Escribo tu nombre

Elena Quiroga · Capítulo 56 de 97

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Escribo tu nombre

Capítulo XLVIII

En Pascua dábamos la merienda a los pobres. Nuestros pobres eran las niñas de la escuela gratuita, de quienes a veces oíamos hablar a las Madres, aunque nunca las veíamos. Ni sé de qué les daban lección. Rara vez se oía un runruneo en el patio con techo de cristal que separaba el oratorio del comedor, y aparecía, presurosa, la Hermana Mandoegui y cerraba las ventanas entornadas. Esto solía suceder cuando empezaba el calor. De tarde en tarde, al entrar en el oratorio, estaban las ventanas abiertas, ventilándose la capilla, porque las niñas pobres habían pasado por allí. Diré que dejaban un olor especial, y empecé a distinguir a la raza de los pobres por el olor.

(Un olor hermano de aquel que dejaron más tarde los soldados, cuando pasaban, o que hallabas en los vagones de un tren que hubiera transportado tropas).

Y digo raza, aunque su piel fuese como la nuestra y sus rasgos etnológicos, porque, en verdad, no recuerdo que formaran parte en forma alguna de la vida de los demás, no existía la mínima relación, como si viviendo en un mismo pueblo hubiera zonas delimitadas para pobres o para ricos; ignorábamos a la clase media, aunque muchas de nosotras debían de provenir de ella, pero en nuestro simplista concepto de la sociedad había ricos o pobres como había buenos o malos. (Sólo que admitimos mucho antes el matiz en la maldad que en la bondad, y menos en lo que pudiéramos llamar «clases»). «No son de su clase», se oía decir con frecuencia. «No son compañeras para usted» — había dicho con desdén la Madre Prefecta refiriéndose en forma indirecta a Elvira, arrugando la nariz como si ella percibiese el olor de la pobreza — o su pariente afortunado: el nuevo rico — con un delicadísimo olfato ya adiestrado… Esto no lo entendíamos. Dentro del colegio éramos todas compañeras y nos ofendía el que se aislase a alguna. Solamente nos parecía justificado en Blanca, porque no pagaba… Y he usado el «nos» con espíritu de grupo porque personalmente me dolía cómo se usaba a Blanca, cómo se la ponía en

evidencia, y resultaba peor en mí porque, pese a dolerme, actuaba igual que las demás, o al menos no lo enmendaba. No recuerdo haberle ordenado nunca nada, como hacían Elvira o Margarita Altube o cualquiera de las otras, o las mismas monjas. A veces me parecía una novicia, un estado intermedio entre las Hermanas y nosotras. Cuando representábamos alguna función, Blanca peinaba a las pequeñas, recogía los palos y las pesas por orden de la Madre Azpiazu en la gimnasia; al principio de la clase de costura distribuía las labores. Cuando decían:

—Niñas, traigan ese banco

ninguna se movía porque nos parecía natural que quien lo trajera fuese Blanca.

Debo decir que si la veía sonrojarse por el esfuerzo o jadear un poco, me levantaba instintivamente y la ayudaba en silencio y fastidiada de que me vieran las demás hacerlo.

—Haciéndose la buena —farfullaba Paz remordiendo su gorda lengua.

—Calla, lerda —decía Elvira dándole un empujón.

Y yo sentía rabia hacia Blanca que indirectamente provocaba aquello.

(Pero mi vergüenza era inmensa: una vergüenza de grupo por lo que hacíamos, que a veces me perseguía hasta en la cama, cuando me iba a dormir. Sentía una sensación incómoda y dolorosa, pensaba: «¿Qué estará haciendo ahora?». Y me la imaginaba en su cama, sola por fin, tranquila por fin, a salvo de humillaciones, con sus blanquísimos párpados cerrados).

Carola también solía ayudarla espontáneamente, como jugando.

—Son de una familia estupenda —me dijo Elvira —, sólo que el padre se lo ha gastado todo. Creo que es un bala. Le robó el collar a la madre, fíjate, estando Blanca en el cuarto.

—¿Cómo?

—Dormía en el cuarto con su madre y se despertaron de noche sintiendo que alguien andaba en los cajones, y su madre gritó y las muchachas vinieron y encendieron la luz, y era su padre.

Me eché a reír.

—Qué absurdo. ¿Quién te lo ha dicho?

—Nada de absurdo. Papá. Lo sabe todo el mundo. Él no vive en la casa con ellas, así que por eso su madre se asustó al ver a un hombre en el cuarto

y con linterna.

Se rió y dijo:

—Hija, a lo mejor por eso Blanca se quedó sin voz, que no se la oye.

—A lo mejor anda siempre azarada porque cree que lo sabemos.

Me dijo:

—Sus padres están separados, fíjate qué horror, ¿no lo sabías…? Y ella vive con la madre, que no tiene dónde caerse muerta.

La había visto cuando la imposición de la medalla de Hija de María a Blanca. Pero no era una pobre en el sentido que ser pobre tenía para nosotras, pobre como clase, pobre como raza, vuelvo a decir. Me había parecido una señora con eso que llamábamos categoría. La vi también en el recibidor a fin de curso, cuando su hija Blanca bajaba con el peso de sus condecoraciones y medallas, y entonces Blanca no era pálida, sino sonrojada, y se reía nerviosamente enseñando sus dientes muy grandes y blancos y no paraba de hablar con ella y la Madre Prefecta con vivacidad.

Su madre iba siempre finamente vestida, aquello era lo que la distinguía: su finura, y había adoración en los ojos comúnmente asustados de Blanca.

Adoración u orgullo, algo que la exaltaba, y si los volvía a mí para que la viera con su madre, yo rápidamente volvía la cabeza, incómoda. Luz Quintana y su madre habían estado unidas a mis ojos como dos compañeras de distinta edad; Blanca y su madre como dos seres ligados por un mismo fuertísimo vínculo: la dignidad y la desgracia.

—Son gente conocida —había recalcado Elvira.

Y yo había visto a su padre saludando a la madre de Blanca, inclinándose exageradamente sobre su mano, de una manera que me pareció ridícula, pero Elvira no se daba cuenta de nada y seguía tan contenta, agarrada al brazo de su padre, y sonriendo con su boca glotona a aquella señora que a su vez les sonreía, pero distante y que les observaba como a dos seres verdaderamente extraños a ella. Y de alguna manera parecían Elvira y su padre los postergados, como si todavía en manos de aquella mujer hubiese la virtud de otorgar algo, o de conceder.

Blanca, después, miraba a su madre en silencio, un poco azarada, y hablaba de otra cosa, pero yo había visto su mirada de súplica o de disculpa.

¿De disculpa de qué? ¿De súplica de qué? ¿Por Elvira? Me indignaba;

entonces era Blanca quien me indignaba. Tenía gana de decir: «Semejante rata muerta», porque era cierto que Elvira mangoneaba a Blanca, cierto que se vengaba en ella — Elvira era rencorosa — de otras chicas o de las monjas y no tenía por qué ir a dar en Blanca. (Cierto asimismo que después la regalaba todos sus toffees y se sentaba a su lado…). Pero Elvira era nuestra compañera totalmente, su padre pagaba el colegio, Blanca estaba allí por caridad… (¡Ah! También yo… También yo pensaba lo instituido, lo llevaba adherido ya al cerebro como si fuese un pensamiento que me perteneciera.

También yo…).

De todas maneras, pese a que fuese el comodín de monjas y niñas, debo decir que era nuestra — había dos maneras de pertenecer a aquello que no llamaré nuestra sociedad, sino el colegio: dinero o nombre (familia) —.

Blanca tenía nombre, y por ello, pese a todo, la sentíamos nuestra, y creo que en última instancia cualquier ofensa o ataque a Blanca venido de fuera nos hubiese hallado a su lado, solidarias.

—Anda dando coba a las Madres —decía Begoña.

Yo no lo creía así. Era enormemente servicial y atenta con ellas, y cumplía las órdenes a rajatabla. Pero ¿qué otra cosa podía hacer? Si les debía todo, las lecciones, la comida y hasta el sueño… Paz desahogaba su brutalidad con ella, Begoña sus burlas, a Margarita Altube la exasperaba, Carola rara vez le dirigía la palabra, pero quizá fuera porque de antemano sabíamos que iba a contestar como en un formulario, y las respuestas aquellas — las que se debían dar — las conocíamos de memoría y no nos interesaban en absoluto.

—Sus redacciones —le dijo la Madre Hornedo en clase — se distinguen por su vitalidad, por su fuerza expresiva, por la riqueza de su fantasía.

En la vida diaria Blanca no era vital, ni expresiva, ni fuerte, ni fantástica. Y si lo era — y quizás allí radicaba mi dolor por ella, porque yo sabía lo que era constreñirse — lo había matado ya.

Blanca era eso que los mayores llamaban venida a menos, y Elvira lo que podría definirse como venida a más, pero comunes a nuestra raza. El ser pobre de Blanca no tenía nada en común con el ser pobre de los pobres.

Estos últimos existían en nuestras ciudades, en nuestros pueblos, en nuestras mismas casas, y allí, por lo oído, en el colegio, pero con una tan

profunda y total separación como si entre los cristianos existiese también una secta de los intocables: los pobres, precisamente.

¿Qué podía aprenderse bueno de ellos? Nada, sin duda, porque nos apartaban como si pudieran contaminarnos. Y creo que más que a las enfermedades, derivadas de su miseria, temían a las palabras, derivadas de su miseria. O, más que a las palabras, a la forma de hablar. La forma en todo preocupaba desde que nacíamos, al menos desde que nacíamos al entendimiento. (En casa era el «las niñas no tienen que hacer nada en la cocina, las niñas no tienen nada que hablar con el servicio». La mirada desdeñosa y llena de sospechas de tía Concha cuando yo iba a casa de Pura y de Venancia — y lo peor era que me sentía en culpa cuando iba, porque, en efecto, algo había en las reticentes palabras, como chispitas rapidísimas que encendían el aire aquel, o en las brutales palabras de Millán como bombas de mano en la paz de una primavera incipiente —. El trato a Patrocinio o a su sobrina Clemen, una niña de nuestra misma edad, que venía a ver a su madrina a escondidas, y se mantenía en el cuarto del piso alto casi sin atreverse a levantarse de la silla, y que si bajaba a jugar con nosotras en los plátanos, Ana la miraba desdeñosamente y nos dedicábamos a epatarla, a burlarnos de ella, cuando estaba Ana; y cuando más tarde bajó al cine conmigo me avergoncé de que me vieran con ella por la calle como si su cercanía pudiese marcarme de algún modo, silenciosa, y furiosa al propio tiempo por aquella vergüenza innoble. Y Patrocinio la había invitado sin que lo supieran en casa, sin que se enteraran de que traía a su sobrina conmigo; y después me había pedido perdón por traerla…).

Y en el colegio recolectábamos en recreo sellos o papel de plata para rescatar y bautizar niños chinos; en mi incipiente afán por no morir transmití mi propio nombre a muchísimos niños chinos sin distinción de sexo, aunque dudaba seriamente de que aquello pudiera ser verdad y de que, por lo tanto, en Taipeh o en Hong-Kong una criaturita andrajosa recibiera mi nombre con las aguas del bautismo. Me llenaba de una inmensa satisfacción la idea, era como afirmarme. Y quizás afán de empezar a no morir, o afán principiante de maternidad, que es también manera de aprender a no morirse del todo.

Y en el colegio se pedía a nuestras familias, a través de nosotras, para las niñas pobres, las misteriosas y apestadas niñas pobres que casi jamás veíamos, que eran apenas una entelequia. Pero para que no lo fueran del todo, o quizá para practicar aquello que llamaban y llamábamos caridad, una vez al año repartíamos la merienda a las niñas pobres.

En el patio encristalado, con el suelo de cemento, entre el comedor y el oratorio, colocaban las mesas formando un cuadro, y abiertas las ventanas a nuestro comedor, en donde se veían, sobre las mesas adosadas a aquéllas, bollos de leche, galletas y rosquillas. Las Hermanas pasaban sirviendo el chocolate.

Entrábamos primero nosotras con el uniforme de los domingos, zapatos de charol y guantes blancos puestos. Nos alineábamos de espaldas a las mesas con los dulces. Se oía el arrastrar de pies y entraban las niñas pobres, de dos en dos, en fila de menor a mayor, con jerseys o chaquetas de estambre, o unos trajecitos de una lanilla que raspaba. Todo era recién estrenado: a través de nuestras familias habíamos contribuido a aquel equipo nuevo. Venían repeinadas, mirando hacia el suelo, o a nosotras furtivamente, o furtivamente hacia la mesa. Sus ropas olían distinto, eran nuevas y ya olían de otro modo, y el olor de ellas, con sus medias de algodón y sus zapatos nuevos, iba extendiéndose espeso y bravío sobre las mesas, entre nosotras. La Madre Prefecta se adelantaba y se ponía en el centro del espacio que dejaban libre las mesas. (Ellas estaban aún de pie, detrás de su silla cada una, esperando. Nosotras, apartadas). La Madre Prefecta decía siempre más o menos lo mismo: «Debéis estar agradecidas a las señoritas que, dando muestras de acendrada caridad, una vez más se han preocupado por vosotras y os han dado las ropas que vestís, que de tanta ayuda serán para vuestras familias, que bien sabéis no os las pueden pagar, pero con caridad cristiana nuestras colegialas han remediado esta necesidad.

¿Verdad que se lo agradecéis?». A una coreaban:

—Sí, Madre.

—Acordaos del Evangelio: Sólo uno volvió a dar las gracias. Dad gracias vosotras en primer término a Dios, tan misericordioso con vosotras, y en segundo lugar a nuestras colegialas.

Durante aquel exordio yo no levantaba los ojos, y aunque la Madre Prefecta decía: «tan modestas en su caridad», en mi caso no era por modestia. Elvira a veces me daba un codazo, cuchicheaba:

—Mira aquella pequeña, qué sol. La de los tirabuzones…

Yo no comprendía cómo Elvira podía mirarlas por separado.

A una señal de la Madre Prefecta nos acercábamos, y sin quitarnos los guantes íbamos cogiendo de las bandejas que la Hermana Mandoegui o la Hermana Aralar nos presentaban, un bollo o una rosquilla y lo dejábamos sobre el plato de la niña pobre. La Madre Prefecta pasaba entre nosotras.

Preguntaba:

—¿Qué se dice?

La niña pobre, con su bollo agarrado en la mano, respondía:

—Muchas gracias

escabullendo los ojos, o riéndose con inocencia.

Era como el rumor de una letanía con la boca llena.

—Muchas gracias.

En aquello consistía nuestra caridad. Nuestras manos enguantadas rozaban apenas sus platos, y después nos alineábamos de nuevo contra la pared que daba a nuestro comedor. La Hermana Mandoegui y la Madre Vergara empezaban a cerrar los ventanales y al momento la Madre Prefecta nos daba la señal y salíamos en orden, pero sin filas, por la puerta que daba al pasillo, mientras las niñas pobres no apartaban la vista de nosotras. En el pasillo formábamos de nuevo. Había como un momento en suspenso. Y de repente surgían tímidas voces o cuchicheos que degeneraban en gritería.

—Para dejarlas un poco en libertad, las pobres — decía con condescendencia la Madre Prefecta a media voz, como participándonos un secreto común —. Para que se queden a sus anchas.

Y el que aquellas niñas no tuvieran libertad ante nosotros nos parecía perfectamente natural y motivo de una importancia nueva. Antes de ponerse en movimiento la fila, nos quitábamos los guantes.

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