En el bosque

Robin Stevenson · Capítulo 6 de 17

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En el bosque

Capítulo cinco

La sala de emergencias está llena. En lugar de ponerse en la fila para la recepción, Lainey simplemente toma al bebé de mis brazos y camina hasta el mostrador. Yo me quedo atrás. El bebé es entregado a un hombre bajo en uniforme verde que desaparece por el pasillo. Más que ninguna otra cosa, me siento aliviado de que alguien más esté a cargo, pero no estoy seguro de qué hacer ahora. Quisiera saber que el bebé está bien antes de irme.

Entonces me doy cuenta de que dejé mi bici a un lado de la carretera. Mi bici nueva. Mierda. ¿Habrá alguna posibilidad de que siga ahí? Supongo que eso es tan probable como encontrar un bebé en el bosque.

Le echo una ojeada a mi reloj. Las seis. ¡Ay! Debería llamar a mamá.

O tal vez debería llamar a Katie y preguntarle de quién demonios es este bebé.

Busco a Lainey con la mirada y la veo hablando con una mujer junto a la recepción. Entonces las dos empiezan a caminar hacia mí y me doy cuenta de que tal vez esto no ha terminado todavía.

—¿Cameron? —dice Lainey con una sonrisa y de repente me pongo nervioso. Cosa que es estúpida, porque yo no he hecho nada malo—.

Cameron, te presento a Nancy. Es la trabajadora social de la sala de emergencias.

Nancy extiende la mano y yo la estrecho con torpeza. Nancy me parece un nombre de persona muy mayor, pero ella tiene unos treinta años como máximo, es de piel clara y tiene el cabello oscuro casi rapado de un lado, mientras que por el otro le cae sobre los ojos. Demasiados aretes como para contarlos, además de un piercing en una ceja y otro en la nariz.

—¿Podrías venir a mi oficina para hablar unos minutos, Cameron?

Necesito hacerte unas cuantas preguntas, asegu-rarme de que tenemos toda la información.

Me encojo de hombros.

—Supongo que sí, pero tendría que llamar a mi mamá. Seguramente se está preguntando dónde estoy.

—Avísale que te vas a tardar un poco —dice Nancy—. La Policía también va a querer una declaración.

—Este… ¿la Policía? —digo. Tal vez no voy a llamar a mamá enseguida.

Sigo a Nancy por el pasillo y entramos a una pequeña oficina alfombrada.

Cierra la puerta detrás de mí. Clic.

No he hecho nada malo, me digo a mí mismo. Así que no tengo por qué sentirme atrapado. No tengo por qué asustarme.

—La Policía va a tener que investigar —dice Nancy, sentándose—. Van a querer encontrar a la madre si es posible.

Me quedo de pie. Hay un largo silencio. Creo que los silencios son una especie de truco de los psicólogos. Lo recuerdo de la época en que íbamos como familia a ver a ese terapeuta en el centro de salud mental infantil.

—Yo sólo estaba paseando en mi bici. Y escuché un ruido. Un llanto —le digo y me encojo de hombros—. Supongo que Lainey ya le contó lo demás.

—Cameron, trajiste a la nena al hospital, lo que es estupendo. Lo más probable… bueno, casi con seguridad le salvaste la vida.

—¿Nena? —por alguna razón había dado por hecho que era un niño.

—Sí. Es una niña.

Se hace otro silencio, pero esta vez no lo lleno.

Nancy se inclina hacia un lado, apoya un codo en el brazo de la silla y descansa la barbilla en la mano. Tiene las uñas pintadas de negro.

—Si eres el padre, no vas a estar en problemas. Como te dije, trajiste a la nena y lograste que la atendieran enseguida. Pero…

Casi me atraganto.

—¡No! ¡Dios mío! No, no soy el padre.

Ni se me había ocurrido que alguien pudiera pensar eso. Para ser franco, ni siquiera cuando estaba tratando de descubrir quién sería la madre, me había pasado por la cabeza pensar en que también había un padre metido en el asunto. Qué tarado.

—¿Estás seguro? Sería mejor que dijeras la verdad desde ahora.

—¡Dios! Sí, estoy seguro.

¡Caramba!, demasiado seguro, de hecho. Nunca he pasado de segunda base con nadie, pero Nancy no tiene que saber eso.

—¿Así que fue pura coincidencia? ¿Dio la casualidad de que pasaste por ahí en el momento justo?

Asiento mientras maldigo mental-mente a Katie por haberme metido en este lío. Sus palabras hacen eco en mi cabeza. No se lo cuentes a nadie. Me pregunto qué sabe ella, qué ha hecho. ¿Habrá estado ahí, en el bosque?

¿Habrá ayudado a alguien a esconder a la niña y después lo organizó todo para que yo la encontrara?

No tiene sentido.

Nancy se mira las manos durante un largo minuto.

—¿Sabes? No quiero que pienses que no te creo. Tengo que hacer estas preguntas.

—Está bien —digo. Sólo quiero salir de aquí—. ¿Va a estar bien la niña?

—Creo que sí. Parece ser una criatura saludable y a término. No creo que haya estado a la intemperie mucho tiempo.

No quiero prolongar la conversación, pero tengo que hacer esta pregunta.

—¿Por qué haría alguien una cosa así? ¿Abandonar de esa manera a un bebé?

Ella suspira.

—Pasa más a menudo de lo que te imaginas. El año pasado una chica dejó al suyo en el baño de la zona de restaurantes del centro comercial.

—Me parece que supe de eso.

—Nunca se descubrió de quién era el bebé. Al menos estaba vivo —dice.

Por primera vez percibo en su voz un destello de emoción, de furia—. A menudo no lo están. A menudo son asesinados o simplemente los escon-den y los dejan morir por ahí. Bebés de basurero.

Trago en seco. Si no hubiera accedido a ir al lago… —Cameron, si tienes alguna idea de quién puede ser la madre, ella necesita con urgencia atención médica.

—¿Quiere decir atención psicológica? ¿Asesoría?

—Sí, claro, pero también física. Cuidados posparto.

Agh. No quiero detalles, así que sólo sacudo la cabeza.

—De verdad que no lo sé.

Lanza un suspiro.

—Lo más probable es que nunca lo sepamos. En estos casos, lo más común es que nunca se identifique a la madre.

—¿No se dará cuenta alguien? Quiero decir, si yo conociera a alguien que está embarazada y que después ya no lo está, creo que lo notaría.

—Eso parece lo más lógico. Pero con frecuencia estas mujeres… o chicas, porque a menudo son muy jóvenes, se las arreglan para ocultar muy bien su embarazo.

Sacudo la cabeza. No quiero discu-tir con Nancy, pero he visto mujeres embarazadas y en general se ven como si se hubieran tragado una pelota de basquetbol. No me puedo imaginar que alguien pueda ocultarlo.

Me da su tarjeta.

—Perdóname por haberte acribillado a preguntas.

—Es su trabajo, supongo.

Me guardo la tarjeta en un bolsillo.

—Si necesitas hablar, llámame.

—¿Por qué iba a necesitarlo?

Me sonríe, más relajada ahora que aparentemente ha cambiado su opinión sobre mí y que ya no me ve como un potencial Asqueroso Abandona-Bebés sino como un Buen Samaritano.

—Debe haber sido muy traumático encontrar un bebé recién nacido en el bosque.

Me encojo de hombros. Los traba-jadores sociales y ese tipo de gente consideran que todo es traumático.

—En realidad no —digo—. Sólo, ya sabe, de lo más raro.

—A veces el impacto de las cosas llega más tarde —dice—. Bueno, en cualquier caso, tienes mi número.

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