En el bosque
Capítulo diez
Estoy saliendo a la hora del almuerzo cuando veo a Katie. Está parada junto a la escalera con Nikki y Luba y me hace un despreocupado saludo con la mano. En un día normal yo le habría respondido igual y habría pasado de largo, pero hoy me detengo y me acerco a ellas. Igual que anoche, me impacta lo normal que se ve Katie. Viste un pantalón de mezclilla y una chaqueta de color rojo brillante y se ríe de algo que dijo una de sus amigas.
Siento una ola de alivio. No fue Katie. Dios, mi cerebro es como un maldito yo-yo. Fue Katie, no fue Katie. Miro a Nikki y a Luba y me pregunto si habrá alguna posibilidad de que Katie haya estado encubriendo a alguna de las dos.
—¿Cómo va todo? —pregunto.
Katie mira a sus amigas y después a mí.
—Bien.
Nikki me sonríe.
—¿Qué tal, Cameron? ¿Cómo estuvo tu fin de semana? —me pregunta.
—Oh, ¿no te lo dijo Katie?
Si Katie no tuviera nada que ver con la nena, sin duda se habría puesto a chismear sobre eso con sus amigas.
—¿Decirnos qué?
Luba se acomoda sus cortos rizos rojos detrás de las orejas y mete las manos en los bolsillos de su abrigo.
Hablo lentamente, tratando de mirar las tres caras para detectar cualquier destello de emoción. Busco una huella de miedo o culpabilidad.
—¿No les dijo Katie lo que encontré?
El rostro de Katie está blanco como la cera. Hasta sus labios están pálidos. Hace un mínimo movimiento con la cabeza. Una súplica.
Una confesión.
La agarro del brazo.
—Tenemos que hablar.
—Diablos, Cameron, ¿qué te pasa? —dice Luba, molesta.
No contesto. Tiro de Katie y la alejo de sus amigas.
—Si no quieres que diga nada, ven conmigo —le digo—. Ahora sí…
Quiero saber qué está pasando.
Katie me sigue hasta un lado del edificio y se apoya contra la pared de ladrillo.
—Perdón, Cameron.
—¿Perdón? Dios mío, Katie. Sólo dímelo de una vez, ¿okey?
—Ya lo sabes.
—¿Fue…? ¿Estás encubriendo a alguien o…?
Sacude la cabeza.
—No hay nadie más.
Hay un largo silencio. Puedo ver a la gente de siempre dando vueltas por ahí, pero siento como si estuvieran muy lejos. Hasta el sonido de sus conversaciones parece amortiguado de repente. Es como si hubiera un domo de vidrio grueso sobre nosotros dos y todos los demás estuvieran afuera. Me pregunto si siempre sentiré lo mismo, mientras tengamos este secreto.
—No se lo puedes contar a nadie —dice Katie.
Todavía no puedo creerlo por completo.
—Era tuya —digo sin rodeos—. Tú… tuviste a esa bebita.
Ella no deja de mirar el suelo y no contesta.
Lo sé, pero tengo que escucharlo de su boca.
—Katie, tengo razón, ¿verdad?
Ella no voltea a mirarme, pero asiente con un ligero movimiento.
—¿Cómo? —le pregunto—. Quiero decir, ¿cómo pudiste hacer eso?
¿Dejarla ahí?
No puedo entender que haya escogido el bosque y ese lugar junto al lago.
No después de todos esos paseos con Brian el pervertido. Pero, pensándolo de nuevo, de una forma muy retorcida, tal vez tenga sentido. Tal vez, para Katie, el bosque es el lugar de los secretos terribles.
Empieza a llorar suavemente y unas lágrimas silenciosas caen por sus mejillas.
—¿Cómo pudiste ocultar que estabas, ya sabes… embarazada?
—No fue tan difícil —susurra—. Ni siquiera supe que lo estaba sino hasta el final.
Eso no tiene ningún sentido. Quiero decir, ¡no tienes la regla durante nueve meses y tu estómago se pone enorme y hay un bebé pateándote desde dentro! ¡Por favor! Y no es como si Katie fuera una chica boba que no tiene idea de cómo nacen los bebés.
Después de la inmensa mentira de un embarazo secreto y un bebé abandonado, esta mentira no debería ser la gran cosa, pero por alguna razón me está carcomiendo. No dejo de ver la imagen de esa niña diminuta sola, en el suelo del bosque. Tal vez debería ser más comprensivo, pero lo que siento es furia. Quiero agarrar a Katie y sacudirla, darle una cachetada, hacer que despierte y que se dé cuenta de lo que ha hecho.
—Estás enferma —le digo—. La niña pudo haber muerto.
—Sabía que ibas a encontrarla.
Otra ola de furia, esta vez tan intensa que apenas puedo hablar.
—¿Y si yo no hubiera estado en casa? ¿Y si te hubiera dicho que no?
¿Tenías al menos un plan B?
Sólo sacude la cabeza. Su expresión es terca y cerrada.
La miro fijamente. Es como si de repente se hubiera convertido en una completa extraña.
—¿Y ahora qué? —le digo—. ¿De vuelta a la vida normal? ¿A hacer como si nada de esto hubiera pasado? ¿Ese era el plan?
—No había ningún plan —susurra—. No planeé nada de esto.
—¿Quién…? Quiero decir, no tenías novio ni nada. Así que… —Un tipo cualquiera —dice—. No importa.
Mi corazón se salta un latido y de repente veo en mi cabeza una imagen de Brian el pervertido. Si algo más le hubiera pasado a Katie, eso podría explicar que hiciera algo tan desquiciado.
—¿Fue una violación? —susurro—.
¿Fue eso lo que pasó?
Sacude la cabeza.
—No. Un tipo cualquiera en una fiesta. Sólo quería sacarme de encima todo ese rollo de la virginidad, ¿sabes? No fue importante.
No estoy seguro de si eso me hace sentir mejor o no. No es que quisiera que algo malo le hubiera pasado a Katie, pero sí que tuviera una excusa; algo que hiciera que esto fuera menos terrible, menos su culpa. Como están las cosas, está a un viaje en bici de ser una asesina.
—Bueno, tal vez no habría sido importante si se te hubiera ocurrido usar algún método anticonceptivo —le digo con una voz que suena helada y punzante—. Como están las cosas, sin embargo, yo diría que el maldito asunto terminó siendo bastante importante.
—Me odias —dice—. Piensas que soy… una persona terrible, ¿verdad?
Me encojo de hombros. No hay nada que pueda decir, porque en realidad tiene razón. Eso es en resumen lo que estaba pensando.
—No pude decírselo a mamá —agrega—. Simplemente no pude.
—Mamá es buena. Quiero decir, no digo que hubiera estado encantada por tu embarazo, pero habría enfrentado el problema. No te habría corrido
de la casa ni nada parecido.
Katie sacude la cabeza.
—Tú no entiendes.
—Tienes razón —le digo—. De verdad que no entiendo.
Y entonces Katie simplemente se va. Sale del patio y camina por la calle.
Pienso en correr detrás de ella, pero no lo hago. Sólo la veo irse.
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