El Verdugo De Dios
Gares (Puente de la Reina), 1248 114
Gares (Puente de la Reina), 1248
E
der vagó por la villa sin saber muy bien adonde dirigirse. Dio varias vueltas por las tres calles de la población, en especial por la del medio, llamada rúa deis Rumeus, repleta de puestos de mercaderías, artesanos, mendigos, peregrinos y freires; observó a la gente, buscando descubrir el rostro del maestro o, al menos, el de su hija o yerno; se sentó un rato en el suelo, junto a un ciego que pedía limosna, y acabó de nuevo en el mismo lugar donde había dejado a Alazaïs cuando la noche caía y la primera estrella brillaba en un cielo rojo y azul. La muchacha ya no estaba allí y sintió remordimientos por haberla dejado sola en un lugar desconocido. La linterna sobre la puerta del hospital indicaba que permanecía abierto y estuvo tentado de entrar para comprobar si ella se encontraba dentro y segura, pero no lo hizo. Todavía le escocían sus palabras y no se había disipado la amargura que había roto de manera brusca una relación hasta entonces gratificante y con futuro. Recordó la sensación que recorrió su cuerpo al tenerla junto a él en el hospital de Zizur. De no haber sido por lo cansado que estaba y también porque aquél no era el lugar apropiado, tal vez, sólo tal vez...
Permaneció en el mismo lugar, quieto, hasta que Gaueko, el señor de la noche en su vieja creencia, extendió su manto y un hombre menudo salió y apagó la linterna. Dio entonces media vuelta y, sin pensarlo demasiado, penetró en la iglesia situada en el lado opuesto de la calle. Estaba vacía y silenciosa; el interior oscuro, iluminado por grandes candiles de aceite y algunas velas, olía a cerrado ya algo dulzón, un tanto empalagoso para su gusto.
Era la segunda vez que entraba en una iglesia, pero ésta,
construida en piedra y con los muros pintados con dibujos extraños para él, nada tenía que ver con la de Arizkun. Le habría gustado que su maestro estuviera allí. Él le habría explicado el significado de aquellos rostros severos, pájaros, plantas y animales desconocidos que asomaban y se desvanecían entre las sombras; verdes, rojos, naranjas, azules, amarillos..., una explosión de color que nunca antes había visto.
Continuó avanzando por el centro hacia el fondo, los ojos fijos en una pequeña figura colocada sobre un pedestal, detrás de una mesa de piedra. Era la imagen de una mujer sentada, con un niño sobre su rodilla izquierda. Se aproximó y la contempló durante un buen rato, maravillado. Estaba atónito y no podía apartar los ojos de la imagen; se aproximó para cerciorarse de que no se equivocaba, de que la luz de cirios y candiles no le estaban jugando una mala pasada.
A pesar de hallarse tan lejos de las montañas, las gentes de aquella región, desconocida para él, también adoraban a la Madre y la hacían visible a su modo. Que él supiera, los suyos jamás se habían atrevido a representarla o no habían sabido. Todo lo que nacía y tenía vida —las plantas, los animales, los seres humanos—
era muestra suficiente de su existencia, y no era posible darle cuerpo, pues nadie podría transformar en materia el aire, el fuego o el agua. Él, sin embargo, había intentado representar a la diosa de la fertilidad, dadora de vida, comienzo y fin de todas las cosas.
Creía haber sido el único, pero alguien más había tallado aquella figura con una sonrisa apenas esbozada y la criatura ya nacida sobre su regazo. Sonrió y, en un gesto instintivo, le acarició el rostro.
—Es hermosa, ¿verdad?
Retiró la mano y se giró sobresaltado. Un hombre de mediana edad, cabello rapado y barba poblada, vestido como un soldado, se hallaba a tan sólo dos pasos de él. No lo había oído acercarse y dicha constatación le desconcertó poniéndole en guardia, aunque no parecía que el sujeto fuera a agredirle.
—¿Alguna vez la habías imaginado así? —preguntó de nuevo el soldado.
—Es negra —se limitó a afirmar.
—Negra, sí. Nigra sum sed formosa... —añadió el hombre, recitando las primeras palabras de uno de los versículos del Cantar de los Cantares.
—Como la noche, como el carbón fabricado por mi pueblo con la madera de los bosques, como el interior de las cuevas, como las puertas de la morada de la diosa. Como la propia Madre Tierra.
—¿No te extraña?
—No, sólo me sorprende no haber pensado antes en ello.
Siempre me la había imaginado parecida a mi propia madre.
—Ella también lo es —el comendador señaló la imagen.
—Madre de todos los seres humanos...
—Me emociona tu devoción —prosiguió el hombre con la vista puesta en la imagen—. ¿Eres peregrino?
—No.
—Pero tampoco eres de por aquí.
—No.
—¿Y qué buscas en Gares?
—A mi maestro, Geoffroi Bisol.
El hombre dio un respingo.
—¿Dónde has oído tú ese nombre? —había desconfianza en su tono de voz.
—Es el de mi maestro...
—¿Maestro de qué?
—De obras; mi maestro es constructor del rey de Navarra.
El hombre parecía cada vez más sorprendido y examinó con atención al joven.
—Pero... tú no eres franco...
—No, soy navarro de la montaña.
Poco después Eder comía con avidez un espeso potaje en el cual podía clavarse una cuchara y dejarla tiesa, en un rincón de una cocina, tan amplia, pensó, que cabían en ella media docena o más como la de Bozatenea. Tenía hambre y durante un rato se centró en la comida, sin perder el tiempo en mostrar los buenos modales aprendidos con Geoffroi. El soldado lo observaba con curiosidad, pero le dejó comer tranquilo y no hizo más preguntas hasta verlo satisfecho tras la ingesta de dos cuencos repletos de potaje y un buen pedazo de pan.
—Y ahora, muchacho, vamos a hablar tú y yo. Cuéntame quién eres y cómo has llegado a ser aprendiz de un maestro de obras.
Con el estómago agradecido y la ayuda de un pote de vino, Eder habló. No sabía muy bien la razón, pero el desconocido le infundía confianza, tal vez porque le había dado de comer o porque en su enorme casa guardaba una imagen de Amari.
Además, necesitaba confiar en alguien; contarle su vida, la vida del pueblo del bosque, los desprecios soportados y la esperanza en algo mejor el día en que entró a trabajar para el constructor. Él tallaba la madera desde cuando podía recordar y muy bien, por
cierto, afirmó con una ingenuidad que provocó la sonrisa del caballero, y por esa razón el maestro Bisol lo había tomado bajo su protección; le había enseñado a esculpir también la piedra y le aleccionaba en el arte de la construcción cuando ocurrió aquello...
Sin confesar la verdadera razón de su marcha, le explicó cómo, a su vuelta a Pamplona después de visitar a la familia, supo que el maestro había sido asaltado y se encontraba ahora en Gares.
También le confió la sospecha de que su mentor estuviera en peligro. Omitió explicar nada sobre el pergamino oculto en su morral y el triste final de la mujer del maestro y el de su propia tía.
Eran asuntos que únicamente les incumbían a ellos dos.
El hombre escuchaba con mucha atención la larga confesión del joven, admirado a veces por lo que decía y otras en extremo interesado.
—¿Tienes dónde dormir?
—No.
—Te quedarás aquí esta noche y mañana yo mismo te ayudaré a encontrar a tu maestro.
—¿Lo haréis?
—¡Por cierto que sí! Quiero conocer a fondo esta historia.
Lo acompañó a un cuarto pequeño y desnudo de objetos; un catre, una palangana con una jarra de agua y un crucifijo clavado en una pared eran todo lo que había en él. Le entregó una manta y le dio las buenas noches.
—A propósito... —el hombre pareció dudar antes de continuar
—. Me llamo Bertrand, ¿y tú?
—Eder, hijo de Manex Bozal;.
—Bien, Eder, otra cosa. Esa Madre de la que me has hablado, la que dices que tu gente venera, ¿es cómo la que está en nuestra iglesia?
—En realidad, no. —El joven apenas podía mantener los ojos abiertos.— No tiene rostro, pero cada cual se la imagina a su gusto.
El hombre asintió varias veces con la cabeza y cerró la puerta al salir. Eder se echó la manta por encima de los hombros, se arrebujó en ella, se tumbó en el catre y se quedó dormido.
Al día siguiente, y siguiendo su costumbre, se despertó justo después de haber amanecido. No se oía ningún ruido y aún estaba cansado de la caminata de los días anteriores. Permaneció durante un rato tumbado, sin abrir los ojos; cuando los abrió, se fijó en la cruz de la pared y recordó las palabras de Alazaïs: «Oí decir en Baigorri que vosotros, los carpinteros, los agotes, construisteis la cruz en la que Jesús fue crucificado y por eso lleváis la lepra dentro». Desde que se hallaba en compañía del maestro había aprendido mucho sobre la religión cristiana y sobre ese Jesús mencionado por la muchacha, pero jamás había escuchado que ellos hubieran fabricado una cruz para clavar en ella a un hombre.
Al padre nunca le había hablado de semejante hecho, ni tampoco la tía Elaia, que había sido la persona que más sabía sobre los antepasados y las antiguas costumbres. Recordó también la conversación mantenida la víspera con el tal Bertrand y lamentó haberse ido de la lengua con un desconocido. Éste sería como los otros, los de Baigorri, los de Baztán, Robert Lepetit, Alazaïs... Se levantó de un salto y salió del cuarto con intención de abandonar el lugar cuanto antes y buscar al maestro aunque tuviera que ir llamando puerta por puerta preguntando por él.
El pasillo era estrecho y estaba oscuro. No recordaba cómo había llegado hasta el cuarto la víspera y se sintió perdido; casi a tientas buscó una escapatoria y respiró aliviado al encontrar una escalera en uno de los extremos del corredor. La bajó de dos en dos y aterrizó en una sala en la cual se hallaban varios hombres
que lo miraron con curiosidad al verlo aparecer dando saltos, pero no le dijeron nada y él atravesó la habitación con la vista puesta en el gran portón abierto a la calle. Unos pasos más y estaría fuera.
—¡Montañés!
Una voz en tono imperioso le obligó a detener su marcha apresurada.
—¿Adonde vas, muchacho?
Se giró y los ojos se le abrieron como platos. El soldado que le había dado de comer y proporcionado un lugar donde pasar la noche se hallaba frente a él, vestido con una túnica larga de color blanco con una cruz roja en el pecho, atada a la cintura con un cinto ancho de cuero del cual colgaba una espada; llevaba asimismo una capa, también blanca, con la misma cruz roja en el hombro, y calzado de hierro. No supo qué responder y permaneció a la expectativa.
—He hecho averiguaciones acerca de tu maestro y sé dónde se encuentra. ¡Vamos!
Bertrand salió de la casa seguido por el joven, aún aturdido por la impresión. En Pamplona podía verse todo tipo de gentes, vestidas de las formas más extrañas o estrafalarias, pobres o elegantes, pero nunca había visto ropas como aquéllas, y tampoco los curas vestían así, y mucho menos llevaban espada al cinto. El soldado, o lo que fuera, atravesó con paso firme el portal de la muralla y se encaminó por la rúa dels Rumeus. Los comerciantes abrían los bajos de las casas o sacaban sus puestos para exponer las mercancías, los peregrinos que llegaban y los que continuaban el viaje caminaban en ambas direcciones, mujeres con grandes cántaros sobre las cabezas tomaban el camino del río, y comenzaba una animación que no decaería hasta la puesta del sol.
Eder observó estupefacto cómo algunas personas hacían una leve inclinación al paso de su acompañante y no le cupo duda de que el hombre no era un cualquiera. Antes de darse cuenta, estaban
delante de una casona de piedra cuya puerta se abrió sin que hiciera falta llamar. El guarda se inclinó casi hasta el suelo y ellos entraron en un pequeño patio cuadrado al que daban puertas y ventanas de todos los tamaños.
—¡Comendador!
Antoine Brulé apareció por una esquina del patio y se dirigió hacia los recién llegados con los brazos extendidos. Eder retrocedió unos pasos hasta quedar medio oculto por una columna, mientras los dos hombres se fundían en un abrazo y él observaba al marido de Alix, el que compartía su vida y su lecho. Había engordado exageradamente y vestía una túnica granate de tela gruesa y hombros y mangas abombadas que lo hacían parecer todavía más obeso.
—Os hemos estado esperando desde nuestra llegada a Gares
—le oyó decir.
—He estado de viaje —se disculpó Bertrand—. Llegué hace unos días y los asuntos de la encomienda precisaban mi atención.
—Lo sé, lo sé, pero quería agradeceros vuestra hospitalidad y el que hubierais puesto esta hermosa casa a nuestra disposición, mucho más digna de un comendador del Temple que de un simple cortesano como yo.
—Los freires no necesitamos lujos —había un pequeño deje de ironía en la voz del soldado—. Decidme, amigo mío, ¿están aquí vuestra esposa y vuestro suegro?
—¡Naturalmente! No sé cuánto tiempo me llevarán los asuntos de nuestro señor Teobaldo en estas tierras y no quería dejarlos solos en Pamplona ahora que mi mujer va a darme un hijo y su padre se halla en un triste estado de salud.
—Me alegra saber que vais a ser padre y lamento la enfermedad de vuestro suegro. ¿Cuál es su nombre?
—Se llama Geoffroi Bisol, es maestro de obras del rey. Bueno, era maestro. Ahora, como ya os he dicho, no se encuentra bien.
—Este joven dice que se halla en peligro...
—¿Qué joven?
Eder salió de su escondite y avanzó hacia ellos. El rostro del consejero real mostró sorpresa y después satisfacción.
—¡Me alegra volver a verte, Eder! A ver si tú eres capaz de sacar al maestro de su..., su abstracción.
—¿Abstracción? —interrogó Bertrand.
—Le asaltaron unos ladrones en su casa y lo golpearon dejándolo malherido y con la razón perdida —le aclaró Brulé—.
De vez en cuando dice cosas bastante coherentes. Habla de su madre y de este muchacho, su aprendiz.
—¿Podríamos verle ahora?
—¡Por supuesto! Aunque ya os digo que permanece ausente la mayor parte del tiempo.
El caballero inició la marcha seguido por los otros dos.
Ascendieron por una escalera hasta el primer piso y llegaron a una habitación en la que, en un lecho de enormes proporciones, yacía Geoffroi Bisol. A Eder se le encogió el corazón al verlo tan menguado y pálido, hundido entre almohadones, y tuvo que morderse los labios para no echarse a llorar. Despacio, se aproximó y contempló, emocionado, al hombre que tanto admiraba desde el día en que lo conoció. Bertrand hizo una seña a su amigo y ambos salieron de la habitación sin hacer ruido. El joven se sentó en el borde de la cama y cogió una de las manos apoyada sobre el cubrecama de lana con pájaros bordados en ella.
Deseaba transmitirle la fuerza de su juventud, el aliento de la vida, recuperar el tiempo, volver años atrás, cuando él era aún un
mozalbete ansioso por aprender los secretos de la construcción y su maestro, un hombre sabio; quería gritar, maldecir y estrujar entre sus manos el cuello del culpable de aquella situación.
—Ah... —suspiró—. Maestro, querido maestro. ¿Qué os han hecho?
Geoffroi abrió los ojos y se lo quedó mirando. Él le sostuvo la mirada sin soltar su mano.
—¿Eder?
—Maestro...
—Te he estado esperando, hijo, todo este tiempo. Quería verte antes de partir y pedirte un favor. Fue él, el Bugre, el hijo del diablo, quien me hizo esto.
—¡Lo mataré en vuestro nombre!
—Déjalo, no merece la pena, pero permanece vigilante. El pergamino...
—Sigue a buen recaudo, maestro.
Para confirmar sus palabras, sacó la estatuilla que guardaba en el morral y la puso entre sus manos. En silencio, el enfermo contempló la imagen y una sonrisa, más bien una mueca dolorida, se dibujó en su rostro.
—Es bella tu Madre, querido muchacho, muy bella. ¿Crees que me acogerá como a uno de los suyos?
—Lo hará.
—Puede que no te lo permitan, pero me gustaría que mis huesos fueran enterrados en el collado, ya sabes, junto a mi añorada Madeleine y a tu tía Elaia. Allí esperaría, con ellas, el día en que volviéramos a nacer. Esto es lo que quería pedirte.
—Yo os llevaré, señor. Lo juro.
El maestro acarició el rostro de la imagen, la acercó a su pecho, sonrió y cerró los ojos, después de emitir un profundo suspiro. Eder notó un nudo en la garganta que le impedía respirar, una congoja más dolorosa que la peor de las heridas. No podía pensar, tenía la mente en blanco y los ojos fijos en el muro recubierto por una tela para resguardar la habitación del frío. Al cabo de un rato, no supo si minutos u horas, escuchó el ruido de la puerta al abrirse, pero no se giró.
—Me ha dicho mi marido que estabas aquí...
Conocía aquella voz demasiado bien; su pulso se aceleró, aunque permaneció inmóvil. Alix se aproximó a la cama y se inclinó en ademán cariñoso hacia su padre. Tardó unos instantes en reaccionar tras darse cuenta de que él ya no respiraba; se dejó caer de rodillas, juntó las manos y comenzó a llorar y a rezar en silencio.
El artesano observó su perfil. Había cambiado en aquellos pocos meses, parecía más madura, más mujer; el pelo sujeto en una larga y espesa trenza, vestida de azul, del mismo color que sus ojos, la encontró aún más hermosa que antes. Su mirada siguió la trayectoria del cuello, el escote, cuadrado y amplio, y los pechos sujetos por el talle alto realzado por una cinturilla bordada con hilos de plata. Se detuvo en el vientre abultado, y al dolor por la pérdida de su maestro se unió el de la pérdida de la mujer a quien amaba y que estaba a punto de traer al mundo a un nuevo ser, hijo de otro hombre.
Los funerales por el alma del maestro constructor Geoffroi Bisol tuvieron lugar en Nuestra Señora dels Orzs con gran solemnidad y la iglesia repleta de gente. Nadie conocía al difunto, ni siquiera de vista, pero los freires se encargaron de expandir la noticia: un descendiente de uno de los nueve caballeros que ciento veinte años atrás se habían unido para proteger a los peregrinos y fundar la orden de los Pobres Caballeros de Cristo había ido a
morir entre ellos. Después de la misa y las oraciones fúnebres, seis monjes-soldados vestidos de gala transportaron la litera en la que reposaba el fallecido, cubierto con una tela blanca y la roja cruz templaría bordada en ella, hasta la iglesia de Onat, en el lugar de Muruzabal, a una legua escasa de Gares. El templo había sido fundado medio siglo antes como lugar de enterramiento por infanzones de la región a su vuelta de Tierra Santa, a donde habían ido en peregrinaje, y construido en planta octogonal, en recuerdo al Santo Sepulcro de Jerusalén. Aquél sería el lugar de reposo del maestro constructor. Fueron muchas las personas que acompañaron al cadáver hasta su última morada. El señor Brulé iba al frente de la procesión como deudo más próximo, junto al comendador Bertrand de Garlande; su esposa había permanecido en Gares, pues había entrado en labor de parto debido al disgusto y el nacimiento se presentaba difícil a decir de la comadrona.
Eder caminaba tras la litera funeraria con la mente llena de palabras, imágenes y recuerdos del hombre que ya no estaba y, sobre todo, de la promesa que le había hecho en su lecho de muerte y que no podría cumplir. No había tenido oportunidad de informar a Alix sobre el último deseo de su padre; no había podido hablar con ella durante las horas que siguieron al fallecimiento. Asimismo, pensaba en su futuro. Ya no había motivo para permanecer lejos de los suyos, aunque tampoco deseaba regresar a Baztán, no por el momento, pero ¿qué otra cosa podría hacer? Sin dinero ni trabajo, se vería obligado a mendigar, y esto era algo que su orgullo le impedía hacer. Siguió la ceremonia en la iglesia con oído distraído y también, igualmente distraído, la de la capilla de enterramientos, mucho más breve.
Sólo una cosa llamó su atención: allí podía verse, al igual que en Gares, la imagen de una Madre con su hijo sentado sobre sus rodillas que parecía mirarlo a él exclusivamente. Observó cómo descendían el cuerpo envuelto en la enseña templaría en el agujero excavado bajo el pórtico cubierto y colocaban la losa sin nombre sobre la tumba, igual que las piedras en el collado donde la familia había enterrado a sus muertos durante generaciones. De nuevo recordó su promesa. Al fin y al cabo, se dijo sin mucha
convicción, el maestro había vuelto a la tierra y la diosa también velaba por él en aquel lugar. No podía moverse, sentía los pies pegados al suelo, mientras los asistentes al acto comenzaban a regresar a Gares. Una mano, como una tenaza asiendo su brazo, lo sacó de su estupor. Alzó los ojos y encontró la mirada amable de Bertrand.
—Vamos, muchacho.
—¿Adonde?
—Dios proveerá.
Se dejó conducir dócilmente hacia el sendero de vuelta y caminó en silencio al lado del comendador, ambos rodeados por los caballeros de blanco que habían transportado la litera funeraria. Antes de penetrar en el edificio principal de la encomienda, dirigió los ojos hacia el hospital con la remota esperanza de ver allí a Alazaïs, pero fue a otra persona a quien vio y tuvo un sobresalto. La inconfundible figura del predicador se destacaba en medio de varios hombres, todos con el mismo aspecto de discípulos sumisos. Sus miradas se encontraron durante un brevísimo espacio de tiempo y fue la suya la primera en desviarse. Supo que el enemigo de su maestro lo había reconocido al instante, y sintió miedo.
T
ras observar cómo Eder desaparecía entre la gente, Alazaïs aún permaneció un rato en el mismo lugar, a la espera de verlo aparecer de nuevo; correría hacia él y le suplicaría que la perdonase, le diría que sus palabras habían sido motivadas por el recuerdo de las miles de personas, gentes de su tierra, asesinadas
sin piedad, pero él no volvió. Cansada de esperar y con el estómago reclamando algo de comer, entró en el hospital y pidió refugio para la noche. La joven meditó sobre su futuro tumbada en el catre de la sala de las mujeres, un espacio mucho más pequeño que el de los hombres puesto que también era menor el número de peregrinas que se atrevían a realizar el Camino. Su primera intención fue interesarse por algún grupo que estuviera de regreso y se dirigiera hacia los Pirineos; al menos podría ir hasta Pamplona en su compañía y no arriesgarse a ser atacada en el trayecto. No sería la primera vez que una viajera era asaltada, robada y violada, cuando no asesinada. Luego lo pensó mejor. No quería volver a Baztán. ¿Con qué cara se presentaría ante sus padres? ¿Qué futuro le esperaba allí? Tampoco quería alejarse de Eder. Aunque él la odiase, ella siempre lo amaría como lo había hecho desde su primer encuentro. Por otra parte, sentía la necesidad de protegerlo. Era absurdo, dado que ella era una mujer y, además, más joven, pero era un sentimiento que no la abandonaba desde su reencuentro. Estaba convencida de que él la necesitaba, necesitaba a alguien que lo protegiera y construyera a su alrededor un mundo ajeno a las intrigas, las envidias, la perversión, creadas por el Mal para la perdición de los seres humanos. Era un artesano, sus manos podían dar forma a la belleza, expresar en un trozo de madera o de piedra los sentimientos más puros del alma; era un ser privilegiado por Dios a quien era preciso preservar de los peligros que lo acechaban, pero ¿cómo hacerlo? Decidió quedarse en Gares, encontrarlo y cuidar de él oculta en la sombra.
Al día siguiente comenzó a buscar trabajo. Se lavó con cuidado la cara y las manos, peinó su cabello en un moño para parecer mayor y sacudió sus ropas para quitarles todo rastro del polvo acumulado durante el viaje. Necesitaba vivir en algún lugar, pero el asunto resultó más difícil de lo que creía. Se ofreció para limpiar, servir de criada, ayudar en los puestos de los comerciantes, trabajar en el único taller textil de la población, pero no había trabajo para una desconocida sin recomendaciones.
Durante dos días vagó por la población; no podía quedarse más
tiempo en el hospital, dos noches era lo máximo admitido, y no tendría más remedio que regresar a Baztán. Tampoco encontró rastro de Eder y temió que se hubiera marchado. Era imposible no encontrarse en un lugar pequeño como aquél. En la tarde del segundo día, a punto de volver al hospital para buscar un grupo con quien caminar hasta Pamplona, escuchó una conversación entre una mujer mayor y la vendedora de un puesto de verduras.
—No hay modo de encontrar una ama de cría —decía la mujer
— y mi señora no puede alimentar a la criatura. Ha sufrido mucho durante el parto y está exhausta. Temo que muera y también la niña, que ha nacido débil y sin peso. Ay, ¡cuántas penas! Y mi señor que murió hace dos días...
—Existen compuestos para vigorizar a las madres parturientas y también hay medios para alimentar a los recién nacidos —
intervino ella.
La mujer la miró con atención antes de hablar.
—¿De dónde vienes?—De muchas partes... Nací en las cálidas tierras de Provenza, pero mis padres y yo vivimos durante muchos años en Ultrapuertos y ahora ellos están en Baztán. Mi madre sabe mucho de plantas y remedios, aunque es tejedora —aclaró para dejar bien claro que no era una campesina.
—¿Y qué haces tú en Gares?
—Es una historia larga de contar... Llegué ayer en compañía de..., del hombre que amo, pero él ya no está conmigo y yo busco trabajo.
Poco después entraba por la puerta posterior de una casona de piedra, cuyo interior estaba silencioso como una tumba.
—No te prometo nada —afirmó la mujer—, pero tienes una oportunidad para quedarte aquí si consigues alimentar a la niña. Ni siquiera llora de lo débil que está.
La condujo a una habitación pequeña, caldeada por un brasero de carbón, y le mostró a la criatura, fajada hasta el cuello, que permanecía inmóvil como un pequeño cadáver. Alazaïs sintió que se le encogía el corazón al contemplar a un ser tan desvalido. Hizo esfuerzos por recordar la forma en la que su madre había ayudado con éxito a una vecina del barrio de los artesanos, en San Esteban, que había dado a luz a un niño medio muerto, se encomendó al Dios del Bien y se subió las mangas de la camisa.
—Necesito un barreño con agua caliente, aceite de romero, leche templada recién ordeñada, un trozo de intestino de oveja muy limpio, un embudo, hilo, aguja, paños de aseo y una manta pequeña de lana suave.
La mujer quiso preguntarle para qué necesitaba cosas tan dispares, pero la vio tan segura que se limitó a afirmar con la cabeza y a salir corriendo en busca de lo solicitado. Estaba dispuesta a probar cualquier cosa y nada se perdía dejando hacer a aquella extraña muchacha aparecida como por arte de magia en un momento tan desesperado.
Lo primero que Alazaïs hizo fue desenfajar a la niña. Era una práctica común, pues se tenía la convicción de que los miembros del cuerpo debían estar bien sujetos para no deformarse, pero ella había oído decir a su madre que aquélla era una costumbre absurda, que en lugar de sujetar los miembros del recién nacido, los atrofiaba. Ya desenfajada, metió a la niña en el barreño de agua, después de haberse asegurado de que ésta no quemaba y haber vertido una generosa cantidad de aceite de romero en ella.
La mantuvo un buen rato dentro, dándole masajes suaves en las extremidades y también en el abdomen. Sonrió al ver que se movía y que por primera vez abría los ojillos. Cuando el agua comenzó a enfriarse la sacó y le frotó con los paños de aseo hasta que estuvo bien seca; luego friccionó su cuerpecito con el aceite y, finalmente, la envolvió en la manta de lana y la colocó en los brazos de la mujer. Luego llenó el intestino de oveja con la leche ayudándose del embudo, ató un extremo con el hilo y agujereó el
otro con la aguja. Se sentó en una silla, se abrió la camisa para dejar el pecho al descubierto y alargó los brazos para tomar a la niña; apoyó su carita contra su piel y le introdujo la tetina improvisada en la boca. Al principio la niña se negó a comer, la leche corría por su barbilla y apretaba con fuerza los labios, pero la joven insistió y, por fin, comenzó a chupar.
La mujer no salía de su asombro. Ella y otras sirvientas de la casa habían intentado por todos los medios alimentar a la criatura y hete aquí que una mozuela llegaba de la nada y lograba lo que otras personas con más edad y experiencia no habían conseguido.
Contempló a la joven y a la niña con los ojos empañados de lágrimas y salió de la habitación para ir a contar a todos el milagro presenciado. Poco rato después los miembros de la casa admiraban en silencio el prodigio. El propio padre de la criatura no ocultaba su satisfacción y se mordía el labio inferior, emocionado.
—¿Cómo te llamas, muchacha? —preguntó cuando la niña dejó de comer y se durmió cansada por el esfuerzo.
—Alazaïs, señor —respondió ella al tiempo que se cubría el pecho, súbitamente acalorada.
—¿Quieres quedarte en esta casa y ocuparte de mi hija?
—Me gustaría, señor.
—Todos conformes entonces.
El caballero salió seguido por los demás, excepto por la vieja sirvienta.
—¡Nunca lo hubiera podido creer de no haberlo visto! —
exclamó la mujer—. ¿Has hecho esto otras veces?
—No, pero se lo he visto hacer a mi madre.
—¿Por qué te has soltado la camisa?
—Para que la niña sintiese el calor de mi cuerpo y escuchase los latidos de mi corazón.
La mujer se inclinó y le dio un beso en la mejilla.
—Gracias —dijo en un susurro y añadió después—: Mi nombre es Juana y yo me encargo de todo. ¿Tienes hambre?
—¡Casi tanta como ella! —rió la joven mirando al bebé—.
¿Cómo se llama?
—Aún no tiene nombre, pero mi señora quería llamarla Madeleine. Era el nombre de su madre.
Aquella noche Alazaïs durmió en la casona, en el cuarto de la pequeña, junto a su cuna, tumbada sobre un mullido jergón de paja y hierbas secas, con sábanas limpias que olían a tomillo y a hierbabuena. Juana le informó de que el señor había encargado ropas nuevas para ella y una cama y también de que la señora esperaba verla a la mañana siguiente para darle las gracias. Su último pensamiento, mientras acunaba a la niña con un mano, fue para Eder. Si él pudiera verla en aquellos momentos, si supiera lo que había hecho, seguro que la perdonaría por sus palabras y podrían retomar la relación interrumpida de forma desafortunada.
Con el paso de los días, la pequeña Maddi, como todos la llamaban, fue cogiendo peso a gran velocidad; sus mejillas se llenaron y su piel adquirió el suave color rosa de los niños sanos.
Alix también mejoró y, pasadas unas semanas, pudo levantarse y llevar una vida normal. Había algo, sin embargo, que tenía a todos los de la casa muy sorprendidos: no mostraba ningún afecto por su pequeña. Acudía todos los días a verla o pedía que se la llevaran para comprobar sus progresos, la cogía durante unos momentos, besaba su frente y volvía a dejarla en la cuna o en brazos de la niñera hasta el día siguiente. Juana estaba escandalizada y no dejaba de expresar sus sentimientos.
—¡No parece ni su madre!
—Aún no está repuesta del todo —mediaba Alazaïs.
—Lo está para salir a pasear y para acudir a casa de sus amistades.
—Sufrió mucho durante el parto...
—No ha sido la única —insistía la mujer—. De cada tres mujeres que paren, dos sufren tanto o más que ella y no se comportan con tanta frialdad. Una criatura necesita cariño.
—Lo tiene, mi querida Juana, tú y yo se lo damos con creces.
—Pero no somos su madre. ¡Ay! ¡Si mi señor viviese!
Juana siempre acababa las frases refiriéndose a su difunto señor. Al principio, Alazaïs no hacía ningún comentario, pero un día se le ocurrió preguntar por él, visto el empeño que ponía la mujer en citarlo en todo momento. Le llevó algo de tiempo enterarse de que el hombre del cual la vieja sirvienta hablaba con tanta pasión era la misma persona mencionada por Eder con pareja devoción: su maestro Geoffroi Bisol. El descubrimiento la dejó paralizada y tardó un rato en unir cabos. Así pues, Alix, la mujer a cuya hija había salvado de una muerte segura, era el gran amor del hombre a quien ella amaba. «Amo a la hija de mi maestro —le había confiado él en Baztán—, pero es un amor imposible. Está casada y, aunque no lo estuviera, nunca me aceptaría. Los hijos del bosque sólo pueden unirse entre ellos, pero, para mí, nunca habrá otra mujer.»
A pesar de sus palabras, ella había decidido luchar, seguirlo a su vuelta a Pamplona, lograr que la quisiera aunque no fuera con la misma pasión que sentía por aquella mujer, un fantasma que con el tiempo se diluiría en el recuerdo. La perseverancia, solía decir su padre, era la mejor de las virtudes, y ella estaba dispuesta a ponerla en práctica. El destino, imprevisible, la había llevado a
la propia casa de su rival y había cambiado su situación por completo. No podía quedarse allí, se dijo excitada. Eder sabía que la hija de su maestro se hallaba en Gares y la buscaría o, al menos, intentaría acercarse a ella. No quería estar presente cuando eso ocurriera. Vencer un sueño era difícil, pero posible; vencer una realidad era algo inalcanzable. La distrajo el llanto de Maddi y se aproximó a su lado; la cogió en brazos y la acunó hasta que volvió a dormirse. La idea de abandonar a la pequeña le partía el corazón.
Había volcado en ella el amor que se le negaba como mujer y sentía que ella era su verdadera madre; le había salvado de la muerte, alimentado, cuidado y velado sus sueños. No era madre quien daba a luz, sino quien cuidaba a una criatura indefensa.
¿Cómo podía Eder estar enamorado de alguien incapaz de darle cariño a su propia hija?
A partir de entonces, espió todos los movimientos de Alix. La vio engalanarse, pasar las mañanas en manos de su criada personal, quien se encargaba de peinarla, maquillarla y vestirla; salir acompañada de su marido para ir a visitar a sus conocidos; invitarlos a su vez y agasajarlos con una mesa repleta de viandas, vinos y dulces. Observó con rabia sorda la desgana con la que cogía a la niña en brazos y preguntaba por su salud, y la indiferencia con que la trataba a ella misma. Cada día se decía que se marcharía de aquella casa al día siguiente, pero Maddi se había convertido en el centro de su vida. Bañarla, darle de comer, hablarle y hacerla reír era más importante que perder el tiempo pensando en un hombre obcecado por el amor de una mujer que no le merecía.
Un día, mientras tomaba el aire y jugueteaba con la niña sentada en la hierba de la pequeña huerta situada detrás de la casa, algo llamó su atención: los ojos de Maddi eran grises, del mismo color que las piedras delas montañas y las nubes tormentosas.
Tenía ya dos meses de vida y la telilla que los cubría había desaparecido. No era un color habitual. De hecho, ella sólo conocía a una persona que tuviera aquella mirada. Dicha constatación la dejó tan sorprendida que llegó a creer que eran
alucinaciones suyas. Posteriores exámenes en distintos momentos del día no hicieron más que confirmar su primera impresión.
Observó con disimulo los ojos de Alix cuando, como de costumbre, fue a llevarle a su hija a la mañana siguiente; eran de un azul profundo. También se fijo en los del señor Brulé, quien todos los días, sin faltar uno, se interesaba por la niña y le hacía las carantoñas que su madre le negaba; eran castaños. Quiso asegurarse antes de dar crédito a lo que su intuición le indicaba e interrogó a Juana.
—¿Te has fijado en los ojos de Maddi? —le preguntó.
—¿Les ocurre algo? —preguntó a su vez la mujer alarmada.
—¡No! Quería saber si te habías fijado en su color...
La sirvienta cogió a la niña y la miró con atención.
—¡Son preciosos! Será una mujer muy bella, más aún que su madre.
—¿No te parece extraño? Son grises.
—Sí, grises con algo de verde y amarillo... Nunca había visto un color de ojos semejante.
—¿Nunca? |
—No... Bueno, tal vez... Pero no.
—¿Lo habías visto, sí o no?
—No.
—Tal vez tu difunto señor...
—No, él los tenía... ¿Sabes que no me acuerdo? Creo que eran oscuros. Es curioso que sea el color de los ojos lo que menos se recuerda de una persona.
—La señora los tiene azules y el señor castaños.
—¿Qué quieres decir?
—Que tal vez alguno de los abuelos los tuviera como ella. Mi madre dice que yo me parezco a la suya, que las generaciones dan un salto y los nietos se parecen a los abuelos más que los hijos.
No quiso insistir para no dar que pensar a Juana, pero casi podía asegurar que los ojos de la niña eran exactamente iguales a los de Eder. ¿Y si así fuera? ¿Querría decir que él y Alix habían tenido una relación tan íntima que el fruto había sido aquella criatura que le sonreía cada vez que se inclinaba sobre la cuna o la tomaba en brazos? Tal vez era ésa la razón por la que la señora se desatendía de su hija y la mantenía apartada de ella. La sospecha de que Maddi fuera hija de Eder fue suficiente para hacerle olvidar sus planes de abandonar la casa. Alguien debía velar por la hija del hombre que amaba, alguien tendría que decirle algún día a éste que tenía una hija y a ella quién era su verdadero padre.
Lejos de los razonamientos de la niñera, Alix se decía cada día que estaba siendo injusta. Su hija no tenía la culpa de que el parto hubiera sido una tortura que duró horas, durante las cuales se sintió morir más de una vez; tampoco la tenía de la gran cantidad de sangre perdida, de las fiebres, de la debilidad que la había mantenido en el lecho durante semanas y de la falta de leche que le había impedido alimentarla. Desearía apretarla contra ella, besarla, acariciarla, decirle que la quería, pero no podía. Notaba una especie de repeluzno cada vez que la joven sirvienta le llevaba la niña y al mismo tiempo se sentía culpable por no amarla como toda madre debía hacer con sus retoños. No tendría más hijos.
Antoine deseaba un heredero varón, pero ella no se lo daría. No estaba dispuesta a perder la vida, y estaba segura de que eso sería lo que ocurriría en caso de tener que pasar por el mismo trance una segunda vez. Además, dormía más tranquila desde que ocupaban habitaciones separadas. Todavía estaba convaleciente y la complicidad, por otra parte ignorada, del médico y de la partera hacían las cosas más fáciles. Ambos habían recomendado
abstinencia total hasta que los desgarros producidos durante el parto no estuvieran bien cicatrizados. Ya pensaría en cómo apañárselas cuando su marido requiriese de nuevo sus derechos conyugales, pero por el momento estaba a salvo y él no parecía sentirse descontento con la situación.
Algunas veces cruzaba su mente la visión de unos brazos alrededor de su talle, un beso interminable, el contacto de otro cuerpo, unas sensaciones jamás sentidas, una noche de amor en un cuartucho sin ventanas o un momento de éxtasis en un pasillo estrecho y oscuro. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para disimular su nerviosismo cuando Antoine le comunicó que Eder estaba con su padre y no echar a correr hacia la habitación. Dejó pasar un rato, y después, tras respirar profundamente varias veces, entró en el dormitorio y se encaró con el hombre que le había hecho vivir sus únicos momentos de pasión, cuyo recuerdo lograba llevarla al cénit de la excitación cuando yacía con Antoine, quien, muy satisfecho de sí mismo, creía ser el responsable de su placer.
Olvidó sus sentimientos al ver a su padre muerto, pero volvió a revivirlos cuando el primer dolor se calmó. Más adelante, se dijo al encontrárselo de nuevo durante la vela en la iglesia de Nuestra Señora, cuando todo hubiera pasado y las cosas volvieran a su cauce, hallaría el modo de hacerle saber que lo deseaba con locura, que nada les impedía amarse hasta la extenuación. Ya había sido infiel a sus votos matrimoniales una vez y podía volver a serlo. Los dolores del parto comenzaron aquella misma noche y con ellos las largas horas de sufrimiento que la dejaron destrozada.
No volvió a pensar en él hasta que se recuperó, pero él ya no estaba entonces y su marido no pudo informarle sobre su paradero cuando le preguntó, como de pasada, qué había sido del aprendiz de su padre. No obstante, estaba segura de que Eder volvería antes o después, y ella lo estaría esperando.
N
ada más llegar a Gares, Robert Lepetit y sus seguidores se acogieron en el hospital de peregrinos, propiedad de los templarios. El hospitalero les informó de que sólo podrían pernoctar allí dos noches, pues el local no era un asilo, sino un lugar de tránsito. Únicamente se permitía una estancia larga a los enfermos o heridos que eran atendidos por el médico hasta que se restablecían o morían. Era preciso buscar con urgencia otro alojamiento, pensó el Bugre. En dos días le sería imposible encontrar el medio de acercarse al maestro constructor y a su hija.
El clima era ya frío por las noches y no era cuestión de andar durmiendo en las iglesias como hacían algunos peregrinos y mendigos. Dejó a sus hombres y, acompañado por su incondicional Aubert, se dirigió a la casa de Martínez de Uterga después de haber interrogado al hospitalero sobre su ubicación. El edificio era uno de los pocos construidos en piedra desde la base hasta el tejado, con más aspecto de torre de defensa que de domicilio de un caballero rural. Llamó a la puerta y pidió hablar con el dueño. El criado que les atendió era un tipo fornido con aspecto de soldado a pesar del sayo negro con cuello blanco, las calzas negras y las botas de piel a la altura de los tobillos. El cuchillo colgado a su cintura, de un tamaño más apropiado para defenderse o atacar que para comer, no hizo más que confirmar su primera impresión.
—¿Para qué queréis verlo?
—Asuntos de la Corona —respondió Robert con su aplomo habitual, sin dejar de mirar directamente a la cara de su interlocutor.
El criado les indicó con un gesto que esperaran y cerró la puerta. Poco después volvía a abrir, les franqueaba la entrada sin una palabra y les indicaba que lo siguiesen a través de un patio donde gallinas y patos campaban a sus anchas. El señor de la casa
se hallaba en el almacén de grano tratando con su administrador sobre las reservas para el invierno.
—Me ha dicho mi sirviente que queréis hablarme sobre algo relacionado con el rey —dijo con brusquedad, disgustado por ver interrumpida su tarea.
—Me llamo Robert de Reims —se presentó el Bugre— y vengo a traeros un mensaje de parte del canónigo Eluard de la catedral de Pamplona.
El hombre frunció el ceño intentando recordar el nombre mencionado y acabó haciendo un gesto afirmativo.
—Es algo... confidencial...
El navarro hizo un ademán y el administrador desapareció de su presencia a toda velocidad.
—¿Y bien?
—El canónigo os hace saber que, en breve, el rey Teobaldo será excomulgado por el obispo Ximénez de Gazolaz.
Martínez de Uterga se mantuvo impasible, pero el brillo de sus ojos indicaba su interés por la noticia. Robert se felicitó por su intuición. Era posible leer en aquel rostro como en un libro abierto. Eluard no le había dicho nada del asunto; se había enterado él mismo por haberlo escuchado de los propios labios del obispo antes de que éste partiera hacia Alcañiz, donde iba a celebrarse un concilio.
—No permitiré que el rey o sus representantes continúen usurpando los derechos de la iglesia catedral. Ejercen la justicia, condenan y ejecutan por autoridad real, expropian casas, no pagan diezmos ni peajes y disponen de bienes en la ciudad —le escuchó afirmar a su secretario y al tesorero de la sede episcopal en una de
sus visitas—. Regresaré con la orden de excomunión para Teobaldo o no regresaré.
Conociendo bien al prelado, estaba seguro de que cumpliría su amenaza, y si no la cumplía, le era indiferente. En estos momentos le servía como excusa para granjearse la amistad o al menos la aceptación de aquel navarro de aspecto feroz, igual a los descritos cien años atrás por el monje peregrino Aymeric Picaud en su obra Liber sancti Jacobi que él había tenido oportunidad de leer en París antes de que el diablo en forma de mujer se cruzara en su camino.
—¿Cuándo ocurrirá? —preguntó Uterga.
—A su regreso del concilio de Alcañiz, lugar donde se encuentra en estos momentos.
Los ojos del hombre brillaron de nuevo y Robert reprimió una sonrisa. Sabía perfectamente lo que pasaba por su mente. Un rey excomulgado podía llegar a tener grandes dificultades. La Iglesia era peor enemigo que un ejército bien formado y disciplinado.
—Hemos de irnos —afirmó, acompañando sus palabras con una señal de despedida.
—¿Volvéis a Pamplona?
—No. Nos dirigimos a la ciudad santa de Compostela para postrarnos ante el Apóstol, pero ahora debemos encontrar un lugar donde alojarnos ya que es nuestra intención permanecer en esta población hasta pasado el invierno. No viajamos solos; otros once hermanos nos acompañan y hay entre ellos algunos que, me temo, no sean lo suficientemente fuertes para soportar las inclemencias del tiempo. En el hospital nos han dicho que únicamente podemos quedarnos allí dos noches, así que es preciso que encontremos otro sitio. Quedad en paz.
Robert y Aubert se disponían a salir cuando el señor de Uterga los detuvo y les ofreció una pequeña vivienda, propiedad de su mujer, que nadie utilizaba. Estaba junto a la iglesia de Santiago.
Podían utilizarla el tiempo que considerasen oportuno, les dijo, pero tendrían que proveerse ellos mismos de leña y alimentos, pues su caridad no llegaba más lejos. El Bugre se lo agradeció e hizo la señal de la cruz a modo de bendición, aunque, en su fuero interno, el epíteto más suave que le dedicó fue el de usurero judío por no haberse mostrado más generoso con unos hombres de Dios.
La casa junto a la iglesia de Santiago era en verdad muy pequeña, pero más valía eso que nada. Tenía dos pisos, pero su anchura no sobrepasaba los veinte pies y sólo había dos habitaciones en cada uno, incluida la cocina en la parte superior, cuya única fuente de iluminación era un ventanuco abierto en el muro y un agujero en el tejado para dejar salir el humo. Colocada directamente en el suelo, podía verse una losa de piedra ennegrecida, sobre la cual pivotaba un brazo de hierro con un gancho para colgar la olla; unos pocos utensilios, como un trébede y un espetón, y algunos cuencos y cubiletes de vino. Aún quedaba dinero suficiente de lo recaudado durante las prédicas en Pamplona y Robert envió a sus hombres en busca de lo necesario para disponer la vivienda de modo confortable, alimentos incluidos, con la recomendación de intentar ablandar el corazón de los comerciantes antes de pagar.
—Recordadles las palabras de Nuestro Señor: «Antes entrará un camello por el ojo de una aguja que un comerciante avaricioso en el reino de los cielos». No es exactamente así—añadió—, pero esos patanes tampoco lo saben.
Él, por su cuenta, salió a pasear, a familiarizarse con el lugar.
La organización de Gares no era muy distinta a la de Pamplona.
También allí existían barrios diferenciados: el de los francos, judíos y navarros. El de estos últimos, Murugarren, se hallaba fuera de la encinta amurallada, aunque algunos infanzones como el de Uterga, oriundos de la tierra, habitaban dentro, a pesar de
que el fuero los excluía del concejo de francos e incluso de la población. Su matrimonio con una franca, miembro de una de las primeras familias repobladoras, le había permitido lo que se negaba a otros navarros. Aquél era un buen lugar, se dijo el Bugre, mientras observaba los animados puestos de los comerciantes y el mercadeo entre éstos y sus clientes; un enclave próspero y con futuro dadas su ubicación estratégica y, sobre todo, la afluencia de peregrinos. Se cruzó con una pareja de templarios y, unos pasos más adelante, con tres hospitalarios de San Juan. Frunció el ceño.
No le gustaban los monjes-soldados. Le parecía bien que se ocuparan de defender los caminos a Tierra Santa, para eso habían fundado sus órdenes, pero allí estaban fuera de lugar y tenían demasiado poder e influencia, demasiada riqueza. Los únicos caminos hacia la salvación eran la pobreza y la palabra. Con la primera se daba ejemplo, con la segunda se combatía la herejía.
Este pensamiento le recordó la razón de su presencia allí: buscar y encontrar al maestro Bisol. Preguntó a una vendedora de cecina, pero la mujer se alzó de hombros; también preguntó a un par de personas más, pero nadie parecía conocer al señor Brulé. Tal vez éste y su familia no estaban en Gares, tal vez el criado de Pamplona se había confundido... Hizo un nuevo intento y su insistencia se vio recompensada. Un hombre bien vestido, al modo de los ricos comerciantes de telas, le informó sobre dónde vivía el caballero.
—Es esa casa de ahí, la de piedra, pero no lo encontraréis en ella—añadió—. Su suegro ha muerto esta misma mañana y en este momento velan su cadáver en la iglesia de Nuestra Señora, la que está al lado del hospital de peregrinos.
No respondió ni dio las gracias por la información; permaneció quieto, con los ojos fijos en la casona de piedra, intentado asimilar la noticia; Muerto el perro, muerta la rabia, decía el refrán, pero ¿sería cierto en su caso? Poco después se hallaba en la iglesia templaria. Había una docena de personas rezando por el difunto, el cual se hallaba expuesto sobre un catafalco, vestido con sus mejores ropas y una cinta sujetando su
mandíbula. No se acercó; contempló al grupo desde un lateral, medio oculto por una columna. No conocía a nadie, pero por sus vestimentas y posición en torno al muerto podía suponer de quiénes se trataba. La joven dama embarazada, sentada en la única silla disponible, debía ser la hija del constructor. La examinó con curiosidad tratando de reconocer en sus rasgos a la hereje cátara que él había enviado a la hoguera, pero había sido una de tantos y no la recordaba. El caballero ya maduro y robusto de pie junto a ella y con cara de circunstancias debía ser su marido, el señor Brulé. El monje-soldado de barba gris, vestido de gala, capa blanca con cruz roja en el hombro, sería el responsable de la encomienda, y los demás, hombres y mujeres, burgueses francos y sirvientes. En ese momento, una anciana se aproximó a la embarazada; por la forma de inclinarse hacia ella y asirle las manos, imaginó que estaría consolándola. Pasó de nuevo revista a los presentes y estuvo a punto de soltar una exclamación. El lugar dejado por la mujer lo ocupaba ahora un joven a quien sí conocía: el aprendiz del constructor. Reculó un par de pasos hasta quedar completamente oculto por la oscuridad y lo observó con mucha atención. Daba la impresión de estar muy afectado, apretaba los labios y no desviaba la mirada del rostro del cadáver; parecía querer decirle algo y sujetaba nervioso el morral que colgaba de su hombro. Robert salió del templo a eso de la medianoche, convencido de que ninguno de los presentes abandonaría la vela, como era costumbre, y mucho menos el aprendiz, tan apegado a su maestro. Podía irse a dormir tranquilo.
Al día siguiente salió de la casa acompañado por sus hombres cuando escuchó el sonido de la campana y todos ellos se unieron a la comitiva que se dirigía a la pequeña iglesia de Onat; se colocaron a la cola, asistieron a la misa y presenciaron la exhumación del cuerpo. El constructor fue enterrado al modo templario, con el rostro hacia abajo, para que el difunto tuviera mayor contacto con la Tierra a la que regresaba. El Bugre no perdió en ningún momento de vista al joven cuyo nombre desconocía y su constatación de la víspera quedó ampliamente confirmada. El aprendiz sólo tenía ojos para el cuerpo de su
maestro; lo vio levantar la mirada hacia el cielo en varias ocasiones y permanecer inmóvil ante la tumba como si no fuera capaz de aceptar la realidad. Recordó haber oído decir al rector de San Esteban que aquellas gentes no creían en la Santísima Trinidad, quemaban a sus muertos y los enterraban en el monte o en las cuevas, y se preguntó hasta qué punto comprendería un agote el misterio de la resurrección. Herejes y paganos estaban condenados a las tinieblas eternas; jamás verían el rostro de Dios, gloria únicamente reservada a los fieles cristianos.
Él y los suyos regresaron a Gares y, al igual que muchos otros que habían acudido al sepelio, esperaron la llegada de los deudos cerca del portal de Nuestra Señora. El yerno de Bisol llegó poco después, rodeado por un grupo de amigos y sirvientes; el aprendiz, el comendador y los demás monjes-soldados fueron los últimos en aparecer. Por un instante pensó en ocultarse, en no dejarse ver, para así poder llevar a cabo sus planes con total impunidad, pero su orgullo pudo más que su intuición y avanzó varios pasos cuando apercibió al joven. Fijó en él su mirada de halcón, en muda advertencia, y sintió una profunda satisfacción cuando observó su sorpresa y algo más: miedo.
Aquella misma tarde, y acompañado como siempre por Aubert, se presentó en la encomienda y pidió hablar con el comendador. No había errado en su apreciación. El hombre de mediana edad y barba poblada que había visto en la iglesia y también durante el entierro, Bertrand de Garlande, era en efecto el maestre de la orden templaría en Navarra.
—¿En qué puedo serviros...? —el monje-soldado lo examinaba de pies a cabeza y él se sintió incómodo.
—Me llamo Robert de Reims y me alojo en una propiedad del señor Johan Martínez de Uterga. Llegué hace un par de días con intención de visitar a un viejo conocido, pero, desgraciadamente, hoy mismo he sabido de su fallecimiento y sólo he podido estar presente en su entierro. Se trataba del constructor Geoffroi Bisol
—añadió al no observar cambio alguno en el rostro impasible del comendador.
—Así es en efecto. Murió ayer en la paz del Señor. ¿En qué puedo ayudaros?
—Conocí al maestro en la ciudad de Sens y tiempo después volví a encontrarlo en la población de San Esteban de Baigorri, en Ultrapuertos. Tenía un aprendiz, un joven aparentemente anodino, que, me temo, haya tenido algo que ver con su muerte.
El comendador levantó la ceja derecha.
—¿Qué os hace pensar semejante cosa?
—Es un agote, un pagano navarro, portador de la lepra y de los más bajos instintos animales. Lo he visto en vuestra compañía durante el entierro y deseo interrogarlo.
—¿Sois acaso un representante del Santo Padre? —la voz de Bertrand de Garlande había adquirido un tono seco.
—Lo soy del obispo de Pamplona, don Ximénez de Gazolaz.
—El obispo no tiene jurisdicción en Gares.
—Pero vos sois un hombre temeroso de Dios y ha de interesaros que se aclaren las circunstancias de la muerte del maestro Bisol. Tal vez desconozcáis que fue atacado brutalmente en su casa y que el aprendiz desapareció después de ocurridos los hechos —mintió—. El obispo desea que se haga justicia, ya que el crimen se perpetró en su ciudad y me ha rogado que investigue el asunto y lleve al culpable a su presencia.
El comendador tardó en responder, aunque nada en su expresión mostraba el rumbo de su pensamiento. Cuando lo hizo, su tono no admitía réplica.
—El joven se halla acogido en nuestra casa y no permitiré que nadie viole su derecho de asilo.
—Puede tratarse de un asesino.
—En ese caso, yo me encargaré de que se haga justicia.
—Sin embargo...
—Os recuerdo que os encontráis en una encomienda templaría. Sólo respondemos de nuestras acciones ante el Santo Padre. Ahora os ruego que os vayáis y no regreséis hasta que yo os haga llamar.
Robert abrió la boca para protestar, pero la volvió a cerrar; hizo una inclinación y se marchó, seguido por el fiel Aubert.
—¿Quién se ha creído ese mamarracho que es para tratarme así? —preguntó al aire una vez fuera.
Aubert permaneció en silencio. De sobra sabía que, en ocasiones semejantes, era mejor no decir nada. Había llegado a conocer bien a su jefe. La admiración sentida hacia él en un principio había ido variando a medida que lo conocía mejor y, sobre todo, después de los hechos ocurridos en San Esteban. Él era un ladrón, no tenía reparos en admitirlo. Emprendió el viaje a Galicia con la mente puesta, como muchos, en la posibilidad de buscarse la vida, de huir de su miserable entorno y lograr algún dinero sustraído a los peregrinos ricos para así poder retirarse a una pequeña casita en su Normandía natal, encontrar una mujer de carnes acogedoras y dedicarse a la cría de ovejas. Pero cuando conoció al predicador y escuchó sus palabras, creyó que su destino era acompañar a un hombre marcado por la santidad. Él, al igual que el buen ladrón crucificado junto a Jesús, sería perdonado; olvidó sus proyectos y decidió ganarse un lugar en el cielo. La euforia no le duró mucho; la fe tampoco. Comenzó a desaparecer en la zona montañesa cuando el constructor se dirigió al hermano Robert llamándole inquisidor y él no lo desmintió. ¿Qué hacía un
inquisidor todopoderoso, como lo eran todos, recorriendo el Camino como un pordiosero? No se atrevió a preguntarle nada en aquel momento, pero la veneración dio paso al temor. Observó la forma como trataba a unos pobres artesanos, aterrorizados por sus palabras, y luego aquella mujer aparecida muerta en el río...
Perdió definitivamente la fe el día en que, obedeciendo sus órdenes, él mismo golpeó con saña a un viejo indefenso dejándolo medio muerto. Podía haberse marchado entonces o continuado el viaje por su cuenta, pero no tuvo valor para hacerlo y, por otra parte, sentía curiosidad. Quería conocer el secreto guardado por el predicador y saber qué era aquello tan importante que lo había llevado a seguir las huellas del constructor y buscaba ahora en el joven aprendiz. Después de todo, tal vez aún podría comprar la casita y las ovejas en Normandía. Los secretos importantes tenían su precio.
Ignorando a su hombre, Robert caminaba con paso decidido por la rúa, dispuesto a presentarse en la vivienda del señor Brulé y a hablar con él en persona. De paso, se dijo, podría también entrevistarse con la hija de Bisol y averiguar si ella conocía la existencia del documento que lo incriminaba. Llegaron ante la puerta e hizo una seña a Aubert para que llamara y preguntara por el dueño. Poco después habían sido introducidos en una sala amueblada con sobriedad, pero en la cual podían apreciarse unos cortinones de grueso terciopelo amarillo oro y una alfombra de vivos colores y factura morisca que casi cubría el suelo enlosado; todo ello era prueba de la buena posición social y económica de sus moradores.
—Os ruego disculpéis mi osadía por interrumpir vuestros quehaceres, señor Brulé —se apresuró a decir cuando el caballero entró en la sala—. Mi nombre es Robert de Reims y éste es mi ayudante, Aubert. Conocía a vuestro suegro y he venido a presentaros mis condolencias en cuanto he tenido noticia de su fallecimiento.
Al contrario que el comendador, el consejero de obras de Teobaldo se mostró mucho más receptivo con él; los invitó a sentarse y pidió a un sirviente que les trajera una jarra de vino.
Estaba claro que al hombre le gustaba la conversación y era del tipo de personas capaces de contarle los detalles más íntimos de su vida a un desconocido con tal de encontrar un oyente dispuesto. El Bugre lo escuchó hablar de las grandes obras que pensaba realizar en nombre del rey, de su reciente paternidad, de las razones que lo habían llevado a matrimoniar con una joven sin fortuna, de su deseo de regresar algún día a su amada Troyes.
—El único lugar digno de pasar la vida en él —afirmó—, aunque Provins, la ciudad preferida del rey, tampoco está mal. De todos modos, me daría igual con tal de hallarme en Champaña, en la refinada corte condal, tan diferente a esta tierra de campesinos y mercaderes.
Robert lo escuchaba pacientemente y aprovechaba algunos intervalos del monólogo para sonsacarle la información deseada.
El maestro Bisol no había dicho nada después del ataque, le aseguró su anfitrión; algunas frases incoherentes y poco más. Ni su esposa ni él tenían la menor idea de lo ocurrido aquella noche desgraciada, desconocían la identidad de los asaltantes y la razón del ataque.
—Nadie de la casa fue capaz de hacerle hablar, ni siquiera Juana, su criada. ¡Una verdadera lástima! Aunque su aprendiz...
—Brulé se interrumpió antes de continuar y al falso predicador se le aceleró el pulso— permaneció junto a él en los últimos instantes de su vida y... —volvió a interrumpirse.
—¿Y? —le alentó el Bugre.
—Cuando le pregunté si había logrado que mi suegro dijera algo, me respondió algo bastante extraño.
—¿Qué dijo?
—«Lo suficiente», eso fue lo que dijo, «lo suficiente».
Pregunté a mi mujer si a ella le había dicho algo más, pero al parecer no hablaron. Alix y él permanecieron solos un buen rato en la habitación junto al cadáver.
—¿Podría presentar mis respetos a vuestra esposa? —preguntó Robert intentando no mostrar su ansiedad.
—Me temo que no, lo siento. La muerte de su padre y las penalidades sufridas durante el parto la han dejado muy debilitada.
El médico ha recomendado reposo absoluto y le ha prohibido las visitas.
—Lo lamento...
—Podréis visitarla, sin embargo, si aún permanecéis en Gares cuando se reponga.
—Lo haré, sin duda. No deseo otra cosa que saludar a la hija de mi buen amigo y decirle lo mucho que he sentido su pérdida...
Aquella noche el predicador tardó en dormirse. Ahora estaba seguro de que el constructor se había confiado al agote pagano y de que el famoso documento se hallaba en su posesión, aunque no lo estaba tanto en relación con lo que pudiera saber la hija de la hereje. No obstante, llegado el momento, no dejaría ningún cabo suelto; el asunto debía quedar solucionado antes de proseguir el viaje a Compostela.
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