Escribo tu nombre
Capítulo XXIX
Nos daba matemáticas la Madre Salinas, que era la Ecónoma del convento. Venía al colegio sólo a dar las lecciones, y la oíamos en cuanto terminaba — usaba suelas muy gordas de crepé, que se adherían, crujientes, al suelo de linóleo, y a la cera del corredor — dirigirse al fondo del pasillo, sacar su llave de la faltriquera — la llevaba sujeta por un cordón negro retorcido y fino — y abrir y cerrar la puerta de la clausura. Allá, junto al piano que tocaba Elvira.
Blanca tenía facilidad para los números, también. Salía al tablero e iba escribiendo el problema dictado con su letra picuda y recta; después, casi sin considerarlo (qué tímida era su mano y qué seguros los trazos de ella), con tiza blanca llenaba el tablero de operaciones, de números, de raíces cuadradas. Nos acostumbramos a no mirarla; sabíamos que no iba a fallar.
—Pero cómo va usted a entender, si no atiende — me decía la Madre Salinas.
Aquel muro negro del encerado, con logogrifos blancos.
—Usted y los números…
Con un suspenso en matemáticas te pasaban de curso lo mismo; con un suspenso en religión, en historia o en letras, no pasabas. No nos parecía una ciencia necesaria. Era mejor saberlo porque era la lección, pero aunque no lo supieras, qué más daba.
—Bueno, en fin, que pasen —decía la Madre Salinas —. No van a ser ustedes ingenieros de caminos.
Nos daba risa. El color del lazo de matemáticas era el morado.
—Qué feo —le dijo Paz a Blanca, tocándole el lazo —. Ya no te caben.
Y Begoña:
—Chica, vas a necesitar otro pecho.
—Sssss. No digan tonterías. Y deje ese lazo sin tocar.
A Paz se le notaba la boca algo torcida, casi la cara, de aquel lado.
Quedaba un momento con la mandíbula colgante, tardaba en encajarla. No
dábamos importancia a que siendo mayor que yo estuviese en la clase de Ina. Ni nos fijábamos.
—La voy a mandar a usted en matemáticas con las pequeñas — me dijo la Madre Salinas —. Todo tiene un límite.
Hojeaba mi cuaderno de deberes.
—Al menos, cumpla.
Empujó hacia mí el cuaderno en donde existía sólo el enunciado de los problemas.
—Hoy, durante el recreo, y el jueves por la tarde, irá usted resolviendo esos problemas que tiene en blanco. Hasta que alcance a las otras.
—¿Pero qué voy a cumplir si no sé nada de nada? — le dije a Elvira, que con la disculpa de los lavabos se escapó del recreo para hacerme una visita en la sala de clase.
—Quiere decir cubrir las apariencias, poner algo, algo. También tú, chica, dejarlo en blanco…
Elvira empezó a leer por encima y estaba igual que yo.
—Si la tonta de Blanca Deva nos dejase las soluciones.
—¡A buena hora esa hace algo prohibido…!
Elvira se dirigió a la mesa de la Madre.
—A ver si hay algo por aquí.
—No abras los cajones. ¡No!
—Miro en el estudio el cuaderno de Blanca y te lo digo. En un periquete.
—No. No. Sin que ella lo sepa, no. Es igual. Si se dan cuenta que estás, Elvira…
Se agachó y miró por el cuadrado de cristal de la puerta.
—Tengo de vigía a la Hermana Aralar. Sabe que me duele el estómago…
Me miró pestañeando. Yo sabía ya lo que era «doler el estómago»; comprendí lo que significaba desde la explicación de Clota. Sabía por fin qué había querido decirme el Padre Verguer cuando me preguntó:
—¿Estás desarrollada?
Y yo había creído que se refería a la estatura, al crecimiento, y no a la madurez.
—Me dan siempre una copita de anís a media mañana. Me entran unos retortijones…
(En el armario del pasillo de los percheros, que se abría como un secreter, había medicinas, algodón, vino de misa y de Oporto, zumo de uvas, esparadrapo, copas y galletas).
Elvira era la única chica que hablaba de aquello y no se ponía colorada, como si fuesen las muelas o el estómago de verdad. (Y en eso la Hermana Aralar era igual que Elvira. Le decía:
—No debía usted ir al monte ni hacer la gimnasia hoy.
—Mi sol —decía Elvira besándole el rosario y riéndose, con su boca carnosa —. Es usted un sol.
La Hermana Aralar la rechaza reciamente.
—Ande, ande, revoltosa. No hay más sol que Dios).
Elvira me dijo:
—Dile la verdad, chica. Que no entiende ni torta.
—Si lo sabe…
—Bueno, a lo mejor se conforma con que te fastidies sin recreo.
La Madre Prefecta en persona vino a buscarme a la clase, el jueves por la tarde.
—¿Cómo va eso?
Enseñé el cuaderno.
—Recójalo. Déjelo todo en el pupitre. Ya hablaré con la Madre Ecónoma. Vaya usted ahora al monte, a jugar, ¿eh?, ¿eh? A su edad hay que hacer ejercicio.
Me acompañó hasta donde el pasillo desembocaba en las dos alas anchas del corredor.
—Vaya.
No volví la cabeza. Oí el ruidito especial de la llave en la puerta de clausura. No tenía ganas de correr, no tenía ganas de llegar tarde al recreo, tenía ganas de quedarme quieta. Subí despacio bajo la marquesina, con la mano en la faltriquera. Estaban jugando en el campo de basketball. Oía: How do you say. How do you say. Carola se estiraba en vertical para coger la pelota, la alcanzaba con una mano y la lanzaba en seguida, segura; corría sorteando a las demás, con una rapidez en sus regates que no daba tiempo a
cortarla el paso; no parecía costarle esfuerzo alguno colocar la pelota en la red. Brincaba un poco con ella. Luz y Carola acudían al centro del campo, al empezar, y la Madre decidía quién sacaba. Pero no jugábamos adscritas a una de ellas, sino que al comenzar el recreo eran la Madre Vergara o la Madre Monleón quienes decidían.
—Usted, allí. Usted, allí. Usted, allí.
Carola dijo:
—Madre, ¿no sería mejor formar dos equipos fuertes? Tendría mayor interés.
—Se trata de que jueguen —contestó evasivamente la Madre Vergara.
Volvieron a poner la cuna en el corredor, sobre la mesa vacía, con la cesta de pajas al lado. El día antes de ir a nuestras casas colocaron al Niño.
Y al salir de las camaretas le vimos con su manita levantada, su camisa de seda bordada por Elvira, con el pie gordezuelo al aire. Pasamos delante de la cuna con una sonrisa, mirándole, como si fuese un hermanillo nuestro.
(Elvira había bordado en la camisita: JHS, igual que nos ponían el número en el colegio). Y las Madres nos dejaban sonreír y mirar a aquel Niño que descansaba sobre un lecho de paja que le habíamos ido haciendo día a día, hora a hora, minuto a minuto, con nuestro personal esfuerzo, de una manera rápida y secreta. La paja, de la noche a la mañana, se había reducido a una proporción normal. La Madre Prefecta nos explicó:
—Por cada cien de las otras vale una de éstas. Dios lo sabe.
A la tarde, antes de salir para nuestras casas, bajaron el Niño a la capilla y la cuna estaba en el centro del altar, delante del Sagrario. Nos inclinamos, genuflexas, de dos en dos.
Mientras el Padre Berástegui, revestido con capa pluvial, le desplazaba un poco para sacar el Copón, tapado por unas faldillas de raso pintadas, mientras cantábamos el Pange Lingua y subía, se esparcía el incienso oloroso, espeso, el Niño pasó a ser más nuestro, menos importante y más que el misterioso Copón recubierto.
El Padre Berástegui se arrodilló, con la puertecita del Sagrario abierta.
Dio una vuelta a la llave, que guardó en una caja redonda. Nos acercamos al comulgatorio de dos en dos. Nos tendió el Niño a besar. Al lado, el
monaguillo con un corporal fino para secarle el pie. Besamos aquel dedo al aire con infinita ternura.
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