En el bosque
Capítulo doce
A las seis de la tarde ya hemos terminado un borrador para nuestra presentación, pero Audrey está bastante apagada. Supongo que sigue pensando en la niña.
—Bueno —digo y guardo mi carpeta y algunos papeles con notas en mi mochila.
—¿Bueno?
—Supongo que te veré en la escuela mañana —le digo. Contengo la respiración un momento—. A menos que quieras ir a comer un sándwich o alguna otra cosa.
—Ya debería irme a casa —dice.
—Estás enojada conmigo, ¿verdad?
Puede ser que no saque las mejores calificaciones, pero cuando se trata de saber lo que piensan los demás, no soy un completo idiota.
—Enojada no, no exactamente. Es sólo que pienso… bueno. Creo que me cuesta mucho trabajo creer que de verdad no vayas a hacer nada.
La miro.
—Audrey, vamos. ¿Qué puedo hacer? ¿Llamar a la Policía?, ¿delatar a Katie? —le digo y sacudo la cabeza—. Ya tiene suficientes problemas sin que presenten cargos en su contra.
—Tal vez eso no pasaría —dice Audrey—. Quiero decir, te dijo que fueras al lago. Se aseguró de que la niña fuera encontrada.
—Ajá.
Esa es la parte que más me sor-prende, para ser franco. Resulta que ocultó todo el embarazo, pasó sola por el parto y entonces, cuando básicamente ya se había salido con la suya, se dejó descubrir para salvar a la niña. No es que sea una especie de heroína… quiero decir, el hecho es que dejó a su bebé en el bosque, pero al menos me da un poco de esperanza de que no sea totalmente… fría. Un desastre, sí, pero no tanto como para dejar que la niña muriera.
—Fue una suerte que encontrara a la nena —digo—. Podría no haberla descubierto. Habría sido fácil no verla. Si hubiera dejado de llorar unos pocos minutos antes…
Me pregunto qué habría hecho Katie si yo hubiera llegado a casa y no hubiera dicho nada. Creo que prefiero no saber nunca la respuesta.
Audrey toma su casco y juguetea con la correa.
—¿Sabes?, creo que no le estás haciendo un favor a tu hermana guardando este secreto —dice y yo arqueo las cejas—. Creo que se lo deberías contar a alguien. A esa trabajadora social, tal vez.
No creo que esté realmente pensando en Katie.
—Tal vez te estás identificando de algún modo con la nena, ¿no? Por el hecho de ser adoptada y todo eso.
—¿Y? —me pregunta.
Sus ojos destellan. Debería advertir las señales de peligro y retroceder, pero no lo hago.
—Pues que tal vez estás poniendo los intereses de la niña por encima de los de Katie.
—Tal vez sea cierto. Entiendo que eres tú el que encontró a la nena y entiendo que Katie es tu hermana, ¿pero piensas de verdad que sabes qué es
lo mejor para cualquiera de ellas? Porque si eso crees, te estás engañando.
—Sé que tengo que proteger a Katie.
—¿Protegerla? ¿Crees que la estás protegiendo? —dice Audrey levantando la voz y unas pocas personas voltean a vernos con curiosidad—.
Katie está perdida en serio, Cameron.
—Por favor, baja la voz —le digo.
Audrey me lanza una mirada de furia.
—¿Sabes qué? Si guardas su pequeño secreto, ella no va a recibir ninguna ayuda —dice. Se pone la mochila al hombro y se levanta, con el casco colgando de su muñeca—. Estás escogiendo ser parte de algo muy retorcido, Cameron. Así que no finjas que no puedes hacer nada. Estás tomando decisiones ahora mismo. Eres el tío de la nena, ¿entiendes? Si simplemente sigues tu camino, tú también la estás aban-donando. Estás tan perdido como Katie.
—Al menos la abandoné en un hospital.
Audrey sólo sacude la cabeza.
—Tengo que irme, Cam. Piénsalo, ¿está bien?
Mamá y Katie están justo sentándose a cenar cuando llego a casa.
—Pollo salteado con verduras —dice mamá—. ¿Tienes hambre?
Me siento frente a Katie y me sirvo un plato entero sin mirarla a los ojos.
—Estoy famélico.
—Ese es mi hijo. ¿Cuándo no tienes hambre?
Me acerca una rebanada de pan.
La miro y fuerzo una sonrisa. Mamá es bastante joven: todavía no tiene cuarenta y parece menor. No tiene canas ni arrugas, excepto unas pocas líneas muy finas alrededor de los ojos. No parece que tenga edad para ser abuela.
Me pregunto qué haría si supiera que lo es. Siempre se pone lela con los bebés. Me pregunto si querría ser parte de la vida de esta niña, aun si Katie no quisiera tener nada que ver con ella.
—¿Estás bien? —me pregunta—. Parece como si estuvieras a muchas millas de distancia.
—Sí, perdón. Sólo estaba pensando en la escuela —contesto—. En una tarea que tengo.
Frunce el ceño.
—Dime que no la has dejado para el último minuto.
—No, no es así —digo, herido.
—Muy bien. Porque hay gente que se puede permitir dejar las cosas para el último momento, pero tú no eres uno de ellos. Katie, por otra parte, siempre trabaja bien bajo presión.
Le echo una mirada a Katie del otro lado de la mesa. Me pregunto si se ha dado cuenta de que mamá lo está haciendo de nuevo. Ella también lo odia; dice que es embarazoso, que la hace sentir como una farsante. Esta noche, sin embargo, ni siquiera parece estar escuchando. Supongo que tiene cosas más importantes en la cabeza. No ha tocado su comida y me doy cuenta de que está terriblemente pálida.
—Perdón —dice Katie. Empuja su silla hacia atrás y se levanta, tratando de mantener el equilibrio con una mano sobre la mesa.
Mamá frunce el ceño.
—¿Estás bien, cariño?
—Sí, sí. Es sólo que… ya sabes.
Hace un gesto hacia el baño y se va por el pasillo.
Mamá espera hasta que se cierra la puerta.
—Cameron, ¿le pasa algo a tu hermana?
Oh, Dios.
—No lo sé. ¿Por qué? ¿Qué pasa?
—Llegó a casa temprano y dijo que no se sentía bien —dice, arrugando la frente con preocupación—. Me pregunto si pasó algo en la escuela.
—No que yo sepa.
Escucho a mamá hablar de Katie por un rato. Katie y el equipo de natación, las opciones de universidad de Katie, si a Katie le iría mejor estudiando leyes o medicina, lo bien que se maneja Katie bajo presión.
Me pregunto cómo reaccionaría mamá si supiera lo que hizo mi hermana cuando estaba de verdad bajo presión.
Mamá mira el plato sin tocar de Katie.
—Esto es raro en ella. Espero que no se esté enfermando.
Me levanto.
—Voy a ver cómo está.
Katie está en el baño. Golpeo la puerta con suavidad.
—Sólo soy yo.
—Vete.
Suena como si estuviera llorando.
—¿Estás bien?
Oigo que tira de la cadena.
—Sólo déjame sola, Cameron.
De repente siento un pinchazo de inquietud en la nuca. Pruebo la manija, esperando que esté cerrada, pero la puerta se abre.
—Perdón —digo, avergonzado. Estoy a punto de cerrar la puerta de nuevo, pero entonces veo fugazmente a Katie. No está en el retrete. Está sentada en el borde de la tina, en camiseta y ropa interior. Su pantalón de mezclilla está hecho una bola en el suelo y hay una fina línea de sangre roja y brillante corriendo por el interior de su pierna.
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