Escribo tu nombre

Elena Quiroga · Capítulo 47 de 97

Páginas del PDF

Escribo tu nombre

Capítulo XXXIX

— Regocíjate, hija de Sión, y salta de gozo.

— Porque el Señor vendrá…

—¿Cómo se encuentra?

Me sobresaltó la cara de la Madre Azpiazu.

—¿Se encuentra mal?

—Bien. Madre.

Estábamos en la tribuna de la iglesia grande, tan juntas, de rodillas en el suelo, que Elvira me tiró del velo y me dijo:

—¿No estás bien?

Dije, sorprendida:

—Sí —y cansada, aburrida de que me lo preguntara.

No tenía más que aquel sopor, aquella sangre lenta, ganas de no hacer nada, nada, nada. Y todas aquellas velas encendidas, todas aquellas velas encendidas bailándome en los ojos.

—Salga un momento. Se despejará.

¿Yo? Miré a la cara de la Madre Azpiazu.

—Si estoy bien, Madre…

—Salga un momento.

Salió detrás de mí. Me dijo:

—Suba la escalerilla y estése arriba un rato. Si acaso, entre en la clase y siéntese.

Cuando subí la escalera de caracol de hierro, y me senté en el último peldaño, sentí que la sangre me latía más de prisa. Apoyé la cabeza en la barandilla. ¡Ay, qué bien!

Desde la barandilla vi abajo, en el fondo de la espiral, a la Madre Azpiazu con la cara levantada hacia mí. Sonreí. Dije bajo:

—Ya estoy bien.

Me hizo señas con la mano de que me quedara quieta.

Me incorporé a la fila cuando salió de la tribuna.

—¿Te mareaste?

—No. Qué va.

—Sin hablar —advirtió la Madre Azpiazu.

Hacia el comedor. La Madre Azpiazu entregó la fila a la Madre Prefecta. Se volvió un poco hacia ella antes de desaparecer tras la tribuna del centro. La Madre Prefecta ocupó, como siempre; su puesto, de frente a todas las mesas; daba una vuelta alguna vez. Aprovechábamos para hablar.

—No hablen a espaldas mías —se acercaba. Decía, más bajo —: Es una cosa muy fea.

Estaba bebiendo el café cuando encontré sus ojos fijos en mí. Volví a hundir mi mirada en la taza.

Carola repetía curso, estábamos en la misma clase:

—No se echen sobre los pupitres. ¿Qué es eso?

La Madre Hornedo daba golpes sobre la mesa.

—Derechas. Atendiendo.

Teníamos un libro de textos de lectura. Había algunas páginas más gordas que otras: eran dos pegadas. Carola las miró al trasluz.

—Dejen el libro. Hagan el favor de estarse quietas.

Con la Madre Hornedo había ejercicios de redacción.

—Escriban lo que se les ocurra; por ejemplo, de las vacaciones.

Era dificilísimo, unas vacaciones como redacción. Había que decir algo.

—Pero, Madre, ¿cómo hacemos? Yo no sé qué poner — dijo Carmen Valle.

—Lo que se les ocurra. Todo lo que se les ocurra. Ustedes han estado de vacaciones, ¿verdad? Pues cuenten algo de ellas, alguna excursión.

Me quedé pasmada de lo poco que daban de sí unas vacaciones. Tuve en el estudio que concentrarme a pensar en ellas. Pero yo no había ido de excursión, yo no sabía lo que entendía la Madre por vacaciones, yo…

¿Podía ser excursión la ida a Las Quebrantas? Pero aquello era verdad, no era la redacción. ¿Era la verdad? Algo había que poner… Cuanto más acercaba la memoria a Las Quebrantas más se me escapaban, se alejaban, se me iban en una neblina especial, salobre y áspera, me encontraba sin nada entre el recuerdo, el polvillo de una niebla dorada, al sol. ¿Pero qué cuento?

Vi a Blanca casi sin inclinarse escribiendo de corrido, como si lo hiciese al

dictado. Y también a Carola. Bueno… Me salían todo el tiempo los chicos de la jabalina. Tachaba. No se podía poner. Además, que cualquiera diría que los chicos de la jabalina… Pero como empezara a escribir arena, playa, mar, me parecía verlos — ¿les había mirado? — a contraluz, con el cuerpo en tensión y la jabalina en la mano. Rodeados de luz. Mi redacción se redujo a unas líneas.

La Madre Hornedo dijo a Blanca Deva:

—Lea en alto su redacción.

Y le tendía el cuaderno.

—Se leerá siempre en alto la mejor redacción.

Qué bien podía inventar cosas Blanca, qué manera tan viva, clara y sencilla para decirlo. Si nos lo hubieran leído sin decir que era de ella no lo hubiéramos adivinado jamás, no por lo que contaba, sino por la fuerza con que lo contaba, por aquella calidez de la expresión. Parecían palabras increíbles para Blanca. «Una excursión al país de una niña», lo llamaron las monjas al publicarlo en la revista del colegio. Una niña con unas conchas en la mano. Las conchas tomaban vida en su mano, le decían en qué país del mar habían nacido, cómo habían llegado hasta ella, en sus deseos de tener corazón. No supimos bien cómo habían llegado, era confuso, de corrientes marinas, pero la niña con sus conchas y las conchas tomando palabra humana en su mano, me pareció cuando miraba a través de la transparencia del agua a los cámbaros y pensábamos: «Es uno. No lo es», porque tenía color de roca musgosa, y, de repente, sacaba las patas vivas, sus gordas y patosas pinzas, y se ponía a correr de costadillo. Desde entonces — qué bobada, era una redacción — las manos pálidas de Blanca las vi como nacaradas, con sus dedos hacia dentro.

—Qué fenómeno —dijo Carola—. Es un fenómeno.

No se me ocurría pensar aquello de Blanca.

—¿Has leído Voyage autour de ma chambre?

—¿Qué están hablando? —preguntó la Madre Hornedo.

—Preguntaba si había leído Voyage autour de ma chambre.

—Usted pudo sacar más partido de su redacción. Podía haber contado cosas nuevas.

Carola estaba de pie, con su aire indiferente.

—Todo tan soso, tan sin interés alguno; parece una redacción tirada a línea, sin chispa de originalidad.

Recogió su cuaderno.

—Y usted —comentaba delante de todas, con el cuaderno abierto. Se dirigía a mí —. No tiene ni la más mínima idea. ¿Esto es una redacción?

¡Atención todas! La redacción de una colegiala de tercera. Escuchen: «Las vacaciones son el tiempo que se pasa fuera del colegio. O si no se está en un colegio, el tiempo en que no hay lección. Puede no hacerse excursiones, y ser vacación lo mismo».

Las oía reírse.

—Lo siento, pero quiero que usted misma compruebe por sus compañeras el efecto. ¿O es que no sabe lo que quiere decir vacaciones? Lo que son vacaciones… Si es un tema socorridísimo.

Recogí mi cuaderno.

—A mí me parece que estaba bien —dijo Carola.

Hice un enrejado con la pluma sobre la redacción.

—No borren. Tengo que puntuar para final de curso. ¿Qué estaba usted diciendo?

Carola se puso de pie.

—Que así no se pueden hacer, porque si las leen pues ya no es lo mismo.

—A ver, explíquese.

La Madre Hornedo, con la cara suficiente, mirando hacia Carola.

—Explíquese.

Se guardó las manos en las amplias mangas. Carola no se inmutó.

—No creo que haya una niña que se respete y que escriba lo que piensa.

Pensé que me estaba defendiendo y estaba volada por ella. Y me dio pena de Blanca.

La mirada seria de la Madre Hornedo.

—¿Por qué?

(Cuidado, Carola, cuidado). Se quedó un momento pensando, como si no se diera cuenta de los ojos de la Madre Hornedo y de su pie impaciente, por debajo de la mesa.

—No se hace con libertad —dijo—. Está una pensando en que se va a leer en alto, después, con cien ojos…

—¿Es una excusa? —La mirada de la Madre Hornedo —. Porque si es una excusa no justifica la poca calidad de su redacción. Eso no tiene nada que ver con la libertad, ni con autocensurarse a priori. Basta unas gotas para probar un agua.

Carola sostuvo su mirada. Dijo:

—No estaba hablando por mí, Madre.

—Siéntese. No apruebo su postura.

Sí. Iba a cumplir trece años cuando escribí: «Libertad» en la esquina de mi cuaderno.

OceanofPDF.com