El Verdugo De Dios

Toti Martinez de Lezea · Capítulo 11 de 16 · parte 1/3

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El Verdugo De Dios

Dorreaga (Torres del Río) 155

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

Dorreaga (Torres del Río) L

os dos jinetes sobre la misma montura cabalgaron durante el resto de la jornada y llegaron a Los Arcos ya muy entrada la noche, pero no se detuvieron a pesar de que el caballo daba señales de cansancio y resoplaba ruidosamente.

—En esta iglesia también hay una Madre negra —dijo Bertrand al pasar por delante—, pero ya habrá tiempo de verla.

Eder no respondió de inmediato. Le dolía el cuerpo, tenía hambre y se preguntaba cómo podía el hombre aguantar tanto siendo mucho más viejo que él.

—¿Adonde vamos?—preguntó al cabo de un rato.

Era noche cerrada y la oscuridad envolvía la región, pero Ferragut parecía conocer bien el camino y continuaba avanzando sin vacilar. También hacía frío, mucho frío. Eder no sentía los dedos de sus manos ni de sus pies y se aferraba con fuerza a los hombros del freire temiendo perder el sentido en cualquier momento

—A Dorreaga, una granja de la encomienda. Allí estarás seguro —respondió el monje-soldado.

Primero creyó que se trataba de una estrella desprendida del cielo. La luz parpadeaba, desaparecía y volvía a aparecer. Era un puntito luminoso que aumentaba de tamaño a medida que ellos se aproximaban. También podía tratarse de una hoguera, pensó el joven, como las que los montañeses encendían en Baigorri para calentarse durante los meses de invierno o para celebrar los

solsticios, pero aquéllas tenían más volumen y, además, ésta parecía flotar en el aire, como una enorme lámpara sostenida por una mano invisible.

A pesar de la hora tardía, cercana al amanecer, la puerta del edificio contiguo a la iglesia se abrió en cuanto Bertrand golpeó en ella. Primero un monje y después algunos más aparecieron portando velas y candiles. La actitud desconfiada —Eder incluso llegó a avistar una espada oculta entre los pliegues de la camisa de uno de ellos— se trocó en sincera alegría cuando los hombres reconocieron al visitante que interrumpía sus sueños, al cual, uno a uno, abrazaron y besaron en las mejillas. Después de beber sendos cuencos de leche caliente y comer unos bollos de pan untados con miel, los acompañaron a un cuarto en el que, por orden del comendador, instalaron un catre de campaña al lado de la única cama que había y luego los dejaron solos. La habitación era de factura austera tal como correspondía a una orden inspirada por Bernard de Clairvaux, fundador del Císter, en la cual la pobreza formaba una trinidad junto a la obediencia y la castidad.

No había allí alfombras, ni pinturas, ni adornos o muebles; sólo silencio.

—No quiero perderte de vista ni siquiera cuando duermes —

afirmó Bertrand señalándole el catre.

El joven no podía mantener los ojos abiertos, se dejó caer encima del colchón de hierbas y se quedó dormido. El comendador le quitó las botas y lo cubrió con una manta con gesto paternal; después se arrodilló en el suelo ante un crucifijo que pendía de una de las paredes y rezó durante unos minutos antes de acostarse él también y, al igual que su acompañante, quedarse dormido sin apenas darse cuenta.

El olor a comida, las voces que le llegaban de dentro de la casa y los ruidos que entraban por la ventana lograron por fin despertarlo a eso del mediodía. No había una sola parte del cuerpo que no le doliera después de la cabalgada de la víspera. Le costó un verdadero esfuerzo sentarse y mucho más ponerse en pie; al

hacerlo, creyó que sus piernas no resistirían su peso, pero consiguió sostenerse y acercarse al aguamanil que había en un rincón. Vertió el contenido de la jarra sobre su cabeza y metió la cara en el agua hasta sentirse despejado del todo; luego salió de la habitación. Siguiendo el eco de las voces y el olor de los guisos, llegó a la cocina donde, sentados a una mesa larga y en número de unos veinte, caballeros y novicios daban cuenta del contenido de una olla colgada de un brazo de hierro encima del fuego que ardía en una enorme chimenea de piedra. Se quedó parado en el umbral contemplando a los reunidos. Al contrario que en Gares y en Rocamador, no había un hermano leyendo mientras los demás escuchaban en silencio; allí los comensales hablaban en voz baja, pero hablaban. Al verlo aparecer, las conversaciones cesaron y todas las miradas se dirigieron hacia él.

—¡Pareces un gato mojado! —exclamó Bertrand riendo al tiempo que se levantaba de la mesa, iba a su encuentro y lo presentaba—: Hermanos, éste es nuestro amigo Eder Bozat, el mejor artesano tallista que conozco.

Al atardecer, el comendador le pidió que lo acompañara, quería mostrarle el lugar. La granja se componía de una docena de casas de adobe y madera, además del hospital y la iglesia, ambos edificios de piedra. Había aperos de labranza apoyados en los muros, animales de tiro sueltos y un buen número de gallinas y patos picoteando granos invisibles en el suelo terroso y rojo. A primera vista no se diferenciaba en nada de cualquiera de los pueblos campesinos que Eder había visto desde su salida de Pamplona. Algo, sin embargo, había en aquel lugar que lo hacía distinto. Tardó en darse cuenta de que no se veían mujeres ni niños por ningún lado; no había puestos de mercado y tampoco se oían los gritos ni las voces tan habituales en los pueblos. Sólo se veían hombres; a algunos los recordaba de la comida, otros le eran totalmente desconocidos. También vio a unos cuantos peregrinos que se disponían a continuar el Camino. Le hubiera gustado interrogar a su acompañante sobre la peculiaridad del lugar, pero Bertrand caminaba sin hablar dos pasos por delante de él y Eder

no se atrevió a preguntar. Tras el corto paseo, entraron en la iglesia. El interior era un espacio pequeño, frío y silencioso, vacío de ornamentaciones con la excepción de las pinturas murales que representaban el Juicio Final; la luz del día entraba por unos ventanales abiertos en la parte superior, a la altura del techo, como si el constructor hubiera querido destacar la estrella de ocho puntas dibujada en la cúpula mediante los potentes nervios que la cruzaban. Eder observó, admirado, la exactitud y precisión del dibujo y le vinieron a la mente las palabras de su maestro mientras intentaba enseñarle el manejo de la regla y el compás. «La geometría, muchacho —solía repetirle a menudo—, es la base de la construcción. Nunca llegarás a ser un buen maestro de obras si antes no dominas su conocimiento.»

A pesar de sus esfuerzos, no había logrado sentirse atraído por los trazos geométricos, perfectos en sus dimensiones, equidistantes entre todos sus puntos. El prefería el movimiento, las líneas irregulares, las formas vivas.

—¿Qué te parece? —escuchó preguntar a Bertrand refiriéndose a la iglesia.

—A mi maestro le hubiera gustado...

—Y a ti, ¿te gusta?

—No puede negarse la belleza de la perfección.

—Pero...

Eder avanzó hacia el ábside y se detuvo ante las dos columnas erigidas a modo de guardianes. Entre las luces y las sombras recorrió con la vista las figuras labradas en los capiteles: seres imaginarios, mitad hombre, mitad caballo, monstruos, pájaros y serpientes, un cuerpo muerto que otros personajes parecían disputarse, un arca vacía de la cual emergían unas espirales y cuya cubierta se sostenía en el aire, tres mujeres... No entendía el significado escrito en la piedra, nunca había visto algo parecido.

Miró alrededor, tampoco había una imagen de la Madre; tan sólo un hombre clavado en una cruz encima de una mesa de piedra en el centro, justo debajo de la bóveda.

—Falta ella —dijo finalmente, señalando el lugar que en Gares, Onat, Rocamador, Lizarra estaba presidido por la imagen de la Madre.

—Ven —le indicó el comendador.

Ambos se dirigieron hacia el otro extremo de la planta y ascendieron por una escalera de caracol, en el interior de una torre cilindrica, hasta llegar a un pequeño habitáculo donde podía verse un soporte de hierro del cual colgaba una gran lámpara de aceite, apagada en aquel momento.

—Esta iglesia es una capilla funeraria, un lugar de enterramientos —le explicó Bertrand—. La lámpara se llama Linterna de los Muertos; se enciende cuando un peregrino fallece en nuestra casa para...

—Indicarle el camino —le interrumpió Eder—. Mi pueblo también tiene una luz, pero nunca se apaga.

—¿Nunca?

—No.

El joven señaló la luna que asomaba por el este, aún pálida, en un cielo azul claro pintado con trazos rojizos.

—Su nombre en nuestra lengua es Ilargia, «la luz de los muertos». Nosotros creemos que es hija de la Madre y que indica a los difuntos el camino a su morada en el interior de la Tierra.

Permanecieron callados durante un rato con la vista puesta en el astro de la noche.

—¿Encuentran todos el camino? —preguntó finalmente el freire.

—Aquellos que han seguido las leyes de Amari lo encuentran la misma noche después de su muerte, y los que a veces las han olvidado vagan durante algún tiempo por el mundo; por eso les dejamos comida y bebida a las puertas de sus antiguas casas, para que no molesten a los vivos.

—¿Y qué ocurre con las personas malvadas?

—Jamás ven la luz ni hallan el camino.

—¿Y si estuvieras equivocado?

—¿Cómo saberlo? —interrogó Eder a su vez con una sonrisa.

—Permanecerás en Dorreaga durante algún tiempo —continuó Bertrand, tras una pausa, mientras iniciaban el descenso—. Entre tanto llevaré a cabo ciertas pesquisas. Pero tendrás que ganarte la vida. No aceptamos gente inactiva entre nosotros.

—Sólo soy un carpintero.

—Jesús también lo era —sonrió el freire indicando la imagen del Cristo crucificado.

—Y así acabó...

—Algún día te explicaré algunas cosas sobre él...

A la mañana siguiente, tras encomendar el cuidado de su amigo a los monjes, Bertrand se dispuso a emprender de nuevo la ruta hacia el norte. En el momento de despedirse de Eder, le entregó un saco de piel envejecida y cuarteada por el uso y los años.

—Nadie sabe exactamente cuál es su misión en la vida, pero hay una cosa cierta: algunas personas han sido dotadas de talentos

especiales y están obligadas a hacer buen uso de ellos. Esto perteneció a alguien que, como tú, hablaba con las manos.

El freire agitó un brazo en señal de saludo y azuzó a su caballo, aparentemente recuperado del esfuerzo anterior. Iba acompañado por otro caballero, pero éste cabalgaba sobre su propio animal. El joven permaneció inmóvil hasta verlos perderse dentro de una nube de polvo. Sólo entonces abrió el saco. En su interior había varias gubias de diferentes tamaños y formas, dos mazas, una pequeña y otra más grande, cinceles, piedras de lijar, azuelas, una sierra pequeña de arco y otros útiles de tallista de madera. No se había recuperado de su asombro cuando vio venir hacia él a uno de los novicios, un muchachote fuerte a quien el hábito le quedaba estrecho y cuyas costuras daban la impresión de ir a reventar en cualquier momento.

—Me llamo Lope —se presentó—. El comendador me ha encargado que te ayude en lo que sea menester y que te muestre un lugar que está seguro de que te agradará.

El novicio lo acompañó hasta un especie de pajar no muy grande, situado en la zona reservada sólo a los miembros de la orden y a los campesinos que trabajaban para ella, y le invitó a entrar.

—Es la leñera —le informó el muchacho con un sonrisa de oreja a oreja—. Ahora tengo que irme, pero estaré cerca. Si necesitas algo, sólo tienes que gritar mi nombre.

Un rato más tarde, Eder aún no había cerrado la boca, abierta por la sorpresa. Lo que el novicio había llamado «leñera» era un lugar repleto de troncos de todos los tamaños, desbastados, lavados, cortados y apilados en buen orden; dispuestos para fabricar vigas, aperos de labranza, andamios, cubiertas, muebles, y también para ser utilizados en el calentamiento de las casas, de la iglesia y del hospital durante algunas jornadas invernales que en aquellos parajes, como supo luego por Lope y él mismo experimentó, podían llegar a ser muy crudas. Tardó casi toda la

mañana en decidirse y, cuando al fin lo hizo, había recuperado el tacto que creía perdido y que, tiempo atrás, le permitía adivinar casi con los ojos cerrados la madera que tenía entre las manos.

La pieza elegida era perfecta: un bloque de nogal, un corazón negro de algo más de cuatro palmos de ancho, por otros tantos de fondo y ocho de alto, ya descortezado, perfectamente lavado y seco como podía apreciarse por el color y el sonido al golpearlo con los nudillos. Lo examinó con mucho cuidado antes de decidirse definitivamente por él. El nogal se talaba en menguante, después de la caída de la hoja, y luego se desbastaba y sumergía en una regata para que la corriente de agua eliminara el tinte de la madera y también la savia. Así, una vez seco al aire, podía ser utilizado para cualquier tipo de trabajos, en especial la talla.

También le gustaba la encina, dura como el mármol, y el tejo, duro como el hierro; ambos árboles considerados sagrados por los antiguos, pero en aquella zona de Navarra escaseaba la primera y no existía el segundo. El nogal era la mejor opción. Salió al exterior dispuesto a hincar la azuela, pero recordó los consejos de su maestro. «No tengas prisa, muchacho —le decía cuando lo veía ansioso por empezar—. Tómate el tiempo que sea necesario, piensa, recapacita. La madera, la piedra, son parte de la naturaleza y han de tratarse con respeto. Ambas estaban sobre la Tierra mucho antes que el ser humano, y nosotros no tenemos derecho a destruirlas por un capricho o un error.»

Cerró los ojos, palpó la madera, la acarició como si fuera la mujer amada y esperó a que ella le hablara. A gran velocidad pasaron por su mente imágenes de su infancia, de la madre perdida, de la tía Elaia, de los bosques en los que se había criado, de la niebla y la lluvia, de los ríos bajando tumultuosos tras el deshielo; ciervos, jabalíes...; el oso que en una ocasión avistó entre los árboles; su padre, sus tíos, su hermano, seres queridos y ahora tan lejanos; su maestro, Alix, Alazaïs, Bertrand... Suspiró y continuó acariciando la madera. Sonriente, seria, engalanada, humilde, rubia, morena, de piel blanca, de tez morena, grande, pequeña, esbelta, regordeta, sentada o de pie, la vio con tanta

claridad que creyó que la tenía delante y abrió los ojos. Sacó un pedazo de grafito del saco y dibujó sobre el bloque los trazos de una silueta, cortó las partes que sobraban dejando un margen de tres dedos a partir de la línea marcada y, después, comenzó a tallar en un rincón de la leñera.

Presa de una fiebre creadora, durante muchos días trabajó sin descanso de sol a sol. Lope se ocupaba de avisarle a las horas de las comidas, pero a veces ni lo oía y el novicio aparecía más tarde con un cuenco de sopa o potaje y le obligaba a descansar. Al principio, los miembros de la granja acudían a comprobar el avance del trabajo, permanecían unos instantes observando su habilidad y continuaban con su trabajo, pero cuando la talla fue tomando forma, los instantes se convirtieron en largos ratos, y cuando la figura adquirió su aspecto definitivo y comenzó el pulido, hubo quien se sentaba y pasaba media jornada a su lado.

Ajeno a todo y a todos, el artesano no sentía el cansancio ni el dolor de sus dedos, su cara estaba sucia y su cabello blanco del polvo de la madera, al igual que su hábito negro de novicio templario que no se había quitado desde su llegada. Cuando finalizó la obra, salió con ella de la leñera y la colocó sobre un bloque de piedra, de los utilizados para atar las caballerías, y se retiró unos pasos; dio vueltas a su alrededor examinándola por delante, por detrás y por ambos perfiles; se sentó en el suelo para verla desde abajo y se subió a un olivo centenario para hacerlo desde arriba. Los freires lo contemplaban con curiosidad; todos se hallaban allí, olvidadas las tareas, los campos, los animales y los peregrinos alojados en el hospital; también acudieron el encargado de la cocina y su ayudante, deseosos como los demás de poder admirar la imagen acabada. Eder bajó del olivo y se plantó delante de ella con los brazos cruzados y las piernas abiertas, miró al cielo y una sonrisa de satisfacción distendió su rostro por primera vez desde el comienzo del trabajo. Como si la sonrisa fuera una señal, caballeros y novicios se le acercaron, le felicitaron, le palmearon la espalda y aprovecharon la ocasión para admirar el trabajo.

Durante unos cuantos días, Eder y el hermano Gastón, hábil artista encargado de pintar los frescos de la iglesia, se encerraron en el taller de este último y no dejaron entrar a nadie en él; ni siquiera a Lope, que se moría de ganas de saber lo que estaban haciendo. Los dos artesanos aún tardaron algunas jornadas más en permitir a los demás miembros de la comunidad la visión de la obra completamente acabada. No se dejaron convencer por súplicas ni halagos y permanecieron alertas en todo momento para impedir el acceso a los curiosos hasta estar seguros de que la pintura estaba bien seca. Llegado el momento, trasladaron a la casa la imagen cubierta con una manta, la colocaron sobre una mesa y esperaron a que todos estuvieran reunidos para descubrirla.

Monjes y novicios quedaron maravillados, cautivados por la belleza del rostro perfecto y dulce de una Virgen cuyo cabello castaño oscuro cubría sus hombros esparciéndose por encima de una capa de vuelo y pliegues en movimiento de color verde, intenso y brillante, como la hierba después de la lluvia, adornada con soles de pan de oro y lunas plateadas y que dejaba entrever una túnica blanca y un cordoncillo también dorado bajo el pecho.

La mano derecha sostenía una punta de la capa y la izquierda reposaba confiada sobre su vientre embarazado.

S

entado en un banco de piedra adosado al muro del hospital de peregrinos de Los Arcos, con las posaderas y los ríñones doloridos tras el viaje en mula desde Estella, Robert Lepetit reflexionó sobre su situación. Las cosas no estaban saliendo como él esperaba. De hecho, no estaban saliendo en absoluto. Tal vez debería olvidarse del aprendiz y de lo que él pudiera saber, y continuar viaje a Compostela. Allí no correría peligro alguno y podría, al fin, fundar un cenobio de hombres santos dispuestos a luchar contra la

herejía. Sin embargo, recapacitó, no podría sentirse verdaderamente a salvo hasta que no hubiera eliminado las pruebas y a los testigos de su vida pasada. No era sólo una cuestión de garantía para el futuro, sino también de orgullo. Le ponía enfermo pensar que un pagano miserable conociese detalles de su vida y haría un bien a los buenos cristianos acabando con él.

—¿Qué hago con vuestra bolsa?

Aubert estaba frente a él con la bolsa en las manos tras haber dejado a los animales en la cuadra de la hospedería.

—Ocúpate de vigilarla —respondió Robert con sequedad—.

Hay mucho ladrón suelto entre los peregrinos.

Aubert no ocultó su disgusto. Después de haberse sentido libre durante algún tiempo, volvía a ser un criado, bueno únicamente para cumplir órdenes. Iba a entrar en el edificio con la esperanza de que hubieran comenzado a repartir la sopa de caridad cuando lo detuvo la voz del predicador.

—Espera, trae eso acá.

El Bugre hurgó dentro de la bolsa y extrajo la figurilla de madera.

—Ya puedes llevártela.

Aubert cogió de nuevo la bolsa y penetró en el hospital dispuesto a comer y a echarse a dormir cuanto antes para olvidar su triste presente y soñar con su amiga y con sus noches de amor, tan recientes y, sin embargo, tan lejanas ya en el recuerdo.

Robert escudriñó la imagen con atención. Tenía que reconocer que era un buen trabajo de artesano, aunque la visión del vientre abombado de una mujer le producía náuseas. Sólo un pagano sería capaz de tallar a una mujer preñada; sólo un bruto montañés podría imaginar algo tan feo y obsceno. Todo ser humano nacía de

igual forma, eso no tenía remedio, pero de ahí a representar tal hecho había una gran diferencia. Dio varias vueltas a la figura y se percató de que la base aparecía agrietada, algo extraño puesto que el resto estaba en perfectas condiciones. Pasó el dedo por la hendidura y, para su sorpresa, la pieza se movió; probó a presionar sobre un borde y el otro se levantó dejando a la vista un agujero.

Excitado, metió el dedo índice y con cuidado fue extrayendo un rollo de pergamino. No quería ni imaginarse que aquello fuera lo que con tanta ansia buscaba; no era posible una suerte semejante de manera casual. Tardó unos instantes en desenrollar el documento, las manos le temblaban y sentía el corazón palpitar acelerado. Observó sin entender el dibujo en espiral, igual al de una serpiente enroscada, marcado con signos y números. Después examinó el anverso. ¡Por fin! La declaración del hereje estaba en su poder; no tenía ya nada que temer. Entró en el hospital y se dirigió hacia la chimenea, sobre la cual colgaba una enorme olla repleta de sopa humeante, con la intención de hacer desaparecer para siempre el único testimonio que podría incriminarlo, pero antes de llegar se detuvo y volvió a estudiar el extraño dibujo.

—¡Este hombre tiene un jardín de la oca! —gritó un peregrino a sus espaldas.

Robert se giró furioso. Al grito del hombre, otros dos se habían aproximado y lo miraban sonrientes.

—¡Qué suerte! Podremos pasar una velada muy agradable...

—dijo el primero y los otros afirmaron con la cabeza.

—¿De qué hablas?

—De tu jardín de la oca —repitió el peregrino señalando el pergamino que él había vuelto a enrollar a toda prisa—. Llevo cinco años recorriendo el Camino y sólo lo he visto en contadas ocasiones. ¿Dónde están los dados?

—¿Qué dados?

—Los que se necesitan para jugar... ¡No te hagas el ignorante y comparte el juego con tus compañeros de viaje!

El hombre alargó la mano con intención de arrebatarle el pergamino, pero él le dio un empujón y lo apartó de su lado.

—¡Vete al diablo, maldito idiota!

—¡Los jacques lo comparten todo! —protestó otro de los peregrinos.

—Yo no soy uno de vosotros y el que se acerque lo va a pasar mal.

El tono de voz y, sobre todo, la mirada que les dirigió amedrentaron a los tres hombres que se retiraron a un rincón murmurando alguna que otra maldición.

Robert salió de nuevo y buscó la figura que había dejado tirada en el suelo, la recogió, ocultó el documento y colocó la pieza de la base. Luego lo pensó mejor y lo volvió a sacar; se lo metió en el bolsillo de su sobrevesta y guardó la figura. Podía ocurrir que le hiciera falta. Pasó toda la noche en vela. Era raro que nunca hubiera escuchado hablar de aquel entretenimiento y, por otra parte, le intrigaba el hecho de que el obispo herético hubiera escogido precisamente algo tan insustancial como un juego para redactar un testimonio de tal gravedad. La prudencia le aconsejaba destruirlo cuanto antes, pero se lo impedía la curiosidad por averiguar más sobre él. Antes de amanecer despertó a Aubert y ambos reemprendieron la marcha.

A poca distancia de la granja templaría de Dorreaga, vieron llegar en dirección opuesta a un par de jinetes cuyas capas blancas ondeaban al viento. Observaron atónitos cómo uno de ellos azuzaba a su caballo en su dirección y lo frenaba en seco a sólo varios pasos de ellos. El animal relinchó y levantó las patas delanteras, la mula se detuvo y reculó asustada, tropezando con el burro, que comenzó a dar brincos, dio con su jinete en el suelo y

salió escapado. La escena duró unos instantes. Para cuando el predicador quiso reaccionar, tenía la punta de la espada de Bertrand apoyada en su pecho mientras el otro freire, todavía sorprendido por la reacción de su superior, amenazaba con la pica a Aubert quien, tumbado en el suelo, no se atrevía a mover ni un dedo.

—¡Exijo una explicación! —vociferó el Bugre al reconocer, no sin cierta aprensión, al comendador de Gares.

—Descabalgad.

—¡No tenéis derecho a tratarme así!

—Descabalgad.

La presión de la punta de la espada se hizo más patente y Robert optó por obedecer y apearse de la mula; el comendador cogió la bolsa que colgaba de la silla, dio una palmada en la grupa del animal y éste salió corriendo en dirección a la granja. Pudieron ver cómo, un poco más lejos, un peregrino asía la mula por el ronzal, montaba en ella y continuaba el viaje.

—Caminad.

La orden dada por el comendador sin levantar el tono de su voz no admitía réplica. Los dos hombres echaron a andar delante de las caballerías de los freires, quienes continuaban con la espada desenvainada y la pica en ristre.

Bertrand no salía de su asombro y daba gracias al cielo por venir en su ayuda de modo tan providencial. Tenía en mente acudir al rey con la copia hecha del documento que acusaba de asesinato al antiguo monje; el original había vuelto a su escondite en el interior de la Virgen turbadora con cara de niña y cuerpo de mujer robada por el sicario, pero daba igual. Pediría justicia a Teobaldo y también al obispo, si fuera preciso. Robert Lepetit tenía causas pendientes tanto con el primero como con la Iglesia y

no era cuestión de desaprovechar la oportunidad de quitar de en medio a un ser nefasto para todos. Debía darse prisa. Si se hallaba en Estella aún podía ser apresado, después sería más difícil encontrarlo. Iba dando vueltas al asunto cuando los vio llegar por el camino. No le costó mucho reconocer al hombre que ocupaba su pensamiento montado sobre una mula y, detrás de él, encima de un borrico, al ladrón de Lizarra cuyos pies casi rozaban el suelo.

Ahora eran sus prisioneros y él mismo los entregaría a quien correspondía y se haría justicia. Metió la mano en la bolsa y, con gran satisfacción, palpó la figura; la sacó y dejó caer la bolsa a los pies de un peregrino que se cruzó con ellos y se apresuró a rebuscar en su interior.

Caminaron sin detenerse durante casi toda la jornada hasta llegar en el momento de la puesta de sol a San Esteban de Deio, una poderosa fortaleza situada sobre una roca desde la cual se divisaba la sierra de Codes, que había sido ocupada por cristianos, musulmanes y cristianos alternativamente y cuya propiedad se disputaban el rey y el obispo de Pamplona. Allí se hallaban enterrados los restos del gran rey Sancho Garcés, primero de su nombre, y los de su hijo García Sánchez; era un lugar venerado por los navarros, pero también la prisión mejor guardada de la Zona Media. Se decía que nadie salía de ella por sus propios pies.

En sus calabozos se hacinaban todo tipo de individuos: criminales, falsificadores, desertores, ladrones a la espera de juicio, y también caballeros caídos en desgracia y junteros acusados de rebeldía.

La temperatura era muy baja y una fina nieve iba cubriendo de blanco el paisaje. Robert, bien calzado y abrigado, había resistido la caminata maldiciendo en todo momento y para sus adentros a los dos templarios, pero Aubert llegó a la fortaleza con los pies destrozados y tiritando de frío, sin apenas fuerzas para mantenerse en pie. Fueron introducidos en un cuchitril apestoso que olía a excrementos y a orines y oyeron cómo cerraban el candado sin recibir siquiera una manta para abrigarse, ni algo de comer para recuperarse.

—Os ruego que cuidéis de esos dos hombres hasta mi regreso

—pidió Bertrand al tenente de la fortaleza.

—No os preocupéis —respondió Martín de Garisoain, antiguo soldado de Sancho el Fuerte, hombre bragado que llevaba a cargo de la plaza desde la muerte del último rey vascón—. Ni yo mismo podría escapar del castillo en caso de estar preso y eso que conozco hasta su último rincón.

—Aun así, no os confiéis. El flaco es un ladrón y su jefe una persona muy peligrosa.

—¿Soldado? No tiene aspecto de serlo.

—Peor. Su arma es la palabra y sabría convencer al propio diablo.

—Entonces, le prohibiré hablar u ordenaré que le pongan una mordaza.

Los dos templarios pernoctaron en el castillo y partieron de buena hora a la mañana siguiente. Al llegar a Estella no se detuvieron en Rocamador y continuaron adelante hasta llegar a la casa propiedad del concejo en la que se alojaban los Brulé. Nadie interceptó su marcha a pesar de que podía verse gran número de soldados armados por las calles del burgo que paraban a los viandantes e inspeccionaban sus ropas y pertenencias. Eso sólo podía significar una cosa: el rey estaba en la villa. Al entrar en la casa pudieron comprobar que así era, en efecto. En ella se alojaban algunos miembros de la corte, dignatarios de segundo orden, puesto que los más importantes estaban en el castillo de Zalatambor, junto a Teobaldo. Bertrand constató satisfecho que los cuatro freires encargados de custodiar a Alix Bisol controlaban el paso de las personas que entraban y salían sin cesar; dejó a su acompañante con ellos y subió al primer piso para entrevistarse con el consejero real.

Antoine Brulé no se había repuesto del infortunio padecido con motivo de su rapto. Había adelgazado hasta quedarse en los huesos y ya nada en él recordaba al orondo caballero de meses atrás. El comendador lo encontró en su dormitorio, sentado en el banco de piedra situado bajo el vano de la ventana aprovechando el espesor del muro, vestido con una camisa de dormir, una sobrevesta de piel encima, zapatillas y un gorro de fieltro en la cabeza. Parecía un anciano débil y enfermo, sin interés por lo que ocurría a su alrededor.

—Con Dios, señor Brulé —lo saludó, impresionado por su apariencia.

—Con él estaré dentro de poco —fue la respuesta del hombre después de dirigirle una mirada de perro apaleado.

—Os veo desmejorado...

—Estoy enfermo. He sido humillado, maltratado, deshonrado y, por si esto fuera poco, también he perdido el favor real.

—Su alteza sabrá entender...

—Su alteza entiende lo que quiere —el tono de voz de Brulé había recuperado algo de su antiguo vigor—. No perdona los errores y para él fue un error caer en manos de unos desalmados y, aún peor, no organizarle la visita a esta región. No ha querido recibirme y me ha hecho saber por su mayordomo que me desea un buen viaje de vuelta a Champaña, lo cual quiere decir que me despide de su servicio.

—¿Y qué pensáis hacer?

—Regresar a la tierra de mis padres en cuanto me sea posible.

—Ordenaré de inmediato que preparen el documento para que podáis presentarlo en nuestra casa de Troyes y disponer de vuestros dineros.

—Ay, amigo mío, si ésa fuera mi única preocupación... Alix no quiere venir conmigo.

—¿Vuestra esposa no quiere acompañaros?

—No. Dice que no volverá a una tierra en la que su madre fue ejecutada. La he amenazado con llevarme a nuestra hija y me ha respondido que haga como bien me parezca, pero que ella se quedará aquí, sola o acompañada.

Brulé calló y desvió la mirada hacia la calle. El freire se sentó a su lado y permaneció pensativo. Conocía el trágico final de la mujer del maestro Bisol; el de ella y el de muchos otros. Las casas de la orden en Champaña, Occitania, Cataluña y Aragón se habían llenado de perseguidos y muchos de sus monjes eran antiguos cátaros. La orden no había intervenido en las cruzadas contra ellos convocadas por el papado a pesar de que la regla obligaba a la obediencia sin fisuras al Pontífice porque, adujo, no podía participar en una guerra contra cristianos y se mantuvo al margen mientras duró la contienda en las tierras del conde de Toulouse.

Aunque, meditó Bertrand, esto tampoco era del todo cierto. Había apoyado al rey de Aragón, Pedro II, muerto en la batalla de Muret luchando a favor de sus vasallos occitanos. Y también estaba el hermano Bertrand de La Beccalaria, a quien él había conocido en Oriente, experto machinator que construyó en Montségur una balista capaz de lanzar bolaños contra los trebuquetes de los cruzados francos y hacerlos retroceder durante algún tiempo. De todos modos, la esperanza templaria de unir los diversos credos en una sola religión había sufrido un rudo golpe. ¿Cómo hablar de un solo Dios para todos los seres humanos si se mataba y se destruía en su nombre?

—Hablaré con vuestra esposa —dijo al fin— y la haré entrar en razón.

—Dudo mucho que lo consigáis. Está aterrorizada. Hace tan sólo unas semanas, en Estella, vino un hombre que deseaba hablar con ella, mostrarle sus condolencias por la muerte de su padre a

quien dijo conocer, pero ella se negó a recibirlo. Afirmó que era el mismo que había condenado a su madre, y nuestra criada Juana confirmó sus palabras porque ambas le habían escuchado predicar en la ciudad episcopal.

—¿Habláis de Robert Lepetit?

—A mí me dijo que se llamaba Robert de Reims. Era un hombre cultivado y de habla correcta, aunque su aspecto dejaba mucho que desear. Iba desaseado y mugriento, como esos anacoretas que pasan la vida en el monte.

—Mi querido amigo, dejad este asunto en mis manos. Vuestra esposa os acompañará cuando sepa que ya no corre ningún peligro.

—Si vos lo decís...

Al salir de la habitación, Bertrand se giró para despedirse de Brulé, pero el hombre había vuelto a su posición anterior y parecía ausente. No quiso entretenerse por más tiempo y dejó su conversación con Alix para más tarde.

Ascendió la cuesta que llevaba hasta el castillo de Zalatambor y pidió hablar con el rey. La presencia de un freire siempre era bien recibida en el entorno de Teobaldo, no en vano la orden del Templo de Salomón tenía su origen en sus tierras y uno de sus antepasados había sido caballero de la misma. La casa de Champaña consideraba a los templarios como algo propio. La entrevista se alargó hasta el mediodía. Ambos se conocían y apreciaban. El comendador entregó al rey una copia del documento de denuncia contra Robert Lepetit por la muerte de su primo Jean, arcediano de la catedral de Reims. No quiso entregarle el original, que él creía bien oculto dentro de la imagen, debido al jardín de la oca dibujado en él. Incluso un rey podría sentirse tentado y desear conocer el futuro. También añadió todo lo referente al sujeto y la condena eclesiástica que pesaba sobre él,

además de los indicios que lo acusaban de ser el responsable del ataque sufrido por el maestro de obras Geoffroi Bisol.

El ceño real se hacía más profundo a medida que el caballero desgranaba la información. Cuando Bertrand hubo acabado su exposición, Teobaldo dictó una orden a su escribano, la firmó y selló, y se la entregó.

—Que se haga mi justicia—fue todo lo que dijo.

—Sire..., en cuanto a vuestro consejero de obras...

—Brulé ya no es mi consejero de obras.

—No obstante...

—Envejecerá tranquilamente en nuestra amada Champaña.

No había mucho más que decir. Bertrand se inclinó y salió de la habitación. No regresó a la casa del concejo, pero envió recado a su amigo rogándole que esperase sus noticias antes de tomar decisión alguna en cuanto a su partida.

De nuevo, él y su acompañante cabalgaron hasta la fortaleza de San Esteban de Deio para entregar las órdenes del rey al señor de Garisoain. En ellas se estipulaba bien claro que el hombre de nombre Robert Lepetit o Robert de Reims debería permanecer encarcelado y vigilado hasta que un juez real dispusiese su ejecución. No aceptó la hospitalidad del tenente y poco después su compañero y él salían a galope en dirección a Dorreaga. Estaba ansioso por comunicar la noticia a su joven protegido. Libre de su perseguidor, Eder podría regresar con los suyos o, tal vez, quedarse algún tiempo en la granja y trabajar en su oficio. La pequeña figura de madera estaba siempre presente en su mente.

Era preciso crear una nueva imaginería para las gentes que aún creían en la diosa pagana o para aquellas que guardaban su recuerdo en el subconsciente. La imagen de la Virgen Negra sentada en majestad —y que ellos, los caballeros del Temple,

habían ayudado a difundir por todo el orbe cristiano, pues negro era también el color de la Tierra antes de ser fecundada— debía dejar paso a otra más cercana, más real; a una que representara la esencia de la vida, a una madre a punto de alumbrar, dando de mamar a su hijo, abrazándolo, sosteniéndolo entre sus brazos, jugando con él. Estaba convencido de que el joven artesano, huérfano añorante, sería capaz de crear esa nueva imagen de María que los tiempos demandaban.

Ya no nevaba y el cielo aparecía despejado y cubierto de estrellas, pero la helada era intensa y el suelo se había transformado en cristal. A pesar de las advertencias de su compañero, Bertrand azuzó a la montura para llegar cuanto antes a la granja y lo dejó atrás.

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