En el bosque
Capítulo siete
Doy un rodeo por la sala y hago una ronda rápida de veinte preguntas con mamá. Las mismas preguntas más o menos, aunque parece aceptar mi descubrimiento como una coincidencia más fácilmente que la trabajadora social y la oficial de policía. Me refugio en mi cuarto y busco en línea
“bebés abandonados”. Un minuto después, alguien da un golpecito en mi puerta.
—¿Cameron?
Cierro mi laptop a toda prisa.
—¿Mamá? —digo. Dios, no más preguntas por favor.
—¿Cameron, cariño?, olvidé decirte que alguien te llamó en la tarde —
dice y baja la voz como si fuera un gran secreto—. ¡Una chica!
Me gustaría que no lo hiciera sonar como si fuera la primera vez.
—¿Sí? ¿Quién?
—Audrey, dijo. Qué nombre tan de otra época. ¿Va a tu escuela? Nunca has hablado de ella.
—Tenemos que hacer juntos un proyecto de ciencias sociales. El Sr.
McKluskey nos puso en parejas.
Y se lo voy a agradecer toda la vida.
—Oh —dice, un poco decepcionada—. Bueno, dijo que la llamaras si llegabas antes de las diez.
Veo la hora. Las nueve y media.
—Okey. La voy a llamar.
Audrey contesta el teléfono enseguida.
—¿Bueno?
—¿Audrey? Soy yo —digo y me sonrojo. Dudo que haya estado sentada esperando mi llamada—. Cameron, quiero decir. Este… me llamaste en la tarde.
—Sí. Era para vernos para trabajar en nuestro proyecto de la clase de McKluskey.
—Claro.
Audrey tiene un poquito de acento irlandés, a pesar de que ha vivido aquí desde que era niña. Podría escuchar su voz el día entero. Es bastante grave para una chica y muy suave. Siempre que habla en clase, todos se quedan en silencio y escuchan con atención, porque no es una chica que hable mucho. Si habla es porque tiene algo que decir y en general es algo que no se le ha ocurrido a nadie más. Tiene una manera de ver el mundo que no es precisamente convencional.
Me aclaro la garganta.
—Este… ¿mañana, tal vez? ¿Después de clases?
—Oh, tengo banda.
Toca el violín. Mucha gente piensa que la banda es para los raros, pero no se le ocurriría eso a nadie que la hubiera oído tocar. Además Audrey no es el tipo de chica que se preocupa por lo que piensan los demás. Supongo que ella y Dexter quedan muy bien juntos en ese sentido. Los dos son muy amigables con todo el mundo.
En cuanto a mí, haría lo que fuera por ser ese violín.
—Este… ¿tal vez más tarde entonces? ¿Después de la banda? —sugiero.
Probablemente está deseando que le hubiera tocado trabajar con alguien
más inteligente. No sé si debería invi-tarla a venir aquí. La imagen de Audrey en mi habitación es de lo más rara, pero no voy a trabajar en la mesa de la cocina, con mamá ofreciéndonos queso y galletas y escuchando cada palabra que decimos.
—Eso estaría bien —dice—. ¿Quieres que nos veamos en la biblioteca o algo así?
No en mi cuarto, entonces. Me pregunto cómo se sentirá Dexter por el hecho de que hayan emparejado a su novia conmigo. McKluskey lo puso con Robert James, un tipo insoportable que siempre está golpeando a todo el mundo en el brazo, riéndose como un desquiciado, ji jaa, ji jaa, y resoplando como un caballo.
—Por mí la biblioteca está bien —le digo—. Este… tú dime la hora.
—¿A las cinco?
—Claro —contesto. No hay nada más de lo que tengamos que hablar, pero la idea de colgar me deprime. No tengo ganas de estar solo con mis pensamientos—. ¿Quieres ir a comer algo conmigo antes de que empecemos a trabajar?
—le pregunto muy rápido—. Podríamos vernos antes en el lugar de sándwiches.
—Ah, claro. Está bien.
Suena sorprendida. Supongo que sólo piensa en esto como un proyecto.
No como una oportunidad para estar juntos. Pues no, Cameron, idiota.
¿Qué esperabas?
—Bueno, lo que sea —digo enseguida—. Me da igual.
Hay un corto silencio.
—Un sándwich estar ía bien —dice Audrey al fin. Su voz es suave, cuidadosa—. ¿Cam? ¿Está todo bien?
Tal vez necesito hablar de eso. O tal vez he encontrado una forma de retenerla en el teléfono por unos pocos minutos más. No lo sé. Lo único que sé es que, por alguna razón, empiezo a soltar lo que pasó.
—Oh, es que tuve una tarde muy rara, Audrey. Fui al lago, ya sabes,
¿más allá de la zona de mesas?
—Ajá.
—Y, este… escuché un llanto. Así que me puse a buscar por todos lados y no pude ver a nadie. Y entonces vi que algo sobresalía de detrás de un árbol. Y encontré… encontré… —me detengo, porque no se me ocurre cómo decirlo sin que suene raro y melodramático.
—Dios mío. No me digas que encontraste un cadáver.
—No —respondo. Me pregunto si me va a creer—. Encontré un bebé, una nena.
—Dios —dice.
—Sí, ya sé. Fue bastante intenso.
—Un bebé.
—Sí.
Hablar del asunto es como vivirlo todo otra vez: ese momento en el que moví la manta y vi esa cabeza diminuta manchada de sangre. Es un video que se repite en mi mente. No, no un video. Una serie de imágenes fijas.
Cuadro congelado. El bosque. Suelo lleno de lodo y hojas caídas. Un destello de azul. Mis manos están resbalosas de sudor y las seco, una primero y otra después, contra mis pantalones de mezclilla.
—Jesús. ¿Qué hiciste? ¿Estaba… estaba viva?
La voz de Audrey es aún más baja y grave de lo normal y su acento parece más fuerte. Dice “Jeisús” en lugar de Jesús.
—Sí.
Le cuento cómo puse a la criatura en mi chaqueta y fui en bici hasta la carretera, cómo pedí un aventón al hospital y después me acribillaron de preguntas la trabajadora social y la oficial de policía. Toda la historia.
Bueno, supongo que no toda la historia. No digo nada de Katie.
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