Escribo tu nombre
Capítulo XXXI
Siempre como un calderón las vacaciones aquellas, cortas, puente. Ya las habíamos salvado. Ya caminábamos por septuagésima hacia la Cuaresma. Era el momento de mayor equilibrio. El colegio daba la sensación de estable.
El tiempo era largo, lento. Íbamos por él sin prisa, se nos hacían interminables los estudios, con la luz encendida desde temprano, más cortas las clases, las continuas filas nos desentumecían un poco, la oración era un mundo especial, a medias estupor, a medias vigilia.
A mi izquierda, en el estudio, Blanca Deva — su perfil hacia los libros —, sin dar la sensación de apresurarse, ni de cansarse, como si estuviese siempre igual dispuesta. Qué limpios y ordenados sus cuadernos.
Del otro lado, Paz pintarrajeando con lápices de colores, iluminando mapas, juntando mucho la cabeza a la lámina para hacerlo.
Blanca se había llevado la banda de conducta del trimestre y se la ponía los domingos, con los ojos bajos, y a Luz no había parecido importarle, o si le importó nada dijo. Era la primera vez que veíamos su uniforme dominguero con los lazos, pero sin banda cruzándolos. Parecía absurdo. No sé por qué, a mi edad; Blanca se llevó la banda de mayores, quizá porque la azul irremediablemente paraba en Teresa.
—Porque su padre tiene título —dijo Elvira. Y nos reímos.
—Chica, pues por eso les ponen siempre a las hermanas en el cuadro de honor, qué te crees, para que lo vean las familias.
No hacíamos caso. Aunque fuera así, no nos importaba nada. A tía Concha también se lo habían dicho, había repetido a la abuela:
—Están las chicas de Santa María de Alzola.
Como si fuese importante. Pero se me había olvidado hasta que Elvira lo habló.
Teresa llevaba su banda azul y hacía de Virgen, pero de verdad lo parecía, y Geni representaba al Ángel y se parecía a la Virgen, y tenía
gracia. La pequeña Geni, nuestra benjamina, como decía la Madre Prefecta, seguía siéndolo aunque hubieran pasado dos cursos; no había otra menor.
Quizá por aquella condición de benjamina se conservaba tan infantil y alegre y las Madres le pasaban cosas, risas en filas, gestos de cansancio y aburrimiento en el estudio, que en el recreo se apoyase sobre alguien un momento. Antes, durante los cursos pasados, la Hermana Aralar la peinaba, por las mañanas. Aquel año había llegado en octubre con el pelo corto, y se peinaba sola. (Sus tirabuzones de niña rizosos, enroscados como el final de las trenzas de Elvira. Saltaba a la cuerda con las pequeñas mediopensionistas y veíamos al pasar en filas sus tirabuzones saltando).
Porque ésa fue la única diferencia por la edad: los dos primeros años no compartió nuestro recreo por la mañana, sino el de todas las párvulas. En el recreo de la noche o los domingos se le caía la cinta de terciopelo que le sujetaba el pelo. Se la iba echando hacia atrás más y más y se le escapaba por la coronilla.
—Teresa, péiname.
—Ay, ven acá, pesada.
—Trátense con respeto las unas a las otras.
—Es mi hermana.
—Con educación y respeto.
Le colocaba la cinta; Geni se quedaba muy quieta.
—Me entran unas cosquillas cuando me andan en el pelo…
—No sea usted niña.
—Es verdad, Madre, me entran unas cosquillas…
Nos reíamos porque lo decía todo con aspavientos, con sus manos enormemente expresivas y pequeñas.
—Qué les va a importar a las monjas eso —dijo Margarita a Elvira cuando comentó lo del título de las Alzola —. Eres boba. Qué les importa a ellas esas vanidades. ¿La oyes, Luz?
Pero Luz volvió la cabeza suavemente y no contestó. Begoña dijo:
—Chica, les luce.
—¿Pero por qué? —preguntó Margarita, terca.
—Ay qué chica. Porque sí, porque es conde, porque les gusta que vean nuestras familias en el recibidor… porque… porque…
Margarita dijo con altanería, mirando a Elvira:
—No creo que les importe nada. Son cosas de nuevas ricas.
—Gracias por las Madres, hija. Les gustará mucho saberlo y para que te enteres: les importa porque les viste.
Los ojos oscurecidos de Elvira. Begoña dijo con guasa:
—Vestir al desnudo.
—¡Qué tontería! —insistió Margarita, roja, obstinada —. La Madre Prefecta es hija de título también y era ministro. No necesitan plumas ajenas. ¡Qué va a importarle!
Carola escuchaba con su aire desprendido y se acercó al banco. La Madre Clark deletreaba inglés a Blanca Deva.
— How do yon say —decía Blanca, señalando el aligustre con la barbilla.
— Bush… Bush.
Le habíamos encargado:
—Anda, Blanca, entretén a la Madre Clark.
Casi sin darnos cuenta. Casi sin darnos cuenta le decíamos:
—Pásame la pelota
o:
—Recógela.
Y Blanca Deva con su largo cuerpo corría moviendo apenas las rodillas, con una compostura especial. Llevaba sobre el blusón negro la medalla de postulante.
Elvira llegó a decirle (iba tras ella en filas):
—Llévame los libros. Me pesan.
Y Blanca se los dejó apilar sobre los suyos, con aquel temblor persistente del labio.
Elvira fue erguida, desafiante, metidas las manos en los bolsillos del blusón.
—¿Y sus libros, Elvira?
—Me pesan, Madre. Me los lleva Blanca. Me duele la muñeca.
—Cada una los suyos —dijo la Madre Vergara, pero no comprobó si se cumplía.
Las mismas Madres —incluso la Madre Vergara en la clase de labor le encargaba que nos repartiera los bastidores — encomendaban a Blanca pequeños servicios. Acompañaba a las de primaria cuando estaban en el monte y se les ocurría ir a los lavabos. En el estudio, la Madre Monleón la llamaba, con un gesto, y Blanca acudía entre nuestros pupitres a donde le había ordenado, tímidamente, con aquel labio pendiente y trémulo. Decía muy bajo:
—Perdona.
Y esperaba. Sabías que había que entregarle el papel, el cuaderno, la estampa con la que te distraías.
—Soplona —de alguna mediopensionista.
—Enchufada.
Ya no bajaba entre nosotras la Madre Monleón: la usaba a ella.
A veces, tan cerca de mí, me parecía percibir la duda de Blanca entre hacerse la sorda o acudir, por su temblor, por aquel leve desánimo en los hombros, en las manos un instante relajadas.
En los recreos de la noche —sobre todo los domingos — ayudaba a traer los bancos para formar aquel rectángulo ante la monja, más bien diré que los acercaba ella sola, un poco sonrojadas las mejillas.
—Sin arrastrar —decía la Madre Prefecta—. A ver. Ayuden.
Llegábamos tarde. Blanca Deva decía:
—Ya está.
O adivinábamos que lo decía.
—Lléveme los libros al cuarto, por favor — le indicaba la Madre Prefecta al acabarse el recreo —. Me los deja sobre la mesa.
No sé si era un privilegio o no. ¿Era un privilegio?
Ni nos dimos cuenta de cómo fuimos adquiriendo la costumbre de encargarla de todo lo pesado, de todo lo molesto.
—Recoja los palos —decía la Madre Azpiazu en la gimnasia.
Se quedaba la última ordenando, recogiendo.
Paz la empujó en el banco con su fuerza terrible. El banco basculó; casi las tira a todas.
—Déjame sitio, chica —la empujaba—, que para eso pago.
Lo dijo en recreo delante de la Madre Hornedo, ante la fuente, cuando Blanca se movía hacia un lado para dejar sitio a Iciar.
Blanca se puso colorada, colorada, y luego tan pálida como si la sangre se le hubiese retirado toda de golpe.
—No paga el colegio. Yo lo sé… Está gratuita — farfullaba Paz.
La Madre Hornedo dijo, sin descomponerse:
—Levántese y vaya a un lado. De pie. Nuestras colegialas son iguales todas.
Paz marchó con sus desproporcionadas caderas a la esquina del aligustre.
Los párpados bajos de Blanca Deva en su cara sin sangre, el labio quieto por una vez, sin vida.
—No tienen ustedes caridad.
Blanca con los párpados tan pálidos encubriéndole la mirada, removiendo automáticamente entre sus manos, para alisarla bien, la bola de papel de plata para comprar niños chinos.
—¿Ha terminado usted su bola? —sonrió la Madre Hornedo —. ¡Qué bonita!
La entregó, sin levantar los ojos. Tenía las manos pegajosas. Se aclaró la garganta.
—¿Puedo…?
—Sí. Vaya.
Nos mojábamos las manos pegoteadas de los papeles en el agua de la fuente, nos las secábamos con el pañuelo.
Se inclinó hacia la Madre Hornedo y dijo algo, casi murmurando. La Madre se volvió a Paz:
—Puede usted volver al banco —dijo—. Blanca Deva ha pedido perdón para usted.
Atardó sus manos en el agua. Le había vuelto el color. Las miró un momento como si no fueran suyas. Yo mojaba las mías también. Me reí, agitando el agua con ellas. (Aquella insoportable tensión. Aquella vergüenza común… Sin embargo, Jo sabíamos. De aquella manera misteriosa con que todo se propagaba, sabíamos con certeza que Blanca Deva estaba allí con beca).
—Que te mojas los puños —me advirtió.
Me los remangó un poco con cuidado, aún inclinada. Nos miramos, sonriendo.
—Gracias —dije—. Luego, en orden…
Le volvió el ligero temblor del labio. Se bajó sus propios puños. Las manos recién lavadas se le quedaban blanquísimas, con los dedos largos que doblaba por los nudillos hacia dentro, sin enseñar las uñas. Los encogió más aún. Volvió pausadamente al banco.
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