El Verdugo De Dios
Pamplona 78
Pamplona
H
acia semanas que las nieves se habían derretido, excepto las que cubrían las cumbres más elevadas, y los pasos habían vuelto a ser transitables. Con el buen tiempo, llegó de nuevo un río de peregrinos que, al igual que las abundantes y transparentes aguas que se deslizaban de las montañas, descansaban en San Juan y proseguían viaje hacia Roncesvalles. Éste era el tramo más temido del Camino. Los viajeros se veían obligados a avanzar por los collados evitando la espesura de los bosques, los animales salvajes y también a posibles salteadores que acechaban en las zonas bajas.
La subida hasta el alto de Ibañeta era muy dura, pero allí arriba los esperaba un monje haciendo sonar una campana los días de niebla para indicarles el camino, y la bajada se veía recompensada con la acogida siempre cálida de los religiosos.
Robert Lepetit salió del letargo en el cual había permanecido durante los últimos dos años y decidió que ya era hora de reemprender la marcha. Estaba satisfecho. El tiempo transcurrido en San Esteban había dado sus frutos. Todos, absolutamente todos los habitantes de la población asistían a la misa dominical y a las vísperas. Él se había encargado de que así fuera. Ocupó el puesto del rector en el momento del sermón y encontró de nuevo aquella vena oratoria que tanto admiraban sus profesores. No era lo mismo predicar a sus doce compañeros y a algunos peregrinos menesterosos, que hacerlo para una población compuesta por hombres, mujeres y niños, aunque éstos fueran unos campesinos iletrados y supersticiosos. Los veía temblar cuando le escuchaban hablar de las penas del infierno y de los castigos dispuestos por Dios para los enemigos de su Iglesia y el rector traducía sus palabras; pasaban por su lado temerosos de encontrarse con su mirada y no hubo necesidad de detener a nadie más. Tras la
muerte de la mujer pagana, los pocos que aún lo eran solicitaron el bautismo, ceremonia presidida por el vizconde y llevada a cabo ante todos los habitantes del pueblo, de noche, a la luz de las antorchas. No obstante, había recomendado al rector mantener un ojo siempre vigilante porque uno nunca sabía hasta dónde llegaba la sinceridad de los nuevos convertidos y podría ser que algunos de ellos hubieran solicitado el bautismo para evitar problemas.
—No os preocupéis, hermano —le aseguró don Martín—.
Velaré para que ninguno de éstos vuelva a descarriarse.
Robert y sus doce discípulos partieron una mañana en dirección a San Juan, dispuestos a adoctrinar también a los peregrinos cuya fe no fuera lo suficientemente fuerte. El antiguo fraile no había olvidado la conversación escuchada en los Hospitalarios de París; le constaba que muchos de los devotos no lo eran en realidad y realizaban el Camino con el fin de lucrarse o de escapar de la justicia religiosa o civil. Él desenmascararía a los falsarios.
Después de atravesar la población de Luzaide, el pequeño grupo se unió en el alto de Ibañeta a otro más numeroso que se apresuraba para llegar a uno de los hitos del Camino, el más importante después de la propia Compostela: Orreaga, Roncevaux para los francos. Esperaban ser acogidos en el monasterio y escuchar el primer sermón verdaderamente santiaguino de su peregrinación. El lugar estaba impregnado de devoción, pero el Bugre se sintió defraudado. No había pasión, ni suficiente firmeza en las palabras del sacerdote.
Permanecieron allí un par de jornadas dedicadas en exclusiva a predicar a los peregrinos, algo que él hacía a la vera de la capilla del Sancti Spiritus, lugar de enterramiento, se decía, del famoso Roland y de los doce pares de Francia, aunque nadie podía asegurar dónde exactamente se hallaban las sepulturas. Bajo las ramas de un enorme roble cuyas tiernas hojillas acababan de brotar, el antiguo renegado daba rienda suelta a su oratoria, que duraba horas. Al llegar, los peregrinos pasaban por delante de él y
seguían en dirección a la iglesia, pero se detenían a la salida y antes del atardecer del primer día la campa estaba llena de gente deseosa de escucharle. Sus discursos habían cambiado de tono. Ya no era la voz acusadora que amenazaba a los artesanos de Baigorri con las penas del infierno, sino la de un padre bondadoso dispuesto a acoger en sus brazos a todos los hijos pródigos del mundo, incluidos los mayores pecadores, incluidos aquellos que se habían dejado tentar por prédicas heréticas. Sus oyentes bebían sus palabras y la mayoría de los ojos estaban empañados de lágrimas, tal era el fervor que provocaban sus palabras. De vez en cuando, alguno de los discípulos se levantaba y pasaba un saquillo de cuero manoseado entre la concurrencia sin que ricos ni pobres negaran su aportación a las necesidades terrenales del predicador que tanto les recordaba a las imágenes de Cristo vistas durante el Camino.
Para alivio de los canónigos que no sabían cómo hacer frente a su rivalidad, Robert y los suyos reanudaron la marcha en la mañana del cuarto día después de su llegada y, acompañados por una ingente cantidad de peregrinos que entonaban salmos y letanías, iniciaron el descenso por la vereda que llevaba a Burguete. De esta manera transcurrió el viaje hasta Pamplona. Se detuvieron en todas las iglesias y ermitas que encontraron a su paso para rogar al santo su protección; se acogieron a la caridad en los hospitales de Gerendiain, Larrasoain y Arre; caminaron a través de bosques de robles, hayas y abedules cuyas ramas se entrelazaban creando bóvedas naturales; siguieron las huellas de infinitas pisadas humanas y animales; se perdieron entre nieblas y aliviaron sus pies doloridos en las frescas aguas del Arga; pero, sobre todo, escucharon las prédicas del espontáneo guía espiritual, cada día más enfebrecido por la devoción que leía en los rostros de sus compañeros.
Al llegar a la ciudad episcopal, la masa se diluyó como por encanto, como si las murallas de la gran urbe y la animación de sus barrios hubieran hecho desaparecer la espiritualidad vivida por los peregrinos durante las jornadas precedentes. También ayudó la
férrea decisión de los guardas que custodiaban la entrada por el puente de la Magdalena de no dejarlos entrar a todos a la vez, obligándoles a hacerlo en pequeños grupos para no crear atascos y altercados.
—La tumba del Apóstol de Jesús es nuestra meta —respondió Robert al ser interrogado sobre los motivos de su viaje.
Al igual que había ocurrido en Garazi, los guardas los dejaron pasar sin exigirles el peaje y les indicaron la dirección para llegar al burgo franco.
—En Pamplona debéis buscar alojamiento en San Cernin —
les había advertido un viejo que había hecho del Camino su medio de vida y llevaba años recorriendo el trayecto de Vézelay a Santiago, y vuelta.
—¿Por qué? —se interesó el Bugre.
—Allí estaréis a salvo.
—¿A salvo de qué?
—¿No lo sabes? Ésta es tierra de paganos y de judíos. Lo sé porque he pasado por aquí en múltiples ocasiones. Existe una dormitalería de peregrinos junto a la catedral, pero ésta se halla en plena ciudad de los navarros, y un franco sólo está a salvo entre los suyos. Los enfrentamientos entre los barrios son cosa habitual.
Hazme caso y cobíjate en el burgo de San Cernin.
Se encaminaron por la rúa Mayor sin detenerse en ningún momento ni hacer caso a las llamadas de los comerciantes que exponían sus productos en la propia calle, hasta llegar a la puerta de Chapitel donde se abría un erial vacío, llamado «el vado», separación entre las dos comunidades enfrentadas. Al otro lado, en el portal de la Galea, se toparon con un nuevo cuerpo de guardia que les interrogó sobre las razones de su presencia en el barrio franco y que recibió la misma respuesta que el del puente de la
Magdalena. Ya dentro del burgo respiraron aliviados y buscaron el hospital de peregrinos para alojarse. El lugar estaba repleto hasta los topes, y ni sus palabras ni su aspecto bíblico convencieron al hospitalero. No había sitio, les dijo, y no podrían quedarse aunque vinieran recomendados por el obispo.
—Las ordenanzas son las ordenanzas y la puerta se cierra cuando el hospital está lleno —afirmó antes de cerrar dicha puerta en sus narices.
La noche estaba a punto de caer y los días eran aún fríos; tenían hambre y estaban cansados después de caminar durante toda la jornada, así que el predicador tomó una decisión. Las limosnas, ofrendas y, sobre todo, la bolsa de monedas de plata que el señor de Etxauz había puesto en sus manos «para obras de caridad» bien podían proporcionarles por una vez un alojamiento adecuado y comida caliente para sus estómagos. Se lo habían ganado, él se lo había ganado. Alquiló tres habitaciones, dos para sus acompañantes y una para él solo en una posada de la Pellejería, rúa impregnada de olor a cueros y pieles, y pidió comida para todos: sopa de albóndigas y lechón asado, acompañados de vino de la comarca.
Tumbado encima de un colchón de lana y bajo un grueso edredón de pluma, con el estómago satisfecho y los sentidos algo embotados por el vino, Robert dio las gracias a Dios por mostrarle el camino en todo momento. No había errado cuando decidió emprender el peregrinaje. Todavía le quedaba mucho trayecto por recorrer, pero no había prisa. Compostela no iba a moverse de su sitio y él tenía una labor que cumplir. Al igual que había convertido a los paganos de Baigorri, convertiría a otros. Seguro que también los habría en Pamplona; al fin y al cabo, muchos de sus habitantes eran de la misma ralea que los montañeses, todos ellos amamantados por las mismas ubres idólatras. Su último pensamiento antes de quedarse dormido fue para la mujer de mirada retadora que había osado enfrentarse a él.
Aquella mujer, la leprosa pagana de la cual ni siquiera recordaba el nombre, le había hecho perder los estribos. Cada vez que cerraba los ojos la veía ante él, hermosa y arrogante, plantándole cara y burlándose de sus amenazas. No le tenía miedo, y eso le había enfurecido. No era más que una campesina burda, sin educación, incapaz de hablar en una lengua civilizada y, aun así, había enturbiado sus sentidos del mismo modo que lo había hecho Lionor tantos años atrás. ¡Malditas hembras! La tentación estaba siempre presente, siempre al acecho, como un ave de rapiña dispuesta a lanzarse sobre las almas puras al menor descuido. El diablo estaba dentro de la mujer, lo miraba a través de sus ojos grises y se burlaba de él, se le ofrecía mostrándole un cuerpo rebosante que unas pobres ropas no podían ocultar. Era la serpiente que tentó a Eva y trajo la desolación a los seres humanos, privados desde entonces de la gracia de ver a Dios, la Betsabé que anuló el razonamiento del rey David y le hizo caer en el pecado, la Salomé que obtuvo la cabeza del Bautista, la Dalila que arrebató la fuerza a Sansón. Había mortificado su carne y rezado durante noches enteras, pero la tentación continuaba a su lado, la sentía en cuanto volvía a encararse con la pagana, cuando la sacudía por los hombros preso de una furia incontrolable, olía su aliento y el abundante cabello coronado por un mechón diabólico rozaba su cara. Era una tortura insoportable.
Una noche se acercó al calabozo de la torre e hizo una seña al guardián para que lo dejara solo, penetró en el chamizo y la contempló a la luz de la antorcha mientras dormía sobre un montón de paja sucia. Sus pechos asomaban por el escote de la camisa a medio atar y se movían al ritmo de la respiración, una respiración tranquila, confiada, y su cuerpo reposaba relajado.
Sólo tenía que alargar la mano y acariciarle los muslos, el sexo...
¡Sería tan fácil! Sus músculos estaban tensos y tenía dificultades para respirar. El deseo era cada vez más fuerte, pero era su deber luchar contra el Maligno y no se dejaría vencer. Colocó su rodilla derecha sobre el pecho de la mujer, asió su cabeza con las dos manos y la giró con violencia. Todo ocurrió en un breve espacio
de tiempo, tan breve que ella sólo tuvo tiempo de abrir los ojos y mirarle, sorprendida, antes de morir.
—Duerme —dijo al pasar por delante del soldado, y éste se limitó a alzar los hombros.
La decisión de echar el cuerpo al río no fue de él. El vizconde no quería líos y el rector tampoco. Dirían que la mujer había intentado escapar durante la noche y había caído al agua. Daba lo mismo que les creyeran o no, nadie intentaría averiguar lo ocurrido a una agote.
—Pero —advirtió el señor de Etxauz mirándolo fijamente—
estos hechos no deben volver a repetirse.
—¿Qué hechos? —respondió él—. La mujer murió; esas cosas ocurren. Tal vez ella misma se quitó la vida...
—Jamás he oído que una persona pueda romperse el cuello mientras duerme.
La alusión era bien clara y ninguno de los dos insistió. De todos modos, y a partir de aquel día, la asistencia de los artesanos a los oficios fue más numerosa que de costumbre y pronto hubo quienes pidieron ser acogidos en el seno de la Iglesia. Un alma había ido directa al infierno, se dijo por enésima vez el Bugre para acallar su conciencia, pero a cambio muchas otras se habían salvado.
Al día siguiente se despertó con la mente despejada y las ideas claras. No había olvidado su idea de fundar una orden predicadora y Pamplona era un sitio tan bueno como otro cualquiera para comenzar su apostolado. Acudió a la catedral con ánimo de ver el templo y, de paso, enterarse sobre los pasos que debía dar. El arcediano no estaba allí en aquel momento, pero encontró a un canónigo hablador y, por ende, originario de París, llamado Eluard. Se guardó mucho de decirle su verdadero nombre. No había clérigo franco que no supiera lo ocurrido. Su nombramiento,
éxitos, caída en desgracia y posterior enjuiciamiento eran conocidos por toda la clase clerical y no había transcurrido el tiempo suficiente para que hubieran sido olvidados. De hecho, pensó, nadie sabía su verdadero nombre porque durante todo el Camino se había hecho llamar «hermano Robert» sin más, y Robert era un nombre muy común. Aunque, pensándolo mejor, sí había una persona que le conocía: el maestro de obras Geoffroi Bisol, pero no había ningún peligro. El hombre se pudría en un miserable villorrio construyendo para un señor rural.
—¿Así que os interesa saber si existe en las ciudades de Pamplona alguna orden religiosa? —La pregunta de Eluard le hizo prestar atención.
—Soy peregrino y lo normal es acogerse en un monasterio...
—Aquí disponemos de un albergue para peregrinos, la dormitalería, que se halla aquí al lado...
—Lo sé, pero está lleno.
—En el burgo hay otro, el hospital de Sancti Spiritus.
—También está lleno.
—La verdad es que no me extraña. Son miles las personas que peregrinan y pasan por Pamplona en cuanto comienza el buen tiempo.
—¿Y los conventos y monasterios? —insistió Robert.
—Ah, encontraréis algunos extramuros, de hombres y de mujeres, clarisas, agustinos, dominicos, franciscanos hijos del diablo.
El canónigo sonrió al observar el gesto interrogante de su interlocutor al escuchar el exabrupto.
—Veréis, ésta es una ciudad episcopal y aquí no hay lugar para nadie más —comenzó a explicarle—. Los franciscanos tienen un convento extramuros y quieren instalarse dentro, pero, ¡por todos los ángeles del cielo!, no entrarán.
—¿Por qué?
—No queremos aquí conventos, monasterios, cenobios y cosas por el estilo. Si aún fueran dominicos..., pero los franciscanos son mala gente. Ponen en duda algunas de las normas de la Iglesia de Roma. Son unos desarrapados y exigen, oís bien, exigen que todos los demás también lo seamos. Son unos heréticos. —Los ojos de Robert brillaron en la penumbra de la catedral—. Pero ya se encargó el obispo de que esos excomulgados no llevaran a cabo sus propósitos.
—Así pues, no hay conventos ni monasterios en Pamplona.
—No, ni los habrá. Al menos, dentro de los muros.
—¿Y si una nueva orden deseara establecerse en esta ciudad?
—preguntó el Bugre, temiéndose la repuesta.
—No tendría ningún futuro.
Continuó un rato hablando con el canónigo, que acabó explayándose a gusto sobre el conflicto que enfrentaba al rey Teobaldo y al nuevo obispo de la sede, don Pedro Ximénez de Gazolaz, quien lo había denunciado ante Roma por ejercer su justicia en el burgo, usurpar casas, no pagar el diezmo y poseer propiedades dentro de la ciudad sin tener derecho a ello, y una nueva idea fue fraguándose dentro de la cabeza de Robert Lepetit.
Ese mismo día, acompañado de Aubert, el más fiel de sus discípulos, buscó y encontró una pequeña casa construida con adobe y madera, justo al lado de la puerta de Santa Engracia, camino obligado para los peregrinos que salían de Pamplona.
Pagó con los dineros del vizconde y los trece se trasladaron a ella.
Todas las mañanas, al rayar el sol, se colocaban a la puerta de la casa y ofrecían comida y calabazas de agua a los viajeros; también curaban pies llagados y otras heridas. Robert los exhortaba a proseguir el Camino, a no desfallecer ni dejarse tentar por el Maligno. El viaje era largo, les aseguraba, sólo aquellos con verdadera fe llegarían sanos y salvos y su sacrificio se vería recompensado con la gracia de Dios. Muchos caminantes retrasaban la salida con tal de escucharle y los alrededores de la puerta de Santa Engracia eran un hervidero humano de sol a sol.
En pocas semanas la fama de santón del Bugre se había extendido por la población, y no eran sólo peregrinos los que se acercaban al local para escuchar sus palabras, sino también muchos burgueses acomodados y sus familias, que aportaban dinero, comida y vendas. El obispo pronto tuvo conocimiento de la presencia del extraño grupo y ordenó que el cabecilla fuera llevado a su presencia; sus guardias se encargaron de cumplir el encargo y el predicador atravesó el burgo y también la Navarrería escoltado por los guardias y seguido por sus compañeros y un gran número de personas, peregrinos y burgueses.
—¡También a Jesús lo llevaron preso ante Caifas! —gritó Aubert, y un murmullo se elevó entre la multitud.
La entrevista entre el obispo y el predicador se llevó a cabo en la sala de trabajo del primero. Impresionado por el aspecto del hombre que tenía delante, como todos los que lo veían por primera vez, el prelado pidió que los dejaran solos. Nadie supo de lo que hablaron, pero Robert salió del palacio episcopal sin escolta, se reunió con los seguidores que lo esperaban afuera y regresó a la casa próxima al portal de Santa Engracia acompañado por un gran número de personas deseosas de escuchar su prédica.
Al hallarse solo en presencia del obispo, se había arrodillado y pedido en latín confesión. Incómodo por la petición, pero incapaz de negarse, don Pedro había aceptado. Bajo secreto de confesión, el Bugre le confío su verdadera identidad. Su nombre era Robert de Reims, dominico e inquisidor delegado por el Santo Padre para
indagar el paradero de dos importantes sacerdotes cátaros huidos de Occitania. Llevaba meses tras su pista y, según la información suministrada por un hereje arrepentido, ambos individuos se hallarían en estos momentos en la ciudad de Pamplona, protegidos por personas muy próximas al rey. Su labor predicadora era parte del plan para continuar las pesquisas. Los ojillos del prelado se animaron. Le agradaba la idea de que dos herejes de renombre fueran detenidos en su ciudad y, de paso, también quienes los protegían, e involucrar así a Teobaldo; bendijo al hombre arrodillado ante él, le aseguró que no volvería a ser molestado y le hizo prometer que lo mantendría al corriente de sus averiguaciones, algo a lo que Robert no tuvo ningún reparo en acceder con la mano puesta en el pecho.
L
os viajeros penetraron en la ciudad episcopal por el portal de la Magdalena. Sus pasos se mezclaron con cientos de otros en la rúa de los Peregrinos, después de haber respondido a las preguntas de los guardas sobre los motivos de su viaje y abonado el pago del peaje para poder seguir adelante. Geoffroi Bisol se limitó a decir que él y su «sobrino» eran peregrinos a Santiago de paso por Pamplona, que deseaban pernoctar en una posada y proseguir el viaje al día siguiente. La bolsa bien repleta del constructor, de la cual extrajo las monedas para el peaje, convencieron definitivamente a los guardas, que los dejaron entrar sin más preguntas.
—¿Por qué les habéis dicho que somos peregrinos y que yo soy vuestro sobrino? —inquirió Eder en el colmo de su asombro.
Él no sabía mentir, jamás había mentido. Amari no perdonaba a los mentirosos; era algo de todos conocido. La negación de la
verdad podía acarrear todo tipo de males.
—¿Y para qué iba a darles más explicaciones? —respondió Geoffroi en tono de guasa—. Aprende, muchacho. No hace falta decir siempre la verdad.
—¿Por qué no?
—Ya lo irás averiguando con el tiempo. Te basta con saber que el mundo fuera de tus bosques es bastante más complicado de lo que crees. Una respuesta sencilla, aunque sea falsa, abre puertas, mientras que la verdad las cierra a menudo. ¿Qué les importa a esos guardas saber si tú y yo somos parientes, si Alix está en un convento, si no tenemos ninguna intención de ir hasta Galicia? No les importa en absoluto y nosotros tampoco tenemos por qué aclarárselo. Nuestras vidas, creencias, pensamientos o proyectos son sólo nuestros; son, entiéndelo bien, la única forma de libertad exclusivamente nuestra.
El joven no lo entendió, pero tomó nota de las palabras de su maestro para recordarlas cuando fuera necesario. Avanzaron despacio por rúas y cantones abarrotados de gentes y puestos de mercado cuyos dueños comenzaban a recogerlos dada la hora y el próximo toque de queda. Dejaron los animales en la cuadra pública a la entrada de la Navarrería y se dirigieron a continuación al barrio de San Cernin, habitado por francos desde los tiempos del rey Sancho Ramírez, siglo y medio atrás, después de haber preguntado por él a una vendedora de morcillas y asaduras.
—En cuanto entremos en el barrio franco, tú callado como un muerto —le advirtió Geoffroi—. No abras la boca ni para pedir agua.
—¿Porqué?
—Porque los francos y los navarros no se llevan bien.
—¿Por qué?
—La vieja historia de siempre...
—¿Cuál?
El maestro sonrió. A pesar de que el joven rondaría los veinte años, su altura desgarbada, el bigotillo que asomaba encima del labio superior y la habilidad de consumado artesano que ya mostraba, en algunos aspectos su discípulo le recordaba a un niño sorprendido por todo lo nuevo.
—Unos ya estaban cuando los otros llegaron. Los primeros trabajaban los campos y los segundos crearon negocios; aquéllos han continuado siendo pecheros del rey y éstos son comerciantes libres... Diferencia de clases, diferencia de lenguas y costumbres y, sobre todo, diferencia de riquezas.
—¿Y vos y yo qué tenemos que ver con ello?
—Nada, Dios es testigo, pero yo soy franco y tú navarro. Uno de los dos deberá hacerse pasar por lo que no es a fin de evitarnos problemas y, he decidido que seas tú.
—¿Por qué yo?
—Porque aún tienes mucho que aprender —rió Geoffroi al tiempo que le echaba el brazo por encima del hombro y lo arrastraba hacia el barrio de San Cernin.
Se alojaron en la primera posada que encontraron cuyo nombre, Le Borgognon, dejaba bien claro a quién pertenecía. El posadero, un hombre llegado de Borgoña unos años antes, les alquiló una minúscula habitación amueblada únicamente con un catre grande cubierto con unos lienzos de dudosa limpieza y un candil abollado que apenas iluminaba el lugar. La presencia del rey y de su corte en la ciudad episcopal, les explicó, había abarrotado las hospederías y no había un solo rincón disponible en toda la ciudad. Ésta fue también la disculpa para cobrar por adelantado un precio de escándalo, pero era casi de noche.
Geoffroi no protestó y pagó al momento con la mente puesta en buscarse otro acomodo al día siguiente. Estaban cansados y deseaban irse a dormir, pero antes comieron un pedazo de conejo en salsa mientras compartían mesa con una docena de hombres desaseados cuyo aspecto fiero y vestimentas de cuero, chaquetas y calzas, así como las espadas y dagas colgadas a la cintura, mostraban claramente que eran soldados.
Los anteriores reyes de Navarra habían utilizado los servicios de mercenarios llegados de Francia y Alemania cada vez que se habían enfrentado a castellanos, aragoneses o musulmanes, pero durante la última década, y a pesar de hallarse el reino en paz, su número había crecido de forma extraordinaria. Siguiendo los pasos de peregrinos y comerciantes, los hombres de armas sin posibles en sus propias tierras recorrían el Camino no con la intención de hacerse perdonar sus pecados o rogar una merced al santo, ni tampoco con la idea de hacer negocio, sino para enrolarse en el ejército navarro a cambio de una buena paga y la posibilidad de asentarse en las tierras de Teobaldo. El hecho de que el rey fuera un franco facilitaba las cosas.
El constructor no intercambió más de dos palabras con ellos, y cuando le interrogaron sobre su procedencia, se limitó a responder que su sobrino y él acababan de llegar de Champaña, lo cual fue recibido por parte de los soldados con exclamaciones de alegría y brindis en honor al soberano oriundo de aquella región. Se escabulleron de la bulliciosa compañía en cuanto tuvieron oportunidad, se encerraron en el cuartucho y se tumbaron en el catre sin tan siquiera desvestirse.
Al día siguiente, de buena hora, Geoffroi alquiló dos habitaciones en una casa de huéspedes en la calle de la Correyería, que le había sido recomendada por el propio posadero, sorprendiéndose de encontrarlas limpias y bien amuebladas con arcón para ropas, palangana y jarro de agua incluidos, y después se dirigieron al monasterio de las clarisas de Santa Engracia en busca de Alix. Tuvieron que andar un buen trecho, pues el
convento se hallaba extramuros, en unos terrenos al otro lado del puente del Mazón. No había conventos dentro de los muros de la ciudad, como bien había explicado el canónigo Eluard al antiguo inquisidor, debido a la oposición del arcediano y los canónigos, quienes no estaban por la labor de admitir competencias y, mucho menos, de repartir los beneficios de las limosnas, algo que no habían tenido reparos en demostrar cuatro años antes al expulsar a los franciscanos a pesar de contar éstos con una bula papal.
La sorpresa se plasmó por igual en los rostros de los dos hombres al ver aparecer a Alix acompañada por la abadesa; ambos tardaron un buen rato en recobrarse. Con el cabello recogido en una trenza, vestida con una sencilla túnica holgada de color crudo, cerrada hasta el cuello y mangas largas, la niña a la que habían despedido hacía casi cinco años se había convertido en una mujer y, además, muy hermosa. El maestro constructor apretó los labios emocionado. A primera vista, le recordó a Madeleine y sintió un pellizco en el pecho. Observó en un segundo examen que, aunque asombroso, no era tanto el parecido. Su piel era blanca como la de aquélla, pero su cabello no era rojizo, sino de un castaño dorado, como el de las hojas de los árboles al caer durante el otoño; sus ojos sí tenían el mismo color azul, pero no había en ellos ni rastro de la docilidad de su madre, muy al contrario. Aunque permanecía en recatado silencio, su mirada iba de él a Eder con indiferencia y, al mismo tiempo, cierta desconfianza altiva. Dicha constatación sorprendió desagradablemente al constructor y tuvo que hacer un gran esfuerzo para permanecer impasible. También se fijó en que los rasgos de su hija eran más finos que los de Madeleine: nariz recta, mentón perfectamente ovalado y frente amplia. Sintió el deseo de abrazarla con fuerza, besar sus mejillas y decirle lo mucho que la había echado en falta, pero se contuvo. La abadesa no dejaba de alabar el buen comportamiento, religiosidad y ágil inteligencia de la alumna que les había sido confiada y lamentaba que su padre hubiera decidido ir en su busca.
—¿No habéis pensado, maestro, dejarla con nosotras y que haga los votos? Sería una excelente religiosa. El mundo hoy en día
es un peligro para las jóvenes honradas y no hay lugar más seguro para ellas que los muros de una casa de oración.
Geoffroi reprimió una sonrisa al observar el cambio producido en la actitud de Alix, quien miró furiosa a la religiosa, pero también asustada.
—Puede, puede... —respondió él con ánimo de alargar un poco el susto que en aquellos momentos sentía su pequeña rebelde
—, pero llevo muchos años sin ver a mi hija y desearía pasar algún tiempo en su compañía.
Salieron del convento en cuanto se vieron libres de la insistencia de la monja, a quien prometieron regresar al cabo de unos días, bien para despedirse o bien para dejar allí definitivamente a la joven. Ninguno de los tres encontraba palabras para romper el silencio establecido entre ellos mientras caminaban por las rúas francas de Pamplona. No sabían qué decirse. La mirada indiferente que de nuevo veía en los ojos de su hija impedía al constructor dar rienda suelta a sus sentimientos.
Durante su separación, se había ocupado de que nada le faltara, había enviado dinero y mantenido correspondencia con las monjas para conocer su estado de salud o sus avances en los estudios, pero, cierto era, no había ido a verla en todo aquel tiempo. No lo había considerado oportuno o simplemente no se le había ocurrido, así de sencillo. Tal vez había hecho mal, pensó ahora, porque la ausencia enfriaba las relaciones y hería de muerte al amor entre las personas.
—Habrá que comprarte algunas ropas. No puedes ir por ahí vestida como una monja —dij o por decir algo.
Alix se alzó de hombros como si le diese igual, pero el brillo en su mirada desdecía su aparente indiferencia, y Geoffroi aprovechó la oportunidad para asirla por el brazo en ademán cariñoso y atraerla hacia él.
—Te has convertido en una mujer y estoy muy orgulloso de ti.
La joven no respondió, pero el maestro notó que sus músculos se relajaban y no intentaba separarse de él. Poco después penetraron en una tienda de paños en la rúa Mayor de los Cambios, la mejor del burgo, como se apresuró a informarles el dueño, y encargaron dos túnicas según la moda, camisas y una capa de lana con capucha y ribete de piel para Alix. Mientras una costurera tomaba medidas a la joven, Geoffroi encargó para él una túnica verde oscuro, de mangas anchas y larga hasta los pies, y otra más corta de color azul oscuro para su ayudante con calzas a juego y camisa blanca.
—Pero, maestro... —susurró confuso Eder al oído de Geoffroi
—. Yo ya tengo ropa...
—Buena para el campo —le respondió él—, pero estamos en la ciudad. Aunque te parezca extraño, aquí la gente se fija más en el aspecto exterior que en la verdadera naturaleza de las personas.
Como si la perspectiva de deshacerse de la vestimenta sin ninguna gracia que se había visto obligada a llevar durante los últimos años le abriera un nuevo horizonte, Alix sonrió por primera vez y el corazón del constructor latió apresuradamente.
No había ninguna duda: su sonrisa sí era la misma que la de Madeleine.
Pasaron el resto de la jornada ocupados en adquirir chapines, botas, cintos, bolsos para los dineros y otros objetos totalmente inútiles en opinión de Eder, que no salía de su asombro. Él nunca había tenido una moneda en las manos. La mayoría de las veces, su padre cobraba los trabajos en especies —sacos de cereales, pieles, morcillas y otras cosas parecidas—. ¿De dónde sacaba el maestro tal cantidad de dinero? Se sentía incómodo ante tanto derroche y, por otra parte, no podía dejar de contemplar de soslayo a la joven. Él también la había echado mucho en falta. Había sido la única persona con la cual se había sentido a gusto, aparte del constructor y de los miembros de su propia familia. Mientras recorrían las calles del barrio franco, no dejaba de pensar en ello y de lamentar que su recuerdo se hubiera esfumado. La niña de
largas trenzas, a la que llevaba sobre sus espaldas y con la cual iba a pescar truchas, nada tenía que ver con la jovencita orgullosa que caminaba a su lado y no le había dirigido la palabra en todo el día.
De hecho, ni siquiera lo había mirado al salir del convento, cuando su padre le preguntó si recordaba a su amigo de juegos. Estaba decepcionado y, lo que aún era peor, tenía miedo de perder el afecto del maestro. Ya no lo necesitaría ahora que su hija estaba con él, y acabaría teniendo que volver junto a los suyos. Sería lo que tuviese que ser, pensó con resignación, y no había que darle más vueltas al asunto.
Al anochecer, cansados de andar, regresaron a la casa de huéspedes, y los tres agradecieron desde lo más profundo la sopa de berza y el pedazo de costilla de cordero asado que la dueña de la casa les invitó a compartir con ella.
—Es agradable tener con quien conversar de vez en cuando —
confesó la mujer satisfecha al observar su apetito—. Mis huéspedes acostumbran a comer fuera y sólo vienen a dormir. A veces, apenas tengo tiempo de quedarme con sus caras; llegan, pagan y se van.
—¿Es éste un buen negocio? —preguntó Geoffroi más por cortesía que por curiosidad.
—Algunas veces sí, como ésta, en la que el rey está en la ciudad, pero por lo general los viajeros prefieren el ruido, las bebidas y... las mujeres de las hospederías. Además de las vuestras, dispongo de otra habitación que también está ocupada en estos momentos por un caballero importante que...
Un golpeteo interrumpió a la dueña, que se apresuró a levantarse de la mesa y a abrir la puerta. El aspecto del hombre de mediana edad que penetró en la cocina era cuando menos impresionante. Alto y corpulento, a Eder le recordó a su padre y a sus tíos, aunque no se pareciese lo más mínimo a ellos, y menos aún tenían sus vestimentas algo que ver con las de los montañeses.
La sobrevesta de terciopelo marrón que casi rozaba el suelo, con
dibujos bordados en hilo de oro y piel fina de color blanco en cuello, puños y borde inferior, el ancho tocado del mismo material, adornado con una tira de seda, y las calzas de color escarlata dejaban bien claro que el personaje era alguien importante, pues las pieles blancas y las calzas escarlatas eran prendas cuyo uso estaba únicamente autorizado a los caballeros.
—¿Compartiréis nuestra humilde cena? —preguntó la mujer deshaciéndose en sonrisas.
—No. He comido con el rey en el palacio del obispo y ya he tenido suficiente por hoy. Deseo descansar.
Su mirada se posó en los tres desconocidos que lo observaban con curiosidad.
—¿No me habíais dicho que estaba yo solo en esta casa? —
interrogó a la dueña en tono severo—. Os había advertido que no deseaba compartir el alojamiento con nadie más. Tendrán que marcharse. No quiero extraños a mi alrededor.
—Son personas de fiar, señor. El maestro Geoffroi Bisol, su hija y su ayudante no tenían adonde ir. Las hospederías están todas llenas... —parecía que la mujer estuviese a punto de echarse a llorar.
—Me importa un carajo que...
El hombre iba a replicar cuando se detuvo, se giró para examinar a Geoffroi con más atención y alzó las cejas sorprendido.
—¿Geoffroi Bisol?
El constructor se limitó a hacer un gesto afirmativo.
—¿El maestro constructor? —preguntó el hombre de nuevo.
Geoffroi repitió el gesto afirmativo, más preocupado por tener que abandonar la casa a aquellas horas que por causar buena impresión al grosero personaje.
—Yo soy Antoine Brulé —se presentó el hombre con un sonrisa de oreja a oreja.
A continuación, y para sorpresa de la mujer y de sus tres huéspedes, tomó asiento y pidió que le sirvieran un pote de vino.
El señor Brulé había sido nombrado responsable de obras por Teobaldo con el encargo especial de que en su reino se alzasen construcciones dignas de él. La negativa del obispo de Pamplona para que la corte se instalara en la ciudad exigía una réplica contundente y la edificación de un palacio-fortaleza en las proximidades para demostrarle que, aunque él fuera el señor de Pamplona, el rey lo era de todo el territorio navarro. El emplazamiento para la nueva obra había sido ya elegido, un altozano en la sierra de Alaitz, en el valle de Elorzibar, lugar de encuentro de la ruta que unía Pamplona con la ribera tudelana y la de los peregrinos que llegaban desde Sangüesa y Monreal y se dirigían a la población de Gares. La nueva edificación real llevaría el nombre de Tiebas y, en palabras de Brulé, no había en todo el reino nadie más capaz que Geoffroi Bisol para llevar a cabo la que sería la primera construcción importante del nuevo reinado.
—Abandonasteis Champaña sin despediros de nadie —afirmó el noble.
—Así fue en efecto —respondió Geoffroi, incómodo por el derrotero que tomaba la conversación.
—¿Por qué?
—Razones personales...
—Fue tras la quema de los herejes, si no recuerdo mal.
Durante algún tiempo se habló mucho de vos y de vuestra
desaparición —prosiguió Brulé sin percatarse de la súbita seriedad reflejada en el rostro del constructor—. Incluso se dijo que la muerte de vuestra esposa tenía algo que ver con vuestra marcha.
—Soy hombre libre y tengo derecho a vivir donde me plazca sin tener que dar explicaciones a nadie.
—Tal vez..., pero nuestro señor Teobaldo se sintió agraviado por vuestro proceder, aunque ahora tenéis la oportunidad de haceros perdonar vuestro extraño comportamiento.
A continuación, el franco se perdió en descripciones y proyectos sobre lo que el rey quería para su reino: mejorar las vías de comunicación, construir puentes, palacios y fortalezas, alentar la repoblación y edificar barrios nuevos en las villas más importantes del Camino francés a su paso por Navarra.
—No podéis negaros a servir a la Corona —finalizó el caballero, y añadió a modo de advertencia—: No se ofende dos veces a un rey.
—No es ésa mi intención —afirmó el constructor con la rabia en el cuerpo.
—¡Me alegro, amigo mío! ¡No esperaba menos de vos! Y
ahora, si me lo permitís, me retiro a descansar. La jornada ha sido larga. Mañana sin falta me acompañaréis a ver a nuestro señor.
Diciendo esto, Antoine Brulé se levantó, hizo una reverencia en exceso obsequiosa y desapareció por la puerta. La dueña de la casa se había retirado discretamente en cuanto hubo servido el vino a sus huéspedes, y en la cocina sólo quedaron Geoffroi, su hija y Eder. Durante un rato ninguno de los tres habló.
Lo primero que le vino a la mente al constructor fue abandonar Pamplona de inmediato. Las caballerías públicas permanecían abiertas de día y de noche. No tenían más que ir en busca de sus animales y marcharse. No quería trabajar para el rey; prefería
ganarse la vida construyendo molinos y casas rurales que castillos para él, pero era una idea descabellada. ¿Adonde irían? No podía obligar a su hija a huir como una fugitiva; tenía la obligación de ocuparse de ella, buscarle marido y dotarla generosamente. Los años pasaban y pesaban. En los últimos tiempos había sentido molestias en el brazo izquierdo, presagio de que algo no funcionaba bien en su ya envejecido cuerpo.
—Padre...
Miró a Alix y sintió un estremecimiento. Le dio la impresión de que el color azul de sus ojos se había oscurecido hasta parecer casi negro.
—Padre, ¿es cierto que dejamos nuestra tierra cuando murió mi madre?
—Así fue...
—¿Porqué?
—No quería continuar viviendo allí, todo me la recordaba.
Un nuevo silencio se estableció entre ellos. La mirada de Eder iba del uno a la otra sin atreverse a intervenir. Su intuición le decía que estaba a punto de ser testigo de algo muy especial.
—Padre... —la voz de Alix había perdido su seguridad habitual,— ¿de qué murió mi madre?
—Las personas mueren..., a cada una le llega su momento...
—¿De qué murió, padre?
Geoffroi miró a su hija y la mirada se le empañó. Había llegado el temido momento esperado durante todos aquellos años.
Podía mentirle, decirle que había sido una enfermedad cualquiera, una epidemia, un accidente..., pero sabía que ella no le creería. Al principio, después de la muerte de Madeleine, Alix preguntaba a
menudo por su madre, y él le respondía que había subido al cielo y la contemplaba desde allí, que era feliz y que algún día estarían todos juntos de nuevo. Poco a poco la niña pareció olvidar su recuerdo y dejó de preguntar, pero él sabía que sólo se trataba de una tregua. Algún día tendría que contarle la verdad; se lo debía a ella y también a Madeleine. La mentira no aliviaría su dolor ni su sentimiento de culpabilidad. Despacio, intentando encontrar las palabras adecuadas, el maestro constructor contó todo lo ocurrido diez años atrás, durante aquellos días aciagos de primavera, en su añorada tierra de Champaña. Al finalizar el relato, sintió que se había quitado un gran peso de encima, que su corazón cansado recuperaba el calor perdido, que su mujer le sonreía.
—Amaba a tu madre más de lo que yo creía —añadió—. Lo supe cuando la perdí, aunque me queda el consuelo de saber que ella también me amaba.
—¿Y a mí?, ¿me amaba a mí también?
—¡Claro! Te adoraba, velaba tu sueño, te contaba cuentos y te cantaba las viejas baladas de nuestra tierra.
—Entonces... —la voz de Alix no mostraba emoción alguna
—, ¿por qué me abandonó?, ¿por qué se dejó matar en lugar de renegar y salvar la vida?
—No..., no podía renegar de sus creencias —balbuceó Geoffroi, sorprendido por la pregunta.
—¿Qué credos son ésos que obligan a dar la vida y a desamparar a aquellos a quienes se ama?
La joven se levantó y salió corriendo de la cocina, dejando a su padre conmocionado por su reacción. Al cabo de unos instantes, se levantó él también con ánimo de ir en su búsqueda, pero la mano de Eder apoyada en su brazo lo retuvo.
—Dejadla, maestro.
—Tengo que explicarle...
—Ya lo haréis más adelante. Ahora necesita estar sola y meditar sobre todo lo que le habéis contado. Yo también pasé por algo parecido.
—¿Tú?
—Mi madre murió al dar a luz. La odié por ello y durante mucho tiempo no pude perdonarle que se hubiera ido, que me hubiera abandonado —de pronto el muchacho parecía mayor, más maduro—. Vos me habéis dicho en alguna ocasión que la vuestra vivió largos años y fuisteis afortunado. Ninguna cría de animal sobrevive en el bosque sin su madre; los seres humanos sí, pero su ausencia es una herida que nunca llega a cicatrizar. Con vuestro relato habéis reabierto esa herida en Alix y ahora tendréis que esperar a que se cierre de nuevo.
Cuando al día siguiente Antoine Brulé le pidió que lo acompañara a presencia de Teobbaldo, Geoffroi ya había tomado una determinación: construiría para el rey y para quien hiciera falta con tal de que su hija recuperase la sonrisa. La entrevista fue fría, pero cortés. El rey estaba más preocupado en los asuntos de la gobernación de su pueblo, difícil y arisco, que en echarle en cara su deserción. Él tampoco estaba por la labor de hablar más de lo necesario y, por supuesto, no tenía ninguna intención de pedir perdón. Pocos días más tarde se trasladaba con su hija y su ayudante al primer piso de una casona de piedra próxima a la iglesia de San Llorente, la otra iglesia del burgo.
L
os días pasaban rápidos. Los dibujos y maquetas para la nueva edificación, el castillo en Tiebas que recordaría al obispo de Pamplona quién era el rey de Navarra, marchaban a gusto del señor Brulé. El monarca había abandonado nuevamente el reino para retornar a sus tierras de Champaña, donde le agradaban bastante más las gentes refinadas que sabían apreciar sus dotes de caballero y poeta, y había dejado todos los puestos de poder copados por personas llegadas de allende los Pirineos. El castillo sería una fortaleza inexpugnable al estar en un alto escarpado, pero no carecería de la elegancia de las construcciones del norte francés: torres redondeadas, tejados de pizarra y torrecillas para los vigías en el exterior; y suelos de madera, ventanas convidrios de colores y chimeneas en el interior. Geoffroi y Eder trabajaban todo el día presos de una gran excitación; el mayor, animado por el encargo que le devolvía la categoría de gran constructor del reino, y el joven porque aquél era el primer trabajo de verdadera importancia en el que tomaba parte. Además... estaba Alix.
El maestro había contratado a una mujer mayor, Juana, para que ayudase a su hija en las tareas de la casa y también para que no estuviera sola y pudiese pasearse libremente por la ciudad sin que él o su ayudante se vieran obligados a acompañarla. Poco a poco la muchacha volvía a ser la persona alegre y parlanchina que recordaban, y eso alegraba a los dos hombres. Los nuevos trajes le hacían parecer mayor y Eder no podía dejar de mirarla cuando estaban juntos, embargado por un sentimiento desconocido para él hasta entonces. El corazón le daba un vuelco cuando ella aparecía y el simple roce al pasar por su lado le provocaba un cosquilleo en todo el cuerpo; cualquier comentario de ella sobre su apariencia, su cabello revuelto o los cuatro pelos de su barba le hacía enrojecer provocando la risa de la muchacha y la de su padre, dichoso de verla feliz. No habían vuelto a hablar sobre las circunstancias de la muerte de Madeleine, aunque el constructor sabía que, antes o después, su hija volvería sobre el tema, y temía que llegara ese momento porque entonces las preguntas de Alix no se limitarían a querer saber si su madre la quería o no: querría
saber más sobre aquellas gentes dispuestas a morir por sus creencias, y él no podría responder.
Antoine Brulé también aparecía a menudo, demasiado, a gusto de Eder. No había razón para su presencia en la casa, aunque el caballero insistiese sobre su interés por el avance del trabajo.
Echaba una ojeada y después permanecía largo tiempo hablando con ellos y, en especial, con Alix. La muchacha parecía sentirse a gusto con él y lo acribillaba a preguntas sobre las modas, la música o los amoríos de los grandes personajes de la corte, a lo que él respondía, aparentemente encantado. El día en que el franco obtuvo de Geoffroi permiso para acompañar a su hija a misa en la iglesia de San Cernin y el posterior festejo organizado en honor del santo, Eder no pudo aguantar más.
—¿Vais a permitir que vaya sola con ese hombre? —preguntó al constructor, ignorando la presencia de la muchacha.
—¿Se puede saber a qué viene esa pregunta?
Alix se había vuelto hacia él con la mirada encendida, sin dar tiempo a su padre de responder.
—No me parece decente...
—¿Quién eres tú para opinar en este asunto?
—Ese hombre podría ser tu padre.
—Yo ya tengo un padre.
—Digo que es muy viejo para ti.
—¿Y a ti qué te importa?
—¡Allá tú si quieres pasear con alguien que te dobla la edad!
—¡Mis asuntos son sólo míos!
La joven salió de la cocina dando un portazo.
—El señor Brulé es un caballero y Alix disfruta mucho en su compañía; además, irán acompañados por Juana —aclaró Geoffroi un tanto perplejo por la reacción de su ayudante.
—También yo podría acompañarla...
—¡Muchacho! —rió Geoffroi—. ¡Se ve que no entiendes mucho de mujeres! Ellas prefieren salir con personas que no sean de la familia.
—Yo no soy de la familia...
—¡Claro que lo eres! Eres como un hermano para ella, me lo ha dicho.
—¿Os ha dicho qué?
—Que te quiere como a un hermano, y yo me alegro, porque te quiero como a un hijo.
En cualquier otro momento las palabras de su maestro habrían alegrado al joven, pero ahora sintió un regusto amargo. Él no quería a Alix como un hermano, sino como un hombre a una mujer. Ahora se daba cuenta. Masculló una disculpa y se refugió en su cuartito, donde comenzó a golpear con furia la figurilla de un ciervo que estaba esculpiendo para regalársela a Alix. Los fuertes golpes de la maza acabaron por rajar la piedra, que se separó en dos pedazos, igual que una manzana estrellada contra el tronco de un árbol.
No podía concentrarse en el trabajo y tampoco tenía ganas de permanecer encerrado; salió de la casa y se encaminó hacia el portal de San Llorente, bordeó la muralla y atravesó el Arga por el puente del Mazón, mezclándose con algunos peregrinos que continuaron hacia delante mientras él bajaba a la orilla del río. El cielo estaba completamente azul y, de pronto, echó en falta los
montes, el bosque, la tierra bajo sus pies y las ramas de los árboles por encima de su cabeza. Quería volver con los suyos y sentirse libre, pescar truchas, burlarse de su hermano Donat, ver de nuevo a su padre. Era un montañés y la montaña era su casa. No se dio cuenta de que anochecía. El cuerno de ronda que llamaba al cierre de los portales lo sacó de su ensoñación nostálgica, se puso en pie y echó a correr hacia la ciudad. Llegó sin aire en los pulmones justo cuando comenzaban a cerrar el portal de Santa Engracia y tuvo que aguantar la bronca del guarda tras responder a sus preguntas e informarle dónde vivía y para quién trabajaba. Aún escuchó alguna que otra recriminación por parte del soldado mientras bajaba la calle y trataba de orientarse. A media altura, le llamó la atención un grupo de gente amontonada delante de una casa y se aproximó curioso. Allí, delante de la puerta, subido encima de un banco, un hombre hablaba para la concurrencia.
—¡Hermanos! Estad siempre alerta porque Satanás campa a sus anchas entre nosotros y busca sin cesar pervertir las almas buenas. Toma la apariencia de un anciano venerable o de un joven educado, de un campesino iletrado o incluso de un hombre de la Iglesia, pero, sobre todo, el de una mujer joven, atractiva a los ojos pecadores de los hombres. Lo sé porque yo también fui tentado y hube de luchar con todas mis fuerzas para liberarme de sus garras. ¡Escuchadme bien! ¡La herejía tiene apariencia de mujer!
Un rumor se elevó entre los oyentes y las pocas mujeres presentes parecieron encogerse, como si se sintieran culpables por el hecho de haber nacido hembras.
—¡Dos veces fui tentado por el diablo! —prosiguió el predicador embalado—. La primera en mi juventud y la segunda hace poco, en esta misma tierra de Navarra, en la montaña, región de herejes y de paganos excomulgados por el Santo Padre de Roma. Yo mismo acabé con la causa de mi sufrimiento porque es grato a los ojos de Dios quien destruye el pecado.
Eder observaba atónito y también divertido la perorata del hombre y los gritos y gemidos que causaba en los oyentes. Nunca había visto algo parecido, pero sus últimas palabras le sonaron como una señal de aviso. Lo observó con mayor atención y creyó reconocerlo, aunque no estaba seguro.
—¿Quién es? —preguntó al hombre que tenía a su lado.
—El hermano Robert, un santo.
—¿De dónde viene?
—Del norte de Francia, de las tierras del rey Teobaldo.
—¡Yo mismo envié al diablo disfrazado de mujer al infierno de donde nunca debió salir! —insistió el predicador ante la expectación de sus oyentes.
Eder no escuchó más y salió corriendo de nuevo, esta vez para dirigirse a la casa de la Correyería. Entró como una exhalación y se plantó delante de Geoffroi, que se hallaba cenando en compañía de su hija y de Juana.
—¿Dónde estabas? Empezábamos a preocuparnos —el tono del constructor tenía un deje de reproche—. Uno nunca sabe lo que puede ocurrir por las calles después del toque de queda.
—El hermano Robert.
—¿De qué hablas? —el tono de reproche había dado paso a otro preocupado.
—Del hombre que mató a vuestra esposa. Se llamaba Robert,
¿no es verdad?
—Sí..., Robert Lepetit.
—¿Qué fue de él?
—No lo sé... ¿Por qué te interesa saberlo?
—¿Quién era el clérigo del norte que llegó a Baigorri?
La sorpresa reflejada en el rostro de Geoffroi no dejaba lugar a dudas.
—Era él, ¿verdad? Era el mismo hombre.
El maestro no dijo nada, pero la alarma se reflejó en su mirada.
—Está aquí.
—¿Dónde?
—En Pamplona, en el burgo, a dos calles de aquí. Predica a la gente, les habla de herejes y de paganos. Me han dicho que se hace llamar hermano Robert.
—Es un nombre muy común entre los francos —intentó convencerse Geoffroi—; puede que no sea el mismo. El Camino francés atrae a muchas gentes...
—Lo he reconocido. Es el mismo que vimos en Baigorri, cerca del molino, y presume de haber dado muerte a una mujer en la montaña —insistió el joven con la mente puesta en su tía.
Geoffroi no sabía qué pensar. Hacía más de dos años que había dejado San Esteban. De vez en cuando recordaba la figura inquietante del Bugre, pero enseguida intentaba pensar en otra cosa para no escarbar en la herida. Imaginaba que habría continuado hacia Santiago, como tenía intención de hacer. Dos años eran mucho tiempo; tal vez había llegado a Galicia y estaba ahora de vuelta. También podría tratarse de otra persona; había muchos locos recorriendo los caminos y algunos incluso se creían la reencarnación del propio Jesucristo. En Francia habían quemado a más de uno por esa razón. Eder sólo lo había visto una
vez y durante unos momentos; podía equivocarse. La mirada airada que veía en los ojos de su aprendiz y la seguridad que denotaban sus palabras le obligaron a aceptar lo que se resistía a creer. Una vez más, Robert Lepetit y él compartían el mismo aire.
Miró a su hija. La muchacha había escuchado el corto intercambio de frases sin intervenir, pero estaba pálida.
—¿En qué creen los herejes? —le preguntó Alix tras un largo silencio—. ¿En qué creía mi madre para dejarse llevar a la hoguera?
—No podría decírtelo, yo...
—Yo sí puedo —intervino Eder—. Creen en un dios bueno y en otro malo; creen que el dios bueno creó el alma de los seres humanos y el dios malo todo lo demás, pero están equivocados.
Los malvados han sido creados igual que todos, pero así como crecen las malas hierbas y algunas simientes se pudren antes de brotar o un árbol se tuerce y no da frutos, así ocurre con algunos hombres.
—¿Esa mujer de la montaña también era una hereje? —
preguntó la muchacha con voz temblorosa.
—Era mi tía Elaia —respondió Éder con cierta brusquedad.
—¿Una agote como tú?
El joven se la quedó mirando, fue a decir algo, pero no lo hizo y salió de la cocina.
—No deberías haber dicho eso —le reprochó su padre.
—¿No es así como los llaman?
—Los nombres no siempre reflejan la realidad y las gentes son muy propensas a hablar de lo que no entienden. Le has hecho daño.
—¿Ese hombre podría hacérnoslo a nosotros? —preguntó Alix con preocupación y, al mismo tiempo, con el deseo de cambiar de tema.
—Podría, puede hacérselo a cualquiera. Está obcecado, y no hay nada peor que una persona que cree que la única verdad es la suya. Yo ya soy viejo para saber que no existe una sola verdad, pero es algo que él no entenderá por muchos años que viva.
La relación entre los dos jóvenes se hizo tirante a partir de ese día. Eder recordó las palabras de su padre advirtiéndole de que nunca sería como los otros aunque lo intentase. Tenía razón.
Estaba convencido de que Alix no había dicho aquello con mala intención, pero lo había dicho y ello abría un abismo entre los dos.
Nunca lo miraría con los mismos ojos con los que miraba a Brulé.
Para ella siempre sería un agote, una persona discriminada nadie sabía muy bien por qué, alguien a quien tal vez se podía querer como a un amigo o un hermano, pero jamás como a un hombre con quien compartir la vida.
Por su parte, Alix estaba preocupada por su padre y por ella misma. Sin que él lo supiera, Juana y ella habían acudido a escuchar al predicador. Sentía una curiosidad morbosa por ver de cerca al hombre que había enviado a su madre y a tantos otros a la hoguera, pero la curiosidad se transformó en verdadero terror al oírle hablar de los herejes.
—Puede cortarse la hierba —le escuchó decir—, pero volverá a crecer si no se arrancan las raíces de cuajo: aquellos que los ayudan, los que los protegen, los que los asilan, sus familiares, sus amigos, todos son tan culpables como ellos.
Su madre era su raíz, había nacido del vientre de una hereje y estaba marcada por la fatalidad, y también su padre estaba en peligro. Necesitaban el amparo de alguien poderoso, alguien contra el cual el predicador no pudiera hacer nada y ese alguien era Antoine Brulé. Fue todavía más amable con el caballero la siguiente vez que él se presentó en la casa, y el hombre, halagado,
recibió sus muestras de aprecio como una señal de que las cosas llevaban el rumbo que se había marcado.
Más cerca de los cuarenta que de los treinta, a Brulé empezaba a pesarle la soltería. Por supuesto, no había semana, a veces días seguidos, en los que no se encamase con una mujer de la mancebía, campesina o doncella de servicio. A fin de cuentas, las mujeres estaban para proporcionar placer a los hombres, pero la soltería no estaba bien vista entre los de su clase y tampoco existían demasiadas opciones en Navarra. La mayoría de las mujeres solteras de ascendencia franca eran plebeyas, hijas de comerciantes o de campesinos, y las que pertenecían a las clases superiores, francas o navarras, ya estaban comprometidas. El enlace con la hija de un constructor afamado y respetado no era algo que debía echar en el vacío aunque la muchacha no tuviera fortuna; él la tenía por los dos. También estaba el asunto de la madre, quemada por hereje, pero Champaña quedaba lejos. En Navarra no había peligro de que alguien identificase a Alix Brulé con la hija de una pobre desgraciada ejecutada hacía ya muchos años. Por otra parte, la joven le agradaba, era una muchacha educada con las monjas y estaba seguro de que también era virgen y de que le daría un buen número de hijos dada su edad. Habló con Geoffroi y le pidió su mano.
—Si no quieres casarte con él, lo entenderé —le dijo el maestro a su hija.
—Quiero.
—El matrimonio no tiene vuelta atrás.
—¿Por qué habría de tenerlo?
—¿Amas a Brulé?
—Lo aprecio lo suficiente como para ser su esposa.
—Lo conoces desde hace tan sólo unos meses...
—Suficientes.
—Entonces...
—Dile que aceptas.
El diálogo transcurrió en el cuarto de trabajo del constructor, delante de Eder, sin que en ningún momento ella le dirigiera una mirada ni él levantara la cabeza del tablero. Aquella noche, cuando su padre y Juana dormían, Alix llamó a su puerta. Eder tardó en responder. No estaba dormido, pero no quería abrir; sabía que era Alix quien golpeaba suavemente para no ser oída, a pesar de que no había peligro alguno, pues tanto el maestro como la vieja sirvienta tenían el sueño pesado.
—Abre, por favor —la oyó susurrar al otro lado.
Se decidió por fin. Estaba furioso y triste al mismo tiempo, pero también desesperado. Abrió la puerta dispuesto a decirle que se volviera a la cama, que no tenían nada de qué hablar, que era una mujer incapaz de amar, pero estaba tan hermosa, con el cabello suelto sobre sus hombros y sus pechos intuyéndose bajo la camisa de dormir, que permaneció mudo y al mismo tiempo extasiado ante la visión.
—He de hacerlo —le confesó ella—, mi padre y yo corremos peligro. Antoine nos protegerá.
—Yo también puedo protegeros.
—No puedes, y lo sabes.
—Iremos a Baztán o a Baigorri.
—Pobre amigo mío...
Alix alargó la mano y le acarició la mejilla. No pudo más; la rodeó con sus brazos, la atrajo hacia él y cerró la puerta con un pie al tiempo que besaba sus labios.
Geoffroi y su hija no tenían parientes en Navarra y tampoco los tenía el señor Brulé. Alix se casó con Antoine una tarde fresca de comienzos del invierno cuando el sol había renunciado a la lucha por atravesar con sus rayos la niebla que cubría la cuenca desde hacía varios días. Después de la boda, celebrada por el rector de San Llorente, los recién casados se dirigieron a la casa de él, un edificio nuevo construido en Las Belenas, la calle ancha que atravesaba el burgo de norte a sur. El constructor, Juana y algunos amigos del novio los acompañaron en una cena preparada para el evento.
Eder Bozat se hallaba desaparecido desde la mañana de ese mismo día. Salió de la casa nada más despertarse, cuando los demás dormían, y deambuló durante horas por los barrios de Pamplona: el burgo, la población de San Nicolás, la de San Miguel y la Navarrería. Acabó en una mancebía situada entre las huertas del cabildo de la catedral y el barrio de la judería, junto al portal del Río, en brazos de una mujer de tez morena, pechos voluminosos y caderas anchas que le hizo olvidar durante un rato la causa de su angustia. Cuando regresó a la Correyería, el maestro y Juana aún no habían vuelto y la casa estaba silenciosa. Rebuscó entre los troncos utilizados para el fuego, eligió una pieza de un codo de alto por tres cuartos de ancho y se encerró en su cuartucho. A la luz de media docena de velas y un candil, trabajó durante el resto de la noche, poseído por la necesidad de dar rienda suelta a su aflicción. No tenía más que cerrar los ojos para sentir los labios de Alix unidos a los suyos; acariciar en el aire sus pechos, pequeños y firmes, su cuello, sus caderas, sus nalgas; hacerla suya en medio del llanto causado por el placer de amar. Al amanecer, derrotado por el esfuerzo y la tensión, se tumbó en el catre y se quedó dormido rodeado de virutas, la pieza entre las manos. Las velas se habían agotado y también el aceite del candil.
El maestro lo encontró así cuando fue al cuarto, alarmado al no saber nada de él desde la víspera, y sintió una enorme pena al contemplar el semblante dolorido del joven a quien tanto apreciaba. La talla, sin acabar, era un busto de mujer, el de Alix.
Una tarde, varias semanas después, Geoffroi pidió a Eder que lo acompañara y le mostrara el lugar donde había escuchado hablar al predicador. Quería comprobar él mismo si se trataba realmente de Robert Lepetit. Caminaron despacio por la calle de las Burulerías hasta llegar al cruce y torcieron a la izquierda para seguir por la de Sanduandia hasta topar con el callejón de Sobranza, que presentaba un aspecto muy animado a pesar de ser un lugar más bien oscuro y sin comercios. Al comienzo del callejón, el predicador arengaba a un buen número de personas, la mayoría peregrinos. Geoffroi lo contempló durante un instante, agarró con fuerza el brazo de su ayudante y le hizo una seña para marcharse de allí. Antes de girarse miró de nuevo al Bugre y tuvo un sobresalto. Los ojos del hombre estaban fijos en ellos.
—Puede que no os haya reconocido...
Eder intentaba animar a su maestro, aún conmocionado por la constatación de la identidad del individuo y, sobre todo, por su mirada.
—Lo ha hecho, estoy seguro. No es del tipo de personas que olvida una cara, y menos la mía.
—¿Y a vos qué más os da?
—Es un pájaro de mal agüero. Ha habido una desgracia cada vez que nuestros caminos se han encontrado...
—No se atreverá a intentar nada contra vos, sois el maestro de obras del rey.
—Soy también el recuerdo de sus crímenes y eso a ningún hombre le agrada.
El joven lo contempló con cariño y lo asió del brazo para ayudarle a caminar por la calle a medio empedrar y llena de barro.
Desde la boda de Alix estaban más unidos que nunca, ambos se necesitaban y lo sabían. Volvían a trabajar codo a codo, a hablar
de proyectos y construcciones, a confiar el uno en el otro, junto al fuego, después de cenar. Aquella noche Geoffroi le mostró por vez primera el pergamino del obispo Moranis y le preguntó si sabía lo que significaba.
—No sé..., parece una escalera...
—Es como una escalera de caracol, en efecto, un símbolo muy antiguo entre los Compañeros Constructores, al igual que lo es la pata de oca.
—¿Símbolo? ¿Compañeros Constructores?
—En mi país, los constructores están organizados, conforman gremios y se rigen por unas ordenanzas muy rigurosas elaboradas para impedir la mala práctica y para la defensa de todos aquellos que trabajan en una construcción.
—Pero ¿qué significa? —preguntó Eder señalando al pergamino.
—Muestra el camino de la verdad.
—¿Qué verdad?
El maestro tardó en responder. En dos palabras su ayudante resumía la pregunta que el ser humano se había hecho desde su creación.
—No sé qué verdad, mi joven amigo. Imagino que es distinta para cada uno de nosotros y que cada cual debe buscar la suya. Es una especie de juego, el juego de la vida y la búsqueda de lo intangible, el futuro. Luego te enseñaré cómo se juega, ahora quiero que veas otra cosa.
Geoffroi le mostró el anverso y lo leyó en voz alta.
—«El día de la Bestia ha llegado, la Bestia está aquí. Yo, Lotaire Moranis, apóstol de la Iglesia de Dios, sé que mis días y
los de mi grey están contados. El dos veces renegado y dos veces maldito ha dado rienda suelta a su odio. Pronto las llamas de las hogueras iluminarán el cielo de Francia y los puros perecerán por el fuego, pero sus almas se verán al fin libres de su envoltura carnal y subirán a la casa del Padre. No espero clemencia de la Bestia puesto que la Bestia no conoce la piedad, pero quiero aquí dejar testimonio de un hecho que presenciaron mis ojos y también de mi culpa por haber permitido la muerte de un hombre sabiéndolo inocente. El día primero del mes de febrero de este año fui testigo de la muerte de Jean de Champagne, arcediano de la catedral de Reims, a manos del inquisidor general de la Iglesia de Roma Robert Lepetit en las escaleras de piedra que llevan al lavadero junto al río. Fui asimismo testigo de la ejecución del zapatero Michel Fournier, hermano mío en la fe, acusado del crimen. El miedo pudo más en mí que la verdad y peno cada día y pido perdón por mi pecado. Firmo hoy este documento con la esperanza de que un día se haga justicia. En Vertus, día primero del mes de mayo de 1239 de la era de Cristo.» Doce días más tarde Moranis fue quemado en la hoguera junto a otros ciento ochenta y dos de sus seguidores, mi mujer entre ellos —continuó Geoffroi intentando dominar el temblor de su voz—. Robert Lepetit es un enemigo peligroso. Sabe que yo tengo este documento y que puedo utilizarlo en su contra en cualquier momento. Querrá hacerse con él y nosotros tenemos que evitar que eso ocurra. Lo guardo a la espera de que intente aquí lo que ya hizo en Champaña. No permitiré que envíe a la hoguera a más inocentes.
—Busquemos un lugar para esconderlo. No me parece que el fondo de un arcón de ropas sea el más adecuado...
—Tienes razón, querido Eder, tienes mucha razón, y puesto que tú eres más joven y tienes más imaginación que yo..., ¿cuál crees que sería un buen escondite?
—Bajo las losas del suelo...
—No. La gente suele guardar ahí joyas y dinero.
—Encima de una viga del techo...
—No.
—Dentro de un colchón...
—No. Es el primer lugar donde mirarían.
—¡Ya sé dónde!
El joven salió de la cocina a toda prisa y regresó con la imagen de madera, aquella que había unido sus vidas como maestro y alumno y que desde entonces formaba parte de sus recuerdos más queridos.
—La vaciaré por dentro —declaró al observar el gesto escéptico de Geoffroi.
—¡No puedes!
—¿Por qué no?
—Estropearás la imagen.
—No, ya lo veréis. Y siempre puedo tallar otra.
Perforó la madera y, con una paciencia digna de un miniaturista, fue vaciando su interior con ayuda de una gubia de un dedo de ancho hasta conseguir una oquedad suficiente para introducir el pergamino prietamente enrollado; después cubrió el agujero con una pieza exacta a su diámetro y enceró la madera para disimular la hendidura, algo que hizo sonreír a Geoffroi.
Cada vez que él le insinuaba lo conveniente de pintar o barnizar la figura, su alumno siempre se negaba y respondía que la madera era una materia viva, y pintada no podría respirar.
—Bien —dijo Eder satisfecho, una vez acabado el trabajo—, aquí la tenéis; ¿qué opináis, maestro?
—Ha quedado perfecta. De todos modos, prefiero que la guardes tú, por si acaso.
—No os entiendo...
—Soy mucho más viejo que tú. Es lógico que yo abandone este mundo antes. Si esto ocurriera, quiero estar seguro de que el documento se halla en buenas manos y puede ser utilizado contra ese anticristo, asesino de inocentes, que se proclama la voz de Dios. Jura que lo harás.
—Os lo juro —prometió el aprendiz, bastante impresionado por las palabras de su maestro—, pero seréis vos quien haga justicia.
—Ya veremos, hijo, ya veremos...
El dolor del brazo izquierdo se había acrecentado en los últimos meses. Había ido a consultar al médico sin decir nada a nadie, y éste le había aconsejado reposo; podría tener algún disgusto con el corazón, le advirtió, y le entregó un frasquito con un compuesto de hierbas paira que tomara unas gotas cada vez que sintiera molestias. Estaba convencido de que su ayudante cuidaría de la única prueba que podía enviar directamente al infierno al asesino de Madeleine y de Elaia.
A
lix no tardó en reconocer su error por haberse casado con Antoine Brulé. Tal vez había conseguido un protector, pero desde luego no el amante con el cual soñaban todas las jóvenes al alcanzar la edad casadera. No le faltaba de nada, eso era cierto. La casa de Las Belenas era espaciosa y disponía de varias personas a su servicio;
se codeaba con la clase mejor situada de la ciudad y, en una ocasión, había sido incluso presentada al senescal del rey, pero por lo general sus jornadas transcurrían monótonas y aburridas, sin aliciente alguno. Algunas veces acudían a comer a casa de un notable o de un consejero real, pero en dichas ocasiones debía permanecer callada o participar en las insulsas conversaciones de las mujeres de dichos caballeros, con las cuales ella tenía muy poco en común. Por otra parte, las relaciones conyugales eran simples intentos para tener descendencia. Todas las noches, como quien se peinaba o se vestía, Antoine le hacía el amor y todas las noches ella permanecía despierta mientras su marido roncaba a su lado, aparentemente satisfecho. No había pasión en sus abrazos, ni delicadeza, ni voluntad para que ella también disfrutara de un acto que, según los poetas, era el gozo de una pareja, la unión de dos seres que se amaban y se deseaban. En realidad, ella no lo amaba ni lo deseaba, pero habría podido aprender a quererlo si él hubiera puesto algo de empeño. Para agravar el asunto, después de un año de matrimonio no había señales de preñez y Antoine comenzaba a impacientarse. Ella también deseaba quedarse embarazada: un hijo aliviaría su tedio y justificaría su decisión precipitada al aceptar una boda a todas luces equivocada. Eder tenía razón, su marido era demasiado viejo para ella, demasiado grande y voluminoso y, además, nada divertido. Le hablaba como un maestro impartiendo clases, como si ella fuera un chiquilla a la que hubiera que aleccionar.
Echaba en falta a su padre, sus conversaciones, verlo trabajar inclinado sobre su pupitre o solicitándole la opinión sobre algún boceto, añoraba las veladas en el humilde piso de la calle de la Correyería, al lado de la lumbre, y también a Eder. Recordaba su mirada enojada cada vez que Antoine llamaba a la puerta y ella coqueteaba con él, sus ojos apenados al recordarle que era un agote y la desesperación plasmada en ellos la víspera de su boda.
Pero, sobre todo, recordaba una noche de amor como no había habido otra desde entonces. Iba todos los jueves por la tarde a visitar a su padre y no podía evitar que su corazón se acelerase al encontrarse con él. No intercambiaban más de dos palabras de
saludo y él se marchaba a su cuarto después. Le habría gustado decirle lo mucho que sentía haberlo herido, pero el daño estaba hecho y no había manera de repararlo.
Un jueves, como de costumbre, se acercó a ver a su padre, seguida por un servidor silencioso que esperaba en la calle para acompañarla a la vuelta. Eder abrió la puerta y ambos se quedaron mirándose sin saber qué decirse.
—Vengo a ver a mi padre —se justificó ella, sintiéndose incómoda porque él mantenía la puerta a medio abrir.
—No está.
—¿No?
—No. Ha ido a hablar con el alcalde del burgo.
—¿Para qué?
—No lo sé.
—¿Y Juana?
—Tampoco está. Se marchó hace unos días a la Navarrería porque su hermana está enferma.
—Ah...
De nuevo el silencio. Alix sentía que se ahogaba, el corazón le latía con fuerza. Era incapaz de darse media vuelta y marcharse.
—¿Puedo pasar?
—Ya te he dicho que tu padre no está.
—Sí, ya me lo has dicho.
Eder abrió la puerta justo lo necesario para permitirle el paso, sus cuerpos se encontraron sin que ninguno de los dos hiciera nada por evitarlo y, un instante después, se hallaban uno en brazos del otro. Sin apenas despegar sus labios, unidos por un beso continuo, se buscaron ansiosos; sus manos recorrieron sus cuerpos hasta alcanzar los lugares más secretos del deseo y allí, de pie, junto a la puerta, la espalda de ella apoyada contra la pared, fueron el uno del otro entre suspiros y gemidos, sin haberse dicho una sola palabra.
Alix recompuso su figura, se ató el lazo de la camisa, se estiró la falda, recogió la capa que había caído al suelo y ocultó un mechón de cabello escapado de la toca de casada. Sofocada y aún jadeante, abrió la puerta y salió sin mirar al joven, al hombre que acababa de hacerle sentir el placer absoluto por segunda vez en su vida. Bajó las escaleras despacio, respirando profundamente, intentando recuperar el aplomo, y se detuvo unos momentos en el portalillo. Le temblaban las piernas y sentía los labios en carne viva; ocultó medio rostro bajo el embozo, salió a la calle y se dirigió a paso rápido hacia su casa, siempre seguida por el silencioso sirviente. Aquella noche, cuando Antoine se colocó encima de ella, sintió que estaba siendo infiel... a Eder.
No volvió a la casa de la calle de la Correyería la siguiente semana y envió a su padre un recado pidiéndole que fuera él a verla porque no se encontraba bien. No quería, no podía volver a ver a Eder. No sabía cuál sería su reacción y la de él cuando de nuevo se encontraran frente a frente, y tampoco estaba muy segura de poder mantener la serenidad delante de su padre; temía que un gesto, una palabra o una mirada la traicionasen. Aquello había sido una locura, se había dejado llevar por una pasión descontrolada y no podía arriesgarse a ser repudiada o incluso asesinada por su marido si éste llegaba a sospechar algo. La ley admitía que un hombre ultrajado en su honor se tomara la justicia por su mano, y Antoine tenía su honor en muy alta estima. No salió de su casa durante las siguientes semanas, no se atrevía a poner los pies en la calle ante el temor de encontrarse con Eder y
pretextó una molestia inexistente cuando su marido quiso que lo acompañara al palacio episcopal, a una recepción ofrecida con motivo del nombramiento del nuevo senescal del reino. También había perdido el apetito y pasaba horas tumbada encima de la cama sin fuerzas para hacer nada. Su estado llegó a preocupar tanto al señor Brulé que hizo llamar al médico a pesar de las protestas de Alix, que aseguraba que se trataba de un malestar pasajero.
—Enhorabuena, señora, esperáis un hijo —le comunicó el galeno después de haberla examinado— para finales de este año o comienzos del próximo.
La alegría de su marido fue pareja con el temor que la joven sintió en aquellos momentos. ¡Un hijo! Llevaba en sus entrañas un hijo, la mayor ambición de toda mujer casada y también la mayor preocupación. La muerte acechaba a las parturientas, se sentaba a la cabecera de sus camas y esperaba el nacimiento de las criaturas para llevarse a las madres. Olvidó sus deseos de ser madre para contentar a su marido y exorcizar el tedio ahora que el hecho era una realidad sin posibilidad de vuelta atrás. Pensamientos funestos cruzaron su mente y cayó desvanecida. Permaneció en cama durante varios días, atendida en todo momento por Antoine, solícito y cariñoso con ella como no lo había estado desde antes de su boda. El maestro Geoffroi acudía todos los días a verla. Lo encontró viejo y cansado, aunque feliz ante la perspectiva de ser abuelo, y por él supo que Eder no se encontraba en Pamplona; le había rogado que le permitiera ir a visitar a su padre y él no había podido negarse, dijo, aunque le hizo prometer que regresaría a tiempo para ayudarle a supervisar las obras del castillo de Tiebas que comenzarían, por fin, en el otoño.
No supo si alegrarse o lamentar la marcha del hombre del cual se sabía perdidamente enamorada. Deseaba que permaneciera con los suyos, en aquel valle entre montañas, desconocido para ella, y no volvieran a verse en sus vidas. Su amor era imposible, no había futuro para ellos, y no sólo porque ella ya estuviera casada, sino
porque la diferencia entre ambos era infranqueable. Incluso si tuviera la fortuna de quedarse viuda, él era un agote, un leproso, según se decía, descendiente de leprosos, un pobre aprendiz que nunca ganaría lo suficiente para mantener a una familia en condiciones honrosas, un montañés iletrado, un artesano..., pero esta imagen quedaba rápidamente oculta por la de un hombre joven y desgarbado, con una extraordinaria mirada gris, unas manos capaces de transformar un pedazo de madera o piedra en una obra de arte y capaces también de hacer vibrar hasta la última fibra de su cuerpo, y unos labios cuyos besos aún le cortaban el aliento cuando los recordaba.
Unas semanas más tarde había recuperado el ánimo y también el apetito. Llevaba una vida dentro de ella y no podía permitirse languidecer por una quimera, debía estar sana y fuerte para que la criatura llegase al mundo en las mejores condiciones. Además, Antoine se había trasladado a la habitación contigua por su propio gusto. Si no podía yacer con su mujer durante el embarazo de ésta, afirmó, mejor dormir separados para evitar las tentaciones, y ella se lo agradeció de todo corazón, aunque puso cara de lamentarlo cuando él le comunicó su decisión. Salía todos los días a pasear por las calles o por la orilla del río, ahora que sabía que no había peligro de encontrarse con Eder; observaba jugar a los niños pequeños bajo la atenta mirada de sus madres y se imaginaba haciendo lo mismo en un par de años. Su hijo sería hermoso, inteligente como su abuelo, audaz, y ella le pondría el mundo a sus pies. Llegó incluso a agradarle la compañía de su marido, quien había sustituido los placeres del lecho por los de la mesa y engordado de forma desproporcionada en poco tiempo, pero también su humor se había transformado y ya no le hablaba como a una niña, sino como a una mujer a punto de darle lo que más ansiaba: un heredero. Era feliz, estaba a gusto consigo misma y mostraba orgullosa su vientre redondeado. Luego, un mal día, a comienzos de septiembre, ocurrió algo que vino a romper el equilibrio en el cual creía sentirse a salvo.
A altas horas de la noche unos fuertes golpes en la puerta de la calle despertaron a los Brulé. Un sirviente en camisa fue a abrir y se dio de bruces con el mayoral de la calle que iba acompañado por el de la Correyería. Ambos pidieron hablar con el dueño y el segundo le informó sobre un robo con daños personales ocurrido en la vivienda de su suegro. Al parecer, dijo, unos ladrones habían entrado en el edificio amparándose en la tromba de agua que había obligado a los vigilantes a guarecerse. A eso de la medianoche los gritos de auxilio de una mujer habían despertado a los vecinos y éstos habían salido en su búsqueda.
—Hemos encontrado al maestro constructor sin sentido en el suelo —continuó informando el mayoral—, lo habían golpeado por todo el cuerpo y sangraba mucho de una herida en la cabeza.
La mujer que lo atiende estaba encerrada en una despensilla, presa del pánico. Nos dijo que también a ella la habían golpeado antes de encerrarla y que había esperado hasta no escuchar ningún ruido para ponerse a gritar y alertar al vecindario. La vivienda está totalmente patas arriba, incluso han levantado las baldosas del suelo y destripado los colchones.
—¿Y mi suegro?
—En el hospital de San Cernin. No parece que su vida corra peligro, según ha afirmado el médico.
—¿Tenéis idea de quién ha podido ser? ¿Esa mujer no ha visto nada, no podría identificarlos?
—Ha dicho que su señor y ella se habían retirado temprano y que ella despertó al sentir una mano sobre la boca; después sintió que la levantaban de la cama y la llevaban por el aire hasta la despensilla. No vio ni oyó nada de nada, y únicamente afirma que los salteadores iban vestidos al modo de los peregrinos, pero, claro, dada la oscuridad...
—¿Y vos qué opináis?
—Ha podido hacerlo cualquier malnacido de los que hay muchos por el mundo y más en esta época de necesidad —
intervino el mayoral de Las Belenas—; puede ser vecino de la ciudad o foráneo, judío o cristiano.
—Vamos, que no tenéis el menor indicio...
—Estamos esperando a que el ama del señor Bisol se calme para ver si podemos averiguar lo que han robado o si recuerda algo que no nos haya dicho.
—Pues mantenedme al corriente. Mi suegro es maestro de obras de la corte y el rey querrá saber lo ocurrido.
La mención del rey puso tiesos a los dos mayorales, que se cuadraron ante el imponente personaje, cubierto con una bata de paño hasta los pies, cuya altura los sobrepasaba con amplitud y cuya barriga abarcaba el doble de cada una de las suyas; prometieron no dormir hasta haber hallado a los culpables de la acción criminal y salieron de la habitación de Brulé haciendo reverencias como si estuvieran en presencia del propio monarca.
En un principio, la noticia del ataque sufrido por su padre sumió a Alix en la perplejidad. ¿Quien podría querer hacer daño a un hombre mayor que no tenía riquezas ni objetos de valor? Más tarde, la perplejidad se transformó en temor. Juana declaró, aunque sin poder asegurarlo del todo —afirmó—, que eran dos los hombres que les atacaron, vestidos como los peregrinos, y que no parecía que hubiesen robado nada, a no ser la bolsa de los dineros del maestro, que no aparecía por ningún lado. Antoine y los mayorales no tuvieron ninguna duda: los dos criminales iban disfrazados. Ningún peregrino, por muy ladrón que fuera, cometería un atropello vestido de aquella guisa, aunque, por si acaso, se dispuso una doble guardia en el portal de Santa Engracia y se ordenó revisar las pertenencias de todas y cada una de las personas que salían de la ciudad por cualquiera de los portales.
Alix, sin embargo, no podía dejar de pensar en el hombre cuya presencia había alterado a su padre: Robert Lepetit, el hermano
Robert, Robert de Reims, como se hacía llamar en Pamplona.
Estaba convencida de que había tenido algo que ver con el ataque, pero por muchos esfuerzos que hizo no pudo encontrar razón alguna.
Antes de que el viento frío del norte comenzara a colarse por las rendijas de puertas y ventanas y cubriera de escarcha los campos, el señor Brulé decidió trasladarse a Gares, también llamada Ponte Regina, el Puente de la Reina. El rey le había encargado buscar un lugar donde construir un palacio en la Zona Media, eje entre el norte y el sur de Navarra, comarca muy activa, rica en vides y con importantes núcleos de población atravesados por el Camino francés, fuente económica del reino que era preciso controlar. Además, en Gares disponía de una casa cedida por los freires templarios con los cuales mantenía unas relaciones excelentes, todo lo contrario a las que tenía con Ximénez de Gazolaz. Había discutido con el prelado en varias ocasiones por su negación a devolver el palacio real de Pamplona cedido al obispado por Sancho VII el Fuerte a cambio de la ayuda monetaria prestada por el obispo García Ramírez con ocasión de la guerra contra Castilla y Aragón. El prelado tampoco autorizaba la construcción de un nuevo palacio dentro de la ciudad y las obras del castillo de Tiebas iban muy lentas.
Tras el ataque, Geoffroi Bisol no había vuelto a ser la misma persona, su corazón se había resentido gravemente y también su ánimo; permanecía todo el tiempo como ausente y pocas veces respondía a las preguntas. Alix había insistido en que su padre fuera a vivir con ellos para atenderlo convenientemente y Antoine había aceptado, incapaz de negarle nada a la madre de su futuro hijo. En tales condiciones, era impensable que el maestro constructor pudiera hacerse cargo de las obras del castillo y no era fácil encontrar a otro de su misma categoría. A la espera de dar con el adecuado, Brulé entregó los dibujos a un maestro cantero de la zona que ya había dirigido trabajos menores, pero, estaba claro, al hombre le venía grande el encargo. Con ésta y otras preocupaciones en la cabeza, el noble franco emprendió el viaje
hacia Gares acompañado de su mujer y de su suegro, seguidos por un buen número de sirvientes y varios carros repletos de enseres.
☙
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