En el bosque

Robin Stevenson · Capítulo 12 de 17

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En el bosque

Capítulo once

Después de clases, Audrey se me acerca cuando estoy frente a mi casillero.

—Decidí faltar a la banda.

—Ah, está bien. Entonces… —digo y veo que Dexter camina por el pasillo hacia nosotros—. Este… creo que tu novio te está buscando.

Audrey se da la vuelta y extiende los brazos. Dexter la abraza y la levanta del suelo como si no pesara nada, y Audrey inclina la cabeza sobre su hombro y le susurra algo al oído. Él asiente con la cara seria y yo experimento un golpe de ansiedad. Por primera vez se me ocurre que debo ser una especie de cómplice de un crimen o algo así. Me pregunto qué tan grave sería para mí si este secreto se supiera. Nada comparado con lo que sería para Katie, supongo.

Dexter baja a Audrey junto a mí.

—Bueno… Llámame más tarde —le dice y me sonríe—. Suertudo.

¿Sabes con quién tengo que hacer yo mi proyecto de sociales?

Asiento.

—Sí. Con Robert James. Ji ja, gronch —digo y le doy un golpe en el brazo al estilo Robert—. Lamento tu mala suerte.

Él se ríe.

—Es un bobo, pero no es malo, ¿sabes? Quiero decir, es fastidioso, pero no es un mal tipo.

Dexter es demasiado bueno para ser real.

Pero claro, eso es lo mismo que pensaba de Katie: la Srta. Perfecta.

Audrey también trae su bici, así que vamos juntos hasta la biblioteca del centro y encadenamos nuestras bicicletas a los tubos junto a la entrada. No quiero hacerla enojar, pero no puedo olvidarme de cómo le susurró algo a Dexter. Audrey no se ocupa de chismorreos, pero seamos francos, hasta un santo se sentiría tentado a contar esta historia. Muevo con torpeza mi candado, golpeo la cadena con los nudillos y me ensucio de grasa. Maldigo en voz baja.

—Audrey… sé que prometiste que no le dirías ni una palabra a nadie, pero…

—Incluyendo a Dexter —dice.

Me leyó la mente. Le sonrío.

—Okey, okey.

—Pero, Cam… —dice. Arruga la frente y se juntan un poco sus cejas claras—. Tenemos que hablar.

—¿De qué?

—De esa nena… —Ajá.

—¿Hablaste con Katie? ¿Estás seguro de que es suya?

Dudo por un momento y entonces asiento.

—Lo admitió.

—Mierda.

Creo que Audrey en general no dice groserías. La palabra hasta suena rara viniendo de su boca.

—Ya sé —digo—. La verdad es que no pensé que lo hiciera. Quiero decir, medio como que tenía esperanzas de que me dijera que había sido una coincidencia. O, en el peor de los casos, que era la bebita de una amiga y que la había ayudado a esconderla.

—Pues bien. Ahora ya lo sabes. ¿Qué vas a hacer?

Me encojo de hombros.

—Bueno, ¿qué puedo hacer? Quiero decir, la nena está bien. No quiero meter a Katie en problemas. Supongo que lo mejor es no hacer nada,

¿sabes? Simplemente… simplemente dejar que pase la tormenta.

Audrey tira de su chaqueta y se abriga mejor.

—No puedes hacer eso.

—Sólo mírame —le digo—. Como ¿no tenemos trabajo? ¿O necesitas comer algo antes?

—No tengo hambre —dice.

Empujo la pesada puerta y entramos a la biblioteca. Hay algunas mesas en el segundo piso donde se puede trabajar muy bien. Nunca hay nadie.

Me siento, pongo mi mochila sobre la mesa y empiezo a sacar papeles de la clase de ciencias sociales.

—Entonces…

Audrey se sienta frente a mí, pero parece distraída. No saca sus notas.

Sólo se queda sentada, mordiéndose el labio inferior y mirándome fijamente.

—¿Qué? —le pregunto al fin—. ¿Sigues pensando en Katie?

—Es sólo que… bueno, ¿no crees que la nena tiene el derecho de saber quién es su madre?

Le devuelvo la mirada.

—La nena tiene como… un día de nacida. No le importa quién es su madre.

Audrey lanza un exasperado suspiro.

—Va a crecer, Cam. Y le va a importar.

—Eso no lo sabes.

—Créeme —dice en voz baja—. Lo sé.

Siento como si se me estuviera escapando algo, pero no tengo idea de qué habla. No dejo de ver en mi cabeza la imagen de esa niña diminuta. Me imagino que es mejor para ella no saber que su madre la abandonó en el bosque cuando acababa de nacer.

—Supongo que van a adoptarla —digo—. Quiero decir, es lo mejor, ¿no?

Alguien que quiere un bebé lo consigue y Katie no tiene que quedar expuesta y ser juzgada.

Audrey se queda en silencio unos cuantos segundos. Tiene las manos extendidas sobre la mesa: uñas cortas, sin esmalte, dedos largos y delgados.

Sus manos están mucho más bronceadas que su cara y usa un anillo plateado.

—¿Te lo dio Dexter? —le pregunto.

Audrey me mira.

—¿Qué cosa?

—Tu anillo. ¿Te lo regaló Dexter?

—No —dice. Toca el anillo con la otra mano y lo hace dar vueltas—. Mi madre. Es el anillo de compromiso de su madre.

—Es bonito —digo débilmente. Me alegra que no se lo haya dado Dexter. Audrey no parece ser de esas chicas a las que les gusta anunciar que le pertenecen a alguien.

—Mi madre adoptiva —dice Audrey.

Sus palabras se quedan flotando en el aire un momento antes de que yo pueda hacer la conexión.

—¿Eres adoptada?

Asiente.

Rehago nuestra conversación en la cabeza, atando cabos.

—¿A eso te referías cuando dijiste que sabías que la niña querrá saber quién es su madre?

Asiente de nuevo.

—Bueno, mi mamá y mi papá son maravillosos. Son mis padres en todos los sentidos y eso es algo que jamás cambiaría. Pero hay una pieza que falta, ¿sabes? Una pregunta.

—¿Has tratado, ya sabes, de encontrar a tus…? —Trato de encontrar las palabras correctas, pero Audrey me interrumpe.

—¿A mis padres biológicos? No. Pero es muy probable que lo haga.

Mamá dice que me ayudará.

—Ah. ¿Pero qué pasaría si… quiero decir, si tu madre, quiero decir tu madre biológica, hubiera hecho algo como esto… si te hubiera abandonado en alguna parte…? No querrías conocerla, ¿o sí?

—Sí.

—¿En serio? Caramba —digo. Me acuerdo otra vez de la nena, de lo indefensa que estaba, envuelta en las mantas en el suelo, gimoteando—. Yo estaría demasiado furioso para eso.

Ella se encoge de hombros.

—Bueno, no estoy diciendo que quiera ser amiga de mi madre biológica, no necesariamente. Pero aun si ella no quisiera conocerme, necesito saber más de ella. Digo, soy su hija, al menos en el sentido biológico. Tengo derecho de saber quién es, qué aspecto tiene y por qué me dio en adopción.

Y pienso que la nena que encontraste… bueno, pienso simplemente que también tiene ese derecho.

Los ojos de Audrey están brillando con demasiada fuerza, pero no digo nada. Porque aunque ella tuviera razón, no sé qué podría hacer yo.

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