Escribo tu nombre

Elena Quiroga · Capítulo 53 de 97

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Escribo tu nombre

Capítulo XLV

En religión nos tocaba aquel año el Nuevo Testamento y comentarios.

En cuarta división daría Historia de la Iglesia. En quinta, Apologética del cristianismo, y en sexta, Apologética segundo.

La clase de religión se daba a media tarde, inmediatamente después del primer estudio, tras el recreo. Hasta la primavera, siempre con luz eléctrica.

Acudíamos al cuarto que había entre el de la Madre Prefecta y la sala de máquinas; no tenía más finalidad que ésa: clase de religión. A partir de primera preparaba la Madre Prefecta; a las párvulas y primarias (A, B y C), la Madre Vergara. Pero la Madre Vergara enseñaba en la clase de labores.

Religión, y la Madre Prefecta, eran aquella clase que, a espaldas de la monja, tenía una ventana pintada sólo de blanco hasta el tercio de su altura.

A través de ella no podíamos ver de frente ni hacia abajo, pero en lo alto del cristal a veces sí veíamos moverse, a lo lejos, por encima de la marquesina, la rama de algún árbol; veíamos siempre en primavera y en los primeros días de curso el gris azulado del cielo, y nubes. Mirábamos poco, con la Madre Prefecta estábamos toda la clase en tensión.

—Ésta es la asignatura más importante del colegio — decía.

Se nos enseñaba como un texto, sin más comentarios que los que ella hacía, desde su particular enfoque.

—¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?

Repetía el Evangelio al pie de la letra.

—No es necesario que se lo aprendan de memoria, sino que me repitan lo que se acuerden de él.

Pero la realidad era que si te apartabas del texto, ni siquiera una coma, la Madre Prefecta ladeaba la cabeza:

—Ceñirse al Evangelio —decía—. Son palabras de Dios. Inmutables.

No caben interpretaciones ni vaguedades.

Carola preguntó:

—Madre, ¿por qué unas veces habla en sentido figurado y otras no?

¿Dónde se avisa?

La Madre Prefecta dijo:

—No es necesario. Hasta un ciego lo entiende. Además, que era la costumbre de hablar así, en Oriente, en aquel tiempo.

—Pero, ¿por qué unas veces se toma al pie de la letra y otras veces se interpreta? Eso es lo que…

—Siempre se toma al pie de la letra.

La Madre Prefecta sonreía.

—Siempre.

—Cuando dice: «Tus hermanos…».

La detuvo con la mano, amablemente y distante:

—¿Ha terminado usted?

Cuando Carola preguntaba algo, solía dejar que lo hiciera e incluso contestarla afablemente, como una cortesía. Cuando menos lo pensaba, la Madre Prefecta preguntaba:

—¿Ha terminado usted?

Y Carola quedaba cortada. También contestaba con frecuencia:

—Ya hablaremos más adelante de eso.

No estudiábamos todos los Evangelios; había muchos que seguíamos en misa, cotidianamente, y que no se daban en clase.

—Todos los concernientes a las verdades principales, los que atañen a la fe, la caridad, contra la soberbia — esto lo recalcaba mucho —, el deseo de perfección. Y, sobre todo, el desasimiento del mundo, de las criaturas: Mi reino no es de este mundo.

La sensación de estar en un mundo intermedio entre el fin y la nada de que habíamos sido creados, de estar en marcha hacia algo, de eterno éxodo.

—¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?

La Madre Prefecta me detuvo, levantando la mano un poco:

—No siga el texto. Vamos a ver, ¿usted quién cree que son?

—El que cumple la voluntad de su Padre que está en los cielos.

Cruzó sus manos sobre la mesa.

—No responda como un lorito. Ahí quería que llegáramos a parar:

¿quiénes son los padres y los hermanos, quiere decir: nuestros allegados…?

Aquellos que participan en nuestra Comunión, aquellos que están ligados a nosotros por vínculos espirituales, mucho más importantes que los carnales; naturalmente somos criaturas superiores, no somos perritos… — decía

«perritos» sonriéndose, excusándose un poco —. Para la vida espiritual, la única eterna, la única imperecedera, la única incorruptible, un vínculo de hermandad: los demás que participan de las verdades de nuestra Iglesia; uno de paternidad, Dios padre todopoderoso; uno de autoridad: el Sumo Pontífice. Cierto, hay nuestra familia de la tierra: padres, hermanos…

Hacía un gesto de continuidad con la mano, con la misma sonrisa de excusa de cuando había nombrado a los perritos, como si se tratara de una especie.

—Pero, ¿qué nos dice el Señor en relación con ellos? ¿Quiénes son mi padre y mis hermanos? El que no deja padre, madre, hermana o hermano, o campo o heredad, por amar de Mí, no es digno de Mí. A todo aquel que dejare padre, madre o hermano, se le dará el céntuplo y el cielo en heredad. Ésta es, naturalmente, ya la vida de perfección. Pero en la vida moliente del cristiano, ahí están sus cortas contestaciones como Hombre:

¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? El: ¿Por qué me buscáis? del Niño a sus padres, cuando tenía doce años, y van a sacarle del templo. Que nadie pueda apartamos del Templo: esto es: de la práctica estricta de la religión, de cumplir los preceptos, de sostener «fuera» lo que se les ha enseñado en el colegio… Si tu brazo te estorba, corta tu brazo.

—Madre, ¿y cómo manda: «Honrar padre y madre»? Si luego dice tantas veces…

—Una cosa es honrarlos, y otra deberles obediencia. En lo externo, naturalmente. Ningún padre ni madre puede obligar a obediencia contra sus conciencias.

Carola insistió:

—Todo es conciencia.

—¿Cómo?

—Todo es conciencia. Desde el momento en que te planteas si lo haces o no, ya es un problema de conciencia. ¿En qué hay que obedecerles? En qué…

— Y les estaba sumiso. ¿Se acuerdan? Les estuvo sumiso, ciertamente.

Esas mil pequeñas cosas de la vida diaria — sonreía, de nuevo, con su aire de excusa por hablar de pequeñeces —, llevar o no los útiles de su padre al trabajo, hacer los recados que se le mandaran, ese tipo de obediencia. Pero, por dentro, en comunicación con su verdadero Padre de los cielos. ¿Creen que no les es tenida en cuenta esa obediencia? Cuando se les dice: «Hagan esto o aquello» que se les ve que lo hacen con cara de aburridas — algunas se rieron —, háganlo con alegría, ofreciéndoselo a Dios, porque así se les tendrá en cuenta. Obedecer en todo eso, temporal, porque es mando temporal, pero con el espíritu tendido hacia nuestro Padre de los cielos.

«Honrar padre y madre» — lo hemos estudiado, niñas, desde primero —, porque son la representación en esta tierra de nuestro Padre celestial. Hay una representación divina en la familia, lo saben, ¿no es así? Pero sin que influyan en sus conciencias ni en sus actos superiores — su relación con Dios, sus oraciones, por ejemplo; su vocación, por ejemplo, lo que pueden hacer en el mundo o no puedan hacer, de acuerdo con sus deseos de perfección —. Por ejemplo, una niña desea ofrecerle a Dios no ir a la playa: los padres no pueden obligarla a ir. ¿No sabéis que tengo que ocuparme en el servicio de mi Padre? Quieren hacerle vestir un traje, no diré escandaloso

— sus familias son todas piadosas —, pero sí ligero. No están obligadas a hacerlo, sino a defenderse: «¿No sabéis que me debo al servicio de mi Padre, el que está en los cielos?». Cuántas veces pueden ustedes ser causa de edificación en sus familias… Quieren ir a un cine, a ver una película, no diré mala, naturalmente, pero sí mundana…: «¿Pero no sabéis que debo ocuparme en el servicio…?».

—Madre, ¿cómo dice…?

Miró a Carola, sonriendo, pero como si no fuera cuestión y sí una inconveniencia interrumpir continuamente (ella decía a principio de curso:

«Pregunten todo lo que no entiendan»).

—Basta, ¿eh?, ¿eh? A Dios no se le puede discutir. Son verdades irrefutables… Ya hablaremos más adelante de eso.

Se volvió a mí:

—Continúe —dijo.

No sabía en dónde iba.

—Están ustedes distraídas. No ponen atención a la clase. ¿Qué pasa?

¿No pueden ustedes con el programa? Se le cae de las manos…

Y al decirlo me di cuenta de que era verdad: me pesaban los brazos, no tenía gana ninguna de estar allí de pie, levantarme me costaba, empezar a hablar me daba una pereza invencible. Sentía como en los días de sur, aquel bochorno, solamente que dentro. Una sensación de sopor, de amodorramiento.

—Siéntese.

No sabía qué me pasaba, porque oía las voces y no retenía lo que decían ni a veces lo comprendía, como si estuvieran hablando lejos. Era una total incapacidad. «Me estoy volviendo tonta». Miraba a Paz en filas, con su boca entreabierta, pero siempre diligente y torpe, si cabe decirlo, hacía las cosas todas y diré que las hacía con alegría como aconsejaba la Madre Prefecta, encantada de que la mandasen algo, pero era tal su fuerza que resultaba torpe.

—Hay que andar más ligera, más derecha —me dijo la Madre Prefecta en su cuarto —. Hace muy mal efecto ver a las niñas derrengadas. No responde a la idea de orden que quiero en mis colegialas…

Sonreía.

—¿Qué le pasa? Todo la hiere.

Los ojillos taladrándome, afilados.

—Ay, qué niñas éstas. Creándome problemas…

Sonreía, con su aire superior. Separó la toca de la barbilla, metiéndose los dos dedos.

—¿Habla usted mucho con Carola?

(Atención).

—Hay que dar buen ejemplo, ¿eh?, ¿eh? Las internas… Es un poco nuestro colegio apostólico — sonreía —. No ponerse a hablar durante las lecciones. Si tiene todo el recreo… todo el curso por delante.

Hacía con la mano un gesto larguísimo.

—Espíritu crítico. No es conveniente… Ahondar en las cosas. No ahonda en nada.

La apartó con la mano, la echó a un lado.

—Cuatro cosas superficiales —sonrió.

Dijo:

— Pour épater —en francés.

Y en seguida:

—Oh, no, no creo que se haga intencionadamente. Sin darse cuenta.

Una mayor libertad de ambiente… La frivolidad en las cosas serias no es soportable.

Dije:

—No es frívola.

Había apretado los puños dentro del blusón para decirlo. Callar me hubiera parecido indigno.

—¿Qué dice usted? —Se inclinó hacia delante, mirándome —. ¿Qué dice?

Sonreía finamente; su sonrisa podía ser una mosca zumbona.

—No está usted lo suficientemente formada para tener criterio. Juzgan ustedes por simpatías o antipatías.

Me amenazó en broma con un dedo:

—Las simpatías… ¿Qué nos va a Ti ni a Mí? ¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?

Me aguanté el decirle: «Tuvo el discípulo amado» por no eternizar las cosas.

— Quien ama a algo más que a Mí, no es digno de Mí.

¿A qué fin terquear? Si era lo mismo, si era infranqueable.

—… Yo no creo haber dicho que Carola Higuer era frívola, he dicho que la frivolidad en las cosas serias… ¿Por qué lo unió usted a Carola Higuer? ¿Era usted quien pensaba, sin darse cuenta que Carola era frívola?

¿Frívola? ¿Carola?

—… De una cosa a otra, sin fervor, sin auténtico interés. Voy a dejarle a usted algo para que lo vaya leyendo a ratos sueltos, en el estudio, si termina pronto, o los domingos. Sabe que los domingos puede leer en el estudio; cuando está autorizada, naturalmente.

Sacó una revista que se llamaba El Mensajero. Había páginas y párrafos señalados con lápiz rojo. Me marcó dos, con unas tiritas de papel:

«Jesucristo ¿es Dios?». Y: «Del desprendimiento de las criaturas». Me dijo:

—Lea usted solamente estos dos, ¿eh? Tengo confianza.

Me incorporé a la fila que salía del estudio hacia la clase de latín. Entré previamente, un instante, a dejar la revista en mi pupitre. Carola no me hizo ningún comentario.

Al entrar en clase, la Madre Hornedo me indicó:

—Usted, a ese pupitre. Y usted —le dijo a Blanca Deva — a ése.

Así quedaba Blanca entre las dos.

—Máximo común divisor —dijo Carola.

Lo sentí por Blanca.

—No necesita cambiar las cosas.

Ya estaba. Todo dispuesto de antemano. Sentada ante mi nuevo pupitre miré a Carola, y ella también me miró, con aquella sutil ironía de sus ojos.

A la salida, al acercarme para ponerme delante de ella en filas, se apartó exageradamente y simuló, con la mano a la altura del pecho, que agitaba una campanilla. Imbuidas de textos sagrados, supe que quería decirme:

«Leprosa, intocable». Y me pareció mal que lo hiciera, porque yo no tenía culpa alguna.

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