En el bosque
Capítulo seis
Cuando lo he repetido todo a la oficial de policía y he contestado de nuevo las mismas preguntas, ya son bien pasadas las siete y todavía no he llamado a casa. La oficial me lleva al lago y le muestro dónde encontré a la pequeña.
Ella se queda ahí parada con las manos en la cadera y las botas plantadas en el sendero, observando el bosque cada vez más oscuro. Aún está lloviendo y el sendero se siente blando y fangoso bajo mis pies.
—¿Y qué estabas haciendo aquí exactamente? Quiero decir que de todos los lugares a los que podrías haber ido en bicicleta, ¿por qué elegiste este?
—me pregunta.
Es una pregunta razonable. No es precisamente un sendero para bicicletas; de hecho hay un cartel que dice Prohibido el paso a bicicletas y caballos. Y no es el tipo de día que la mayoría de la gente elegiría para pasar el rato en el lago.
—No lo sé —respondo—. Antes nosotros solíamos… Estoy a punto de decir que solíamos venir cuando éramos niños, pero de repente pienso en Katie e instintiva-mente decido dejarla al margen.
—¿Nosotros? —me pregunta.
—Eh, yo y algunos compañeros de la escuela. Veníamos a divertirnos aquí en el verano. Conocí a una chica… —digo y me encojo de hombros—.
No sé. Tengo buenos recuerdos aquí.
—Mmm. Bueno, es una suerte que hayas venido.
—Supongo que sí —digo. Una gota de sudor corre por mi mejilla y siento un escalofrío—. ¿Podemos irnos? Me estoy helando.
La oficial me da un aventón para buscar mi bici que, por increíble que parezca, sigue ahí.
—Dos milagros en un solo día. De verdad que eres un tipo con suerte —
dice.
Supongo que esa es una manera de verlo.
Cuando mamá ve que me deja en casa una patrulla de la Policía, se pone como loca y me exige que le diga qué he hecho ahora. Es como si siempre me trajeran policías a casa. Simplemente supone que he hecho algo malo; una suposición que me tiene un poco harto.
—Mamá, ¿podrías escucharme? —le grito, exasperado—. No he hecho nada, ¿okey? No estoy metido en ningún problema.
Se detiene en medio de sus gritos y se hunde en el sofá.
—Perdón, Cameron. Vi tu nota y como no llegaste a casa pensé que habías tenido un accidente. He estado muy nerviosa.
Ahora que ya no me está gritando puedo darme cuenta de lo preocupada que se ve: un poco pálida y con la boca muy apretada. Es una profesional de la angustia, hasta cuando todo está saliendo bien. Si por ella fuera, Katie y yo usaríamos cascos todo el día y nunca saldríamos de la casa.
—Perdón —le digo—. Debí haberte llamado. Mi celular se quedó sin batería.
Ella ignora mi excusa.
—Sí, debiste haberlo hecho. Estaba a punto de llamar al hospital.
—De hecho estaba en el hospital —le digo. Vacilo, pero no hay razón para no decirle lo que pasó y, además, es muy probable que aparezca en el
periódico de mañana—. Estaba andando en bici por el lago y encontré un bebé.
Mamá me mira sin comprender.
—¿Qué quieres decir con que encontraste un bebé?
En ese momento aparece Katie por el pasillo. Se queda parada detrás de mamá, con los ojos clavados en mí y el rostro pálido.
—Fui al lago —repito—. Estaba andando en bici. Encontré una bebita. Y
la llevé al hospital. Y ahora, si no te molesta, voy a comer algo y a darme una ducha caliente, porque estoy helado y me muero de hambre.
Mamá abre y cierra la boca como si fuera un pez dorado. Estoy a punto de irme a la cocina a buscar sobras, cuando escucho a Katie.
—El bebé… ¿está bien?
La veo a los ojos.
—Sí —le respondo—. Ella va a estar bien.
Después me voy. Sé que mamá tiene como un millón de preguntas, pero no tengo mucho más que decir. Sólo necesito estar solo.
Me llevo un plato de pasta a mi cuarto y la devoro como en treinta segundos. Después me meto a la ducha. Poco a poco subo la temperatura hasta que el agua está tan caliente que poco falta para que me queme vivo.
Me quedo de pie, apoyado contra la pared mientras el agua me cae en la espalda. Tengo piel de gallina en todo el cuerpo y estoy temblando. Siempre me cuesta entrar en calor una vez que me ha dado mucho frío, pero creo que es más que eso. Por mucho que odie admitirlo, parece que Nancy tenía razón y estoy un poco alucinado por todo el asunto de haber encontrado un bebé.
Respiro hondo y trato de pensar.
Trato de hacer que todo esto tenga algún sentido.
La llamada de Katie, la nena, todas esas preguntas. Lo que más me alucina es la parte de la que no le hablé ni a Nancy ni a la oficial de policía.
¿Qué papel jugó Katie en esto? Me acuerdo de su cara en la sala, cuando me preguntó si el bebé estaba bien, pero no encuentro ninguna pista.
¿Estaría… podía haber estado preguntándome si su bebé estaba bien?
No puedo imaginarme a Katie aban-donando a un bebé en el bosque.
Lo peor de todo, lo que ni siquiera me puedo permitir pensar, es que si esa nena era de Katie, entonces ella estuvo embarazada nueve meses enteros y lo ocultó todo el tiempo. Pasó por todo eso sin que ninguno de nosotros lo supiéra-mos. Sin que mamá lo supiera. Sin que yo lo supiera. Lo que significa que la he defraudado de nuevo.
Salgo de la ducha, me seco con la toalla y la envuelvo alrededor de mi cintura. Mi piel está roja como una langosta hervida y el baño está completamente lleno de vapor, pero en algún lugar en mi interior el frío se está acumulando de nuevo, duro y helado como hielo de glaciar.
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