El Verdugo De Dios
París 42
París
D
espués del asunto del monte Aimé, Robert Lepetit ya no tuvo ninguna duda de haber sido elegido por la Divina Providencia como brazo ejecutor de su justicia. Su triunfo había sido el triunfo de Dios. Erradicaría la herejía de las tierras de Francia, perseguiría a los herejes y a todos los que pusieran en duda la doctrina de la Iglesia de Roma, se adentraría en sus madrigueras y no descansaría hasta ver arder sus cuerpos corrompidos por el pecado.
Todos los días daba gracias al Señor por haberle hecho recobrar la cordura a tiempo. Cada vez que recordaba su acaloramiento, su obcecación por aquella mujer, una cátara, una hereje, que le había hecho olvidar sus obligaciones y renegar de su fe, le invadía un odio frenético hacia ella y los suyos. Al mismo tiempo, sentía un deseo sexual desbocado y únicamente era capaz de apaciguarlo fustigando su espalda desnuda con unas zurriagas cuyas tiras de cuero se habían vuelto rígidas como la piedra debido a la sangre reseca.
La había conocido en la Escuela de la Catedral, recién tonsurado fraile dominico, a la cual acudía para escuchar las lecciones de su maestro, un canónigo, experto teólogo y filósofo.
Unas pocas mujeres asistían también, en calidad de oyentes. Eran familiares de personajes ilustres o de los propios oradores, y ocupaban un lugar en un balconcillo lateral, abierto al aula magna donde se impartían las lecciones. Desde su asiento podía verlas perfectamente, sin obstáculos por medio. Quedó prendado de Lionor la primera vez que sus miradas se cruzaron y ya no pudo apartar la vista de ella. Jamás en su vida había contemplado un rostro tan perfecto en un ser humano, ni tan bello. No tardó en
averiguar que era sobrina del canónigo e inventó las disculpas más disparatadas para visitar a éste y poder así entrever a la mujer que le robaba el sueño. Sus esfuerzos dieron el fruto deseado y logró ser admitido en el pequeño y selecto grupo de estudiantes a los cuales el canónigo impartía lecciones particulares en su propia casa. Lionor solía estar presente en dichas ocasiones y él tenía que hacer esfuerzos sobrehumanos para permanecer atento y responder a las preguntas del maestro sobre la materia impartida. Soñaba con ella, se la imaginaba desnuda y, a pesar de las disciplinas, no podía quitársela de la cabeza. Nunca mantuvieron una conversación en privado y nada en la actitud de la joven mostraba que estuviera más interesada en él que en cualquiera de los otros estudiantes, pero para el fraile todas sus miradas, gestos o sonrisas eran promesas de amor, de deseos no confesados, de goces carnales.
Un día se sorprendió al no verla en el balconcillo y tampoco en casa del canónigo cuando acudió a la siguiente lección.
Aparentando simple cortesía, preguntó si la joven se hallaba enferma o indispuesta, ya que una epidemia de viruela tenía atemorizada a la población parisiense desde hacía semanas.
—Lionor está bien —respondió el canónigo—. Partió hace ya una semana hacia Milán.
—¿Milán? ¿En Italia? —interrogó el fraile estupefacto.
—Sí, ha ido a visitar a una hermana de su madre que matrimonió con un comerciante de aquella ciudad.
—¿Piensa permanecer mucho tiempo alejada de París? —
preguntó de nuevo, tratando de hablar en un tono neutro para no desvelar la angustia que sentía en aquellos momentos.
—Me temo que sí...
El canónigo no le dio más explicaciones y él no se atrevió a insistir. El hombre parecía preocupado por algo más que la simple marcha de su sobrina.
Durante varios meses, Robert intentó luchar contra sus deseos y centrarse en los estudios. Su prior esperaba grandes cosas de él; era un joven inteligente y le instaba a aprovechar todas las oportunidades para conocer las Sagradas Escrituras a fondo, aprender a rebatir la herejía y desenmascarar a los enemigos de la Iglesia, pero él era incapaz de olvidar a Lionor. Una mañana salió para la escuela y no regresó al convento, se desprendió de su hábito, se hizo con unas ropas de romero y emprendió el camino hacia Italia, acogiéndose a todos los monasterios del camino que llevaba a la ciudad santa de Roma. Al llegar a Turín, abandonó al grupo con el cual había realizado la mitad del trayecto y se dirigió a Milán. Allí mendigó e, incluso, robó para poder comer, pero no cejó en su empeño. Con el cráneo tonsurado nuevamente cubierto de cabellos y la barba espesa, apostado junto a la catedral, vagabundeando por la plaza del mercado o recorriendo arriba y abajo las rúas de los comerciantes, su mirada seguía a todas las mujeres jóvenes que apercibía aunque fuera de lejos.
La vio una tarde de enero. Estaba medio muerto de frío y de hambre y apenas le quedaban fuerzas para andar, pero la siguió hasta una casa en la que ella penetró después de haber golpeado en la puerta dos veces con los nudillos. Él hizo lo mismo, golpeó dos veces con los nudillos y esperó. Fue la misma Lionor quien le abrió la puerta y, al verla, cayó exhausto al suelo. Cuando despertó estaba acostado en una cama que olía a romero, en una habitación pequeña y caldeada por un pequeño braserillo de carbón. No sabía dónde se encontraba, estaba tan débil que no podía siquiera mover sus brazos ni sus piernas y creyó hallarse en el cielo cuando vio al objeto de sus deseos inclinarse sonriente sobre él y preguntarle si se encontraba mejor.
Su recuperación le llevó tiempo, pero a él no le habría importado que hubiera durado mucho más. Era mimado como no lo había sido en toda su vida por personas amables que se desvivían por atenderle, y la mujer amada lo visitaba todos los días y se preocupaba por él. No lo había reconocido. Era difícil reconocer en aquel hombre de largos cabellos y barba tupida al
fraile tonsurado y rapado, embutido en el hábito dominico, que había tenido ocasión de frecuentar en casa de su tío el canónigo, y él no se dio a conocer. A medida que mejoraba, comenzó a dar unos pasos y a participar en la vida familiar de sus protectores. Le causó desazón darse cuenta de que Lionor no vivía allí, pero le tranquilizó constatar que ella acudía todos los días sin faltar uno y quiso pensar que lo hacía por él. Pronto averiguó el motivo de la presencia de la joven en la casa; de ella y de un buen número de personas que también la frecuentaban.
Aquellas gentes que hablaban de paz, de amor entre los seres humanos, de compartir las posesiones, de ayudar a los pobres y desvalidos de la Tierra, formaban parte de un grupo de buenos creyentes, de cátaros. El descubrimiento lo dejó anonadado. Su primera reacción fue hablar con Lionor, explicarle el peligro que corría y confesarle su pasión por ella, una pasión que le había llevado a romper sus votos religiosos, pero lo pensó mejor al constatar el brillo de su mirada cuando escuchaba las pláticas del que parecía ser el jefe del grupo, un tal Bernardo. Optó entonces por esperar un momento más oportuno y, mientras tanto, fingió ser él también un «hombre bueno», nombre que se daban a sí mismos los heréticos. Su devoción y entrega fueron tales que, al cabo de los meses, pasó a ser la mano derecha de Bernardo. Su conocimiento de las Sagradas Escrituras, así como la práctica de la predicación adquirida en el convento y el arte de la retórica aprendido con el canónigo, tío de su amada, lo convirtieron en un elemento valioso de la pequeña comunidad milanesa. Llegó incluso a alcanzar la categoría de elegido o apóstol, nombre con el que se reconocía a los sacerdotes de la Iglesia de los Creyentes tras recibir el consolamentum, el último sacramento por el cual se despedían de la vida y se disponían a morir, desde aquel mismo instante, renunciando a los bienes terrenales y también al amor carnal, generador de la vida humana, creación del Mal.
En su calidad de elegido, escuchaba las confesiones de sus compañeros, en especial las de Lionor, quien le profesaba una devoción sin límites, al haber sido ella, según estaba convencida,
la primera en ayudar a un apóstol de Dios para guiar su rebaño en la penalidad. Aquellos momentos en los cuales la joven abría sin recelos su corazón y le confiaba sus secretos más íntimos eran para Robert su mayor placer, a la espera del goce supremo: hacerla suya. Estaba seguro de que ella se rendiría y lo seguiría hasta el fin del mundo cuando llegase el momento, cuando su entrega espiritual fuera total, y esperó pacientemente, convencido de que la espera tendría por fin su premio, pero no fue así. El día en que le confesó su amor, su deseo por ella y su intención de que vivieran como marido y mujer, vio cómo su rostro reflejaba el estupor más completo, seguido de un gesto horrorizado y —lo que más le dolió— el desprecio en su mirada. Ese mismo día abandonó la comunidad y también Milán; regresó a París y pidió ser readmitido en la orden dominica después de haberse sometido al juicio de sus antiguos hermanos en religión y haber aceptado sin una queja la disciplina sobre sus espaldas.
Los años pasados entre los buenos creyentes habían hecho mella en el espíritu del renegado. La doctrina cátara predicaba que el universo estaba regido por dos fuerzas: el Bien y el Mal; el primero representado por Dios, creador del alma, y el segundo, por el Diablo, creador de la materia que era preciso destruir. En la concepción de Robert, estos dos entes adoptaron aspectos muy concretos: el Bien era la Iglesia de Roma; el Mal, los herejes. A partir de entonces, su entrega a la lucha por la erradicación de estos últimos fue total. Habiendo vivido entre ellos y alcanzado él mismo la dignidad superior, le era fácil descubrirlos. Había actitudes, palabras, frases, que pasaban desapercibidas para cualquiera que no estuviera en el secreto, pero él lo estaba. Obtuvo del Papa el nombramiento de inquisidor encargado de perseguir la herejía en todo el reino de Francia, en especial en el norte, y se aplicó a la tarea como si su propia salvación dependiera de ello.
Era tal su encono que veía herejes por todas partes, empezando por cualquier mujer joven que le recordara a Lionor y siguiendo por todos sus parientes; exigía que fueran encarcelados para después ser juzgados y ejecutados. Las cárceles estaban llenas, y tanto los concejos de los pueblos como los alcaides de las
fortalezas de Champaña y Brie se quejaron, se negaron a dejarse llevar por la furia enloquecida del clérigo y a detener a supuestos cátaros. El hombre, incluso, pretendió que su antiguo profesor, el tío de la mujer a la que seguía deseando, fuera hecho preso y juzgado por hereje. El canónigo se quejó al propio arzobispo de París y éste envió a Roma un pliego de cargos contra el fraile que fue a unirse a las quejas ya recibidas desde otras diócesis francesas. La respuesta no se hizo esperar: la dignidad inquisitorial le fue retirada y se le prohibió abandonar el convento dominico de París.
Durante casi un año, Robert el Bugre hizo penitencia y llevó una vida ejemplar de sacrificio y entrega, sin dejar en ningún momento de enviar cartas al Santo Padre declarando su inocencia y las malas artes de los enemigos de la Iglesia, y solicitando le fuese devuelto el cargo. Su esfuerzo se vio recompensado y, de nuevo, fue nombrado gran inquisidor para ser depuesto al poco tiempo al constatar las autoridades religiosas que los meses de reclusión habían agravado su crueldad y obsesión enfermiza por los herejes. Esta vez se negó a obedecer y acusó al mismo Papa de haber sido abducido por las fuerzas infernales. Era ir demasiado lejos. Los dominicos lo expulsaron de la orden, y el antiguo renegado fue juzgado, excomulgado y condenado a permanecer recluido para el resto de su vida en una celda del convento franciscano del cual escapó a las pocas semanas, tras convencer al hermano que se ocupaba de llevarle la comida de la injusticia cometida con él.
—Me han echado porque se saben malos cristianos y mi presencia entre ellos no haría sino recordarles su hipocresía y deslealtad hacia la Santa Madre Iglesia —le confesó a un viejo borracho que una noche compartió con él la esquina de una mesa mugrienta en un tugurio del barrio deSaint Michael. El viejo asentía sin decir palabra, dispuesto a aguantar todo lo que fuera necesario con tal de beber gratis a cuenta de aquel hombre vestido con un hábito que se caía a pedazos y con la mirada desvariada de un loco de atar.
Pasados unos meses, y mientras esperaba en la cola de los pobres que todos los días recibían un cuenco de sopa y un pedazo de pan en el Hotel-Dieu, escuchó la conversación de un par de andrajosos que se disponían a emprender el peregrinaje a Compostela.
—Más nos vale hacer la peregrinación antes de morir de asco en esta ciudad repleta de asesinos y ratas —oyó decir a uno de ellos.
—¿Tú crees que será seguro? —preguntó el otro en tono de duda.
—Me han dicho que los peregrinos son acogidos en todos los pueblos, monasterios e iglesias del Camino, que no les falta el alimento ni la ropa de abrigo.
—Pero ese sitio, Compostela, está muy lejos, dicen que en el fin del mundo...
—¿Y qué más da? Andaremos un poco cada día, veremos lugares nuevos y tal vez también tengamos oportunidad de salir de nuestra miseria.
—¿Cómo?
—Robando a los peregrinos ricos, ¡claro! —rió el hombre mostrando una boca negra como un pozo.
No pudo seguir escuchándolos porque les tocó el turno y dejaron de hablar, más preocupados por que les llenaran los cacillos que por continuar la conversación. Los buscó después por los aledaños del hospital, pero no los encontró. Sin embargo, no pudo dejar de dar vueltas a la idea de llevar a cabo el peregrinaje hasta la tumba del apóstol Santiago, y un par de días más tarde salía por la puerta de Orleans en dirección a la ciudad del mismo nombre. No lamentaba su decisión y tampoco le asustaba lo desconocido.
Su vida durante los últimos tiempos había sido pura miseria.
Puesto que los dominicos lo habían echado como a un apestado, decidió obligarlos a escuchar su voz aunque no quisieran. Cada día se apostaba junto al convento, subido en un cajón, y arengaba a las gentes desde el improvisado pulpito. Les conminaba a arrepentirse de sus pecados, a estar alerta porque la herejía campaba a sus anchas por doquier, a no acudir a los frailes por ser éstos los nuevos discípulos del Anticristo y a contribuir a su subsistencia con un óbolo. No logró sacar ni unas monedas con las que pagar una cama y, en varias ocasiones, debió renunciar a su plática debido a los insultos y las risas de los oyentes. París era un antro de perversión, todos sus moradores perecerían por el fuego, al igual que habían perecido los habitantes de Sodoma y Gomorra, pero a él no le pillaría la ira divina porque, fiel a su cometido, seguiría buscando herejes por los caminos de Dios, aunque tuviera que juzgarlos y ejecutarlos él mismo.
Los dos andrajosos tenían razón. Era más fácil subsistir en el camino a Compostela que en la enorme y poblada urbe a orillas del Sena. Ni siquiera debía temer a los salteadores que acechaban a lo largo de la ruta para desvalijar a los peregrinos. Él era un pobre y ningún ladrón se molestaría en perder unos instantes para robarle, a menos que no quisiera despojarle de su hábito, un nido de piojos y pulgas, algo ciertamente poco probable. Su aspecto provocaba tal lástima que, al verlo, los campesinos le ofrecían un pedazo de pan y un rincón en la cuadra para dormir. Durante las primeras jornadas caminó en solitario, pero a medida que transcurría el trayecto, fue conociendo a otros desheredados de la Tierra; coincidían en los hospitales para los peregrinos pobres o se calentaban mutuamente cuando la noche los pillaba en descampado y se veían obligados a refugiarse en una borda o en una casa abandonada. Poco a poco fue recuperando las dotes oratorias del antiguo dominico, del pastor de buenos creyentes, del inquisidor todopoderoso, y antes de llegar a Poitiers se había erigido en jefe de una docena de mendigos que escuchaban con avidez sus palabras en torno a un cazo de sopa de la caridad en un monasterio o a una hoguera, encendida para ahuyentar a las
alimañas del bosque. El Bugre supo entonces que había encontrado una nueva meta en la vida. Al igual que Jesucristo, él no poseía nada y caminaba rodeado por doce discípulos a los que aleccionar. El viaje hasta Compostela era largo y durante el mismo tendría tiempo de llevar a cabo su obra, y luego, tras postrarse ante la tumba del Apóstol, fundaría en tierras de Galicia un cenobio para cristianos fieles, verdaderos hijos de Dios.
Al llegar a la región de la Gironda, tierra de viñedos plantados por los romanos y mimados por los monjes de las innumerables abadías y conventos, Robert y los suyos se dirigieron a Sancto Emiliano, un monasterio con fama de milagrero construido encima del primitivo excavado en la propia roca. La zona estaba en pie de guerra y era difícil evitar las partidas de hombres en armas que recorrían los caminos. Los condes girondinos se habían alzado contra el gobierno del rey inglés Juan sin Tierra, duque de Aquitania. En el monasterio los monjes proporcionaron al peculiar grupo unos hábitos remendados pero limpios a condición de que se bañaran y se dejaran despiojar. Robert estuvo a punto de negarse. Aunque su cuerpo estuviera recubierto de un costra de suciedad que hacía imposible su ubicación en alguna de las razas que poblaban el mundo, su alma purificada por el sufrimiento estaba limpia y, lo más sorprendente, desde el inicio de la andadura no había vuelto a pensar en Lionor, ni se había despertado en medio de la noche preso de un violento deseo que aumentaba su desasosiego tanto como su odio por el género femenino, culpable de la perdición de todo hombre. Tal vez si se lavaba, pensó, volverían a él las antiguas pesadillas. Recapacitó, sin embargo, al contemplar un hermoso códice iluminado en el oratorio de los monjes. En una de las iluminaciones, Jesús aparecía acompañado por los apóstoles durante la Última Cena, todos aseados y con túnicas sencillas, como correspondía a su humildad, pero limpias. Aceptó la oferta de los monjes y obligó a hacer lo mismo a sus compañeros, igualmente reacios al agua aunque por otras razones. De paso, decidió asimilar su aspecto al del Salvador del códice, se dejó crecer el cabello hasta los hombros y recortó la barba a ras de las mejillas. Era alto y
delgado, de nariz aguileña y ojos oscuros, de forma que para cuando llegaron a la frontera con Navarra, un artista se hubiera sentido muy satisfecho de contar con él como modelo para pintar un cuadro o un retablo de carácter religioso.
Para entonces ya había adquirido el dominio absoluto sobre sus compañeros; éstos le obedecían sin discutir y se sentaban alrededor para escucharle, convencidos de estar reviviendo la vida y los hechos de los apóstoles. Su piedad atrajo a nuevos acólitos deseosos de ser admitidos en el grupo. Robert les permitía asistir a sus sermones, pero nada más. No quería que el encanto se rompiese; doce habían sido los discípulos del Hijo de Dios y doce serían los suyos, aunque —meditó— en algún momento tendría que desembarazarse de uno de ellos, pero aún no había decidido de cuál.
Penetraron en Navarra por Galtzetaburu, donde pernoctaron en el priorato hospital de Santa Magdalena de Utziat, y continuaron viaje a primera hora de la mañana en dirección a Garazi, la población protegida por la plaza fortaleza de San Juan de Urrutia.
Al llegar a la puerta, el oficial al cargo los detuvo.
—La tumba del apóstol de Cristo —respondió Robert cuando el hombre se interesó por su destino; el oficial sólo fue capaz de hacerse a un lado para dejarlos pasar, sin duda impresionado por la imponente planta del jefe del grupo y el tono seguro de su voz, a pesar de que no llevaba consigo ningún certificado ni carta de recomendación.
Los pasos de montaña estaban cerrados debido a la nieve y eran pocos los peregrinos que se habían aventurado a realizar el viaje en los meses más fríos del año. Aun así, eran demasiados para la pequeña población cuyos vecinos intentaban alojarlos en sus propias casas o enviarlos a los pueblos próximos a la espera de que el tiempo mejorara. Al igual que el oficial de la puerta, el rector de San Juan se sintió impresionado por la apariencia de Robert y de sus compañeros y aceptó las vagas explicaciones que aquél le dio sobre su procedencia, convencido de que eran
personajes de importancia que viajaban de incógnito. No era la primera vez que ocurría. Él había conocido a más de uno que, bajo la apariencia de pobre necesitado, ocultaba un importante cargo eclesiástico y, estaba claro, el hombre no era un cualquiera, tenía estudios y sabía hablar. Ante la imposibilidad de encontrar un alojamiento adecuado para los trece, el sacerdote cabalgó a lomos de un borrico hasta Baigorri y le planteó el problema al rector de San Esteban. Don Martín de Arraioz no lo dudó. Estaba harto de convivir con gentes incapaces de decir dos frases seguidas sobre otra cosa que no fueran sus rebaños de ovejas, de escuchar las fanfarronadas de Semeno García cuando le daba por hablar de sus proezas guerreras y de aguantar las miradas de superioridad que le dirigía el maestro constructor. La llegada de unos extranjeros importantes haría sumamente interesantes las largas veladas invernales. El hecho de que fueran peregrinos también decía mucho sobre su piedad cristiana, un alivio en aquella tierra de paganos.
Dos días más tarde, Robert y los suyos se hallaban alojados en la amplia casa del rector de San Esteban, situada a pocos pasos de la iglesia, en la parte opuesta al barrio de los agotes.
E
l encuentro entre el antiguo inquisidor y Geoffroi Bisol no se hizo esperar. Don Martín llevó a su invitado a la torre del vizconde al día siguiente de su llegada. Estaba ufano y se alegraba de haber acogido a los peregrinos en su propia casa, en especial a quien los otros llamaban hermano Robert y obedecían en todo momento. El hombre había resultado ser una persona culta y su pertenencia a las órdenes religiosas lo hacía aún más cercano, aunque el rector no logró averiguar a cuál de ellas pertenecía exactamente y tampoco quiso insistir para no parecer descortés, pero estaba
seguro de que por lo menos era un abad, o incluso alguien más importante. De todos modos, una cosa era cierta: era un hombre austero, versado en las Sagradas Escrituras y muy devoto. A su llegada, la tarde anterior, se había dirigido a la iglesia y había permanecido en oración hasta la puesta del sol; cenó frugalmente, un potaje acompañado de un cuartillo de vino y un pedazo de pan, y después ambos conversaron durante parte de la noche.
—La herejía, amigo mío —le dijo en un momento dado de la conversación— es el gran peligro que amenaza a los buenos cristianos y que es preciso erradicar por todos los medios, el miembro corrompido que hay que cercenar para que no contamine al resto del cuerpo. Los enemigos de Nuestro Señor nos rodean por todas partes, se han infiltrado incluso en la Iglesia bajo la apariencia de hombres santos y esperan vigilantes la llegada del Anticristo para despojarse de sus máscaras.
—¡Me asustáis!
—Más asustado os sentiríais si supierais hasta dónde pueden llegar sus manejos. ¿No habéis reparado en el número, cada vez mayor, de ataques a la verdadera religión de Cristo? Las sectas crecen, los herejes salen a la luz sin ningún temor, protegidos por altos dignatarios del clero, y sus doctrinas se expanden como la lepra.
—¡La lepra!
—La lepra, sí, el castigo divino que se hace visible en los cuerpos de los pecadores, aunque a veces permanece oculta en las entrañas de los más impíos, que pueden, así, moverse a su antojo por estas tierras de Dios. He jurado dedicar mi vida a desenmascarar a los herejes, pero yo también he sido un pecador y debo redimir mis faltas postrándome ante el sepulcro del santo apóstol martirizado antes de comenzar mi misión.
Don Martín sintió un estremecimiento y estuvo a punto de confesar a su interlocutor que muy cerca de donde ellos se
hallaban vivían familias enteras de leprosos espirituales, pero calló. Aún no conocía bien al hombre aparecido en su vida por casualidad y, a fin de cuentas, él manejaba el asunto a su modo y no quería intromisiones ajenas, pero tomó buena cuenta de sus palabras. Tal vez más adelante, si la nieve persistía y el hermano Robert permanecía algún tiempo en su casa, acabase por confiarle la terrible realidad que se ocultaba en aquellos hermosos parajes.
Al llegar a la torre de Etxauz con su invitado a eso del mediodía, el rector se sintió contrariado al ver allí al maestro constructor. El vizconde y él se hallaban enfrascados en el examen de una maqueta colocada sobre la enorme mesa de roble que ocupaba la mitad de la sala noble. Semeno García alzó la cabeza cuando ellos penetraron en la habitación.
—Acercaos, don Martín. ¡Llegáis justo a tiempo! —exclamó
—. Venid a ver la nueva capilla que tengo pensada para el enterramiento de los miembros de nuestra familia. El maestro Geoffroi me la estaba mostrando en este momento.
El rector se aproximó mientras Robert permanecía cerca de la puerta. Su mirada estaba fija en el constructor que había mirado hacia la puerta a su llegada, pero cuya atención de centraba de nuevo en la maqueta y explicaba el proyecto. De golpe, los recuerdos volvieron a su mente: una imagen blasfema destrozada a golpes de barra, un hombre con una niña en brazos suplicando por la vida de su mujer, ésta quemada junto a otros muchos herejes...
Él era entonces el inquisidor general, el hombre más temido de Champaña y también el más poderoso, más incluso que el propio conde Teobaldo, y ahora era únicamente un mendigo. Apretó los puños y avanzó hacia la mesa.
—Permitid que os presente —escuchó decir al rector—. Mi señor Semeno García, vizconde de Baigorri por el rey de Navarra, y el maestro constructor Geoffroi Bisol. Mi invitado, el hermano Robert, procedente de París y peregrino a Compostela.
El dedo que en esos momentos seguía la curva de un hermoso arco ojival se detuvo de golpe y su dueño levantó la vista. Ante él, como un espíritu llegado de las profundidades de la memoria, se hallaba el causante de sus males; el hombre inclemente que había enviado a Madeleine a la hoguera y había dejado huérfana a su hija sin el menor escrúpulo de conciencia; el responsable de sus noches en vela y de la angustia que lo atenazaba desde entonces.
Geoffroi sintió un dolor y una ira tan fuertes que se vio obligado a realizar un esfuerzo para contenerse, se irguió en toda su altura y miró directamente a los ojos de Robert, aunque ninguna palabra de saludo salió de su boca.
Semeno García, ajeno por completo a los sentimientos de su amigo el constructor, indicó a sus visitantes los asientos situados en torno a la gran chimenea de la sala y ordenó a un criado que les sirvieran una jarra de vino acompañado de queso, jamón y nueces.
—¡No hay nada mejor que un buen pote de vino a media mañana para alegrar el corazón y alejar el frío! —exclamó jovial, y añadió, dirigiéndose al acompañante del rector—: Y, decidme,
¿de dónde llegáis y hace cuánto que emprendisteis el viaje?
La conversación duró tanto como el vino, el queso y el jamón, y pronto derivó hacia la famosa Cruzada, único tema de interés para el navarro. Geoffroi no le escuchaba. Sentado al lado opuesto de Lepetit, tan pronto miraba a éste como sus ojos se dirigían a los troncos que ardían en la chimenea.
Una vez, poco después de la muerte de Madeleine y tras abandonar Vertus, acercó la mano a unas llamas en una posada del camino. No recordaba muy bien por qué razón lo había hecho. Tal vez por el deseo de saber lo que se sentía cuando el fuego quemaba la carne, para castigarse por no haber amado más a su mujer y, sobre todo, por no haber compartido su vida, tal como era el deber de un buen marido. Retiró la mano nada más sentir el mordisco del fuego, pero el dolor se mantuvo durante varios días y le quedó una marca en el dorso a pesar del ungüento elaborado con la flor del saúco, bueno para las quemaduras, que Agnés se
apresuró a aplicar al tiempo que hacía comentarios sobre lo muy descuidados que podían ser los hombres. De vez en cuando se acordaba de aquella experiencia y sentía un escalofrío con sólo pensar en lo mucho que habría padecido Madeleine antes de expirar. Y ahora su verdugo estaba sentado a pocos pasos de él, con un pote de vino en las manos y conversando tranquilamente como si nada hubiera ocurrido, como si tuviera la conciencia tranquila de un niño.
Observó a Robert y lo encontró cambiado. Estaba más delgado y sus facciones se habían afilado, pero seguía teniendo la misma mirada fría e inquisitiva de antaño. Sintió deseos de lanzarse sobre él y rodear su cuello con las manos, apretar hasta sacarle la vida por la boca, pero él no era una persona violenta y, menos aún, vengativa. Si existía la justicia divina, si en verdad existían un infierno y un cielo, esperaba que el hijo de perra fuera a parar al primero y sufriese en propia carne el dolor que había infligido a tantas víctimas inocentes.
—He de hacer —dijo levantándose y dirigiéndose al vizconde.
—Quedaos a comer, querido amigo. Me complacerá invitaros a los tres a compartir mi mesa.
—Mis disculpas, señor, pero me esperan en el molino. La piedra de molienda no encaja como debiera y hay que aprovechar ahora que las aguas bajan sin fuerza.
Geoffroi hizo una inclinación dirigida a todos y a ninguno y se dispuso a salir.
—¿Y vuestro ayudante agote qué tal responde?
La pregunta del rector detuvo su marcha.
—Mejor que muchos —respondió, y salió de la habitación.
¡Maldito tiparraco! Se alegró de haber enviado a Alix con las monjas clarisas de Pamplona para educarse en el convento. No quería ver a aquel mal hombre y mal sacerdote cerca de su hija.
Algún día tendría que explicarle lo ocurrido a su madre, pero por nada del mundo permitiría que lo supiera por boca del rector de San Esteban. Estaba seguro de que el renegado no tardaría en contarle la historia y el cura correría a decírselo a todo el mundo en cuanto lo supiera. Tal vez había llegado el momento de partir de nuevo y buscarse la vida en otro lugar. Sus ojos no se cerrarían, como pensaba, en el hermoso valle que le había brindado un refugio seguro durante algún tiempo.
El Bugre no había perdido de vista la expresión y la mirada del constructor. La sorpresa de éste había sido semejante a la suya.
¿Qué hacía uno de los más afamados maestros de Champaña en un agujero como aquél? Supo de su desaparición por el obispo de Châlons después de la justicia ejecutada en el monte Aimé y se propagó el rumor de que también era un hereje cátaro que había puesto tierra por medio ante el temor de ser arrestado e interrogado, pero él sabía que no era cierto. Todos los testimonios y pruebas habían pasado por sus manos y en ningún lugar aparecía su nombre. Es más, después de su visita para interceder en la causa seguida contra su mujer, él mismo pidió informes sobre Bisol, pero no había nada censurable en su vida. Era un hombre cumplidor con sus obligaciones religiosas, absorbido por su trabajo en hacer más bella la casa de Dios. ¿Por qué entonces se había ido si no tenía nada que reprocharse? ¿Por qué razón abandonó su casa, su oficio y el puesto que tan duramente le había costado alcanzar? Después de su partida, aún se detuvo a algunas personas más de Vertus y, entre otras cosas, se les preguntó por sus relaciones con el obispo hereje Moranis, con la mujer del constructor y también con éste. Una de ellas confesó durante los interrogatorios algo referente al maestro de obras, pero no lograba recordar su declaración.
Mientras su anfitrión continuaba hablando de la Cruzada, el antiguo dominico pensó en la imagen de la Virgen de la puerta de
la catedral de Reims. Era la estatua más hermosa que jamás había contemplado, pero el rostro que parecía tener vida, las manos extendidas en un gesto de bienvenida, la túnica cuyos pliegues simulaban envolver un cuerpo femenino perfecto, le recordaron a Lionor y la destrozó sin poder contener su ira. Un escultor capaz de crear tanta belleza podía ser peligroso; acercaba la divinidad al hombre, la humanizaba, la hacía comprensible. Los seres humanos debían mantenerse alejados; era necesario que entre Dios y ellos existiese un abismo infranqueable, puesto que, perdido el miedo y el respeto, la puerta quedaba abierta a la herejía. No parecía haber amistad entre el constructor y el rector de San Esteban, así que no le costaría mucho sonsacar a este último cualquier información valiosa. No sabía nada de las leyes de Navarra, pero su rey era el mismo que había firmado la orden de ejecución de los herejes de su condado y también aquí se haría justicia con los enemigos de la Iglesia verdadera.
—¿Quién es el ayudante que habéis mencionado? —preguntó a don Martín al abandonar la torre.
—¿Qué ayudante?
—No sé, le habéis preguntado al maestro constructor por un ayudante y le habéis llamado algo que no he entendido.
—Ah..., sí, el muchacho agote...
—¿Agote? ¿Qué es eso?
El rector suspiró. No hubiera querido hablar de ello tan pronto, pero, recapacitó, antes o después el hombre se fijaría en los artesanos, carpinteros y canteros, que vivían separados del resto de los habitantes y no poseían casas propias; preguntaría por qué razón se mantenían apartados de los demás durante los oficios religiosos y se les daba la comunión con ayuda de unas pinzas de madera, y sería necesario responderle. Él mejor que ningún otro estaba en disposición de hacerlo.
—Los agotes son... nuestros leprosos.
—¿Tiene el maestro un ayudante leproso? ¿No teme al contagio?
—Bueno, es el tipo de enfermedad de la cual vos hablabais ayer por la noche, la lepra espiritual.
—¿Herejes? —los ojos oscuros de Robert brillaron en la noche.
—No precisamente...
—¿No precisamente?
—No son herejes.
—¿Qué son, entonces? ¡Explicaos de una vez!
—La mayoría están bautizados y asisten a la iglesia, pero conservan algunas de sus antiguas creencias. El mensaje de Cristo tardó en penetrar en esta región —añadió a modo de disculpa—.
También hay otros que no están bautizados.
—¿Me estáis diciendo que en las tierras de Teobaldo de Champaña aún quedan paganos?
—Puede decirse que así es.
—¿Y el ayudante del maestro es uno de ellos?
—Sí. Le avisé que era peligroso acogerlo en su casa y más teniendo una hija, pero no me hizo caso y además...
—¿Es de los bautizados o de los otros? —le interrumpió el Bugre.
—De los otros. De todos modos, no hay hidalgos ni propietarios entre ellos —añadió don Martín con un deje
despectivo en la voz—. Son artesanos, canteros y carpinteros en su mayoría.
—¿Trabajan para el maestro de obras?
—Sí, y al parecer se entiende mejor con ellos que con los demás habitantes de la zona.
Aquella noche, acompañado por los ronquidos de sus compañeros, Robert meditó sobre la conversación mantenida con el rector. No podía dejar de pensar en su buena fortuna. Dios le había hecho emprender el peregrinaje y había enviado la nieve para impedirle cruzar los montes, para obligarlo a permanecer en aquel lugar perdido, al parecer infestado de idólatras, con la misión de convertirlos y mostrarles el único camino posible para la salvación de sus almas. Cuando por fin el sueño lo venció, ya había tomado una decisión: no proseguiría el viaje a Compostela hasta haber erradicado el paganismo de aquella región, pero antes tendría que hablar con el maestro constructor. Era la única persona allí que conocía su identidad.
Al día siguiente, y acompañado de su seguidor más fiel, Aubert, se acercó al molino. Antes de aproximarse al lugar, observó a distancia alos hombres que trabajaban en la construcción. Geoffroi Bisol hablaba con un joven y le señalaba el pequeño puente de arco ojival en el que los canteros ajustaban los últimos bloques de piedra, mientras que, a pocos pasos, los carpinteros tendían el maderamen para levantar un tejado de cuatro aguas en un sobrio edificio cuadrado. Los ojos de halcón del Bugre no perdían detalle. El constructor se mostraba relajado, muy diferente a como lo había encontrado la víspera; vestía un abrigo de piel de conejo hasta media pantorrilla, más apropiado para un campesino que para el hombre que en Champaña trataba con obispos y nobles. Lo vio echar un brazo por encima del joven y reírse por algo que éste había dicho. Aquél debía ser sin duda el pagano leproso del cual le había hablado el rector. Era incomprensible e indignante que un hombre que había edificado hermosos templos para mayor gloria del Señor se mezclara con
aquellas gentes. Luego recordó haber oído decir que los compañeros constructores formaban sociedades, repletas de señales, signos y palabras secretas, y se llamaban a sí mismos
«hijos de Hiram», el arquitecto del templo de Salomón. También se decía que Hiram era descendiente de Caín y que Lucifer, el príncipe de la luz, le había enseñado los secretos de la arquitectura, arcanos transmitidos de padres a hijos durante generaciones. Bisol no era cátaro, se dijo, pero tampoco era trigo limpio y él se encargaría de cribarlo.
El maestro y su ayudante caminaban de vuelta hacia el pueblo cuando vieron la figura del antiguo fraile recortada a contraluz encima de la loma. Geoffroi se detuvo y por instante pensó en volver a la obra, pero prosiguió su camino. Era inútil tratar de eludir el encuentro.
—Resulta difícil entender qué hace un gran maestro de obras en un lugar como éste —fueron las palabras de saludo de Robert cuando llegaron a su altura.
—Más difícil resulta ver a un gran inquisidor tan lejos de sus dominios espirituales —respondió Geoffroi en el mismo tono.
—Peregrino a Santiago, ¿y vos?
Robert apenas podía ocultar su satisfacción. El constructor ignoraba lo acaecido tras su marcha y éste era un tanto a su favor.
Podría llevar a cabo la misión que se había impuesto sin ningún temor.
—Rehago mi vida lejos de los malos recuerdos.
—En compañía inadecuada, por lo que veo... —al decir esto, desvió su mirada hacia Eder.
—Esto no es Champaña.
—Pero su rey es el mismo hombre que presidió el juicio y la ejecución de los herejes en el monte Aimé. Lo recordáis, ¿no es cierto? Vuestra mujer era uno de ellos. Es un hombre temeroso de Dios que no dudará en hacer lo mismo en éstas que también son sus tierras.
Geoffroi no respondió enseguida. Sus temores de la víspera comenzaban a tomar cuerpo. El halcón había puesto su mirada en otra pieza y estaba dispuesto a atraparla.
—Imagino que nuestro señor Teobaldo también se interesará por conocer lo ocurrido al arcediano de la catedral de Reims —
dijo por fin—. ¿Lo recordáis vos? El hombre apareció con todos los huesos rotos en las orillas del río. Se habló mucho de aquel asunto y se condenó a un zapatero a ser descoyuntado.
Robert palideció.
—El zapatero fue culpable del asesinato —respondió sin apenas despegar los labios.
—Se dijo...
—¡Murmuraciones! ¡Chismorreos! Hubo un testigo que lo identificó.
—Uno de vuestros hombres.
—¡Un hombre de la Iglesia!
—También se escribió.
—¿Cómo que se escribió?—El Bugre parecía desconcertado.
—Alguien más vio lo ocurrido y lo dejó escrito.
Geoffroi hizo una señal a Eder y ambos prosiguieron su camino en silencio. Robert los vio partir, incapaz de moverse, los miembros agarrotados. ¿Cómo diablos sabía aquello el
constructor? La tarde declinaba y una lluvia suave comenzó a caer, pero él permaneció como clavado al suelo y Aubert, a su lado, no se atrevió a mover ni un dedo. ¿Cómo diablos lo sabía?, se preguntó de nuevo el antiguo dominico.
Justo antes de comenzar la caza de herejes en Champaña, solicitó dinero a las sedes episcopales, pero los obispos respondieron que no era de su incumbencia puesto que había sido nombrado por Roma y era ella quien debía ocuparse de sus necesidades. Los alcaldes de los concejos también le negaron apoyo económico; las cosas de la religión, le dijeron, no eran asunto de laicos. Los gastos de su cruzada particular resultaban muy elevados. No sólo debía hacerse cargo de los viajes y alojamiento de sus agentes, sino que también era necesario comprar o recompensar a informantes civiles, delatores y testigos falsos. Acudió entonces al arcediano de la catedral de Reims, Jean, hijo de Philippine, prima carnal de Teobaldo, a quien el Papa había declarado ilegítima y negado los derechos a la titularidad del condado en beneficio de su pariente. Le había llegado información por parte de uno de sus espías sobre la simpatía hacia los cátaros mostrada por el arcediano, quien en varias ocasiones había incluso protegido y dado asilo a algunos de ellos en la propia catedral.
Quiso hacerle chantaje para que solicitase al conde una renta a su favor, pero Jean de Champagne se negó en redondo y amenazó, a su vez, con denunciarlo ante su primo, con el cual mantenía una relación amistosa a pesar del contencioso que aún se dirimía entre ambas familias. Robert ocultó su ira y se despidió, pero siguió al clérigo hasta su domicilio, próximo a la muralla, y allí lo abordó de nuevo.
Las palabras subieron de tono, llegaron a las manos y el arcediano rodó por las escaleras de piedra que llegaban al lavadero junto al río. Quedó allí tendido, como un muñeco roto. Teobaldo exigió la búsqueda y captura del culpable, y Robert obligó a uno de sus ayudantes a denunciar al zapatero, que había protestado en voz alta por la caza indiscriminada de personas acusadas de herejía. El hombre no tuvo más remedio que obedecer, pues el
Bugre lo había encontrado en una ocasión en una postura comprometida en compañía de un joven y la Iglesia perseguía a los sodomitas igual o más que a los herejes. Tras la ejecución del zapatero, el ayudante de Robert se tiró desde lo alto de un andamio de la catedral en construcción y murió, con lo cual él se quitó una preocupación de encima. Y ahora, tantos años después, aparecía Geoffroi Bisol hablando de un documento escrito que podía incriminarlo y del que debía tener buen conocimiento, de lo contrario no le habría dicho nada al respecto.
Cuando Robert y su fiel Aubert regresaron a San Esteban, estaban calados hasta los huesos. El Bugre permaneció en vela durante toda la noche. Como si la tensión hubiera aguzado todos sus sentidos, de pronto le vino a la mente lo que intentaba recordar desde que había vuelto a ver a Bisol. Durante una de las sesiones de tortura, una vieja, vecina del maestro, aseguró que él no era uno de ellos, pero confesó haberle entregado un documento de Moranis, el obispo cátaro ejecutado en el monte Aimé. No logró averiguar de qué se trataba; la vieja no sabía leer, y además murió durante una de las sesiones en el potro. Ahora estaba seguro de que se trataba del mismo escrito mencionado por el constructor.
Pasó varios días en vilo, temiendo que hubiera hablado con el vizconde o con el rector, pero los días transcurrieron sin que nada cambiara a su alrededor y se tranquilizó un poco. No obstante, se juró no olvidar el asunto y tener los ojos abiertos y la mente bien despierta. Antes mataría a aquel bastardo, marido de una hereje y padre de una cachorra herética, que verse de nuevo ante un tribunal.
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