Hábitos atómicos
Primera ley. Hacerlo obvio
PRIMERA LEY
HACERLO OBVIO
4 El hombre que no se veía bien
El psicólogo Gary Klein una vez me contó una historia acerca de una mujer
que había asistido a una reunión familiar[1]. Había pasado años trabajando como paramédica y, tan pronto como llegó a la fiesta, le dio un vistazo a su suegro y se quedó muy preocupada.
—No me gusta cómo te ves —le dijo la mujer a su suegro.
Su suegro, que no tenía ningún malestar y se sentía perfectamente bien, respondió bromeando:
—A mí tampoco me gusta cómo te ves.
—No —insistió la mujer—. Tienes que ir al hospital inmediatamente.
Unas horas después el hombre estaba siendo sometido a una cirugía para salvarle la vida después de que las pruebas médicas habían revelado que tenía una arteria mayor bloqueada y que estaba en riesgo inminente de sufrir un ataque cardíaco. Sin la intuición de su nuera, podría haber muerto.
¿Qué fue lo que la paramédica vio? ¿Cómo fue que predijo el posible ataque cardíaco?
Cuando las arterias principales están obstruidas, el cuerpo se concentra en enviar sangre a los órganos vitales y la aleja de las zonas menos importantes como son las áreas periféricas cerca de la capa externa de la piel. El resultado es un cambio en el patrón de distribución de la sangre en el rostro. Después de varios años de trabajar con personas que padecían de fallas cardíacas, la mujer había desarrollado, sin saberlo, la habilidad de reconocer este patrón a simple vista. Ella no podía explicar qué era lo que había notado en el rostro de su suegro, pero sabía que algo no andaba bien.
Historias similares existen en otros campos. Por ejemplo, los analistas militares pueden identificar qué parpadeo en el radar pertenece a un misil enemigo y qué parpadeo corresponde a un avión de su propia flota, a pesar de que ambos estén viajando a la misma velocidad, volando a la misma altitud y
se vean prácticamente iguales en el radar en todos los sentidos[2]. Durante la Guerra del Golfo, el teniente comandante Michael Riley salvó a toda una flota de combate cuando ordenó que se derribara un misil enemigo —a pesar de que se veía exactamente igual que los aviones de la flota en el radar. El teniente tomó la decisión correcta, pero incluso sus superiores no sabían explicar cómo lo había hecho.
Hay curadores de museo que son reconocidos porque son capaces de distinguir la diferencia entre una obra de arte auténtica y una falsificación
hecha por un experto[3]. Sin embargo, no saben explicar cuáles son los detalles precisos que los llevan a identificar la obra falsa. Hay radiólogos experimentados que al ver una ecografía cerebral pueden predecir en qué área del cerebro se producirá un derrame aun antes de que haya algún síntoma
evidente o signos visibles para el ojo que no está entrenado[4]. Incluso he escuchado anécdotas acerca de estilistas que son capaces de notar si una clienta está embarazada con tan solo sentir los cambios en la textura del cabello.
El cerebro humano es una máquina de hacer predicciones [5]. Continuamente está revisando el ambiente a su alrededor y analizando la información que se cruza en su camino. Siempre que experimentas algo de manera repetida —como la paramédica que vio el rostro de su suegro a punto de sufrir un ataque cardíaco o un analista militar que observa un misil en la pantalla de un radar—, tu cerebro comienza por analizar qué es lo más importante, clasifica los detalles, destaca las señales relevantes y cataloga la información para usarla en el futuro.
Con suficiente práctica, es posible seleccionar las señales que predicen ciertos resultados sin pensar conscientemente en ello. De manera automática, el cerebro codifica las lecciones aprendidas por medio de la experiencia. No siempre podemos explicar qué es exactamente lo que el cerebro está aprendiendo, pero el aprendizaje está sucediendo todo el tiempo y la habilidad para notar las señales relevantes en una situación determinada es el fundamento de todos los hábitos que tenemos.
Solemos subestimar todo lo que nuestro cerebro y nuestro cuerpo pueden hacer sin que intervenga el pensamiento. Tú no le dices a tu cabello que crezca ni a tu corazón que lata ni a tus pulmones que respiren ni a tu estómago que digiera. Y, sin embargo, tu cuerpo controla todas estas funciones y más, con el piloto automático. Tú eres mucho más que tu ser consciente.
Considera el hambre, por ejemplo. ¿Cómo sabes cuando tienes hambre? No necesariamente tienes que ver una galleta en la mesa para darte cuenta de que es hora de comer. El apetito y el hambre están gobernados por el cerebro de manera inconsciente. Tu cuerpo tiene una variedad de circuitos de retroalimentación que gradualmente envían señales de alerta cuando es el momento de comer otra vez, al tiempo que siguen la pista de lo que sucede a tu alrededor y dentro de ti. El anhelo puede iniciarse gracias a las hormonas y los químicos que circulan a través de tu cuerpo. De pronto sientes hambre, aunque no estés seguro de qué fue lo que provocó la sensación.
Esta es una de las más sorprendentes características de nuestros hábitos: no tienes que estar consciente de la señal para que el hábito comience. Puedes advertir una oportunidad y comenzar a actuar sin dedicarle un momento de atención consciente al hecho. Esto es lo que hace que los hábitos sean útiles.
Esta característica también hace que los hábitos sean peligrosos. Conforme los hábitos se forman, tus acciones quedan supeditadas a la dirección de tu mente inconsciente y automática. Caes en patrones antiguos antes de que te des cuenta de lo que está pasando. A menos de que alguien te lo señale, puede que no te des cuenta de que te cubres la boca con la mano cada vez que te ríes, de que te disculpas antes de hacer una pregunta, o de que tienes el hábito de completar la última parte de las oraciones de las personas con las que hablas. Y entre más repites estos patrones de conducta, es menos probable que te llegues a preguntar qué estás haciendo y por qué lo estás haciendo.
Una vez escuché una anécdota acerca de un vendedor de una tienda departamental que había sido instruido para que destruyera con unas tijeras las tarjetas de regalo de los clientes una vez que hubieran gastado todo el saldo. En una ocasión, el vendedor atendió a varios clientes que pagaron sucesivamente con tarjetas de regalo. Cuando atendió al siguiente cliente, el vendedor pasó por la máquina la tarjeta de crédito con la que le pagó, tomó las tijeras y la cortó en dos, totalmente en automático, sin siquiera voltear a
ver al cliente que lo miraba azorado[6].
Otra mujer a la que conocí durante mi investigación, había sido una maestra de jardín de niños que cambió de profesión y había comenzado a trabajar para una corporación. A pesar de que ya estaba trabajando con adultos, sus antiguos hábitos seguían apareciendo y, sin darse cuenta, les preguntaba a sus colegas si se habían lavado las manos después de ir al
baño[7]. También di con la historia de un hombre que había pasado años trabajando como salvavidas y que de cuando en cuando, gritaba «¡Camina!»
cuando veía a un niño corriendo[8].
Con el tiempo, las señales que desencadenan nuestros hábitos se vuelven tan comunes que son esencialmente invisibles: las golosinas en el aparador de la cocina, el mando del televisor junto al sillón, el teléfono en el bolsillo. Nuestras respuestas a estas señales están tan profundamente codificadas en nuestro cerebro que puede parecer que la urgencia de actuar surge de la nada. Por esta razón debemos comenzar el proceso de cambio de conductas con plena conciencia.
Antes de que podamos construir nuevos hábitos de manera efectiva, necesitamos tener nuestros hábitos actuales bajo control. Esto puede ser más desafiante de lo que aparenta porque una vez que un hábito está firmemente enraizado en nuestra vida, por lo regular es inconsciente y automático. Si un hábito permanece inconsciente, no puedes esperar cambiarlo para mejorar. Como el psicólogo Carl G. Jung decía: «Mientras no logres transformar lo inconsciente en consciente, lo inconsciente guiará tu vida y tú lo llamarás
destino[9]».
EL REGISTRO DE LOS HÁBITOS
El sistema de trenes japonés es reconocido como uno de los mejores del mundo. Si alguna vez viajas en un tren en Tokio, te darás cuenta de que los conductores tienen un hábito peculiar.
Durante el trayecto del tren, los conductores siguen un ritual que consiste en señalar diferentes objetos y decir en voz alta diversas instrucciones. Cuando el tren se acerca a una señal de tránsito, el operador la señala y dice: «la señal está verde». Conforme el tren entra y sale de las estaciones, el operador señala el velocímetro y dice en voz alta la velocidad exacta que aparece en la pantalla. Cuando es hora de abandonar una estación, el operador señala el pizarrón con los horarios y dice en voz alta la hora. Fuera, en la plataforma, otros empleados realizan acciones similares. Antes de que cada tren salga de la estación, los miembros del equipo de tierra señalan el borde de la plataforma y declaran: «¡Todo despejado!». Cada detalle del viaje es
identificado, señalado y nombrado en voz alta[ ∗].
Este proceso, conocido como Pointing-and-Calling [señalar y
nombrar[10]], es un sistema de seguridad diseñado para reducir errores. Puede parecer un poco tonto, pero funciona increíblemente bien. El sistema de señalar y nombrar reduce los errores en un 85% y evita el 30% de los accidentes. La Autoridad Metropolitana de Transporte de Nueva York (MTA, por sus siglas en inglés) adoptó una versión modificada del sistema para el
sistema de transporte subterráneo[11]. Aunque esta versión consiste únicamente en señalar los problemas, dos años después de su implementación, los incidentes de trenes que atracaban incorrectamente disminuyeron en un 57 por ciento.
El sistema de señalar y nombrar es tan efectivo porque convierte un hábito inconsciente en consciente. Debido a que los conductores están obligados a usar sus ojos, sus manos, su boca y sus oídos, tienen más posibilidades de advertir los problemas antes de que algo salga mal.
Mi mujer hace algo similar. Siempre que nos estamos preparando para salir de viaje, ella nombra en voz alta los artículos más esenciales de su lista de viaje. «Tengo mis llaves. Tengo mi cartera. Tengo mis lentes. Tengo a mi marido».
Entre más automática se vuelve una conducta, hay menos probabilidades de que pienses en ella de manera consciente. Y cuando hemos hecho algo miles de veces antes, empezamos a dejar de fijarnos en los detalles. Asumimos que la siguiente ocasión, todo va a funcionar igual que lo hizo antes. Estamos tan acostumbrados a hacer lo que siempre hemos hecho que no nos detenemos a preguntarnos si lo que estamos haciendo es lo correcto. Muchos de los fracasos de nuestro desempeño se pueden atribuir a la falta de autoconciencia.
Uno de nuestros grandes retos al cambiar nuestros hábitos es mantenernos conscientes de lo que estamos haciendo. Esto nos ayuda a explicar por qué las consecuencias de los malos hábitos pueden colarse tan fácilmente. Necesitamos aplicar en nuestra vida cotidiana un sistema de señalar y nombrar. Ese es el origen del Registro de hábitos, el cual es un sencillo ejercicio que puedes usar para estar más consciente de tus conductas habituales. Para crear tu propio registro, haz una lista de tus hábitos diarios. Aquí hay un ejemplo de cómo empezar tu lista.
Despertar
Apagar la alarma
Revisar mi teléfono
Ir al baño
Pesarme
Bañarme
Lavarme los dientes
Usar el hilo dental
Ponerme desodorante
Colgar la toalla para que se seque
Vestirme
Prepararme una taza de té
Y así sucesivamente.
Una vez que tengas la lista completa, analiza cada conducta y pregúntate si se trata de un buen hábito, de un mal hábito o de un hábito neutral. Si es un buen hábito, escribe junto un signo de más (+). Si es un mal hábito, escribe junto un signo de menos (–). Si es un hábito neutral, escribe un signo de igual (=).
Por ejemplo, la lista anterior quedaría así:
Despertar =
Apagar la alarma =
Revisar mi teléfono -
Ir al baño =
Pesarme +
Bañarme +
Lavarme los dientes +
Usar el hilo dental +
Ponerme desodorante +
Colgar la toalla para que se seque =
Vestirme =
Prepararme una taza de té +
La marca que le asignas a cada hábito en particular dependerá de tu situación y de tus metas. Para alguien que está tratando de perder peso, comer un pan con crema de cacahuete cada mañana puede ser un mal hábito. Para alguien que está tratando de desarrollar los músculos, la misma conducta puede ser un
buen hábito. Todo depende de las metas que estás persiguiendo[∗].
Registrar tus hábitos puede ser un poco más complejo por otra razón. Las categorías «buen hábito» y «mal hábito» son poco precisas. No hay buenos hábitos y malos hábitos. Solamente hay hábitos efectivos. Esto es, efectivos para la resolución de problemas. Todos los hábitos te sirven de alguna manera —incluso los malos hábitos—, motivo por el cual los repetimos constantemente. Para este ejercicio, clasifica tus hábitos por la forma en que te benefician a largo plazo. Hablando de manera general, los hábitos buenos tendrán resultados positivos netos. Los malos hábitos tendrán resultados negativos netos. Fumar un cigarro puede reducir el estrés en un momento dado (esa es la forma en que el hábito le sirve a quien fuma), pero no se trata de una conducta saludable a largo plazo.
Si todavía tienes problemas para determinar cómo clasificar un hábito en particular, estas son las preguntas que debes hacerte: «¿Esta conducta me ayuda a convertirme en la persona que quiero llegar a ser? ¿Este hábito es un punto a favor o en contra de mi identidad deseada?». Los hábitos que refuerzan tu identidad deseada son usualmente buenos. Los hábitos que entran en conflicto con tu identidad deseada, por lo regular, son malos.
Conforme completas tu Registro de hábitos, no es necesario que hagas ningún cambio. La meta por lo pronto es darse cuenta de lo que está sucediendo. Observa tus pensamientos y acciones sin juzgarlas o criticarlas. No te culpes por tus fallas. No te alabes por tus éxitos.
Si comes un chocolate cada mañana, toma nota del hecho, casi como si estuvieras observando a otra persona. «¡Oh, qué interesante que esa persona haga eso!». Si estás dándote atracones, simplemente toma nota de que estás comiendo más calorías de las necesarias. Si estás desperdiciando el tiempo en internet, toma nota de que estás destinando tiempo de tu vida de una manera que no te gusta.
El primer paso para cambiar los malos hábitos es mantenerse atento para identificarlos. Si crees que necesitas ayuda adicional, usa el sistema de señalar y nombrar en tu propia vida. Di en voz alta la acción que piensas realizar y cuál será el resultado. Si quieres reducir la cantidad de comida chatarra que ingieres, pero te das cuenta de que estás a punto de tomar una galleta, di en voz alta: «Estoy a punto de comer esta galleta, pero no la necesito. Comérmela hará que suba de peso y dañe mi salud».
Escuchar la descripción de tus malos hábitos en voz alta hace que sus consecuencias parezcan más reales. Le otorga un peso específico a la acción en lugar de que la dejes pasar como un acto rutinario sin importancia y sin tomar conciencia de ella. Este método es útil incluso si tu objetivo solo es tratar de tener presente una tarea de tu lista de pendientes. Decir en voz alta: «Mañana tengo que ir a la oficina de correos después del almuerzo» es una manera sencilla de aumentar las posibilidades de que realmente realices la acción. Te estás convenciendo a ti mismo de la necesidad de realizar la acción y eso puede hacer la diferencia.
El proceso de cambio de conductas siempre comienza al tomar conciencia. Las estrategias como la de Pointing-and-Calling y el Registro de hábitos se enfocan en ayudarte a reconocer tus hábitos y las señales que los desencadenan, lo cual te permite responder de tal manera que resultes beneficiado.
RESUMEN DEL CAPÍTULO
◆ Con suficiente práctica, tu cerebro aprenderá las señales que predicen
ciertos resultados sin que tengas que pensar en ello de manera consciente.
◆ Una vez que los hábitos se vuelven automáticos, dejamos de prestar
atención a lo que estamos haciendo.
◆ El proceso de cambio de conductas siempre inicia al tomar conciencia.
Debes estar consciente de tus hábitos antes de que puedas cambiarlos.
◆ La estrategia Pointing-and-Calling [señalar y verbalizar] eleva el nivel
de tu conciencia y lleva tus hábitos desde un punto en que son inconscientes hasta un punto consciente mediante la verbalización de tus acciones.
◆ El Registro de hábitos es un simple ejercicio que puedes usar para
adquirir conciencia de tu conducta.