En el bosque
Capítulo ocho
Cuando Katie y yo éramos niños nos llevábamos muy bien. Supongo que es así con la mayoría de los mellizos. A veces nos peleábamos por cosas estúpidas: a quién le había tocado la porción más grande de helado, quién tenía más espacio en el asiento posterior del auto, a quién le tocaba usar la computadora. Ella en general ganaba. Katie siempre ha sido una chica grande, alta, de hombros anchos y huesos grandes, mientras que yo siempre he sido más bien flacucho. Pero la mayor parte del tiempo éramos los mejores amigos. Aun después de que los niños y las niñas empezaran a jugar en grupos separados y de que nosotros dejáramos de jugar juntos en la escuela, seguíamos haciéndolo en casa. Ella venía a mi cuarto en secreto cuando mamá ya estaba en la cama y jugábamos Monopolio y comíamos cosas ricas que habíamos robado de la alacena.
No sé cuándo exactamente cambió todo, pero sé por qué. Simplemente me harté de que Katie fuera siempre tan perfecta. Me harté de las medallas de natación que llenaban la caja de vidrio que había comprado mamá, de que Katie llegara con reportes de la escuela llenos de las mejores notas mientras yo luchaba para que mi promedio no bajara de C. Sobre todo me harté de que mamá no parara de hablar de lo orgullosa que estaba de Katie.
Katie es tan inteligente, le decía a todo el mundo. Siempre sentí como que
había una segunda frase que no decía: Qué lástima que Cameron se parezca tanto a su papá.
No culpo a Katie por ser la favo-rita de mamá ni por ser tan lista. Sólo dejé de tener ganas de pasar el tiempo con ella.
Es difícil estar con alguien que nunca hace nada mal.
Después de hablar con Audrey, me acuesto en el piso de mi cuarto y pienso qué hacer. Sé que debería hablar con Katie. Es obvio que tendría que ir y preguntarle qué está pasando y por qué estaba tan desesperada por que fuera al lago. Podría preguntarle directamente si sabía de la nena y de quién es.
No sé por qué lo estoy posponiendo.
O tal vez sí lo sé.
Mientras no hable con ella, puedo hacer como que todo esto no tiene nada que ver con Katie. Como si el hecho de haber encontrado a la pequeña fuera una loca casualidad. Una coincidencia.
El asunto es que, aunque estoy tratando de no pensar en eso, me acuerdo de muchas cosas que pasaron en los últimos meses. Cosas que no significaron mucho para mí en el momento, pero que ahora, post bebé, están tomando un significado de lo más feo.
Como por ejemplo que Katie dejara el equipo de natación hace cuatro meses. El equipo de natación era su vida.
Como el hecho de que se haya pasado el invierno entero con sudaderas enormes y que se quedara tanto tiempo sola en su cuarto, sin salir con sus amigas tan a menudo como antes, haciendo como que necesitaba estudiar.
¿Desde cuándo necesita estudiar Katie?
Y mamá, que no suele criticar a Katie, sugiriendo que si no iba a nadar tal vez podría inscribirse en un gimnasio. Parece que has subido unas pocas libras, cariño.
Claro que un bebé es más que sólo unas pocas libras, ¿verdad? Pero de todas formas…
Tengo que hablar con ella. Arrastro los pies por el pasillo y toco con suavidad a su puerta.
—¿Sí?
—Soy yo.
Abro la puerta y entro. Katie está sentada en su cama con su pijama de franela, cubierta con las mantas y con un libro en el regazo. Tiene el cabello oscuro en una cola de caballo y sus ojos marrones se posan con calma en los míos. Se ve como siempre y, por un segundo, siento una ola de alivio.
No es posible que haya tenido un bebé. No es posible que haya ocultado un embarazo entero de nueve meses.
—¿Qué pasa? —pregunta, como si nada.
—Eso es lo que quería preguntarte—le digo—. ¿Qué fue eso de mandarme al lago? ¿Qué fue eso de que me encontrara ahí un condenado bebé?
Frunce el ceño.
—¿De qué estás hablando?
Dios mío.
—Este… ¿de la nena, te acuerdas? ¿La que encontré en el bosque?
—Sí. Eso de verdad que fue una suerte.
—No fue suerte, Katie. Tú me dijiste que fuera, ¿te acuerdas? Hazlo por mí, Cameron. Sólo esto y nada más —le digo imitando su voz—. ¿Qué fue todo eso?
Me mira inexpresivamente durante unos cuantos segundos. Entonces extiende la mano hasta su mesita y apaga la luz. Oigo su voz en la oscuridad.
—No sé de qué me estás hablando. Y si no te molesta, tengo que dormir.
—Katie —le digo, exasperado.
No me contesta. Me quedo de pie en la oscuridad por un minuto.
Finalmente me doy la vuelta y salgo de su cuarto.
¿Qué demonios? ¿Se habrá vuelto loca o seré yo el que está enloqueciendo?
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