Hellfriend

Myriam M. Lejardi · Capítulo 15 de 64

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Artículo 11. Cuando la escasez de vestuario te impide combatir a las fuerzas del mal

ARTÍCULO 11

CUANDO LA ESCASEZ DE

VESTUARIO TE IMPIDE COMBATIR A

LAS FUERZAS DEL MAL

31 de julio, 20.42

Empiezo a hablar antes incluso de entrar en casa.

—Estoy valorando de forma no irónica contratar a un sicario para que se encargue de mi jefe.

En vez de tirar el bolso sobre la mesa y sacarme los tacones con los pies y dejarlos de cualquier manera en el suelo, hago el esfuerzo de colocar mis cosas donde procede. Estoy incluso más cansada que molesta, pero todavía no me he convertido en una bárbara. O en Lina, que me observa desde el sofá con el uniforme del Burger King y una tarrina de helado en las manos. Asumo que no ha lavado los platos, y eso que era su turno, porque se la está intentando comer con un cuchillo de untar mantequilla.

—¿Mal día? —se interesa, apuñalando el postre para… algo que supongo que no es manchar toda superficie a dos metros a la

redonda, que es lo que consigue.

—El peor. Resulta que han subido de categoría y le han hecho un contrato indefinido al becario, que tiene dos años y millones de neuronas menos que yo. Le he pedido una reunión al señor Roig para preguntarle cuándo me iban a ascender a mí. Además de hacerme esperar cuarenta y cinco minutos sin ningún motivo, porque el sadismo no debería calificar como motivo, me ha dicho que cumplo las funciones de mi cargo de «manera deficiente» y que

«por ahora, no tenemos ninguna otra vacante en la que encajen tus habilidades».

—¿Cómo sabe ese tío cuáles son tus habilidades si lo único que haces son fotocopias?

—También soy cristalera; esta última semana, al menos. —Me sujeto las gafas en la cabeza para pinzarme el puente de la nariz, llamando a la calma—. La bedel está de vacaciones y la mampara del despacho de mi jefe tiene que limpiarse todos los días, así que…

—Ay, corazón, lo siento muchísimo. —Lina da unas palmadas en el sofá para que me siente con ella—. ¿Te apetece comer helado mientras nos imaginamos formas indecentemente cruentas de tortura? También podemos soñar con el fin del capitalismo, lo que te llene más.

—Aunque suene tentador, creo que voy a darme una ducha e irme pronto a la cama.

—¡Como prefieras! ¿Te preparo algo de cenar? He comprado la pasta sin gluten que te gusta, la que solo está aceptable después de echarle tres litros y medio de salsa de tomate.

—Te lo agradezco, pero no es necesario. Me haré una ensalada.

Voy hacia el baño, que ya era un espacio minúsculo cuando no tenía una lavadora colocada al lado del retrete. Es una estancia que, por motivos obvios, utilizo varias veces al día, y en todas y cada una de las ocasiones acabo estresada porque está llena de cosas.

No sería justo echarle la culpa de esto a Lina que, sí, es muy desordenada, pero más de la mitad del maquillaje y prácticamente la totalidad de los productos para el pelo son míos. Intento tenerlos lo más recogidos posible, algo con lo que tendría más éxito si dispusiéramos de un armario en lugar de un bidé que no hemos utilizado jamás.

No consigo relajarme mientras me ducho, pero sí abrasarme la epidermis. El grifo lleva semanas estropeado y el agua sale, sí o sí, a cuarenta grados. La parte positiva es que no gastamos mucho porque tratamos de terminar lo más pronto posible.

Una vez fuera, me doy cuenta de que Lina ha utilizado mi toalla del cuerpo para… Ni siquiera sé para qué, solo que la ha dejado tirada en el suelo y prefiero no secarme con ella. Pese a que no soy particularmente exhibicionista, mi compañera de piso y yo nos hemos visto desnudas cientos de veces, así que me quito parte de la humedad del cuerpo con el turbante que utilizo para el pelo antes de enrollármelo en la cabeza. Al acabar, voy hacia mi habitación para vestirme.

Ese era el plan, al menos. Lo que en realidad sucede es que atravieso el pasillo con la totalidad de la piel expuesta, llego al salón (tengo que cruzarlo para ir a mi cuarto) y me encuentro con el

cogote de Lina, que sigue apuñalando su helado, y con el de un demonio, que le da consejos amorosos («Si quieres que esa tía pierda el culo por salir contigo, llámala por otro nombre. Para que sepa que tienes un montón de ganado a la espera»).

Una vez que proceso lo anterior (tardo entre dos y cinco segundos), suceden más cosas: Lina se gira («¡Ha venido tu amigo a salud…! Vaya, qué en pelotas estás»), el cuchillo se le cae y tintinea en el suelo, Bel sonríe tanto que estoy convencida de que se le han rasgado varios músculos faciales y yo grito.

Grito muy poco. No en este momento, ahora grito haciendo alarde de toda mi capacidad pulmonar. Me refiero a en general, a lo largo de mi vida. Salvo en contadas ocasiones, creo que es una respuesta física ilógica que no soluciona ningún problema.

—Hola, vecina. —Esa criatura infernal tiene la desfachatez de no apartar la vista y de alzar una mano, como si tal cosa—. Siempre es un placer verte, aunque hoy me place bastante más por un par de motivos.

Lina, que es mi mejor amiga por algo (aunque le permita la entrada en casa a las fuerzas del mal), coloca la palma pringada de chocolate con nueces de macadamia delante de los ojos de Bel. Él finge una mueca triste y yo me agacho de golpe detrás del sofá.

Me abrazo las piernas y caigo en la cuenta de que habría sido mejor salir corriendo hacia mi cuarto, que tampoco está tan lejos, pero mi capacidad de raciocinio ha debido de evaporarse junto con mi epidermis durante la ducha.

Lina me mira por encima del hombro, sin dejar de vigilar que Bel

no lo haga (ha vuelto a sonreír, así que apuesto a que lo ha conseguido), y me pregunta en voz baja:

—Mile, ¿por qué estás tan…, por qué acabas de…? O sea, ¿por qué todo lo que ha pasado, así, en general?

—Porque alguien ha decidido dejar mi toalla tirada en el suelo.

—¡Joder, es verdad! —Se da un golpe en la frente con la mano con la que cubría a Bel y, cuando se me corta el aliento, vuelve a taparle los ojos inmediatamente—. Esta mañana me encontré una fila de hormigas en el baño y he intentado que vuelvan a…

dondequiera que vivan, no me importa siempre y cuando no sea en nuestra casa.

—¿Tu técnica para echarlas ha consistido en arrojarles mi toalla?

—Más o menos. Antes les he lanzado de manera indiscriminada chorros de limón. Del bote que compramos para las paellas que nunca hacemos porque no nos ponemos de acuerdo con los ingredientes. Según internet, eso no les gusta, pero tampoco las mata. El limón, digo, no las paellas. O tu toalla. Lo de la toalla era para no ver cómo rompían su formación para huir de los cítricos.

—¿Puedo preguntar por qué no quieres matar a una plaga de hormigas? —interviene Bel.

—No, no puedes preguntar nada. —Estiro el cuello para asegurarme de que sigue sin ser capaz de verme—. Lina, ¿por qué no las has rociado con insecticida?

—Son obreras.

Ya está, ese es su argumento. Como la conozco, lo entiendo.

Como Bel no lo hace, abre la boca para seguir interrogando a mi

amiga al respecto. Antes de que lo haga, añado:

—Voy a meterme en mi habitación. Luego hablaremos de cómo acabar con las hormigas, me da igual lo obreras que sean. Vigila que no mire.

Me fío de Lina, pero no de Bel, así que camino de espaldas hacia mi cuarto, cubriéndome como buenamente puedo.

Lo primero que hago es echar el cerrojo, por si acaso. Después, al mirarme al espejo compruebo que tengo torcido el turbante de la cabeza y cara de susto. Me doy unas palmadas en las mejillas para despejarme y abro el armario para elegir la ropa que me voy a poner, descartando sin miramientos el chándal que utilizo para estar por casa y que tengo doblado sobre la cama. No es que el demonio merezca que me engalane, pero, después del ridículo que acabo de hacer, considero necesario proyectar determinada imagen. Acabo enfundada en unos pantalones blancos de lino y en una camiseta de algodón de color mostaza. Como decisión de última hora, me pongo el sujetador. En la imagen tan determinada que quiero proyectar es importante que no se me noten los pezones.

Regreso al salón y ambos se giran en el sofá para fijarse en mí. La expresión de Lina después de mirarme de arriba abajo es burlona, no sé por qué; la de Bel, que también me mira de arriba abajo, tira más hacia la decepción.

—¿Qué haces aquí? —le pregunto al demonio. Trato de controlar la voz, de parecer a la vez serena y firme, para intentar que olvide lo más pronto posible el ineficaz grito anterior.

Coloca los brazos sobre el respaldo y se repantinga lo máximo que

le permiten las piernas, que, debido a su altura, es muchísimo.

Calculo que está ocupando el setenta por ciento del sofá y el cuarenta por ciento del salón.

—He decidido que ya era hora de que conociera a tu compañera de piso.

—¿Tengo que añadir el acoso a mis múltiples denuncias en tu contra?

—No seas creída, Milena. Estoy haciendo lo mismo con todos los vecinos. No tiene nada que ver contigo.

—Por supuesto que no. ¿También has visitado a la anciana del séptimo B?

—Esta mañana —miente de forma descarada—. Me ha ofrecido unas pastas… añejas. Debían de llevar en esa caja de latón desde 1879.

Lina, que ha seguido nuestro intercambio de palabras moviendo la cabeza de un lado a otro, le da un sorbo (sí, un sorbo) a su tarrina de helado y decide intervenir:

—A mí me parece genial que hayas venido a saludar, Bel. Por cierto, ¿ese es tu nombre artístico? —El aludido niega con la cabeza, mirándome de reojo con una sonrisa—. Fascinante. Bueno, eso, que tenía muchas ganas de conocerte. Mile lleva días hablando de ti sin parar.

Que no me sorprenda su salida no quiere decir que no prefiriera que se hubiera atragantado (no de manera fatal) con una nuez de macadamia.

—Ah, ¿sí? —se interesa él, deformando la sonrisa hasta

convertirla en algo que debería de darle vergüenza enseñar en público—. ¿Y qué es lo que ha dicho de mí?

—Que eres un demonio y que está decidida a destruirte.

Esta salida tampoco me sorprende, pero sí a Bel, que se ahoga con su propia risa y necesita cerca de dos minutos para recuperar el aliento.

—Entonces, ¿qué? —insiste mi mejor amiga—. ¿Eres hijo de Satanás o algo así? ¿Qué haces con los pollos que te llevas al piso?

¿Tu nombre viene de Belarmino o de Belcebú?

Pese a que Lina está preguntando todo esto sin creerse en absoluto que el chico que tiene al lado sea un engendro del Infierno, me interesa su respuesta. De todos modos, me preocupa que se enfurezca y desate sus poderes malignos contra nosotras (no sé cuáles son, además de su capacidad para sacarme de quicio, pero seguro que tiene más). Por eso, me acerco a mi escritorio, donde tengo mis figuras angelicales y un tomo de la Biblia que, en última instancia, puedo lanzarle a la cabeza.

Bel mantiene su actitud despreocupada mientras dice:

—No soy hijo de Satanás, la gallina sigue en mi casa, igual de viva que el día que la traje, y mi nombre no viene ni de Belarmino ni de Belcebú.

—¿Para qué quieres una gallina viva? —inquiero.

—Para hablar con ella. Me acabo de mudar y me siento muy solo, algo que se solucionaría si accedieras de una vez a quedar conmigo.

Sé lo que está pensando Lina, no hace falta que me lo diga. La he visto mirarme de esa forma cada vez que sentía que alguien

intentaba ligar conmigo. Con un poco de esperanza y otro poco de

«Milena, por favor, inténtalo. Te prometo que las relaciones sentimentales pueden ser divertidas».

—¿Te sientes solo? ¿No organizaste una orgía hace unas semanas y un trío poco después? ¿No había este sábado una mujer en tu casa esperando a que dejaras de fingir tu muerte para «continuar con lo que habíais dejado a medias»?

Lo saco a colación no porque me moleste, sino para que mi mejor amiga sea consciente del tipo de crápula con el que le emocionaría que me acostara.

—Necesito mucha atención, quizá sea por algún trauma del pasado. Podemos quedar una noche y hablarlo más en profundidad.

—Admiro tu determinación —le dice Lina, después de darle una palmada en el hombro—. Dudo que vaya a funcionar, pero la admiro. Oye, ¿a los demonios os gustan las películas? ¿Te apetece…

—sé que capta los gestos tan exagerados que le hago para que no continúe su propuesta, igual que sé que está decidida a ignorarlos

—… quedarte a ver alguna con nosotras?

Con los dientes apretados, intento reconducir la situación:

—Lo que le apetece es volver a su casa para hablar con su gallina.

—En realidad, no. Estoy un poco cansado de que me dé órdenes.

Podemos ver alguna sobre exorcismos —sube y baja las cejas a toda velocidad—, seguro que a Milena le encantan.

—Lo cierto es que prefiere las películas sobre abogados. Es a lo que se dedica ella, ¿sabes?

Eso es lo que responde Lina, al mismo tiempo que yo digo:

—Lo que le encantaría a Milena es que desaparecieras. —Como no está por la labor, soy yo la que decide cortar con este sinsentido

—. Voy a prepararme la cena y a dormir, así que más os vale no hacer ruido.

Un rato después, demonio y humana comparten un bol de palomitas mientras yo les lanzo miradas furiosas a sus cogotes desde la encimera. Me resulta extraño ver cómo otra persona reacciona ante las estupideces de Bel. Es cierto que a Lina no puede considerársele precisamente normal, pero me sorprende que a ella le haga reír lo que a mí me saca de quicio. Casi como si ese hombre (que no es un hombre en absoluto) le cayera bien. También es curiosa la forma que adquiere la sonrisa de él cuando habla con mi amiga. Sigue estando torcida, pero da la impresión de ser más infantil que peligrosa.

Debido a que yo no he querido alargar ninguna de nuestras conversaciones, y a que lo único que parecía interesarle a él es que fuera a su casa, tampoco he podido fijarme hasta ahora en el modo en el que absorbe información. Cada vez que Lina le cuenta algo, por muy nimio que sea el detalle, abre los ojos con sorpresa y la bombardea a preguntas.

Me molesta porque sé que forma parte de un plan mayor (hacer que pierda los nervios), así que termino la cena lo más rápido que puedo y me encierro en mi cuarto.

Una vez allí, me niego a ponerme el pijama. Y a dormir. Debo estar pendiente de lo que sucede en la habitación de al lado, por si

acaso tengo que salir corriendo para defender del maligno a la traidora de mi mejor amiga. Así que, procurando no hacer ruido, agudizo el oído y capto retazos de las conversaciones que mantienen mientras ven la película (una sobre posesiones, por cierto).

—¿Te habían intentado exorcizar alguna vez? Antes de Mile, me refiero —le pregunta Lina.

—Qué va, ¿y a ti?

—No. Aunque en una ocasión una ex me gritó que tenía el alma podrida. ¿De verdad crees que si llamo a Daniela por otro nombre conseguiré que salga conmigo?

—¿Te interesa mucho?

—Infinito.

—Entonces no hagas eso.

—Eres mejor tío de lo que pareces.

—En absoluto. Soy bastante peor. ¿Me pasas las palomitas?

Cuarenta y siete minutos después:

—¿Lo de Mile va en serio? —Lina, de nuevo.

—¿El qué?

—Lo de invitarla a tu casa y todo eso. ¿Te gusta?

Intuyo que no contesta a esa pregunta porque no capto ni una palabra más, y eso que pego la oreja a la puerta.

Cuando la película está a punto de acabar y ya estoy adormilada, escucho:

—¿Vives de ser DJ?

—Más o menos. Me pagan por ello, si es a lo que te refieres. Por cierto, deberíais venir a verme una noche. Os puedo pasar gratis.

Trae también a tu futura novia.

—¿Dónde pinchas?

—En la Inferno, algunos sábados.

—¡Oh! ¡Llevo un montón de tiempo queriendo ir a esa discoteca!

—Pues justo este fin de semana tengo una sesión. Pasaos, os meteré en lista.

Poco después, el demonio se marcha y Lina entra en mi habitación.

—Puedes abrir los ojos, sé que estás despierta. —Se sienta en mi cama sin comprobar si su teoría es cierta y toquetea la tela de los pantalones que sigo llevando puestos—. No sé por qué te cae tan mal el hipotético demonio, pero tenías toda la razón con lo de los músculos. Ha habido un momento en el que se le ha levantado la camiseta cuando se ha estirado y ahí estaban, resplandecientes.

Parece salido de un anuncio de colonia de esos tan cutres que me encantan. Da igual, el caso es que a mí me ha parecido muy majo.

—Porque contigo no se comporta igual que conmigo —respondo, con los párpados todavía cerrados.

Casi soy capaz de escuchar su sonrisa cuando vuelve a hablar:

—Tal vez sea porque conmigo no quiere ligar. Y porque tampoco es que le hayas dado margen para comportarse de la forma que sea entre tanta amenaza y tanto exorcismo. ¿Sabes qué es lo que vamos a hacer?

—Dormir.

—Diez horas al día, a ser posible. Me refiero a este sábado. Vamos a ir a la Inferno a verlo pinchar.

—No vamos a hacer eso. Bajo ningún concepto.

—Yo iré. E invitaré a Dani. ¿No quieres conocerla? —Me empecino en mi silencio porque, sí, quiero, pero puedo hacerlo en cualquier otra circunstancia—. Cambio de táctica, ¿vas a permitir que vaya sola a un encuentro con el badboy demoníaco?

—Pues no vayas.

—Pero voy a ir. Estaré a su merced, junto a la que posiblemente sea el amor de mi vida, sin ninguna amiga con experiencia en exorcismos para defenderme. Deberíamos organizar una fiesta de despedida el viernes, por si acaso no vuelves a verme o por si vendo mi alma sin querer. —Aguarda cinco minutos enteros con la vaga esperanza de que cambie de opinión—. Venga, Mile, anímate. ¿No habías comprado agua bendita? Es la oportunidad perfecta para que se la tires encima. Como en un concurso de camisetas mojadas, pero con la excusa de la lucha entre el bien y el mal. Con suerte, lo destruyes; y a las malas, le empapas esos músculos diseñados con escuadra y cartabón.

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