Escribo tu nombre

Elena Quiroga · Capítulo 69 de 97

Páginas del PDF

Escribo tu nombre

Segunda parte

OceanofPDF.com

LXI

Ni nos dimos cuenta del cambio. Abrió la puerta la Hermana Mandoegui, y se oyó nuestro:

—Buenos días, Hermana.

—Buenos días, Hermana

conforme íbamos pasando ante ella de dos en dos. Nos miró y diría que se alegraba de vernos. Me había creado fantasmas. Lo mismo había pensado cuando el autobús se acercaba al colegio y vi de lejos, en el amanecer, aquel sólido bloque de cemento con su pardo color, y empezó a desvanecerse mi recelo. Venían algunas niñas nuevas en el autobús, habíamos hablado poco, como si hubiésemos perdido la costumbre o los puntos de referencia comunes. En el último banco junto a la portezuela se arrebujaba doña Asunción.

Detrás de la Hermana Mandoegui aguardaba Madre Vergara. No estaba Madre Prefecta a la puerta de la capilla. (Pero en adelante le daré su nombre, Madre Ulía, no el de su cargo). Me alivió no ver allí su pesada silueta y supuse que estaría dentro del oratorio. No estaba. Había, en uno de los últimos bancos, arrodillada y como si no nos sintiera entrar, sumida en recogimiento, una monja que no reconocí. La miré de soslayo al pasar por el pasillo central entre los bancos, y todas hicieron lo mismo, porque menos la Superiora — y entraba rara vez y cuando ya estábamos dentro — ninguna Madre rezaba delante de nosotras, o se arrodillaba en nuestros mismos bancos. No vi más que unas manos enlazadas a la altura de la frente inclinada, con los párpados cerrados. La Madre Ulía no estaba de pie, a la izquierda de los bancos, en su puesto-vigía. Me hallaba desconcertada de que todo fuera distinto de lo habitual y lo figurado, y lo achaqué a que era el día primero de curso, y a todos aquellos desórdenes de fuera.

Al terminar la misa hubo un momento de indecisión porque no llegaba la señal para levantarnos y salir, y acudió Madre Vergara, presurosa, a

remediar el olvido. La monja nueva continuaba arrodillada en el banco, abstraída en la lectura de su breviario.

Mientras desayunábamos entró en el comedor, con los brazos cruzados a la altura del talle, ocultas las manos en las amplias bocamangas negras. Era extremadamente delgada, andaba con los hombros encogidos — sus estrechos hombros la hacían parecer más larga — balanceándose un poco, con el paso rápido, y la caperuza de su toca era más baja que en las demás, pero ya sabíamos que ésta era costumbre entre las profesas de la casa general de Roma. Se acercó a Madre Vergara y habló con ella un momento; era más alta que ella, quizá no lo fuera tanto como Madre Ulía, pero su delgadez extrema y sus estrechos hombros la hacían parecer más alta. Me pareció renegrida de rostro, muy calada la toca sobre la frente, con unos labios largos y estrechos, resecos y amoratados. Todas la observábamos y nos mirábamos. Pensamos que nos habían añadido una nueva Profesora, pero ninguna supuso que se trataba de una nueva Prefecta. Nos lo comunicó Madre Vergara en el recreo del mediodía:

—¿Qué les ha parecido su nueva Prefecta?

—¿Qué Prefecta?

—¿Pero es ésa?

No preguntamos: «¿Dónde está la Madre Prefecta?», refiriéndonos a la anterior, porque sabíamos que eludiría la respuesta, y tampoco nos importaba, en general.

Begoña me dijo que estaba delicada del estómago, que si no había notado nada, cómo le olía el aliento y chupaba caramelos de brea. Pero yo no había notado nada, y me daba pereza el cambio, gente nueva, a mí, a quien sólo la idea de volver a encontrarme con Madre Ulía había resultado intolerable.

—Ya verán qué bien van a entenderse, vale muchísimo. La Madre General misma la ha designado. Está muy preparada.

—¿En qué colegio estaba? —preguntó Teresa Alzola.

—No viene de ningún colegio. Ha estado un año de maestra de novicias en Roma.

Carola dijo:

—Menos mal.

Nos pareció importante que nos enviaran una maestra de novicias.

—Es jovencísima, ¿verdad, Madre? —preguntó Begoña —. Me ha parecido una cría.

—No se habla así de las Madres —corrigió Madre Vergara.

Y añadió con su pacífica sonrisa:

—Las Madres no tienen edad.

Begoña volvió a preguntar:

—¿Se conservan en alcohol? Qué más quisieran.

Era el primer día y había una tolerancia mayor. No había internas nuevas. Estábamos al completo. Faltaban por llegar Elvira e Iciar. Me sorprendió por la tarde ver a Margarita Altube incorporarse al estudio. Creí que no volvería más. Ella misma entró con la cabeza baja, esquivando nuestras miradas, y ocupó su puesto apretando los labios. «Va a cumplir dieciocho años», pensé. Y me pareció que no era una edad para estar entre nosotras. ¿Pero qué otra cosa podía hacer? Si yo tuviese dieciocho años,

¿qué harían conmigo? Era una monstruosidad que su familia… Estaba Blanca a mi derecha lo mismo que si nos hubiésemos despedido ayer

— sólo que su color pálido había sido sustituido por aquel tostado del sol —, parpadeando de prisa, con su timidez insuperable, sin siquiera mirarme, como si no me hubiera escrito durante el verano aquella carta con tanta confidencia y tan retórica, o quizás apurada por haberla escrito, aunque bien sabía que ninguna de las dos aludiríamos a ella.

Estaba Paz, con sus ojos maliciosos y el maxilar colgante; estaban las dos Alzola tostadísimas también. En el recreo, Geni se había remangado el puño del uniforme acercando su antebrazo a mi muñeca:

—A ver cuál de las dos está más morena.

Le habían cortado el pelo como a un chico y se echaba las mechas cortas hacia la cara, y Teresa traía zapatos de medio tacón y hubiera asegurado que se había pintado un poco los labios; me pareció más segura de sí misma, como si le hubiesen sucedido cosas.

El pupitre de Elvira estaba desierto. Carola llegó después de comer y entró en la clase de física, con la Madre Vicaria. No se había puesto aún el blusón negro, traía su banda de punto de seda morada muy floja sobre las caderas, con el tono rojizo de su piel el pelo parecía casi albino, clarísimos

los ojos, con la nariz despellejándosele, y la cara salpicada de pequitas del sol. Saludó a Madre Vicaria con desenvoltura, dijo volviéndose hacia nosotras:

—Hola.

—Ocupe su puesto.

Vi que con los ojos buscaba sitio a mi lado, pero estaban ocupados ya.

—Por hoy póngase en cualquier lado.

Se fue hacia el fondo de la clase.

Habían llegado Ina Salazar y Silvia Martínez conmigo en el autobús de la mañana. Por lo que contaron, Ina había pasado los quince días últimos del verano en casa de Silvia, esperando la retrasada vuelta. Iciar llegaba siempre tarde al curso. Iban habitualmente las tres juntas, y Geni volandera de una a otras, y aunque habían transcurrido cuatro cursos seguíamos llamándolas «las pequeñas» y las manteníamos al margen. Sólo Blanca Deva tenía mi edad: acababa de cumplir catorce años y a mí me faltaban apenas tres meses; Carola haría los quince en Navidades, Teresa y Elvira los habían cumplido ya, y entonces me parecía mucho, aquel año de diferencia.

Exceptuando a Margarita, Begoña y Paz eran las mayores, aunque Paz, a sus dieciséis años continuase en segundo, y aun supongo que por darle ilusión de superarse.

La nueva Prefecta acudió con las internas al recreo de la noche. La habíamos visto en el de mediodía subir por el caminito asfaltado bajo la marquesina y dirigirse a los varios grupos de recreo de las mediopensionistas: mayores, medianas, pequeñas. Más o menos estábamos pendientes pensando que vendría al nuestro, reunidas en el campo de baloncesto. Pero la Madre Vergara, tras mirar su reloj, dio la señal para bajar al estudio. «Nos deja para el final», pensé, porque me daba cuenta de que para las mediopensionistas sólo tenía aquella hora y el brevísimo recreo de la tarde, y nosotras permanecíamos allí.

Entró cuando estábamos cenando y remplazó a Madre Vergara. Llevó nuestra exigua fila hasta la capilla y fuimos colocándonos en nuestros puestos y, como por la mañana, ella se arrodilló también detrás de nuestros bancos. Ocupó esta vez el tercer banco, ya que apenas llenábamos dos nosotras. Esperamos la señal para que Teresa Alzola iniciara la oración de

la noche, a la que todas nos incorporaríamos, pero no sonó, y Teresa se volvió, preguntando con los ojos, y debió de recibir señal afirmativa, porque empezó a rezar. Al terminar ninguna nos movíamos, aunque Paz Echandonea empujaba para que nos levantásemos. Llegó desde el tercer banco una voz que nos dijo (sin hablar bajo, como si no estuviéramos en la casa del Señor en donde la Madre Ulía solía decir que deberíamos «hasta pisar más débil»):

—Cuando hayan terminado sus oraciones, se levantan y salen. Las empiezan cuando estén recogidas, nunca antes. No esperen señal.

Y acompañó a la fila hasta el recreo. Blanca Deva corrió a buscar el banco de la clase de religión mientras la Madre la miraba en silencio, con el rostro levemente inclinado y la mirada concentrada en ella. No dijo nada (pero yo sentí aquella punzada de vergüenza, aunque como me hallaba alejada no quería intervenir y oír a Paz: «Haciéndose la buena. Haciendo méritos»).

Nos sentamos como siempre, formando escuadra frente a su silla. Dijo:

—Ésta es Geni, la benjamina. Siéntese aquí, a mi lado.

Geni corrió, deslizándose sobre el linóleo, con la cara resplandeciente.

—Sé que está usted entre nosotras desde que era chiquitina. Cuanto más niñas — sonrió y su sonrisa no era un gesto, sino una expresión íntima, profunda, que le ascendía hasta los ojos —, más amadas.

Aquélla fue una de las primeras cosas que señaló su prefectura: no era importante ser de las mayores, no era importante ser muy aplicadas, no era importante ser modosas: era importante ser naturales, sencillas, verdaderas.

Todo lo demás era artificio, y no lo despreciaba como nosotras, sino que pacientemente procuraba desentrañar qué ocultaba el artificio, si era un hábito creado que había que desarticular, si era defensivo, o si era constitución del alma.

Nos fue reconociendo amistosamente. Dijo:

—No me digan nada, vamos a ver si acierto quiénes son. La pequeña, Geni… — dijo apartándola con una mano —, Margarita, Paz.

Dudó entre Teresa y Blanca. Blanca se adelantó, parpadeando de prisa:

—Blanca Deva.

Dijo:

—Blanca. Y, entonces, Teresa.

Se inclinó hacia ella.

—Si se parece a su hermana, se parecen. Y… ¿Begoña? — preguntó mirando incierta a la propia Begoña.

—Sí, Madre, soy yo.

Quedó dudosa entre Silvia e Ina que dijeron sus propios nombres.

Se volvió a mí, y afirmó:

—Usted es Tadea.

Súbito calor en el corazón. Pero en seguida la duda: ¿qué le han dicho de mí para reconocerme tan pronto? ¿Por qué no ha dudado como con Begoña? ¿Qué sabe de mí? Y deseé que se hubiera equivocado con mi nombre.

No nos nombró a ninguna por el apellido. Para ella fuimos Geni, Margarita y Paz, Begoña, Blanca, Teresa, Ina, Silvia y Tadea.

—Y usted, Carola; no me diga que no.

Begoña dijo:

—Es la única que queda.

—Ya nos conocemos todas.

—Faltan Iciar y Elvira.

Sonrió.

—Lo sé.

La nueva Prefecta se reía de una manera espontánea, aunque era más bien seria; solamente habíamos visto reír a Madre Azpiazu y para eso se tapaba la boca con la mano cuando le brotaba la carcajada. La nueva Prefecta se reía echando un poco atrás la cabeza, diré que con toda su alma, con las manos cruzadas bajo las amplias mangas, levantaba y encogía aún más los hombros cuando se reía, y todo podía hacerla reír: la infantilidad de Geni, mantenida por seguir siendo la más pequeña del grupo, las bromas de Begoña Mundaca o, simplemente, un pelotazo que en el baloncesto cayera cerca de ella, o sobre una de nosotras. ¿Era joven? Supimos que sí, aunque también Madre Vergara había dicho una real verdad con el «las Madres no tienen edad», porque Madre Gaytán — éste era su nombre — nunca me pareció ni joven ni vieja, pero sí la sensación de que atravesaba el tiempo, que lo consumía. (O quizá lo que aquí llamo tiempo fuera Dios).

—No me llamen Madre Prefecta. Llámenme Madre Gaytán, como a las otras Madres.

Y nos aclaró:

—Ser Prefecta del colegio es un cargo, no es un nombre.

Levantó la mano derecha.

—Y no renuncio a ese cargo. Creo —dijo con la mirada a lo lejos — que siempre había soñado con llevar almas jóvenes a Cristo, fue uno de los motivos de mi vocación, transmitir su amor. Pero el cargo no soy yo: soy la Madre Gaytán, y cuando dejo de ser maestra de novicias, o Prefecta o lo que Dios quiera, sigo siendo la Madre Gaytán. Lo otro — sonrió — es pegadizo. No se es más ni menos por algo que se puede tener y dejar. Sólo queda la verdad de esta religiosa, una criatura humana como ustedes que se ha entregado a Dios… Ni depende de la voluntad…, aunque — comentó como interrogándose a sí misma — quizá mi voluntad fuera ésta…, ni imprime carácter. Es algo que se quita y se pone como un vestido. No diré como un hábito — se llevó las manos al ceñidor —, el hábito llega a ser la piel del alma, el único vestido del alma, la túnica de Él, ¿lo saben?

Estábamos absortas, algo incómodas, o a la expectativa ante aquella monja que nos hablaba en aquel tono desusado, que se hablaba a sí misma en presencia nuestra; parecía ignorar las consignas tácitas de reserva e indiferencia, y, sin extremismos ni grandes gestos, tiraba por la borda cuanto hasta entonces eran principios intangibles.

—Llámenme, pues, Madre Gaytán.

No lo hicimos. Espontáneamente suprimimos el nombre de persona o cargo y la llamamos Madre, y no nos dijo «No me llamen ustedes así», sino debió de parecerle natural y que la habíamos comprendido.

Se acabó la conversación anodina y hasta pueril como base de nuestra relación con las monjas, al menos con ella; y sin querer empezamos a dejar de admitirlo en las demás. Y no es que no continuáramos siendo, a veces, pueriles, y ella misma, pero no como ambiente, no como sistema, sino como remanso del alma, como hallazgo gustoso de lo que había en nosotras de simple, de cándido. Y esta risa y esta expresión pueril nos dejaba la conciencia limpia por unos días, relajada la tensión anímica de aquellos tiempos, era como una brisa.

Vino a las camaretas, más bien pasó —se mantenía un segundo derecha junto a la cama —. No me dijo ni una palabra personal: me tendió el crucifijo a besar, dijo:

—Su paz contigo.

Y me lo dijo siempre desde aquella noche primera, y supongo que a las demás también, y decía sólo entonces «contigo», y no «con usted», y era como un levísimo regalo de ternura.

Y nada más. Durante mucho tiempo no dijo nada más, y solamente lo hizo cuando creyó que lo necesitábamos, no imponía su presencia. No era amiga de blanduras como pudimos comprobar a lo largo de su mandato — si aquello era mandato y no comunicación, como gustaba de llamarlo —, y si tenía que hablar con nosotras prefería que fuese de día en su cuarto, o si nos encontraba en un pasillo, o en los recreos, o en el monte, pero cuando venía a nuestras camaretas sólo nos traía «Su paz». Era enjuta de carnes y de corazón. Muy seria. Las cosas que decía eran siempre primordiales y hondas, nos alegraban. ¿Quizá porque nos llegaba desde las novicias? ¿O

porque presentía su corto paso y quería colmamos en tan breve espacio de tiempo, comunicamos Su conocimiento y Su amor, podamos aquella proliferación de fórmulas externas, todo cuanto había convertido la religión en costumbre, el trato humano en defensa, la devoción particular en fetichismo, la idea de la sociedad en estratos establecidos e inamovibles? Y

esto último porque veía a Cristo en todos, y le dolía el injusto trato como si fuese obligada a presenciar Sus carnes azotadas. «Éste ha sido uno de los motivos de mi vocación», dijo sin rodeos la primera noche, en el primer recreo. Su vocación éramos, pues, nosotras, y Dios.

Bullía el silencio de aquella primera noche en las camaretas. Habíamos vuelto al colegio a regañadientes y nos habíamos hallado con algo nuevo que iba a roer nuestra indiferencia, nuestro conformismo o nuestra abulia, que iba a sacar al aire la soterrada rebeldía, que soltaba ataduras y nos dejaba libres de manifestarnos. No «nuestras colegialas», sino Geni y Paz y Elvira y Silvia e Iciar e Ina y Teresa y Margarita, Begoña, Blanca, Carola, Tadea. Y hallábamos esto al embocar la edad en que comenzábamos a diferenciarnos, y en que, al propio tiempo, éramos sólo una interrogación ardida, inmensa, que había venido a sustituir nuestra credulidad primera; en

que nos habíamos dado cuenta de golpe — fue un conocimiento brutal, sin graduaciones — de que vivíamos en un mundo mal hecho, con absurdas diferencias sin sentido que nacían de motivos ajenos a la voluntad y en el que nadie — salvo esta Madre Gaytán — nos hacía sitio.

OceanofPDF.com