Escribo tu nombre
Capítulo LXXXIX
Ocho días antes de terminar el curso, en junio, tuve ocasión de conocer la clausura. Andaban las Madres distantes y atareadas, terminando exámenes y preparando la distribución de premios; adelantaron unos días el fin de curso y nos sentimos inmensamente aliviadas como si pesasen menos los días al pensar que algunos habían suprimido.
Iba yo hacia los lavabos y vi la llave puesta en la puerta de clausura junto al piano, frente a la clase de labores. Me acerqué para comprobarlo, porque era un hecho inaudito, y pensé: «Voy a avisar que se han dejado la llave». Pero en el acto me pregunté: «¿Por qué?». Y, con sumo cuidado, casi como una broma a mí misma, giré el pomo con sigilo y abrí. Vi un largo pasillo. (Toda mi curiosidad por la vida religiosa, toda mi inquietud por el misterio, me empujaron a penetrar). Un pasillo limpísimo, puertas pintadas de blanco como las de nuestras camaretas… Quedé un momento quieta.
¿Me han oído? No se escuchaba nada, un silencio inhumano, de desierto.
(Aunque me vieran, aunque me oyeran, a aquellas alturas qué me importaba ya). Entreabrí una puerta blanca; vi una cama igual a las nuestras, un lavabo, unos cajones de comodín, y un crucifijo de palo; sobre una mesa de hierro esmaltado en blanco, junto a la cama, había un breviario con cubiertas de hule negro. Aquello era la celda, lo más profundo de la clausura… Nada. Nada en el pasillo sino la inconcebible limpieza, un suelo de baldosas granate tan encerado, tan despiadadamente brillante como para impedir la huella del pie, el aliento, como si le hubiesen querido privar incluso del vestigio de la mano que lo trabajó. Era una superficie lisa y brillantísima, ferozmente brillante y fría. Un espejo. Que no reflejaba nada porque no había nada que reflejar. Pensé: «Esto era la clausura, esto era lo que guardaban bajo sus llaves, esto era lo que ocultaban los aires misteriosos, el noli me tangere y el ponerse delante de la puerta como el ángel a la entrada del paraíso… Nada».
Había calculado inconscientemente, erróneamente, que algo iba a proporcionarme allí una clave, podría servirme de índice. ¿Qué…? Nada.
Nada. Nada. Inhumanidad del orden excesivo, de la limpieza desaforada.
Esterilidad (porque sólo una brizna de suciedad sería fecunda).
Me desplomé por dentro. Todo el cansancio de aquellos meses — el sopor, la tensión nerviosa — cayó sobre mí, casi me recosté contra el muro del pasillo, a punto de llorar, como si hubiera sido objeto de un monstruoso engaño, como si me hubieran hecho trampas desde detrás de un biombo, o lo que resultaba peor, me reconocieran el uso de razón para la práctica de la religión, pero no para el conocimiento.
No valía la pena recapacitar: los Reyes, mentira; mentira el nacimiento de los niños; mentira los mayores, las monjas. (Pensé: «Madre Gaytán no, por eso nos atraía: vivía su verdad o lo que ella creía, pero arrojadamente, plenamente. Se lo jugaba todo por todo, o todo por el final»).
Falsedad, artificio, engaño, valores convenidos, pasarse la consigna del engaño unos a otros para poder tirar. El mentiroso mundo es lo que es, no se arroga disfraces. Pero en el acto reconocí también: «Algunos usan a Cristo
— no usar Su Nombre en vano, éste era el significado —, se atribuyen título de cristianos sólo por el bautismo. No saben a Quién siguen, ni a qué religión pertenecen. Es una sociedad perdida, a la deriva». (¿Y yo? ¿Dónde estaba Cristo? Aquel Cristo cerca y vivo, aquel amor secreto y tan intenso que no había querido declarar a nadie ni casi decírmelo a mí misma para no perderlo, para que no se esfumara, ¿lo había dejado perder, lo había perdido?).
Un vacío pavoroso ante mí, tan desierto y tan inhumano como aquella clausura, y tan común como ella. (Pero dentro de mí aquel desolador dolor de Él… ¿Era eso amar?).
Salí sin pretender no hacer ruido, sin procurar ocultarme. Nadie me oyó.
En aquel silencio de siglos, un silencio inmóvil y como congelado, nadie me oyó entrar y salir para siempre. Dejé la llave en la puerta, según estaba.
Y en el instante mismo, al ofuscarme la luz del ventanal frente al piano, supe que no regresaría al colegio. No me importaba qué iba a pasar, ni qué
dirían en casa, iba a enfrentarme con la verdad sin que nadie fuese capaz de quebrantarme.
No volvería. Mi sitio no era allí: que regresaran las que esperaban algo, o las que querían dejar correr el tiempo. Yo quería ser el tiempo mismo, cualquier cosa menos aquella criatura engañada, pretendida embaucar.
Soñé ¡bendita ilusión! que era Dios lo que tenía… Sonreí con dureza.
Desde la puerta, sin entrar en el oratorio, dije de una manera instintiva:
—Adiós, Madre
a la Virgen en el altar.
No sentía pena. Me habían defraudado.
—Hasta la vuelta —me dijo Madre Azpiazu.
Y la miré fijamente. Musitó con voz gruesa:
—Acuérdese de rezar
como desamparada, porque había leído la marcha en mis ojos. (Y quizá más).
Oí a Blanca:
—Hasta la vuelta, Madre Azpiazu.
—Adiós, Madre Azpiazu —decía Teresa.
Madre Azpiazu seguía mirándome con expresión alterada. Dije:
—Adiós.
Procuré sonreírle.
Oía a la Madre Superiora dirigiéndose a los Santa María de Alzola:
—… el curso próximo.
La sonrisa de Hermana Mandoegui:
—Hasta octubre —sosteniendo la puerta entreabierta. Y la calle.
—Recuerdos en su casa.
—Espera, chica —me dijo Silvia—, que me olvidaba la cartera… ¿Tú no te dejaste nada?
Dije:
—Nada.
FIN
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- Escribo tu nombre
- Introducción
- I
- II
- III
- IV
- V
- VI
- VII
- Primera parte
- I
- II
- III
- IV
- V
- VI
- VII
- VIII
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- LXXVIII
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- LXXXIII
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- LXXXVII
- LXXXVIII
- LXXXIX
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Elena Quiroga
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