El Verdugo De Dios

Toti Martinez de Lezea · Capítulo 2 de 16

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El Verdugo De Dios

Xuhitoa 20

Xuhitoa

E

l jinete, su caballo y otro que llevaba asido por el arnés, ambos animales sólidos de pequeña alzada llamados pottokak, atravesaron la población de Anauz levantando una gran polvareda y espantando a gallinas y ocas que corrieron despavoridas en medio de aleteos y gritos. Al llegar a la última casa, el jinete frenó a su animal con brusquedad y se dirigió a un hombre viejo que, sentado en un banco adosado al muro, lo observaba con un rostro de piedra.

—¿Xuhitoa? —inquirió el jinete.

Sin desviar su mirada de la del caballero, el hombre señaló hacia el oeste con la mano izquierda. El jinete azuzó a su montura y se puso de nuevo en marcha, desapareciendo de la vista en medio de una nube de polvo. Entonces el viejo escupió al suelo.

Un poco más adelante, cuatro cabañas se alzaban en un alto, al borde del camino. Oriol se detuvo antes de aproximarse, sorprendido por la visión de las construcciones, pobres y destartaladas, o tal vez por el silencio que reinaba en el lugar. No se veían huertas labradas ni animales, y parecía deshabitado.

Avanzó lentamente, se apeó al llegar a la primera de las cabañas y ató los caballos a un árbol.

—¡Dios sea con vosotros! —gritó.

Iba a dirigirse a la segunda, algo más apartada, al no recibir respuesta, cuando la puerta desvencijada de la primera se abrió y asomó por ella un chaval, casi un niño aún. De cabello castaño claro ondulado que le llegaba hasta los hombros, piel sonrosada y

brillante y unos grandes ojos de un raro color gris, a pesar de sus ropas remendadas daba la impresión de hallarse fuera de lugar.

—Busco a Bozat, el carpintero —dijo el hombre ante la mirada interrogante del chico.

—Está en el bosque.

—¿Y cuándo volverá?

El chaval se encogió de hombros y alzó las cejas dando a entender que no tenía ni idea e hizo amago de volver a entrar en la cabaña.

—¿No puedes llevarme hasta él? Traigo un recado de nuestro señor, el vizconde.

El chico meditó durante un instante, le hizo una seña para que lo siguiera y echó a andar por una vereda estrecha llena de zarzas que ascendía hacia el monte. Los dos caminaron en silencio durante un buen trecho hasta llegar a la pequeña explanada de un bosque en la que podía verse a cuatro hombres delante de un enorme roble. Oriol fue a decir algo, pero el muchacho se giró y le indicó que guardara silencio, después se detuvo y él hizo lo mismo. Contemplaron silenciosos a los hombres que, con los torsos desnudos, se disponían a talar el árbol.

El mayor de los cuatro se quitó la gorra de piel de oveja e inclinó la cabeza ante el árbol cuyas ramas superiores no podían apreciarse desde el suelo, siendo a continuación imitado por sus compañeros.

—Perdónanos porque vamos a derribarte —musitó, antes de colocarse de nuevo la gorra, asir el hacha y dar el primer golpe.

Durante media mañana, los cuatro leñadores se turnaron en la labor de dos en dos. En el silencio del bosque, únicamente se escuchaba, uno tras otro, un grito, un jadeo, seguido del sonido

seco de la hoja hiriendo la madera. Mientras duró la tala, el chaval y el caballero se mantuvieron a la expectativa. En algún momento, el hombre intentó aproximarse a los leñadores, pero su joven acompañante lo retuvo por el borde del tabardo.

—No te acerques —le rogó, casi ordenó, en un susurro—.

Trae mala suerte interrumpirles.

—¿Por qué le han pedido perdón al árbol? —preguntó con aire resignado al tiempo que se sentaba en el suelo—. ¡Sólo es un pedazo de madera!

—¡No lo es! —respondió el muchacho abriendo mucho sus hermosos ojos y en un tono escandalizado como si el otro hubiera dicho algo ofensivo—. El árbol es un ser vivo.

—¿Qué tonterías estás diciendo?

—Ese roble que están talando es más viejo que mi abuelo y que el abuelo de mi abuelo; sus raíces nacen en el interior de la madre tierra y sus ramas nos acercan al cielo —recitó el chaval como si se tratara de una oración bien aprendida—. El pueblo del bosque siempre pide perdón al árbol antes de talarlo; de no hacerlo, la maldición caería sobre nosotros.

Oriol observó con atención al muchacho, quien había perdido todo interés en él y cuya atención se hallaba en aquel momento fija en el trabajo de los cuatro leñadores. Había oído hablar en la torre acerca de aquellas gentes extrañas que vivían un poco por todas partes, sobre todo en las faldas de las montañas o en los bosques. Muchos los consideraban salvajes y los temían; se desplazaban de un lugar a otro según se presentase el trabajo, aunque nunca se avecinaban en las aldeas y mucho menos en los pueblos; no asistían a la iglesia ni bautizaban a sus hijos; no pagaban peajes, pues conocían al dedillo las veredas de las montañas, inaccesibles para otros que no fueran ellos; tampoco pagaban impuestos ni sabían de autoridades, reyes o leyes.

—¡Son unos vagabundos! —escuchó exclamar a su respecto al rector de San Esteban en una visita que éste hizo a su señor—.

Unos salvajes paganos que aún adoran a los viejos dioses de los antepasados. La Iglesia nos llama a combatir en Tierra Santa contra los infieles y aquí mismo estamos rodeados de ellos.

—Exageráis, querido amigo —respondió Semeno García—.

Son gente sencilla, aún sin civilizar, pero todo se andará. No hace mucho vuestros antepasados y los míos no eran muy diferentes.

—¡Bendita sea la Santa Sangre derramada por Nuestro Señor Jesucristo que hizo de nosotros fieles cristianos!

El vizconde había sonreído, recordó Oriol, aunque él podría haber jurado que aquella sonrisa cargada de ironía no estaba exenta de cierto desprecio hacia su invitado. Lo conocía bien, no en vano llevaba a su servicio más tiempo del que podía recordar.

Había entrado a servir en la torre a una edad más o menos pareja a la del mozalbete que tenía a su lado. Semeno García era entonces sólo un poco mayor que él y lo trató como a un compañero de juegos más que como a un servidor, y aunque el tiempo marcó las diferencias existentes entre ellos, se había convertido en su mano derecha y receptor de sus confidencias. Este pensamiento le recordó la razón por la cual había hecho el trayecto hasta aquel miserable poblado lejos de toda ruta y se puso en pie de un salto dispuesto a interrumpir sin más tardanza a los leñadores En ese instante, el mayor dio finalmente un último hachazo al tronco, la copa se balanceó unos instantes antes de inclinarse hacia su izquierda y caer al suelo en medio de un estruendo, levantando una gran polvareda y arrastrando detrás de él hojas y ramas de los árboles vecinos. La tierra tembló, los pájaros, atemorizados, alzaron el vuelo y los leñadores se miraron complacidos. Aquel roble era un buen ejemplar. Les proporcionaría la madera necesaria para cumplir el encargo.

—Han de tener doce pies de largo —les había dicho el comprador, refiriéndose a las vigas que sostendrían la techumbre

de su nueva casa—. Y las quiero de una sola pieza.

El hombre se aproximó a ellos, seguido por el muchacho, a quien la súbita reacción del caballero había dejado un tanto sorprendido.

—Dios sea con vosotros —dijo a modo de saludo, y al ver que lo miraban con curiosidad pero sin responder a su saludo, preguntó en tono arrogante—: ¿Cuál de vosotros es Bozat el carpintero?

—¿Quién quiere saberlo? —preguntó el mayor en el mismo tono.

—Oriol, caballero de mi señor, el vizconde de Baigorri.

—No te conocemos. ¿Qué quieres?

¿Por qué le resultaba tan difícil hablar con aquellos tipos?

¿Cómo se atrevían a tutearlo como si fueran sus iguales? Por menos de eso le hubiera rebanado el cuello a cualquier otro, pero allí estaba en inferioridad de condiciones: uno contra cuatro, sin contar al muchacho, y todos ellos bastante más fuertes que él mismo.

—Mi señor desea hablar con Bozat el carpintero —dijo, intentando ser amable—. Tiene que venir conmigo a Baigorri.

—Pues si tu señor quiere hablar, que venga él aquí.

El desparpajo del hombre lo dejó paralizado durante un instante. Jamás en su vida le había ocurrido otro tanto. ¡Era el colmo! Sintió el furor apoderarse de sus sentidos y estaba a punto de echar mano a su espada y habérselas con los cuatro aunque tuviera que morir en el intento, cuando el leñador sonrió divertido.

—¿Con cuál de los cuatro quiere hablar? —preguntó.

—¿Cómo has dicho?

—Pregunto que con cuál de nosotros quiere tu señor hablar, porque los cuatro somos Bozat y también carpinteros.

—¡Cinco! —intervino el muchacho—. Yo también cuento.

—Tú no cuentas hasta que no hayas talado un árbol y dormido con una mujer, así que ¡cállate! —le replicó uno de los hombres, el más joven, y todos se echaron a reír.

Muy a su pesar, Oriol sonrió al ver la furia reflejada en la cara del chaval, enrojecida de golpe. Después miró a los hombres uno por uno. Estaba claro que eran miembros de una misma familia, sus rasgos y complexión eran parecidos aunque ninguno de ellos tuviera el mismo color de ojos que el muchacho.

—No lo sé... —dijo dubitativo al cabo de un rato.

—Pues, mientras te lo piensas, vamos a comer —continuó el mayor—. Hemos trabajado duro y debemos reponer las fuerzas.

Sin esperar su respuesta, los leñadores se pusieron las camisas, recogieron las hachas y las sierras y echaron a andar en dirección a las cabañas. Oriol los siguió intentando recordar todas y cada una de las palabras que le había dicho su señor.

—Ve al barrio de Anauz llamado Xuhitoa y tráeme a Bozat el carpintero.

No le había dado ninguna otra indicación. La encomienda era de lo más sencilla, ¿cómo imaginar que iba a encontrar cuatro hombres con el mismo nombre y el mismo oficio? Penetró en la cabaña con la mente puesta en la solución de su problema y se sentó en el banco de madera que le indicó uno de los leñadores.

Sólo entonces prestó atención al lugar en el que se encontraba.

Contradiciendo el miserable aspecto exterior de la cabaña, el interior aparecía amplio y limpio. Todo allí era de madera: paredes, techo, los pocos muebles y todos los utensilios, incluidos los cubiletes para beber, las fuentes para servir la comida y, por

supuesto, las cucharas. Únicamente eran de otros materiales los pucherillos de barro para cocer los alimentos, la olla y el cuchillo para cortar, aunque el mango de éste también era de madera.

Jugueteó con él mientras los demás se afanaban a su alrededor y quedó muy sorprendido al observar la talla que aparecía en el mango. Representaba a un caballo al galope a punto de emprender el vuelo, una verdadera obra de arte, digna de la mesa de un gran señor. Estuvo tentado de preguntar acerca de su origen, pero la voz de su anfitrión le impidió llevar a cabo su deseo.

—Un hombre ha de comer si quiere cumplir con sus obligaciones, con todas —puntualizó, y sus palabras fueron recibidas con comentarios y risas por sus familiares.

—Como siempre, los hombres sólo tenéis un idea en la cabeza.

La voz femenina le sobresaltó y alzó la mirada. Una mujer acababa de entrar por la puerta y contemplaba a sus hombres orgullosa y satisfecha. Ya no era una jovencita, pero tampoco era mayor; un mechón blanco se entremezclaba con sus cabellos castaños peinados en un moño, como si hubiera sido puesto allí a propósito, como teñido por coquetería; su piel era clara a pesar de tener el aspecto de una campesina y mostraba una figura atractiva, de hermosos pechos y caderas anchas. Pero fueron sus ojos los que cautivaron de inmediato a Oriol. Eran de color gris, de un gris tan profundo que no parecían reales, iguales a los del mozalbete que se había aproximado a ella para coger el cesto repleto de verduras que llevaba en las manos.

—Esta es Elaia —la presentó el jefe de la familia—. Se ocupa de nosotros desde que murió su hermana, la madre de mis hijos.

He olvidado tu nombre.

—Oriol, gentilhombre del vizconde de Baigorri.

—Eso..., y bien, mujer, ¿no piensas alimentar a los hombres de la casa?

—Los hombres de la casa habían dicho que no volverían hasta el anochecer —replicó ella sin inmutarse.

—El árbol ha caído antes de lo previsto y tenemos un invitado.

La mujer sacó del arcón de la comida un gran pan redondo y un queso sin empezar y los dejó encima de la mesa.

—Id quitando el hambre mientras se calienta el potaje —dijo al tiempo que echaba unas ramas de leña al fuego y revolvía el contenido de la olla con un cucharón.

Oriol no podía dejar de mirarla. Se sorprendió pensando que en cualquier otro lugar habría pasado por una dama de buena familia. Había dignidad en sus movimientos, en el tono de su voz, en cómo había respondido a su cuñado, y parecía imposible que solamente fuera una de aquellas mujeres a las cuales se había referido el rector.

—¡Son como bestias! —había insistido éste—. Fornican hasta con los animales y sus mujeres no les van a la zaga; son depravadas y lascivas.

—Inventos, historias de personas con malas entrañas —

respondió el señor de Etxauz—. A la gente le gusta hablar de lo que no conoce, disfruta acusando a los demás sin fundamento alguno.

—Y yo os digo que son pecadores de la peor especie, adoradores de la diosa pagana, leprosos inmundos.

—¡No digáis sandeces! Son tan leprosos como podamos serlo vos o yo. Si lo fueran, estarían encerrados en la malatería de Bidarrai o en la de Ortzaize; no andarían sueltos por ahí.

—Hablo de la lepra espiritual, la que corrompe las almas, del castigo divino.

El vizconde y el rector habían entonces entablado una discusión teológica sobre el Bien y el Mal que él escuchó con oído distraído, pero ahora, sentado a la misma mesa y compartiendo el pan y el queso de aquellos que don Martín de Arraioz tenía como descendientes del propio Caín, no podía evitar recordar lo escuchado.

—¿Todos son hijos tuyos? —preguntó a su anfitrión, haciendo un ademán que abarcaba a los otros tres hombres y al muchacho.

—No, sólo el joven y el chico. Los otros son mis hermanos.

—¿Y todos os llamáis Bozat?

—¡Claro! —sonrió el hombre—. Mismo abuelo, mismo nombre.

—¿Sólo Bozat? —insistió Oriol, preocupado por averiguar a cuál de ellos tendría que llevar a presencia de su señor.

—Sólo Bozat.

—¿Y cómo os distinguís entre vosotros?

Los cuatro hombres, la mujer y el chaval se miraron entre ellos y se echaron a reír a continuación.

—Tenemos otros nombres para usar en familia. Yo soy Manex, los hermanos Beñat y Aner, el hijo mayor Donat y el pequeño Eder. ¡Venga! ¡Que la comida se enfría!

La mujer había llenado una fuente honda con el potaje de la olla y, sin más preámbulos, todos introdujeron sus cucharas en la fuente y comenzaron a comer directamente de ésta. Durante un buen rato, sólo se escucharon sorbidos y gruñidos de placer. Oriol los contemplaba atónito y empezaba a darle la razón al rector.

Aunque no se les viese ninguna traza de lepra —más bien parecían gozar de una salud excelente—, no habían rezado una oración de

gracias como haría cualquier buen cristiano y parecían animales ante la pitanza. Y aquellos nombres paganos... Se sintió incómodo.

—¡Come o te quedarás sin nada! —le indicó el leñador.

Metió con aprensión su cuchara en la fuente y se encomendó mentalmente a Dios para que lo librara del contagio. Pronto olvidó sus temores. Tenía hambre y el potaje estaba muy bueno. Acabó disputando la última cucharada con el muchacho bajo las miradas divertidas de los demás.

—He de partir —dijo cuando acabaron de comer— y mis órdenes son llevar a San Esteban de Baigorri a Bozat el carpintero.

—Iré contigo —le informó Manex—. Al fin y al cabo, soy el mayor y el jefe de la familia. Lo que tu señor tenga que decir a cualquiera de nosotros, bien puede decírmelo a mí. Vosotros —

añadió dirigiéndose a sus hermanos e hijos— ocupaos de desbrozar el tronco y dejarlo limpio para comenzar el corte mañana a primera hora.

—Padre, ¿puedo ir contigo?

—No.

Oriol sonrió de nuevo al constatar la decepción en la cara del joven Eder. Definitivamente, el chaval le caía bien. Hablaría de él al vizconde e intentaría convencerlo para que lo tomara como sirviente o, tal vez, como escudero.

—Una pregunta... —dijo mientras volvía a admirar la talla del mango del cuchillo—. ¿Quién lo ha tallado?

—El chico. Le gusta perder el tiempo haciendo esas cosas.

—Bonito caballo, parece que esté volando... —dijo Oriol dirigiéndose al chaval.

—No es un caballo, es la Diosa Madre —respondió éste, aún enfurruñado por la negativa del padre.

Partieron poco después a galope tendido, y durante todo el trayecto Oriol no pudo dejar de pensar en los hermosos ojos grises de la mujer y en las últimas palabras del muchacho. Era cierto, entonces, lo que decía el rector: aquellas gentes aún adoraban a Amari, la diosa pagana de sus antepasados.

E

der pasó sus dedos por las rugosidades del pedazo de tronco de dos codos de largo por uno de ancho. Era una madera excelente, pensó emocionado; vieja de muchos años, tal como mostraban los círculos que aparecían en la parte talada; un castaño testigo de la existencia de varias generaciones familiares que finalmente había sido abatido durante el último cuarto creciente de la luna para convertirlo en leña, en material de construcción o... en algo hermoso. El padre se había negado en un principio a darle aquel trozo.

—¿Para qué lo quieres? —le preguntó cuando él se lo pidió.

—Quiero trabajarlo.

—Quieres perder el tiempo —afirmó el padre frunciendo el ceño—. Creí haber dejado claro que no quería verte haciendo cosas que no valen para nada; malgastas una buena madera y te llenas la cabeza de pájaros.

—Lo hago en mi tiempo libre y no molesto a nadie.

—A mí me molestas.

El padre había dado media vuelta y se había alejado farfullando algo sobre lo dura que era la vida para malgastarla en actividades inútiles.

Cuando aquella tarde Eder entró en el chamizo que utilizaba como taller, un pequeño habitáculo más apto para servir de gallinero que para trabajar, encontró el tronco de pie, iluminado por un rayo de sol que penetraba por el agujero abierto en uno de los muros del minúsculo espacio.

A pesar de su aparente severidad, el padre siempre acababa cediendo, tal vez porque, en el fondo, a él mismo le hubiera gustado transformar la madera en objetos «inútiles», hermosos a la vista y al tacto. Un leñador podía talar un árbol, un carpintero transformarlo en recias vigas para sostener las casas y las techumbres, un ebanista realizar una buena mesa o una alacena con su madera, pero sólo un artesano poseía la habilidad suficiente para tallar figuras en ella. Todos los hombres de la familia eran leñadores, carpinteros y ebanistas; en realidad, tres oficios en uno, el tradicional de su gente. Nacían, vivían y morían entre árboles; tanto era así que era imposible imaginárselos realizando otro tipo de trabajos. El bosque era su hogar y los árboles, seres vivos según la vieja creencia, pero una vez caídos se convertían en materia inerte, en su medio de vida. Él, sin embargo, no pensaba igual. Estaba convencido de que la madera seguía viva aun después de haber sido cortada y podía pasar mucho tiempo inmerso en su contemplación, descubriendo sus vetas, tonalidades, textura, antes de decidirse a hincarle la gubia. Era un don, un conocimiento heredado, para el que no había explicación. Había comenzado a tallar cuando aún era un niño pequeño. Primero fueron formas sin concretar; luego pequeños animales y plantas para, finalmente, atreverse con la figura humana a la que quería dotar de vida, de espíritu. La primera figura realizada fue un ser amorfo, con una frente enorme y miembros desproporcionados.

Sus familiares se rieron de él, pero no le importaron las risas ni los comentarios hirientes e insistió hasta que logró tallar la figura de un leñador en el momento de dar el último golpe y cuyos

músculos tensados aparecían perfectamente visibles. Ya no hubo más risas, pero a partir de entonces el padre no perdió ocasión de mostrarle su desaprobación.

—Ya tenemos demasiados problemas para que tú te entretengas en tonterías —le dijo cuando él le mostró una talla en la que aparecía su cabaña en primer plano y las otras detrás, rodeadas de árboles.

—Es Xuhitoa—intentó justificarse.

—Ya sé que es Xuhitoa. Tengo ojos en la cara. ¿Y qué? ¿Tan orgulloso estás de vivir aquí?

Quedó desconcertado. Nunca se había planteado si estaba orgulloso o no de haber nacido y de vivir en el pequeño barrio, arriba de la colina, oculto del mundo por la arboleda. Sólo bajaba a Anauz de tiempo en tiempo y tampoco conocía a nadie allí. La gente del pueblo no era como ellos, eso estaba claro. Donat le dijo que, una vez que había acompañado al padre con una carga de leña, se acercó a un grupo de muchachos y ellos lo insultaron y le tiraron piedras. A él nunca le había ocurrido algo parecido, aunque sí había podido observar las miradas poco amistosas que le dirigían las personas con las cuales se cruzaba en el camino.

—¿Por qué nos miran así? —preguntó al padre.

—No nos quieren.

—¿Por qué? Somos sus vecinos.

—Ellos preferirían que no lo fuéramos.

No hubo modo de sonsacarle nada más y los tíos tampoco respondieron a sus preguntas cuando él quiso saber la razón del extraño comportamiento de los del pueblo. Supo luego, de nuevo gracias a su hermano, que la gente de Anauz despreciaba a los habitantes de Xuhitoa porque no iban a la iglesia, no eran

agricultores ni ganaderos y, lo más grave, no eran propietarios de sus casas. No había muchos habitantes en el hermoso valle de Baigorri, pero casi todos eran propietarios de viviendas y tierras.

La casa daba el nombre a la familia, y quien no tuviera aquélla, tampoco tenía éste. Los pocos vecinos de Xuhitoa vivían en las tierras del vizconde.

El muchacho dejó de pensar en cosas que no comprendía y centró su atención en el tronco; tuvo la impresión de que le hablaba y supo entonces que la obra aún no iniciada sería una muy especial, mágica. No pudo, sin embargo, comenzar el trabajo; no quería estropear la madera. Una incisión mal realizada, un corte equivocado, y el precioso material iría a parar directamente al fuego. Se entretuvo en tallar dos mangos de cuchillo que la tía Elaia le había pedido, visto su arte, para sustituir a otros cortados de forma tosca, pero de vez en cuando se detenía y contemplaba el pedazo de madera que continuaba en el mismo lugar. Podría tallar un ciervo o un jabalí, animales con los cuales los habitantes de Xuhitoa compartían espacio, se dijo; sería la primera vez que realizase una obra así, de gran tamaño. Luego lo pensó mejor.

Quería hacer algo extraordinario; algo que dejase boquiabiertos a los miembros de su familia, en especial al padre, pero no se le ocurría nada. Una bandada de pájaros anidados en los árboles vecinos distrajo sus pensamientos. El piar de las aves al atardecer era una de las cosas que más le gustaba. Primero comenzaba una y, a continuación, le respondían cientos de otras, organizando un enorme alboroto que duraba un buen rato.

—Se desean las buenas noches —le había dicho la madre en una ocasión en la que él preguntó la razón de tanto bullicio—. Se preguntan si han tenido un buen día, si están contentas...

—¡Los pájaros no hablan! —había exclamado él entre risas.

—¡Claro que hablan! Todos los animales lo hacen, a su modo.

Lo que ocurre es que nosotros no podemos entender lo que dicen.

Si escuchas con atención, podrás oírles llamándose, avisándose de un peligro, buscando pareja...

Le entristeció el recuerdo de la madre. La echaba en falta, sobre todo al acostarse. Durante el resto del día, apenas tenía tiempo de pensar en ella, pero todas las noches, antes de dormirse, le dedicaba un pensamiento aunque sólo fuera durante unos pocos instantes. Cerraba los ojos y la veía junto a él, con sus largas trenzas cayéndole sobre el pecho, sonriéndole, arropándolo. No era justo que se hubiera ido sin decirle adiós. La culpa había sido del bebé que yacía junto a ella, sobre el lecho de ramas. Eso fue, al menos, lo que escuchó decir a las mujeres mientras la preparaban para el viaje a la morada de la Madre. La habían cubierto de hojas de helécho, trenzado su cabello con esmero y colocado una corona de flores silvestres sobre su cabeza, antes de retirarse y dejar que el padre, Donat y él se acercaran. Examinó curioso a la pequeña criatura, blanca como la nieve, y la odió por ser la causante de su soledad. No tuvo tiempo de fijar su atención en la madre, el padre prendió fuego al lecho de ramas y ambas desaparecieron entre humo y llamas.

Empezaba a anochecer cuando Manex regresó a la casa y fue rápidamente asaeteado a preguntas sobre los motivos de la llamada a presencia del vizconde. A pesar de las preguntas y las miradas interrogantes, el leñador se sentó a la mesa y comió en silencio dos cuencos repletos del mismo potaje que Elaia había preparado para la comida.

—¿Y bien? —le preguntó su cuñada cuando se levantó de la mesa.

—Y bien ¿qué?

—¿Qué quería?

—Hablar.

—¿De qué?

—Cosas del trabajo.

—¿Qué cosas?

Manex echó una mirada a su alrededor; sus hermanos e hijos lo miraban expectantes y Elaia estaba a punto de perder la paciencia, algo que podía apreciarse con toda claridad por cómo enarcaba las cejas y apretaba los labios, un gesto que él conocía demasiado bien.

—Quiere que trabajemos en su torre. Nos pagará y alojará en una cabaña de su propiedad mientras duren las obras.

—¿A todos?

—A todos.

Dicho esto, el jefe de la familia dio por terminadas las explicaciones, se arrebujó en una manta sobre el colchón relleno de heno seco colocado junto al hogar y se quedó dormido antes de que los suyos hubieran tenido oportunidad de hacer más preguntas.

Aquella noche Eder permaneció despierto durante mucho rato.

Por primera vez en su vida iba a ver mundo. No sería una de aquellas visitas al pueblo que duraban menos que un suspiro, entre miradas hostiles y algún que otro insulto, sino que irían a San Esteban de Baigorri, la localidad más importante de la región junto a Garazi, a trabajar para el señor del valle en persona.

Unos días más tarde, la familia al completo recogió ropas y herramientas, cerró la cabaña y se encaminó hacia su nuevo destino.

La casa-torre se hallaba situada en una loma sobre el río Aldude. Era un edificio austero, viejo de más de un siglo, sin el mínimo adorno, construido en piedra hasta la segunda altura y con un cadalso de madera en la parte superior que igualmente servía de almacenamiento para cereales y frutas, y como puesto de vigilancia para los hombres del vizconde. Los Bozat fueron

alojados detrás de la iglesia de San Esteban, construida por los señores del lugar para su enterramiento, en una casucha situada junto a otras de aspecto similar, habitadas por aquellos a quienes el rector llamaba leprosos espirituales; todos carpinteros y canteros, la mayoría conocidos de los recién llegados.

A la mañana siguiente, nada más rayar el alba, los hombres de la familia, incluido Eder, y sus vecinos esperaban órdenes a las puertas de la torre. El vizconde deseaba, según les dijo Oriol, transformarla en una morada digna de su condición de gentilhombre del rey de Navarra. Para ello, les informó, había contratado los servicios de uno de los mejores maestros de obras del reino de Francia a quien todos deberían obedecer sin discutir.

Dicho esto, penetró en el edificio y volvió a salir de él al poco rato acompañado de dos hombres, uno cercano a los cincuenta y rostro serio, vestido de modo extraño a la región, y otro con su mismo aspecto aunque más sencillo. El primer hombre pasó revista a los allí congregados, saludó con un gesto y los hizo agruparse por oficios, quedando los Bozat y algunos más en el grupo de los carpinteros.

—Andamios y vigas de quince pies de largo por dos de ancho

—ordenó el constructor por medio de Oriol que le servía de intérprete.

—¿Haya, roble, castaño o encina? —replicó Manex.

Durante unos instantes los dos hombres se observaron. Ambos tenían casi la misma edad y también la misma altura. El constructor sabía reconocer a un buen artesano con sólo mirarle a los ojos y verle las manos. Sonrió.

—Castaño para el andamiaje, roble para las vigas.

Manex sonrió a su vez, hizo una seña a su gente y desaparecieron por el caminejo que llevaba al bosque cercano.

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