En el bosque

Robin Stevenson · Capítulo 14 de 17

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En el bosque

Capítulo trece

Katie toma una toalla y se cubre con ella.

—¿Me permites? —dice con una mirada feroz y desafiante.

Okey, ya sé que estoy invadiendo su privacidad, pero…

—Katie, ¿estás… ya sabes, sangrando?

Es obvio. Hay manchas de sangre en el suelo y en el asiento del retrete, y el diminuto basurero está lleno de toallas sanitarias ensangrentadas.

No dice nada, pero su cara está terriblemente blanca.

—Necesitas ver a un médico —le digo—. Tenemos que ir al hospital.

—No puedo.

—Katie…

Empieza a llorar.

—Cameron, no se lo puedes decir a nadie. Lo prometiste.

¿De verdad? No recuerdo haber prometido nada. Y como sea…

—Esto es serio, Katie. Tienes que ver a un doctor.

—Voy a estar bien.

Eso es lo que yo llamo mentirse a uno mismo.

—No estás bien, Katie. Estás… mírate —digo y siento un bulto enorme en la garganta—. Vamos. Tenemos que ir al hospital. Yo iré contigo.

Podemos decirle a mamá que no te sientes bien. No tenemos que decir nada sobre, ya sabes… —¿Desde cuándo vamos al hospital porque no nos sentimos bien? Como si ella fuera simplemente a aceptar eso —dice. Se pasa el dorso de la mano por los ojos y se limpia la nariz con la manga—.

De todas maneras, los doctores… No quiero que nadie se entere.

Esto me sobrepasa.

—Mira, no voy a dejar que te mueras desangrada.

Mis palabras se quedan en el aire, muy fuertes, muy duras. Ni siquiera lo dije en serio; no creía de verdad que estuviera en peligro de morir, pero ahora que lo he dicho, se siente como una posibilidad real. Como si esto pudiera ser de verdad de vida o muerte.

—Prefiero morir a dejar que todos lo sepan —susurra Katie.

No le creo. No creo que realmente quiera morir. Pero claro, si es capaz de fingir que no está embarazada por nueve meses, tal vez ahora pueda fingir que no está en peligro. Y tal vez esté equivo-cado y de verdad preferiría morir antes que ser descubierta.

—Quédate aquí —le digo—. Regreso enseguida.

Voy a mi cuarto y marco rápidamente el número de Audrey. Necesito que alguien me haga volver a la realidad. Necesito hablar con alguien que no esté en completa negación. Ring. Ring. Ring. Nadie contesta. Cuelgo, frustrado, y miro el teléfono por un minuto.

—¡Cameron!

Asomo la cabeza al pasillo.

—¿Mamá? Sólo estoy haciendo una llamada.

Puedo oír el ruido de los platos y los vasos que está metiendo al lava-vajillas y me imagino que tengo más o menos un minuto antes de que venga a averiguar por qué desaparecimos Katie y yo. Respiro hondo y busco entre la pila de papeles en mi escritorio hasta que encuentro la tarjeta que me dio la trabajadora social. Marco su número a toda prisa.

—Hola, este es el número de Nancy, trabajadora social de la sala de emergencias de…

Mensaje grabado. Cuelgo. Demonios. Demonios. Demonios. Tomo un pantalón deportivo limpio del cuarto de Katie y regreso al baño. El corazón me late con fuerza, me sudan las manos y tengo el estómago hecho un nudo. Golpeo la puerta del baño.

—Vete —dice Katie.

Trato de abrir, pero ha trabado la puerta.

—Katie, déjame entrar.

No hay respuesta.

—Katie, si no me dejas entrar ahora mismo, voy a pedir una ambulancia

— digo. Espero un par de segundos—. Es en serio.

Hay un silencio, una pausa. Entonces se abre la puerta. Katie está más pálida que nunca, sus pecas resaltan como granos de pimienta contra su piel blanca, y tiene la frente y el labio superior cubiertos de sudor.

—No me siento bien —dice.

—Te voy a llevar al hospital.

—¿Y qué con mamá? ¿Qué le vas a decir?

No he pensado en todos los detalles.

—¿Que estás enferma?

Comienza a llorar de nuevo y tengo un vislumbre de cómo se debe sentir: una sensación de que su mundo se está viniendo abajo, de que todas las piezas están cayendo a su alrededor. Siento el pecho muy apretado.

—Katie, todo va a estar bien.

En realidad no lo creo, pero lo digo de todas formas.

La abuela Bess, la mamá de papá, tenía un cuadro bordado en la pared de su casa que decía: Esto también pasará. Siempre pensé que era un dicho muy sombrío, pero ahora me viene a la mente; es como decir que si aguantamos todo esto, que si Katie lo soporta todo hasta el final, puede haber vida en alguna parte del otro lado.

—No puedo hacer esto —dice.

—No tienes alternativa.

Se apoya en la pared.

—Vámonos —le digo. Abro la puerta del baño y extiendo la mano para que la tome—. Ahora mismo o de verdad voy a pedir una ambulancia.

Para mi sorpresa, toma mi mano y me sigue de buena gana. Me pregunto si, en algún lugar muy hondo, se siente aliviada de que alguien más tome las decisiones.

—Ahí están —dice mamá. Suena irritada—. ¿Planeabas regresar a comer tu cena, Katie?

—Mamá, Katie está enferma. Voy a llevarla al hospital.

Mamá deja el trapo de cocina en la mesa y su mano vuela a su boca; se presiona el labio inferior con los dedos.

—¿Qué pasa? —pregunta.

Miro a Katie. No dice nada.

—No estoy seguro —respondo. Es una mentira sólo a medias.

—Estoy sangrando —dice Katie. Su voz es un susurro.

Mamá la mira.

—Dios mío. Te ves horrible, Katie —dice.

—¿Puedo usar tu auto? —le pregunto.

Mamá me mira.

—Si Katie de verdad necesita ir al hospital, la llevaré yo. Pero, Katie…

¿no será sólo una mala regla? ¿Por qué no te acuestas un rato? Te llevaré una compresa caliente.

Sacudo la cabeza.

—Mamá, tiene que ir al hospital. En serio. ¿Puedo usar el auto?

Me mira con una expresión extraña en los ojos.

—¿Es una cosa rara de mellizos? ¿Como cuando tenían seis años y te perdiste y Katie supo dónde estabas?

—Algo así —le digo. Ni siquiera me acuerdo de eso, pero si ayuda…

Mamá se encoge de hombros, entre irritada y preocupada.

—Está bien. Pero yo también voy.

Mamá conduce. Nadie habla demasiado en el auto. Por fortuna el hospital no está muy lejos, porque el silencio es bastante incómodo. Además, Katie tiene un aspecto terrible. Va en el asiento trasero y yo me la paso volteando a verla, pero no me mira a los ojos. Mamá parece molesta, como si estuviéramos exagerando, pero yo no voy a ser el que le diga la verdad.

Pienso que esa decisión es de Katie.

Cuando llegamos al hospital, Mamá y Katie van a la recepción. Yo me quedo atrás, aprieto las manos en puños y trato de relajar la respiración. No me había dado cuenta de lo asustado que estaba, pero apenas entramos a la sala de emergencias, sentí que el peso de mi miedo comenzaba a levantarse un poco. Es un alivio gigantesco saber que, sin importar el desastre en que esto se con-vierta, al menos Katie va a ser atendida. Al menos no se morirá sola, desangrada en nuestro baño.

La sala de emergencias está muy silenciosa: un par de ancianos sentados y leyendo revistas, un hombre flaco y con aspecto demacrado que camina sin parar de un lado a otro, una mujer de cabello oscuro cargando a un niño pequeño que no deja de gimotear. La última vez que estuve aquí, tenía a la niña de Katie en brazos.

No puedo creer que eso haya sido anoche.

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