su casta, no eran sino gentes sin cristianizar, paganos, y tal constatación lo dejó tan sorprendido que necesitó volver una y otra vez a pensar sobre ello para reafirmarse en su idea. ¿Cómo era posible algo semejante mil doscientos años después de la muerte de Cristo?

—Si no acuden a la iglesia, ¿dónde entierran a sus muertos?

—preguntó a Semeno García una noche en la que compartieron la cena en la nueva y amplia sala del vizconde.

—Los queman.

—¿Los queman?

—Sí, al modo de los antiguos.

—¿Y qué hacen con las cenizas?

—Llevan los cadáveres al monte, los queman y luego entierran las cenizas en el mismo lugar.

—¿Para qué?

—Algunos montes eran lugares sagrados para los antiguos vascones, aún lo son en algunos aspectos. Creían que los seres humanos renacían después de muertos, al igual que las plantas tras el invierno, y para ello era necesario enterrarlos en un lugar próximo a la morada a la que llamaban Amari o Madre. —Semeno García sonrió al observar la cara de asombro de su invitado.—

Consideraban las cuevas úteros de esa diosa, a la que aún se invoca en muchas casas, incluso en algunas muy cristianas.

—¡Jamás había oído algo parecido!

—Os sorprendería conocer las viejas costumbres de este pueblo. El reino de Navarra está lleno de ellas, pero esta zona montañosa es, tal vez, la que con más ahínco permanece anclada en su pasado.

—¿Y la Iglesia no dice nada?

—Lo dice, pero... —el vizconde alzó los hombros con indiferencia—. Los reyes navarros nunca prestaron demasiada atención a las cosas de la religión. La utilizaron en su provecho, pero jamás con el fervor de vuestros últimos reyes, quienes pidieron y consiguieron que el Papa llamara a la Cruzada contra los herejes del conde de Toulouse, aunque todos sabemos que, además de devoción, también existen intereses de índole menos espiritual en dicha acción. Nuestro señor, Teobaldo, sin embargo, los persiguió no hace mucho en sus tierras del norte de Francia únicamente por lealtad a la Iglesia y en defensa de la verdadera fe.

Vos lo sabéis. Estabais allí cuando se hizo justicia.

Geoffroi sintió frío al escuchar las últimas palabras y se aproximó al fuego que ardía en la enorme chimenea construida por él para el señor de Etxauz. El otoño era melancólico en aquella región y la lluvia no había dejado de caer durante las últimas semanas, unas veces en forma de grandes chaparrones y otras fina, mezclada con la niebla. Achacó su momentáneo destemple al aire que se colaba por las rendijas de las láminas de madera que guarnecían las ventanas a la espera de que llegara el vidrio encargado, pero él sabía que había sido la mención a los sacrificados del monte Aimé lo que en verdad había enfriado su cuerpo, y también su alma.

Fue a depositar de nuevo la arqueta en el fondo del arcón y sus ojos se toparon con el rollo que Catherine le había entregado en el momento de abandonar Vertus. No lo había desenrollado en todos aquellos años. No sentía ninguna curiosidad por saber lo que estaba escrito en él, no quería revivir nada de lo pasado y estaba seguro de que aquel documento tenía algo que ver con la doctrina que había llevado a Madeleine a la hoguera. Lo había depositado

en el fondo del arcón y se había olvidado de él, pero esta vez lo cogió, soltó el cordoncillo de cuero que lo ataba y extendió la piel, muy fina y blanda, sobre el tablón colocado encima de dos caballetes que le servía de mesa de trabajo, acercó el candil para poder ver con detalle y abrió los ojos, sorprendido.

Se trataba de un pergamino en el que podía verse una escalera de caracol dividida en casillas con un número en cada una de ellas.

La espiral era uno de los símbolos de los Compañeros Constructores, y también lo era la pata de oca, animal que aparecía en trece de las casillas. No era la primera vez que veía una ilustración parecida; la había visto en Troyes, su ciudad natal, cuando fue aceptado como compañero después de varios años de trabajar como aprendiz y juró cumplir las ordenanzas del gremio, pero ¿cómo había llegado aquel ejemplar a manos de un obispo hereje? Había escrito algo en una esquina, pero no logró descifrarlo; la letra era menuda y la tinta estaba gastada, así que echó mano de la lente de vidrio, montada sobre un soporte de madera, que había adquirido en Troyes a un comerciante alemán varios años atrás, y leyó despacio en latín:

«El Jardín de la Oca, la Verdad está en el Camino».

Los aprendices hablaban mucho después del trabajo, o cuando no llegaba el material por falta de fondos y era obligado esperar jornadas enteras, a veces semanas e incluso meses, para poder reanudar la tarea. En sus años mozos se había entretenido con otros compañeros jugando a aquel juego en el almacén en el cual se reunían tras la jornada de trabajo; se tiraban los dados y se avanzaba por las casillas hasta llegar al jardín en el centro de la escalera de caracol, pero nunca lo había considerado algo más que un juego a pesar de haber oído a un viejo cantero decir que no era un juego, sino algo más importante. Al preguntarle el significado de sus palabras, el hombre repitió que la escalera no era un juego, sino un medio para adivinar el porvenir.

—Pueblos más antiguos que el nuestro, allá por Oriente, utilizan algo similar para predecir lo que ha de venir.

Ante las risas de los aprendices, el hombre insistió.

—Los Pobres Caballeros de Cristo lo trajeron a Francia tras la segunda Cruzada. He oído decir que lo utilizan para conocer el futuro, pero sólo los iniciados están en el secreto.

No le dio importancia a las palabras del viejo, pero no dejaba de ser curioso que aquel «jardín de la oca» estuviera en manos de un hereje. Él no era dado a juegos intelectuales ni cabalísticos y jamás se había interesado por los asuntos esotéricos a los cuales eran aficionados tanto nobles como plebeyos. La existencia, la vida, no tenía misterios para él. Uno nacía, vivía como podía y moría cuando le llegaba el momento. No creía en agoreros, brujerías, magias, adivinadores, misterios o cosas por el estilo, y ningún secreto filosofal iba a cambiar el rumbo del mundo por mucho que algunos se empeñaran continuamente en anunciar su final o la llegada del Anticristo. De hecho, tampoco dedicaba un pensamiento a la otra vida, aquella que predecían los curas, la de la gloria eterna para los buenos y el infierno para los malos. Le bastaba actuar con honradez y esperar.

Debajo del dibujo había unas líneas escritas con letra muy menuda y comenzó a leer ayudándose con el vidrio de aumento.

Se trataba de algunos pasajes del Evangelio de San Lucas. El texto estaba en francés, algo que llamó su atención, aunque luego recordó que una de las acusaciones hechas a los herejes era la de haber traducido el Nuevo Testamento a lengua vulgar para ser entendida por el pueblo. Algunas frases estaban subrayadas.

Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios. Bienaventurados los que tenéis hambre ahora, porque seréis saciados. Bienaventurados los que lloráis ahora, porque reiréis. Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien, cuando os expulsen, os injurien y proscriban vuestro nombre como malo, por causa del Hijo del Hombre.

... Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odien, bendecid a los que os maldigan, rogad por los que os difamen.

...No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados.

Eran palabras que él ya había escuchado durante los oficios dominicales y siempre le habían causado un sentimiento confuso, sobre todo la última frase subrayada. Perdonar, olvidar... podía hacerse cuando el agravio era fútil, pero cómo hacerlo cuando se había sido testigo de la inmolación de tantas buenas personas cuyo único delito era creer en la palabra de Cristo a su manera y no a la de Roma. No habían cometido ningún crimen, ni robado, matado o calumniado, y sin embargo fueron sacrificados por aquellos que decían representar a Dios. ¡Extraño modo de interpretar el Evangelio!

Ahuyentó sus fantasmas y examinó el anverso de la piel oscurecida ayudándose con el vidrio de aumento. En el borde superior había escrita una frase en francés: «La Verdad nos hace puros». El resto estaba en blanco, a excepción de una «e»

perfectamente clara que aparecía hacia la mitad de la hoja, pero, aparte de las marcas dejadas por el tiempo, no parecía haber nada de extraordinario. Iba a guardar el rollo de nuevo cuando se acordó de otro juego de sus años de aprendiz. Sus compañeros y él escribían pequeños mensajes en trozos de pergamino con tinta invisible elaborada por ellos mismos conjugo de cebolla o con leche y luego se divertían poniéndolos al calor de una llama para leer el contenido. Ahora le parecía algo pueril, pero... Con sumo cuidado, pasó la piel por encima de la llama de la vela, evitando en todo momento el contacto directo para no chamuscarla. Poco a poco aparecieron letras de color oscuro hasta formar un texto legible, escrito también en francés. Comenzó a leer con cierta dificultad, pues algunas letras no habían aparecido y la escritura era irregular y lo releyó un par de veces más.

Guardó el rollo junto a la arqueta, en el fondo del arcón, y concentró su atención en un proyecto que hacía años bullía en su cabeza y al cual no había podido dedicar tiempo: la construcción de una catedral cuya belleza superaría a la de Reims. Un sueño que, estaba convencido, nunca vería hecho realidad, pero le daba igual, pues lo importante era imaginarlo, verlo.

D

urante varios meses, Eder se aplicó a dominar el cincel y el martillo que el maestro había puesto en sus manos. Los primeros trabajos fueron un verdadero desastre; no lograba crear las formas imaginadas y ello le enfurecía. Hubo momentos en los que, desesperado, llegó a estar de acuerdo con su padre: ¡aquello era una pérdida de tiempo! Poco a poco, sin embargo, fue encontrando el pulso justo para controlar la presión y la fuerza necesarias hasta conseguir lo deseado. También ayudó que Geoffroi lo enviara a ejercitarse con Lucien a la cantera de donde se extraía la piedra de construcción. El maestro cantero no hablaba mucho, pero mostraba una paciencia infinita hacia él y hacia otros jóvenes a quienes aleccionaba. Les enseñó a utilizar la escuadra y el compás para medir la piedra a fin de realizar con exactitud el corte de los sillares, dovelas, molduras de capiteles y basamentos que después encajarían con la perfección de las piezas de un rompecabezas en las construcciones que poco a poco iban haciéndose un sitio en el país del bosque, el valle de Baigorri, el «río rojo», así llamado por el color de sus aguas que arrastraban tierras arcillosas. El joven se aplicaba con ahínco y pronto sobrepasó a los demás aprendices para satisfacción de Lucien y, más aún, del maestro de obras.

—Veo que vas dominando el arte —le dijo Geoffroi un día en que se acercó a la cantera para observar los progresos de su alumno.

—¿Puede llamarse maestría al simple corte de unas piedras?

—preguntó él, un tanto enfurruñado por una labor que consideraba tediosa.

—Hasta el trabajo más sencillo, el menos interesante, es un arte cuando se hace bien. La perfección lo es en sí misma, sea cual sea la tarea que se lleve a cabo. No lo olvides.

Cubierto de arenilla blanca que se metía en sus ojos y en su nariz, y le provocaba tos, no estaba muy de acuerdo con la aseveración de su maestro. Puestos a elegir, se dijo, y si el arte consistía en hacer algo perfecto, no había quien le ganara a pescar truchas. De todos modos, trabajó con ahínco para poder volver a la escultura cuanto antes. En invierno los días eran cortos y las obras importantes se dejaban para la primavera, así que todo el mundo se retiraba en cuanto la luz comenzaba a declinar, pero él era el último en abandonar la cantera y el primero en aparecer por ella al día siguiente. A pesar de ello, logró encontrar tiempo para tallar por su cuenta pequeñas figuras de animales que conocía bien: osos, jabalíes, ciervos, etc.; realizaba las piezas y después les pasaba la piedra, mojándolas para tapar los poros, hasta hacer desaparecer las aristas, y quedaban suaves al tacto y brillantes a la vista. Aunque, acostumbrado a trabajar de memoria y a pesar de lo mucho que había insistido su maestro en ello, jamás hacía el modelo previo en arcilla. Trabajaba en su rincón, a la luz de una lámpara de aceite de ballena, mientras los demás moradores de la casa se dormían escuchando el golpeteo apagado y cadencioso procedente del desván.

Geoffroi no dormía. Tumbado en el lecho, escuchaba el sonido de la maceta con una mezcla de orgullo al constatar la pericia y laboriosidad de su discípulo. Y de angustia. Sabía que se encaminaba hacia el tramo final de su existencia, pero el muchacho comenzaba a dar los primeros pasos en la suya y a él le hubiera gustado acompañarlo, aunque sólo fuese para que no cometiera sus mismos errores, para advertirle, para protegerlo,

pero cada cual debía seguir su camino en la vida y de nada valían las experiencias ajenas.

Una mañana despertó con una sensación extraña. Por fin había logrado conciliar el sueño, aquel sueño que tanto tardaba en llegar y que removía, en el silencio de la noche, recuerdos que deseaba borrar de su memoria. Todo era quietud a su alrededor y sonrió.

Agnés se ocupaba de que no hubiese ruidos en la casa hasta que él no salía de su habitación. Ni siquiera se escuchaba a Alix, la niña más habladora que conocía. Bien era cierto que él tampoco conocía a otras niñas, pero estaba seguro de que era imposible que hubiera otra tan charlatana como ella. La campana de San Esteban le anunció que era domingo y obligada la asistencia a la misa para no dar que hablar. Abrió los ojos y fue incapaz de moverse. Junto a la cama, encima de la mesita donde la vela de la palmatoria iluminaba sus noches de insomnio, se hallaba la imagen en piedra de una mujer con largas trenzas, el vientre abultado y los pies descalzos.

No pudo concentrarse en los rezos durante la misa, ni tampoco escuchó la prédica de don Martín que, como siempre, giraba en torno al pecado y a los pecadores, amenazándoles con las más terribles penas del infierno si en algún momento se desviaban del camino señalado por la Santa Madre Iglesia. No podía dejar de pensar en la figura. La emoción embargó todos sus sentidos al cogerla y examinarla con atención: ni un fallo, ni un mal golpe.

Era la réplica exacta de la talla en madera que su joven alumno había dejado en sus manos casi un año antes. Y, algo que no le había ocurrido desde el día en que su madre murió en sus brazos, la emoción hizo que las lágrimas asomaran a sus ojos. En algún momento, durante la misa, echó un vistazo a su alrededor buscando a Eder, pero luego recordó que él y los suyos nunca asistían a los oficios religiosos. Sin embargo, observó que en la parte trasera de la iglesia, apartado de los demás fieles, se mantenía un pequeño grupo de hombres y mujeres. Reconoció a varios de ellos porque trabajaban para él como carpinteros y canteros y se extrañó de no haber reparado en ellos en otras

ocasiones.No pudo evitar lanzarles alguna que otra mirada a lo largo de la ceremonia y comprobó que, en efecto, no participaban de la misma como el resto y que, en el momento de hacer las ofrendas del pan para los pobres, el acólito hacía un nudo en el saco de recogida para no mezclar sus óbolos con los ya entregados por los demás concurrentes.

—Son leprosos —escuchó cuchichear a su lado.

Se giró sorprendido. Alix lo miraba con sus grandes ojos azules.

—¿Quién te ha dicho eso?

—Él. —Alix señaló al rector.

No respondió, pero en aquel mismo instante decidió que su hija ya tenía edad para educarse en otro lugar, aunque aún no sabía dónde.

Al atardecer de aquel mismo día, acudió a visitar al vizconde.

Llevaba un par de semanas sin aparecer por la torre y Semeno García lo recibió con los brazos abiertos y ordenó que se les sirviera queso de oveja elaborado por sus pastores y vino de Irulegi, el mejor de la región, extraído de las cepas plantadas por los romanos siglos atrás. Durante la mayor parte de la velada, el señor del valle no dejó de hablar de su experiencia guerrera, cuatro años atrás, bajo las órdenes de Teobaldo, en la Cruzada convocada por el Papa contra el infiel. La expedición se saldó con un montón de muertos y prisioneros entre los cristianos en el único encuentro habido con el ejército musulmán, aunque con posterioridad se logró la restitución de Jerusalén y de otras plazas gracias a la ayuda del hermano del rey de Inglaterra que había parlamentado con el sultán de Damasco y con el de El Cairo. La aventura no fue muy brillante, pero el señor de Etxauz la magnificaba un poco más cada vez que se refería a ella, y todos sus familiares y los que le conocían estaban más que hartos de oírsela narrar.

Geoffroi escuchaba en silencio. A él le traían sin cuidado los asuntos que nobles, soldados y frailes tuvieran entre manos y, en especial, los del rey de Navarra, el hombre que no había movido un solo dedo para evitar la masacre de decenas de sus vasallos franceses, ni había impedido que un monje, enfermo de mente, expandiera el terror en sus territorios. Los poderosos no se detenían hasta lograr sus propósitos, hablaban en nombre de los pueblos que gobernaban cuando, en realidad, sólo miraban por sus propios intereses; los hombres de armas arrasaban tierras fértiles, llevaban la desolación por doquier y destruían todo lo que de bello existía sobre la Tierra; y la Iglesia... olvidaba las enseñanzas de Cristo y convocaba a ejércitos, ávidos de conquistas, para asesinar en nombre de Dios. ¿Qué Dios podría desear la destrucción de su mejor obra, el ser humano? Este pensamiento le recordó el motivo de su presencia en la torre.

—Durante la misa de hoy —comenzó diciendo en un momento en que el anfitrión detenía su discurso para dar cuenta de un buen pedazo de queso ahumado— he observado que algunos de vuestros vasallos, los carpinteros y canteros que trabajan en las obras y sus familias, permanecían apartados del resto de los fieles...

—Sí, se colocan al fondo de la iglesia.

Semeno García se llevó el pote de vino a la boca y lo paladeó con gusto.

—¿Porqué?

—Bueno..., costumbres...

—¿Qué costumbres? —insistió el maestro de obras.

El vizconde se alzó de hombros, como si no quisiera hablar del tema, pero se decidió a responder al observar la firmeza de su invitado.

—Creo que ya hablamos sobre los Bozat y otros como ellos...

—Dijisteis que no iban a la iglesia y enterraban a sus muertos en la montaña, pero éstos sí van.

—En realidad, llevan poco tiempo haciéndolo. No sé..., tal vez una o dos generaciones. Los curas y también otras gentes creen que aún no están suficientemente..., ¿cómo os diría yo...?, cristianizados, y luego, con todos esos herejes sueltos por ahí que llegan a través del Camino y traen con ellos ideas poco ortodoxas, contrarias a la religión y a Roma, existe mucha desconfianza por parte de los fieles cristianos, que prefieren no mantener contacto con gentes de dudosas creencias o procedencias.

—¿Me estáis diciendo que a vuestros carpinteros y canteros se les mantiene a prueba hasta que demuestren su verdadera fe?

—Sí..., podría decirse que ocurre algo así. Se les bautiza durante la noche, se les entierra fuera de la iglesia, no se les permite casarse con personas que no sean de su misma..., de su misma especie.

—Pero... ¿acaso son extranjeros?

—No, que yo sepa. Ellos se llaman a sí mismos pueblo del bosque. ¿Sabíais que no hace mucho el valle de Baigorri era un inmenso bosque repleto de robles, hayas, abedules, fresnos y otras clases de árboles? —preguntó el vizconde con voz jovial, cambiando de asunto—. Ésta siempre ha sido una tierra de pastores y leñadores. Nuestros rebaños son famosos en Navarra y nuestra madera se vende en todo el reino y también en Aquitania.

Geoffroi no salía de su asombro. Tal vez su propio drama, el desasosiego y el sentimiento de culpabilidad que no lo abandonaban desde la muerte de Madeleine lo habían aislado demasiado de su entorno. Se excusó diciéndose que el desconocimiento de la lengua y de las costumbres de la región también habrían tenido algo que ver con su aislamiento, pero aun

así... Conocía a todas las personas que trabajaban para él y, desde luego, no encontraba diferencias, ni físicas ni de ninguna otra clase, entre ellas y los demás habitantes del pueblo. De vez en cuando, aparecían por San Esteban grupos de gitanos de tez oscura, pero se marchaban al cabo de algún tiempo. También se veían peregrinos procedentes de otros lugares que preferían hacer su recorrido por caminos laterales, menos transitados e incluso menos difíciles que el llamado «camino francés» que partía de San Juan y se dirigía a Pamplona por Roncesvalles. Entre Baigorri y el vecino valle de Baztán únicamente había un puerto, el de Izpegi, y de allí a la capital del reino de Navarra apenas existían dificultades.

—¿Y vos lo permitís?—preguntó al cabo de un rato.

—¿Cómo no voy a permitirlo? Habréis observado que aquí la producción agrícola es más bien escasa, las tierras montañosas no son las más adecuadas para cultivar grandes extensiones de terreno y el clima tampoco ayuda. Los rebaños y la madera son nuestra principal riqueza y ¡hay que sacarles beneficios!

—Os pregunto si vos permitís que algunos de vuestros vasallos, hijos de esta misma tierra, sean tratados como apestados.

Semeno García frunció el ceño. No le gustaba el tono del maestro de obras. Él no ponía las reglas. Daba lo mismo lo que pensase, estuviese o no de acuerdo. Gobernar cualquier lugar, por muy pequeño que éste fuera, era una tarea difícil y a él le bastaba con mantener a sus vasallos tranquilos y evitar las revueltas.

Únicamente tenía que dar cuenta de sus actos al rey, y los reyes exigían obediencia y el pago de los impuestos; lo demás les traía sin cuidado. El rey acudía a Navarra en contadas ocasiones, el resto del tiempo vivía en Champaña. Cuando él no estaba en el reino, sus representantes, hombres de confianza y chambelanes, todos franceses, se encargaban de la gobernación. Los montañeses no eran como los demás navarros. No era sólo una cuestión de religiones o creencias, de viejas costumbres o modos de vida. La existencia en aquellos parajes, rodeada de altas montañas, alejada

de los centros de poder, aislada de influencias extrañas, era dura y había marcado el carácter de sus habitantes. No aceptaban órdenes y hablaban de tú a tú a sus gobernantes. Tampoco a él le agradaba que los artesanos fueran tratados de forma despectiva por los demás vecinos; eran gente trabajadora y valiosa. No le importaba si continuaban apegados a sus viejas creencias, con tal de que no le causasen problemas, pero no estaba dispuesto a enfrentarse con nadie —y menos con la todopoderosa Iglesia— por salir en su defensa.

—No penséis que esto sólo ocurre en este lugar —respondió incómodo—. No hay pueblo, ni villa, desde la costa hasta el Béarn, que no cuente con un barrio o un asentamiento de agotes, y en todas partes se les trata igual.

—¿Por qué ese nombre?

El vizconde se alzó de hombros y continuó narrando su viaje a Tierra Santa. Incluso le mostró una espada sarracena de hoja curva que, según él, había arrebatado personalmente a un enemigo durante un combate cuerpo a cuerpo.

Geoffroi regresó a su casa poco después. Volvía a sentir el mismo malestar que no lo había abandonado desde el momento en que tuvo conocimiento de haber vivido entre herejes, cuando creía haber hallado por fin el sosiego en un pueblecito sin historia donde pasaría el resto de su vida en compañía de una buena mujer y la criatura nacida de ambos. Los meses transcurridos al abrigo de las montañas le habían devuelto un poco de paz, pero, de nuevo, intuía que su tranquilidad y la de su hija estaban en peligro.

Un martilleo apagado en el piso superior rompía el silencio que envolvía la casa y, sin pensárselo, subió al desván. Iluminado por la luz de una vela, el joven Bozat se hallaba sentado sobre el catre, concentrado en su tarea. Ni siquiera escuchó el crujir de los peldaños de la destartalada escalera apoyada en el vano. El maestro contempló durante un buen rato su perfil agudo inclinado sobre la pieza en la cual estaba trabajando y escuchó las palabras del vizconde refiriéndose a aquellas gentes, sus vasallos, sus

mejores artesanos. Quería saber más sobre ellos y entender la razón del comportamiento hacia ellos de sus propios vecinos, pero Semeno García no parecía saber mucho más de lo que ya le había dicho, y no tenía ninguna intención de preguntarle al rector. Bajó las escaleras intentando no hacer ruido y pasó casi toda la noche absorto en la contemplación de la figura de piedra que no había devuelto a su creador.Al día siguiente, cuando Oriol acudió a la casa para recibir órdenes referentes a la construcción del nuevo molino del vizconde, Geoffroi le sorprendió con una pregunta.

—¿Qué sabéis vos sobre los llamados agotes?

La cara de asombro del administrador le confirmó lo que él ya intuía, que el hombre sabía aún menos sobre el tema que su señor.

—¿Quién podría informarme? —preguntó de nuevo.

—¿Tenéis alguna queja? —interrogó a su vez Oriol con cautela.

—No, sólo es interés por conocer su situación.

—No creo que haya nada de interesante en ellos. Son buenos artesanos y viven a su modo...

—¿Quién podría informarme? —insistió el constructor en un tono que no admitía réplica.

—No sé..., la verdad...

—Alguien habrá.

—Tal vez, Elaia.

—¿Quién es Elaia?

—La tía del muchacho.

Geoffroi recordó a la mujer que le había mostrado los trabajos de Eder la noche en que fue al barrio situado detrás de la iglesia.

Sus caminos se habían cruzado en algunas ocasiones y, por sus andares y modales, le dio la impresión de que era una mujer de carácter. Todas las mujeres de aquella región parecían serlo; permanecían calladas mientras sus hombres hablaban, pero a él no se le habían escapado las miradas que éstos les dirigían antes de afirmar algo o tomar una decisión. La propia esposa del vizconde no hablaba mucho, pero Semeno García se dirigía a ella, como esperando su aprobación, cuando hablaba con voz atronadora sobre la invasión de la vecina Lapurdi o de sus intenciones de acudir de nuevo a la aventura en Tierra Santa.

—Decidle que deseo hablar con ella.

—Pero...

—Id ahora mismo y decidle que la espero. Aquí tenéis los dibujos para el maestro cantero y para el carpintero, ellos sabrán lo que han de hacer para comenzar los trabajos del molino.

Geoffroi le tendió un rollo de piel sin darle oportunidad para continuar la conversación; el hombre hizo una inclinación, cogió el rollo y salió aún sorprendido por la insólita petición del maestro de obras.

Poco después, Agnés abría la puerta a Elaia. Ambas mujeres estaban tan sorprendidas como el administrador. Agnés, porque era la primera vez que el maestro solicitaba la presencia de alguien en la casa y porque ese alguien era nada menos que una mujer; y Elaia, porque le inquietaba la llamada inesperada del hombre que prohijaba a su querido sobrino y temía que hubiese cambiado de opinión.

—¿Algún problema con el muchacho? —preguntó al tiempo que, siguiendo la indicación de Geoffroi, tomaba asiento sobre un taburete, cerca del fuego encendido en la cocina.

—Ninguno, muy al contrario. Pocos maestros hay tan orgullosos de sus alumnos como yo lo estoy de él.

La sonrisa satisfecha de Elaia dejó paso a un gesto de preocupación. ¿Cuál era entonces la razón de la llamada?

—Te he llamado porque deseo ayudar y conocer mejor a Eder

—prosiguió el constructor— y, para ello, necesito saberlo todo.

—¿Todo? ¿Qué es todo?

El maestro desapareció tras la puerta de su habitación y regresó con la figura tallada en piedra.

—Todo —repitió dejando la figura en el regazo de la mujer.

Geoffroi y Elaia hablaron durante toda la mañana. Así supo el maestro que Eder había quedado huérfano cuando aún no llegaba al hombro de un adulto y que su madre había fallecido al dar a luz, al igual que su hija recién nacida.

—Mi hermana —dijo Elaia sin poder contener la emoción—

era un ser muy especial. Cuando miro a Eder la veo en él. Era una mujer hermosa y dulce; tímida y, sin embargo, con una fuerza extraordinaria que emanaba de su interior. Algunos decían de ella que era una lamia. No sé si sabréis, maestro, que en esta tierra, y entre otras muchas cosas, la gente cree en unas criaturas que habitan en los bosques, junto a las fuentes y al nacimiento de los ríos, capaces de hacer sortilegios y de enamorar a los hombres.

Aseguran los que dicen haberlas visto que tienen los dedos de los pies unidos por unas membranas, como las ocas. Tal vez por eso

—sonrió señalando a la figura— el muchacho la ha tallado descalza, para que todos puedan ver que los pies de su madre eran como los de los demás mortales.

—A mí me ha dicho que representa a su madre, pero también a alguien a quien llama Amari—aventuró Geoffroi.

Elaia examinó con atención la figura y acarició su vientre abombado antes de volver a hablar. Cuando lo hizo, su mirada estaba fija en las llamas del hogar.

—Ella es la Señora, la madre de los seres humanos, los animales y las plantas; madre también del sol que nos ilumina y da calor, y de la luna, la luz de los muertos, que indica a los difuntos el camino hacia su morada en las entrañas de la Tierra.

Agnés se había aproximado a ellos escandalizada. Había estado escuchando la conversación mientras se ocupaba de poner orden y disponer la comida del mediodía. Fue a decir algo, pero Geoffroi le hizo una seña para que permaneciera callada.

—Vela por nosotros en todo momento; su vientre se hincha y nos alimenta —prosiguió Elaia—; premia a los buenos acogiéndolos en su seno y castiga a los malvados haciendo que sus espíritus vaguen para toda la eternidad dentro del cuerpo de una lechuza.

Agnés se cubrió la boca con la mano nuevamente escandalizada; después cogió el cesto de la ropa y salió para dirigirse al río a hacer la colada. No seguiría escuchando aquella conversación herética.

—¿Por qué enterráis a vuestros muertos en la montaña en lugar de en la iglesia? —preguntó Geoffroi deseoso de conocer más.

—¿Qué mejor sitio puede haber para volver a nacer?

—¿Es cierto que los quemáis?

—Algunos lo hacen, mi familia, por ejemplo; otros los entierran de cuerpo entero.

—¿Porqué?

—¿Por qué los quemamos? Porque el fuego libera el espíritu y le permite regresar con más facilidad al vientre de la Madre.

La conversación mantenida con la tía del muchacho dejó muy pensativo al maestro constructor. Sus vecinos de Vertus también hablaban de un renacimiento espiritual después de la muerte, de una liberación del alma. Tal vez porque se estaba haciendo viejo y su percepción de la muerte se había acrecentado con los años, o tal vez porque se resistía a creer que la madre de su hija y todos los demás hubieran sido condenados a sufrir durante toda la eternidad, las palabras de Elaia apaciguaron su corazón dolorido. Cuánto más hermoso era creer que los espíritus volaban libres una vez se desprendían de su cuerpo humano, que volvían a nacer, que la vida continuaba...

☙

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