El Verdugo De Dios

Toti Martinez de Lezea · Capítulo 14 de 16

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El Verdugo De Dios

Notas finales 189

Notas finales

Agotes

No se ha escrito mucho sobre los agotes, una comunidad discriminada al menos durante ocho siglos —del XII al XX— en el País Vasco francés, Navarra, Guipúzcoa, Béarn, Huesca y Aquitania, pero algo se ha escrito. Sin embargo, los estudiosos no se ponen de acuerdo y cada cual apunta criterios diferentes a la hora de intentar explicar por qué unas personas que en apariencia no se diferenciaban de sus vecinos fueron rechazadas durante un período de tiempo tan extenso.

Cagots, agots, agotak, agotes, gaffos, chrestias, mesillos, mesegueros, leprosos, gezitas, patarinos, carpinteros..., son algunas de las diversas denominaciones que se les aplicaron durante siglos. Se han barajado todo tipo de hipótesis, tales como que el nombre cagot vendría de cangoth, o lo que es lo mismo,

«perro godo», hasta la más habitual, la de que eran leprosos o descendientes de leprosos.

Los hay que los hacen descender de godos arrianos refugiados en los Pirineos, y de ahí que algunos fueran altos y rubios; otros opinan que eran descendientes de musulmanes escapados de la derrota de Poitiers en el año 732, o de judíos huidos tras su expulsión de Francia en el año 1306 y que por eso eran morenos.

Hay quien piensa que pertenecían a una secta herética del norte de Europa, y otros que eran cátaros llegados al occidente francés tras su aniquilación en tierras del conde de Toulouse. También se dice que la denominación «agote» abarcaría a personas de muy distinta procedencia y situación: conversos, enfermos, gitanos, herejes y paganos, a los que se obligaría a vivir en barrios separados para no contaminar socialmente a las poblaciones estables. Se apunta asimismo la posibilidad de que fueran delincuentes refugiados en

las leproserías para escapar de la justicia. Y hasta se ha expuesto la peregrina idea de que serían descendientes de los soldados de Carlomagno, derrotados por los vascones en Orreaga en el año 778. Una cosa es cierta: no existen dos opiniones coincidentes y en este asunto tienen cabida todo tipo de conjeturas.

El nombre cagot aparece por primera vez escrito en el Libro de oro de la catedral de Bayona, en el año 1260, algunos años después de la quema de los cátaros de Montségur en 1244 y la exterminación oficial de su religión. Existen referencias más antiguas que datan del siglo XII, pero mencionan la palabra

«gaffo» o leproso, no agote. La documentación sobre los agotes comienza a aparecer de forma continuada a partir del siglo XVI y, sobre todo, del XVII y XVIII, y ha sido la más utilizada por los estudiosos para tratar de explicar este fenómeno social. La mayoría se refiere a registros de bautizos y defunciones donde la palabra «agote» aparece tras el nombre correspondiente; asimismo se mencionan contratos, actas matrimoniales, relaciones con el clero y la nobleza, y demandas de algunas comunidades agotes, como la de Bozate, en Arizkun, Baztán, quejándose ante obispos y reyes de la discriminación que sufren por parte de párrocos y vecinos.

La situación de los agotes empeoró con el paso de los tiempos.

No se les permitía entrar en la iglesia por la misma puerta que los demás católicos y aún se conservan en algunas iglesias la llamada

«puerta de los agotes», así como beniteros en los que puede verse grabada la letra «A»; se les bautizaba de noche y se les enterraba en la zona del cementerio no consagrada; se les daba de comulgar con ayuda de unas pinzas de madera y estaban obligados a permanecer en la parte trasera del templo. No se les autorizaba a cultivar, excepto para sus propias necesidades, ni a vender los productos de sus huertas, al considerar que contaminaban todo lo que tocaban con las manos. No se les permitía participar en los bailes, aunque eran los músicos de las fiestas, ni matrimoniar con personas que no fueran agotes, y hubo lugares en los que se les obligó a llevar sobre el hombro una pata de oca de color

anaranjado. Además de la acusación de leprosos, se decía de ellos que expelían un olor nauseabundo —al igual que se decía de los herejes, judíos y musulmanes—, se dedicaban a la práctica de la brujería y eran personas lascivas, no tenían lóbulos en las orejas, pero sí rabo como los animales. Se aseguraba que sus antepasados habían fabricado la cruz en la cual murió Jesucristo.

Obispos, reyes y ricohombres los protegieron —aunque sin demasiado entusiasmo, todo hay que decirlo— e intentaron que las cosas cambiaran, aceptando sus demandas y ordenando que cesase su exclusión, pero curas rurales y pueblo en general continuaron manteniendo hacia ellos una actitud discriminatoria, a la que ayudó bastante la postura oficial de los estamentos gubernativos. Hasta el siglo XIX, en España se exigió la presentación de un certificado de limpieza de sangre para acceder a la Universidad, el Ejército, la Iglesia o el funcionariado, en el que constase que el poseedor del mismo no descendía de judíos, musulmanes, conversos o agotes. En Francia la discriminación desapareció durante la revolución.

Sin embargo, algo sobresale de entre toda esta confusión. En algunos lugares del País Vasco continental se les llamó

«carpinteros» porque ellos eran los únicos que ejercían dicho oficio. Carpinteros y canteros agotes levantaron iglesias, ermitas, torres, conventos y puentes a ambos lados de los Pirineos y fueron muy solicitados por los monjes-soldados del Temple y por los maestros de catedrales para trabajar en sus construcciones. Al no poseer tierras ni depender del clima, las cosechas o los ganados, y cobrar por sus servicios, disponían de dinero en mano y llegaron incluso a prestárselo a sus vecinos no agotes. Otra cosa que llama la atención es que muchos de los molineros de la baja Navarra eran agotes. Este hecho contradice de alguna manera la acusación de que podían contaminar los productos de consumo alimenticio, puesto que la harina era la materia básica de la alimentación.

Y todo esto, ¿por qué razón? En la Edad Media se pasó de la piedad hacia los afectados por la lepra, la primera enfermedad

sanada por Jesucristo, a la mayor de las aversiones, aduciendo que la lepra era un castigo enviado por Dios a los pecadores. En el término «lepra» entraban todas las enfermedades visibles de la piel: manchas, eccemas y, en especial, la psoriasis. Los cruzados de vuelta de Tierra Santa y los peregrinos que recorrían los caminos de Europa propagaron la enfermedad y el número de leproserías creció a partir del siglo XII de manera espectacular, al igual que el temor que infundía en las poblaciones, muy sensibles a cualquier tipo de epidemias, pestes y otros males.

Se habla de la raza agote, de la raza maldita, como si fueran gentes ajenas a su entorno, llegadas de algún lugar remoto, extranjeras. Despues de vivir discriminados al menos durante ocho siglos, sin poder mezclarse con los no agotes ni tener acceso a los estudios, resulta cuando menos sorprendente que no conservaran ninguna costumbre, creencia o vocablo de su vida «anterior» que no hubieran transmitido por vía oral los avatares y la procedencia de su comunidad. Tras quince siglos de exclusión, los judíos europeos no sólo conocían las diversas lenguas y habían adoptado las formas de vida de los lugares en los cuales se asentaron, sino que también mantuvieron la lengua ritual, la religión y los modos que les eran propios, y continúan haciéndolo. En ningún documento se menciona que los agotes fueran en nada diferentes a sus vecinos, a excepción hecha del estigma de la lepra y del hecho de que no poseyeran tierras.

Pero ¿eran nuestros agotes navarros realmente leprosos?

Algunos expertos no mencionan en sus trabajos el hecho de que la Iglesia católica llamase «leprosos espirituales» o «leprosos de alma» a los heterodoxos, herejes, conversos o simplemente paganos. Aunque pueda parecer extraño, en la Edad Media aún existían paganos en Europa, gentes aferradas a sus creencias y costumbres precristianas que sobrevivían en zonas montañosas y boscosas, alejadas de las principales vías de comunicación, tardíamente cristianizadas. Los leñadores, carpinteros, almadieros, carboneros y sus familias vivían de la madera, alejados de las poblaciones que iban poco a poco fundándose en los valles. Una

villa significaba una iglesia, una calle y una muralla o empalizada.

Quien no vivía en un pueblo tampoco asistía a las prédicas dominicales y difícilmente podría haber escuchado y aceptado el mensaje cristiano.

Por si quedase alguna duda, en cuanto al mantenimiento del paganismo, en el siglo XIV, y en algunas zonas de la montaña navarra, aún se incineraban cadáveres, práctica prohibida por la Iglesia al considerarla pagana. Asimismo, y al igual que otros pueblos, los vascos conservan fiestas y ritos claramente paganos, en especial los que giran en torno a la diosa Madre, representación de la Tierra.

Amari o Mari

La diosa matriarcal precristiana continúa viva en la memoria colectiva del ámbito cultural vasco, lo cual significa que la antigua religión sobrevivió durante mucho tiempo como algo más que simple folclore.

Dejando a un lado tradiciones y leyendas, muchas de las cuales tienen un origen claramente medieval, que han sufrido transformaciones y cambios a lo largo de los siglos, se mantiene la esencia de lo que debió de ser la creencia en la Gran Madre, la diosa de la fertilidad, dadora de vida, vientre fecundo del cual nacían las plantas, los animales y, por supuesto, los seres humanos, y a cuyo seno se regresaba una vez transcurrido el período vital.

Las moradas de Amari se hallan en las montañas, en simas de difícil acceso, algunas de las cuales fueron utilizadas como cuevas sepulcrales. La cueva era para los antiguos la puerta de entrada a la Tierra, el útero de la diosa. Maternidad y divinidad estaban estrechamente ligadas en la mente popular, de forma que el

«famoso» matriarcado vasco no provendría del poder de las mujeres en el sentido que se le da de ordeno y mando, sino de la creencia en la diosa Madre mantenida mucho después de la

cristianización. Amari tiene su raíz en la palabra ama («madre»), y bruja en vasco se traduce por sorgiña, que proviene de sortu y egin («hacer salir», «hacer nacer»), es decir: «la que hace nacer», la partera. Las mujeres perseguidas durante la caza de brujas no eran sino parteras y curanderas, continuadoras del culto a la diosa pagana.

Robert Lepetit

Este personaje existió en realidad, aunque pueda parecer creado por la imaginación de la autora.

Fue un fraile dominico, cuyo lugar de nacimiento se ignora, excelente predicador y versado en teología, que dejó los hábitos religiosos para seguir a una mujer cátara hasta Milán. Se desconocen las razones, pero después de algún tiempo viviendo en una comunidad cátara, de haber recibido el consolamentum y de haberse convertido en un Elegido o apóstol, un perfecto, de la Iglesia de los Creyentes, Lepetit decidió volver al seno de la Iglesia católica.

Vestido de nuevo con el hábito religioso, fue nombrado cathars-cum-inquisitor, Inquisidor de cátaros, por el papa Gregorio IX, con amplios poderes para ejercer su misión en el norte de Francia. El monje cisterciense Aubri de Tríos-Fontaines, autor de una crónica redactada entre 1227 y 1241, dejó escrito, en referencia a Robert Lepetit: «Maestro que habría sido hereje con anterioridad vuelto de nuevo a la fe católica, y buscaba con dedicación a los herejes a través de Francia y por la autoridad del Papa los convertía absolviéndolos, o los llevaba a juicio quemándolos».

Desde al menos 1235, el antiguo Bugre —de la palabra bougre, en referencia a Bulgaria, origen de la herejía— dedicó todos sus esfuerzos a perseguir y condenar cátaros. Conocía las señas, saludos, gestos y contraseñas de sus antiguos correligionarios y llevó a la hoguera a cientos de personas. Fue

depuesto por el Papa debido a las denuncias de las autoridades eclesiásticas y civiles referentes a su crueldad y sadismo.

En palabras de otro cronista, San Médard de Soissons,

«abusando del poder que le había sido conferido y sobrepasando los límites de la moderación y de la justicia, Robert se enorgulleció con el poder y el terror que inspiraba. Confundía a los buenos y a los malos con el mismo rigor y castigaba a los simples e inocentes. La autoridad papal le ordenó no fulminar ni actuar con tanta crueldad en el desempeño de su oficio.

Posteriormente, habiendo sido reconocidas de manera evidente sus culpas, que prefiero silenciar aquí, Robert fue condenado a reclusión perpetua».

Se desconoce a ciencia cierta su final. Perdonada por el Papa su sentencia perpetua, fue expulsado por indeseable de la orden de los dominicos y de otras órdenes religiosas y acabó sus días en un lugar sin concretar.

Cátaros

Son muy conocidos los hechos de la guerra en las tierras del conde de Toulouse, de la cruzada, la única convocada por el papado contra cristianos, que ensangrentó las tierras del Midi francés en la época del rey Luis VIII y de su hijo Luis IX, San Luis de los franceses. La excusa de la cruzada fue acabar con la herejía cátara; la verdadera razón, doblegar al conde y a sus barones, vasallos levantiscos del rey de Francia, y apropiarse de sus bienes y de sus tierras.

Montségur, en 1244, fue uno de los últimos enclaves cátaros, el más importante puesto que en él se refugiaron los principales perfectos y perfectas de la Iglesia de los Creyentes, que quedó de esta manera descabezada al morir éstos en la colosal hoguera del Camp des Cremats, situado a las faldas de la roca. Este hecho, de gran repercusión en su momento, tuvo como resultado la creación de leyendas que aún se conservan y que a partir del siglo XIX

dieron paso a todo tipo de especulaciones y han sido noveladas con mucho éxito.

Sin embargo, generalmente se ignora que la llamada herejía cátara tuvo sus comienzos en Bulgaria, pasando con posterioridad a Alemania y de ahí al norte de Francia. Las persecuciones en aquella región fueron terribles y en ellas perdieron la vida un número incontable de hombres y mujeres. En la región de Champaña, en Mont-Aimé, cerca de la pequeña población de Vertus, fueron juzgadas y quemadas vivas ciento ochenta y tres personas cuatro años antes de la quema de Montségur.

Así como los cátaros del Midi y Languedoc huyeron hacia Cataluña y Aragón, llegando hasta Valencia, los de Champaña y otras regiones del norte de Francia tomaron la ruta de Santiago para escapar de la persecución. Una de las denominaciones con la que se conocía a los agotes era la de chrestias, nombre que podría traducirse por «cristianos» o «creyentes», que era, en realidad, como los cátaros se llamaban a sí mismos. Hay quien piensa que estos chrestias llegaron de occidente, pero es mucho más probable que llegaran a Navarra desde el norte por la ruta de Santiago. De todos modos, y debido a su condición de proscritos, no hay nada que pueda demostrar ninguna de estas tesis y todo queda en una mera suposición.

La religión cátara —pues era una religión como luego lo ha sido el protestantismo o el calvinismo— se expandió por Francia y el norte de Italia y sobrevivió durante mucho tiempo después de su aparente aniquilamiento. También hay indicios para suponer que muchos cátaros fueron acogidos por los templarios españoles.

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