Escribo tu nombre

Elena Quiroga · Capítulo 44 de 97

Páginas del PDF

Escribo tu nombre

Capítulo XXXVI

Cuando íbamos con Patrocinio, bajábamos a pie por la cuesta de la Atalaya. Era hermoso bajar la Atalaya hacia el Puente. Después, en vez de continuar por el muelle, cruzábamos a la acera de enfrente, y al llegar al edificio de Correos cruzábamos hacia los jardines. Íbamos atravesando los jardines hasta el embarcadero. El olor fresco nos alcanzaba, sobre todo al salir de los jardines al camino empedrado que llevaba a la dársena. Brea.

Vapor de pasaje a Pedreña, cordeles. E Hilario con su pantalón blanco y el jersey azul y el sombrero de tela blanco, de alas flojas, caídas, y el bichero en la mano, aguantando la gasolinera.

—Venga. La tripulación a bordo —decía.

Se rió muchísimo al ver a Patrocinio.

—Tenemos pasaje nuevo —dijo—. Aumenta la tripulación.

Y Patrocinio, casi crispada, se agarró a su mano, sin saber bien en dónde poner el pie, entre nuestras risas.

—Estas dichosas cataratas… No sé muy bien dónde le pongo.

Le compraron unas gafas oscuras porque dijo tía Concha que no resistía el sol. Y siguió bajando. Se sentaba en el fondo, cerca del timón que manejaba Hilario, medio en cuclillas a popa; saltaba rápidamente de cuando en cuando para revisar el motor.

—Aguanta aquí tú —nos decía a Clota o a mí.

Nos disputábamos por coger la barra.

—Mira aquella boya, siempre de frente, así — decía con la colilla pegada al labio.

Yo miraba la boya tan fijamente que se me olvidaba la mar. Había una delicia en conducir aquello por su derrotero, en el puesto del tío Andrés.

Hilario se volvía a medias y me hacía con la mano «para acá», o «más para allá» y yo me apuraba. La barra se resistía, era fuerte y tenía poder sobre ti.

—Ahora, déjame un poco —decía Clota— que ya llegamos. Anda.

Anda.

—Calma. Tú a la vuelta —decía Hilario.

Porque, cuando nos acercábamos:

—Vamos a encallar —decía Hilario.

Venía rápido por aquella estrecha tarima del borde, como un equilibrista, y me cogía el timón con su fuerte y áspera mano a manchas pardas.

Si no estaba tía Concha se quitaba el sombrero.

—Es bueno para guardar muergas —decía, volviéndolo al revés.

Encallábamos en Las Quebrantas. Pero nos dimos cuenta de que en aquel lado nuestro, en donde siempre estuvimos solitarios, ahora venían algunas personas más. La vez primera las miramos con estupor.

—Habráse visto —dijo Clota—. En nuestra playa…

—Qué lata.

Nos bañamos, mirando de reojo a aquellos intrusos que habían hollado nuestra propiedad.

Patrocinio, mientras tanto, no se bajaba de la gasolinera. Se quedaba con un pañuelo blanco con cuatro nudos sobre la cabeza, sin hacer nada, dentro. Hilario se tumbaba en la proa, con el sombrero o la boina sobre la cara, los pies al aire, tiesos y negros, con dedos que parecían percebes.

Entonces no encallaba la embarcación, sino que la dejaba meciéndose donde el agua se hacía delgada, delgada, transparente, y se veía que se podía saltar.

—Marineros al agua.

Nos bajábamos saltando por la borda. Echaba el ancla. ¿Habría fondo?

El pie tocaba arena, el agua llegaba por encima de las pantorrillas. Nos chapuzábamos. O corríamos a la playa para coger calor antes de mojarnos.

Clota se mordía las uñas:

—¡Qué lata! Aquellos intrusos…

Era una pandilla de hombres jóvenes. Llevaban en la mano una jabalina.

También a ellos debimos de estorbarles.

—Había gente en la playa, mamá —dijo Clota.

—¿Quiénes eran?

—Unos chicos mayores. No hay derecho. Fíjate qué frescos.

Tía Concha siguió calceteando y al día siguiente bajó con nosotras.

Estaba de nuevo el grupo allí.

—Vaya, se acabó. Ya han descubierto nuestra playa — dijo.

Estuvo sentada en la arena, sobre el almohadón, con un sombrero de paja de anchos bordes, haciendo punto, con las piernas al aire, descalza. Los chicos se marcharon más lejos, y llegaban sus voces como fantasmas en aquel espacio marino, sus risas como un eco. Medio entumecida de sol entraba en el agua.

—Mójate la cabeza. Lo primero, mójate…

Hilario nos llevó a aquel arenal surgido en el centro de la bahía, al fondo, antes de Pedreña. Era una playa estrecha, apenas un lomo de arena sobre el agua, la sensación de una cubierta de submarino emergiendo, una arena mojada, más dura, más salvaje. Los pies se hundían demasiado.

Quedaba la huella con la forma de un pie como un vaso, como mares pequeños que podían llenarse de agua. No era cómodo tenderse allí.

—No os estiréis en la arena húmeda. Es muy malo. Pon la toalla.

Pero la toalla también se empapaba. Era desagradable y fuerte. Una vez salí del agua corriendo, y a impulso me eché sobre la arena, como hacía en Las Quebrantas, y sentí el rasponazo en el vientre, por debajo del bañador.

Fue como si el arenal amenazara.

—Recoger los bártulos —decía Hilario.

O nos hacía con la mano, incorporado sobre la proa encallada, señas de regresar.

—¡Que sube la marea!

Subía el mar, sin olas, poderoso. Nuestras huellas profundas habían desaparecido. Patrocinio se aguantaba con los dos brazos en la gasolinera, mientras trepábamos por la borda, porque la tabla allí no podía colocarse, se hundía. Parecía, asustada, querer mantener el equilibrio.

Llevaba la gasolinera a donde hubiera sol, un rato quietos, para que los trajes de baño se nos secaran y pudiéramos vestirnos por encima. A veces no había sol bastante — era un sol fresco, agrio —, y al avistar el embarcadero ños vestíamos sobre la ropa calada. Nuestras batas de cretona se colaban al bañador. Entrábamos de prisa por la puerta de atrás, subíamos a mudarnos para que no nos riñera tía Concha.

—¿Habéis venido así por la calle?

Habíamos subido así, con apuro de encontrarnos a alguien. Al principio, cuando empezamos a ir andando, yo iba recelosa, mirando, para no encontrarme niñas de mi colegio. Después me habitué a verlas, al pasar por los jardines, o en aquel trozo de calle hasta Correos. Más que nada, las mediopensionistas. Casi no nos decíamos adiós. Le decía a Clota:

—Esa niña era de mi colegio.

—Te está mirando.

—Mejor.

OceanofPDF.com