Escribo tu nombre

Elena Quiroga · Capítulo 20 de 97

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Escribo tu nombre

Capítulo XII

Me pareció, simplemente, al volver, que un paréntesis se cerraba. Me hallé, en mi uniforme, en filas, en los corredores y los largos pasillos y hasta el vago olor del colegio me resultaba familiar: me hallaba en él. No olía a nada. Era ese oler a nada lo que le daba su particularidad. Olía, quizás, a refregado, a limpio, a cera de velas y del suelo, en el piso bajo, donde los recibidores y la capilla.

El olor acre, a nada y a acre, de los velos y los hábitos. La Madre Azpiazu olía algunas veces a sudor; nos parecía inmunda porque olía. En el jardín no había flores ni árboles altos, ni arbustos, nada que fuera frondoso o exuberante; había setos de aligustre, tierra apelmazada cubierta por una arena sin brillo, sin chispas, suelo de cemento bajo la marquesina. Las rocas del estanque habían sido traídas, no nacidas allí. El agua no brotaba ni corría: salía a chorro amortiguado por una tubería de plomo, en el centro del estanque redondo, y se desparramaba a un ritmo igual; había rocas, piedras apiñadas junto a la tubería, fingiendo cuevas pequeñas en donde se guarecían los pocos peces; no eran unos peces vivos y escurridizos y brillantes, sino calmosos, bogando por el agua. De todas maneras, no les gustaba que mirásemos a los peces. Había plantas en el piso bajo, sobre las mesas del recibidor, y en el arranque de la escalera. Eran plantas estáticas, filodendros o palmeras. En los días de asueto, o cuando se enseñaba el colegio a las familias, las había también sobre las tapas de los pianos, y en la iglesia grande en el arranque de las escalinatas del comulgatorio, y adornaban el bajo del escenario, tapando el tablado, en la fiesta de fin de curso o cuando hacíamos teatro.

El teatro era más bien allí lo que llamábamos cuadros vivos, aunque mejor pudieran llamarse cuadros inmóviles. No había que moverse. Cuando se empezaban a proyectar las funciones yo deseaba con todas mis fuerzas que no se acordaran de mí, sobre todo que no tuviese que hacer papel sola, pero luego que, en efecto, no se acordaban de mí, quedaba defraudada y un

poco dolida. Las que iban a representar papeles principales adquirían a nuestros ojos una importancia nueva, especialmente si se trataba de María o de Jesús. El año anterior se había representado la Samaritana, y con asombro miré a Elvira, costándome trabajo reconocerla, aunque sabía de antemano que era ella; con su cabello esparcido, onduladísimo, bajo el manto de rayas de vivos colores, con el ánfora apoyada en la cadera, quieta (supongo que parpadeando bajo el fuerte foco, pero desde abajo no se notaba), para siempre fue la estampa de la Samaritana para mí. Representó a Jesús Margarita Altube, con barba negra. Estaba sentada a la orilla del pozo. Desde abajo mis compañeras cuchicheaban junto a mí. Éramos público las monjas, las antiguas alumnas y las que no trabajábamos.

—La tela del manto es una preciosidad.

—Pero la Samaritana, ¿era pobre?

Después la Prefecta la retrató en el monte, con su túnica y el ánfora, y nos enseñó las pruebas en el recreo del domingo. Pero la copia en negro no daba idea del vivo colorido — azul, carmesí, oro — del manto, ni del brillo mate de la morena piel de Elvira, ni de su boca oscura, ni de su jugosa sonrisa.

También había habido la declamación de Luz, el día de los premios, a fin de curso, sin que pasásemos mal rato por ella, porque a Luz le brotaban los gestos y las palabras de una manera natural, sin sensación de esfuerzo o de nerviosismo, y bajo todos los focos concentrados sobre ella Luz era Luz, por encima de su papel o del verso. (Durante mucho tiempo creí que eran versos suyos, y únicamente sentía un poco de vergüenza y malestar porque los exhibiera en público).

Habitualmente echaban mano de Teresa Alzola, pensábamos que porque era banda azul, pero a poco de llegar Isabel la desposeyó de ella y, sin embargo, Teresa siguió con sus papeles principales. Tenía la nariz larga, con caballete pronunciado, los ojos muy rasgados, la frente bombeada.

—Dijo Madre Hornedo que tenías cara de hebrea. Lo dijo esta tarde.

—¿Qué era la Virgen? —preguntó Teresa.

—Judía —dijo Luz.

—¡No! —Teresa se puso colorada.

—Era judía. Jesús también, ¿verdad, Madre Vergara?

La Madre Vergara no debió de oírla, porque se quedó un poco enajenada, con la boca entreabierta.

Isabel Gauna había llegado el día primero de curso, por la tarde, como yo, y como yo, vestida de paisano. Se hacía rara. Llevaba falda azul marino y blusa camisera blanca; parecía encogida, deseosa de que no nos fijáramos en ella. La Madre Prefecta se quedó en el recreo de esa noche y nadie habló a la recién llegada. Solamente Paz le preguntó:

—¿Vienes interna?

Por preguntar, supongo. Isabel Gauna dijo:

—Sí —muy bajo.

Llevaba medias. No era alta. La colocaron en filas delante de mí, aunque estaba en tercera, más bien delgada, trigueña de tez, trigueña toda.

Después buscamos su fotografía para recordarla — se publicó en la revista del colegio el grupo que nos habían hecho a las internas en torno al estanque, y la cabeza de Isabel, señalada con una aspa blanca — y entonces nos pareció distinta a todas (¿cómo no habíamos comprendido?), aunque cuando anduvo entre nosotros era una del montón, no destacaba por nada.

Quizá por su voluntad de ser servicial, de llevarse bien con monjas y con niñas, de su apuro precipitado en cumplir las órdenes o las insinuaciones de las Madres, pero al principio todas hacíamos igual. Le dieron la camareta vacía frente a la mía. Durante siete meses la vi por las mañanas a su puerta

— no se retrasaba ni medio segundo al oír la palmada —, primero con su medalla de postulante prendida a diario con un imperdible sobre el pecho

— en domingo, en lazo azul —, después agarrada a su medalla ovalada de aspirante. No llegaríamos a verla de congregante a Isabel Gauna. Te miraba y apartaba los ojos; daba la sensación de asustadiza siempre. No encajaba lo que nos contaron más tarde con lo que conocíamos de ella (o quizá sí; caímos en la cuenta que podía ser cierto), por eso nos admiró aún más.

Anduvo siete meses delante de mí en filas, siete meses convertida para mí en hábito su melena lacia y corta, su cuello blanco, la espalda de su blusón.

Fue en lo único en que oí llamar la atención a Isabel Gauna. La mano de la Madre Vergara, apenas una leve indicación:

—Ese pelo…

Porque el pelo sedoso se le escapaba del pasador, le resbalaba sobre la cara. La mano rápida y apurada de Isabel, recogiéndolo. Ya al final la Madre Vergara no decía:

—Ese pelo…

sino lo indicaba simplemente con una mirada, e Isabel se lo recogía. En la iglesia, a mi lado en el banco, me habitué a verla, continuamente remetiéndoselo bajo la goma del velo.

Ya el primer mes tuvo la banda azul, dejó sin ella a Teresa, no sé por qué; Teresa seguía siendo la misma, pero después nos alegramos de que la hubiera tenido todo el tiempo, de que se la hubieran concedido. Debía de tratarse de «espíritu de obediencia».

—Una cosa es obedecer porque no hay más remedio, o porque es más cómodo, o para que la dejen a una en paz, y otra cosa es espíritu de obediencia…

Me lo dijo la Madre Prefecta en su despacho, contemplando mi pecho limpio de bandas. Se sonreía, superior, como si conociese los móviles de mi obediencia, o supiera muchísimas cosas de mí. Pensé: «¿Cuándo desobedezco yo? ¿En qué se nota el espíritu o no?». Pero no le daba ninguna importancia.

—Espíritu de obediencia —su sonrisa irónica — es cuando obedecer es un goce. Sé lo que está pensando; entonces, si es un goce, ¿en dónde está el mérito? ¿Es así…? Es cuando se convierte la obligación en un goce voluntariamente.

Me parecía absurdo.

—Usted está siempre frenada, siempre dominada, pero no por convicción.

Su sonrisa superior, sus ojos taladrándome.

—Muy sobre sí siempre. Pero sólo en apariencia, por evitarse complicaciones. Si le dieran rienda suelta…

Me dijo:

—Puede usted llegar a ser una gran santa, o…

Dejó de mirarme. No pronunció la palabra «pecadora». Dijo:

—… lo contrario.

Me pareció importante aquello. Me puse colorada, pero no sentía que se hablaba de mí, sino de alguien que analizábamos desde fuera, con todos sus tiempos y derivados, tranquilamente.

Era aspirante a ángel desde mayo pasado, y me harían ángel en los días anteriores a la Navidad. Por esto la Prefecta me había llamado.

—No hay nada que decir de usted, sólo que hace las cosas de una manera automática, como sin alma. Y que no es usted clara.

La miré avergonzada. ¿Habría hablado con ella tía Concha? Pero también lo decía sin importarle nada, como podía decir de la mariposa pinchada en la vitrina de la clase de dibujo: Aleas ígnea.

—Digo siempre la verdad cuando me preguntan.

—Ya. No se trata de eso. No se puede leer a través de usted,

¿comprende? Es usted cerrada, tiene cuidado de no traslucir nada de lo que piensa. Porque algo piensa, ¿verdad? Pero buen cuidado de celarlo, de no clarearse… ¿Por qué?

Qué sonrisa irónica, aguda. Era como un estilete, su sonrisa.

—Pasa usted por el colegio, no está usted en el colegio…

Qué injusticia. Me pareció que me apartaban. Me picaban los ojos, pero no quería sacar las manos apretadas dentro de los bolsillos del blusón que sentía frías, pegajosas. Mi colegio… Estaba a gusto, estaba bien. Vivía.

Vivir, para mí, era exactamente aquello. ¿Había otra manera? No quería salir de allí, ni ser diferenciada.

—La encomiendo siempre. Ante la Inmaculada.

Apoyó el lápiz «Fáber» negro, que tenía en la mano, contra mi frente; me dijo:

—¿Qué esconde aquí?

«¡Pero nada!» tenía gana de exclamar, «nada en absoluto, lo que ve».

Pero sabía que si lo decía iba a pensar aún más que disimulaba, que ocultaba cosas. (¿Qué había que decir, qué había que contar?).

Fue un minuto enorme, tenso. Vertiginosamente procuré hallar las palabras que esperaban, pero no comprendía qué esperaban. La Madre Prefecta suspiró. Dijo:

—Vuelva al estudio.

Debí de salir con la cara hosca y sonrojada, como Margarita. Con un asco profundo de todo aquello.

«¿También por dentro se van a meter? ¿Por qué dentro? Si no pienso nada, si hago las cosas sin intención, sin más. Si soy como las otras, hago lo mismo que todas». Di un golpe con la tapa del pupitre al cerrarlo. La Madre Monleón me miraba fijamente. No me importó. «¿Con qué derecho? No hay derecho». Volví a abrir y a cerrar, y el golpe seco me tranquilizó. La Madre Monleón me hizo señas de que no metiese ruido. «Procuro siempre… No tengo suerte. Me paso la vida procurando hacerlo todo bien.

Nadie me comprende». Con el libro delante no veía las letras; un fuego me cegaba, subido de dentro, una indignación sin escape. Me montaba contra la Prefecta.

Por la noche vino a mi camareta, en su visita diaria. No la miré. Tapada con la sábana hasta la barbilla, sentí el roce de su entrada sin volverme hacia ella. Estuvo un momento con la mano derecha apoyada sobre mi almohada, haciendo presión. Sacó el Crucifijo que asomaba por encima de su ceñidor. No me preguntó nada; me miraba. Estuvo mirándome un rato, supongo, porque me sentía mirada. No levanté los ojos, fijos en los pies de la cama. Pensé, ya sin rabia: «Qué tontería. ¿Por qué estoy haciendo esto?», pero ya no podía retroceder. «Si hubiese hecho como las otras noches ya estaba fuera». Fue un silencio interminable, con el vuelo negro de la toca sobre la cama, su mirada persistente. Después, casi sin moverse, acercó el Crucifijo a mis labios, le besé apenas. (No podía negarme al Crucifijo). Dijo con una voz especial, meditabunda:

—Ofreceré las penitencias por usted.

Sentí cerrarse la puerta. El corazón en tumulto. No me importaba nada.

Había vencido, había llegado al final. Observé que iba muy ligera en su visita; desde el corredor llegó su voz y era la misma voz que había hablado para mí, alterada:

—Suba, Señor, hasta Ti mi oración vespertina…

No contesté en alto, con todas, pero dentro me brotó automáticamente:

«… descienda sobre nosotras Tu misericordia».

Se apagó la luz. Me pareció que no se había ido, que estaba allí — todo, esta noche, sucedía entre ella y yo —, al principio de las camaretas, con la

luz apagada. «En paz. En paz. Que me dejen en paz».

No me di cuenta de cuándo me dormí, pero desperté sobresaltada. Unas palabras habían quedado allí, al calor de mi oído, las encontraba ahora, amplificadas: «Ofreceré las penitencias por usted». Sabíamos el significado secreto de «penitencias»: estaba, de seguro, disciplinándose por mí… Me pareció atroz. Me pareció que no había derecho a imponérmelo. Escuché, en el silencio tenso de la noche, creía oír ruidos, golpes secos, a compás, pero no estaba segura. No. No era nada, rumores de la noche. ¿En dónde dormiría? En el piso de arriba, se entraba por la puertecita junto al cuarto de baño, pero ¿encima de qué? ¿De nosotras? Los cristales estaban pintados de blanco para que no se trasluciera nada, lo habíamos visto por el patio del corredor. De rodillas, azotándose… Me la imaginaba con hábito y todo golpeándose la espalda. «Que me dejen en paz a mí». Pero sentí que aquella sangre en el silencio de la noche — pensé: salpicando la pared — nos unía de algún modo, y un dilatado y turbio consuelo porque sufría por mí, pese a mí misma, porque se desgarraba por mí, por ser yo algo.

Cuando me desperté, a la mañana siguiente, me sentía en culpa.

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