En el bosque
Lista de contenido
Capítulo uno
Capítulo dos
Capítulo tres
Capítulo cuatro
Capítulo cinco
Capítulo seis
Capítulo siete
Capítulo ocho
Capítulo nueve
Capítulo diez
Capítulo once
Capítulo doce
Capítulo trece
Capítulo catorce
Capítulo quince
Capítulo dieciséis
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Capítulo uno
Cuando suena el teléfono, estoy en la sala viendo la tv.
—¿Bueno?
Trato de sonar muy despreocupado por las dudas de que sea esa chica de mi escuela, Audrey, porque la verdad es que me tiene loco. Además, resulta que justo hoy me pidió mi número de teléfono. Sí, claro, sólo porque no le quedó otra que ser mi compañera para un proyecto de ciencias sociales, pero de todas formas…
—¿Cameron? Soy Katie.
No es Audrey. Es mi hermana. Mi hermana melliza, aunque en general a la gente le cuesta mucho creerlo.
—Mamá no ha llegado —le digo, dejándome caer en el sofá.
—Ya sé. Quería hablar contigo.
¿Conmigo? ¿Desde cuándo Katie quiere hablar conmigo, sin que nadie la obligue?
—Mira —le digo—, la verdad es que medio estoy esperando una llamada.
—Ah. Bueno, está bien. Este… entonces supongo que mejor no te molesto más.
Estoy a punto de colgar, pero algo me detiene. Algo en su voz.
—¿Dónde estás? —le pregunto—. ¿Está todo bien?
Hago una mueca. En el universo de Katie, lo único malo que puede pasar es sacar una A menos en lugar de una A o ganar el segundo lugar en una competencia de natación en lugar de llegar primera. Mi hermana es la Srta.
Talentosa y Superdotada. La Srta. Triunfo Seguro.
Katie lanza una risa rara y sin gracia.
—Estoy bien.
Me enderezo en el asiento.
—No suenas muy bien —le digo. Hay un largo silencio y me empiezo a poner nervioso—. ¿Katie? ¿Sigues ahí? ¿Qué pasa?
—Es sólo que…
Puedo oír que respira muy hondo, casi como si le costara trabajo. Otro silencio más. Estoy a punto de decir algo cuando ella se aclara la garganta y habla con voz casi normal.
—Necesito que hagas algo por mí, ¿está bien?
—¿Qué?
—Este… ¿te acuerdas del sendero alrededor del lago?
—Claro —respondo. Algunos chicos de la escuela pasan el rato por ahí, pero yo no he ido en siglos. No desde el verano pasado. En agosto fui con unos chicos del equipo de futbol, tomamos cerveza, comimos hamburguesas a la parrilla y nadamos en el lago—. ¿Qué tiene?
—¿Podrías ir?
—¿Cómo? ¿Ahora?
Cuando éramos niños, íbamos a menudo de día de campo con mamá y con Brian el pervertido, pero no creo que vayamos a hacer ahora un paseo nostálgico por el pasado. Jamás hablamos de ese periodo. Además, Katie y yo no pasamos tiempo juntos. No es que no nos caigamos bien; es sólo que somos muy diferentes.
—Sí. Ahora.
—¿Por qué? —le pregunto.
Hay un largo silencio, como si no se le hubiera ocurrido que yo pudiera pedirle una razón.
—De todas formas, no puedo —le digo—. No tengo auto, ¿recuerdas?
—Llévate el de mamá.
Lanzo un resoplido.
—Eso sí que saldría bien.
El año pasado choqué. No fue mi culpa, el otro conductor frenó de golpe justo frente a mí, pero mamá gruñó algo acerca de la distancia segura entre los automóviles, como si eso fuera posible en el tráfico de hora pico. Me dijo que tenía prohibido usar su auto. Es una peste. Claro que ese tipo de cosas nunca le pasan a Katie. Ella tiene permiso de usar el auto de mamá cuando quiera.
Aunque claro que no lo necesita. Mamá le compró un auto hace un par de meses. ¿Y a mí? A mí me dio una bici nueva.
—Cameron —dice con voz impaciente—, por favor.
—Mamá se llevó el auto al trabajo, así que no podría hacerlo aunque quisiera. Y no es el caso. Además, ¿cuál es el problema? ¿Qué está pasando en el lago?
—Podrías ir en tu bici —dice Katie—. No es tan lejos.
Lanzo otro bufido. Es una buena media hora en bicicleta, como mínimo, y eso si vas rápido.
—¿Cameron?
—Ajá —digo. Hay algo muy raro en todo esto. Katie no es de las chicas que se inventan dramas y misterios enormes por cualquier cosa. En general es súper sensata. Tal vez le ha dado una especie de crisis psicótica por estudiar demasiado—. Dime por qué y puede ser que lo considere —le digo. O tal vez no. Audrey podría llamarme. Podría estar tratando de llamar en este mismo instante. Me levanto y echo un vistazo por la ventana—. Está empezando a llover.
—¿En serio? —dice Katie con la voz entrecortada. Suena como si estuviera a punto de llorar—. Oh, Dios mío… ¿por favor? Cameron, te
prometo que nunca más te voy a pedir que hagas nada. Jamás. ¿Harías esto por mí?
Miro al otro lado de la habitación y me encuentro con mi reflejo en el espejo del pasillo. No sé por qué, pero estoy asintiendo con la cabeza. Tal parece que una parte de mí ya ha decidido hacer esta locura por ella. Pues bueno. De todas formas no me haría mal un poco de ejercicio y además tengo una bici de montaña nueva que apenas he usado.
—Está bien, está bien. Iré.
—No se lo cuentes a nadie —me dice.
Después cuelga y me quedo preguntándome qué es exactamente lo que acepté hacer.
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