El Verdugo De Dios

Toti Martinez de Lezea · Capítulo 6 de 16

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El Verdugo De Dios

Baztán 65

Baztán

G

eoffroi Bisol estaba presente cuando el Bugre y el rector acudieron a ver al vizconde para solicitar su permiso. Querían, dijeron, adoctrinar a los artesanos de una vez por todas. También lo estaba cuando volvieron horas más tarde para informar sobre el comportamiento de una mujer que había osado escupir en la casa de Dios.

—¡No podemos permitir actos semejantes! —gritó don Martín, preso de un ataque de ira—. ¡Ha sido una blasfemia!

—Herejía, diría yo —añadió Robert Lepetit sin perder la calma.

—No hay herejes en estas tierras —afirmó Semeno García, molesto por la interrupción y más incómodo aún por algo que no presagiaba nada bueno.

—Los herejes están por todas partes, aunque vos lo ignoréis o pretendáis ignorarlo —insistió el antiguo fraile.

—No en mis tierras.

—¿Cómo llamáis entonces al hecho de escupir delante del sagrario?, ¿de despreciar la palabra de Dios?, ¿de insultar a sus representantes?

—Exijo que esa mujer sea juzgada por blasfemia —insistió a su vez el rector.

—¿Quién es?

—Su nombre es Elaia Bozat.

Geoffroi se giró al escuchar el nombre.

Al entrar los dos hombres, él se había aproximado a la ventana, intentando permanecer al margen de lo que éstos tuvieran que decir. Contemplaba el paisaje que se extendía ante su vista: una región frondosa con todas las tonalidades de verde, de ríos transparentes como el mejor vidrio, de mañanas ocultas en la niebla y atardeceres resplandecientes, de melancólicos días de lluvia y antiguos ritos, a la que había llegado a amar como si de la suya propia se tratase. Echaba en falta a su hija. A pesar de ser parco en sus demostraciones de afecto, por primera vez en su vida se sentía verdaderamente solo, pero los años pasaban veloces, sedijo, y pronto la tendría de vuelta a su lado. También echaba de menos a su ayudante, el joven Eder. Le había pedido que lo dejara acompañar a sus parientes en el viaje que los llevaría a regiones lejanas y muy diferentes de las suyas.

—¡Podré conocer otras tierras! —exclamó el muchacho, excitado e intentando contagiarle a él su excitación.

Pero él conocía la misión que llevaba a los navarros a servir al rey de Francia; lo había hablado con el vizconde. No le gustaba la idea y hubiera querido explicar a su discípulo la verdadera razón del viaje y lo que se esperaba de ellos.

—El asedio de Montségur se está alargando más de lo previsto

—le informó el señor de Etxauz—. Pierre-Roger de Mirepoix, el hombre del conde de Toulouse, y sus soldados defienden el enclave desde hace meses. El asunto no sólo priva a las tropas francas de la necesaria movilidad, sino que además ha convertido a los asediados en héroes a los ojos de la población.

—¿En héroes? Según lo que vos decís, no hay allí más que unos pocos soldados y varias decenas de herejes, hombres y mujeres.

—Precisamente por eso. Para los habitantes de aquellas tierras, Montségur significa la resistencia a la invasión de los soldados del norte. El rey Luis no sólo pierde tiempo y dinero cada día que pasa, sino también prestigio, y nuestro señor Teobaldo está dispuesto a prestar a su primo todo el apoyo posible. Ya ha enviado soldados y ahora me pide escaladores y artesanos.

—¿Para qué artesanos? —preguntó con ironía—. ¿Piensa construir una catedral en lo alto de una peña?

—Máquinas de guerra, amigo mío; artefactos que es preciso subir, montar y asentar con pericia —afirmó el vizconde sin ocultar su orgullo—. Y es un honor que haya pensado en nosotros.

Él no estaba tan seguro de que la encomienda fuera un honor.

Protegidos por la bula del papa Gregorio IX, los señores francos podían hacerse con las propiedades de los herejes que fueran muertos o hechos prisioneros. Segundones de las familias nobles, caballeros sin fortuna, aventureros y otros de la misma calaña se habían dirigido hacia las ricas tierras del sur en busca del botín, habían asesinado a miles de personas herejes, cristianas y también judías, y se habían apropiado de sus bienes. No era una cruzada, una guerra de religión, como la presentaban los poderes civiles y religiosos, sino una masacre y un robo en toda regla, pero ¿cómo explicárselo a un joven ansioso por salir del rincón en el cual había nacido y se había criado? Tal vez, pensó con más detenimiento, la visión de la guerra fortaleciese el espíritu del muchacho, le hiciese madurar. Por otra parte, deseaba alejarlo de Lepetit. El Bugre había asegurado ser un peregrino y partiría en cualquier momento, ya que el buen tiempo había despejado de nieve los caminos. Ahora se arrepentía. Debería haberse negado y decirle que una guerra no era lugar para una persona dotada con el don de la creación como era él; en ella los hombres mataban a otros seres humanos y se transformaban en alimañas, aniquilaban la belleza de la vida e imponían el terror por la fuerza de las armas, pero no lo hizo.

—¿Elaia Bozat? —escuchó preguntar al vizconde—. ¿La cuñada de Manex, mi maestro carpintero?

—La misma —afirmó el rector.

—Pero ¿qué locuras estáis diciendo? Los Bozat nunca han hecho mal a nadie, jamás se han metido en pleitos.

—No van a la iglesia.

—¿Y qué?

La mirada furibunda del rector y la no menos encolerizada de su acompañante amedrentaron al señor de Etxauz. Ambos podrían informar a Teobaldo y, él lo sabía, el rey era un cristiano ferviente al igual que lo era su primo el rey francés. Si existía alguna duda sobre su ortodoxia, podía ir despidiéndose de sus sueños de llegar a ser algún día uno de los principales caballeros de la corte navarra.

—¿Qué es lo que queréis? —preguntó tras carraspear para aclararse la garganta.

—Juzgar a la hereje —fue la rápida respuesta de Lepetit.

—Interrogar a la mujer... —medió conciliador don Martín—.

Tal vez si hablamos con ella y le hacemos comprender el error en que vive podamos salvar su alma.

—Haced como bien dispongáis.

—¿Tenemos por tanto vuestro permiso para... para hablar con ella?

—Lo tenéis, pero no quiero escándalos. ¿Lo entendéis bien?

Estas tierras llevan mucho tiempo en paz y deseo que continúen igual. Nuestras gentes son sencillas, pero supersticiosas; mezclan sus viejas creencias con las de la verdadera fe, pero no hacen daño

a nadie. No permitiré que ocurra aquí lo que está ocurriendo en otros lugares. Navarra no es Francia.

La referencia a la caza de herejes en tierras francas era clara y Robert fue a responder, pero el rector, que conocía bien al vizconde, le hizo una seña para que permaneciera callado, ambos se inclinaron y salieron con paso vivo de la habitación.

—¡Sólo me faltaba que estos dos vengan ahora a complicarme la vida y se pongan a buscar herejes donde no los hay! ¡Malditos beatos! —exclamó Semeno García furioso consigo mismo.

El maestro constructor no respondió al exabrupto. La imagen de Elaia se fundió en su memoria con la de Madeleine; no se parecían en el físico, pero ambas eran igualmente fuertes. Así como su mujer no había flaqueado ante la muerte, estaba convencido de que Elaia tampoco flaquearía, y tuvo miedo por ella. Las mujeres eran seres extraños, pensó, a los que nunca llegaría a comprender; parecían débiles e indefensas, y sin embargo eran más valerosas que muchos hombres que conocía, empezando por sí mismo.

Días después, don Martín le pidió que acudiera al interrogatorio, pues era conveniente que estuvieran presentes algunas personas respetadas por la comunidad, pero él se negó. No volvería a pasar de nuevo por lo mismo que ya había pasado en el castillo de Teobaldo, se dijo, pero adujo estar muy ocupado y no tener la preparación adecuada para juzgar a nadie. El rector aceptó a regañadientes su negativa y masculló algo sobre la obligación de todo buen cristiano a la hora de defender a su Iglesia y a Dios. No le cupo la menor duda de que el Bugre le había contado lo ocurrido en el monte Aimé. Supo por Luden que Agnés había sido llamada en calidad de testigo, puesto que había ido comentando por ahí lo escuchado durante la visita de Elaia a la casa y alguien había corrido a contárselo al rector en cuanto se conoció la detención de la mujer agote. Agnés no fue capaz de sostener su mirada cuando regresó del interrogatorio, lo cual le confirmó lo

que ya temía: que había repetido las palabras de la acusada sin omitir ninguna.

Cuando el rumor se propagó por la pequeña población, cuando se dijo que Elaia había aparecido ahogada e incluso se insinuó que ella misma había puesto fin a su vida, permaneció encerrado en su habitación con la mirada puesta en las aguas del río y una gran tristeza en el alma.

—Algunos de nosotros hemos permanecido fieles a las creencias de nuestros padres —le había dicho ella durante su conversación junto al fuego— y continuamos siendo parte de la Tierra que nos da la vida, nos alimenta y nos acoge en su seno cuando nuestro tiempo se ha acabado. El cura y otros como él hablan de un lugar en el que arden los cuerpos de los que no creen en sus palabras y de otro por allí arriba —la mujer había señalado hacia el techo— adonde van a parar los que sí lo hacen. Hablan de castigos y premios y de que, algún día, los seguidores de su dios resucitarán para vivir eternamente felices, pero nosotros sabemos que eso no es cierto, que venimos de la Madre y regresamos a ella para nacer de nuevo. Soportan a aquellos de los nuestros que deciden aceptar sus creencias, pero no se fían de ellos y los mantienen alejados. Ningún miembro de mi familia permitirá que le humillen.

—Pero... lo hacen...—aventuró él.

—No. Sólo lo intentan.

Supo con toda certeza, aunque nadie se lo hubiera dicho, que Elaia había sido asesinada, y dicha constatación avivó con fuerza su dolor nunca apaciguado. La maldad de los hombres lo perseguiría hasta el final de sus días, pero estaba dispuesto a huir hasta el fin del mundo si era necesario con tal de escapar de ella.

De los millones de lugares de la Tierra en los que un hombre podía rehacer su vida, había tenido que ser precisamente aquél el elegido por Robert Lepetit para continuar lo comenzado en Champaña. Tal vez era el medio, meditó, del cual se servía el

Todopoderoso para castigar su debilidad; la penitencia por no haberse enfrentado al fraile en su lugar de origen y no haberlo hecho tampoco en la hermosa tierra que los había acogido a su hija y a él.

Había llegado la hora de partir una vez más, pero esta vez iría solo. No se veía con fuerzas para viajar en compañía de Agnés.

Cada vez que la mirase recordaría que, tal vez por su culpa, una persona inocente había muerto de modo indigno. Lamentaba tener que dejar atrás a Lucien; llevaba muchos años a su lado y no podía olvidar que había abandonado su hogar por acompañarlo en su viaje a lo desconocido, pero no dejaría atrás a su mujer, y él tampoco deseaba que lo hiciese. El maestro cantero se había adaptado muy bien en la nueva tierra, había aprendido perfectamente la lengua e incluso su aspecto semejaba al de los naturales; no parecía echar nada en falta y tenía trabajo. Lo recordarían durante algún tiempo, pero luego olvidarían, y eso sería lo mejor para todos. Por su parte, apenas tenía otras pertenencias que sus útiles y herramientas, un par de túnicas, un manto forrado de piel y la arqueta con los restos de Madeleine, pero necesitaba una excusa para emprender la marcha. De manera providencial vino en su ayuda el amigo del vizconde, Sancho de Ursúa, para el cual ya había trabajado en un par de ocasiones.

—Poseo unas tierras al otro lado del puerto —le explicó en una visita que le hizo por sorpresa—, en el valle de Baztán, en las que pacen mis vacas. El clima es allí más benigno que en Baigorri y me gustaría construir una hermosa casa y fundar un mayorazgo.

Sé que andáis muy ocupado, maestro Geoffroi, pero no conozco a nadie tan capaz como vos para dar forma a un sueño. Os ruego que aceptéis el encargo y os trasladéis a aquella zona durante algún tiempo, el que duren las obras. Me ocuparé de encontraros un alojamiento digno y pagaré con generosidad vuestros servicios.

Se hizo de rogar y no demostró el menor entusiasmo para no parecer demasiado ansioso, pero aceptó el encargo cuando el vizconde en persona, presionado por su amigo, le conminó a

hacerlo. Le hubiera gustado esperar el regreso de su ayudante, pero ya habían transcurrido varios meses desde su partida y no había noticia de él ni de los suyos. Quizá, pensó, la encomienda que los había llevado tan lejos les estaba ocupando más tiempo del previsto, o tal vez habían muerto, o habían decidido permanecer en las tierras del Midi... Allí nadie los señalaría con el dedo ni los mantendría apartados. Luego recordó a Elaia. Si los Bozat estaban aún vivos, volverían y él no quería estar presente cuando averiguasen lo ocurrido, pero tampoco quería perder a Eder y encomendó a Luden que le comunicase su paradero en cuanto lo viera. Por si acaso, también pidió a varias personas conocidas que informaran al muchacho y le rogaran en su nombre que acudiese cuanto antes al pueblo llamado Arizkun, al otro lado del puerto.

Pero aún le quedaba algo por hacer antes de despedirse del lugar que había sido su hogar durante los últimos cinco años.

—Cuando el tiempo ha acabado, cuando la Madre llama a los nuestros a su lado —le había dicho Elaia en el curso de la única conversación mantenida con ella—, depositamos sus cuerpos sobre un lecho de ramas al cual prendemos fuego. Velamos durante toda la noche para que el fuego no se apague y después recogemos cenizas y restos y los enterramos en los lugares sagrados.

—¿Y cuáles son esos lugares sagrados? —había preguntado él con curiosidad.

—Las cimas y cuevas de algunas montañas.

—¿Hay alguna por aquí cerca?

La risa alegre de la mujer de los ojos grises había provocado también la suya.

—¡Naturalmente! Esta tierra está llena de lugares sagrados, algunos más que otros. Nuestra familia siempre ha enterrado a sus muertos en el collado de Elorrieta, en Izpegi.

—¿Porqué?

—No lo sé. Tal vez porque está cerca. Enterramos en el collado a mis padres y a los padres de Manex, así que espero que los míos hagan lo mismo conmigo cuando me llegue el turno.

Deseaba de todo corazón que, cuando los Bozat regresaran, hicieran efectivo el deseo de la mujer, la sacaran del mísero agujero en el cual la habían enterrado y la llevaran al lugar donde reposaban sus antepasados.

Una mañana temprano se dirigió hacia el collado de Elorrieta acompañado por un pastor con el cual había hecho cierta amistad porque el hombre se encargaba de procurarle un magnífico queso de oveja, su único vicio culinario. Si el pastor se sorprendió cuando él le pidió que le indicara el camino, no lo demostró y se limitó a caminar por delante, acompasando el paso al de él, poco habituado a la marcha montañera. Al llegar a la campa, Geoffroi comprendió lo que Elaia había querido decir. Aquél era sin duda un paraje en el cual el espíritu podía sentirse en paz. El horizonte se perdía en un mar de montañas, cuyas cimas semejaban a las crestas de las olas. Como si la naturaleza entera supiera que aquél era un lugar de descanso eterno, nada perturbaba su quietud, ni siquiera las aves que lo sobrevolaban en silencio. No era extraño que durante generaciones, pastores y leñadores hubieran incinerado y enterrado allí a sus difuntos. Se imaginó la ceremonia descrita por la mujer, de noche, a la luz de la luna, las llamas ascendiendo hacia el cielo, y escuchó las voces de los deudos anunciando la partida de sus seres queridos. Después cavó un hoyo con la ayuda de su cuchillo y, ante la mirada impertérrita del pastor, enterró en él la arqueta y su contenido; cubrió de nuevo el hoyo, acarició la tierra y se dispuso a emprender una nueva etapa de su ya larga vida.

—La piedra.

Se giró sorprendido hacia el pastor.

—¿El qué?

—La piedra.

—¿Qué piedra?

El hombre se limitó a extender su mano derecha y a señalar las numerosas piedras que parecían emerger de la tierra de forma natural.

—¿Hay que colocar una piedra?

El hombre afirmó con la cabeza y a Geoffroi le dio la impresión de que los ojillos cubiertos por unas espesas cejas sonreían irónicos aunque la boca permaneciera inmóvil. Al observar su confusión y su mirada buscando una piedra, el pastor le hizo un gesto de espera con la mano y desapareció monte abajo para reaparecer un rato más tarde, portando un pedrusco de un codo de ancho por medio de alto que colocó y ajustó encima de la tierra removida poco antes.

—Sirve para indicar a los muertos el camino de vuelta —le informó, y no volvió a hablar en todo el trayecto de regreso a San Esteban.

Por primera vez en todos aquellos años, el maestro de obras durmió durante toda la noche con un sueño tranquilo y reparador.

Sentía en su interior que Madeleine reposaba por fin en paz, en tierra amiga.

Dos días más tarde, emprendía el camino hacia la población de Arizkun, en el valle de Baztán, acompañado por un servidor del vizconde, ambos a lomos de sendos borricos. No hubo adioses; en todo caso algún «hasta pronto», pues todo el mundo estaba convencido de que se marchaba sólo por algunas semanas y de que regresaría en cuanto estuviera acabada la casa del señor de Ursúa, aunque él sabía que no sería así. Divisó el collado desde el

camino y, en su corazón, se despidió para siempre de la madre de su hija.

El noble navarro lo esperaba con los brazos abiertos. La mayor parte de las tierras del valle, le explicó, eran comunales desde mil años atrás, pero él era propietario de treinta acres de tierra privada.

Este hecho lo enfrentaba a los demás vecinos, que reclamaban la comunidad de absolutamente todos los terrenos, pero él no pensaba dar su brazo a torcer.

—La heredad de Ordoki ha sido propiedad de mi familia desde hace varias generaciones y no pienso renunciar a ella. Ya sé que es poca cosa comparada con las tierras que poseo en Baigorri, pero me da igual. Éstas son tan mías como aquéllas; seguiré cobrando el peaje a todo bicho viviente, hombre u animal, que las cruce, y

¡ay de aquel que intente arrebatármelas! Tengo suficientes hombres como para enfrentarme a todo el valle si fuera preciso.

Tras su declaración de intenciones, Sancho de Ursúa pasó a explicarle lo que esperaba de él: una torre de piedra de grandes dimensiones, con un cadalso de madera en la parte superior, que sirviera tanto de vivienda para él y su familia, como de defensa en caso de problemas; una construcción de menor calidad para albergar a sus gentes, y cuadras para el ganado. El lugar elegido se hallaba en un paraje de extraordinaria belleza, rodeado por un bosque de robles, a poca distancia del río. Desde allí podía divisarse la población de Arizkun a la cual se accedía por medio de un puente construido con tablones irregulares.

—¿Con cuántos artesanos cuento? —preguntó el maestro cuando su interlocutor dio por concluida la exposición de sus deseos.

—¿Artesanos?

—Sí, carpinteros y canteros.

El hombre se rascó el cogote, en un gesto habitual en él cuando no sabía qué responder.

—Todos por aquí son agricultores y ganaderos...

—Necesito buenos artesanos para llevar a cabo el trabajo —

insistió Geoffroi con la mente puesta en los excelentes trabajadores encontrados en Baigorri.

—¿No os sirven mis hombres? Hay algunos muy habilidosos entre ellos.

El maestro alzó una ceja. Aquel tosco navarro debía de pensar que construir una casa era un trabajo fácil que cualquiera podía hacer. La vivienda de un pequeño señor rural no era comparable a una catedral, pero él sabía de catedrales que se habían desplomado como si fueran de barro y en ellas habían trabajado los mejores constructores y artesanos durante años; se habían derrumbado bajo su propio peso, matando a decenas de personas. Por un momento pensó con cierta satisfacción que su estancia en aquel lugar no duraría más de un par de días. Si no disponía de hombres, tampoco llevaría a cabo la obra y podría continuar viaje hacia Pamplona para reunirse con Alix, como tenía previsto. La voz del señor de Ursúa le distrajo de sus pensamientos.

—¿Y si logro traer a los artesanos del vizconde?

Miró al hombre. No era tan tosco como parecía y su cerebro funcionaba, al parecer. Estuvo a punto de negarse aduciendo cualquier cosa que se le pasase por la mente, pero no lo hizo. Una sonrisa satisfecha alegró el rostro duro del navarro.

—Pues no os preocupéis porque dentro de unos días los tendréis aquí —añadió dándole unas palmadas en la espalda.

—Sólo necesito a los Bozat, a todos ellos, y a algunos de los canteros —replicó Geoffroi, distanciándose unos pasos del de

Ursúa y de sus familiaridades—. Los aprendices del maestro Lucien bastarán —añadió con presteza.

No quería volver a ver a éste ni a su mujer. Ya se había despedido de ellos y esperaba que la despedida fuera definitiva.

Cuantas menos cosas lo ataran al pasado, mejor. Además, sin él a su lado le sería más fácil disponer la continuación del viaje hacia la capital del reino y no tendría que inventarse nuevas excusas. Se acomodó en el pueblo, en la casa de una familia deudora del señor, donde le cedieron el único dormitorio existente, y se dedicó a realizar los dibujos y la maqueta de la nueva construcción a la espera de la llegada de los artesanos y, en especial, del joven Eder.

Semeno García sabría dónde encontrar a los Bozat.

P

or segunda vez en su vida, Oriol recorrió la distancia entre San Esteban y Xuhitoa. No lo hacía por gusto y de buena gana habría delegado el asunto en alguno de los otros servidores, pero el vizconde había sido muy claro; le había encomendado el encargo a él personalmente y no le había quedado más remedio que obedecer. ¿Con qué cara le recibirían los Bozat? Todos en el valle conocían su regreso a comienzos del verano y su reacción al conocer la muerte de Elaia; se habían llevado el cuerpo de la mujer, probablemente para enterrarlo a la antigua usanza, y después habían vuelto a su vieja cabaña. También se negaron en redondo a trabajar de nuevo para el señor o para cualquier otro. En un principio, Semeno García había amenazado con echarlos de sus propiedades, y Xuhitoa le pertenecía, pero luego pareció pensarlo mejor y ordenó que se les dejara en paz. Tal vez, meditó Oriol, su señor sentía algún remordimiento por haber permitido que el hombre llegado del norte interviniera en sus asuntos y, más aún, por la extraña muerte de una de sus vasallas. El vizconde era un hombre religioso, pero no apreciaba a los clérigos, y Oriol estaba seguro de que, en el fondo,

se alegraba de que existieran en su tierra gentes como los Bozat, fieles a las antiguas creencias que sacaban de quicio al rector.

De todos modos, tampoco él tenía la conciencia demasiado tranquila. A fin de cuentas, fue el encargado de detener a Elaia y llevarla a la torre. Recordó la primera vez que la vio, en la cabaña, y la impresión que le había causado, tan arrogante y con aquellos ojos grises que parecían cuentas de vidrio. En algún momento pensó requerirla en amores, pero no se atrevió. Podía contagiarlo si en verdad sufría la terrible enfermedad de la que hablaba el rector y, por otra parte, no estaba muy seguro de que los carpinteros fueran a aceptar dicha relación, y él no deseaba enfrentarse con ellos. Este pensamiento le trajo otro: los Bozat también conocerían su participación en el hecho y lo acusarían de haber sido el culpable de la muerte de la mujer y, quién sabía, incluso podrían acabar con él en un santiamén como venganza. El sudor provocado por la cabalgada se le heló en la piel al imaginar lo que serían capaces de hacer con él aquellos hombres, duros como las hojas de sus hachas, y estuvo a punto de dar media vuelta. Prefería enfrentarse a la cólera del señor de Etxauz que a los leñadores, pero prosiguió su camino.

El lugar no había cambiado ni un ápice y la cabaña seguía en pie. Esta vez, en previsión ante cualquier eventualidad, decidió no apearse del caballo; llamó a voz en grito a Manex Bozat y esperó.

Nadie respondió a su llamada y llegó a pensar, con cierto alivio, que él y los suyos no se hallaban allí, y probablemente tampoco se encontraban ya en Baigorri. Iba a marcharse cuando lo vio aparecer entre los árboles y tuvo que tragar saliva varias veces.

Con el enorme corpachón cubierto por una chamarra de piel de lobo, la larga cabellera y la barba espesa, ambas de color gris, y el hacha sobre el hombro, creyó estar viendo al mismísimo Basojaun, el señor del bosque, del cual hablaban las gentes. No conocía a nadie que hubiese tenido la oportunidad de contemplarlo alguna vez, pero las historias que se contaban sobre él ponían los pelos de punta. Se decía que era un gentil, un gigante pagano, como los que habitaban aquellas tierras mucho antes de que

aparecieran los primeros seres humanos, y que mataba a todo cristiano que se interpusiera en su camino. El hombre se plantó delante del caballo y miró a Oriol con el ceño fruncido; sus hermanos e hijos llegaron tras él y también se lo quedaron mirando con rostros adustos. Durante un instante, Oriol sintió verdadero terror; estaba paralizado y era incapaz de moverse.

—Nuestro señor Semeno García —logró por fin decir con voz temblorosa— os ordena..., os ruega que os dirijáis a la heredad de Ordoki, en la población de Arizkun, en el valle de Baztán, al otro lado del puerto. El maestro Bisol reclama vuestra presencia allí para llevar a cabo unos trabajos de construcción para el señor de Ursúa.

No esperó respuesta alguna, giró su montura y salió disparado a galope tendido. Había cumplido la orden y lo que ocurriera después ya no era asunto suyo.

Los Bozat lo vieron alejarse y se miraron sorprendidos. Desde su regreso a Xuhitoa no habían tenido relación con ninguna persona, excepto con un servidor del vizconde que, en una ocasión, había aparecido por allí para comunicarles que el señor reclamaba su presencia para proseguir con los trabajos pendientes desde su marcha al este.

—Dile a tu señor que busque carpinteros en otra parte —

respondió Manex—. Nosotros ya no trabajaremos para él. Y si vuelves a aparecer por este lugar, yo mismo me encargaré de clavar tu miserable cuerpo en el tronco de un árbol para que sirva de alimento a los lobos.

El servidor huyó aterrorizado y nadie más había vuelto para molestarlos. La presencia de Oriol y, sobre todo, el mensaje que les había traído los dejaron momentáneamente aturdidos. Desde su regreso a Xuhitoa habían evitado cualquier encuentro con otras personas; no habían bajado ni una sola vez a Anauz y se alimentaban a base de caza, pesca y frutos silvestres, pero sabían que no podrían continuar en la misma situación. A fin de cuentas,

no poseían nada más que sus manos para trabajar, pero tampoco podían cortar los árboles del vizconde ni vender leña o vigas para la construcción sin su autorización. Antes o después el señor reclamaría lo que era suyo y ellos tendrían que marcharse a otro lugar, pero ¿adonde? La posibilidad de cruzar el puerto e ir al valle vecino para trabajar con el maestro de obras a quien todos ellos apreciaban podría ser la solución que buscaban. Nada tenían y nada dejaban atrás, así que al día siguiente cerraron una vez más la puerta de la cabaña y encaminaron sus pasos hacia el puerto, sin atravesar San Esteban. En la memoria de todos, el nombre de la población iría irremisiblemente unido al de Elaia y su injusto final.

Durante los primeros días, tras el regreso de las tierras del este y el conocimiento de lo ocurrido, Eder no supo muy bien dónde se hallaba, no podía centrarse. Su primera reacción fue, al igual que la de sus parientes, renegar del mundo que conocía, escapar lo más lejos posible. También se le ocurrió ir en busca del extranjero que había destrozado sus vidas y cortarle la garganta con su propio cuchillo, aunque él también muriese en el intento o fuese encarcelado por los hombres del vizconde. Los días transcurridos en la soledad de Xuhitoa habían calmado sus ánimos y la pena había ocupado el lugar de la ira. También había ayudado ver al padre sereno. Sabía, todos sabían, lo que la tía Elaia había representado para él tras la muerte de su madre y lo mucho que la quería, pero ni una palabra de odio o venganza salió de su boca.

Cuando el joven pudo al fin razonar, su primer pensamiento fue para el maestro constructor. No volvería a verlo porque nunca pondría los pies en San Esteban, de eso estaba seguro, pero lamentaba no continuar con el aprendizaje. El maestro le había mostrado un mundo apasionante y había soñado con poder llegar a ser tan buen constructor como él, pero ahora todo había acabado.

Su vida transcurriría en Xuhitoa o en algún lugar parecido talando árboles. Con un poco de suerte, el padre se pondría de acuerdo con algún artesano de los alrededores y le buscaría mujer. Antes de los penosos acontecimientos, había llegado a un acuerdo con un artesano carpintero de Arrosa y concertado la unión de Donat y Andeia, la hija del hombre. Deseaba lo mejor a su hermano, pero

él quería algo más; quería ver mundo, aprender el arte de construir, esculpir la piedra, hacerse respetar. Ahora, después de creer que todo estaba perdido, la fortuna se aliaba a su suerte y la excitación iba apoderándose de él cuanto más se acercaba a su destino; notaba los pies ligeros y el corazón alegre como no lo había estado desde antes del invierno y marchaba un buen trecho por delante de los otros, ansiando ser el primero en contemplar la tierra donde los esperaba su maestro.

Se detuvieron en la primera población que encontraron al bajar el puerto. Daba la impresión de ser un lugar próspero, de casas recias y bien cuidadas, huertos repletos y animales abundantes.

Manex se dirigió a un labrador de piel tostada y arrugas en el rostro.

—¿La heredad de Ordoki, en Arizkun? —preguntó tras haberle deseado la paz.

El hombre no respondió al saludo, los miró con desconfianza y se limitó a señalar hacia delante; después dio media vuelta y se adentró en una hermosa casa de piedra y madera. Pensaban detenerse a descansar un rato, lavarse la cara y las manos, comer algo, reponer fuerzas, pero la fría acogida y las miradas igualmente desconfiadas con las que se toparon les hicieron desistir, y decidieron proseguir su camino. La propiedad del señor de Ursúa no podía estar muy lejos. Allí tendrían tiempo de recuperarse y comenzar una nueva vida, así que más valía no entretenerse y apresurar el paso para llegar mientras hubiese luz.

—¿La heredad de Ordoki? —preguntaron a una mujer al llegar a la siguiente población después de caminar algo menos de una legua.

La mujer tardó en responder. Los observó con atención y ellos pudieron leer en sus ojos la misma desconfianza que en los del labrador anterior.

—¿A quién buscáis? —preguntó al fin, sin responder a la pregunta.

—Al maestro de obras del señor de Ursúa.

—No está allí.

Los Bozat la miraron sin comprender.

—¿No está? —preguntó de nuevo Manex—. Nos habían dicho...

—Vive en esa casa de ahí enfrente —le interrumpió la mujer, al tiempo que señalaba una edificación a unos pasos del lugar donde se encontraban.

Manex fue a darle las gracias, pero la mujer siguió su camino sin molestarse siquiera en despedirse. Poco después el maestro Geoffroi en persona los recibía con exclamaciones de alegría en la cálida cocina de sus anfitriones. Éstos no parecieron sorprenderse ni molestarse por la súbita presencia de los cuatro hombrachones y el muchacho que no dejaban espacio para moverse; era como si los hubieran estado esperando. La pareja, un hombre y una mujer entrados en años, sonrió y salió discretamente para dejarlos solos tras invitarles a servirse de la olla colgada sobre el hogar e indicarles que aquella noche podrían dormir en la cocina puesto que ellos la pasarían en la casa de una de sus hijas.

—¡Mis buenos amigos! ¡Mis buenos amigos! —exclamó Geoffroi abrazándolos por turno—. ¡Estáis aquí!

—Recibimos vuestro encargo y hemos venido —respondió Manex incómodo por los efusivos ademanes del constructor.

—¡Eder! ¡Muchacho! ¡Te has hecho un hombre en estos meses! —prosiguió Geoffroi sin poder contener su emoción.

—Me alegro mucho de volver a veros, señor.

La emoción del joven era parecida a la que manifestaba el maestro, pero por nada del mundo mostraría sus sentimientos ante los demás miembros de su familia. No era la costumbre.

—Venid aquí, junto al fuego. Tendréis hambre, servios sin miedo, Matías y su mujer son muy buena gente y se sentirán ofendidos si no aceptáis su hospitalidad. ¡Comed! ¡Comed!

Los cinco Bozat se sentaron en los bancos de madera dispuestos a ambos lados de la lumbre, se sirvieron el potaje de la olla y comenzaron a comer en silencio. Sentían un nudo en la garganta. Tenían hambre de comida, pero también de afecto, y era la primera vez en mucho tiempo que alguien se alegraba de volver a verlos.

Pasaron media noche hablando, una vez llenos los estómagos y alentados por el rico licor de endrinas de la garrafiña de barro que el dueño de la casa había dejado a su alcance con un guiño cómplice dirigido a Geoffroi. La parquedad habitual de Manex y de sus hermanos dio paso a sentimientos expresados en voz alta: la aventura en las tierras del este, el estupor al ver quemadas vivas a decenas de personas, el dolor al regresar y no encontrar a Elaia, el robo de su cadáver para llevarlo a Elorrieta y la decisión de no trabajar nunca más para el vizconde, a sus ojos, último responsable de la suerte corrida por su querida parienta...

—También fue ésa una de las razones por las cuales yo abandoné Bagorri —confesó el constructor, aliviado al saber que Elaia se hallaba en paz al igual que Madeleine—, y tampoco pienso regresar. ¡Bueno! Deberíamos descansar un poco, mañana me gustaría comenzar los trabajos. Cuanto antes empecemos, antes acabaremos, y yo podré proseguir mi viaje hacia Pamplona para reunirme con Alix.

Eder había participado en la conversación, y también había permanecido callado durante parte de ella. Disfrutaba escuchando hablar a su padre y al constructor. Los dos eran hombres de edad; tenía mucho que aprender de ellos y los admiraba a cada uno por

su valía, pero las últimas palabras del maestro paralizaron sus músculos y fue incapaz de moverse del asiento cuando los demás se levantaron.

—Alguno de vosotros puede dormir en la misma habitación que yo. Me temo que este espacio sea algo menguado para unos hombres de vuestra corpulencia —rió Geoffroi antes de salir de la cocina.

—No os preocupéis, ya nos las apañaremos —respondió Manex con una sonrisa—. No será la primera vez que dormimos todos amontonados.

—Como queráis. Hasta mañana entonces.

El constructor se dirigió al cuarto mientras los Bozat calculaban el espacio. En un rincón había un catre ancho para dos cuerpos, pero supusieron que sería el de los dueños de la casa que tan amablemente los habían acogido y prefirieron tumbarse en el suelo, envolviéndose en unas mantas apiladas sobre un arcón en el ángulo contiguo al catre. Momentos después, los ronquidos de los cuatro adultos llenaban la cocina.

Eder esperó un rato más y luego se deslizó fuera sin hacer ruido, como le habían enseñado a moverse para cazar liebres, y golpeó suavemente con los nudillos en la puerta que se abría al otro lado del pasillo.

—Esperaba que vinieras.

Geoffroi abrió enseguida, con el rostro sonriente y un candil en la mano.

—No sabía si ya dormíais...

—Sabes que apenas duermo, pasa.

La luz del candil iluminaba una habitación humilde, sin muebles, excepto una cama y un arcón para las ropas. Bajo la ventana, cubierta con una madera, el constructor había montado una mesa con un tablón y dos caballetes. Encima del tablón, el joven pudo ver una maqueta de obras y sus dos figuras, la de madera y la de piedra, a ambos lados. Sonrió.

—No iba a dejarlas allí a merced de cualquiera —dijo Geoffroi, sabedor de lo que en aquellos momentos pasaba por la mente de su discípulo—. Me alegro de que volvamos a estar juntos. Aún te queda mucho que aprender.

—Habéis dicho que al acabar aquí, partiréis hacia Pamplona...

—Sí, y espero que me acompañes.

Eder regresó a la cocina poco después y se tumbó junto a su hermano. Le costó dormirse a pesar de lo muy cansado que se sentía y, cuando lo hizo, la sonrisa no se había borrado aún de sus labios.

La construcción de la torre y de las casas del señor de Ursúa comenzó en cuanto los discípulos de Lucien, cuatro jóvenes bien dispuestos, llegaron a Arizkun. Para entonces, los carpinteros ya habían construido para albergarlos una pequeña chabola de madera a menos de media milla del lugar de la obra, en la ladera de una pequeña elevación. Ajuicio de Manex, aquél era el mejor lugar de toda la heredad porque se hallaba protegido de los vientos, tenían sol desde antes del mediodía hasta casi la caída de la tarde y el río estaba a dos pasos. Le parecía increíble que nadie se hubiera percatado de ello. El propio señor había elegido un lugar sombrío, rodeado de robles, para edificar su vivienda, pero él se cuidó mucho de hacerle alguna observación el día que el maestro hizo las presentaciones. ¡Allá él si prefería esconderse entre los árboles! También construyeron una chabola para ellos mismos al lado de la otra. Siguiendo su costumbre, fabricaron una mesa, un arcón y útiles para comer, todo ello de madera. No sabían lo que harían una vez finalizadas las obras, pero era su

forma de vivir: instalarse lo mejor posible allí donde estaba el trabajo, no pensar en el futuro, vivir el día a día con los pies sobre la tierra, sin sueños vanos difícilmente alcanzables.

Al igual que había ocurrido en Baigorri, Geoffroi pidió a Manex que dejase a su hijo pequeño vivir con él.

—Quiero continuar con su aprendizaje —le dijo, y añadió tras una pausa—: Y necesito compañía. Los años comienzan a pesar y la soledad es mala compañera para un viejo.

El carpintero aceptó con un ademán afirmativo. Bien sabía él lo que era sentirse solo a pesar de estar siempre acompañado por sus hermanos e hijos, cuánto más en el caso del constructor, sin una mujer a su lado, sin su hija y sin el amigo cantero que lo había acompañado durante tanto tiempo. Eder no era como ellos, eso lo había notado desde que el muchacho era un niño. Era igual que su madre, tenía sus mismos ojos de mirada ensoñadora, su mente se perdía en proyectos ilusorios y podía transformar una madera o una piedra en algo inútil pero bello. Tampoco era tan fuerte como ellos y nunca sería un buen leñador. Tal vez su destino no estaba entre los suyos, tal vez la Madre había previsto algo distinto.

Aceptó, esta vez sin resquemor, y deseó en su fuero interno haber acertado aunque su decisión alejara de él a su hijo para siempre.

Dos inviernos más tarde la torre, las casas y las cuadras estaban finalizadas a gusto del propietario, quien se instaló en la vivienda con su familia y sus hombres. Geoffroi se alegró. Por fin podría viajar a Pamplona para reunirse con Alix. En breve cumpliría dieciséis años y ya era hora de abandonar el convento.

Tanto el señor de Etxauz como el de Ursúa habían pagado generosamente sus servicios y disponía de suficiente dinero para instalarse donde mejor le apeteciera a la espera de que fueran requeridos sus servicios. Además, sabía por Sancho de Ursúa que Teobaldo deseaba transformar Navarra, construir, dotarla de iglesias, palacios y puentes. En el fondo, le confesó un día su anfitrión, el rey consideraba que su reino era un tanto rústico,

quería pulirlo, introducir, en una palabra, el savoir vivre de la corte francesa.

—Sabréis que su padre murió antes de que él naciera y fue educado en París, en el propio palacio real...

Geoffroi no respondió. Sabía todo lo que había de saberse sobre Teobaldo, pensó, y bastante más que muchos. El monarca era atractivo de cuerpo, valiente en la batalla y un consumado poeta. Sus composiciones eran famosas en toda Europa; estaba considerado como uno de los mejores trovadores de su tiempo y sus canciones se cantaban a lo largo de la ruta compostelana. Años atrás, él también llegó a admirar al joven conde capaz de enfrentarse a su tío y tutor, el difunto rey de Francia, padre del actual. Lo defendió cuando malas lenguas rumorearon que había tenido que ver con la muerte de aquél debido al amor que sentía por la reina, Blanca de Castilla, a quien había dedicado sus poemas más apasionados. A la gente le gustaba hablar y Teobaldo tenía enemigos poderosos en la corte. Su admiración se consumió, sin embargo, al mismo tiempo que los cuerpos de los infortunados que ardieron en el monte Aimé un día de primavera.

—Tiene gustos muy refinados —prosiguió Sancho de Ursúa—

y sé que ha llamado a constructores francos y alemanes para llevar a cabo sus proyectos. También los hombres ricos y los comerciantes acaudalados, en su mayoría de procedencia francesa, desean disponer de bellas mansiones en piedra. Ya sabéis que la casa es signo de poder.

Geoffroi hizo una mueca irónica al escuchar el último comentario del navarro. Construía catedrales, palacios y mansiones para los ricos, y él ni siquiera poseía una habitación en propiedad. Todo su haber se hallaba en su cabeza y en sus manos, y nada tendría el día que éstas comenzaran a fallar, nadie se acordaría de él. Así era la vida; las construcciones se alzaban para mayor gloria de obispos y señores, y sólo en contadas ocasiones se recordaba el nombre de los maestros que las habían hecho posibles.

—¿Pensáis residir de manera permanente en la heredad? —

preguntó en un intento por ahuyentar el pesimismo.

—Me gustaría. Éste es un lugar tranquilo y hermoso, pero no sé... Hay que cultivar las tierras y criar ganado, y las gentes de este valle son muy orgullosas. Aparte del asunto que me enfrenta a ellas por la posesión de terrenos no comunales, será difícil encontrar collazos. Aquí tienen a gala no ser vasallos de nadie, ni trabajar para otros que no sean ellos mismos.

Una idea afloró a la mente de Geoffroi, tan rápida que incluso él se sorprendió. Eder y él habían hablado mucho sobre su próxima partida hacia el sur, pero también sobre la situación de la familia del muchacho. Una vez finalizados los trabajos, los Bozat tendrían que marcharse de allí y no tenían adonde ir. Le había parecido notar que el joven vacilaba, que sus intenciones de acompañarlo perdían fuerza cuando mencionaba el futuro incierto de los suyos, como si sintiese que de algún modo los estaba traicionando.

—Proponed a los artesanos que permanezcan en vuestras tierras —dijo Geoffroi sin énfasis, para no dar la impresión de que el asunto le interesaba especialmente—. Pueden ocuparse de los cultivos y de los animales y, además, de la tala de los árboles, la fabricación de mobiliario y también del arreglo de la techumbre o de la torre cuando sea necesario...

—¿Creéis que aceptarían?

—Nada se pierde con probar.

Los canteros prefirieron regresar a San Esteban, pero los Bozat aceptaron a condición de que se les permitiera tirar las chabolas y construir una casa para vivir en mejores condiciones. El señor de Ursúa lo pensó durante algunos días y finalmente aceptó, pero dejó bien claro que únicamente podrían vivir allí los presentes y sus parientes más cercanos, no permitiría la llegada de nuevas familias; la casa no tendría más de veinte pasos de ancho por otros

veinte de largo, aunque podría disponer de dos alturas; sería de su propiedad y podría desalojarla cuando le viniera en gana. Pagaría por los trabajos de construcción realizados, pero el cultivo de su tierra y el cuidado de su ganado sería el pago de los artesanos por permanecer en la heredad; podrían disponer de una pequeña huerta para su propio consumo, un cerdo y media docena de gallinas.

—Los árboles también me pertenecen —añadió—. Deberéis pedirme permiso y abonar su precio antes de talar uno de ellos para servicios que no tengan nada que ver con Ordoki. En caso de que alguno de vosotros pretenda construir para otros, también deberá pedir permiso y compartir conmigo los beneficios.

Las condiciones eran duras, pero la vida en Baigorri también lo era. ¿Qué más daba un lugar que otro? En Baztán, al menos, tendrían una oportunidad para mejorar su situación; aquí nadie los conocía y no tendrían que soportar las miradas displicentes de los vecinos, ni las ofensivas palabras en su contra del rector del lugar.

A pesar del intenso deseo que sentía por volver a ver a su hija, el maestro de obras permaneció en Arizkun aún unos meses. Lo hizo por Eder, para que el muchacho pudiese acompañarlo con la conciencia tranquila, sin nubes en el corazón. Ayudó a los artesanos a edificar la casa, pequeña pero sólida, y se sintió ampliamente recompensado cuando observó la satisfacción de Manex al penetrar en ella. Por primera vez, los Bozat disponían de una vivienda con los bajos de piedra y tejas en el tejado en lugar de tablas.

—¿Cómo la llamarás? —le preguntó con una sonrisa.

—¿Llamarla?

—Sí. Según tengo entendido, en estas tierras las casas tienen nombre propio.

—Las que son de propiedad —afirmó el hombre con brusquedad.

—Ésta lo es, al menos por ahora —afirmó Geoffroi sin perder la sonrisa.

Manex abandonó su postura adusta y también sonrió.

—Bozatenea.

—¿Bozatenea?

—Sí. «La casa de Bozat.»

Transcurrido el invierno, Geoffroi y su discípulo aparejaron dos caballos de pequeña alzada adquiridos por el primero y emprendieron el camino hacia Pamplona.

—Regresa si no encuentras lo que buscas —le dijo el carpintero a su hijo— y, si lo encuentras, ven a vernos de vez en cuando. Ocurra lo que ocurra, recuerda que nosotros somos tu familia.

No hubo abrazos de despedida; sólo un empujón cariñoso de Donat y unas palmadas de los tíos dándole ánimos. Dejó en la casa la imagen de piedra para que los suyos lo recordasen al verla, pero guardó la de madera en el morral; tenía una querencia especial por ella. Se giró varias veces a medida que se alejaba y los vio empequeñecer hasta desaparecer, ocultos por los árboles.

Al día siguiente, se presentó en la torre una comisión formada por varios hombres para protestar por la edificación de la casa de los artesanos y exigir su demolición. El valle, recordaron, tenía derecho de hidalguía desde los tiempos del rey Sancho III el Mayor; únicamente eran hidalgos los nacidos en él y sólo ellos podían construir casas.

—En mis tierras soy yo el único amo —fue la respuesta de Sancho de Ursúa— y se construye lo que se me pone en los cojones.

El encuentro duró menos que un pedazo de pan en las manos de un mendigo y acabó entre insultos y amenazas por ambas partes.

—Apelaremos al rey —afirmó el que parecía llevar la voz cantante, un tal Juanes Lópiz de Garaia, el mayor propietario de ganado de Arizkun.

—Apelad también al Papa si queréis. En mis propiedades se hará únicamente lo que yo disponga.

—¡Jamás permitiremos que unas gentes que se dedican a los trabajos manuales lleguen a considerarse nuestros iguales! —

amenazó el hombre.

—¡Ya los buscaréis —gritó Ursúa en el mismo tono— cuando vuestras casas se caigan de puro viejas y os entre el agua por los agujeros!

—Decidles que no den ni un paso fuera de esta heredad porque si no, lo pasarán mal —fue la última advertencia.

—¡Al diablo con vosotros! —fueron también las últimas palabras de Sancho de Ursúa antes de penetrar en la torre y ordenar a sus hombres que «acompañasen» a los enviados hasta los lindes de su propiedad.

Manex Bozat fue testigo del encuentro puesto que la discusión había tenido lugar en el exterior de la torre. Los gritos y voces llegaban lejos y él se había aproximado al escuchar el alboroto presintiendo que algo malo estaba ocurriendo. Al regresar, no respondió a las preguntas de los demás y se sumió en un silencio que duró días. Nada había cambiado, se dijo, allí donde fueran siempre serían mal recibidos. Se alegró de que Eder hubiera partido lejos, en pos de sus sueños, y rogó a la Madre para que protegiera a su hijo más joven.

La noticia de la presencia en el valle de gentes llegadas de Baigorri que habían construido su propia casa corrió más rápida que el viento. El concejo del valle se reunió para pronunciarse al respecto. Desde que podían recordar, nunca se habían permitido otras edificaciones que las pertenecientes a las familias asentadas en Baztán. Únicamente tenían ese derecho los baztaneses de nacimiento e iba contra la tradición no escrita del valle. Para azuzar más el fuego de la discordia, un pastor del otro lado de los montes comentó que los carpinteros que trabajaban para el señor de Ursúa eran leprosos, descendientes de leprosos.

La comisión enviada para parlamentar con el señor de la torre regresó para dar noticia del fracaso de su misión. Otra delegación fue enviada a hablar con el senescal que, en nombre del rey, regía el país en ausencia del monarca. El noble los escuchó con atención, pidió asesoramiento y declaró que nada podía hacerse.

Según las leyes del reino, el señor de Ursúa era propietario y podía hacer en sus tierras lo que bien se le antojara siempre que no menoscabase los intereses reales, y no había menoscabo alguno en el hecho de contratar hombres para cuidar del ganado y permitirles construir viviendas, pues en algún sitio tenían que vivir.

El representante enviado a San Esteban de Baigorri para conocer de primera mano quiénes eran aquéllos volvió horrorizado.

—El rector me ha dicho que, en efecto, son leprosos. Él los ha llamado leprosos espirituales, que viene a ser lo mismo. También ha afirmado que no son verdaderos cristianos. Algunos todavía son paganos y también hay entre ellos gentes heréticas llegadas del este a las que llaman «crestias», que no creen en la Virgen ni en los sacramentos.

Durante algunos días, grupos de personas más o menos numerosos se apostaron en la orilla del río, al otro lado del puente de tablas, y lanzaron gritos contra los recién llegados y contra el señor de Ursúa, pero los hombres de este último los amenazaron con sus ballestas y la cosa quedó ahí por el momento.

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