Escribo tu nombre

Elena Quiroga · Capítulo 43 de 97

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Escribo tu nombre

Capítulo XXXV

Aquel verano salieron las monjas para votar. Me enteré por tía Concha.

—Les mandamos el coche de casa y lo que haga falta, pero que voten.

Llevó a votar a la abuela.

—Pero, Concha, deja a mamá en paz —dijo tío Juan —. Un voto más…

—¡Un voto más! Importa. Salen a votar hasta las monjas.

Llevó en el coche a Obdulia, a Patrocinio, a Francisca. Tomasa dijo:

—Yo iré después, con Millán y los padres.

—Como quiera —dijo tía Concha—. Así se queda alguna mientras las otras salen.

Desde muy temprano se puso en movimiento. Acompañó primero a la tanda de muchachas, y después le dijo a Patrocinio:

—Vamos, Patro, acompáñeme con la señora.

Fue un acontecimiento ver salir a la abuela. (Tomasa se asomó por la puerta de la cocina y la miró con compasión. Dijo:

—La pobre).

Estuvo sentada, esperando en el cuarto de estar a que su hija volviera; quieta, con la mantilla puesta, y un abrigo que solía llevar a los salesianos; sus manos de venas tan azules, abultadas, cubiertas con los guantes de piel.

Llevaba un bolso con boquilla negra.

—Ale, mamá, ahora nosotras. Cuanto antes, mejor. Hay menos gente.

Iba risueña, y la abuela se apoyaba en ella y en Francisca para bajar. Tía Concha dijo entre dientes, mirando hacia la puerta que llevaba al cuarto del tío:

—A buena hora nos hubiera dejado Andrés solas.

—¿Tú no vienes? —le había preguntado a tío Juan, todavía en bata.

Tío Juan hizo un gesto evasivo. Clota le preguntó:

—¿Va a votar la abuela?

Parpadeó, sin contestar.

Sabía que a la abuela no le gustaba salir. ¿Cuántos años llevaría sin salir apenas de su casa, de lo suyo?

Cuando regresó dijo:

—Vaya, ya estoy aquí.

Y se quedó un rato en el cuarto de estar con la mantilla puesta, quieta.

Tía Concha la besó.

—Mamina, qué bien, dando ejemplo. ¿Ves? Has cumplido con tu deber.

Los ojos inexpresivos de la abuela. Tardó un rato en quitarse el abrigo.

Tía Concha se pasó la mañana entre idas y vueltas.

—Hemos votado hasta por las muertas —decía, triunfante.

—Voto a voto —dijo por la tarde—, se lo hemos quitado voto a voto.

Besó a Clota con alegría restallante.

—Hemos triunfado.

Tío Juan comentó:

—Si eso ya se sabía.

Había dicho al besar a su madre:

—Os dejé, naturalmente, porque sabía que no iba a pasaros nada.

—Pues ha habido jaleo en algunos sitios, no creas — replicó tía Concha —. Pero nosotras como si nada. Estábamos en nuestro perfecto derecho, estábamos dispuestas a defenderlo.

—Se sabía de sobra que ganaban las derechas. Los cálculos…

—¡Las mujeres! Porque votamos las mujeres. Por eso no hubo nada.

Se reía, contenta.

—Qué combativa nos ha salido, mira tú por dónde.

—Y los conventos, enteros. ¿Qué se creían? ¿Hay que decir lo que se piensa? Pues a decirlo todos… A primera hora fueron las monjas de ésta.

No quieras saber qué de vueltas.

Respiró.

—Vaya, ya hemos terminado.

Tío Juan parecía ausente.

Odón no había venido. Estaba interno.

—Eso ya se veía venir —me dijo Clota—. Se pasaron todo el invierno diciéndoselo, pero no hizo ningún caso.

El curso había sido un desastre.

—No dio una. Ni una. Todo el invierno sin estudiar, y mamá, todo el día encima. «Que tu padre te va a meter interno». Como si nada. El Padre Director llamó a mamá que quería hablarles, y mamá no se lo dijo a papá, por miedo a la torta. ¿Sabes? Sin querer un día le dio una tan fuerte que se puso a sangrar por las narices y mamá casi se desmaya al verle con toda la cara chorreando sangre. Le decía: «Le has roto el tabique de la nariz. Le has estropeado el físico». Papá, el pobre, se quedó helado, había sido sin querer… Le ayudó a lavarse. Le pusieron una esponja con agua fría en la nuca, y agua oxigenada, pero tuvo que venir el médico. Papá le decía a mamá: «Me saca de mí. Se me fue la mano». Y después, a Odón: «Vaya, chico, se me fue la mano». Odón le dijo con la nariz inflada de algodón, lleno de tiras de esparadrapo: «No ha sido nada». Por eso mamá no le dijo lo del Director, y volvió que casi le agarra por los pelos. «Que me matas a disgustos, que acabas conmigo. ¡Mal hijo!». Le faltaba la voz y todo. Creí que se iba a desmayar, pero de verdad, y que cogería rabia a Odón. Pues Odón encima estaba sentado a su lado en el diván y balanceaba las piernas.

«¿No te puedes estar quieto? Encima». Se fue a su cuarto con la cabeza gacha. Y Ana vino al cabo de un rato — Ana y Odón es que se adoran — y dijo: «Está llorando», como si fuese un secreto. Mamá abrió la puerta de su cuarto y estaba llorando de verdad, tumbado sobre la mesa, tirándose del pelo. Mamá empezó a darle besos y Odón decía: «Es que no sirvo. Que no sirvo. ¿Por qué no os queréis convencer de que no sirvo?».

Me acordé de la manera de llorar de Odón, a trompicones, como si le saliera el sollozo entre rotos de dentro. Le pregunté a Clota en qué había acabado.

—Que le pidió al Director que por Dios no le dijera a papá nada, que se iba a enmendar. Pero cate va, cate viene, llegó fin de curso y ni palabra.

Ahora que mamá le defendió de papá, que el Director le tenía manía, que lo sabía y que lo sabía. Que un profesor, no sé cuál, le había dicho que no estaba tan mal. Y como le decía: «Es lo único que te pido. Es lo único que te pido: no le pegues», no le dijo ni una palabra. Fue una comida de juerga, jugando al muerto, porque Ana, que disimula tan bien, no tenía ganas de disimular. También le había dicho Ana a papá, arrimándole la cara:

«Perdónale», y ya sabes que Ana es el chichi de papá.

—¿Y ahora qué hace? ¿Siempre en el colegio?

—Sale los sábados al Escorial con Ana y la abuela Luisa. Me dijo Ana que iban a pasárselo bárbaro porque antes tenía que volver pronto a casa por las tardes, porque iba sola, pero que con Odón…

Dijo:

—Odón estará encantado, porque aquí se aburría de muerte, según él.

Aquel año, como estábamos solas —tío Andrés vino únicamente ocho días —, tía Concha alquiló la gasolinera para nosotras. Venían ella o Patrocinio, aunque ella lo hizo pocas veces.

Sí, estaba la mar. Pero era otra cosa. Aunque cuando arrancábamos me daba aquella sensación de despegarnos, de bienestar, de que se alejaba, no sólo la ciudad, sino nosotras.

Nos bañamos en Las Quebrantas y a veces en un arenal que se formaba en medio de la bahía, a mareas bajas. Pescábamos muergas con unos pinchos. Sólo fuimos a los cámaros, a Pedreña, cuando estuvo tío Andrés.

Pero tía Concha bajó también, porque dijo:

—Estás tan poco tiempo que si no voy con vosotros no te veo.

Y más que nada se estaban de conversación. Tía Concha allí, en la gasolinera, le pasó la mano por la cara y le dijo:

—Tienes cara de cansado.

Y yo pensé: «Está triste». No sé en qué, pero se le notaba.

—Trabajas demasiado, todo el día sin moverte de tu despacho, casi hasta la noche. ¿Tú crees que las minas y los Consejos no funcionan sin ti?

Lo dijo sonriente, como en broma. Tío Andrés volvió los ojos desde la línea de proa hacia el mar con una mirada intensa de amargura.

Por las mañanas cuando volvíamos de misa nos cruzábamos con él que iba, con su devocionario en la mano.

No hablaron nada de Odón delante de nosotras.

—Tienes que descansar más. No puede ser. Las minas siguen igual sin ti soltando carbón aunque estés aquí.

—Eso no lo logras de Andrés —dijo riente tío Juan —. ¿Eh, Andrés?

—No comprendo el retiro —dijo tío Andrés—. En cuanto dejas de ocuparte en lo que te has ocupado siempre, estás para el arrastre.

—¡Qué descanso! —dijo tía Concha.

Tío Andrés no contestó. Inclinó la cabeza en el respaldo de la butaca de mimbre. Tía Concha le señaló sonriente la calva y el pelo, con su aguja de punto.

—Que vas a cumplir sesenta años.

Tío Andrés entornó los ojos al sol. Dijo:

—Ya.

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