Escribo tu nombre
Capítulo XVIII
Ya sabía lo que era llegar a la casa a oscuras. Me parecía que acababa de marcharme. Era sólo media tarde y todo en sombra, las ventanas cerradas menos la de la cocina, que no tenía contras.
Entré por la puerta del sótano, crucé el office desierto y subí por la escalera que arrancaba del comedor de Patrocinio hasta el cuarto de estar, junto a la abuela. En el pasillo sentí recelo a todo lo que era la casa. Me pareció que hablaban palabras distintas, o que daban a las mías distinto significado, que no se daban cuenta de las cosas lo mismo que yo, que nunca me habían comprendido, que seguían diciendo «la niña» y estaba ya aburrida de oírlo, y que yo tenía que acoplarme todas las veces a aquello.
Pero lo hacía sin esfuerzo. De una manera espontánea cuando me veía en casa hacía lo que esperaban de mí, ni un solo gesto delataba que intuía la intención de sus palabras, que me hacían daño, que me alcanzaban, que las comprendía. Pero había siempre como una tristeza al empezar.
La lámpara junto a la abuela, la manta de piel sobre las rodillas, el libro entre las manos. (Aquel rincón tibio, como si me fluyera algo a las venas desde él). Por primera vez la vi con gafas y ella no pareció darse cuenta de que no la había visto así nunca, de que le cambiaba la cara. ¿O no eran sólo las gafas? Había algo alterado, casi imperceptible. Se quedó un momento mirándome, olvidada de sus gafas con su montura de concha que le hacían redondos los alargados ojos celestes. Debió de ver algo en mí porque se las quitó con gesto lento:
—Ya ves, hecha una vieja, la abuela…
(¡No! ¡No!, tenía ganas de gritar, de defenderme de aquello, de defenderla).
—Si no me las pongo, no veo nada de cerca.
Era como si le hubiesen quitado una corona. La boca se le había hundido un poco más, la nariz larga marchaba hacia esa boca. La besé
hondamente, rápidamente. Y vi que lo notó, que me miró, ya sin las gafas, con aquellos ojos inválidos. Me di media vuelta y me fui a mi cuarto.
Las inmensas vacaciones —quince días—, aquel mar de silencio para nosotras, particular, aquella arena sin fin de las horas no muertas: pasadas entre nosotras como si una y otra formásemos las dos probetas de un reloj del tiempo, o como si le dejásemos escurrir entre los dedos y nos gustara así. No nos cansaba no hacer nada, no nos aburría, pero nos ocupábamos en algo. La abuela con su libro o con su labor. (Desde entonces supe que la intimidad había que defenderla de los otros, había un pudor de tu soledad, sólo la compartías con los elegidos. Y compartir el silencio aprendí que era algo inenarrable y suficiente para llenar unas vacaciones y muchas vacaciones de la vida). Yo abría una revista vieja, o hacía también labor de punto, ayudaba a la abuela.
—Esta chiquilla… Trae acá esas mangas. Si espera la señora a que haga las mangas ella, no entrega nunca el jersey — decía Francisca con malos modos.
Se presentaba sin que se la oyera, con sus playeras blancas — iba siempre de blanco, como una enfermera — silenciosas sobre la alfombra.
La abuela se callaba. Yo tampoco decía que en cuanto nos quedábamos solas no hacíamos nada sino mirar a los carbones encendidos de la salamandra, o hacia aquellas mujeres que veíamos a través de los cristales, subiendo y bajando por el caminito pedregoso que llevaba a la aldea, o al campo enfrente, el campo de Piano.
Por la mañana, a la hora del sol, bajaba a la huerta, aunque lloviera, aunque la escarcha dejase los frutos helados y acuosa y sucia la tierra. Solía encontrarme a Pura con sus crenchas blancas, sus tobillos hinchados, la mole de su cuerpo. Pura hablaba, contenta de hablar mientras recogía las manzanas de invierno o las peras de Navidad, decía:
—Ay, estas manos
cuando había escarcha sobre la fruta; y se las cogía yo.
—Estos sabañones…
Yo recogía la fruta caída y me comía alguna allí mismo, a dentelladas.
Me reía. Con Pura en la huerta tenía ganas de correr, de reírme, de jugar con el aliento que salía espeso como humo. Contaba cosas de Millán, de cuando
Millán era pequeño, y de una niña que había tenido y que se le murió, y la llevaron con su traje mejor, de seda rosa, «parecía una estampa». Decía que Tomasa era buena, y que les hacía falta un crío. Oyéndola resultaba que Millán había sido un niño como yo, y le había gustado correr por la huerta con Pura, pero tuvo que empezar a trabajar desde pequeño.
—Huy, se conoce esta finca como nadie. No levantaba un palmo y ya estaba empujándole la carretilla a Venancio. No tiene maldad para nadie.
Oyéndola me daban ganas de volver a ver a Millán, pero tampoco Millán tenía que ver después, cuando le oía, con lo que Pura contaba de él.
—¿Estás segura, Pura? ¿Millán?
—Millán. Tú le ves así, y te parece de malas pulgas, pero es un bendito.
Es que llega reventado de trabajar, tú no sabes lo que es eso, que no tiene rato bueno para estarse sentado, como todo el mundo. Bueno, los pobres poco tiempo tenemos para estar sentados. Yo, porque no puedo más con las piernas — y me señalaba los tobillos deformes — y Venancio anda bueno del reúma… Pero Millán no quiso aprender de jardinero, y eso que sabe más que Venancio si se pone a ello, pero que en la casa no, que quería en la fábrica, y dale, cosas de él… tiene que levantarse cuando apenas se ve para bajar, y se revienta subiendo pisos, pero dice que es un trabajo más libre. Lo que le pasa a Millán, sabes, es que no ha nacido para mandado.
Yo pensaba en Millán con su cartera de cobrador del gas.
—Los hijos son así —decía—. Son otros tiempos.
Yo pensaba también en las gatas y el pelo de la abuela. Porque al levantarse para bajar al comedor, la noche de mi llegada, iba apoyándose en Francisca y yo las seguía, llevando su echarpe, y al volverse de espaldas vi que se había cortado el pelo. Antes, respaldada contra su butaca, no se lo había notado, con el pelo blanco rizoso, chamuscado en lo alto por las tenacillas, sobre la frente, pero al darse la vuelta vi que llevaba el pelo por detrás cortado al ras, como si lo hubieran hecho con navaja. Se le veía la nuca huesuda, débil, en donde antes caían los ricillos del pelo levantado. Un cuello pelado de gallina. Apoyé la mano en la barandilla de la escalera para bajar tras ellas. Pensaba: «Ha sido Francisca. Ha sido Francisca. Por ahorrarse de peinarla». Sentí vivos deseos de llevar mi mano allí, donde la
nuca siempre cubierta parecía aterida de pronto, para taparla o para darla calor, ni yo lo sabía.
—Cuidado, otro escalón más. ¡Ajajá! —decía Francisca.
Y la abuela se dejaba. Yo las seguí arrastrando el echarpe por el suelo.
No me había importado la melena de Francisca, que le hacía la cara más grande, más cuadrada, era lo de menos; me había chocado solamente al verla entrar. Lacio y grasoso aquel pelo espeso que era su presunción, que extendía sobre una toalla cubriéndole la espalda hasta la cintura cuando se lavaba la cabeza y se asomaba a una ventana del piso alto al sol, para que secara.
—Si no está bien seco luego huele a humedad — decía.
Cosas de Francisca. Pensé que a lo mejor era un ofrecimiento a Dios, como las monjas, ya que no podía hacer votos, aunque no creía en los votos de Francisca. Pero la abuela… Francisca entró en mi cuarto a ordenarme la cómoda mientras yo me desnudaba. Me disgustó, acostumbrada a hacerlo en soledad. Cepilló mi uniforme, para colgarlo fuera, en el armario del pasillo. Después se acercó al espejo de aquella cómoda-lavabo, y se alisó el pelo con una peineta que llevaba a la derecha, reteniendo la melena.
—¿Qué te parece mi pelo cortado? No te fijas en nada.
Se remiraba delante del espejo.
—Así acabo en un periquete, fue la gran cosa.
—¿Qué hiciste con tu pelo?
Se rió, mirándome:
—¿Qué querías que hiciera, otra? A la basura… Así estoy tan fresca.
Se sobaba el pelo, se quedaba como dormida con los brazos en alto ante el espejo; me daba un asco irrazonado.
—También se lo corté a la abuela, ¿o no lo viste?
—¿Tú?
—El barbero del tío. Se le enredaba el pelo en la cama, da muchas vueltas; por las mañanas me veía y me deseaba para peinarla, y no tiene paciencia.
¿Hablábamos de la abuela?
—… el tío encontró que había hecho muy bien. Nadie lleva esos moños.
Así está siempre peinadita y curiosa.
Dijo:
—Está encantada. Se le caía mucho, a mechones. Dejaba los peines…
Se acercó a la cama. Me preguntó:
—¿Tienes sueño? Claro, acostumbrada a aquellas horas. Qué niña más sosa. Nunca cuentas nada.
Me dijo, inclinándose sobre el borde de mi cama:
—Conque monjita, ¿eh? —y ladeaba la cabeza, fofa.
—¡No me toques!
—Jesús. ¿Te molestan las cosquillas?
—Déjame. ¡Que me dejes!
No podía aguantar la risa nerviosa. La di en la mano.
—Tendrás que cambiar de genio, si quieres irte monja.
Y con el punto de los ojos pequeño, pequeño, clavado en mí, añadió:
—A la tía le gustaría mucho… Dice que sería una solución.
Se acercó a la puerta de comunicación con el cuarto de la abuela y la entreabrió.
—Si tienes miedo, puedes dejar la puerta abierta.
—No tengo miedo.
Dijo:
—El tío no vendrá hasta la Nochebuena. Tiene que hacer en Madrid.
No sabía qué quería decir, pero había algo detrás de aquello. No quería saberlo.
—¿Viste a tu Tomasa?
—No es mi Tomasa.
Su risa maliciosa.
—Pues ella dice que sí, que la quieres a cegar.
—No es verdad.
Se rió con el punto de los ojos tan pequeño:
—Pues su Millán la muele a palizas cuando llega a casa. Se creyó que lo iba a meter en un puño. Toma puño. Se lo tiene ganado. Ella se lo buscó.
Reí, incómoda.
—Con lo gorda que es… Claro que no lo dice. Pero se sabe. Se sabe todo, para que te enteres…
Y él tan flaco, tan consumido… Pero yo sabía que era duro y sin contemplaciones. Aquella cocina sofocante…
Dijo:
—¿Qué te parece lo de Tomasa, eh, qué dices? Tantos humos…
Se rió, con la boca blanda.
—Para que se fíe una de los hombres. ¿Ves? En el convento te libras de eso.
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