El Verdugo De Dios
Montségur, 1244 53
Montségur, 1244
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aymond Gauti metió en su morral un pote de miel y un queso de leche de oveja, se caló el sombrero de fieltro hasta las orejas y se dispuso una vez más a servir de guía entre la pequeña localidad de Lavelanet, en el país D'Olmes, y la cumbre de la «roca», como todos llamaban al escarpado monte rocoso que se alzaba en solitario en medio de una naturaleza agreste. El trayecto hasta las faldas de la montaña, la ascensión y la vuelta a casa obligaban a un gran esfuerzo, pero sobre todo suponía un enorme peligro.
Sería torturado a fin de sonsacarle información o ejecutado en el acto si era atrapado por los francos. No obstante, era el único medio que tenía para ayudar a los asediados, y más concretamente, a los Elegidos y Elegidas que vivían en el castro, personas dispuestas a morir por su fe y sin las cuales desaparecería la Iglesia de los Creyentes. Besó a su esposa Maurina y a su hija Alazaïs, que intentaban no mostrarse preocupadas, hizo una seña de asentimiento al hombre que lo esperaba junto a la puerta y ambos iniciaron la andadura. Sería noche cerrada cuando llegaran a su destino, pero él conocía bien el camino y podía realizarlo con los ojos cerrados, razón por la cual se había ofrecido como guía a los sitiados. Además, el clima jugaba a su favor: hacía frío y el cielo amenazaba nieve. Los hombres del senescal D'Arcis permanecerían dentro de sus tiendas o irían a molestar a los habitantes de las poblaciones vecinas.
Tenía los pies y las manos heladas, a pesar del esfuerzo de la subida y también de la tensión provocada por el peligro. Su acompañante, un hombre de mediana edad, pisaba tras él en silencio, atento a cada paso para no caer por las gargantas que se abrían en la roca. No lo conocía, pero tampoco era la primera vez que servía de guía a un desconocido: debía de ser alguien
importante, pues en su última visita al castro, el propio señor de Péreille le había anunciado su llegada y rogado que lo guiara hasta ellos sin dilación alguna.
—Puede que sea nuestra última oportunidad —le aseguró.
—Os lo traeré, no temáis —respondió él, deseando creer en las palabras del caballero.
Desde hacía varios meses, las tropas francesas sitiaban la plaza fortificada de Montségur, el «monte seguro», en lengua de oc, donde se hallaban refugiados más de doscientos creyentes bajo la protección del señor de castillo, Raymond de Péreille, su yerno, Pierre-Roger de Mirepoix, y otros caballeros faidits, protectores de la Iglesia acosada, a pesar de no pertenecer a ella. Sus razones para defender a los perseguidos eran muy variadas. Algunos tenían familiares entre los creyentes, otros eran acérrimos partidarios del conde de Toulouse, otros, en fin, consideraban mero invasor al ejército del rey Luis de Francia.
Al mismo tiempo, la situación de las poblaciones vecinas era muy precaria. Gauti y su familia habían abandonado Avignonet para escapar de la furia de los francos tras el asesinato de dos inquisidores y sus nueve acompañantes. Se trasladaron a Lavelanet, a una casa perteneciente a su pariente Arnaud-Raymond Gauti, caballero de Soreze y Durfort, y faidit defensor de la plaza, creyendo que allí estarían más seguros. Craso error.
Tras unos meses de calma relativa, el asesinato de los representantes de Roma marcó el destino del enclave que acogía la sede principal de la Iglesia de los Creyentes. El pueblo, próximo a la montaña, estaba tomado por los cruzados, quienes ocupaban las mejores viviendas, se hacían entregar todo tipo de víveres, organizaban trifulcas y abusaban de las mujeres, pero nadie se atrevía a quejarse. Los creyentes habían organizado una red de aprovisionamiento y apenas salían de sus viviendas, pero su seguridad pendía de un hilo. La resistencia de la fortaleza enfurecía a los soldados, que se ensañaban con la población y la acusaban de prestar ayuda a los sitiados, lo cual había sido cierto
con anterioridad. De Lavelanet y de otros muchos lugares se enviaban alimentos a los resistentes por medio de personas de todas las edades y condiciones que ascendían a Montségur burlando la vigilancia enemiga hasta alcanzar la barbacana situada en medio de una estrecha vereda, el único paso de acceso. Pocos eran ahora, sin embargo, los que se atrevían a atravesar el cerco con la complicidad de algunos vecinos de la región, enrolados por la fuerza en el ejército franco.
—¡Tejedor! —gritó Raymond en respuesta a la solicitud de la contraseña hecha desde lo alto de la barbacana.
Poco después, el señor de Péreille y su yerno acudieron a recibir al visitante. Por las pocas frases que intercambiaron en su presencia, el guía intuyó que el hombre era un experto en máquinas de guerra, pero él era un simple tejedor y no entendía demasiado de aquellos asuntos. Dejó a los soldados y fue directamente a la casa ocupada por el obispo Marty, a quien todos los creyentes veneraban como a un santo.
—¡Mi buen Raymond, hermano! —El obispo le impidió arrodillarse asiéndole por ambas manos—. ¿Qué noticias nos traes?
—No muy buenas, me temo. El cerco se estrecha cada vez más, han hecho levas entre los habitantes de la zona y continúan deteniendo a hermanos y hermanas, o a cualquiera que muestre simpatía por nuestra religión.
—¿Y tu esposa e hija?
—Están bien, aunque inquietas por vosotros.
—Que no sea eso motivo de preocupación para ellas. Nosotros estamos en paz. Lo que tenga que ser, será, y ya sabes que no nos importa morir.
Lo sabía. A los Elegidos no les importaba morir, estaban preparados para el gran paso, convencidos de que la vida real comenzaba después de la muerte. No la buscaban, pero tampoco se resistían llegado el momento. No ocurría lo mismo con el pueblo. Él, por ejemplo, pertenecía a una familia de creyentes desde hacía tres generaciones. Su padre había muerto en Béziers, adonde había viajado con la intención de sacar de allí a uno de sus hermanos. Más de veinte mil personas, de todos los credos, fueron masacradas por el ejército francés en la ciudad mártir. A él le faltaban aún dos meses para nacer. Su madre aguantó hasta el parto y después murió de pena, o eso fue al menos lo que le contó la tía que lo crió. De poco valdrían los sacrificios si los Elegidos perecían en Montségur. Su Iglesia jamás se recuperaría y los creyentes se desperdigarían como un puñado de granos aventados por el temporal.
—¿Y nosotros? ¿Qué haremos?
—Ahora reza y descansa. —La voz del obispo había adquirido un tono paternal—. Mañana hablaremos de nuevo, he de pedirte un favor.
Raymond fue alojado en la cabaña de un matrimonio de tejedores con dos hijos que no habían recibido el consolamentum, pagó su hospitalidad con el queso y la miel y miró para otra parte cuando los niños se abalanzaron sobre ellos.
A la mañana siguiente, acudió a escuchar la prédica del obispo. A pesar de la desesperada situación en la que se encontraban, amor, caridad y perdón fueron las palabras más escuchadas por los hombres y mujeres apiñados en torno a la casa de su guía espiritual. Después Marty lo hizo llamar y le confió el favor que deseaba solicitarle.
—La misión que quiero encomendarte es difícil y sé que pongo tu vida y las de los tuyos en peligro —comenzó diciendo—, pero es necesario que algunos de nosotros sobrevivan para preservar la Palabra. Te pido que seas su guía en el exilio.
—No soy un Elegido...
—Ves y te orientas en la oscuridad. Guíalos por las montañas, lejos de aquí, a una tierra segura. Debes hacerlo ya porque no queda tiempo.
—¿Vendrás con nosotros?
El obispo negó con la cabeza.
—Únicamente podrán ir unos pocos. De lo contrario, seríais presa fácil para los soldados francos.
—La Iglesia de los Creyentes necesita a su pastor...
—Cada uno de nosotros somos pastores; yo sólo soy uno más y moriré dichoso porque al fin podré ver a Dios.
Raymond pudo luego hablar unos momentos con su pariente, el caballero Gauti, quien aseguró estar decidido a luchar hasta el final.
—Aunque espero resistir con vida lo suficiente para recibir el consolamentum antes de que todo esto acabe —le confesó—. No puedo pedirlo antes porque, como sabes, nuestra religión nos prohibe matar, pero tampoco puedo desertar. Somos pocos hombres de armas y no sería justo abandonar mi puesto en estos momentos.
Al anochecer, un pequeño grupo de personas entre las que se encontraban varias familias, incluida la que lo había acogido, unos niños cuyos padres habían decidido permanecer en la roca y un anciano Elegido que se despidió de su obispo con lágrimas en los ojos, siguió compungido al guía. Sabían que nunca volverían a ver a los compañeros que dejaban atrás y con quienes habían compartido la vida durante los últimos años. Hombres y mujeres de edades y procedencias muy diversas, madres e hijas, esposos, hermanos, amigos, quedaban en la roca dispuestos a llegar hasta el
final de la hermosa aventura que habían creído posible, la de una vida en comunidad, trabajando, rezando y amando a sus semejantes.
Para alivio de Raymond, no se tropezaron con ninguna patrulla en su camino y tampoco encontraron francos al llegar al pueblo.
Maurina le informó de que habían sido llamados al campamento militar, pues al parecer se preparaban para atacar una vez más.
—Dicen que han traído máquinas de guerra capaces de lanzar piedras a grandes distancias.
—Primero tendrán que conquistar la torre de defensa y después subirlas —afirmó él.
A pesar de lo prometido al obispo Marty, se resistía a abandonar el pueblo. Conocía bien la región, pero jamás había salido de ella e ignoraba lo que habría más allá de sus confines. En el fondo, confiaba en que las cosas tomaran otro rumbo en cualquier momento. Se decía que el conde de Toulouse negociaba un acuerdo con el rey de Francia y con el Papa; había llamado en su auxilio a los ingleses de Aquitania y esperaba que los señores de las tierras colindantes apoyaran su causa. Sólo necesitaba un poco de tiempo.
Durante los días siguientes se acercó todo lo que pudo al campo de batalla y constató, horrorizado, que los francos habían logrado ocupar la torre de defensa e instalar sus artefactos a poca distancia por debajo del castro. Lanzaban enormes pedruscos sin cesar, aunque eran respondidos de igual manera desde la fortaleza, y en algún momento los vio retroceder. Luego, una mañana, el silencio. No tardó en extenderse el rumor por toda la región: la rendición de la roca era ya un hecho. Algunos soldados regresaron a Lavelanet y contaron a voz en grito que los herejes se habían rendido y solicitado quince días para entregar la fortaleza.
—¡Y aquellos que no confiesen sus pecados y se arrepientan perecerán en la hoguera!—añadieron eufóricos.
La amenaza se cumplió y la esperanza desapareció el día en que pudo verse, elevándose hacia el cielo, una nube negra y el aire trajo gritos de agonía. Era hora de cumplir lo prometido. Los refugiados habían sido repartidos por varias casas y aún tardaron toda una jornada en disponer la salida. Muchos creyentes del pueblo, temerosos de las represalias, también deseaban partir, y ello añadía dificultad a la empresa. Cuantos más fueran, más ardua sería la huida. Finalmente, emprendieron la marcha hacia lo desconocido una noche de luna llena. Tomaron el camino en dirección a los Pirineos por senderos de cabras, alejándose de las poblaciones, ocultándose de día y esperando la oscuridad para reanudar el viaje. Caminaban despacio debido a los niños y a los ancianos, en especial, el Elegido, hacia quien todos los rostros se volvían a menudo en busca de ánimo y consuelo. Raymond los dirigía, pero ni él mismo sabía hacia dónde.
A
ún humeaban los restos de la colosal hoguera cuando Manex Bozat dio a sus hombres la orden de partir. El aire estaba impregnado de un olor nauseabundo que producía arcadas a los soldados más recios, obligándolos a respirar por la boca, y las cenizas aventadas habían cubierto la región con un manto oscuro y amenazador. Antes de echar a andar, los montañeses lanzaron una última mirada al lugar. Sólo ahora eran capaces de entender lo ocurrido y su participación en el horrible crimen perpetrado.
Habían cumplido el encargo, otro más; creían, como siempre hacían, sin preguntas, limitándose a realizar el trabajo, recibir el pago por sus servicios y dar por finalizado el motivo que los había llevado tan lejos de su tierra.
—Vamos —ordenó al pequeño grupo.
No respondieron a los adioses que les dirigieron varios soldados francos que los despedían con las caras tiznadas y sonrisas satisfechas, y tomaron el sendero en dirección a las montañas a paso rápido, uno detrás de otro, en silencio, cada cual inmerso en sus pensamientos. Manex iba al frente con la cabeza llena de preguntas sin respuestas.
—Es un trabajo muy especial y tú y tu gente sois los únicos capaces de realizarlo —le había dicho el vizconde al convocarlo a su presencia dos meses antes—. Seréis bien recompensados y podréis estar de vuelta para comienzos del verano.
—¿Qué tiene de especial? —preguntó él algo extrañado.
—Ellos te lo dirán. Nuestro señor Teobaldo me ha ordenado que proporcione hombres capaces de llevar a cabo lo que aparentemente otros no pueden. Están en juego intereses muy graves e importantes. A mi entender, tú eres el único con posibilidades para llevar a buen fin el encargo. No puedes negarte y la recompensa os vendrá bien.
Eligió a diez de los mejores, incluidos sus hermanos e hijos.
Eran buenos en su oficio, trabajadores incansables; hombres acostumbrados a la vida dura.
—Padre, ¿por qué no vamos a caballo?
Le sobresaltó el sonido de la voz de su hijo Eder. Por un momento, había olvidado a sus compañeros.
—Nosotros no tenemos caballos —respondió con el ceño fruncido y continuó avanzando.
El vizconde les había proporcionado caballerías para hacer el viaje de ida lo más rápido posible, aconsejándoles seguir al mensajero y a los soldados, expertos escaladores que los acompañarían, y no entretenerse por ninguna razón, pues la encomienda era urgente. Viajaron durante varias jornadas,
deteniéndose lo mínimo imprescindible para comer y descansar, siguiendo caminos bien marcados, cruzando tierras desconocidas, más cálidas a medida que se dirigían hacia el este, y finalmente llegaron al lugar en el que, al parecer, se les esperaba con tanta impaciencia: el campamento de un ejército de francos, establecido en un paraje montañoso y bastante desértico, con pocos árboles y muchos matos.
Sin tan siquiera tener tiempo para recuperarse de la larga cabalgada, el mensajero los llevó ante la presencia del jefe del campamento, un soldado vestido de metal de los pies al cuello. No le agradó aquel hombre de cráneo rapado y mirada arrogante.
Conocía bien a los de su clase. Se creían superiores y consideraban a los demás seres humanos pulgas a las que pisotear, los había igual en su tierra, y él no era ninguna pulga. Calibró sus fuerzas y llegó a la conclusión de que no le duraría un asalto en una pelea de igual a igual, pero allí era el jefe, y él, sólo un carpintero a quien se pagaba por su trabajo.
Por medio del mensajero que hacía también las veces de intérprete, el soldado les indicó lo que se esperaba de ellos.
Observaron con atención la montaña en cuya cima, y envuelto en la bruma, podía verse un poblado fortificado. En el extremo oriental, en la cresta de la montaña, una vereda muy desnivelada permitía alcanzar la torre de defensa situada sobre un precipicio y a poca distancia de la barbacana que protegía la puerta de la muralla. Las órdenes del franco eran acceder a la torre y montar un trebuquete, una especie de catapulta, para lanzar bolaños y cántaros repletos de brea ardiente sobre la plaza fortificada. No era una tarea fácil, eso estaba a la vista. Una simple mirada a su alrededor les indicó que el campamento militar llevaba establecido en aquel lugar desde hacía varios meses. Las basuras, los corrillos de hombres charlando o jugando a los dados y la falta de tensión así lo indicaban. Eran varios miles los soldados allí acampados, y el poblado de la cumbre, por su tamaño, no podía contener más de trescientas o cuatrocientas personas. Manex sintió simpatía por los sitiados que mantenían en jaque a todo un ejército, y durante un
instante estuvo a punto de dar media vuelta y marcharse, dejando al soldado con la palabra en la boca. No tenía ni idea de cuáles eran las razones del conflicto, ni tampoco le interesaba conocerlas, pero admiraba el valor, y las gentes refugiadas en la cima lo tenían.
Fue un pensamiento que cruzó su mente y desapareció con la misma celeridad. ¿Y a él y a los suyos qué les importaba? Hacía tiempo que había decidido ser su único dueño, no inmiscuirse en asuntos ajenos e impedir que éstos alterasen su vida. Volvió su atención, por tanto, al saliente e hizo una seña afirmativa dirigida a sus hombres.
Durante los días siguientes, los soldados de Baigorri inspeccionaron el terreno, escalaron la roca, llegaron a aproximarse a poca distancia del saliente y comprobaron que, en todo momento, había allí una partida de soldados en alerta continua, dispuestos a lanzar flechas y piedras a cualquiera que se aventurara por la senda de ascenso. Los carpinteros, por su parte, examinaron la madera dispuesta para fabricar las plataformas y las diversas piezas de las catapultas que deberían ensamblar, y ejecutaron algunas mejoras en las mismas para darles estabilidad.
El jefe franco les enviaba recados cada dos por tres, instándoles a que iniciaran la misión, pero los navarros siempre respondían de igual modo.
—Lo haremos cuando estemos dispuestos, y si tiene prisa, que lo hagan sus hombres.
Los artesanos, por su parte, no mantenían ningún contacto con los soldados del ejército franco, ni siquiera con los vascos enrolados en él. Nada más instalarse, éstos se les habían acercado con ánimo de entablar conversación por ser todos originarios de la misma tierra.
—Nada de familiaridades —recomendó Manex a sus hombres
—. Puede que hablemos la misma lengua y hayamos nacido bajo el mismo cielo, pero no tenemos nada en común con ellos. No nos
pagan por matar, sino por hacer un trabajo, y nos marcharemos en cuanto lo hayamos acabado.
Un anochecer, sin dar cuenta de sus intenciones al jefe franco, los soldados del vizconde ascendieron por la ladera este del monte, silenciosos como gatos confundidos con las sombras de la noche. Escalaron por la pared rocosa sin un jadeo, sin tropiezos, sin romper una rama ni desprender una sola piedrecilla. Con el mismo sigilo, llegaron hasta la pequeña guarnición apostada en la torre y mataron a todos sus componentes, degollándolos con sus cuchillos. Antes de que las primeras luces del alba iluminasen la región, el capitán del vizconde y el carpintero despertaron al mensajero y lo obligaron a acompañarlos hasta la tienda del jefe del ejército.
—Dile que necesitamos una partida de hombres —le ordenaron.
—¿Para qué? —preguntó de malas maneras el soldado, enfurruñado por haber visto interrumpido su sueño.
—Aún no hemos montado las máquinas —respondió Manex
— y no queremos que nos lluevan piedras o dardos mientras trabajamos.
El trabajo llevó más tiempo de lo previsto. Era difícil ensamblar las piezas de los trebuquetes en la zona prevista, y los defensores de la fortaleza disparaban flechas sin cesar. Cuando finalmente el primer artefacto quedó instalado, semejaba la silueta de un insecto gigante dispuesto a engullir el poblado rebelde. Los habitantes asentados al abrigo de la muralla abandonaron sus enseres y se precipitaron dentro del recinto cuando las piedras y los cántaros de brea ardiente comenzaron a caer sobre los tejados de sus casas y cabañas mientras los soldados sitiados respondían de igual forma con otra máquina que lanzaba bolaños sobre los cruzados y los obligaban a retroceder. No obstante, mes y medio más tarde, los desesperados defensores de la plaza se rindieron, solicitaron negociar y se entregaron quince días después.
Manex y sus hombres descendieron una vez instaladas las catapultas y observaron desde abajo los avances del ejército franco y los denodados esfuerzos de los atacados defendiéndose hasta el último momento. No tenían ya nada que hacer allí y eran necesarios en su tierra, habían recibido un pago generoso por el trabajo y estaban ansiosos por abandonar aquella compañía no deseada, pero el artesano sentía curiosidad por ver de cerca a los valerosos defensores del nido en lo alto de la montaña rocosa durante tantos meses y obligó a los suyos a esperar hasta el final.
La sorpresa de todos fue inenarrable al constatar que más de la mitad de los rendidos eran civiles y, de éstos, la mayoría mujeres.
Fueron arrastrados monte abajo por los soldados francos, golpeados, insultados y empujados hacia un campo cerrado por una empalizada y repleto de ramas y leñas. Ante el estupor de los montañeses, los más de doscientos prisioneros se adentraron en él cogidos de las manos y entonando cantos.
—¿Quiénes son? —interrogó Eder al mensajero que les había servido de intérprete.
—Herejes.
—¿Herejes?
—Discípulos del diablo, enemigos de la Santa Madre Iglesia
—le aclaró su interlocutor—. Se les ha dado la posibilidad de renegar de sus errores, pero se han negado. Por eso sus cuerpos arderán al igual que arderán sus almas para toda la eternidad.
—Pero... ¡hay doncellas y jóvenes entre ellos!
—El pecado no tiene edad —sentenció el hombre, impertérrito.
Los soldados franceses lanzaron decenas de teas encendidas al interior de la empalizada y las llamas no tardaron en prender la leña. Los cantos se mezclaron con gritos de agonía al tiempo que el aire iba impregnándose de un repugnante olor a carne quemada.
Eder apretó las mandíbulas y desvió sus ojos, asqueado por la escena. Su mirada se detuvo en el jefe del campamento que contemplaba la ejecución con una sonrisa satisfecha. Estaba acompañado por tres o cuatro personajes, al parecer todos importantes según indicaban sus vestimentas.
—¿Y ésos quiénes son? —preguntó de nuevo señalando al grupo.
—Nuestro comandante Hugo D'Arcis, senescal del rey de Francia, a quien ya conoces, el arzobispo de Narbona, el obispo de Albi y un representante del Santo Padre.
El joven Bozat iba a hacer una nueva pregunta, pero su padre lo llamó para que fuera a reunirse con él. Los montañeses se disponían a abandonar el lugar de inmediato.
—Una pregunta más —dijo volviéndose al mensajero y señalando la montaña en cuya cima aún podían observarse hilillos de humo ascendiendo hacia el cielo—, ¿cómo se llama esa roca?
—Montségur.
L
os carpinteros marcharon solos. Los hombres del vizconde decidieron quedarse en el ejército franco; la paga era excelente y se les había prometido parte del botín si permanecían allí. Aún quedaban reductos de herejes a los que exterminar. Por decisión de Manex Bozat, acatada como siempre por sus compañeros, el grupo tomó la ruta de las montañas, en lugar de otros caminos más fáciles y rápidos, pero también poblados. No deseaban toparse con nadie, no querían ver caras desconocidas ni hablar con otros que
no fueran los suyos. El lobo sólo soportaba a los miembros de su manada, y en aquellos momentos, todos se sentían un poco lobos.
Los hechos presenciados y, sobre todo, la muerte cruel de tantos seres humanos habían provocado en el pequeño grupo unas emociones desconocidas hasta aquel momento, sumiéndolo en un profundo silencio únicamente roto por el graznido de un ave o el sonido de un eco lejano. Necesitaban la soledad de las altas montañas para recuperar la calma, necesitaban sentir el aire puro en sus pulmones y limpiarlos de los residuos contaminados por la hoguera.
Eder estaba impresionado. Aún podía sentir el terrible olor a carne quemada y en sus oídos resonaban todavía los cantos de las víctimas del enorme holocausto. ¿Cómo era posible que tanta gente hubiera estado dispuesta a inmolarse sin rebelarse, sin un grito de protesta? No podía entenderlo. Aquellos hombres y mujeres habían resistido valerosamente el asedio durante meses y después se habían dejado conducir a la pira como borregos al matadero. Por muchos años que viviera nunca lo entendería, y tampoco conocía a nadie que pudiera explicarle tan extraño comportamiento. Tenía clavados en su memoria los ojos de una joven de facciones delicadas y cabellos rubios. Sus miradas se habían encontrado durante un breve instante, antes de que ella entrara en el recinto y los soldados prendieran fuego a la madera allí apilada. También recordó la satisfacción en los rostros de los caballeros cuyos nombres había olvidado mientras las víctimas se convertían en teas humanas. Un escalofrío recorrió su cuerpo de los pies a la cabeza y supo que las cosas ya no volverían a ser iguales. Había sido testigo de un hecho terrible que jamás olvidaría por muchos años que viviera; había visto la maldad en forma de hombre.
A pesar de la oposición de su maestro, quiso acompañar a los suyos en aquel viaje que provocaba en él tanta excitación como curiosidad. Nunca había salido de Baigorri, no había tenido la oportunidad. Al enterarse por boca de su tía, pidió e insistió todo lo que fue capaz, hasta que el padre aceptó. A fin de cuentas era
un buen carpintero y ya era un hombre. Tuvo la impresión de que el padre sentía una íntima satisfacción por su decisión. Desde que era discípulo del maestro constructor y vivía en su casa, apenas intercambiaban unas palabras cuando se encontraban. No es que antes hubieran hablado mucho más, pero los silencios entre ellos eran ahora más profundos, como si se hubiera roto el lazo invisible que unía a las dos generaciones de una misma sangre.
Estaba convencido de que el padre estaba resentido porque él había aceptado con entusiasmo la oferta del maestro Geoffroi en lugar de quedarse entre los suyos.
—No recibirás otra cosa que golpes si intentas ser como ellos
—le había dicho en cierta ocasión, poco después de instalarse en San Esteban, y había vuelto a recordarle la frialdad y la antipatía que algunos habitantes del pueblo sentían hacia ellos.
—¿Por qué? —preguntó una vez más—. Nunca me has dicho el motivo.
—Te lo diría si lo supiera. Las cosas ya eran así cuando yo nací y mi padre tampoco supo explicármelo.
—Pero... alguna razón habrá...
—Ya te he dicho que no lo sé, aunque tal vez la intuyo...
El padre había permanecido pensativo durante largo rato, tanto que Eder creyó que no volvería a abrir la boca.
—Hubo un tiempo en que todos los habitantes de estas tierras creían lo mismo que sus padres. Luego las cosas cambiaron. Las gentes se agruparon en torno a las iglesias, escucharon hablar de un dios nacido de una mujer virgen que fue más tarde crucificado, y creyeron en él. Lo sé porque yo también entré alguna vez en la iglesia cuando tenía más o menos tu edad.
Eder escuchaba en silencio, temeroso de interrumpir para siempre la explicación esperada desde que había tenido edad de
comprender.
—Pero hubo también otros —prosiguió el padre al cabo de un rato— que no vivían en los pueblos y no escuchaban las prédicas de los curas: nosotros, leñadores, carpinteros, carboneros, almadieros...
—Los agotes...
—¡Nunca! ¡Nunca!, ¿me oyes bien?, vuelvas a pronunciar esa palabra. Insultas a tus antepasados y te insultas a ti mismo.
Manex se había levantado y había salido de la cabaña dando un portazo, y él permaneció encogido, atónito por su reacción. No volvieron a hablar del asunto, ni siquiera en alguna otra ocasión en la que él trató de sonsacarle algo más.
Caminando ahora tras los pasos del hombre que había sido su guía antes de que el maestro constructor apareciese en su vida, Eder meditaba sobre aquella conversación y sobre otras mantenidas con sus tíos y con su hermano. Lo único que sacaba en claro era que nunca sabría el motivo exacto por el cual sus vecinos los mantenían apartados.
El trayecto era difícil y fatigoso, pero los montañeses continuaron a buen paso hacia el oeste, sin preocuparse del viento helado que azotaba sus rostros, durmiendo lo justo, alimentándose con la carne seca que llevaban en los morrales, los frutos salvajes que encontraban por el camino y algún conejo que otro cazado con las hondas. Las alturas despejaban las mentes y aliviaban las penas; se sentían los únicos habitantes de la Tierra y, aunque poco dados a ensimismarse con la belleza, no dejaban de admirar las extraordinarias vistas y las impresionantes moles rocosas entre las cuales discurría la vereda, tan estrecha que los obligaba a caminar en fila, uno detrás de otro.
Despertó sobresaltado un amanecer, cuando las luces del alba comenzaban a reflejarse en el cielo tornándolo naranja. Había escuchado un llanto; se sentó y buscó a su alrededor con la mirada, sin dejar el abrigo de la covacha en la que habían encontrado refugio la noche anterior. Todo estaba silencioso y no tardó en volver a tumbarse, intentando arrebujarse en postura fetal para defenderse del frío. Instantes después volvió a escuchar el llanto y se levantó de un saltó. Notó la mano de su padre a su lado asiéndolo por la pantorrilla para obligarle a agacharse de nuevo.
Manex también se había despertado y escuchaba, los ojos brillantes como los de un ave rapaz, en la semiclaridad del amanecer. Le hizo un signo y los dos permanecieron quietos. No había duda alguna. El aire les traía el sonido de un llanto o de un grito no muy lejos de donde ellos se encontraban. Despertó a sus compañeros, indicándoles con el dedo índice sobre la boca que guardaran silencio. Pegados a la roca, ocultándose en las zonas sombrías, los leñadores fueron aproximándose al lugar de donde procedía el sonido y permanecieron agazapados tras una roca.
Cerca del precipicio, unos veinte hombres y mujeres, más algunos niños, se agrupaban mirando hacia abajo, mientras un joven tendido en el suelo, con medio cuerpo afuera y asido por los pies por otros dos, alargaba los brazos en un vano intento por alcanzar algo. Los montañeros salieron de su escondite y se aproximaron al grupo. Al verlos, jalaron al que estaba tendido y todos ellos retrocedieron unos pasos con el terror reflejado en sus rostros. Sin prestarles atención, Manex se asomó al precipicio y pudo comprobar que una niña se hallaba unos metros más abajo, agarrada a un saliente y con los pies apoyados en una frágil rama pelada que, misterios de la naturaleza, emergía de la roca. Siempre en silencio, los hombres de Baigorri sacaron una soga de uno de los morrales, ataron un extremo a la cintura de Eder, el más delgado de todos, y el otro a un pedrusco más grande que cualquiera de ellos, y a continuación se colocaron en cadena agarrando la soga y tensándola al tiempo que el muchacho comenzaba a descender hacia la niña. Al llegar a su altura, la cogió por la cintura mientras le señalaba su cuello para que ella
pasase los brazos a su alrededor. Con la frágil carga sobre sus espaldas, dio un par de tirones a la soga y su padre y los demás jalaron hasta que los dos estuvieron en tierra firme. Eder posó a la niña en el suelo y le sonrió. La carita sucia por el polvo y las lágrimas le devolvió la sonrisa.
Sin decir ni media palabra, recogieron la soga y se dispusieron a proseguir su camino. Entonces los hombres y mujeres que habían permanecido estupefactos ante la insólita aparición y la posterior salvación de la niña parecieron salir de un sueño y se apresuraron a rodearlos, tocarlos y hablarles en una lengua que ellos no entendían.
—Creo que nos están dando las gracias —rió Eder.
—¡Bien pueden hacerlo! —respondió Manex—. Un momento más y la chiquilla habría caído en el vacío.
Respondieron con gestos y palabras, algo turbados por las efusivas demostraciones de agradecimiento, pero dispuestos a seguir adelante. Entonces un hombre viejo que apenas podía sostenerse en pie y era ayudado por un par de jóvenes cogió la mano de Eder y la besó. La reacción de éste fue retirar la mano como si se hubiera quemado o le hubiera picado un bicho. ¿Dónde se había visto que un hombre besase la mano de otro y más siendo éste una persona mayor? El anciano no se inmutó y comenzó a hablar apoyando su mano derecha en el pecho, a la altura del corazón, y la izquierda señalando al cielo.
—Sigue dándonos las gracias —afirmó Eder.
Manex se sentía molesto. En la montaña nadie debía nada a nadie y era obligada la ayuda a quien se hallaba en peligro. No había nada que agradecer. Se despidió con la mano y echó a andar seguido por los suyos.
No bien habían andado cincuenta pasos cuando se dieron cuenta de que el grupo, con el viejo subido a la espalda de uno de
los jóvenes al frente, los seguía, intentando mantener su paso ligero. El artesano frunció el ceño, pero continuó andando, alargando las zancadas para ir más rápido. Al cabo de un rato los perdieron de vista y respiró aliviado. No quería compañía; ninguno de ellos la quería. Continuaron hasta la hora del mediodía, momento que aprovecharon para descansar un poco y comer algo, y su sorpresa fue pareja a su enfado al observar que el grupo los había seguido y aparecía por encima de la última loma.
Los perseguidores llegaban agotados, sin aire en los pulmones y las caras enrojecidas por el esfuerzo. Se dejaron caer a poca distancia de donde estaban ellos y se los quedaron mirando con ojos suplicantes.
—Creo que quieren venir con nosotros...
—¡Que Inguma se los lleve a las profundidades y a mí con ellos si lo permito!
—Padre... —Eder no dejaba de mirarlos.
—¡La montaña es para los montañeses y a nosotros nos esperan en casa! Llevarlos con nosotros supondría un retraso en nuestros planes.
—Padre...
—¿Qué?
—Van vestidos igual que los otros.
—¿Qué otros?
—Los que quemaron...
Observándolos con más atención pudieron comprobar que, en efecto, por su aspecto y sus ropas, se parecían mucho a las personas que habían visto bajar de la roca y entrar en el cerco de estacas. No había que hacer un gran esfuerzo para apreciar lo muy
asustados que estaban, ni tampoco para imaginar que huían de algo o de alguien. Parecían animales acorralados, exhaustos por el esfuerzo y las penas. Después de meditarlo, Manex aceptó su presencia, pero dejó bien claro que no admitiría retrasos ni molestias por su culpa. A pesar de todo, aminoraron el paso y se ocuparon de alimentar y dar de beber a sus nuevos acompañantes; los ayudaban en los tramos más difíciles, y más de una vez cargaron sobre sus espaldas al anciano a quien aquellas gentes tanto veneraban.
Poco a poco se creó un vínculo entre ellos, si no de amistad, al menos de entendimiento, aunque no pudieran comprenderse salvo por medio de Eder. Su conocimiento del romance sirvió para que el joven se diera cuenta de lo acertado que había estado su maestro al obligarle a aprender otras lenguas, aunque aquellas gentes no hablaran exactamente igual que éste y que su hija. A veces, al atardecer, cuando acampaban en algún lugar seguro, arropados por las montañas y la caricia de la brisa del verano, se sentaba junto a ellos y escuchaba al anciano. Decía cosas extrañas para él, muy extrañas. Hablaba del bien y del mal, de almas y cuerpos, de una vida dura y errante, de ovejas entre lobos que sufrían persecución, de la alegría de morir para renacer espiritualmente. El muchacho siempre estaba acompañado por la niña que había salvado y por sus padres. Los tres lo seguían a todas partes como los polluelos a la gallina, y ello causaba las risas de los montañeses, aunque a él no le molestaban. Raymond y Maurina Gauti, y sobre todo Alazaïs, su hija, estaban tan agradecidos que no sabían cómo demostrarlo, y por otra parte, únicamente parecían sentirse seguros a su lado.
Al llegar al Béarn, el grupo decidió asentarse cerca de la población de Oloron, donde existía una comunidad de creyentes que, aunque separados del resto de los habitantes, vivían a salvo de la Inquisición y de los ataques del ejército francés. Aquellas tierras se hallaban bajo la jurisdicción de las leyes inglesas, y el rey Luis no deseaba enemistarse con su irascible vasallo, Enrique III, rey de Inglaterra y duque de Aquitania. Los montañeses
aceptaron su hospitalidad y pernoctaron una noche en una cabaña habitada por un leñador como ellos, su mujer y sus dos hijos, quienes, según les explicaron, vivían una situación muy similar a la de ellos en Baigorri, es decir, soportando la desconfianza de sus vecinos. A la mañana siguiente reemprendieron el viaje. Dos jornadas de camino, a lo más tres si el clima no ayudaba, les separaban de su casa, y el hormigueo de la impaciencia comenzaba a roerles por dentro. Para sorpresa de todos, los Gauti decidieron acompañarlos. Lo mismo les daba, expusieron, un lugar que otro para vivir, y puesto que sus nuevos amigos habían sido generosos con ellos, era de esperar que el resto de las personas que vivían en su pueblo también lo fueran. Era inútil tratar de explicarles la verdadera situación, y Eder tampoco sabía muy bien cómo hacerlo, así que la pareja y su hija siguieron en compañía de los montañeses después de haberse despedido de sus compañeros de odisea y muy especialmente del anciano, ante el cual se inclinaron tres veces como correspondía hacerlo ante un Elegido de su religión.
R
ecuperando los colores y los olores, dejaron atrás el Béarn y se adentraron en la hermosa y salvaje tierra de Xuberoa, hacia el sur, hacia las estribaciones de los montes que les eran familiares; atravesaron el río Errobi que regaba las huertas de Garazi y se adentraron en la región que habían abandonado seis meses atrás.
No hablaron, sólo se miraron y sonrieron. El silencio se transformó en exclamaciones de alegría y aceleraron el paso al descubrir a lo lejos la torre del vizconde encima de la loma, iluminada por los rayos del sol de la tarde. Ninguno de ellos se percató del extraño silencio reinante en San Esteban, ni se fijó en el hecho de que las puertas y ventanas se cerraban a su paso.
Los Bozat entraron en tropel en su cabaña esperando encontrar dentro a Elaia con su eterna sonrisa en los labios y la olla humeante, repleta de potaje, pero el interior estaba oscuro y el fuego apagado. Manex encendió un candil y pudieron entonces comprobar el aspecto desolador que presentaba el que durante algún tiempo había sido su hogar. Estaba absolutamente vacío; no había olla ni otros utensilios, la mesa también había desaparecido, así como las figurillas talladas por Eder y el arcón de las ropas.
Durante unos instantes, los miembros de la familia se miraron interrogantes y, a continuación, salieron como un solo hombre, dejando solos a los Gauti. No llamaron a la puerta de la cabaña vecina y entraron en ella en tromba. Su vecino y su mujer se hallaban sentados junto al fuego y giraron las cabezas, asustados al verlos entrar.
—¿Qué ha ocurrido? ¿Dónde está Elaia? —preguntó Manex, y la mujer se echó a llorar desconsolada.
Poco después de su partida, les explicó el vecino, los artesanos y sus familias recibieron orden del vizconde de reunirse en la iglesia al anochecer. Todos acudieron presurosos, preguntándose a qué vendría una orden tan poco habitual. Encontraron allí al rector y a un fraile llegado del norte que durante algunos días había estado merodeando por el barrio, observándolos con ojos de halcón, pero sin dirigirles la palabra y sin responder a sus saludos.
Durante mucho rato, el hombre habló siendo traducido por el rector. Los acusó de ser falsos cristianos y los amenazó con hogueras eternas si no renunciaban para siempre a sus viejas creencias; les dijo que no había lugar donde pudieran esconderse y que él los perseguiría hasta el último rincón de la Tierra si continuaban quemando los cuerpos de sus difuntos; que no podían acudir a la iglesia y hacer al mismo tiempo ofrendas a una diosa pagana, representación del diablo. Aterrorizados, escucharon sus palabras con el miedo en los cuerpos y la angustia en sus corazones.
—Entonces —prosiguió el vecino— Elaia avanzó hacia el hombre, escupió al suelo y se dirigió a la puerta, dejándolo con la palabra en la boca. Él le ordenó volver, pero ella no hizo caso y abandonó la iglesia. Todos vimos cómo el rostro del fraile se volvía aún más blanco de lo que ya estaba, levantó un puño en alto y la llamó leprosa inmunda y otras cosas terribles. Al día siguiente, el hombre del vizconde, Oriol, se presentó en vuestra cabaña, se la llevó a la torre y...
El ruidoso llanto de la mujer del vecino interrumpió el relato.
—Y... ¿qué?—tronó Manex.
—Nadie supo qué ocurrió... —El hombre dudó antes de continuar—. El cuerpo de Elaia apareció flotando en el río un par de días más tarde.
Durante un momento suspendido en el tiempo, los Bozat permanecieron en silencio golpeados por la noticia, intentando comprender lo incomprensible. Habían partido a comienzos del invierno y el verano estaba a las puertas. ¿Cómo era posible que algo así hubiera podido ocurrir en tan corto espacio? ¿Quién era el hombre del cual hablaba el vecino? ¿Y por qué se habían llevado a Elaia? Preguntas no emitidas en voz alta y para las cuales no encontraban respuestas.
—¿Qué se hizo de ella? —preguntó por fin Manex refiriéndose a su cuñada.
—Ellos la enterraron.
—¿Quiénes?
—El fraile y sus acompañantes, llegaron doce más con él.
—¿Dónde la enterraron?
—En el erial.
La incredulidad más completa se reflejó en la mirada del carpintero. El erial era el lugar donde iban a parar los muertos sin familia conocida, los criminales, los extranjeros y otras gentes a las cuales no se les permitía ser enterradas en tierra consagrada.
También lo eran los artesanos cristianos que, en vida, no habían mostrado suficiente fe a los ojos del rector.
—Dame una manta —dijo en un tono de voz neutra—. Ya te compraré una nueva.
—¿Qué pretendes hacer? —interrogó el vecino, pero no insistió; hizo una seña a su mujer, que se levantó y sacó una manta vieja del arcón.
Manex la cogió, dio las gracias y abandonó la cabaña seguido por sus hermanos e hijos. Sin decir ni media palabra, tomó el caminejo que conducía al erial. Al llegar al lugar, respiró hondo varias veces y se adentró por entre zarzas espinosas en busca de una tumba recién excavada sobre la cual aún no hubieran tenido tiempo de crecer las malas hierbas. No podía pensar. Nunca había sido afectuoso en sus demostraciones de alegría o de pena. Era más sabio, opinaba, guardarse para uno los sentimientos de cualquier tipo; cuanto menos dejase entrever ante los demás, menos posibilidades tenía de no parecer vulnerable, pero lo era.
La muerte de su mujer abrió una herida en su corazón que no se había cerrado por completo a pesar de los inviernos transcurridos. La recordaba como la vio la última vez, con su criatura en los brazos, antes de que él prendiese fuego a la madera y ambas desapareciesen entre las llamas y el humo. Durante mucho tiempo fue incapaz de acostumbrarse a su ausencia, la echaba en falta a cada instante, esperaba encontrarla cuando entraba en la cabaña y no logró hallar la paz hasta que Elaia ocupó su lugar en la casa y también en el lecho de hierbas. Las cosas mejoraron desde entonces. No la amaba como había amado a su hermana, pero se necesitaban el uno al otro, y esa necesidad consolaba su soledad; verían pasar la vida y juntos envejecerían.
—¡Padre!
La voz de Donat interrumpió sus pensamientos y se apresuró cerca de su hijo, quien le mostraba un túmulo de tierra removida, el único aparentemente visible en aquel lugar de desolación. Los cinco hombres se arrodillaron a su alrededor y comenzaron a escarbar con las manos y los cuchillos. Tenían prisa; la luz no tardaría en desaparecer sumiendo al valle en la oscuridad. La brisa les traía el olor de los brezos y de la flor de la argoma; el cielo parecía iluminado por una gran hoguera que le prestaba su color rojizo y únicamente se escuchaban los sonidos del campo y el respirar agitado de los Bozat. No tardaron en encontrar el cuerpo envuelto en una tela mugrienta, cabeza incluida. Estaba a un par de palmos de profundidad, sus enterradores se habían limitado a cavar justo lo necesario para ocultarlo. Manex desgarró la parte de tela que le cubría el rostro y apretó las mandíbulas hasta hacerse daño. Apenas permitió que sus hermanos e hijos lo contemplaran.
El amasijo de carne hinchada y a medio pudrir no era reconocible, pero sí el hermoso cabello castaño y el mechón blanco que él había acariciado tantas veces. Cubrió de nuevo el rostro e hizo una seña a los demás. Entre todos sacaron el cuerpo de la fosa y lo depositaron encima de la manta antes de envolverlo en ella.
Después, siempre en silencio, lo auparon y echaron a andar en dirección al alto del puerto de Izpegi, cuya silueta se recortaba en las sombras del anochecer.
Caminaron el resto de la noche y parte de la madrugada hasta llegar al collado de Elorrieta, un lugar en el cual podían verse decenas de piedras clavadas en la tierra, la mayoría colocadas en círculo, aunque también había otras dispersas por los alrededores.
El collado era tránsito obligado para los pastores y sus rebaños, y también lugar de enterramientos de los antiguos habitantes de la región. Durante el resto del día, los Bozat se dedicaron a recoger ramas y hierbas secas hasta apilar un buen montón a poca distancia del círculo más grande; depositaron el cadáver de Elaia sobre ellas y esperaron la llegada de la noche. Cuando la luna hizo su aparición e iluminó la explanada, Manex frotó sus piedras de
pedernal y prendió fuego a las ramas. Sin una palabra, grito o lamento, los cinco hombres contemplaron la hoguera y la alimentaron hasta el amanecer. Entonces cavaron un agujero con sus cuchillos y depositaron en él las cenizas y los restos óseos no consumidos, los cubrieron con tierra hasta formar un pequeño túmulo y colocaron piedras a su alrededor, formando un círculo pequeño dentro del más grande. Luego volvieron sobre sus pasos y regresaron al valle, pero no se dirigieron a San Esteban, sino que fueron directamente a Xuhitoa, a la antigua cabaña que aún permanecía en pie.
La cabaña tenía la puerta abierta y estaba llena de polvo y excrementos de animales que habían aprovechado el refugio durante los meses fríos. Dos inviernos habían transcurrido desde la marcha de la familia, pero parecía que hubiera sido más tiempo y. todos se sentían mucho más viejos.
—Hay que adecentar esto —constató Manex— y buscar algo para comer.
Apenas habían intercambiado unos monosílabos desde su salida de San Esteban; no precisaban de palabras para compartir el dolor, el estupor y la rabia que sentían en aquellos momentos. Ya hablarían de ello más adelante, con más calma, cuando las cosas volvieran a la normalidad y pudieran pensar sobre lo ocurrido. Su instinto de supervivencia afloró salvaje, con la fuerza necesaria para no dejarse amilanar por los acontecimientos, y todos se pusieron a la tarea, como si adecentar la cabaña fuera lo único importante en sus vidas.
Después de ayudar a limpiar, reparar los desperfectos y encender el fuego, Eder se escabulló al cuchitril mientras los demás se adentraban en el bosque en busca de alguna liebre, ardilla o ave que echarse al estómago. También allí había polvo y excrementos, pero daba al sur y estaba cálido. Echó una mirada a su alrededor. El pedazo de tronco continuaba en el mismo lugar en el que él lo había dejado, en medio del pequeño espacio, iluminado por los rayos del sol como un altar a la espera del
sacrificio. El joven se aproximó a él, pasó los dedos por la madera y comenzó a llorar en silencio por su infancia definitivamente perdida.
☙
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