El Verdugo De Dios

Toti Martinez de Lezea · Capítulo 10 de 16 · parte 1/2

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El Verdugo De Dios

Estella 130

Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.

Estella

B

ertrand de Garlande se hizo acompañar por Eder en la visita de inspección que llevaba a cabo todos los meses por las propiedades que la orden poseía entre Gares y la localidad riojana de Nájera.

Le proporcionó una túnica y unas calzas negras, iguales a las de sus novicios, y le hizo montar con él, encima de su caballo, un animal musculoso que pateaba el suelo y rebufaba, impaciente por salir a galope.

—¿Es seguro? —preguntó el joven lleno de dudas.

—Ferragut es el más seguro de todos los caballos.

—No me importa ir andando...

—A mí sí, ¡no llegaríamos nunca! —rió el caballero—.

¡Adelante, mi buen amigo, vuela!

El animal rebufó una vez más, levantó sus manos y arrancó a galopar con tal brío que Eder creyó que iba a caerse y se asió con fuerza a los hombros del comendador. Bertrand disfrutaba con las galopadas a través de los campos, le gustaba sentir el aire en el rostro y la tensión de su montura bajo su cuerpo. Con la mirada fija al frente, hizo repaso de los recientes acontecimientos.

Al comendador le tenía intrigado el inquietante personaje que se había presentado ante él el día del entierro del constructor con intención de interrogar al aprendiz en nombre del obispo de Pamplona. Conocía a Ximénez de Gazolaz, y estaba tan seguro de que aquel Robert de Reims no era su representante que pondría la mano sobre el hierro candente. El fuerte carácter del obispo era de

sobra conocido y no era hombre para hacerse representar, y menos aún por alguien del cual nadie había oído hablar. Se había informado debidamente por medio de dos de sus monjes que habían permanecido en la ciudad episcopal casi medio año y, por si acaso, también había hablado sobre él con su amigo. La versión que había dado al consejero sobre su presencia en Gares era diferente a la que le había dado a él mismo. Por otra parte, el hecho de que no le hubiera mencionado a Brulé las sospechas acerca del papel desempeñado por el aprendiz en el ataque a su suegro, no hacía más que aumentar sus dudas.

—¿Todo bien? —preguntó a voz en grito.

—¡Ya os lo diré cuando sienta de nuevo los pies sobre la tierra! —gritó Eder a su vez provocando de nuevo su risa.

Deseaba saber más sobre el joven, su procedencia, la forma como había llegado un navarro de la montaña a ser ayudante de un constructor afamado, la sonrisa indescifrable en su rostro y la luz de su mirada mientras acariciaba la imagen de Nuestra Señora y, también, sobre la despreciada casta a la cual pertenecía.

Los agotes formaban parte de aquel grupo de personas a las que, siguiendo las indicaciones del tercer concilio de Letrán, se había encerrado en las leproserías, lejos del pueblo de Dios. Todos aquellos que arrastraban el vicio, los seres carcomidos por las enfermedades, los locos, los poseídos por el demonio, los sospechosos de herejía y también los judíos, musulmanes, criminales de cualquier especie aunque hubieran redimido sus penas, ateos, bohemios, vagabundos y paganos habían sido desterrados de las poblaciones. Tan sólo unos meses atrás, a su regreso de París, donde había asistido en la casa madre a una asamblea de comendadores de la orden, pasó por la ciudad de Bayona, a orillas del Adur, y se detuvo allí unos días para entrevistarse con el obispo de la diócesis. Tuvo la oportunidad durante su estancia de visitar la leprosería de Saint-Esprit, en la margen derecha del río, y de constatar que, en efecto, en el lugar se hacinaban gentes de muy diferente procedencia. Los había

leprosos, pero también otros que no mostraban ninguna señal de la enfermedad; muy al contrario, se les veía con aspecto saludable dentro de su pobreza extrema. Cada comunidad se agrupaba en torno a sus chabolas y mantenía poco contacto con las otras, aunque los habitantes del otro lado del río denominasen a todos con un mismo apelativo: agotes. Su acompañante en aquella ocasión, un sacerdote, ayudante del obispo y oriundo de la región, le informó de que en realidad los verdaderos agotes eran gentes de la montaña obligadas a asentarse en villas y aldeas y a abandonar sus antiguas formas de vida.

—¿Por qué? —había preguntado él, curioso.

—El mundo ha cambiado; las necesidades son otras —afirmó el eclesiástico. Y añadió—: Antes los seres humanos eran libres y cogían de la naturaleza lo necesario para vivir; ahora la naturaleza tiene propietarios: el rey, el conde, el obispo, el abad... Todo les pertenece: los árboles, los frutos, las liebres, los peces de los ríos...

Creyó percibir cierta nostalgia de los tiempos pasados en las palabras del sacerdote y estuvo a punto de preguntarle si él también era uno de aquellos seres denostados por extrañas razones que nadie conocía, pero recordó que los agotes tenían prohibido tomar los hábitos religiosos y prefirió no indagar.

Al llegar a Estella, Bertrand y Eder continuaron sin detenerse por la rúa principal que corría paralela al río, dejando a su izquierda el barrio judío oculto tras su propia muralla, cruzaron el barrio franco de San Martín de Tours, igualmente amurallado, y salieron por el otro extremo, por el portal de San Nicolás, también llamado de Castilla, para detenerse después, a poca distancia, en un monasterio. A Eder le habría gustado recorrer a pie las calles de la animada población que acababan de atravesar, pero no se atrevió a decirlo en voz alta. Se sentía algo incómodo viajando sobre la grupa del caballo del comendador, obligado a asirse a su compañero para no salir despedido cada vez que el animal daba un brinco, aunque, afortunadamente, su estatura le permitía ver por encima del hombro del caballero y no sólo el cogote de éste. El

monasterio pertenecía a la orden del Temple, como pudo constatar el joven por la vestimenta del hombre que salió a recibirlos con los brazos abiertos y que besó a Bertrand tres veces en las mejillas. Ambos lo acompañaron a una sala parecida a la de Zizur donde Alazaïs y él habían dormido abrazados, sólo que aquí los colchones eran menos y estaban colocados sobre catres de madera.

El recuerdo de la joven le pellizcó el corazón. Ya no estaba enfadado con ella, únicamente sentía tristeza por haber perdido a una amiga, y sonrió al recordar la carita sucia de la niña a la que había salvado la vida hacía ya tanto tiempo..., una vida. Los dos hombres desaparecieron tras dejarlo en la sala dormitorio para peregrinos, no sin que antes el comendador le hubiera indicado que volvería a por él.

Sentado sobre el catre, a la espera de ser llamado, en la sala vacía de huéspedes en aquellos momentos, Eder meditó sobre lo peculiar de su situación. Había aceptado la invitación del freire, del soldado de Cristo como le había oído llamarse a sí mismo, para no permanecer en Gares. No quería volver a ver a Alix.

Tampoco tenía mucho donde elegir y, además, en el fondo temía un nuevo encuentro con el predicador causante de la muerte de su tía y también de su maestro. Si fuera un hombre de acción, se dijo, lo habría matado nada más verlo después del entierro o lo habría buscado al día siguiente, pero él no era un ser violento, ninguno de los suyos lo era.

A pesar de su fortaleza, jamás había visto al padre o a los tíos pelear con quienes los insultaban en Anauz y en San Esteban.

Habrían podido desnucarlos de un golpe; sus músculos eran de hierro debido al trabajo con el hacha, pero se limitaban a aguantar sin responder. Recordó una ocasión especialmente dolorosa. Él y el padre habían encontrado a un niño perdido en el bosque, en Xuhitoa; lloraba desconsolado y estaba aterrorizado, pues era invierno y, de vez en cuando, se escuchaban los aullidos de los lobos que bajaban de los montes en busca de comida. El padre lo cogió en brazos y se encaminaron al pueblo. Antes de llegar, toparon con un grupo de hombres que salían en busca del niño. No

les dieron tiempo de explicarse, les arrebataron a la criatura y los amenazaron con sus palos, acusándolos de haberse llevado al niño con fines perversos. Las cosas se habrían puesto feas para ellos si uno de los hombres, posiblemente el padre del niño, no se hubiera interpuesto. Había agradecimiento en su mirada, pero las palabras correspondientes no salieron de su boca.

—Son ellos los cobardes, hijo —le dijo el padre cuando él le preguntó por qué no había respondido a la agresión—. El valor no se mide por el golpe de quien lo propina, sino por el aguante de quien lo recibe.

Puede que tuviera razón, pero a veces a él le gustaría devolver los golpes.

Bertrand fue a buscarlo para comer y le advirtió que, al igual que en Gares, debía permanecer callado durante el almuerzo porque los freires jamás hablaban a la hora de comer; observación inútil, pensó, ya que él hablaba más bien poco y menos aún cuando se encontraba en compañía de gente desconocida.

Examinó con curiosidad a la docena de hombres sentados a la mesa. Todos tenían el mismo aspecto: cráneos rapados y rostros barbados. Resultaba tarea difícil distinguirlos entre sí. La comida fue muy sobria: unas verduras cocidas y un pedazo de pescado, acompañados con un pedazo de pan y un pote de vino. Tenía hambre y apenas prestó atención al monje que, de pie, en un extremo de la mesa, leía en voz alta una historia escrita en un libro grueso, parecido al que había visto en la iglesia de Arizkun y también durante el funeral de su maestro. El pueblo del bosque no sabía leer y tampoco poseía libros; no le hacían falta. La historia, las leyendas, las creencias se transmitían oralmente de padres a hijos —en su caso, había sido la tía Elaia la encargada de mantener la tradición, recordó con pesar—, pero, a la vista estaba, los «otros» necesitaban la palabra escrita para recordar su pasado.

Acabada la comida, todos los comensales se pusieron en pie y él hizo lo mismo; los escuchó recitar una oración y se preguntó por

qué razón aquellos hombres, sanos y fuertes, habían elegido vivir juntos y no tenían compañeras ni hijos.

Y una vez más se encontró en la sala de dormir a la cual comenzaban a llegar los peregrinos. No tenía ganas de entablar conversación con ninguno de ellos, se tumbó en el catre y, a pesar de las voces y ruidos, se quedó dormido.

—¡Despierta, muchacho!

La voz de Bertrand lo sacó del sueño en el que Alix y él pescaban truchas en el río Aldude. Ella llevaba el bajo de la falda sujeto a la cintura y él contemplaba extasiado sus piernas perfectas, brillantes por el agua. Pegó un salto y salió detrás del comendador sin soltar el morral que llevaba colgado del hombro incluso cuando dormía.

—¿Ya ha amanecido? —preguntó el joven sobresaltado.

—A punto está. ¡Hora es de que demos gracias a Dios por seguir con vida! ¡Vamos!

Siguió al comendador por entre los catres en los que todavía dormían unos cuantos peregrinos, aunque algunos ya comenzaban a levantarse y a preparar sus sacos para proseguir el viaje. Las tripas le hacían ruidos, la comida de la víspera no había sido suficiente para saciarlo y tenía que abrir y cerrar los ojos para despejarlos del sueño que aún los velaba. Poco después se hallaban dentro de una pequeña iglesia en la cual los freires recitaban oraciones en voz monocorde. No supo decir si rezaban o cantaban. Hacía frío, se arrebujó en la capa de lana que le habían entregado junto al hábito y las calzas, clavó la mirada en el suelo, enlosado con piedras desiguales, sin ninguna gracia, y le vinieron a la mente las palabras del maestro cantero Lucien: «Al buen cantero no ha de preocuparle si su trabajo es para embellecer un palacio o empedrar una calle. Su único fin ha de ser hacerlo bien».

Desde luego, los canteros que habían cubierto el suelo de aquel lugar no eran buenos artesanos, pensó. ¿Y qué hacía él allí?, se preguntó a continuación molesto. No era uno de ellos y no pensaba serlo. Lejos de su pensamiento estaba verse viviendo entre hombres, rezando a un diosa quien él no conocía. Levantó los ojos y se olvidó del frío, del hambre y de su malestar. Amari volvía a aparecer ante él, sentada con el niño sobre su rodilla.

Parecía sonreír, aunque no estaba muy seguro de ello pues se hallaba a cierta distancia y la figura era más bien pequeña. Los rezos finalizaron y la iglesia quedó vacía. Bertrand también salió, pero él permaneció allí, con la mirada fija en la imagen.

—También es negra —afirmó, poniendo palabras a su pensamiento, el comendador, quien había vuelto en su búsqueda.

—¿Hay más como ésta y la de vuestra casa?

—Sí, muchas. De Oriente a Occidente, en todas partes se venera a la Virgen Negra.

—¿Por qué?

—Porque el color negro es el misterio y también el conocimiento.

—¿El conocimiento?

—Sí, el que han buscado los seres humanos desde los comienzos, el camino hacia la luz, y ella —Bertrand señaló la imagen— es el medio de alcanzarlo.

—¿Y lo encuentran?

—Algunos sí. ¿Nunca te has preguntado qué ocurre después, una vez que hemos muerto?

—Volvemos al seno de la Madre.

El freire permaneció pensativo. En el fondo, meditó, las creencias del joven no eran tan diferentes a las suyas propias, influidas en parte por el conocimiento de los filósofos y poetas sufíes cuyo pensamiento había estudiado durante su estancia en Tierra Santa, cuando todavía era un novicio, siendo tal vez la tolerancia hacia otras religiones la característica que más le había marcado. También el apego del navarro por su diosa era similar al suyo por la madre de Jesús; no en vano ellos, los Pobres Caballeros de Cristo, habían sido los responsables de expandir la veneración mariana por Europa. Se habían inspirado en las imágenes de la diosa Isis, madre de Horus, y la habían hecho representar al igual que ésta —negra, sentada en un trono, con el niño sobre las rodillas, la corona en la cabeza y el cetro en una mano— para reconducir hacia la Virgen María los cultos matriarcales, aún vigentes en muchas zonas rurales. Pero, en realidad, recapacitó, María, Isis, la Amari del montañés y tantas otras eran una misma representación de la maternidad divina, del nacimiento después de la muerte.

Pasaron la mañana recorriendo las calles de la ciudad del Ega.

Cada vez que el comendador penetraba en un local, Eder permanecía en el exterior, embelesado ante las maravillosas construcciones que veía, todas de piedra. Iglesias, arcadas, casonas o simples casas, algunas con escudos encima de las puertas, otras con canecillos adornando fachadas y ventanas.

Había visto edificios parecidos en Pamplona, incluso aún más imponentes, pero allí no había tenido tiempo suficiente para deleitarse ante unos trabajos bien hechos. El cielo estaba completamente azul. El pan recién hecho que Bertrand había comprado para él en un puesto junto a uno de los puentes había cambiado su humor. Llevaba mucho tiempo sin coger una gubia, una maza, un cincel y, de pronto, echó en falta su arte. Se sentía a gusto consigo mismo cuando trabajaba un pedazo de madera. No conocía nada mejor para expresar sus penas, y también sus alegrías, aunque en estos momentos no hubiera sitio en su corazón para las segundas. Pensaba en su maestro con más fuerza cada día que pasaba. Ya no volvería a verlo, nunca más trabajarían juntos

inclinados sobre los dibujos repletos de líneas, ángulos, arcos y números que algún día se transformarían en hermosas construcciones, pero, sobre todo, no tendría un guía para indicarle el camino que debía seguir, los pasos que debía dar... ¡Y él tenía aún tanto que aprender!

A eso del mediodía, Bertrand decidió hacer un alto en sus visitas, entraron en una pequeña taberna de la rúa de las Tiendas y se sentaron en un rincón, junto a un ventanuco defendido por unas rejas, al abrigo de miradas curiosas. El comendador pidió guisado, una fuente de verduras, pan y vino. Durante un buen rato, ninguno de los dos habló, ocupados como estaban en dar buena cuenta del suculento banquete. Tal vez el hombre era humano después de todo, pensó Eder al ver a su acompañante tan afanoso con el guisado.

—Nuestra regla nos obliga a comer en comunidad, pero permite excepciones. Nuestra vida es sobria, pero no hemos hecho voto de hambre —sonrió a su vez Bertrand al observar su mirada maliciosa.

—¿Qué es un voto?

—Una promesa a Dios. En mi caso, hice voto de pobreza, castidad y obediencia —y aclaró al observar que el joven no le entendía—: ser pobre, no tener posesiones personales; ser casto, no tener relaciones con ninguna mujer; y ser obediente, obedecer a los superiores sin discutir sus órdenes.

—Yo no he hecho ningún voto y soy pobre —dijo a su vez Eder después de beber un trago de vino—, no tengo relaciones con ninguna mujer y me he pasado la vida obedeciendo órdenes.

El templario se echó a reír. Cada vez le gustaba más aquel joven salido de las montañas, aquel pagano más creyente que otros que pretendían serlo, aquel «leproso» sin lepra. Sería un buen elemento para la orden, un espíritu sin contaminar, un alma pura, pensó, pero rechazó de inmediato la idea. El pajarillo aún no había

desplegado las alas y él conocía demasiados casos de hombres maduros que se habían dado cuenta tarde de que su vocación no era precisamente pasarse la vida entre los muros de un monasterio o de una encomienda. El Señor podía ser servido de maneras muy diferentes.

—Cuando nos conocimos, me dijiste que tallabas...

—Tallaba...

—¿El qué?

—Un poco de todo... Figuras, útiles, mangos de cuchillos, arcones...

—¿No llevas nada de lo hecho por ti en ese saco que no descuidas ni para dormir?

Con un ademán instintivo, Eder se aferró al morral que, como siempre, colgaba de su hombro, frunció el ceño y la duda asomó a sus ojos, lo que sorprendió a Bertrand, que no esperaba una reacción semejante. Los dos se mantuvieron la mirada durante un buen rato, pero fue el joven el primero en ceder. Una vez había confiado en alguien y no le había ido mal, no perdía nada en confiar de nuevo. Abrió el saco, extrajo la figura y la colocó sobre la mesa, negra por la mugre.

El hombre permaneció silencioso, absorto en la contemplación de la pequeña imagen de madera encerada que, de pronto, había iluminado el oscuro rincón de una taberna y sintió la boca seca.

No se atrevía a tocarla por miedo a romper el instante mágico, pero no podía dejar de mirarla. Entonces... era así. La Virgo paritura, la Madre de la humanidad era una campesina sin corona, adornos, ni trono; una mujer descalza, casi una niña, que sujetaba su vientre grávido a punto de alumbrar. Un pobre montañés, hijo de leñadores, había mostrado mejor que cualquier maestro tallista de las grandes catedrales la esencia de la maternidad, la belleza del ser creado por Dios; había sido capaz de representar la obra

divina en un pedazo de madera sin pintar, sin dorados ni plata, sin joyas incrustadas.

—Hace unos días me dijiste que habías vuelto porque creías que tu maestro estaba en peligro —dijo con voz ronca dando un giro a la conversación—. ¿Conoces a un tal Robert de Reims?

No hizo falta que Eder respondiera; el temor reflejado en su rostro fue suficiente para confirmar las sospechas del freire.

—¿Lo conoces? —insistió sin embargo.

—Su verdadero nombre es Robert Lepetit —afirmó finalmente el joven después de un breve silencio—. Es o fue, no lo sé, inquisidor en las tierras francesas del rey Teobaldo. Condenó a la hoguera a la esposa del maestro Bisol acusándola de ser una hereje cátara, y sospecho que asesinó a mi tía Elaia. También fue él quien atacó al maestro en su casa de Pamplona. Él me lo confesó el mismo día de su muerte.

Bertrand continuaba sin poder apartar la mirada de la imagen, pero su cerebro funcionaba a toda velocidad. Conocía el caso del inquisidor juzgado y condenado por un tribunal eclesiástico debido a sus muchos excesos y tropelías; la historia dio mucho que hablar años atrás, pero había caído en el olvido. Si las acusaciones del antiguo monje habían dejado en él algún poso de duda sobre Eder, si todavía tenía alguna sospecha acerca del aprendiz, del joven artesano cuyas manos eran capaces de dar vida a un sueño, lo que éste le acababa de decir las había hecho desaparecer de golpe.

—¿Por qué iba a atacar ese hombre a Geoffroi Bisol? ¿Por qué te busca a ti?

—Por...

Eder calló. Su secreto era su seguridad, se dijo, pero también era cierto que de nada le valdría si el predicador se lo arrebataba y

lo destruía. ¿Cuáles habían sido las palabras de su maestro cuando le confió el documento? «Quiero estar seguro de que se halla en buenas manos y puede ser utilizado contra ese anticristo, asesino de inocentes, que se proclama la voz de Dios.» El maestro estaba ahora muerto y era preciso que alguien más estuviera al corriente.

Él era sólo un artesano, no tenía ninguna fuerza, nadie le creería.

Tal vez había llegado el momento de traspasar el secreto a alguien que pudiera dar buen uso de él.

El comendador permanecía en silencio a la espera de que se decidiera a hablar. No quería presionarlo, a pesar de la impaciencia que sentía; lo vio asir la figurilla y manipularla por la base.

—Por esto —dijo Eder al tiempo que sacaba de su escondite el rollo de pergamino y se lo tendía.

Cuando regresaron al monasterio, Bertrand se encerró en su celda y desplegó el documento con manos nerviosas. Leyó lo escrito en el reverso y entendió la razón por la cual el antiguo inquisidor deseaba recuperarlo con tanto empeño, pero lo que más le interesó fue el jardín de la oca pintado en el anverso. Le habría gustado saber cómo había llegado a manos de Bisol, pero era inútil pensar en ello porque el maestro ya no podía responder y el joven no parecía conocer su procedencia. Lo examinó con atención a la luz del candil. Era muy antiguo, mucho más que la denuncia que implicaba en un asesinato a Lepetit. El pergamino era de excelente calidad y no mostraba imperfección alguna, aunque no podría asegurar si se trataba de piel de venado, de cabra o de ternera; había sido raspado en varias operaciones hasta lograr un espesor poco habitual por lo fino y elástico, que permitía su enrollamiento sin que se apreciaran quebraduras o desgarros en él.

Sólo su color, oscuro por el paso del tiempo, daba una pista sobre su antigüedad y también la daba el tipo de tintas utilizadas. No era un experto, pero se preciaba de conocer el arte de la escritura y de la ilustración. Su tío, abad durante la mitad de su vida de la abadía real de San Pedro de Chaumes, en Brie, era un magnífico

miniaturista. Él le había introducido en el miniado de códices cuando todavía era un niño, y su familia, una de las más importantes de la región, lo confió a la tutela del tío. Sin llegar a ser ni la mitad de experto que su pariente y los otros monjes que ocupaban el scriptorium de la abadía, él también aprendió las técnicas para fabricar el color rojo a partir del mineral de minium o de la madera roja traída de Oriente y utilizada para preparar lacas alumbradas; el azul, elaborado con polvo de lapislázuli; la doratura, realizada con pan de oro; el verde, el amarillo... Aquél era un trabajo excelente, digno de un buen conocedor no sólo del arte del miniado, sino también del significado del jardín de la oca.

Algunos creían que se trataba de una ilustración que reproducía el viaje a Compostela; cada casilla correspondería a una etapa del Camino. Se hablaba también de una antigua representación de la senda iniciática que todo ser humano emprendía al nacer; algunos la seguían y se hallaban a sí mismos; otros, sin embargo, ignoraban las señales y pasaban por la vida sin dejar huella de su existencia. Había incluso quien lo consideraba un mero juego de azar, un entretenimiento, igual que los dados, el ajedrez o las damas, pero Bertrand sabía que se trataba de otra cosa. Durante sus años en Tierra Santa había tenido la oportunidad de conocer la interpretación que en Oriente se daba al extraño dibujo, una tradición llegada desde los confines del mundo conocido por aquellas latitudes. Era un tablero de adivinación mediante el cual podía predecirse el futuro, y se basaba en el significado de los números, una teoría ya expuesta por los matemáticos egipcios y griegos, con Pitágoras al frente, y desarrollada por los estudiosos hebreos de la cabala. La interpretación del futuro, práctica condenada por la Iglesia, era un arma poderosa. Era absolutamente necesario que no cayese en manos de un iluminado como Robert Lepetit, pensó, y dedicó parte de la noche a copiar el texto escrito en el reverso.

A

ubert informó a Robert Lepetit de que los hombres encargados de seguir los movimientos del comendador y del aprendiz no los habían visto salir del edificio colindante al hospital en los tres días que llevaban turnándose de día y de noche.

—Tal vez han abandonado la encomienda... —apuntó.

—Pues ve a enterarte —le ordenó el Bugre con brusquedad.

Aubert salió de mala gana, cada día le costaba más acatar las órdenes del predicador. Se dirigió a los edificios templarios y entró en el hospital.

—¿Dónde puedo encontrar al comendador Bertrand de Garlande? —preguntó con una sonrisa al hospitalero.

—¿Para qué queréis verlo?

—Acabo de llegar de Francia y traigo noticias de su familia...

—A pesar de vuestros hábitos, no tenéis aspecto de peregrino

—afirmó el hospitalero en tono de duda.

—Pues lo soy. Me hospedo en la casa del señor de Uterga, cuya esposa es prima mía.

—Ya me parecía a mí que mostrabais un aire muy descansado...

—¿Y el comendador? —insistió Aubert sin perder la sonrisa ni la paciencia.

—En estos momentos se halla por el camino peregrino, de inspección. Tenemos casas en varias localidades.

—¿Y sabéis cuándo regresará?

—No. A veces permanece un par de días fuera y otras veces aún más tiempo.

—Habré de esperar entonces su regreso. Quedad con Dios, buen hombre.

—Lo mismo os digo.

Aubert se tomó su tiempo antes de volver para informar de la marcha del comendador y probablemente la del aprendiz.

Necesitaba estar solo. La vida en comunidad comenzaba a pesarle.

Perdida la veneración por el hombre que una vez había tenido por santo, también la había perdido por todo lo que él representaba. El hermano Robert se empeñaba en que cumplieran las horas del oficio divino como si estuvieran en un monasterio y ellos fueran monjes. Quizá él sí lo era, no tenía la certeza, pero no así todos los demás. Los obligaba a levantarse pasada la medianoche para rezar los maitines, después llegaban los laudes, las horas menores, las vísperas, las completas antes de acostarse... Incluso en las jornadas de viaje debían detenerse para rezar, y luego estaban aquellas prédicas que se repetían una y otra vez y durante las cuales hablaba de herejes, enemigos de la fe, castigos divinos y llamas penitenciarias. Al igual que había ocurrido a lo largo de todo el Camino, y también en Pamplona, el predicador había logrado atraer a un grupo de personas, mujeres en su mayoría, que acudían a escucharle cada atardecer. Pronto la casa se quedó pequeña y una de las devotas ofreció su pajar y no sólo el pajar, también comida, mantas y dinero, siendo imitada por las demás, de forma que no carecían de nada.

Se detuvo para observar a una mujer que discutía con un vendedor por el precio de las verduras y la examinó con detenimiento. Era del tipo que a él le gustaba, entrada en carnes y rubicunda. Hacía mucho tiempo que no se acostaba con una mujer, tanto que ya ni recordaba cuándo había sido la última vez, y se imaginó a aquélla desnuda entre sus brazos y a él manoseando su hermoso trasero y perdiéndose entre sus pechos voluminosos. En ese momento, la mujer se volvió hacia él y le sonrió. Fue

suficiente. Echó a andar a paso rápido y se dirigió hacia el portal del Puente, lo cruzó y tomó la senda de los peregrinos. Buscaría al comendador, donde quiera que estuviese, y le alertaría sobre las intenciones del predicador. Después... Dios diría.

A la altura de Zirauki, Aubert pidió en la iglesia algo de comer por caridad y, antes de proseguir la marcha, aprovechó para robar unas prendas de campesino que se secaban al sol, sobre la hierba, en la parte posterior del templo. Salió corriendo sin mirar atrás, temeroso de ser pillado in fraganti pero, al mismo tiempo, satisfecho de sí mismo. Después de casi cinco años, volvía a su antiguo oficio. No detuvo la carrera hasta llegar a Lorca, una población pequeña en la que aún se recordaba la muerte de un tal rey García Ramírez el Restaurador, cien años antes, como escuchó decir a dos caminantes al llegar a su altura y sobrepasarlos. Se acercó a la orilla del río llamado Salado por la gran salinidad de sus aguas, se despojó del hábito, el mismo que le habían proporcionado los monjes de Sancto Emiliano, y lo tiró entre unos matorrales; después se introdujo en el agua a pesar de que dos peregrinos que cruzaban el puente en ese mismo momento le advirtieron de lo peligroso de su acción, ya que, como todo el mundo sabía, aquéllas eran aguas venenosas. Le daba igual. La última vez que había tomado un baño había sido precisamente en el monasterio aquitano, y desde entonces vestía el mismo hábito que había llegado a convertirse en una segunda piel para él. No era que antes de su experiencia mística hubiera sido un hombre demasiado limpio, pero cinco años sin llevar calzones ni sentir el contacto de una camisa recién lavada era demasiado tiempo. Se dejó acariciar por el agua y se frotó el cuerpo con unas hojas de helécho, aunque sin conseguir hacer desaparecer la mugre acumulada, pero no metió la cabeza por si acaso los peregrinos tenían razón y el agua estaba envenenada. Ya vestido con las ropas de campesino, se sintió un hombre nuevo y volvió al Camino, donde tuvo la buena fortuna de alcanzar de nuevo a los dos hombres y éstos le ofrecieron compartir su pan y su agua, siguiendo la máxima de los caminantes de ayudarse unos a otros.

Realizó en su compañía el resto del trayecto hasta llegar a la hermosa y populosa villa de Estella, a orillas del Ega.

Los ojos se le abrieron como platos y la boca se le hizo agua al contemplar los puestos de la rúa Mayor repletos de verduras, quesos, racimos de uva y chacinería variada, pero ni siquiera tenía una moneda pequeña para adquirir una manzana. El hermano Robert controlaba las limosnas y sólo abría la bolsa colgada de su cintura cuando era necesario comprar algo de comida, lo cual ocurría raramente dada su habilidad para encandilar a la gente y conseguir alimentos. No hubiese querido exponerse tan pronto, pero la necesidad apremiaba; chasqueó los dedos y se dispuso a robar al primer viandante descuidado. Le llevó más tiempo del que esperaba; no estaba seguro de la habilidad que en sus buenos tiempos lo habían hecho famoso entre los rateros de París. La presencia del mayoral del burgo y de sus hombres, atentos en todo momento a lo que ocurría a su alrededor, tampoco ayudaba a infundirle confianza. Se decidió a buscar un sitio mejor y encaminó sus pasos hacia la iglesia situada al final de la rúa, en una elevación a la que se ascendía por una escalinata que parecía no tener fin. Desde lo alto, contempló la población y la vista confirmó su primera apreciación: el lugar respiraba prosperidad por todos los costados. Una brisa con olor a campo mezclada con un aroma a guisos le recordó la razón de su ascensión hasta aquella iglesia, e iba a penetrar en ella cuando vio a un hombre gordo, rojo por el esfuerzo, bien vestido y con aspecto de comerciante, que se agarraba a la baranda de piedra y subía con dificultad. En dos saltos se plantó a su lado.

—¿Puedo ayudaros? —preguntó solícito—. Se os ve fatigado.

El hombre lo miró con desconfianza y negó con la cabeza.

Aubert lo saludó con la mano e hizo ademán de volver a subir.

—¡Espera! Ayúdame —le rogó el hombre—. Te daré unas monedas...

—Lo haré gratis, señor —respondió el ratero—. Es obligación de todo buen cristiano ayudar a sus semejantes.

Dejó que el hombre apoyara el brazo sobre su hombro, le paso el suyo por la cintura y, despacio, alcanzaron la puerta de la iglesia; lo acompañó hasta uno de los pocos asientos que había en el interior y respondió con una sonrisa a sus palabras de agradecimiento. Instantes después, bajaba de dos en dos la escalinata con la bolsa del comerciante introducida en las calzas.

—¡Ha sido como desvalijar a un niño! —exclamó entre dientes, y estuvo a punto de soltar una carcajada al recordar lo fácil que había sido soltar la bolsa de la cintura del gordo mientras le ayudaba a subir por las escaleras.

De todos modos, y por si acaso, se apresuró a cruzar el puente del Pópulo que unía las dos márgenes del río y también el burgo franco con el barrio navarro de San Juan. Más valía desaparecer de la vista no fuera a ser que el hombre diera su descripción al mayoral y él acabara con los huesos en el cárcel. Según había oído decir, los navarros eran capaces de colgar del primer árbol al ladrón pillado con lo robado encima. Ya en el otro lado del río, compró en un puesto de telas una camisa blanca, unas calzas y un sayo de color oscuro, de los usados por los artesanos. Compró asimismo al vendedor de al lado un par de medias de lana y unas botas cortas. Las sandalias que el hermano Robert les obligaba a calzar tanto en verano como en invierno presentaban unos enormes agujeros en las suelas. También habría podido ir descalzo, se dijo, porque la corteza de piel de las plantas de sus pies era casi tan gruesa como la de las suelas de las sandalias.

Acudió a continuación a la casa de baños y se dejó restregar a fondo por una mujer de fuertes brazos que no dejó de hacer comentarios sobre su suciedad. Se echó a reír con ganas. Años sin acercarse al agua y ahora, en un jornada, se había bañado dos veces.

Limpio, vestido con ropa y calzado recién estrenados, salió a la calle dispuesto a disfrutar de su nueva posición. La bolsa del

comerciante estaba suficientemente repleta para permitirse placeres de los cuales, en realidad, jamás había disfrutado, ni siquiera antes de su «conversión». Podía incluso hospedarse en una posada como un potentado y darse un banquete de lechón asado con costrones acompañado de una buena jarra de vino.

También dormiría hasta hartarse en un lecho confortable sin que nadie viniese a despertarlo para rezar los maitines y, sobre todo, no lo haría solo. Se dirigió a la Garlanda vieja del mercado de San Miguel y alquiló una habitación en una hospedería recomendada por la mujer de la casa de baños, donde el hospedero le pidió la mitad del precio por adelantado.

—Debéis comprender que en una villa como ésta, repleta de viajeros que van y vienen, uno no se fíe —se disculpó el hombre.

—Os pagaré el total por adelantado si me conseguís compañía para esta noche —le dijo él haciendo tintinear la bolsa de los dineros—. La quiero hermosa en carnes, de piel rosada y cabello rubio.

El cielo mencionado por el hermano Robert tenía que ser algo parecido a la noche de amor y pasión en brazos de aquella mujer que había hecho posibles todas sus fantasías, pensó Aubert sin sentirse en absoluto culpable por haber roto la castidad obligada durante tanto tiempo, cuando ella se marchó prometiendo volver la noche siguiente. Se quedó dormido, agotado y feliz, escuchando el despertar de los ruidos de la calle, las voces del aguador y del vendedor de carne, y las de las mujeres llamándolos.

Durante un par de semanas se dio la gran vida, no reparó en gastos, compró ropas y calzados costosos, comió en las mejores tabernas y durmió todas las noches con la rubia de carnes sonrosadas, pero una mañana se despertó y comprobó que solamente le quedaban cuatro sueldos desanchete en la bolsa.

Tiempo era pues de partir. Revendió las prendas utilizadas una vez, alguna de ellas ni siquiera eso, por las que obtuvo un tercio de lo abonado al comprarlas y, vestido como un burgués venido a menos, se dispuso a abandonar la villa. No había olvidado su

primera intención, poner sobre aviso al comendador acerca de las intenciones del predicador respecto al aprendiz. El tiempo pasado en Estella había transcurrido como en un sueño y tal vez era tarde, se dijo, y el comendador y el mozo habían regresado ya a Gares, pero no perdía nada por intentarlo. Además, cuanto más lejos se hallara del hermano Robert, mejor. Una de sus pláticas preferidas era el fin que les esperaba a los traidores, poniendo a Judas Iscariote como ejemplo. «Se ahorcó presa de los remordimientos

—solía decirles— y ése es el fin que espera a todos aquellos que traicionan a Dios y a los hombres elegidos por él para llevar la Palabra a los pecadores.»

Estaba claro que él se consideraba uno de los elegidos, y después de haberlo visto actuar en Baigorri y en Pamplona, Aubert no tenía ninguna duda de cuál sería el destino que le esperaba si llegaba a caer en sus manos, así que más le valía poner tierra por medio y asegurarse la protección del poderoso comendador templario.

La hermosa rubicunda le hizo cambiar de planes. Se echó a llorar en cuanto supo sus intenciones fie abandonar la villa, lo abrazó, lo besó y le ofreció su propio hogar, una humilde casa de madera y argamasa, situada junto a otras de la misma factura a orillas del río, cerca del puente de las Berzas. No pudo negarse; con sus cuatro sueldos le compró una manteleta de lana para que se la echase por encima de los hombros ahora que llegaban los fríos y se fue a vivir con ella.

R

obert no se percató de la ausencia de su discípulo más querido, como él lo llamaba delante de los demás, hasta justo antes del sermón que diariamente impartía en el pajar. Había estado

ocupado durante toda la tarde intentando entrevistarse con la esposa de Antoine Brulé. En un principio, el caballero se había mostrado tan atento como en su primer encuentro. Le comunicó que su mujer se sentía ya totalmente repuesta y que recibiría con placer a alguien que había conocido a su padre. Envió a un sirviente en su búsqueda y no ocultó su contrariedad cuando el criado regresó para decirle que la señora rogaba la disculpasen; no se sentía bien y prefería permanecer en su dormitorio. La contrariedad dio paso a la preocupación; el señor Brulé pidió disculpas, le rogó que esperase y salió, dejándolo solo en medio del patio. Lo vio subir al primer piso, caminar por el balconcillo corrido y desaparecer tras una puerta. Los días comenzaban a acortarse y el calor del sol sólo se dejaba sentir durante el mediodía. Hacía frío en aquel patio en el que unas manos anónimas habían depositado en una esquina un par de macetas cuyas flores colgaban marchitas. El tiempo apremiaba y el invierno no tardaría en llegar. Tenía que tomar una decisión, pero no podía reanudar el viaje sin conocer el paradero del documento.

Cuando Brulé volvió a bajar, lo hizo con un semblante serio, muy distinto al que lo había recibido a su llegada.

—Lo siento —comenzó diciendo en tono seco—. En efecto, mi esposa no se siente bien. Aún colean los síntomas que la mantuvieron en cama durante varias semanas. Otra vez será.

Al decir las últimas palabras, el caballero le indicó la salida con la mano y él mismo lo acompañó hasta la puerta. Antes de abandonar la casa, se giró para despedirse y pudo ver en el piso superior a la hija de la hereje acompañada de una mujer bastante más vieja. Reconoció a esta última al instante: era la sirvienta de Geoffroi Bisol a quien Aubert y él habían golpeado y encerrado en la despensilla. Ambas lo contemplaban desde su altura con actitud seria y... también asustada. Pensó en ello mientras se encaminaba hacia el pajar para dar su plática. ¿Lo habrían reconocido y se lo habrían dicho a Brulé? Sólo así podía entenderse el cambio en la actitud del consejero real, pero, que él recordara, nunca había estado cara a cara con la hija del constructor y era imposible que

la criada pudiese reconocerlo. La oscuridad y el golpe recibido no habían podido darle tiempo de fijarse en sus rasgos la noche en la que acudieron a la casa de Bisol. ¿Entonces?

Regresó a su casa para prepararse para el sermón y fue entonces cuando se percató de la ausencia de su segundo; preguntó por él, pero ninguno de los compañeros lo había visto desde la mañana. Una sospecha comenzó a fraguarse en su cerebro, pero no podía ser cierta. Envió a los once hombres en busca de Aubert; les encargó buscar por todas partes, incluso en la taberna, en la mancebía extramuros, en la calle de los judíos.

—No dejéis de examinar ni un solo rincón por extraño que os parezca —les ordenó—, preguntad en todas partes, en el hospital, en las iglesias, en los puestos del mercado... Nuestro hermano puede estar en peligro y precisar nuestra ayuda —añadió para convencerse de que no se trataba de una deserción.

La villa no era grande. Si Aubert se hallaba en ella, lo encontrarían; si no... Más valía no pensar en ello por el momento.

Los hombres regresaron justo antes de comenzar el sermón en el pajar para confirmar lo que en el fondo temía. No había ni rastro del hermano Aubert. El que había acudido al hospital le informó de que el encargado había asegurado no ser el mismo que estaba de servicio durante la mañana y que debería esperar hasta el día siguiente para poder hablar con él.

Aquella tarde la plática comenzó con la más famosa de las profecías del profeta menor Sofonías: «El día de la ira de Jehová», que Robert conocía de memoria.

—«Destruiré por completo todas las cosas de sobre la faz de la tierra, dice Jehová —repitió en tono cavernoso—. Destruiré a los hombres y las bestias, destruiré las aves del cielo y los peces del mar, cortaré a los impíos y raeré a los hombres de sobre la faz de la tierra, dice Jehová.»

A medida que hablaba, su voz fue elevándose hasta convertirse en un discurso airado que puso los pelos de punta, amedrentó a los presentes e hizo llorar a las devotas.

—«Día de ira aquel día, día de angustia y de aprieto, día de alboroto y de asolamiento, día de tiniebla y de oscuridad, día de nublado y de tinieblas, día de trompeta y de algazara sobre las ciudades fortificadas y sobre las altas torres. Y atribularé a los hombres, y andarán como ciegos porque pecaron contra Jehová; y la sangre de ellos será derramada como polvo, y su carne como estiércol. Ni su plata ni su oro podrán librarlos en el día de la ira de Jehová, pues toda la tierra será consumida con el fuego de su celo, porque ciertamente destruirá a todos los habitantes de la tierra.»

La cólera de Dios caería sobre los pecadores, en especial sobre los herejes, malditos leprosos espirituales, cuyas almas se pudrían en vida al igual que sus cuerpos arderían en la eternidad del infierno reservado para ellos; sobre las mujeres, todas, culpables de los males de la humanidad; sobre los traidores que vendían a su señor por unas monedas; sobre los monjes que, ocultándose tras el hábito de pobreza, llenaban de riquezas sus monasterios; sobre los gobernantes sin escrúpulos, los burgueses adocenados, los campesinos asilvestrados e, incluso, el Papa influido y manejado por consejeros heterodoxos, entre ellos, su propio secretario. No dejó títere con cabeza. Embalado por su propia oratoria y por los rostros compungidos unos, y estupefactos otros, que veía frente a él, la prédica duró más de lo acostumbrado, sus gritos alertaron a los que pasaban por los alrededores y hubo quien salió del lugar para regresar poco después acompañado por otras personas. Nunca se había escuchado algo parecido y en el pajar no cabía una mosca. El predicador acabó exhausto y con la voz ronca.

Las consecuencias no se hicieron esperar. Antes de que les hubiera dado tiempo de acabar la cena, él y sus hombres se vieron sorprendidos por unos golpes fuertes en la puerta. El dueño de la casa, Johan Martínez de Uterga, acompañado por dos monjes del

Temple, otros dos de San Juan del Hospital, varios notables, soldados y burgueses, entraron en tromba, la expresión enfurecida y las armas en la mano, cuando uno de los discípulos les abrió paso. Les conminaron a abandonar la villa en aquel mismo instante con la advertencia de que nunca más volvieran a ella si no querían ser encerrados y entregados a la justicia real. No les permitieron recoger nada y los acompañaron hasta el portal del Puente en medio de un gran revuelo, empujones e insultos de la población que esperaba a ambos lados de la rúa dels Rumeus.

Todos los habitantes de Gares y también los peregrinos se habían dado cita para echarlos del lugar.

Los discípulos salieron presurosos de la muralla y echaron a correr al poner los pies en los primeros tramos del puente. El predicador iba en último lugar. Caminaba despacio, la mirada al frente. Un poco antes de llegar al centro del puente y cuando ya los demás habían desaparecido de la vista por la otra vertiente, Robert se detuvo y se giró. Más de un testigo de su marcha sintió una cierta aprensión al observar la figura alta, iluminada en la noche por la luz de las antorchas, de aspecto bíblico y cabellos demasiado largos agitados por la brisa.

—«Yavé hizo llover fuego y azufre sobre Sodoma y Gomorra; las destruyó junto con todas las personas que habitaban allí y acabó con todo lo que crecía en aquel valle» —recitó con voz potente. Y añadió—: Así este lugar será destruido por la ira de Dios. ¡Os lo prometo!

La respuesta fue una lluvia de piedras, una de las cuales le alcanzó en un brazo. En ese momento, perdió la compostura y echó a correr hacia el otro extremo del puente donde lo esperaban sus hombres. Desaparecieron en la oscuridad y caminaron a paso rápido hasta Mañeru, pequeño pueblo a unas millas de Gares, propiedad también de los monjes templarios, donde fueron a pedir asilo en la primera casa que encontraron. Abrieron la puerta dos hombres, uno viejo y otro joven; ambos eran una imagen repetida cuya única diferencia estribaba en las arrugas del primero, y los

dos llevaban una vela en una mano y un garrote en la otra. No les permitieron la entrada pero, después de examinarlos atentamente sin decir palabra, los acompañaron a la cuadra aneja a la vivienda y los dejaron allí sin luz.

—¡Malditos paganos! ¡Así ardan en el infierno! —exclamó Robert al encontrarse perdido en medio de la oscuridad. El brazo apedreado le dolía cada vez más y no se atrevía a dar un paso por miedo a toparse con el morro de una vaca o con algo peor.

Antes de que ninguno de ellos hubiera intentado buscar un rincón donde poder sentarse y descansar, volvieron a aparecer los dos hombres con un candil de aceite encendido, varias mantas y un cesto en el que había pan, queso y manzanas, así como una jarra de vino. Les entregaron las cosas y volvieron a desaparecer sin haber abierto la boca. El Bugre y los suyos encontraron un lugar bastante limpio en un rincón de la cuadra y se acomodaron de la mejor manera posible. Estaban agotados, tenían los pies doloridos y, sobre todo, hambre y sed. La jarra de vino no duró más de una vuelta, pero uno de ellos, mozo de granja cuando era joven, sabía ordeñar y no tardó en ponerse a la tarea; llenó un cubo de madera que encontró colgado de un clavo y lo vaciaron con ayuda de la jarra. Aquella noche no hubo oraciones y no tardaron en quedarse dormidos gracias al calórcillo reinante dentro de la cuadra y a tener saciados los estómagos.

No era mal sitio después de todo, pensó Robert, mientras se frotaba el brazo dolorido; lo hubieran pasado verdaderamente mal a la intemperie sin ropas de abrigo y la helada que desde hacía algunas noches cubría los campos de escarcha. No podía dormir.

Era difícil, a pesar del cansancio, reposar en paz con la mente trabajando sin descanso. Repasó lo ocurrido durante la jornada —

su visita frustrada a la casa de los Brulé, la deserción de Aubert, su plática encendida y su expulsión de Gares como si fueran unos apestosos— y llegó a la conclusión de que su situación actual era tanto o más humillante que la soportada en París tras escapar de la prisión franciscana. Jamás lo olvidaría y alguien tendría que pagar

por ello. La mortecina luz del candil alumbraba a sus seguidores; los once dormían a pierna suelta entre ronquidos y suspiros. Eran hombres simples, se dijo, incapaces de pensar por sí mismos, borregos que seguían al pastor. Comenzaba a estar harto de preocuparse por ellos, harto de andar siempre en su compañía, y no se fiaba de ninguno, mucho menos ahora que había sido traicionado por quien creía el más fiel. ¿Hasta qué punto estarían sus discípulos dispuestos a defenderlo?, se preguntó. Tal vez las cosas hubieran sido diferentes para Jesucristo de no haber estado acompañado por un cobarde como Pedro que le negó, un incrédulo como Tomás, un pusilánime como Juan, un traidor como Judas...

¿Qué habían hecho todos ellos cuando Él fue hecho preso? Nada, y nada harían éstos si a él le ocurriera algo parecido. Antes de quedarse por fin dormido ya había tomado una decisión: seguiría solo a la primera oportunidad que se le presentase. No necesitaba a nadie para llevar a cabo su destino.

Al llegar a Estella al día siguiente, Robert dejó a sus hombres en la iglesia del Santo Sepulcro, con la orden de esperar su regreso, después de entregarles algunas monedas para que adquiriesen algo de comer, y él se dirigió al burgo de San Martín.

No tenía muy claro qué haría, pero la idea de la víspera se había afianzado en él durante el trayecto desde Mañeru. Tenía dudas por primera vez de la misión que se había impuesto: acabar con los herejes, discípulos del diablo. Pensó que tal vez había otras formas de llevarla a cabo. La desgraciada experiencia de Gares le había hecho ver las cosas de modo diferente. El mundo estaba tan corrompido que era tarea casi imposible oponerse abiertamente a él. Sin el apoyo de la Iglesia oficial ni el de los poderes terrenales estaba abocado al fracaso, y más teniendo en cuenta que sobre él pesaba una condena emitida por aquellos que se decían representantes de Dios. No obstante, ahí estaban los santos padres de la Iglesia: Ignacio de Antioquia, Justino, Orígenes, Luciano..., todos ellos luchadores contra la herejía y también, recordó, mártires por la fe. No estaba muy seguro de querer ser él también un mártir. Había, sin embargo, otros que no habían tenido que derramar su sangre en aras de la religión, en especial San Agustín,

quien, a pesar de ser hijo de un pagano y haber profesado las creencias maniqueístas, había llegado a ser el mayor exegeta de la Sagrada Escritura y azote de herejes. Con sus conocimientos en teología, su don de palabra y los años transcurridos en las escuelas de París, estaba en condiciones de presentarse bajo la identidad de un estudioso, un filósofo, un erudito en materia religiosa o cualquier otra que se le ocurriese, pero para ello debía cambiar su imagen.

Nada más poner los pies en el burgo, entró en una taberna y se comió media pierna de cordero acompañada con alcachofas rebozadas que pagó con dineros de la bolsa de las limosnas. A continuación, acudió a una tienda de paños y adquirió una camisa larga de color blanco, un hábito escolar negro y una sobrevesta también negra. Además, compró un gorro, especie de casquete de paño de color pardo con dos tiras para atárselo bajo la barbilla, unas medias de lana y unos zapatos de piel suave. Después buscó al barbero y se hizo cortar el cabello al modo de los francos, recortado hasta las sienes; también pidió que lo afeitara.

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