En el bosque
Capítulo nueve
Al día siguiente salgo muy temprano para la escuela, sobre todo porque no quiero ver a Katie. Primero doy un largo paseo en bici, con la esperanza de que el ritmo de pedalear y el sonido del viento me calmen un poco, tal vez que incluso me ayuden a entender esto. Pero no es así. Los pensamientos me dan vueltas y vueltas en la cabeza y no sé qué hacer.
Quiero decir, si tengo razón (si la nena de verdad es de Katie), nadie va a estar muy contento de que me ponga a desenterrar la verdad. Probablemente sería mejor que me olvidara del asunto.
El problema es que encontrar un recién nacido en el bosque no es algo que uno simplemente pueda olvidar.
Audrey me ve en el pasillo antes de que suene la primera campana.
—¡Cameron! —dice y me agarra del brazo—. ¿Viste el periódico esta mañana?
Sacudo la cabeza.
—¿Qué dice? ¿Hay algún artículo sobre la niña?
—Sí —dice, vacilante.
Miro a nuestro alrededor y por el pasillo. No parece que nadie me esté viendo.
—No pone mi nombre, ¿verdad?
No hablé con ningún reportero ni nada parecido.
—No. Sólo menciona a un chico adolescente en un paseo en bici.
—Bueno, muy bien —le digo. Parece como si Audrey me mirara de una forma rara—. ¿Qué pasa? ¿Tengo grasa de bicicleta en la cara o algo así?
—No —dice y suelta una risita.
¿Has visto que a veces en los libros describen una risa como “musical”?
Nunca supe lo que eso significaba hasta que conocí a Audrey. Su risa me mata.
—¿Qué pasa entonces? —le pregunto de nuevo.
—Este… es sólo que, ¿en el artículo? Dice que fuiste a ese lugar, al lago, porque en el verano conociste ahí a una chica.
Las orejas, el cuello y las mejillas se me ponen rojas en un instante.
—Ah, ¿dicen eso en el diario?
—Sí. Citan a la oficial de policía. Dicen que fue un milagro que la niña fuera encontrada viva.
—Ah —digo otra vez.
Hay un largo silencio. Audrey lanza un suspiro al fin.
—Me estaba preguntando… esto va a sonar súper egocéntrico… pero me preguntaba si…
—Sí, estaba hablando de ti —le digo. Ella parece muy incómoda. No quiero que me empiece a decir que tiene novio y todo eso, como si yo no lo supiera—. Mira, en realidad no es nada. Tenía que decirle algo a la Policía y eso fue lo primero que se me ocurrió.
—Ah. ¿Entonces quieres decir que no era verdad? ¿No fue por eso que estabas ahí?
—En realidad no —respondo.
Desvía los ojos y se queda mirando el suelo por un minuto. Me pregunto qué siente. ¿Estará confundida, avergonzada, decepcionada, aliviada?
—Entonces, ¿por qué fuiste al lago? —me pregunta.
Mi corazón comienza a latir a toda velocidad. Quiero hablar de esto con alguien. No. Necesito hablar de esto con alguien.
—Lo que pasa es que… es probable que sepa de quién es la niña.
Abre muy grandes los ojos.
—Prométeme que no se lo vas a decir a nadie —le digo.
—No lo haré.
—Quiero decir que lo prometas en serio. Porque esto de verdad que podría… —Cam, juro que no le voy a decir ni una palabra a nadie.
Y entonces se lo cuento todo. La campana suena a la mitad de la historia, pero ninguno de los dos se mueve. Cuando he terminado, ella hace un ruidito como de zumbido y reflexiona en silencio por un instante.
Lanzo una risa forzada.
—Sí, perdón. Debes pensar que estoy loco, ¿eh? Quiero decir, suena loquísimo. Nadie podría esconder un embarazo, no de la gente que ve todos los días.
—No. Me alegra que me lo hayas contado, Cam. Y hay gente que sí oculta embarazos. ¿Te acuerdas de aquella historia del año pasado, sobre la chica que tuvo un bebé en el centro comercial? ¿La que lo dejó en el baño?
Salió en todos los diarios.
Asiento. El año que viene la gente va a hablar de la chica que dejó a su bebé en el bosque y sólo yo voy a saber quién era la madre.
Audrey inclina la cabeza a un lado y frunce el ceño.
—En cualquier caso, ¿por qué iba a fingir Katie que no te dijo que fueras allá si no tenía nada que ver con el asunto?
—Ajá.
—Ajá —dice, me sonríe y sacude la cabeza—. Y entonces, ¿qué vas a hacer ahora?
—¿Hacer? —le pregunto.
—Sobre la nena.
—¿Sobre la nena?
Sueno como un imbécil. Un eco. Un loro. Me estoy sintiendo muy raro.
Creo que no debería estar cerca de Audrey mientras me encuentro en este
estado mental.
—Ajá. ¿Vas a visitarla? ¿Vas a ir a ver cómo está?
No se me había ocurrido.
—Mmm, ¿crees que puedo ir? No es como si yo fuera un pariente o algo así.
—Pero claro que lo eres —dice—. Si tienes razón, si la nena es de Katie, es tu sobrina. Es la nieta de tu mamá.
Eso tampoco se me había ocurrido.
—Yo iría contigo —dice Audrey—. Ya sabes, si quieres compañía.
Quiero su compañía, sin duda. Si la quiero lo suficiente como para regresar al hospital es otra cuestión.
—No sé. Supongo que podría llamar a la trabajadora social y averiguar si podemos —le digo—. Pero no quisiera dar pie a más sospechas.
—Creo que es normal que la persona que encontró a la nena tenga curiosidad.
Asiento.
—Tal vez —digo—. Quiero decir, me gustaría al menos saber si está bien.
—Llámala, entonces —dice. Parece como si estuviera por decir algo más, pero entonces sacude la cabeza.
—¿Qué?
—Lo que le dijiste a la oficial… sobre que habías conocido ahí a una chica.
—¿Sí?
—Si de verdad eso significó algo para ti… nuestra conversación en el lago… ¿por qué nunca me llamaste? —pregunta e inclina la cabeza a un lado—. ¿Por qué ni siquiera me dirigiste la palabra cuando nos vimos en la escuela en septiembre?
—No hice eso.
Se encoge de hombros.
—A mí me pareció que sí.
Nunca se me pasó por la cabeza que quisiera que la llamara. Si la había evitado, había sido sólo en defensa propia. No me gusta mucho el rechazo.
—Tú también podrías haberme llamado —le digo—. Como sea, empezaste a salir con Dexter.
—Lo que sea —dice—. Supongo que es mejor que vayamos a clase.
—Ajá —digo y la veo alejarse—. ¡Oye! —le grito—, ¿nos vamos a ver después de clases?
Audrey gira sobre un pie y me sonríe.
—Sí, Cameron. Porque yo creo en darle a la gente una segunda oportunidad.
Me paso la mañana entera pensando en qué habrá querido decir exactamente.
OceanofPDF.com