El Verdugo De Dios

Toti Martinez de Lezea · Capítulo 12 de 16

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El Verdugo De Dios

Bozate, 1249 183

Bozate, 1249

H

icieron el viaje deteniéndose sólo para descansar un poco, tomar algún alimento o estirar las piernas. Atravesaron las poblaciones que conocían sin demorarse en ellas e, incluso, dieron un rodeo al llegar a Pamplona para no tener que entrar en la ciudad. Con la mirada siempre al frente, Eder apenas hablaba lo estrictamente necesario y las dos mujeres respetaban su silencio. No obstante, su semblante adusto iba dulcificándose a medida que se aproximaban a las verdes tierras montañosas, allí donde los caminos se perdían entre los árboles, ascendían por veredas empinadas y descendían hacia los valles, los ríos aparecían y desaparecían juguetones entre las rocas y la vegetación, el balar de las ovejas y los trinos de los pájaros eran los únicos sonidos, las nubes corrían veloces, y el aire olía a hierba.

Tampoco se detuvieron al llegar a Arizkun y tomaron el desvío hacia la heredad de Ordoki seguidos por las miradas interrogantes de los habitantes del pequeño pueblo asentado sobre una colina.

Al llegar al puente, Eder hizo una mueca divertida, los tablones seguían igual, con el mismo aspecto de precariedad que él recordaba. Se apeó del carro y asió el ronzal para conducir a la mula. Siguió a pie por la orilla del río, intentando ver por entre la arboleda, y notó un nudo en la garganta al divisar las dos casitas que se alzaban orgullosas en la ladera, iluminadas por el sol del mediodía. Únicamente habían transcurrido unos meses desde su marcha, pero sentía que habían sido años. El hijo pródigo volvía por fin a la casa del padre.

Los gritos del hijo mayor de Donat alertaron a los demás y en unos instantes los miembros de la familia Bozat, así como los padres de Alazaïs, habían salido fuera y observaban su llegada con

rostros preocupados que se tornaron en exclamaciones de alegría al reconocerlos; corrieron hacia ellos y durante un buen rato sólo hubo abrazos, preguntas que no esperaban respuestas, más abrazos y más preguntas. Rompiendo con su costumbre de no mostrarse efusivo, Manex apretó a su hijo entre sus brazos y se mordió los labios para no dejar que las lágrimas asomaran a sus ojos.

—¡Es igual que Eder! ¡Igual que su abuela y que Elaia!

¡Amari ha bendecido a esta familia!

Las voces del tío Beñat sorprendieron a los dos hombres que se separaron un tanto avergonzados. El tío sostenía a Maddi en el aire para poder examinarla mejor y la pequeña lo miraba con sus grandes ojos grises sin mostrar miedo alguno ante el gigantón que la había arrebatado de los brazos protectores de su niñera.

—¿Qué dices? —preguntó Manex aproximándose.

—¡A ver! ¿A quién se parece esta criatura?

Manex cogió a la niña y la examinó a su vez, la apoyó sobre su brazo izquierdo y le acarició la carita con una mano callosa.

Maddi rió y el viejo leñador supo que, después de tanto tiempo, la alegría volvía a su hogar.

—Gracias, hijo, por darme una nieta que me recuerda a las dos únicas mujeres que he amado en mi vida —dijo volviéndose hacia Eder—. Y ahora, ¡a comer! —ordenó, dirigiéndose a la casa con la niña en brazos y seguido por los demás.

—¿Qué ha ocurrido? —interrogó Eder a Alazaïs—. ¿Les has dicho que era mía?

Ellos y la vieja Juana permanecían en el exterior sumidos en una gran confusión.

—¡Yo no les he dicho nada! —respondió la joven a la defensiva.

—¿Y de dónde han sacado que es mi hija? Es imposible que...

—Es posible—le interrumpió ella.

—¡Estás loca!

—Más loco estás tú que no quieres ver. Sólo tenías ojos para ella y no te diste cuenta de que los de la niña eran iguales a los tuyos.

—¡Figuraciones!

—¿Te acostaste con ella?

—Eso a ti no te importa.

—Te acostaste con ella y Maddi es tu hija, te guste o no. No sólo tiene tus ojos, también el hoyuelo de su barbilla es igual al tuyo, y tiene la misma sonrisa que tú tenías cuando todavía sonreías. Recuerda cuándo fue y haz cuentas. La niña nació a comienzos del último mes del año.

—Ya me parecía a mí extraño que no se pareciese en nada a su padre..., quiero decir, al señor Brulé —intervino Juana, que había escuchando con atención el rápido intercambio de frases—. Y

ahora que lo dices, Alazaïs, sí que se le parece...

—¡No pienso permitir que mi familia crea que tengo una hija!

¿Qué les diré cuando pregunten por la madre?

Maurina salió en aquel momento de la casa y se acercó a ellos.

—¡Es una criatura preciosa! —afirmó satisfecha al tiempo que los asía a cada uno por un brazo y los conducía hacia la vivienda de Manex Bozat—. Gracias, hijos míos. Raymond y yo somos muy felices al teneros de nuevo con nosotros. Tenemos que pensar dónde vais a vivir hasta que logremos la autorización del señor para construir una nueva casa.

—No...

La mirada suplicante de Alazaïs enmudeció a Eder. Asió a la joven por un brazo y la retuvo mientras la madre de ésta y Juana penetraban en la casa.

—Antes o después habrá que aclarar esta situación —afirmó con el ceño fruncido y el tono seco—. Mientras tanto, simularemos, pero que te quede bien claro que no te amo, así que no esperes de mí lo que una mujer espera de un hombre.

Aquella noche Juana durmió en casa de Manex y Alazaïs y Eder en la de los Gauti, sin desvestirse y procurando no tocarse, tumbados sobre un mullido colchón relleno de hierba seca, en un espacio minúsculo separado por una cortina de otro parecido en el cual dormían los padres.

El señor de Ursúa no dio su permiso para construir una nueva vivienda, pero aceptó que se añadiese un habitáculo a la de los Gauti cuando Raymond y Manex le recordaron sus propias palabras referentes a que sólo los parientes más cercanos de las personas ya instaladas podrían vivir en Ordoki, y ambos jóvenes lo eran. No les llevó muchas jornadas levantar los muros de argamasa soportados por vigas de madera, pero el espacio era muy pequeño, dos habitaciones minúsculas y una cocina no mucho más grande, encima de lo que sería la cuadra o el taller. Juana se quedó a vivir con Manex y Beñat. Los dos hombres vivían solos, su casa era más amplia y, además, hacía falta una mano femenina en ella para, entre otras cosas, darle la calidez perdida desde la muerte de Elaia. Únicamente eran ocho adultos y tres niños, pero los moradores de Bozate, como ya todos, propios y extraños, llamaban a las casas de la ladera,estaban unidos por lazos de sangre, pero también por otros más sólidos que los del parentesco.

Persistía el rechazo hacia ellos de los habitantes de las tierras colindantes e incluso éste se había acrecentado durante la ausencia de los recién llegados.

El contencioso que oponía al valle con Sancho de Ursúa era tema diario de conversación y, no pudiendo hacer nada en contra de éste, las iras se dirigían a los «extranjeros» cobijados a su amparo. Las amenazas lanzadas meses atrás por Juanes Lópiz de Garaia se materializaron el domingo siguiente tras el enfrentamiento entre los dos hidalgos. Cuando acudieron a la iglesia, los Bozat fueron recibidos con piedras y gritos de rechazo.

Sólo la pronta actuación de los hombres del señor de la torre impidió que la cosa fuera a mayores, pero el mal ya estaba hecho.

A partir de aquel día Manex se negó a poner los pies en el pueblo y lo mismo hicieron los demás miembros de la familia. No valieron de nada las promesas del señor ni las del rector de la parroquia sobre que un incidente parecido no volvería a repetirse, ni la amenaza velada de que tendrían que marcharse si se negaban a asistir a los oficios religiosos. El carpintero se mantuvo firme.

—Trabajamos para vos —afirmó dirigiéndose al señor e ignorando al sacerdote—, aramos vuestros campos y nos ocupamos de vuestro ganado, fabricamos vuestros muebles, arreglamos los desperfectos de vuestra torre, pero somos hombres y mujeres libres; nuestra vida nos pertenece y lo que hagamos fuera de nuestro trabajo no os incumbe. Abandonaremos la heredad si así lo decidís, pero ni yo ni los míos volveremos a ser humillados.

El caballero tardó en responder. No quería problemas con sus vecinos y lamentaba haber aceptado tan a la ligera la sugerencia del maestro constructor de aposentar en su propiedad a los artesanos. Su presencia le complicaba la vida, debería haber meditado más el asunto, buscado otra solución. Sabía, sin embargo, reconocer a una persona con orgullo y dignidad, y el hombre de aspecto rudo y vestido con pobres ropas que mantenía su mirada era una de ellas. Por otra parte, no tenía ninguna queja de los carpinteros ni de los tejedores. Trabajaban bien, eran silenciosos y discretos, y nunca protestaban. ¡Al diablo! Él también era un hombre libre y no permitiría que los hidalgos o los

curas le impusieran sus condiciones. Era el único amo en sus tierras y pensaba seguir siéndolo.

—Vuelve a tus tareas y vivid en paz en mi casa tú y los tuyos

—le dijo sin prestar atención al ademán escandalizado del rector.

—¿Vais a permitir la presencia en Ordoki de gentes que no cumplen con los deberes religiosos? —le interrogó éste cuando Manex se hubo marchado.

—Si es eso lo que os preocupa, les ordenaré construir una ermita aquí mismo para que puedan asistir a misa sin sufrir agravios.

— ¡No seré yo quien venga a celebrarla!

—Pues traeré a otro sacerdote.

—Acudiré al obispo para que se os niegue la autorización.

—Y yo dejaré de entregar los diezmos que ayudan a manteneros con tanta holgura.

El semblante del rector se volvió de color grana y salió de la torre mascullando amenazas. Ursúa lamentó de nuevo su decisión.

El futuro no sería nada halagüeño para los artesanos, pensó.

Tenidos por leprosos, temidos y a la vez despreciados, tardarían mucho en ser aceptados como iguales por los habitantes de la región, si alguna vez lo eran. Aquéllos eran tiempos duros en los cuales sólo los fuertes sobrevivían, y el mañana diría si los artesanos habían sido lo suficientemente fuertes para resistir.

Los Gauti no tuvieron que pasar por la vergüenza de verse injuriados. A la invitación de Manex para que los acompañaran a la iglesia el primer domingo tras su llegada, respondieron que ellos no tenían intención de abandonar sus hábitos religiosos y éstos diferían bastante de los de los seguidores de la Iglesia de Roma. Su peregrinaje hacía ya ocho años desde la cálida tierra de

Oc, desde el hermoso pueblo de Lavelanet acariciado por el sol, no les había hecho olvidar sus orígenes, ni los motivos por los cuales se habían vistos obligados a exiliarse. Conservaban el Nuevo Testamento cristiano escrito en su lengua, regalo del obispo Marty a Raymond en su último encuentro, antes de partir hacia el martirio en compañía de su pariente Arnaud-Raymond Gauti, el caballero faidit, quemado con los demás fieles. A veces tenían la impresión de que aquello no había ocurrido, que había sido un mal sueño, pero les impedían olvidar las palabras del obispo escritas en la primera página del Nuevo Testamento: «Sed ovejas entre lobos y el Espíritu Santo iluminará vuestras almas allá donde vayáis». Varias veces al día rezaban el padre nuestro, la única oración de los buenos creyentes, y todas las noches antes de acostarse recitaban las bienaventuranzas, repitiendo varias veces la última de ellas: «Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque suyo es el reino de los cielos». No les hacía falta más. Habían perdido su hogar y quizá nunca podrían regresar al lugar que los vio nacer, pero no renegarían de su fe en su tierra de acogida. Su sorpresa había sido enorme al constatar que los Bozat mantenían creencias paganas que ellos pensaban erradicadas del mundo. Como buenos creyentes, tenían la obligación de convertir a quienes no lo eran, pero no lo harían, al menos por el momento, porque, entre otras cosas, sus amigos sufrían persecución y, al igual que ellos, eran ovejas entre lobos.

Eder y Alazaïs ocuparon la vivienda adosada a la de los Gauti en cuanto estuvo terminada; aceptaron con una sonrisa de agradecimiento las mantas tejidas por éstos, los utensilios de madera regalo de Donat y los pocos muebles que el padre y el tío fabricaron, una cama entre ellos «¡para que tengáis un buen montón de hijos, sanos y fuertes!», como expresó Beñat en su habla llana, provocando las risas de todos y el sonrojo de la joven.

Cuando por fin se quedaron solos, Alazaïs y Maddi ocuparon el cuarto de la cama y Eder se instaló en el reservado para la niña, sobre cuyo suelo echó un simple colchón relleno de paja. El hecho de sentirse protegido de nuevo y saber que no estaría obligado a acudir a la iglesia ni a mantener relacióneselo deseadas le habían

devuelto un poco de sosiego. Se levantaba nada más amanecer para trabajar en las huertas y en las cuadras y, a pesar de su brazo medio inmovilizado, logró apañárselas en todos los trabajos excepto en uno: le era imposible asir el hacha e impulsarla con la fuerza necesaria para talar un árbol. Su hermano restaba importancia a su incapacidad y no dejaba de recordarle que nunca había sido un experto leñador, pero lo que antes le resultaba indiferente, ahora reavivaba el dolor sentido por el hierro clavado en su hombro.

—¿Por qué no tallas? —le preguntó Donat en una ocasión.

—Es una pérdida de tiempo —respondió él repitiendo las palabras escuchadas tantas veces en boca de su padre.

—Lo hacías bastante bien...

—Lo hacía. Ya no.

La bolsa de las herramientas, regalo del comendador, permanecía en un rincón de su habitación. No la había abierto ni una sola vez y había estado tentado de echarla al río en más de una ocasión, pero no acababa de decidirse. Estaba seguro de que, si la abría, los recuerdos escaparían de ella para atormentarlo y no quería arriesgarse. Cien veces al día se decía que su futuro estaba allí, labrando la tierra del señor, ordeñando las vacas del señor, recolectando los frutos del señor, y otras cien se rebelaba contra su destino. Tendría que haberse marchado lejos, muy lejos. Los peregrinos que recorrían el Camino venían de tierras desconocidas y se dirigían a otras también desconocidas. ¿Por qué no probar él también? Después miraba a la pequeña Maddi. Seguía negando su paternidad, pero algo en su interior insistía en que la niña era suya, por eso le resultó una cara conocida cuando la vio por primera vez y le recordó a alguien, aunque entonces no supo a quién; era él mismo reflejado en su madre y en la tía Elaia. Hizo las cuentas, como le dijo Alazaïs el día de su llegada a Bozate, y las fechas coincidían. Iba tomándole cariño, pero no quería quererla; era

fruto de una relación que lo había herido en lo más profundo, era la hija de Alix.

También observaba a la mujer que soportaba sin quejarse su comportamiento desabrido y se preguntaba qué era lo que la impulsaba a actuar de aquel modo. Habría sido mucho más fácil para ella decir la verdad, se habría desembarazado de él y habría podido unirse con cualquier otro hombre. Era buena y tenía un carácter tan fuerte como para tomar la decisión de seguirle a Pamplona y regresar con él a Baztán. La veía acunar a la niña, volcar en ella el cariño que él le negaba, y sabía que jamás había creído las palabras pronunciadas en el camino a Gares, pero no podía evitarlo. Se sentía como una paloma de aquellas que todos los otoños en su vuelo hacia el sur quedaban atrapadas en las redes de los palomares del señor de Ursúa. Necesitaba ser libre, no depender de nadie y que nadie dependiera de él.

Un día en que arreglaba uno de los goznes de la puerta de la casa le hizo falta un martillo. Llovía a cántaros y no le apetecía ir a pedírselo a su padre. Subió a su habitación y cogió la bolsa de los útiles de tallar, metió la mano para buscar el mazo y su mano topó con una forma conocida. Tardó unos instantes en decidirse y, finalmente, sacó la figurilla de la Madre, aquella que le había acompañado siempre desde hacía tanto y creía en poder de Bertrand de Garlande. El comendador debía de haberla metido en la bolsa antes de dársela. Por su mente pasaron imágenes que deseaba olvidar y apretó con fuerza la figura para hacerlas desaparecer, pero cuanto más apretaba, más nítidas las veía.

Rostros amados y odiados, momentos felices y tristes, decisiones, proyectos, peligros, diez años de su vida, transcurridos tan deprisa como un suspiro. El documento que le había costado la vida a su maestro había desaparecido y se alegró de que el freire hubiera decidido guardarlo.

Dejó Bozate en el silencio de la noche, sin despedirse, sin decir a nadie adonde iba y cuándo volvería. La lluvia había cesado y podían verse algunos claros en el cielo por los cuales de vez en

cuando asomaba la luna indicándole el camino. Anduvo sin detenerse hasta llegar a lo alto del collado de Elorrieta y se sentó sobre la tierra húmeda para ver salir el sol envuelto en la niebla.

Entonces cavó un agujero, sacó la figura de la bolsa, la acarició por última vez y la enterró entre las dos piedras sin nombre que marcaban las tumbas de su madre y de la tía Elaia. Continuó adelante por el camino, divisó la torre del vizconde de Baigorri que su gente había restaurado siguiendo las indicaciones del maestro, cruzó el puente construido por los artesanos, atravesó la pequeña población de Anauz y ascendió por la vereda bordeada de árboles que conducía a Xuhitoa.

El tío Aner estaba sentado a la puerta de la chabola; afilaba el hacha y le saludó levantando el mentón como siempre hacía, como si se hubieran visto la víspera. Se sentó a su lado y ambos permanecieron en silencio mientras el mayor continuaba afilando el hacha. Nunca había oído al tío decir más de dos palabras seguidas; no hacía falta explicarle nada, él entendía los silencios mejor que los vocablos. Su padre solía decir, medio en serio, medio en broma, que su hermano era capaz de descifrar los latidos del corazón al igual que sabía lo que significaban los sonidos del bosque, el murmullo de las aguas, el rumor del aire o el aleteo de los pájaros. Al cabo de un rato el tío se levantó, le palmeó el hombro inútil y se adentró en el bosque. Él también se levantó y entró en el chamizo que una vez le había servido de taller. Todo seguía igual, excepto el polvo y las telarañas, mucho más abundantes. El tronco continuaba en el mismo sitio, esperando su regreso.

Permaneció varias semanas en Xuhitoa, el tiempo necesario para descortezar, lavar, secar y tallar el pedazo de madera. Con temor y dudas al principio y con más seguridad cuando comprobó que la inmovilidad de su hombro no le impedía maniobrar como antaño. Trabajó durante horas, poseído como en Dorreaga por la necesidad de crear, olvidándose de comer y de beber, con los ojos enrojecidos por el esfuerzo y la tensión; sus manos se movían seguras y los golpes eran certeros. El tío lo observaba y asentía

satisfecho, y él respondía con una sonrisa agradecida. Cuando hubo finalizado la obra, la hubo pulido y aplicado un barniz, elaborado por él mismo con cera virgen, pez y asfalto, para proteger el color natural de la madera, se echó a dormir y no despertó hasta pasados dos días enteros.

—¿Qué representa? —le preguntó el tío la mañana del tercer día, señalando la figura.

La examinó como si fuera la primera vez que la veía y sintió una congoja profunda. Recordó entonces su intención, tanto tiempo atrás, de tallar una obra especial, mágica, en aquel pedazo de tronco; algo que asombraría al padre y lo haría sentirse orgulloso de él. Había perseguido una ilusión, vivido de memorias y sueños, cuando la verdadera felicidad, la única posible para él, había estado a su alcance durante todo aquel tiempo.

—El amor —respondió por fin al tío que esperaba paciente la respuesta.

—¿Quiénes son?

La figura representaba a una mujer vestida con una túnica de campesina que sonreía con ternura a la niña que, sentada sobre sus rodillas, le devolvía la sonrisa y alargaba la manita para acariciarle la mejilla. Sus rostros eran los de Alazaïs y Maddi.

—Mi mujer y mi hija —respondió Eder con voz entrecortada al tiempo que elevaba una súplica a Amari para que ambas continuaran en su casa, para que Alazaïs le hubiera esperado.

—Son hermosas.

—Lo son.

La despedida fue parecida a la llegada. Los dos hombres se miraron, levantaron los mentones a modo de adiós y tomaron

rumbos diferentes; el uno hacia el bosque y el otro hacia el valle de Baztán, hacia Bozate.

☙

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