El Verdugo De Dios
Epílogo 188
Epílogo
U
n atardecer de finales del verano, un hombre cubierto de andrajos y las manos cubiertas de vendas llamó a la puerta de la alberguería de la orden de San Juan, situada a poca distancia de la localidad de Navarrete en tierras del río Oja. Mientras esperaba, el hombre levantó la vista y sintió un escalofrío al descubrir, entre las sombras del ocaso, unos rostros aterradores esculpidos en el portal. La puerta crujió al abrirse y una cabeza rapada asomó por ella. El monje reculó un paso al ver sus vendajes.
—La leprosería está en Navarrete —dijo e intentó cerrar la puerta, pero el hombre avanzó y se interpuso.
—No soy leproso —afirmó en un tono irritado de voz.
—¿Y esas vendas?
El hombre se quitó las vendas mugrosas que cubrían sus manos y el monje no reprimió un gesto de repulsión. La piel mostraba las huellas de unas terribles quemaduras, aparecía arrugada, surcada por cicatrices de color rojo; los dedos sin uñas parecían garfios deformes.
—¿Qué te ha ocurrido, hermano? —preguntó el monje tratando de vencer su aversión.
—Estaba en la granja de los freires templarios cuando el incendio.
Todo el mundo conocía el luctuoso suceso a leguas a la redonda. Los peregrinos supervivientes habían relatado el hecho con todo lujo de detalles y habían añadido algunos más inventados
por ellos. El hombre cubrió de nuevo sus manos con las vendas y el monje se hizo a un lado para dejarlo pasar.
—¿Cuál es tu nombre? —le preguntó mientras cerraba la puerta.
—Robert.
—Pasa, hermano. Bienvenido seas en la casa de Dios.
El monje echó a andar indicándole el camino. El Bugre miró alrededor de él, extrajo el pergamino guardado entre los harapos, lo estrujó entre sus dedos descarnados y una mueca desagradable contrajo su rostro.
—Dios está muerto —musitó entre dientes.
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☙
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