Escribo tu nombre

Elena Quiroga · Capítulo 62 de 97

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Escribo tu nombre

Capítulo LIV

La mar de nuevo. La mar que para mí no existía mientras no íbamos a ella, que veía desde el muro de la huerta como una imagen lejana, pero que de cerca se hinchaba y se estiraba para nosotras, se llenaba de profundidad, de claridad o de aguas densas. Aquella mar que se deshacía en Las Quebrantas, que cubría de conchillas blancas y de caparazones vacíos de cangrejos la arena, una arena áspera, salvaje, que según iba calentándola el sol se hacía fina y templada y daba gusto llenar la mano de arena.

Tío Andrés era la ida hacia la mar y aquellas travesías exaltadas hasta Cabo Mayor, y aquella sensación de riesgo y amplitud por aquello que llamábamos alta mar. Desde que pasábamos la barra y sabíamos que estábamos en alta mar había aquel indefinido sobresalto, o creía que lo había, y me gustaba. Era apenas una probabilidad de alarma por tío Andrés, tan seguro, como si del peligro de todos respondiese él, lo hubiera recogido él en la mano regordeta con que manejaba el timón, en su mirada perforada fija en el horizonte. ¿Existíamos para tío Andrés? Daba la sensación de no contar nunca con los demás, ni percatarse de su presencia, lo mismo que si estuviésemos allí sólo en función de él. Me parecía un hombre duro y justiciero. No le veía nunca acariciar a sus hijos y le había visto, en cambio, pegar a Odón y lanzarle al agua como se lanza una piedra; pero le consideraba incapaz de las arbitrariedades de tía Concha o de sus caprichos.

Le respetaba. Odón estaba siempre con él a la defensiva, y más bien diré: a la ofensiva, si se le presentaba la ocasión; también su padre adoptaba igual postura, así que había tensión en el aire con los dos en la barca. No parecían de acuerdo, y, al propio tiempo, no sé en qué comprendía que mutuamente se importaban por encima de todo, quizá demasiado, aunque ninguno de los dos lo reconociera ni se reconociera en el otro. No podría decirse que no pudieran entenderse, sino que no hacían nada para ello.

Odón seguía pareciéndome un chico de nuestra edad, aunque tuviese dieciséis años y se afeitase la barba que le hacía aparecer sucias las mejillas,

a veces; no le encontraba cambiado en absoluto; Clota continuaba riéndose de él y contándome sus cosas: que le gustaban las chicas, pero no las señoritas, y que era un protesten, y abúlico.

—Para lo que le conviene, claro… Fíjate, a nuestras amigas las pone verdes, que son unas cursis, que no se puede hablar de nada con ellas, y sale con esos amigos que tiene, más raros que otro poco; mamá dice que no sabe de dónde los saca, y que en un colegio tan caro podían mirar un poco más a quien admiten, pero los frailes lo que quieren es sacar dinero, naturalmente, y prefiere salir con esos chicos que con otros, y se van a los bailes de modistillas o a bailar con las taxi-girls, fíjate. Mucho mayores que ellos, no sé cómo los aguantan, ¿tú lo crees? ¿Cómo va una chica mayor a estar con Odón?

Tía Concha decía a don Luciano y a la abuela:

—Es un chico tan bien formado moralmente, no tengo queja de él. Es un niño todavía, gracias a Dios.

Odón hablaba poco en presencia de su padre, y en su ausencia protestaba de todo para acabar haciendo siempre su propia voluntad, con la tácita conformidad de tía Concha, en el fondo contenta de que su hijo la venciese.

—Haces de mí lo que quieres. Te sales siempre con la tuya. Que no se entere papá.

—No se lo digas tú —contestaba el hijo, besuqueándola.

Le cogía la barbilla con la mano, la miraba un momento y se inclinaba para besarla; tía Concha entrecerraba los ojos.

—Guapa —le decía Odón con su voz burlona.

Y ella le besaba y le llenaba de recomendaciones.

—Sé bueno. Ven temprano. No fumes… o, al menos, fuma poco. ¿No beberás, verdad, Odón?

Odón contestaba a voleo y guasón:

—Sí. Sí. Sí. Sí

y se marchaba.

No venían sus amigos a casa ni los veíamos. Él llegaba poco antes de cenar, esquivo, hermético. Entonces le fastidiaba la intromisión de su madre.

—Pero déjame, mamá. No voy a andar diciéndote todo lo que hago.

—¿Por qué no?

Odón contestaba firme como su padre:

—Porque no.

Una vez dijo (y oyó nuestra risa):

—Los hombres no tienen por qué dar explicaciones. Eso está bien para las chicas.

—Oye, tú —protestó Clota.

Yo me eché a reír y se volvió rápido:

—¿De qué te ríes tú?

Le contesté:

—De ti, ¿no lo ves?

—Déjala, es imposible —intervino tía Concha —. No la hagas caso.

—Te voy a enseñar a ti a reírte —dijo entre dientes.

—Somos dos, te podemos —contestó Clota.

Pero yo oscuramente deseé que Odón me hablara así, como acababa de hablar, con furia reconcentrada.

Cuando nos encontrábamos a solas, aquel verano, al principio nos quedábamos de repente sin saber de qué hablar y atentos, al menos yo, y entonces él me parecía más niño. Sacaba un pitillo y lo encendía.

—¿Tu padre te deja?

Y él sonreía con verdadera inocencia.

—Claro que no.

Yo le contemplaba fumar y cómo subía el humo.

—¡Quieres uno?

Dije:

—¡No! —con mucha fuerza.

Y él entonces me sonreía con una sonrisa tan clara, la sonrisa de cuando corríamos juntos por las avenidas del jardín y él llevaba pantalón corto. El cambio se había operado casi sin advertirlo. Había faltado el verano anterior y un año me parecía tanto tiempo que pensé que le hallaría cambiadísimo, pero era el mismo, sólo que con pantalón largo y apenas la sombra de la barba y sobre los labios. Patrocinio dijo, admirada:

—Un hombre ya. ¿Quién lo iba a decir?

«Un hombre», pensé, acobardada. Pero cuando, vi su mirada, un poco estrábica, y su sonrisa, era el chico de siempre, y lo olvidé. El primer día en que bajamos a la mar y que en la gasolinera él se dejó caer el pantalón como su padre — llevaban el bañador debajo —, al ver sus piernas desnudas

— que antes veía a diario — aparté los ojos instintivamente. Después me habitué también, pero aquella vez primera me turbó como si se hubiera puesto desnudo.

Su padre le seguía tratando igual que siempre, no le concedía lo más mínimo, aunque Odón se las arreglaba para escabullirse en su presencia, pero en la gasolinera no podía. Seguía siendo perezoso, le gustaba revolcarse en la arena, tardaba en entrar en el agua.

—Me gusta ir cuando he entrado en calor.

No entraba en reacción con facilidad y salía del baño con la piel erizada y frotándose vigorosamente.

—Es que no me gusta porque no entro en calor. Estoy helado.

Le castañeteaban los dientes, con los labios morados.

—Esta juventud de ahora… —decía Hilario.

Tío Andrés ni le miraba.

Tomó la costumbre de acudir cuando yo estaba con Clota en el mirador de la abuela, porque habíamos descubierto que aquél era un sitio en donde no venía a molestarnos. Y se sentaba detrás de la mesa de despacho como si fuese el sitio de él, y nosotras en aquellas butacas bajas de peluche, pero los tres muy juntos, muy apiñados alrededor de la mesa, y hablando a media voz, aunque el mirador era lo suficientemente grande y nadie podía oímos.

Decía:

—Sois idiotas

continuamente. Y yo, cuando él estaba, encontraba a Clota reiterativa y latosa.

—Cuidado que sois idiotas.

Una tarde, al subir a mi cuarto, me di cuenta de que había alguien en el mirador, y le vi, sentado ante la mesa, inclinado sobre un libro.

—¿Qué haces?

—¿No lo ves? Leyendo.

Me contestó impacientado, pero en seguida se levantó y se acercó a las estanterías.

—Tío Juan tiene unos libros estupendos. ¿No los has leído?

—¿Dónde?

—¿No has tenido curiosidad? No me digas que no te los has leído todos.

Pregunté de nuevo:

—¿Dónde?

—En el despacho. Los buenos están allí, en la biblioteca de detrás. Pero aquí también hay alguno potable.

Y así comencé aquella formidable aventura de leer. Al principio los libros me aburrían, y no comprendía qué había en ellos capaz de interesar a Odón, pero seguí leyendo como si atravesase un túnel presintiendo que por algún lado saldría a la luz.

Busqué el libro que Odón había dejado, y era un diccionario grueso, de tapas marrones; supe que había buscado el significado de alguna palabra oscura. ¿Cuál? No se lo quería preguntar. Leí los otros títulos. Vi uno y me detuve en el Diario de un poeta recién casado. Lo cogí y lo llevé a mi cuarto. Cerré la puerta-ventana y corrí el pasador. Me parecía que iba a enterarme de algo por el libro, y «algo» era la vida. Me fastidió que fueran poesías.

Eres tú y no lo sabes.

Tu corazón te late y no lo sientes.

Buscaba algo que a mi entender justificara el título del libro, y no lo hallé; terminé el libro decepcionada. Volví a colocarlo en su lugar, ajena a que las palabras iban penetrándome, cumplían precisamente lo que esperaba sin saberlo yo: de una manera irremediable la poesía me acercaba al mundo.

A los pocos días, estaba tumbada sobre la arena de Las Quebrantas y el sol descansaba sobre nosotros. Odón boca abajo, quieto sobre su toalla de baño; tío Andrés y Clota, en la mar. Pasaron unas gaviotas chillando sobre nuestras cabezas y vi a unas alejarse, y otras fueron a posarse al borde del agua, donde la arena húmeda, y dejaban una huella triangular. Había algo cándido, paro, fabuloso, que me apretaba el corazón. Miré a la mar, y me pareció más vasta, innavegable, desierta para siempre… Me incorporé,

apoyada en el antebrazo. Aquel corazón que me apretaba me llenaba de un gozo sobrehumano, un gozo que rompía mi corazón de chica (algo más grande que yo, más vasto que yo y, al propio tiempo, yo misma). Eres tú y no lo sabes. | Tu corazón te late y no lo sientes. (¿Se refería a mí, o a la mar?). Sentirse expresada, qué felicidad. Me dejé caer boca arriba, mirando aquel cielo sin una arruga, sin una veladura, de intensísimo azul, desierto.

Qué plenitud de soledad, mar solo. Se me iba el corazón… Extendí los brazos y palpé la arena caliente bajo las manos; repetí, primero para mí, después sentí la necesidad de decirlo en alta voz al aire solo, al cielo solo, al mar solo, a mi propia soledad que me embriagaba:

—Eres tú y no lo sabes. Tu corazón te late y no lo sientes. ¡Qué plenitud de soledad, mar solo!

Oí la voz de Odón:

—¿Qué dices?

Volví la cabeza a él y volví a repetirlo, riéndome, como si lo tomara a broma — y no era broma:

—¡Qué plenitud de soledad, mar solo!

Me dijo:

—¿Qué te pasa?

Y tenía los ojos llenos del resplandor del sol y de la fuerza del cielo azul y de una esperanza sin límites como la mar. Y antes de que pudiera contestar, se volvió del otro lado.

—Las chicas… Estás chalada.

No me importaba. Había descubierto mi corazón en soledad, y me embriaga de ella, y sentía un formidable orgullo de ella. Y desde entonces decía al ver la mar: «mar solo». Y era como decir: Tadea sola.

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