Escribo tu nombre

Elena Quiroga · Capítulo 70 de 97

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Escribo tu nombre

Capítulo LXII

Creímos que iba a comenzar una vida distinta y nos llamó la atención que las cosas se estancaran. La nueva Prefecta estaba en su cuarto, con la luz de la pantalla verde, con el recuadro de cristal en la puerta, pero no llamaba a nadie. Nos habíamos mirado unas a otras para saber quién sería la primera, aunque nos figurábamos que sería Geni, pero el timbre no sonó. La veíamos los domingos en el recreo, después de comer, y así fue tomando contacto con nosotras, y diferenciándonos. Acudía con Su paz por las noches, y al marcharse, andando por el pasillito estrecho, rápida, no rezaba en alta voz, como la Madre Ulía. Se oía el clic de la llave de la luz, y no quedaba encendida la del principio del pasillo, sino oscuridad completa.

¿Qué hacía todo aquel tiempo en su cuarto, sola? Nos parecía que tenía que acabar por llamarnos, pero no lo hizo. ¿Quizás estaba esperando una orientación de nosotras mismas, o tener algo directo que decirnos, o conocernos mejor y saber cómo actuábamos para deducir cómo pensábamos? Geni se agachaba hasta el recuadro del cristal, al pasar en filas, y nos decía:

—Está leyendo.

O:

—Está escribiendo.

O:

—No hace nada.

—¿Nada…?

—… con las manos juntas así, y con los labios apoyados sobre ellas.

—Chica, estará rezando.

—Estará en meditación.

Un día nos avisó:

—Está en la ventana.

Y pudimos comprobarlo mientras la fila pasaba, camino del monte, bajo la marquesina.

Estaba, en efecto, ante su ventana abierta, de pie, derecha, y no nos miraba, pero al oír nuestro rumor volvió la cabeza hacia nosotras y nos miró con fijeza y vaguedad. Nos miró como mira uno a otro desde las ventanillas de dos trenes que se cruzan.

Elvira comentó en los lavabos:

—Estamos en grande. No se mete en nada.

Sacó un espejito de la faltriquera y se miró, se atusó con saliva las cejas espesas.

—Desde el principio que se dé cuenta de que no nos va a mangonear, no somos peques.

Guardó el espejito.

—¿Has visto a Teresa Alzola? Se pinta los labios. Ha traído un tubo de cera roja y dice que es que se le abren con el frío y se embadurna que da gusto.

Se reía:

—Y con esta Prefecta que no se mete en nada, va a ser la monda, vas a ver.

Me salpicó la cara con agua.

— Evviva la rivoluzione sociale!

Me volví hacia el pasillo, donde estaba la Hermana.

—Te está oyendo todo.

—Que me oiga, pues mira que me importa.

Me había preguntado:

—¿Recibiste mi carta, fresca? Mira que eres, hija, ni contestar… Lo hubiéramos pasado de maravilla.

Oímos el carraspeo de la Hermana.

—Va, Hermana, sin apurar, déjenos un poco.

Y sin esperar mi respuesta:

—Te digo una cosa si no se lo dices a nadie, ¿te lo imaginas? No digas ni una palabra. Dame tu palabra…

—Palabra.

—Tengo novio.

Sonreía y le temblaban los labios. Había sido como un torbellino caliente sus palabras «Tengo novio», aunque no me sorprendieron en ella,

ni se me ocurrió que podían ser mentira: sabía que en ella era cierto.

—Jugábamos al tenis y él no me tocaba de pareja, pero se cambió. Es estupendo. No se lo he dicho a nadie, ni él tampoco; me has dado tu palabra, no seas fresca.

Tenía las gruesas trenzas recogidas encima de la cabeza.

—Le gusto con el pelo recogido. Es un sol. Si le vieras… Tienes que conocerle, ¿sabes?, le hablé muchísimo de ti y que eras mi más amiga.

No esperaba comentario alguno, continuaba:

—Estábamos en el campo, y tenía una pandilla, una juerga, chicos y chicas, y tenía más de uno por mí. Chica, bárbaro — sonrió, entornando los ojos, con su pestañeo rápido —. Al principio papá no estaba muy conforme porque eran casi todas de la institución libre de enseñanza, te tengo que contar, estudian chicos y chicas juntos. Pero papá dice que una señorita, con las monjas, y lo mismo dice Antonio, fíjate, que es de ellos, pero dice que…

Se rió.

—Y no aquí, que es como nombrar al coco. ¿Y tú? Me tienes que contar, ¿eh? Otro día. Adiós, guapa.

Se fue con el remolino de su falda tableada bajo el blusón negro. Me pareció mayor y un poco lejana porque tenía novio, porque hablaba con hombres. Había entrado cuando llevábamos ocho días de curso. Llegó después del recreo de la noche y se incorporó a la fila hacia las camaretas.

Traía los párpados hinchados y enrojecidos y un mohín terco en los labios.

Le soplamos la novedad de la Prefecta y se alzó de hombros. Nos dimos cuenta de que estaba furiosa y exasperada. A mí me había dicho al acercarse:

—Hola, chica

con una sonrisa apagada, impropia de Elvira. Pero diré que su sonrisa cambió aquella temporada, y fue una sonrisa lenta, perezosa, como si se le recreara la sonrisa en la carne, como si fuera gradualmente propagándosele a toda ella, no la rápida y jugosa sonrisa de antes; alguna vez volvía a hallársela cuando jugaba con las pequeñas en el monte, pero en líneas generales fue sustituida por aquella sonrisa especial, no luminosa sino oscura e indescifrable, como si llegara desde una región vecina al sueño.

Al día siguiente de llegar me había soplado el pelo cuando íbamos en fila, y Madre Vergara la había colocado más atrás: la sacó de filas, la midió con Teresa Alzola y con Carola, y puso a Blanca inmediatamente detrás de mí, porque las otras habían crecido, alterando el orden de la fila. Elvira comentó:

—Ni que fuéramos reclutas.

Madre Vergara le hizo un gesto para que se callara. Contestó sin bajar la voz:

—Yo he ido toda la vida allí, ése era mi puesto. Pero si ahora hay modas nuevas…

Madre Vergara la sacó de filas y la hizo marchar la última, detrás de Margarita Altube.

—¿Qué tal ésa? —me preguntó en el recreo, al día siguiente, indicando con la cabeza hacia el recuadro de cristal —. ¿Es potable?

Dije:

—Bien.

Se rió.

—No sé para qué te pregunto, nunca sueltas prenda. Conmigo que no se meta.

Se volvió a Teresa Alzola.

—¿Tú qué opinas?

Teresa dijo:

—Bien. Qué sé yo.

Geni:

—Es estupenda.

—Al principio todas son buenas. Veremos. Margarita echa de menos a la Madre Ulía.

—Eres lerda.

—Como eras su preferida… Ésta tiene de preferidas a las pequeñas, lo dijo ella misma, qué cómodo.

—Pues entonces me es simpática —dijo Elvira —, me cae bien.

—No dijo eso exactamente —protesté.

Paz dijo:

—A mí me gustaba la de antes. A mí…

Y Elvira le habló como si fuera una niña pequeña.

—Tú no cuentas, a ti no te gustan los cambios, ¿eh? Tú dale y dale, lo malo conocido, por no cambiar.

Paz farfulló:

—No me gustan los cambios.

—Pues a mí sí. Estaba de la Madre Ulía hasta aquí. — Y se señaló lo alto de las trenzas.

—¿Te hizo algún daño? —preguntó Margarita Altube con gesto desdeñoso.

—¿Me hizo algún bien? —le contestó rápida.

—Más del que crees. Cuando entraste eras una ordinaria.

Elvira se sonrojó y le temblaron los labios.

—Pues mira que tú eres fina, pareces un chicote, con esos modales.

Todos lo dicen.

Se acercó Madre Vergara.

— What is the matter?

Y nos disolvimos, dispersándonos por el campo de juego.

How do you say? Niñas, a jugar, que está mosca.

—Madre Vergara está tomando prerrogativas, como la otra no se mueve.

How do you say?

Carola dijo, sin intentar camuflarse con el estribillo en inglés:

—Ya se moverá. Lo que hizo en la capilla está bien.

Ya no nos importaba entrar en el oratorio, diré que lo apetecíamos, porque era, al fin, un rato para nosotras sin nadie mirándonos. Sabíamos que estaba detrás, arrodillada como nosotras, y todo se desenvolvía igual que si hubiera señales, pero, por ejemplo, yo podía no estar leyendo en el libro todo el tiempo — o haciendo que leía, con las hojas abiertas y el corazón a mil leguas —. Sentía dentro de mí que no era pecado distraerme de aquel modo, que incluso a Dios podía gustarle que estuviera, simplemente, en presencia Suya, y pensase lo que me viniera en gana; creía que si yo fuese Él iba a causarme pena el que una criatura mía estuviese cohibida ante mí. Por eso me gustó lo que dijo la nueva Prefecta cuando Begoña en broma contestó a no sé qué en el recreo del domingo:

—Santo temor de Dios.

—¿Temor por qué? —había preguntado rápidamente, como si le hiriese la palabra.

Begoña se desconcertó.

—No sé. Se dice así. Lo decimos así, ¿verdad, chicas? Porque todo lo puede.

—¿Y creen de verdad que abusará de Su poder? ¿Es ésa la idea que tienen de Él?

—Eso es lo establecido —dijo Carola, levantando la frente.

—¿Y se conforman con lo establecido? —preguntó. Hablaba siempre de una manera grave y vehemente —. Él quiere otra manera de amar, otra manera de vida.

—Hay también el dolor de atrición —dijo Begoña.

Madre Prefecta la miró fijamente. Dijo:

—Para mí no sirve. Me parece impuro.

Sentí en la iglesia una mayor confianza. Si Él buscaba mi amor, pero un amor elegido en libertad, no constreñido por el temor, si me quería, y quería que Le quisiese, que no intentara retenerme, sino, al contrario, que me expresase.

A veces pensaba: «Al cuerno la oración, no tengo ganas», o: «Estoy aquí en mi banco, y pienso estas cosas y aunque no sean Tú, mírame pensar y es como si te lo dedicara». Y me di cuenta de que aquélla era también una manera de orar, una manera honda, seria, vital, que le hacía partícipe de mi intimidad, que se la daba.

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