Hábitos atómicos

James Clear · Capítulo 10 de 23

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Hábitos atómicos

9. El papel de la familia y los amigos en la formación de hábitos

 

En 1965 un hombre de nacionalidad húngara llamado Laszlo Polgar escribió una serie de extrañas cartas a una mujer llamada Klara.

Laszlo era un firme creyente en el trabajo duro. De hecho, era eso en lo único en que creía y rechazaba por completo la idea del talento innato. Proclamaba que con práctica dirigida y el desarrollo de buenos hábitos, un niño podía convertirse en un genio dentro de cualquier especialidad. Su lema

era: «Un genio no nace, un genio se entrena y se educa[1]».

Laszlo creía tan firmemente en esta idea que quería ponerla a prueba con sus propios hijos. Le escribía a Klara porque necesitaba una esposa dispuesta a aceptar el reto. Klara era maestra y, aunque no era tan categórica como Laszlo, también creía que con la instrucción apropiada, cualquiera podía desarrollar sus habilidades.

Laszlo decidió que el ajedrez sería un campo apropiado para poner en práctica el experimento y trazó un plan para criar a sus hijos para que llegaran a ser prodigios del ajedrez. Los niños se educarían en su casa, una total rareza en la Hungría de aquella época. La casa estaría llena de libros de ajedrez y de imágenes de jugadores de ajedrez famosos. Los niños jugarían entre ellos de manera constante y competirían en los mejores torneos que pudieran encontrar. La familia seguiría un meticuloso sistema de archivo con la historia de los torneos jugados por cada uno de los competidores que los niños enfrentaran. Sus vidas estarían dedicadas al ajedrez.

Laszlo le hizo la corte a Klara con éxito y en pocos años los Polgar se convirtieron en los padres de tres niñas: Susan, Sofia y Judit.

Susan, la mayor, empezó a jugar ajedrez cuando tenía 4 años. Después de un período de seis meses, ya podía derrotar a jugadores adultos.

Sofia, la hija de en medio, lo hizo aún mejor. A la edad de 14 años, era la campeona del mundo y, unos años después, se convirtió en gran maestra.

Judit, la más joven, fue la mejor de todas. A la edad de 5 años, ya podía derrotar a su padre. A los 12, fue la jugadora más joven en entrar a la lista de los cien mejores jugadores del mundo. A la edad de 15 años y cuatro meses, se convirtió en la gran maestra más joven de todos los tiempos —más joven incluso que Bobby Fischer, el jugador que ostentaba el título antes que ella—. Por 27 años consecutivos, ella fue la jugadora de ajedrez número uno en todo el mundo.

La niñez de las hermanas Polgar fue completamente atípica, por decir lo menos. Y, sin embargo, si les preguntas acerca de su infancia, ellas afirman que su estilo de vida era atractivo y placentero. En entrevistas, las hermanas se refieren a su infancia como entretenida en lugar de extenuante. Les encantaba jugar ajedrez y lo hacían todo el tiempo de manera incansable. Una vez, según cuentan, Laszlo encontró a Sofia jugando ajedrez en el baño en medio de la noche. Exhortándola a regresar a la cama, le dijo: «¡Sofia, deja esas piezas en paz!». A lo que ella contestó: «¡Papá, son ellas las que no me dejan a mí!».

Las hermanas Polgar crecieron en una cultura que le daba prioridad al ajedrez sobre cualquier otra cosa —las alababa por ello y las recompensaba por ello—. En su mundo, la obsesión por el ajedrez era normal. Y como estamos a punto de ver, los hábitos que son normales dentro de tu cultura, son los más atractivos hábitos que podemos encontrar.

 

LA FUERZA SEDUCTORA DE LAS NORMAS SOCIALES

 

Los humanos somos animales gregarios. Queremos encajar en el grupo al que pertenecemos, relacionarnos con otros y ganar el respeto y la aprobación de nuestros pares. Dichas inclinaciones son esenciales para nuestra sobrevivencia. Durante la mayor parte de nuestra historia evolutiva, nuestros ancestros vivieron en tribus. Ser separado de la tribu —o aún peor, ser desterrado— equivalía a una sentencia de muerte. «El lobo solitario muere,

pero la manada sobrevive[ ∗]».

Mientras, aquellos que colaboraron y formaron vínculos con los demás, disfrutaron de una seguridad mayor, encontraron oportunidades de encontrar una pareja y tuvieron acceso a más recursos. Como apuntó Charles Darwin: «En la larga historia de la humanidad, aquellos que aprendieron a colaborar y a improvisar de manera más efectiva han prevalecido». Como resultado, uno de los más profundos deseos de la humanidad es pertenecer. Y esta preferencia ancestral ejerce una poderosa influencia en nuestro comportamiento moderno.

Nosotros no elegimos nuestros primeros hábitos, imitamos los que vemos a nuestro alrededor. Seguimos un guion heredado de nuestras familias, la iglesia a la que asistimos, la escuela donde estudiamos, la comunidad y la sociedad. Cada una de estas culturas y grupos vienen con una serie de expectativas y estándares —cuándo y cómo es conveniente casarse, cuántos hijos se deben tener, qué fechas importantes se celebran, cuánto dinero se debe gastar en la fiesta de cumpleaños de tus hijos—. De muchas maneras, estas normas sociales son leyes invisibles que guían nuestro comportamiento de manera cotidiana. Siempre las tienes presentes, aun cuando no ocupen el lugar principal en tu mente. Con frecuencia, tú sigues los hábitos de tu cultura sin pensar, sin cuestionar nada y, muchas veces, sin que lo recuerdes. Como escribió el filósofo Michel de Montaigne: «Las costumbres y prácticas de la vida en sociedad nos arrastran con ellas».

La mayor parte del tiempo, seguir las reglas del grupo no se siente como una carga. Todos quieren pertenecer. Si creces dentro de una familia que te recompensa por tus habilidades en el ajedrez, jugar ajedrez puede parecer una actividad muy atractiva para ti. Si trabajas en un lugar donde todos usan trajes muy caros, seguramente te sentirás inclinado a despilfarrar dinero para comprar uno tú también. Si todos tus amigos están compartiendo una broma que solo ellos conocen o usando una frase nueva, seguramente tú querrás hacer lo mismo, para que se den cuenta de que tú también entiendes de lo que hablan. Las conductas son atractivas cuando nos ayudan a encajar en el grupo social.

Imitamos los hábitos de tres grupos en particular [2]:

 

1. Los grupos de personas cercanas.

2. Los grupos numerosos.

3. Los grupos poderosos.

 

Cada grupo ofrece una oportunidad de reforzar la Segunda Ley del Cambio de Conducta y hacer nuestros hábitos más atractivos.

 

1. Imitar a los grupos de personas cercanas

 

La proximidad tiene un poderoso efecto en nuestros hábitos. Esto es verdadero cuando se trata del ambiente físico, tal como lo explicamos en el Capítulo 6, pero también es verdadero cuando se trata del ambiente social.

Seleccionamos nuestros hábitos de la gente que nos rodea. Copiamos la manera en que nuestros padres manejan sus argumentos, la manera en que nuestros amigos flirtean unos con otros, la manera en que nuestros colegas en el trabajo obtienen buenos resultados. Cuando tus amigos fuman marihuana, tú también la pruebas. Cuando tu mujer tiene el hábito de verificar dos veces que las puertas están cerradas antes de ir a dormir, seguramente tú también desarrollarás el mismo hábito.

Me he dado cuenta de que con frecuencia imito el comportamiento de aquellos que me rodean, sin darme cuenta. Durante una conversación, por ejemplo, yo automáticamente asumo la misma postura de la persona con la que estoy hablando. En la universidad, yo empecé a hablar como mis compañeros de habitación. Cuando he viajado a otros países, inconscientemente comienzo a imitar el acento local a pesar de que me digo a mí mismo que no debo hacerlo.

Como regla general, entre más cerca estamos de alguien, mayor es la tendencia a imitar algunos de sus hábitos. Un estudio revolucionario siguió a 12 000 personas durante 32 años y descubrió que «una persona tiene 57% más posibilidades de convertirse en obesa cuando un amigo cercano se vuelve

obeso[3]». También funciona de manera opuesta. Otro estudio descubrió que si una persona en una relación pierde peso, su pareja también reducirá su peso

en un tercio de las ocasiones[4]. Nuestros amigos y familiares proveen una especie de presión social invisible que nos impulsa a seguir la misma dirección.

Por supuesto, la presión social es mala solamente si estás rodeado de malas influencias. Cuando el astronauta Mike Massimino estudiaba en el Instituto Tecnológico de Massachusets [MIT], tomó una clase de robótica. De los diez estudiantes que asistieron a dicha clase, cuatro se convirtieron en

astronautas[5]. Si tu meta era llegar al espacio exterior, entonces aquel salón de clases era el mejor ambiente para conseguirlo. De manera similar, un estudio encontró que, cuando tienes entre 11 y 12 años, entre más alto es el IQ

de tu mejor amigo, más alto resulta ser tu IQ cuando cumples 15 años[6]. Este resultado se da incluso si se controlan los niveles naturales de inteligencia. Absorbemos las cualidades y prácticas de aquellos que nos rodean.

Una de las estrategias más efectivas para construir buenos hábitos consiste en unirte a un ambiente donde las conductas que deseas adquirir sean las conductas normales de las personas que lo conforman. La adquisición de nuevos hábitos es más fácil de alcanzar cuando ves a otros realizarlos de manera cotidiana. Si te rodeas de personas que tienen buena condición física, será más probable que hacer ejercicio se convierta en un hábito común para ti. Si estás rodeado de amantes del jazz, existen más posibilidades de que te parezca razonable tocar jazz todos los días. El ambiente en el que te desarrollas determina lo que tú esperas que sea «normal». Rodéate de personas que tengan los hábitos que tú quieres adquirir. Es muy probable que alcances los mismos hábitos junto con esas personas.

Para lograr que tus hábitos sean aún más atractivos, puedes llevar esta estrategia un paso más allá.

Únete a un ambiente en el que 1) tu hábito deseado sea un comportamiento normal y cotidiano y donde 2) haya gente con la que ya tienes algo en común de antemano. Steve Kamb, un empresario de la ciudad de Nueva York, dirige una compañía llamada Nerd Fitness [que se podría traducir como Cerebritos en Forma], que se dedica a «ayudar a los cerebritos, ratones de biblioteca, ñoños y mutantes a perder peso, ponerse fuertes y volverse saludables». Sus clientes incluyen amantes de los videojuegos, fanáticos del cine y otras personas comunes que quieren ponerse en forma. Mucha gente se siente fuera de lugar la primera vez que acude a un gimnasio o cuando quiere cambiar su dieta, pero si eres similar a otros de los miembros del grupo de alguna manera —por ejemplo si compartes con ellos el gusto por la película La guerra de las galaxias—, el cambio se vuelve más atractivo porque se convierte en algo que gente igual a ti ya está realizando.

Nada mantiene la motivación mejor que pertenecer a una tribu o grupo. Transforma una misión personal en una misión compartida. Antes de formar parte de la tribu, estabas solo. Tu identidad era individual. Tú eres un lector. Tú eres un músico. Tú eres un atleta. Cuando te unes a un club de lectura o a una orquesta o a un grupo de ciclismo, tu identidad se vincula a la de aquellos que están a tu alrededor. El cambio y el desarrollo ya no es una conquista individual. Somos lectores. Somos músicos. Somos ciclistas. La identidad compartida comienza a reforzar tu identidad individual. Este es el motivo por el cual seguir siendo parte de un grupo después de lograr una meta es crucial para mantener tus hábitos. La amistad y la comunión quedan grabadas profundamente en una nueva identidad y te ayudan a mantener las conductas saludables durante mucho tiempo.

 

2. Imitar a la mayoría

 

En la década de 1950, el psicólogo Solomon Asch condujo una serie de experimentos que ahora son enseñados cada año a legiones de estudiantes de

licenciatura[7]. Al inicio de cada experimento un sujeto entraba en una habitación donde había un grupo de personas que le eran desconocidas. Los otros participantes eran actores plantados en la habitación por el investigador, quien les proporcionaba un guion que indicaba las respuestas que debían dar a ciertas preguntas.

El experimento consistía en mostrar al grupo una primera tarjeta con una línea y luego una segunda tarjeta con una serie de líneas. Se pedía a cada persona que seleccionara en la segunda tarjeta la línea que era similar a la línea que aparecía en la primera tarjeta. Era una tarea muy sencilla. En la figura 10 podemos ver un ejemplo de las dos tarjetas que se usaban en el experimento.

EXPERIMENTO DE CONFORMIDAD SOCIAL

 

FIGURA 10. Esta es una representación de dos de las tarjetas usadas por Solomon Asch en sus famosos experimentos de conformidad social. La longitud de la línea que aparece en la primera tarjeta es evidentemente igual que la de la línea C de la segunda tarjeta, pero cuando un grupo de actores afirmaba contundentemente que no eran iguales, los sujetos investigados con frecuencia cambiaban de opinión y afirmaban lo mismo que la mayoría, en lugar de creer lo que veían con sus propios ojos.

 

EXPERIMENTO DE CONFORMIDAD SOCIAL

El experimento siempre comenzaba de la misma manera. Primero se hacían algunos intentos sencillos en los que todos estaban de acuerdo en cuál era la línea correcta. Después de algunos turnos, a los participantes se les mostraba un par de tarjetas que eran tan obvias como las anteriores, pero en esta ocasión los actores que había en la habitación seleccionaban una respuesta incorrecta intencionalmente. Por ejemplo, elegían como correcta la respuesta A de la tarjeta que aparece en la figura 10. Todos estaban de acuerdo en que las líneas eran de la misma longitud aunque era evidente que no lo eran.

El sujeto investigado, quien no estaba al tanto de la estratagema, inmediatamente quedaba perplejo. Sus ojos se abrían ampliamente, se reía nerviosamente, revisaba varias veces las reacciones de los otros participantes. Su nerviosismo aumentaba conforme todos los participantes iban dando la respuesta incorrecta. Pronto, el sujeto comenzaba a dudar de lo que estaba viendo con sus propios ojos. Finalmente, daba por buena la respuesta que, en el fondo, sabía que era incorrecta.

Asch aplicó este experimento en muchas ocasiones y de distintas maneras. Lo que descubrió era que conforme el número de actores aumentaba, también aumentaba la conformidad del sujeto investigado. Si en el experimento participaban solamente el sujeto y un actor, entonces no había efecto en la decisión de la persona investigada, quien asumía que el actor era un poco tonto. Cuando había dos actores en la habitación con el sujeto, había poco impacto en los resultados. Pero en la medida que el número de actores se incrementaba desde tres o cuatro hasta ocho, el sujeto se volvía más proclive a cuestionar su juicio y estar de acuerdo con la mayoría. Cuando se concluyó el experimento, casi el 75% de los sujetos investigados habían estado de acuerdo con la respuesta dada por la mayoría del grupo, aunque

evidentemente era incorrecta[8].

Siempre que no estamos seguros de cómo actuar, observamos al grupo al que pertenecemos para guiar nuestra conducta. Constantemente escrutamos nuestro ambiente y nos preguntamos: «¿Qué es lo que todo el mundo está haciendo?». Revisamos las reseñas que se publican en Amazon, Yelp o TripAdvisor porque queremos imitar la «mejor» adquisición o el «mejor» sitio para comer o los «mejores» hábitos de viaje. Y por lo regular se trata de una buena estrategia. La evidencia puede cuantificarse.

Sin embargo, también puede tener inconvenientes.

El comportamiento normal de la tribu por lo regular predomina sobre la conducta individual deseada por el individuo. Por ejemplo, los resultados de un estudio muestran que cuando un chimpancé que pertenece a un primer grupo, aprende un método efectivo de abrir nueces y luego es cambiado a un segundo grupo que utiliza un método menos eficiente, trata de evitar usar el

mejor método con el solo propósito de integrarse al resto del grupo[9].

Los humanos somos similares. Hay una tremenda presión social para cumplir con las reglas del grupo. La recompensa de ser aceptado con frecuencia es mayor que la recompensa de ganar una discusión o de parecer inteligente o de encontrar la verdad. En muchas ocasiones, preferimos estar equivocados y pertenecer al grupo que estar en lo correcto, pero solos.

La mente humana está diseñada para llevarse bien con los otros. La mente quiere llevarse bien con los otros. Está en nuestra naturaleza. Sin embargo, es posible anular esta tendencia —puedes elegir ignorar al grupo o dejar de tomar en cuenta lo que la gente piensa de ti—, pero requiere trabajo y esfuerzo. Nadar contra la corriente del ambiente en el que te desenvuelves requiere un esfuerzo adicional.

Cuando tu cambio de hábitos constituye un desafío para la tribu, el cambio es poco atractivo. Cuando tu cambio de hábitos implica armonizar con el resto del grupo, entonces el cambio se vuelve muy atractivo.

 

3. Imitar a los poderosos

 

Todos los seres humanos persiguen el poder, el prestigio y el estatus. Nos gustan los pendones y las medallas en nuestras chaquetas. Queremos tener títulos de presidentes o asociados. Queremos reconocimiento y elogios. Esta tendencia puede parecer vana, pero sobre todo es una medida inteligente. Históricamente, las personas con mayor poder y estatus tienen acceso a más recursos, se tienen que preocupar menos por su supervivencia y suelen ser parejas más atractivas.

Naturalmente nos sentimos atraídos hacia los comportamientos que nos permiten ganar respeto, aprobación, admiración y estatus. Queremos ser los atletas del gimnasio que pueden elevar su cuerpo sobre la barra o los músicos que pueden tocar las melodías más intricadas o los padres de los niños más aventajados porque esas características nos permiten distinguirnos del resto de las personas. Una vez que logramos integrarnos al grupo, empezamos a buscar maneras de destacar.

Esta es una de las razones por las que tanto nos importan los hábitos de las personas altamente efectivas. Tratamos de imitar el comportamiento de las personas exitosas porque nosotros también deseamos tener éxito. Muchos de nuestros hábitos cotidianos replican los hábitos de gente que admiramos. Replicas las estrategias de las compañías más exitosas de la industria en la que trabajas. Preparas las recetas de tu chef pastelero favorito. Tomas prestadas las estrategias literarias de tu escritor predilecto. Imitas el estilo de comunicación de tu jefe. Imitamos a la gente que envidiamos.

La gente que tiene un estatus alto disfruta de la aprobación, el respeto y el reconocimiento de los demás. Y eso significa que si un comportamiento determinado nos puede proporcionar aprobación, respeto y reconocimiento, lo encontramos atractivo.

También estamos motivados a evitar conductas que reducirían nuestro estatus. Podamos los arbustos y el pasto de nuestros jardines porque no queremos aparecer como los holgazanes del vecindario donde vivimos. Cuando nuestra madre nos visita, limpiamos la casa porque no queremos ser juzgados. Constantemente nos estamos preguntando: «¿Qué pensarán los demás de mí?», y siempre estamos alterando nuestro comportamiento con base en las respuestas a esa pregunta.

Las hermanas Polgar —las prodigiosas jugadoras de ajedrez mencionadas al principio de este capítulo— son prueba de la poderosa y perdurable influencia que el impacto social puede tener en nuestro comportamiento. Las hermanas jugaban ajedrez durante muchas horas cada día y continuaron su destacado esfuerzo por décadas. Pero estos hábitos y conductas mantuvieron su atractivo para ellas debido, en parte, a que eran valoradas por el ambiente dentro del cual vivían. Desde el apoyo y elogio de sus padres hasta la conquista de metas que elevaban su estatus, como el hecho de convertirse en grandes maestras de su especialidad, ellas tenían muchas razones para continuar con su esfuerzo.

 

RESUMEN DEL CAPÍTULO

 

◆ El ambiente dentro del que vivimos determina cuáles conductas son

atractivas para nosotros.

◆ Tendemos a adoptar hábitos que son elogiados y aprobados por el

ambiente en el que vivimos porque sentimos un natural deseo de integrarnos y pertenecer a una tribu.

◆ Tendemos a imitar los hábitos de tres grupos sociales: el cercano

(familia y amigos), el amplio (la tribu) y el poderoso (aquellos que cuentan con un estatus elevado y prestigio).

◆ Una de las estrategias más efectivas que puedes seguir para construir

mejores hábitos consiste en unirte a un ambiente donde 1) tu conducta deseada sea un comportamiento normal y donde 2) tengas algo en común con el grupo.

◆ El comportamiento normal de la tribu con frecuencia prevalece sobre el

comportamiento deseado del individuo. Muchas veces preferimos pertenecer aunque estemos equivocados, que estar solos y en lo correcto.

◆ Si cierta conducta puede proporcionarnos aprobación, respeto y elogios,

la encontramos atractiva.